La casa de los mil espejos

25 Jul

Esta mañana he hablado en la cafetería de la Facultad con una amigas y ex alumna que se ha presentado a las oposiciones de magisterio de Primaria en Málaga. Estaba defraudada por no haber tenido éxito, máxime teniendo en cuenta que  en su tribunal había una sola plaza y ella había quedado en quinto lugar.  ¡Por cuatro puestos!

El perro está muy feliz ese día y comienza a dar saltos de alegría. Ve con agrado que mil perros a su alrededor dan saltos de alegría como él.

Me duelen tantos jóvenes en busca de un trabajo coherente con la formación recibida. Y toda la frustración que genera el fracaso en intentos que han supuesto muchas horas de esfuerzo y mucho dinero en la preparación realizada en academias de diferente pelaje.

No me gusta el actual sistema de selección del profesorado. Hace unos años dirigí una tesis doctoral sobre este asunto y pude comprobar que no hubo ni una sola opinión favorable de los numerosos informantes seleccionados sobre el sistema de selección del profesorado de Primaria: inspectores, opositores, miembros de tribunales, profesores de academia, tutores, teóricos, políticos… El sistema es malo cuando se hace bien y es desastroso cuando, se desarrolla defectuosamente. Mi  amiga me contaba esta mañana que el presidente del tribunal estuvo hablando por teléfono todo el tiempo que duró su examen oral. Sin tener en cuenta lo mucho que ella se jugaba en esa prueba. Cuando el zorro persigue a  la liebre, el zorro se juega la cena y la liebre se juega la vida.

¿Cómo es posible seleccionar a los mejores con un sistema centrado principalmente en los saberes, muy poco en las destrezas y nada en la forma de ser, de sentir y de pensar? Para una tarea tan importante como es la educación habría que elegir a las mejores personas, a los mejores profesionales de un país. Recuerdo con frecuencia el pensamiento de Herbert Wells: “La historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe”. No puede seguir vigente ese deplorable estado de opinión que viene a decir que quien no vale para otra cosa vale para ser docente. Lo decía Bernard Shaw con su peculiar ingenio: “El que sabe, hace y, el que no sabe, enseña”.

Imagino la enorme alegría que sentiría mi amiga y ex alumna de haber obtenido esa plaza a la que concursaba. Me imagino cómo comenzaría el próximo curso al hacerse cargo de un grupo de alumnos y de alumnas de Primaria de la escuela pública. Pienso en ella como si  estuviese entrando  en el Paraíso: un trabajo que le gusta, una tarea para la que se ha preparado durante muchos años, el contacto con los niños y las niñas, un quehacer ilusionante, un sueldo módico pero seguro para toda la vida… Imagino también a otros docentes que, después de las vacaciones, se verán abocados a iniciar el nuevo curso con pesadumbre y dolor. Docentes que lo harán como si fuesen a cumplir condena.  Hay quien va los lunes hacia la escuela como iba aquel condenado a muerte un lunes camino del patíbulo, diciendo: mal empiezo la semana. ¿Por qué esta notable diferencia? Sin duda, no por la naturaleza de la tarea ni por las condiciones de la misma sino por la actitud con la que llegan a ella los distintos actores, por el ánimo con el que afrontan ella actividad educativa.

Me preocupa mucho el desafecto que veo en algunos y algunas docentes sobre la tarea que realizan. Y pienso en la enorme ilusión que personas como esta candidata vería colmada de poder tener un puesto de trabajo en la escuela pública, una escuela que ella ama y defiende con especial pasión. Me imagino también lo felices que podrían ser con ella sus alumnos y alumnas.

Leí hace años, no sé donde, una historia que ejemplifica muy bien lo que quiero decir.  Cuenta esa historia que en las afueran de una ciudad había una casa abandonada en la que se conservaba una sala ovalada que tenía mil espejos Un perro vagabundo que transita por la zona, atraviesa un agujero de la puerta de esa casa, sube unsa escaleras medio desvencijadas y llega a la sala de los mil espejos. El perro está muy feliz ese día y comienza a dar saltos de alegría. Ve con agrado que mil perros a su alrededor dan saltos de alegría como él. Y piensa:

–       ¡Qué lugar tan hermoso!

Comienza a mover el rabo de manera festiva y ve que mil perros mueven el rabo de la misma forma, saludándole. Se congratula por la maravilla de aquel lugar. Piensa  pasar en ese sitio maravilloso do el tiempo que pueda. Es alegre y divertido.

Horas después pasa por delante de la puerta otro perro vagabundo.  Entra por el mismo agujero de la puerta y sube, por la misma escalera, a la sala de los mil espejos. Este segundo perro ese día está rabioso, enfurecido, malhumorado. Saca los colmillos de manera violenta y ve con horror que mil perros le muestran a él los colmillos. Se asusta mientras piensa:

–       ¡Qué lugar más horrible!

Comienza a ladrar de manera furiosa y ve que mil perros le ladran a él de la misma manera. Decide irse de forma rápida y no volver a pisar por allí.

Era la misma casa, la misma puerta, la misma escalera, la misma sala, el mismo día… Pero su actitud era diferente. Y esa actitud de partida se vio multiplicada por mil.

Me pregunto muchas veces si no será la escuela para los docentes la casa de los mil espejos. La casa que devuelve multiplicada por mil la actitud con la que cada uno llega a ella todos lo días.

Se puede comprobar fácilmente. Separados por un tabique que apenas tiene veinte centímetros, con las mismas circunstancias, los mismos jefes, los mismos alumnos, las mismas familias… está de un lado un profesor entusiasmado que es feliz y que hace felices a los niños  y a las niñas con quienes trabaja y del otro un colega amargado que hace desdichados a todos quienes mira y habla.

Claro que influyen las circunstancias, las condiciones del trabajo, el equipo, el tipo de director, la postura del alumnado, las exigencias del trabajo, la buena o mala participación de las familias… Pero, en definitiva, lo que cuenta es la actitud con la que se afrontan. Porque las dificultades para algunos son retos y estímulos. Para otros son lacras insuperables.

La actitud que parte de los motivos que han llevado a ejercer esta profesión. Hay motivos educativamente pobres y motivos educativamente ricos. Una cosa es decidir ser docente porque de algo hay que comer y otra  ser atraído por una actividad apasionante que da sentido a la vida de los individuos y pone las bases de una sociedad más justa. La actitud parte de una disposición emocional apositiva hacia la tare y hacia las personas con quienes se comparte y a las que se destina. Esta profesión tiene autoridad por el amor a lo que se enseña y el amor a quienes se enseña, dice Emilio Lledó.

No abogo por una postura conformista, resignada, pasiva y pesimista ante las condiciones del trabajo docente. Creo que hay que luchar para exigir mejores condiciones laborales para los docentes. Con valentía, con perseverancia, con optimismo y con ilusión. Hago una llamada aquí a la importancia de la actitud con la que se hace frente a las exigencias del trabajo. Un trabajo, en este caso, que haría feliz a mi amiga y ex alumna y que, lamentablemente, a otros que van cada día a las aulas, les llena de  amargura y decepción.

Gobernar con la teoría X

18 Jul

Cuando era un joven estudiante en la Universidad Complutense de Madrid me encontré, en la asignatura de Organización Escolar, con las teorías X e Y de McGregor. Luego supe que existían también la teoría Z y algunas más, que las criticaban y matizaban.

Al pensar que las personas necesitan ser controladas es más que probable que muestre un talante autoritario y fiscalizador.

Por cierto, desde el inicio de la reflexión sistemática sobre la naturaleza, estructura y funcionamiento de las organizaciones educativas, en todos los manuales al uso, he visto una traslación inquietante de las teorías organizativas empresariales al mundo escolar (nunca a la inversa). Las he calificado de “teorías de amos”. Cuando Taylor dividía con milimétrica precisión las tareas de los trabajadores, buscaba el mayor nivel de la producción para beneficio de los patronos. Cuando Elton Mayo se preocupaba por el bienestar de los trabajadores lo hacía con la pretensión de conseguir un mayor y mejor rendimiento para la empresa.

Hay, a mi juicio, un error básico en  la utilización del enfoque empresarial para la comprensión de la escuela. Lo enunciaré de forma lapidaria con el título del excelente libro de Christian Laval: “La escuela no es un empresa”. No lo es porque no son los mismos sus objetivos, ni los “materiales” con los que trabaja, ni la naturaleza de la autoridad… Sin embargo, existe una corriente empresarial más que inquietante. Por ejemplo, en alguna comunidad autónoma española, la formación de los directores de escuelas está encomendada a una empresa. ¿Qué saben esos formadores sobre educación?, ¿qué sienten sobre las finalidades de las instituciones escolares?, ¿cómo conciben la comunicación educativa…?

No voy a centrarme en esta cuestión. Traeré, más bien, a la consideración de mis lectores y lectoras, algunas reflexiones sobre la concepción que cada uno tiene sobre el ser humano que integra las organizaciones.

Mc Gregor  hablaba de dos teorías enfrentadas  (planteamiento un tanto maniqueo) que hoy se pueden seguir aplicando, a mi juicio, a las personas que trabajan dentro de las instituciones.

Las presento aquí, simplificadas al máximo, para que el lector se pueda identificar (o identificar a otras personas) con una de las dos, ya que son antitéticas. Aunque estas teorías se presentan de forma muy esquemática y han sido desarrolladas y criticadas por otras posteriores, creo que pueden servir para establecer una interesante discusión sobre las organizaciones.

Teoría X:

1. Los humanos manifiestan aversión inherente por el trabajo y lo evitarán siempre que puedan

  1. La mayor parte de la gente debe ser forzada, controlada, dirigida y amenazada con castigos con objeto de que trabaje para los fines de la organización.

3. Por regla general, las personas prefieren ser dirigidas, desean la seguridad y huyen de las responsabilidades.

4. Las personas son egoístas. Les importan poco los objetivos de la organización o de la empresa.

5. El ser humano se opone sistemáticamente al cambio.

6. Por  regla general la persona piensa poco, es ingenua y se deja engañar fácilmente por los demás.

Teoría Y:

  1. El trabajo físico y el mental  resultan tan naturales como el juego si producen satisfacción

2. La persona se autocontrolará y se autodirigirá para conseguir las metas de una organización si se siente comprometida con ellas.

3. El compromiso es una función basada en las recompensas y la mejor de todas ellas es la realización personal.

  1. La creatividad, el ingenio y la imaginación son patrimonio común de la gente y no exclusivas de un grupo selecto.

5. La persona media puede aprender a aceptar y hasta a buscar la responsabilidad. El evitarla es una reacción aprendida.

6. La gente no es pasiva por naturaleza. La amenaza y la coacción no son los únicos medios de conseguir objetivos.

En alguna ocasión organicé en la clase un debate en el que los defensores de la teoría X se situaban en una parte y, frente a ellos (literalmente) se colocaban quienes sostenían la Teoría Y. Estas posiciones podían responder a lo que pensaban realmente o bien obedecer a posiciones artificiales. Pasado un tiempo se alternaban las posiciones: quienes defendían la teoría X pasaban a defender la teoría Y. Y viceversa.

Las teorías reflejan el pensamiento y la actuación. de los miembros de la organización. Y también el de sus directivos. En ellos me voy a centrar. Es fácil suponEs fácil suponer cómo actuará en una escuela el director o directora que hace suyas las tesis de la teoría X. Al pensar que “los humanos manifiestan aversión inherente por el trabajo y lo evitarán siempre que puedan”, será lógico concluir, por ejemplo, que las bajas laborales son casi siempre tramposas y que solo esconden la pereza y la picaresca del profesional. Por eso verá justo el descuento de sueldo que la ley le aplica cuando falta al trabajo por sentirse enfermo. El director informará de manera inexorable sobre la ausencia del profesor, ya que, aunque justifique su baja con el correspondiente certificado médico, pensará que en algún lugar del proceso hay una trampa. O no está enfermo o tiene un médico amigo.

Como sostiene que las personas quieren ser dirigidas tratará de pensar por todos (ellos no quieren pensar), decidirá por todos (ellos no quien decidir) y se responsabilizará de todo (ellos no desean asumir ninguna responsabilidad.

Al pensar que las personas necesitan ser controladas es más que probable que muestre un talante autoritario y fiscalizador.

Como piensa que los profesores son egoístas y que van a lo suyo sin preocuparse de los demás,  tratará de organizar actividades colegiadas y de forzar el trabajo en aras del beneficio colectivo. Detrás de cada propuesta del profesorado albergará sospechas de intereses personales ocultos.

Nada espera respecto al cambio y la mejora, ya que supone que los profesores son personas ancladas en las rutinas y opuestas a cualquier cambio que venga impuesto.

Al considerar poco críticas e inteligentes a las personas, se permitirá actuaciones fraudulentas y tramposas, que los profesores no descubrirán fácilmente. Como supone que los profesores no actúan con ilusión y  motivación intrínsecas, propondrá sistemas de control rígidos y formulará amenazas de diverso tipo.

Tachará de ingenuos y de optimistas ridículos a quienes defiendan las tesis de la teoría Y. Pensará que son presa fácil de las trampas que les tienden los demás. De forma curiosamente paradójica porque esa forma de entender a los demás, no se la aplica a sí mismo.

Quien habla de los directores/as podría referirse igualmente a inspectores/as y, cómo no, a los legisladores  que elaboran unas leyes que, probablemente no se aplicarían a ellos mismos.

Esa es una curiosa contradicción en la que incurren, desde las alturas del poder, los defensores de la teoría X. La aplican a  todo el resto del género humano,  en el que contemplan una sola excepción que son ellos mismos. Si todos defendiésemos la teoría X como verdadera y nos quedásemos fuera de ella como honrosas excepciones, la invalidaríamos de forma radical. Porque todos nos convertiríamos en sujetos que hacen válida la teoría Y.

El niño que se sentó en las rodillas

4 Jul

He participado recientemente en unas actividades de formación en el CEFIRE (Centro de Formación, Innovación y Recursos Educativos) de Castellón. Estos centros, que tienen distintos nombres en el territorio español, están inspirados en los Teacher´s Center ingleses y realizan en España una interesante tarea para la mejora del desarrollo profesional de los docentes.

Y de pronto, ese día, estando en el laboratorio enseñando a sus alumnos a mirar en el microscopio algunos productos, uno de los alumnos...

Una de las actividades que realicé tenía como destinatario al grupo de asesores y asesoras del CEFIRE. Abordamos en la sesión siete perspectivas desde las que podrían comprender y mejorar la práctica de la asesoría. Las enuncio a continuación (el lector comprenderá que no tengo el espacio necesario para un mínimo desarrollo  de las mismas). Tendrían que avanzar desde la certeza a la incertidumbre, desde la simplicidad a la complejidad, desde la neutralidad al compromiso, desde la homogeneidad a la diversidad, desde el individualismo a la colegialidad, desde la queja a la transformación y desde la frialdad a la emoción. Da gusto encontrarse con equipos que funcionan como tales y que  están implicados en su trabajo y deseosos de mejorarlo cada día.

Pero  no voy a centrar este artículo de hoy en la sesión del CEFIRE sino en una conversación, breve, curiosa y para mí emocionante, que tuvo lugar desde la sala de trabajo hasta el restaurante en el que compartimos palabra y alimento en aquel tórrido mediodía de finales del pasado junio.

Uno de los asesores me contó la transformación que había vivido, el maravilloso milagro pedagógico que había experimentado  por un hecho sencillo y a la vez profundo, casual y a la vez intencionado, humilde y a la vez extraordinario. No olvidaré nunca las palabras del compañero de fatigas en plena canícula levantina. Aquella conversación fue una brisa de aire fresco que me dejó a la vez conmovido e intrigado.

Con toda la crudeza imaginable el profesor me contó que él era un profesor de Secundaria, como tantos otros, que había llegado a esa ocupación más por azar que por decidida y apasionada elaboración. Se calificó a sí mismo de mercenario hasta ese momento tan singular que enseguida describiré. Inmerso en el desafecto hacia los alumnos, instalado en prácticas rutinarias, centrado exclusivamente en la transmisión del conocimiento de su materia. Y a cobrar el sueldo.

Y de pronto, ese día, estando en el laboratorio enseñando a sus alumnos a mirar en el microscopio algunos productos, uno de los alumnos que apenas contaba 12 años, sin previo aviso, con la naturalizad y la espontaneidad que da la inocencia y la bondad, se sentó en las rodillas de ese profesor para poder mirar cómodamente en el microscopio y, al mismo tiempo, para poder preguntar y recibir de forma fácil las explicaciones necesarias. El profesor quedó tan sorprendido, tan desconcertado ante aquella súbita presencia que pronto se dio cuenta de que se había transformado todo en su interior. S en 1999o de este niño- de manera fortuita quien desde aqu                                                                    stúbitamente, se iluminó su vida. De la oscuridad de un ejercicio profesional vivido en la rutina, pasó a una esplendorosa realidad iluminaba por el sol del afecto.

El profesor sintió que aquel gesto insignificante había tocado y transformado su corazón. Vio a aquella criatura deseosa de aprender y totalmente confiada en que él estaba en condiciones y dispuesto a ayudarlo. Dio por hecho que ese regazo era un buen lugar para aprender y para preguntar. Para estar seguro.

Haré referencia a otra transformación concatenada al mismo hecho que se produjo en la vida del profesor, a quien desde aquí agradezco su confidencia. Su esposa, también docente, quien me oyó contar horas después la anécdota y me vio sorprendido porque  ella también la  conociese, me dijo:

–        Soy su esposa. Lo más llamativo de ese hecho fue que también cambió su actitud hacia los hijos. Antes se mostraba como un padre distante y frío y su actitud se transformó en la de un padre cercano, afectuoso, y apasionado por ellos.

Es curioso cómo un hecho tan irrelevante, tan minúsculo, tan anodino en apariencia, pudo contener aquella potencia emocional transformadora.  Y es que el cambio suele venir por el corazón. Aquella acción del niño, colmada de espontaneidad y de confianza, tocó el corazón de aquel profesor que, hasta ese momento, se había protegido de los afectos bajo la coraza de la acción y del pragmatismo.

Me llamó la atención el hecho del trasvase de sentimiento que se produjo en la vida del profesor. Los alumnos y las alumnas habían cobrado una nueva dimensión, pero sucedió algo similar con sus propios hijos. Digamos que su corazón, un tanto adormilado por las rutinas y las prisas, había despertado de su letargo.

No le pregunté si, en algún momento, el niño conoció la conmoción que había causado en su profesor. Imagino que le explicaría al oído con especial atención, con especial cuidado, con especial afecto (era ya otro) aquello que aparecía agrandado bajo la mirada del microscopio.

Me imagino al niño sentado en las rodillas de su profesor de biología. Es una preciosa y significativa imagen de lo que es el aprendizaje. Una comunicación enriquecedora que llega por el corazón al intelecto y que tiene camino de vuelta desde el intelecto al corazón. El niño en el regazo del profesor muestra de forma patente la esencia de la educación. Es una relación que se basa en la confianza y que, desde la cercanía emocional, alimenta un conocimiento que nos hace mejores.

Sentarse en ese lugar y dejar que el niño se siente, verse digno de esa confianza y sentirse con la confianza de que allí se está protegido contra ignorancia y el desamor, es la viva imagen del proceso de enseñanza y aprendizaje.

No sé si muchos profesores se habrán sentido alguna vez tocados por la varita mágica de la emoción. El niño que se sentó en las rodillas salvó del naufragio el viaje profesional de su profesor. Y es que los alumnos y alumnas hacen muchas cosas por sus profesores, unas de forma intencional y otras –como es el caso de este niño- de manera fortuita.. El primer libro que escribí en el lejano 1982 y que luego se reeditó en la Editorial Sarriá de Málaga en 1999, tiene este  significativo título: ”Yo te educo, tú me educas”. Es una forma de sintetizar  la esencia de la educación. Nosotros educamos a nuestros alumnos y ellos nos educan a nosotros. Solo si estamos abiertos y somos sensibles. Solo si estamos dispuestos a aprender. Otros profesores habrán servido de silla a sus alumnos, pero pocos habrán percibido ese reto, esa llamada, ese reclamo nacido de la confianza, de la espontaneidad y del afecto.  La educación es una tarea que se basa en la comunicación. Y la comunicación que salva es la que se sustenta en el amor. Creo con Emilio Lledó que esta profesión gana autoridad por el amor a lo que se enseña y el amor a quienes se enseña.

Él sabe que me quieres

20 Jun

Hace algunos años, tuve la suerte de visitar una pequeña escuela rural en el pueblecito Concepción de la Sierra, sito en la provincia argentina de Misiones. Era una escuela humilde, perdida en una montaña de esa maravillosa región, caracterizada por la tierra roja y la vegetación exuberante. En un armario medio desvencijado de la escuela, clavado con una chincheta, había un escrito que me detuve a leer con curiosidad.

1. No te enojes por mis tardanzas, he recorrido muchos kilómetros para llegar a la escuela.

Me gustó tanto que le pedí una copia a la directora. Me la entregó  amablemente y se lo agradecí con sinceridad porque el escrito es una verdadera joya, que refleja de forma clara y sencilla los ejes de la auténtica educación. Posteriormente lo publiqué en un libro titulado “Arqueología de los sentimientos en la escuela”, editado por Bonum en Buenos Aires, libro que fue traducido luego al portugués por la editorial ASA, a petición de mi amigo José Matías Alves. Le pedí al editor portugués que no cambiase la identidad nacional del niño. Debía ser, en honor a la verdad y a la lógica del texto, un niño argentino.

El escrito es una carta que le escribe un niño de una escuela rural a su maestra. Siempre he sentido un especial afecto por las escuelas rurales. En una de ellas di mis primeros pasos por el camino del aprendizaje. Firma la carta José Domingo Juárez y está fechada en 1995 en Tucumán. La carta consta de diez puntos. Voy a reproducir ese texto a continuación como un pequeño homenaje a la escuela rural. Luego haré una breve exégesis del mismo.

  1. No te enojes por mis tardanzas, he recorrido muchos kilómetros para llegar a la escuela.
  2. En las frías mañanas de invierno, déjame calentar mis manos y mis pies: siento frío y tengo hambre.
  3. No te enojes por mis zapatillas o alpargatas sucias: están mojadas por el rocío del sendero.
  4. Enséñame a recortar mis uñas, me cuesta usar la tijera.
  5. No te enojes por no saber usar el lápiz, es muy liviano y yo estoy acostumbrado a usar objetos pesados.
  6. Enséñame a cantar el Himno Nacional, a usar mi Escarapela y a izar y arriar mi bandera. Por más que sé poquito soy argentino.
  7. No te enojes por faltar a clase una semana, tuve que trabajar pues mi papá estuvo enfermo.
  8. Háblame de mis plantas y animales, después cuéntame las cosas que tu conoces.
  9. No te enojes porque no tengo cuaderno, el patrón no pagó y yo no he podido vender nada.
  10. Ven a mi casa a visitarnos, mi perro no te hará daño, él sabe que me quieres.

Déjame  silbar, cantar, reír y correr en la escuela. Me espera mucho trabajo.

Entre las muchas consideraciones que despertó la lectura del el texto en mí, desde el momento que lo leí por primara vez en aquella fría mañana de invierno, quiero destacar cuatro.

La primera tiene que ver von el amor. He querido titular el artículo con el texto del punto 10 por considerar que tiene una especial importancia. El niño deja constancia de la seguridad que tiene de ser querido por su maestra. Está tan claro, es tan obvio que el perro podrá percibirlo sin vacilación. Esa seguridad hace que el niño se sienta a gusto en la escuela, se sienta libre y feliz porque está en manos de alguien para quien él es importante.

Es en esa seguridad donde radica la esencia de la enseñanza. Dice Emilio Lledó que la profesión de enseñante gana autoridad por el amor a lo que se enseña y el amor a los que se enseña. El niño que escribe esta hermosa carta tiene la firme convicción de ser querido, de ser valorado, de ser considerado capaz de descubrir el mundo. Me gusta decir que los alumnos aprenden de aquellos docentes a quienes aman. Y está claro que el niño se dirige a una persona querida, entre otras razones, porque entra en el juego lógico de la reciprocidad. Él se dirige a una persona de la que espera comprensión precisamente porque le quiere.

Una segunda consideración tiene que ver con la importancia de los contextos. No es igual acudir a la escuela sentado en el asiento trasero de un coche conducido por el papá o la mamá que recorrer varios kilómetros caminando por senderos tortuosos y mojados bajo la inclemencia del tiempo.  Lo cual tiene que ver con la necesidad de que los docentes entendamos quiénes son nuestros alumnos, de dónde vienen y cómo vienen. Decía un pedagogo italiano: Para enseñar latín a John, más importante que conocer latín, es conocer a John.

Un niño argentino, no es igual que un niño español. Y un niño andaluz, no es igual que un niño gallego.  Y no es igual un niño andaluz de Sevilla que otro de  Málaga. De la misma manera que, dentro de la ciudad de Málaga, no es igual un niño de El Limonar que un niño de El Perchel. Es imprescindible tener en cuenta el contexto. Quién es el que aprende, de qué contexto viene y a qué contexto quiere ir. Esto no quiere decir que el niño nacido en un contexto deba permanecer para siempre en él. No. Más bien lo contrario. La educación ha de servir para sacar a  quienes Paulo Freire llamaba los desheredados de la tierra de su grupo de exclusión.

Una tercera consideración se refiere al carácter festivo de la vida en la escuela. El niño pide silbar, reír, cantar y correr en la escuela. Es en esa escuela donde el niño puede aprender disfrutando y disfrutar aprendiendo. No estoy de acuerdo con una escuela torturadora, una escuela asentada en el sufrimiento y la tristeza. Porque aprender es apasionante. El ser humano está diseñado para aprender. Por eso los niños y las niñas exploran, gatean, tocan, buscan… Y cuando empiezan a hablar, preguntan hasta la saciedad. Encadenan los porqués hasta colmar la paciencia de los adulos…

Es cierto que el aprendizaje requiere esfuerzo, sacrificio, perseverancia y tesón. Pero está claro que el esfuerzo se realiza con satisfacción y agrado cuando la causa lo merece, cuando la finalidad está clara y cuando el clima está cargado de afectos.  Nadie ha invitado a la desidia en la escuela, aunque algunos de sus detractores  digan que ha invitado a practicar la ley del mínimo esfuerzo.

Hay un cuarto filón de consideraciones. Me refiero al  contenido del quehacer de la escuela. El niño le pide a la maestra que parta de lo que sabe, que empiece a hablarle de lo que él conoce, de sus plantas y animales, y solo después, que le hable de lo que ella sabe. Sin conocer las teorías del constructivismo, el niño pide que el conocimiento que se trabaje en la escuela tenga coherencia externa y esté  conectado con los conocimientos previos del niño. Por ahí va la motivación. Es importante revisar el curriculum escolar, acercarlo a la vida, a las inquietudes, a las necesidades de quienes aprenden. Un curriculum academicista, alejado de la vida, de espaldas a las preocupaciones de los aprendices, resulta  aburrido y frustrante.

La carta del niño encierra un ideario lleno de realismo y de sabiduría. Echa los cimientos del edificio del aprendizaje eficaz en la institución escolar: amor a la enseñanza y a los aprendices, adaptación a las peculiaridades de cada uno, creación de un clima tendente a la felicidad y conexión con los saberes previos de los aprendices. Si estuviéramos más atentos a los niños y a las niñas, a lo que sienten, a lo que piensan, a lo que quieren y a lo que hacen, tendríamos una buena parte del trabajo hecha. Y bien hecha.

Con las manos en la masa

30 May

He tenido la oportunidad y la suerte de trabajar tres días en la provincia argentina de San Luis. Participé en varias experiencias de formación con equipos directivos, con profesorado y con grupos de alumnos y alumnas.

No es fácil ver a un Ministro con las manos en la masa. A las autoridades les suele gustar más parapetarse detrás de la mesa del despacho...

El Ministro de Educación, Marcelo Sosa, asistió a la primera conferencia y, antes de comenzar, fue saludando uno por uno, nombre por nombre, a todos los asistentes. No es frecuente esa forma de proceder. Ese gesto le llamó la atención también a mi querido amigo Horacio Muros, Director de una escuela de San Rafael, que asistió como invitado a la sesión y que me escribe comentando el proceder del Ministro:

“Yo saludo uno a uno a cada docente cuando llega a mi escuela cada mañana con un beso o bien con un apretón de manos, al igual que al personal de maestranza y los administrativos…”.

Creo que esa forma de proceder dignifica a quien la practica y a quien recibe sus efectos. Cada persona es tratada como un ser particular, como un individuo especial, irreemplazable e irrepetible. Cada individuo es parte de un grupo, de un colectivo, sí. Pero, sustancialmente, es un ser único. En esa mismidad radica la esencia de la persona.

Nominatim es una expresión latina que podría traducirse  de esta manera: “nombre por nombre”. Se refiere al hecho del nombramiento particular de cada persona. Después de valorar positivamente la actuación del Ministro, Horacio Muros añade lo siguiente en el correo que me envía:

“El saludo, es reconocerse en el otro, experimentar la otredad. Es un gesto tan humano que podría decir que uno experimenta sensiblemente la dignidad humana al realizarlo. Es una manera de estar con los demás. A saludar se aprende y hay que encontrarle sentido y significación a este gesto… Es el termómetro que indica el estado emocional de la gente, cuando no el estado moral. “Dime como saludas y te diré que clase de persona eres”. Podría decirse con inexorable certeza que somos como saludamos.

Los otros son otros en la medida en que son diferentes de nosotros; la otredad es entonces esa posibilidad de reconocer, respetar y convivir con la diferencia; es la única garantía de la diversidad, la que, por lo demás, hace posible esa cualidad de los seres humanos de ser únicos e irrepetibles.

En una parte de mi tesis escribo: La otredad es connatural al hombre, ser nosotros y la vivencia del nosotros es la raíz y el fundamento de toda sociabilidad que se concreta en dos dimensiones: la co-existencia y la inter-acción con los otros. La naturaleza humana está determinada por la capacidad de poder comunicar. El hombre siempre es un ser en potencia que se pregunta por el ser en acto; y, a su vez, un misterio, que únicamente se hace accesible cuando el mismo se comunica. El hombre por naturaleza es un ser social y se hace persona en comunidad de personas. Esto configura y determina a la condición humana como tal y sus posibilidades de desarrollo y concreción existencial.”….En fin, como diría Saint Exipery:  “los ritos son necesarios”… Imaginas un mundo donde cada día podamos decirnos al saludar: “la paz sea contigo”…O al menos esa sea la intención del corazón de las personas cuando intercambian el gesto del saludo… Decía la Madre Teresa de Calcuta: “La revolución del amor comienza con una sonrisa”. Entonces, saludemos y sonriamos”.

La escuela, en muchas ocasiones, homogeneiza y masifica. Establece un curriculum igual para todos y para todas. Un curriculum que se desarrolla en los mismos tiempos, de la misma manera, con el mismo ritmo y en los mismos lugares. Y que evalúa de forma idéntica como si al hacerlo así se estuviera rindiendo tributo a la igualdad y a la  justicia.  Pero no hay forma más clara de injusticia que tratar por igual a quienes son tan diferentes. Y lo que digo para los alumnos y las alumnas, lo aplico también para el profesorado.

Las personas se pierden como números en el seno de una masa. Desaparece su identidad, su particularidad, su irrepetibilidad bajo  el denominador común del colectivo.

Contaré algo más. Momentos antes de comenzar una conferencia en la ciudad de Villa Mercedes, alguien le aconsejó al Ministro que entrase en el Salón de Actos por la puerta de atrás. De esa manera no tendría que saludar a tantas personas y podría llegar más rápidamente a su asiento.

–        No, dijo el Ministro, de esa manera, no podría saludar a los profesores.

En la presentación del acto, hizo alusión a lo sucedido. Y añadió, con una sonrisa:

– Si hubiera entrado por la puerta de atrás Me hubiera perdido 25 besos y dos abrazos.

Al terminar la parte teórica de la conferencia del primer día (ya dije que iba dirigida a directores y directoras) organicé una experiencia práctica sobre estilos de dirección. Se trataba de construir un pueblo con plastilina bajo una dirección de tres estilos: autoritario, participativo y  permisivo. Pedí que salieran de la sala nueve voluntarios. Vi que, entre los nueve estaba el señor Ministro. Pedí que saliera uno más pensando que se ausentaba para atender las obligaciones de su cargo. Segundos después entró uno de los que habían salido:

–        Sobra uno, porque el señor Ministro va a realizar la práctica.

Lamento mucho decir que no me imagino al señor Ministro de Educación de mi país haciendo esa humilde tarea. No suelo hacer muchos comentarios laudatorios respecto al poder. Pero, en este caso, me he de rendir a la evidencia. De ahí este artículo que se centra en el valor del ejemplo. Pensé colocar al Ministro a las órdenes del mando autoritario, pero preferí situarle con el mando permisivo o laissez-faire.

Siempre que pido voluntarios para realizar una práctica, les digo tres cosas a quienes no vacilan en presentarse:

– Gracias en mi nombre y en el del grupo porque no se podría hacer el ejercicio sin vosotros. Yo no puedo hacer simultáneamente todos los papeles.

– Felicidades porque habéis asumido un riesgo, ya que desconocíais la naturaleza y la finalidad de la práctica.

– Enhorabuena porque vais a aprender mejor aquello que se pretende mostrar ya que lo vais a hacer y no solo vais a ver lo que otros hacen, como sucede con el resto.

El Ministro participó como uno más en el trabajo y luego en el análisis de lo que había ocurrido. Cuando pedí que salieran al frente los participantes en cada grupo, él salió como los tres restantes y se sometió a las preguntas que les hicimos sobre lo que había sucedido en su grupo.

No es fácil ver a un Ministro con las manos en la masa. A las autoridades les suele gustar más parapetarse detrás de la mesa del despacho, recibir informes sobre la realidad y lanzar prescripciones que, muchas veces, tienen poco que ver con lo que necesitan, sienten y viven los docentes en las aulas.

A esto que hizo el Ministro de Educación de la provincia de San Luis, se le llama predicar con el ejemplo.  No puedo por menos de celebrarlo. Estoy convencido de que no hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo.