¡Empecinados!

17 Jul

empecinado.jpg Mantenerse en el error, no dar el brazo a torcer, aferrarse a la decisión tomada a pesar de que todas las evidencias indican que se ha incurrido en equivocación constituye una obstinación difícil de entender. El hecho de sostener una decisión contra viento y marea puede ser un gesto de perseverancia, de carácter enérgico y de voluntad firme. Pero también puede ser fruto del orgullo, de la petulancia y de la estupidez. “Una vez tomada una decisión, cerrar los oídos incluso al mejor de los argumentos en contra: señal de carácter enérgico. También, voluntad ocasional de estupidez”, decía Nietzsche
Hay personajes de nuestra vida política a quienes podría atribuírseles el sobrenombre del famoso guerrillero español Juan Martín Díaz. Ellos sí que son auténticos Empecinados. Mantienen la opinión a pesar de que las evidencias más palmarias estén negándoles la razón. ¿Qué les sucede? ¿No ven? ¿No oyen? ¿No entienden? ¿Qué pensar de alguien que a plena luz del día sostuviera con un convencimiento visionario que estamos a medianoche? ¿Se engaña sólo a sí mismo? ¿Pretende engañarnos a todos? Si el visionario llega a convencer a todos de que tiene razón, el problema adquirirá tintes más dramáticos. El visionario se afianza en su error y todos los que le siguen acaban dando por verdadero lo falso.
Me refiero concretamente a dos personajes de nuestra actual escena política. Uno es el ex presidente del gobierno José María Aznar. ¿Qué tendría que suceder para que admitiese la mera posibilidad de que la guerra de Irak fue un error? Lo han hecho ya casi todos los que la emprendieron y apoyaron. No fue suficiente en su día para él la postura casi unánime de todo el pueblo español. No bastó el trabajo y el informe de los Inspectores. No bastó la postura de la ONU. No fue suficiente para quien se proclama católico la posición del Vaticano. No ha tenido importancia el número de ciudadanos inocentes muertos. No ha bastado, a posteriori, la declaración de EE.UU. e Inglaterra reconociendo que hubo un error al decir que existían armas de destrucción masiva en Irak. No ha bastado que se hayan negado conexiones entre el terrorismo internacional y el régimen de Bagdag. No ha bastado que se haga pública la noticia sobre la falta de rigor en los informes de la CIA (los demócratas norteamericanos dicen hoy que con esos datos no habrían apoyado la guerra). No ha bastado el aplauso generalizado del pueblo español a la decisión del gobierno socialista sobre el retorno de las tropas. No ha bastado nada de nada… Quienes decíamos no a la guerra éramos para él (y seguimos siendo) irresponsables, ignorantes y malos patriotas. Ingenuos e incautos manipulables que acudían como estúpidos detrás de las pancartas. O, lo que es peor, perversos defensores de un régimen criminal y autoritario o ingenuos ciudadanos en connivencia con el terrorismo mundial.
El otro empecinado es el ex ministro del Interior Ángel Acebes. Dijo entonces y sigue diciendo ahora que siempre informó según la verdad. ¿Qué más se tiene que saber para que reconozca que siguió atribuyendo la autoría a ETA después de que las pistas más relevantes apuntaban al terrorismo islámico? Uno se da de bruces con algunas páginas de la prensa con tal fuerza que no sé cómo no se producen lesiones físicas cada día. En titulares se dice que la policía había descartado a ETA. Seguidamente el ex ministro dice que todo apuntaba en la dirección etarra. A la Comisión de investigación le llegan informes contundentes de la policía en los que se afirma que se estaba siguiendo la pista de terroristas islámicos y páginas más adelante puedes leer las declaraciones del señor Acebes diciendo que la Comisión está demostrando que su Ministerio dijo toda la verdad. Vuelves a la primera página, relees y no puedes creer la obcecación. “El máximo jefe policial niega que se diera prioridad a ETA al investigar el 11-M”, dice el titular de El País (día 9 de julio). El mismo día se lee en la página 19 del mismo periódico: “Acebes sostiene que las declaraciones avalan que hasta la tarde del sábado la prioridad era ETA”. Por si les ha quedado alguna duda, lean el reciente libro de Pepe Rodríguez titulado ‘Mentiroso’.
Se queda uno atónito, perplejo, desconcertado. ¿Qué decir ante una obstinación tan evidente, qué decir ante esa manera absurda de aferrarse a lo dicho o a lo hecho? ¿Qué tiene que suceder para que, ante las evidencias, se reconozca el error?
Leí hace mucho tiempo una pésima composición literaria pero, a la vez, cargada de enjundia. La recuerdo de memoria, pero no quiero castigar al lector con el detalle de sus versos. Sí quiero compartir la idea que trataba de transmitir y que tenía que ver con esa actitud de obstinación que niega las evidencias más palmarias. El poema cuenta la discusión que mantienen dos individuos ante el escaparate de una tienda. Uno de ellos dice que un producto que se exhibe en la vitrina es jabón. El otro sostiene que es queso. Casi llegan a las manos para dirimir sus diferencias. Entran en el establecimiento. Discuten ahora con el tendero que les dice que la pieza a la que aluden es un trozo de jabón. Uno de ellos no se da por satisfecho. Lo compran. Lo prueban. Uno lo escupe asqueado. El otro lo traga como si fuera un manjar. Ante la evidencia del sabor, quien ha escupido el bocado le pregunta al compañero y recibe una contundente respuesta. Estos son los versos finales.
– ¿No te convences, melón?
– ¡Antes me ves patitieso!
– Pero, ¿no sabe a jabón?
– ¡Sabe a jabón, pero es queso!
He aquí la postura de nuestros ínclitos gobernantes. Es evidente, pero no doy mi brazo a torcer. No voy a reconocer el error. ¿Por qué no caen en la cuenta de que reconocer un error es un gesto inteligente, humilde, que les llena de credibilidad? Uno se pregunta con enorme preocupación: ¿en manos de quién estábamos? ¿Cómo es posible que no reconozcan el error?
No voy a entrar en la espinosa cuestión de las intenciones. Vamos a dar por bueno que les impulsaba a obrar la mejor de las intenciones. Pero si, después de tantas evidencias, siguen manteniendo la postura equivocada, ¿qué podemos pensar los ciudadanos de los políticos que nos gobiernan? ¿Qué son capaces de hacer si no admiten una situación a todas luces evidente? ¿Qué son capaces de decir? ¿Quién no ve necesario el control democrático de la ciudadanía sobre la clase política que gobierna? A fin de cuentas ellos están ahí para servir al pueblo, para llevar a la práctica su voluntad soberana. El gobierno no es más ni menos que el servicio del pueblo. Y muchas veces tendríamos que exclamar: !Ay, Señor, cómo está el servicio!

Los vivos

10 Jul

Mi querido amigo Enrique Mariscal (un amigo es una persona que, a pesar de conocerte muy bien, te sigue queriendo) ha escrito un nuevo libro titulado ‘Cuentos para regalar a personas incorregibles’. Un libro que, según dice el autor en el prólogo, fue concebido en la ciudad de Málaga.
Una de sus interesantes y numerosas historias ha dado lugar a este artículo. Cuenta Mariscal que en un censo realizado en la ciudad de Santiago del Estero (Argentina) el funcionario de turno pregunta a un anciano que disciplinadamente ha acudido a las oficinas censales:
–¿Cuántos hijos tiene usted?
–Diez, contesta el interrogado.
–¿Todos vivos?, inquiere el funcionario.
–No. Dos trabajan, responde con aplomo y seriedad el anciano.

La contestación de este curioso personaje me ha llevado a compartir con el lector algunas ideas sobre esos individuos a los que vulgarmente se denomina chupópteros, caraduras, ‘vivalavirgen’ o, sencillamente, listillos. Se trata de individuos que suelen arreglárselas muy bien para cobrar un buen sueldo sin dar golpe, que tienen un radar para detectar chollos, prebendas, regalos, recompensas extraordinarias, pagas especiales, ofertas que para otros resultan invisibles e ilocalizables.
Los listillos suelen ser, además, graciosos. Alardean de sus habilidades, hacen gala de su pericia para encontrar la mejor oferta, el mejor puesto, la mejor ocasión. No se dan cuenta de que, al jactarse delante de ti de que burlan los impuestos, te están diciendo que tú eres uno de los imbéciles que pagan por él.
Hay listillos en todas las instituciones, en todos los grupos, encualquier lugar y ocasión. Estudiantes que entienden el trabajo en grupo como una excelente oportunidad para beneficiarse del esfuerzo de otros.Trabajadores de una empresa que saben escaquearse de cualquier esfuerzo que entre todos los demás se reparten. Políticos que se apuntan a todos los viajes gratuitos, que reciben todas las prebendas imaginables y que se benefician de todos los dividendos que graciosamente se reparten.
¿Quién no conoce a personas que alardean de disfrutar de una baja tras otra, hábilmente encadenadas, sin tener la menor dolencia? Cuando te lo cuentan, creen que hacen una gracia enorme, que deslumbran por su inteligencia y por su perspicacia. Creen que son más listos que nadie.
Conozco el caso de una persona que se se daba sucesivamente de baja por depresión mientras preparaba unas pruebas e, incluso, las realizaba sin el menor reparo ante el escándalo público que su comportamiento conllevaba. Una persona lista, claro está.
Tiene otra habilidad el vivo. Cuando se trata de presentar el expediente de los méritos, aparenta como el que más, hace ver que nadie hace mayores esfuerzos que él, es capaz de aparecer como víctima propiciatoria de la indolencia ajena.
Caminan los listillos bajo las andas del santo sin arrimar el hombro, pero haciendo ver que están derrengados por el esfuerzo. Se las arreglan para disimular de tal forma que, sin soportar un gramo de peso del varal, parecen que son ellos los que llevan la mayor parte de la carga.
Algunos son así ya desde niños. Aprovechados, perezosos, hipócritas, gorrones. Ante la autoridad ofrecen una imagen de trabajadores esforzados. Ante las amistades se presentan como inteligentes evasores del esfuerzo.
La picaresca ofrece innumerables ocasiones de zafarse de cualquier sacrificio. El ingenio se agudiza en ese afán de escaqueo. Se diría que trabajan más para evitar el trabajo que si realmente lo realizaran. Pero ese es su juego, ese es su blasón.
Durante las horas de trabajo, un compañero invita a otro a tomar un café. Su respuesta no pudo ser más convincente:
–No, que me espabilo.
El lema del vivo parece ser: “Pudiendo no hacer nada, ¿por qué tendría que hacerlo?” Es decir, que si le pagan el sueldo sin esforzarse, no tendrá sentido hacerlo. Si puede conseguir beneficios sin pagarlos, sería de estúpido entregar el dinero.
Cuando se trata de gastar dinero público parece que son unos magnates. Si tienen que ponerlo de su bolsillo nunca encuentran la cartera. No sé cómo no se les cae la cara de vergüenza, porque sus tretas llegan a ser tan escandalosas, tan obvias, tan descaradas que resultan patentes a distancia. Si al lado de ellos se encuentra una de esas personas que actúa como ‘burro de carga’ no tendrán el menor reparo en poner sobre su espalda el peso de su trabajo y de su responsabilidad.

El problema es que ese tipo de estrategia se convierta en el modelo que se debe imitar para ser considerado una persona lista, espabilada y eficazmente establecida. ¡Hay que ver fulanito, qué bien vive! ¡Y sin dar golpe! El que trabaja, el que se esfuerza, el que ayuda parece un imbécil que no sabe desenvolverse. El que cumple con su tarea e, incluso, comparte la de los otros es un ingenuo que todavía no ha madurado.
Decía una persona a sus amigos que, de niño, había sido especialmente inteligente y, entre otros datos, comentaba lo pronto que había aprendido a caminar. El listillo de turno hace su gracia diciendo que él fue más inteligente ya que tuvieron que llevarlo en brazos hasta los tres años. Y cree que, además de inteligente, resulta gracioso. Lo malo sería que cada vez lo creyeran a pie juntillas más personas.

La tragedia de volver en no

3 Jul

Existen ‘estados de opinión’ y también ‘estados emocionales’. Se producen corrientes de pensamiento y, cómo no, corrientes de sentimiento y de ánimo. Esos ‘estados’ pueden caracterizar a una población entera o a un colectivo dentro de ella. Cuando se habla de ellos no se quiere decir que todos y cada uno de los integrantes de un colectivo tengan la misma idea o vivan idéntica emoción. Podemos decir, por ejemplo, que el profesorado estaba ‘satisfecho con la LOCE’ o que los médicos están ‘descontentos con las estructuras sanitarias’, que ‘los jueces están abrumados por la tarea’ sin afirmar por ello que todos los individuos de estos colectivos, sin excepción, participan de esa dinámica emocional.
¿Qué pensar, hoy, de los docentes? De forma reiterada oigo decir que están sumidos en un clima de desaliento, que tienen un estado de ánimo pesimista y desesperanzado, que viven un malestar que lo tiñe todo de un tono bajo, de una lamentable falta de entusiasmo. No es fácil hacer un diagnóstico del ‘estado emocional’ de los docentes, pero desde hace algunos años se viene insistiendo en la presencia de un grave malestar, especialmente entre los docentes de Secundaria. No en el de todos, claro está. Se habla insistentemente de conflictividad en las aulas, de falta de motivación del alumnado, de dificultades intrínsecas a la práctica, de grave desafección de las familias respecto a las escuelas, de poca coherencia en quienes dirigen la educación, de poca valoración social de su actividad… Y de un consecuente malestar o de una inevitable decepción.
Vivimos una época en la que se magnifica la maldad y la desgracia. Basta ver la primera página de los periódicos para comprobarlo. No es noticia la paz, ni la solidaridad, ni la vida, ni el afecto. Es noticia la muerte, el terror, la destrucción, la catástrofe. “Dale la vuelta al periódico, que viene el niño”, dice el padre a la madre ante la carga de horrores de las noticias más relevantes que ocupan la primera página. Digamos que la bondad no cautiva a las audiencias. Tampoco en la esfera de la enseñanza. Es noticia que un alumno persiga a un profesor por un pasillo con un cuchillo, no lo es que millones de escolares estén trabajando pacífica y afectuosamente con sus profesores en las aulas.
No quiero pecar de ingenuo. Sé que existen dificultades y problemas en el desarrollo de la tarea educativa. Unos son tradicionales e inherentes a la naturaleza de la actividad y a la idiosincrasia de la institución en la que se desarrolla y otros son novedosos y propios del momento y las circunstancias que estamos viviendo. De ahí a decir que los profesores son los profesionales con peor situación y con mayores tasas de depresión y de conflicto hay un abismo.
En la sociedad neoliberal priman unos postulados que resultan contraproducentes para los presupuestos que sostienen una auténtica actividad educativa. Lo que hoy está de moda es el individualismo, la competitividad, el relativismo moral, la presión del éxito, la obsesión por la eficacia, la hipertrofia de la apariencia, la adición al consumo, la búsqueda del hedonismo… No es fácil remar contracorriente o avanzar contra la fuerza del viento. Porque esos postulados no sólo inspiran y dominan las grandes políticas y los enfoques de la macroeconomía. Esos postulados se instalan en las concepciones, en las actitudes y en las prácticas cotidianas de las personas.
Es posible que después de un período en el que se ha vivido la emoción optimista de un cambio que luego se frustró venga una etapa de pesimismo y decepción. De eso hablan algunos docentes que vivieron en España hace años una etapa de fuerte compromiso, de experimentación pedagógica y de transformación política. Muchos profesores entusiastas, comprometidos en movimientos de renovación fueron fagocitados por la administración educativa. Otros fueron vencidos por el cansancio o la incertidumbre. Se ‘han quemado’, dicen.
No puedo por menos de solidarizarme con el profesional de la enseñanza que se encuentra con dificultades extremas para conseguir una mínima atención de los alumnos y para despertar una minúscula motivación por el aprendizaje. Con el docente que vive en el seno de un grupo profesional conflictivizado y escéptico o que se relaciona con familias agresivas e intemperantes.
Sé que es imposible enseñar a quien no quiere aprender. Porque el verbo aprender como el verbo amar no se pueden conjugar en imperativo. Sólo aprende el que quiere. Sé que los profesionales de la educación tienen competidores potentes que actúan por la vía de la seducción sobre los alumnos, no por la de la argumentación que se utiliza en la escuela. Sé también que muchos docentes han llegado a la profesión por caminos tortuosos y con una preparación específica escasamente coherente y en nada eficaz para poder ejercerla de manera satisfactoria.
He visto a miles de profesores en otros países (me refiero especialmente a docentes hispanoamericanos) que trabajan con unos salarios miserables, en unas condiciones pésimas, con problemas políticos y sociales gravísimos, con alumnos hambrientos y los he visto trabajar (no a todos, claro) con un entusiasmo, con una capacidad de sacrificio y con un deseo de aprender admirables. Me he preguntado muchas veces por la fuente de su entusiasmo, de su esperanza, de su optimismo.
Porque esa fuente existe. Dice Horkheimer, autor de la escuela de Frankfurt que en educación podemos ser pesimistas teóricos, pero hemos de ser optimistas prácticos’. Me contaba en cierta ocasión la ministra de Educación de Bolivia que los habitantes de Potosí tenían fama de ser muy pesimistas. Tanto, que se decía de ellos lo siguiente: Cuando un potosino se desmaya, no vuelve en sí, vuelve en no. Hay profesionales de la educación que vuelven cada mañana en no, que van a la escuela maldiciendo su suerte. Para su desgracia, por cierto. Y para la de quienes dependen de ellos.
Pienso que no hay tarea más compleja, más decisiva y más apasionante que la de trabajar con la mente y con el corazón de las personas. Para ejercerla hace falta desterrar el fatalismo, vivir en la esperanza y mantener el optimismo. Dice Merieu: “La educabilidad se rompe en el momento en que pensamos que el otro no puede mejorar y que nosotros no podemos ayudarle a hacerlo”. El próximo día trataré de buscar los manantiales del optimismo que pueden abastecer a los docentes de una razonable alegría y de una notable satisfacción. Eso espero y a ello me comprometo.

¿Me toma el pulso, doctor?

26 Jun

manos.jpg Si no ha leído el libro de Eduardo Galeano ‘Bocas del tiempo’, deje este artículo aquí mismo, vaya a comprarlo.
Y póngase a leerlo. Es un extraordinario ejercicio de sensibilidad.
Se trata de un hermoso y profundo elenco de historias que nos concilian con la humanidad. Una de ellas cuenta el caso de Doña Maximiliana, mujer muy castigada por los trajines de una larga vida sin domingos, que llevaba unos cuantos días internada en el Hospital, y cada día pedía lo mismo.
–Por favor, doctor, ¿podría tomarme el pulso?
Una suave presión de los dedos en la muñeca, y él decía.
–Muy bien. Setenta y ocho. Perfecto.
–Sí, doctor, gracias. Y ahora, ¿me toma el pulso?
Y él volvía a tomarlo, y volvía a explicarle que estaba todo bien, que mejor imposible.
Día tras día se repetía la escena. Cada vez que él pasaba por la cama de doña Maximiliana, esa voz, esa ronquido, lo llamaba, y le ofrecía ese brazo, esa ramita, una vez, y otra vez y otra. El obedecía, porque un buen médico debe ser paciente con sus
pacientes, pero pensaba: Esta vieja es un plomo. Y pensaba: Le falta un tornillo.
Años demoró, dice Eduardo Galeano, en darse cuenta de que ella estaba pidiendo que alguien la tocara.
Hermosa historia que nos habla de la relación entre médico y paciente. Una relación que va más allá de los conocimientos científicos, de las habilidades técnicas y de los aciertos terapéuticos.
La relación de los médicos con los pacientes toca dimensiones profundas del ser humano. El paciente necesita un profesional que le oriente de manera preventiva sobre el modo de cuidar la salud, que le diagnostique certeramente cuando tiene una enfermedad y que le trate con eficacia cuando tenga que intervenir médicamente. Pero necesita también a un ser humano que comprenda su angustia, que conozca su modo de vivir la enfermedad, que escuche con atención lo que quiere (y, en ocasiones, no puede o no sabe) decir. El paciente necesita a una persona para la que tenga sensación de que es importante.
La prisa, la rutina, la presión asistencial, la obsesión por la eficacia, la superespecialización necesaria hacen difícil la consideración del paciente como un ser que sufre, que teme, que se angustia. No es una máquina averiada, es un ser humano atrapado en la angustia de una enfermedad. No hay medicina que cure lo que no cura la felicidad.
Mi editor argentino me cuenta por qué motivo eligió su familia al cirujano que iba a operar de amígdalas a su pequeño nieto. La relación que establece el profesional con el niño es de tal naturaleza que el pequeño pregunta con ilusión cuándo va a llegar el momento de ir a ese ‘gran Hotel’ a curarse.
El cirujano le dice al niño: tienes que ir a un gran Hotel con una bolsa muy grande (“luego te explicaré para qué necesitas la bolsa”, precisa). Cuando estés allí, todos nos vamos a disfrazar, tu papá, tu mamá, yo mismo,… Y luego, en una cama que vuela, vas a ir a un lugar donde encontrarás a una persona que te dirá algunas mentiras. Te dirá que allí hay helados de pistacho, de chocolate, de vainilla, de turrón… No le hagas caso. Luego te quedarás dormido y, al despertar, ya no vas a tener dolor. Y ahora viene el por qué de la bolsa. Vamos a dejar que te visiten tus abuelos, tus padres, tus tíos… Pero con una condición. Tendrán que llevarte un regalo. Por eso la bolsa ha de ser grande.
El cirujano les dice, ya a solas a los familiares: No le hablen al niño de la operación, porque le conta- giarán su angustia. Si tiene algo que preguntar, que me llame él mismo. Éste es el número de mi teléfono móvil.
No es de extrañar que el niño quisiera ir a ese lugar ‘maravilloso’, a ese gran Hotel, donde se va a curar, se va a divertir y va a recibir regalos. Qué distinto el clásico terror de los niños a las batas blancas, del rechazo a personas adustas, tan sabias como intimidadoras.
Me impresionó la ternura del médico. Me pareció más que lógica la elección de la familia. A todos los profesionales les reconocían la preparación técnica para la operación. No todos tenían esta calidad humana, esta sensibilidad para relacionarse con el niño.
Hace días tuvieron que extraerme una muela. En el momento en que el dentista ejercía la mayor presión, la enfermera me sujetó la cabeza por detrás con ambas manos. La finalidad era meramente mecánica, pero el efecto protector hizo que me sintiese más tranquilo, más seguro.
La capacidad de ponerse en el lugar del otro, la atención para captar las mínimas reacciones, la sensibilidad para saber cómo está reaccionando el paciente ante el diagnóstico o ante el tratamiento, constituirá una ayuda inapreciable para la recuperación.
Me gusta ver cómo los pacientes agradecen a sus médicos ese factor humano que les infunde fuerza y optimismo. Lo puedo leer muchos días en las cartas al director del periódico. Es curioso observar que muchas de ellas muestran la gratitud a pesar del fracaso último de la atención sanitaria. El familiar ha fallecido y los firmantes muestran su gratitud por la forma en que han sido tratados por los profesionales. Me refiero a los médicos y, por supuesto, a las enfermeras y enfermeros que están cerca del paciente durante muchas horas.
¿Cómo no valorar en ese elemento optimista que supone un trato afectuoso y cercano? El optimismo se transmite por ósmosis. Un médico de San Salvador de Jujuy me decía que el médico optimista es el que llega a la sala de pacientes por la mañana diciendo de forma jovial:
– Hola, ¿cómo están todos?
El médico pesimista es el que llega a la misma sala por la mañana y se presenta diciendo:
– Hola, ¡cómo!, ¿están todos?
Me gustaría encontrarme con eso médico que espera verme, que se alegra de verme y que desea encontrame mejor que cuando me dejó. Sé que hay muchos así. ¿Por qué no todos?

Ruleta rusa episcopal

19 Jun

ruleta.jpg Algunas decisiones del gobierno socialista han sido duramente contestadas por el episcopado español, sobre todo en lo que se refiere a la investigación con embriones, el matrimonio entre homosexuales y el aborto. El cardenal López Trujillo (Colombia, 1935) ha venido a España para presentar su libro ‘Lexicón’ que compendia en 1141 páginas la doctrina católica, presentada sin componendas para hacer frente a cuestiones de actualidad política. Ha venido en defensa de la conferencia episcopal, dando respaldo vaticano a las tesis de la jerarquía española y criticando el “positivismo jurídico” de “esos parlamentos” que se dejan llevar “por las mayorías”. ¿Por quién tendrían que dejarse llevar los parlamentos? Está claro, por sus Eminencias reverendísimas.
No sé cuántas personas siguen con fidelidad los preceptos morales de la Iglesia Católica. Me refiero en estas líneas de manera especial a todo lo relativo a la sexualidad. Sí sé que muchos creyentes se los saltan a la torera sin problema de conciencia, porque están alejados de la vida actual y de la realidad cotidiana. El pretendido carácter inmutable de esos preceptos (tantas veces y tan claramente quebrantado por la misma Iglesia) es difícil de defender. No quiero hacer un repaso a la moral puritana que nos pretendió guiar en los años de nacionalcatolicismo. Daría vergüenza (si no causase también indignación) recordar que se cosía los bolsillos de los niños para que no pudiesen meter en ellos las manos, que se censuraba un anuncio de un talco porque se veían los muslos de un niño (véase el libro de Fernando Díaz Plaja titulado ‘Anecdotario de la España franquista’), que se mutilaban las películas de forma absolutamente indecente porque contenían un beso, un adulterio o un desnudo (véase el libro de Román Gubern ‘Un cine para el cadalso’), que se condenaba a las mujeres a un submundo de restricciones (véase ‘Usos amorosos de la postguerra española’, escrito por Carmen Martín Gaite)…
Hay quien dice que no hay que darle mucha importancia a esta tipo de información episcopal porque pocas personas se ven afectadas por ella. No estoy de acuerdo en que sean tan pocas. Pero, basta que a una sola persona le influyese esta información, este tipo de estrategias perversas, para que se hiciera necesaria una intervención pública que velase por la calidad y el rigor de una información veraz.
Se ha despertado una intensa reacción ante la postura que los señores obispos han adoptado ante el uso del preservativo, como uno de los medios más eficaces de anticoncepción y de prevención de enfermedades. Dicen los obispos que usarlo es como situarse ante una ruleta rusa que pone en grave riesgo de contagio de enfermedades. Treinta por ciento de posibilidades, dicen con una exactitud que indigna y desconcierta.
Sería mejor preguntar a investigadores, sexólogos, psicólogos y especialistas. No ofrecen los mismos datos, no brindan la misma información. Resulta verdaderamente inquietante con qué ligereza se plantea una información de consecuencias tan lamentables.
Eduardo Haro Tecglen proponía desde su tribuna de El País le necesidad de formalizar una denuncia ante esta información falsa que produce tanto daño a muchas personas crédulas. A pocas instituciones o personas se les permitiría en una democracia brindar datos tan falsos como interesados.
En primer lugar, hay que preguntar a los obispos de dónde han sacado esa información. ¿Cuáles son sus fuentes? Porque se trata de un porcentaje poco riguroso y descaradamente manejado al servicio de sus tesis. Resulta de una indecencia superlativa engañar a la población dando como ciertas unas cifras que han escandalizado a estudiosos y a cualquier persona que utiliza para razonar el sentido común.
En segundo lugar, hay que plantear (una vez más) el abusivo intento de imponer a toda la población los criterios que presiden su particular moral. No discuto que los obispos ejerciten el derecho e incluso el deber de guiar a sus fieles en todo lo concerniente a la fe y a las costumbres. Otra cosa es pretender que todos los ciudadanos y ciudadanas del país, sean o no católicos, sean o no creyentes, tengan que someterse a sus preceptos morales.
En tercer lugar, dan por sentado los señores obispos que hay una única moral objetivamente verdadera y que esa es la suya. Una moral eterna, indiscutible, emanada de la divinidad y de la que la jerarquía es depositaria. Con la de veces que se han equivocado, no digo ya en la historia sino en un arco temporal muy breve de la misma. Todavía recordamos muchos de nosotros lo que se nos brindaba como norma moral válida en nuestros años infantiles. Hoy nos hace sonreír (por no decir que nos hace llorar) pensar en aquella moral puritana que convertía en pecado mortal una mirada, un pensamiento, un tocamiento, un deseo… “En todo lo relativo a la castidad, decía aquella trasnochada moral, no hay parvedad de materia”. Ahora, afortunadamente, ya no es así.
La Asociación de teólogos progresistas Juan XXIII se ha manifestado críticamente contra la pretensión de los obispos de imponer sus criterios a toda la sociedad. A una sociedad que en su carta magna, se declara aconfesional.
Llama poderosamente la atención que quien renuncia al ejercicio de la sexualidad pretenda gobernar la de todos los demás. Que quien renuncia a la formación de una familia haga una tan desaforada defensa de la misma como núcleo básico de la sociedad (‘patrimonio de la humanidad’, la denomina la Iglesia), que quien excluya a la mujer de sus estructuras de poder pretenda convertirse en un valedor de su dignidad. Ya sé que no hace falta ser gallina para saber que un huevo está podrido, pero la coherencia entre pensamiento y acción, entre lo que se dice y lo que se hace refuerza el valor de las propuestas.
Defender, como hizo el Cardenal Trujillo que la castidad es la mejor forma de ‘sexo seguro’ no deja de ser una singular paradoja. Es como decir que el mejor remedio para la calvicie es la decapitación. Lo que me llevó a la exasperación fue la referencia al presidente de los EE.UU como ‘defensor de la vida’ por sus campañas sobre el aborto. ¿No hubiera demostrado de manera más clara que estaba a favor de la vida si no hubiera llevado a la muerte de forma injusta, interesada y mentirosa a tantos inocentes? Yo creo que la auténtica ruleta rusa son las palabras y las ideas del cardenal.