Tengo que felicitaros

25 Sep

felicitacion.jpg La psicología del aprendizaje es terminante al respecto. El refuerzo positivo (por ejemplo, el elogio) es más eficaz para el aprendizaje que el refuerzo negativo (por ejemplo, el reproche, el castigo). Y tiene muchos menos efectos secundarios imprevisibles e incontrolables aparejados. Mediante el refuerzo negativo puede ser que se corrija un defecto, pero también puede suceder que se rompa para siempre el vínculo educativo con el que enseña.
Me gusta mucho la historia de un entrenador de fútbol que se hace cargo de un equipo de adolescentes. Observa su juego y ve que tienen un defecto importante. Cada uno, con el afán de marcar y ser aplaudido, agarra el balón y pretende meter gol regateando a todos los jugadores del equipo contrario que le salen al paso. Acaban perdiendo siempre la pelota. El entrenador les reúne y les dice:
– Mirad, el fútbol es un deporte de equipo y tiene una regla de otro. Cuando uno recibe el balón, ha de mirar quién está libre para poder pasárselo. Cuando uno no lo tiene, debe desmarcarse para poder recibirlo. ¿Está claro?
Todos responden convencidos:
– Sí, mister, está muy claro.
– ¿Lo váis a hacer como estoy diciendo?
– Sí, contestan a coro, muy entusiasmados.
Llega el primer partido de competición. El entrenador observa las evoluciones de sus jugadores desde el banquillo. Y ve que siguen con el mismo error que ha pretendido corregir. Su equipo acaba perdiendo el partido por un tanteo escandaloso: 6–0. Cuando los jugadores llegan al vestuario, esperan una severa reprimenda de su entrenador, quizás un castigo. Pero se sorprenden cuando les dice:
– Tengo que felicitaros.
La sorpresa es mayúscula. No se imaginan ningún motivo por el que puedan ser felicitados. Han perdido. No han hecho caso a su entrenador. Han jugado mal.
– Hemos perdido, recuerdan entristecidos y cabizbajos, por si su entrenador ni siquiera se ha enterado del desastre.
El entrenador, tranquilo, sonriente, les comenta:
– Ya sé, ya sé que hemos perdido. A pesar de ello. tengo que felicitaros. Os explicaré por qué. Vamos a ver, cuando tú tenías el balón, le dice a uno de sus jugadores, y seguías con él hasta perderlo, ¿qué pensabas?
– Yo pensé que así no podía ser, que nos había dicho que teníamos que pasar.
– Y vosotros, dice dirigiéndose a otros jugadores, cuando veíais que algún compañero de equipo avanzaba queriendo llegar entre contrarios a la otra portería, ¿qué pensabais?
– Que tenía que pasar el balón a quien estuviera libre, como nos había dicho.
– ¿Es cierto que lo pensábais?
–Sí, mister, lo hemos pensado, hemos caído en la cuenta.
– Pues bien, ese es el motivo de mi felicitación. Ya habéis dado un paso hacia el buen juego, hacia la mejora. Ya habéis pensado que así no podéis seguir. Enhorabuena, pues. El próximo día hay que dar otro pasito hacia adelante. Y estoy seguro de que lo vais a dar.
El lector estará conmigo en que con ese entrenador es más fácil progresar, es más posible avanzar. No es que no sea exigente. Lo es. De hecho, les emplaza para dar otro paso más en el próximo partido. Es inteligente, es generoso. Todos querríamos ser entrenados por una persona así. No nos gustaría jugar a las órdenes de un entrenador que nos humillara, que nos despreciara, que nos dijera que somos inútiles, a pesar de haber ganado, de haber hecho las cosas bien, sólo por haber fallado un penalti intrascendente para la victoria.
Creo que practicamos poco la felicitación, el elogio, la manifestación de nuestra enhorabuena. En los establecimientos existe un libro de reclamaciones, pero no de felicitaciones. Decimos lo que se hace mal, no felicitamos por lo que se hace bien. Y todos estamos hechos de la misma pasta, o de parecida pasta. Nos gustan más las felicitaciones que los reproches.
La odiosa frase de “la letra con sangre entra” se ha interpretado desafortunadamente. La sangre no es del aprendiz sino del que enseña.
No defiendo con esta postura la falta de exigencia, la falta de esfuerzo, la falta de voluntad de quien aprende. Sólo aprende el que quiere. Hace falta voluntad, por consiguiente, sacrificio, esfuerzo y constancia. Pero nacidos de la lógica, del interés, de la sensibilidad. Si el esfuerzo nace de la crispación, del desamor, del miedo o del odio de quien lo exige, producirá malos frutos. En primer lugar porque, cuando esa exigencia desaparezca, también se esfumará el deseo de esforzarse. En segundo lugar porque aparecerán el resentimiento y la venganza como respuestas a la malquerencia.
Creo que las personas tiernas y sensibles consiguen mucho más, generan una respuesta más exigente y autónoma. El palo, la dureza, la agresividad sólo producen heridas.
Me preocupa, claro está, la abulia, la pereza, la falta de esfuerzo que veo en algunos jóvenes. El problema es pensar en las causas y en saber cómo se promueve la autonomía de la decisión y la capacidad de esfuerzo y constancia. No basta con decirlo. No basta con exigirlo. Hay que tener motivos, razones, ejemplos, para que se desee hacerlo.
Un alumno le dice a un profesor: “Mire usted, explíqueme lo que quiera, por el método que desee y hasta póngame la nota que le apetezca pero, por favor, no me motive”. ¿Se le puede motivar a la fuerza? ¿Basta decirle que se esfuerce? ¿Cómo se convence a este personaje que tiene que motivarse, que tiene que tener voluntad, que tiene que practicar la cultura del esfuerzo. Eso es lo difícil, llegar a persuadir de lo importante y de lo interesante que es hacer las cosas bien. Si sólo se practica la filosofía del “palo y tente tieso”, la reacción previsible es que se evite recibir el palo y, sobre todo, de que cuando el palo no descargue su violencia, nos entreguemos a lo más fácil.

Si no leo, me aburro

18 Sep

lector.jpg En un escaparate de una tienda de la ciudad mexicana de Oaxaca he visto una camiseta con esta sugerente inscripción: “Si no leo, me aburro”. A la explícita intencionalidad del texto hay que añadir una segunda connotación que venía sugerida por la imagen de un burro que aparecía al lado del texto. “Si no leo, me hago un burro”, venía a decir el autor de la idea. Manuel Alcántara lo dice con su habitual ingenio: “Cuando alguno nos dice que no lee, podría ahorrarse la confidencia”.
Se puede leer en El Quijote: “Ahora digo que el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”. A través de los libros puedes recorrer mundos nuevos e inexplorados, vivir aventuras jamás soñadas, conocer personas increíbles, descubrir o inventar misterios, vivir grandes emociones, aprender miles de cosas…
Pocos placeres más estimulantes y gratos que la lectura, ¡Qué triste que algunos se los pierdan! En efecto, hay quien considera que leer es aburrido, odioso, pesado. Recuerdo haber leído una columna de Eduardo Haro Tecglen en la que contaba que, estando haciendo una mudanza de casa, le dijo a un joven que transportaba una gran caja de libros:
–Siento que tengas que hacer tanto esfuerzo: esa caja es muy grande y pesada.
El joven replicó con aplomo y convicción:
–No se preocupe, don Eduardo, lo mío no es nada. Lo malo es lo suyo que tiene que leerlos.
¿Lo malo?, ¿qué idea tiene de la lectura quien hace una afirmación semejante? Lo que me preocupa es que muchos escolares hubieran dicho lo mismo. Y eso me remite a la didáctica de la lectura, a la forma de enseñar, que es precisamente, la forma de despertar el deseo de saber. Me preocupa que, de una institución destinada a despertar el deseo de saber salgan personas que odian el aprendizaje. ¿Por qué en lugar de dos libros prefieren leer uno?, ¿por qué eligen el menos voluminoso?, ¿por qué prefieren ver un programa de televisión?
“Los libros guardan nuestros sueños para que no se mueran de frío”, he leído en un programa de iniciación a la lectura realizado en un Colegio de Las Palmas. Se puede leer en la playa, en la cama, en el autobús, en el metro, en la sala de espera del dentista, en el avión, en el tren… Se puede leer en casi todas las partes. Unos amigos tienen colgado en la puerta del baño de la casa un cartelito: ‘Sala de lectura’. Se puede leer a cualquier hora del día, cualquier día de la semana. Siempre se puede leer.
Qué hermoso regalo es un libro. Un libro que, quizás, nunca hubieras comprado, un libro que probablemente venga dedicado (dice García Márquez que un libro no se acaba de escribir del todo hasta que no se dedica), un libro que te recordará a esa persona que te ha invitado generosamente a disfrutar, un libro que te podrá acompañar siempre de casa en casa.
Hablo, claro está, de una lectura voluntaria, comprensiva, reposada y crítica. (Es conocida la irónica cita de Woody Allen: “He hecho un curso de lectura rápida y he leído ‘Guerra y paz’ en veinte minutos. Habla de Rusia”). Hace falta leer críticamente. Porque también se puede leer como un papanatas. No sólo con los ojos abiertos sino con la boca abierta. Lo decía aquel ciego mientras pasaba su mano sobre un trozo de lija: ¡La cantidad de tonterías que escribe la gente! Me sorprende la postura de quien aconseja cualquier lectura y cualquier modo de leer, mientras es reticente ante cualquier programa de televisión. Pues no. Hay programas magníficos y libros estúpidos. Por eso hace falta impulsar la crítica, no la censura. El censor es un personaje cínico y orgulloso. Nos dice: “Mire, yo puedo leer este libro o ver este programa porque soy inteligente y maduro, pero a usted le puede hacer daño, porque es tonto e inmaduro”. Lo que hace el censor es impedirte pensar por ti mismo. En definitiva, impedirte crecer. Abogo por un lector y por un espectador inteligente que sabe comprender y discernir. Decía Concepción Arenal: “Un libro, para una inteligencia que no tiene medios de juzgarlo, es una especie de tirano: sojuzga, y lo mismo puede dirigir que extraviar”.
El gusto por la lectura mata el aburrimiento, enriquece el pensamiento y ayuda a vivir. “Nunca tuve una tristeza que una hora de lectura no haya conseguido disipar”, decía Montesquieu. La lectura nos ayuda a pensar y, por consiguiente, a no caer tan fácilmente en las trampas de la política, de la economía y de la religión. “Más libros, más libres”.
Hay que despertar el amor a los libros. Como objetos hermosos, agradables a la vista, al tacto y al olfato. Hay que valorar sus títulos (‘Las venas abiertas de América latina’, ‘Donde el corazón te lleve’, ‘El que no lea este libro es un imbécil’…), sus dedicatorias (“a mi mujer, sin cuya ausencia, nunca hubiera podido escribir este libro”, “a Sara: mira, mi vida”…), su fe de erratas (“después de corregir rigurosamente este libro podemos dar fe de que no se encuentra en él ninguna errata”), su prólogo (Stanislaw Lem escribió un hermoso libro sobre los prólogos titulado ‘Un valor imaginario’), su contenido, su estilo, su textura, su olor…
El libro es un puente por el que el autor camina hacia el lector y éste hacia aquel. Un puente de tránsitos infinitos.
Organizamos hace algunos años una cadena de lectores en nuestro Departamento universitario. Cada uno introducía un libro en la cadena y, al llegar el día 15 de cada mes, la cadena efectuaba un giro, de modo que el anterior en la lista te entregaba su libro y tú pasabas el tuyo al siguiente. Lo pasamos bien.
Todos los días deberían ser ‘el día del libro’. Deberíamos leer cada día, como recomendaba el aforismo latino: “Nulla die sine linea” (ningún día sin una línea). Qué hermosa y potente novela la de Ray Bradbury: ‘Farenhait 451’. Como se sabe, el título hace referencia a la temperatura a la que arde el papel. En una sociedad en la que se decreta la persecución y quema de libros, las personas acaban aprendiéndose un libro de memoria para perpetuarlos en el mundo. ¿Qué sucedería en un mundo sin libros?
Fernando Savater escribió en 1998 un libro titulado “Despierta y lee”. Creo que se podría invertir el título, de modo que podríamos decir a cada persona: “Lee y despierta”.

Invitación al optimismo

11 Sep

Comienza un nuevo curso escolar. Es un motivo y una ocasión para entregarse al optimismo. Ya sé que resulta chocante invitar al optimismo después de lo ocurrido en la escuela rusa de Osetia, en la que los niños y las niñas han sido (en un comienzo de curso inolvidable) vilmente utilizados, masacrados y torturados psicológicamente. ¿Qué se puede aprender de esta lección sobrecogedora, que ha venido a engrosar el currículum de esta escuela desconcertante que es el mundo? Ya sé que resulta paradójico invitar al optimismo cuando existen tragedias, dificultades, carencias, torpezas y problemas. No es un capricho el hacerlo, sino una exigencia consustancial a la educación. “Educar no es sólo una forma de ganarse la vida; es, sobre todo, una forma de ganar la vida de los otros”, dice Emilio Lledó. Quiero en estas líneas hacer hincapié en algunos motivos (intrínsecos a la tarea unos, otros circunstanciales) que exigen y a la vez generan optimismo y esperanza.
–La tarea educativa es consustancial con el optimismo. De hecho se basa en el presupuesto de que el ser humano es perfectible. Negar este postulado inhabilita para el ejercicio de la profesión docente. La tarea educativa no se puede entender ni ejercer sin optimismo. Perdería su sentido más profundo. Lo explica Savater con su habitual claridad: “En cuanto educadores no nos queda más remedio que ser optimistas. Y es que la enseñanza presupone el optimismo tal como la natación exige un medio líquido para ejercitarse. Quien no quiera mojarse, debe abandonar la natación; quien sienta repugnancia ante el optimismo, que deje la enseñanza y que no pretenda pensar en qué consiste la educación. Porque educar es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que la anima… Los pesimistas pueden ser buenos domadores pero no buenos maestros”.
–Se trata de una tarea que supone y exige relaciones interpersonales lo que, potencialmente al menos, resulta más gratificante que la simple manipulación de materiales sin capacidad emocional, buena o mala. No es igual trabajar con prendas de vestir, con productos químicos, con talones bancarios o con piezas de vehículos. Es cierto que las personas pueden reaccionar conflictivamente, pero también es cierto que las personas suelen responder con sensibilidad y afecto.
–Trabajar con la infancia y la juventud es una invitación a la esperanza y al optimismo. Los niños y los jóvenes tienen salud, muestran una vitalidad extraordinaria, hacen proyectos, tienen la vida por delante. La distancia generacional puede crear un abismo entre docentes y alumnos (una distancia que, por ley de vida, se agranda progresivamente) o puede invitar a construir puentes que permitan mantener el diálogo, la relación y la convivencia democrática. Otra cosa, creo yo, es trabajar en un hospital, en un geriátrico, en un psiquiátrico, en un centro penitenciario o en un centro de salud mental…
–La repercusión de la tarea del educador o educadora es casi inevitable. No tiene ni la inmediatez ni la visibilidad que la de otras profesionales, es cierto. Pero creo que las sementeras de la educación son inevitables. A veces, eso sí, se producen a largo plazo. Es magnífica la carta que Frei Beto ha escrito al fallecido Paulo Freire agradeciéndole la influencia que tuvo cuando fue profesor del presidente brasileño Lula. Le dice, entre otras cosas hermosas: “A lo largo de las últimas cuatro décadas sus alumnos fueron pasando de la esfera de la ingenuidad a la esfera de la crítica, de la pasividad a la militancia, del dolor a la esperanza, de la resignación a la utopía…”.
–Se trata de una tarea ejercida en un equipo profesional. También aquí existe la doble posibilidad: puede haber conflicto o satisfacción. ¿Por qué ha de tener más peso la dimensión negativa y pesimista? En el seno de un grupo es posible encontrar intercambio, diálogo, ayuda, respaldo, solidaridad, afecto y aprendizaje. Las enormes posibilidades que encierra el trabajo colegiado no son frecuentemente explotadas para el enriquecimiento de los profesionales.
–Frecuentemente se vive la tarea desde un intenso presentismo y desde un duro aislamiento, desconectada de la visión de conjunto que ofrece la historia (pasada y presente) de la educación en el mundo. Millones de profesionales de la educación han trabajado y trabajan en las aulas haciendo posible la iluminación del pensamiento, la transmisión de los saberes y el aprendizaje de la convivencia. Pertenecer a ese ejército pacífico, a esa legión de personas que han contribuido y contribuyen tan eficazmente a la lucha de la dignidad es una fuente de esperanza. En un momento de la historia en el que tener acceso a la información confiere poder, los educadores se dedican por oficio a compartir el conocimiento de que disponen y a facilitar e instar a la búsqueda de nuevos conocimientos. Tres obreros trabajan en la construcción de la catedral de Chartres. Al ser preguntados por lo que hacen, uno dice que está colocando una piedra, otro que está levantando una pared, el tercero sostiene que está construyendo una catedral. Los tres realizan la misma tarea pero la perciben, la viven y hablan de ella de manera diferente.
–La profesora inglesa Joan Dean dice que los educadores son poco dados a compartir los éxitos y los motivos de satisfacción que se encuentran en su práctica diaria. Están más propensos, afirma, a comentar los problemas y a magnificar los fracasos. Por eso se privan de una rica fuente de motivación y de esperanza. Compartir los éxitos, las satisfacciones, las manifestaciones de gratitud expresadas por los alumnos o por sus padres es una fuente de optimismo, de estímulo y de esperanza.
–Hay formas diferentes de enfocar las dificultades. Se pueden vivir como maldiciones o como retos. Un profesional de la medicina que se encuentra con una nueva enfermedad puede maldecir su profesión y su falta de preparación o puede estimularse para la investigación, el estudio y el fortalecimiento de su compromiso. Las dificultades de la enseñanza (grupos grandes, diversidad creciente, escasos materiales, malas condiciones, presión externa inhibidora, escasa valoración de la práctica, problemas de disciplina, torpeza y desinterés de algunos políticos…) se pueden vivir de forma estimulante o de manera amarga y derrotista.
–La tarea de enseñar es una tarea que perpetúa a las personas en la forma de ser, de pensar y de sentir de otras. Dice Rubén Alves, en su hermoso libro ‘La alegría de enseñar’: “Enseñar es un ejercicio de inmortalidad. De alguna forma seguimos viviendo en aquellos cuyos ojos aprendieron a ver el mundo a través de la magia de nuestra palabra. Así, el profesor no muere nunca…” .
Dicen que el escritor francés Edmond Rostand, al cumplir los ochenta años, se miró al espejo y dijo: “Desde luego, los espejos ya no son lo que eran”. Se equivocaba, claro. Pero, ¿no se equivoca de una manera más dramática la persona de veinte años que se mira al espejo y exclama: “Soy un pellejo inservible. No merezco vivir”? De equivocarnos, es más inteligente hacerlo como el escritor francés. Feliz curso.

Pura pinta

4 Sep

placido02.jpg Esta breve inscripción figuraba en un camión bonaerense, según nos cuenta Adolfo Bioy Casares en su interesante libro ‘De jardines ajenos’. De forma sucinta e irónica hace alusión el texto a la engañosa apariencia del vehículo. Viejo y débil motor, escasa potencia, poca seguridad…, pero magnífica apariencia. Pura pinta.
Muchas personas, instituciones y organismos podrían llevar esa misma inscripción en sus frentes, en sus fachadas. Una cuidada apariencia detrás de la cual se esconde el vacío, la fealdad o, lo que es peor, la perversión.
El Diccionario de Oxford dice que, originariamente, hipocresía significó “desempeñar un papel en el escenario”. Más adelante plantea el sentido específicamente vicioso de aquella representación: “Adoptar una falsa apariencia de virtud o de bondad, con disimulo del verdadero carácter o inclinación”.
Existe una hipocresía religiosa. De ella deja constancia clara y contundente la denuncia evangélica del fariseísmo, que tan claros ejemplos encuentra en la vida de muchas personas hoy en día. Personas devotas con una vida en la que falta el respeto más elemental a los demás. Personas que se consideran religiosas cuyos comportamientos privados resultan decididamente vergonzosos. Pura pinta.
Hay también hipocresía moral, propia del aquel que hace ‘como si’, que basa su comportamiento moral en la simulación. Dice Jorge Vigil Rubio en su ‘Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales’: “El hipócrita simula que sus motivos e intenciones son irreprochables, aún cuando sabe que son dignos de censura”. La modalidad arcaica del hipócrita era la de quien sentaba su mesa a un pobre para la cena de Navidad mientras explotaba a los obreros durante los 364 días restantes del año. La especie moderna del hipócrita moral crea fundaciones con el piadoso propósito de ayudar a los desfavorecidos y, de paso, maquilla sustancialmente la cuenta fiscal.
Todo el mundo ha conocido a través de los medios a esos delincuentes que han cometido pacientemente, persistentemente delitos horrorosos mientras mantenían una apariencia ejemplar. Los familiares, amigos y conocidos apostillan después de hacerse pública la sentencia por los sucesivos asesinatos, violaciones o atrocidades diversas:
– Parecía un ciudadano modélico.
– Era una persona que ofrecía una imagen amable.
– Quién lo hubiera dicho, parecía un individuo estupendo.
Pura pinta.
Podríamos hablar de la hipocresía política. Los políticos se rodean de asesores de imagen, dispuestos a conquistar a los electores a cualquier precio. Acabo de ver al presidente Bush en una tierna imagen besando a un niño en plena campaña electoral.
Los políticos están especialmente acechados por esta obsesión. Basta ver el incremento de inauguraciones, aperturas, anuncio de finalización de obras en la víspera de elecciones. Se trata de cuidar el escaparate, de ofrecer una imagen estupenda a los electores. Cuando se produce un escándalo lo que verdaderamente se lamenta no es el hecho sucedido sino que haya tenido difusión. Pura pinta.
Creo que es necesario denunciar la hipocresía en la comunicación entre las personas. Podríamos llamarla hipocresía psicológica o social. La practican aquellas personas que por delante te halagan y por detrás te despellejan. Te sonríen y saludan amablemente y, al darse la vuelta, te destrozan con sus sarcasmos y calumnias. El hipócrita afirma que no es racista ni sexista, dice que es bueno pagar los impuestos, que hay que aceptar a los homosexuales y ayudar a los enfermos de sida, que hay que preservar el medio ambiente, que… Pero, en su fuero interno y en su conductas públicas y especialmente privadas se aplica a poner en práctica lo contrario de lo que dice: es un machista empedernido, engaña lo que puede en la declaración de la renta, detesta a los homosexuales y no soportaría que una hija estableciese una relación con un joven negro… Pura pinta.
A estas clásicas divisiones de la hipocresía añadiría, en esta cultura de la superficialidad que nos invade, la hipocresía de la moda, de la iconolatría. De eso se trata, en definitiva, de guardar las apariencias, de ofrecer una imagen positiva, de causar buena impresión. Y ese empeño es especialmente sostenido en una sociedad como la nuestra en la que el dominio de las apariencias se ha adueñado obsesivamente de ciudadanos e instituciones.
Vivimos en el mundo de la imagen, en la sociedad de las apariencias. Lo que importa es aparentar que se trabaja, aparentar que se tiene dinero, aparentar que se es buena persona, aparentar que se tienen ideales, aparentar que se quiere ayudar a lo demás…
No aplaudo la iniciativa (o la aceptación de la iniciativa de la revista Vogue) de las ocho ministras socialistas dedicando horas de su trabajo a un posado para una revista de moda. El hecho de la paridad en el gobierno entre hombres y mujeres es una significativa conquista de la mujer. Algunos han aprovechado esta anécdota para criticar desde un hecho superficial un logro histórico. No tiene mucha importancia el hecho, pero ha dado pie para una crítica acerba e hipócrita. Pocos han comentado las propuestas ministeriales que las ministras hacen en la citada revista. Pocos han valorado el hecho de que las mujeres gobiernen con otro estilo, desde otros presupuestos, con otras ideas. La hipocresía está en algunos y algunas denunciantes cuyos vestuarios están saturados de ropas de lujo y cuya vida es una constante exhibición.
La cultura de las apariencias se manifiesta también en la obsesión por cuidar la imagen, por la estética, por estar a la moda, por lucir las marcas más cotizadas socialmente. Se puede decir que hoy todo es diseño. Se diseña bajo un predominio de la estética sobre la funcionalidad.
La apariencia se opone a la realidad, a la autenticidad, a la sinceridad. No importa lo que eres, importa, sobre todo, lo que aparentas que eres. Ya Dante había dado cabida en los más terribles círculos de su Infierno a los hipócritas, que describe como ‘gente pintada’ que lleva una pesada capa y el semblante cansado y abatido.

¡Qué bien desafinas!

28 Ago

Me dice una amiga (reproduzco sus palabras textualmente): “Cuando yo tocaba el violonchelo tenía un novio dentista que, cuando me oía tocar me decía dulcemente: ¡qué bien desafinas!”. No me sorprendí. Es el lenguaje de la ternura. La ternura es una actitud que convierte los desajustes armónicos en hermosas melodías. La actitud hostil hace los milagros en sentido contrario: encuentra disarmonía donde sólo hay belleza.
Podemos clasificar a las personas en tiernas y hostiles. Ya sé que propongo una dicotomía radical, pero creo que se puede trazar una raya y situar a unos de un lado de ella y a los demás del otro. Aunque haya una gama interminable de matices en los comportamientos concretos de cada persona. Las actitudes son disposiciones permanentes que se concretan en acciones de forma recurrente. Hay personas amables y personas con mala uva. Es el talante.
La vida está hecha de grandes acciones pero, sobre todo, de pequeños detalles. Las horas de cada día pueden hilvanarse con sonrisas, gestos amables, detalles sencillos. En casa, en el trabajo, con los amigos, con los viandantes… Me duele el endurecimiento de la vida. Los insultos casi inevitables de cualquier tertulia televisiva, la chabacanería en las formas, la agresividad de los conductores en las calles, la intemperancia, la falta de paciencia, la irritación por cualquier minucia… No es igual encontrar un gesto amable detrás de una ventanilla que alguien que te escupe con la mirada por el hecho de estar vivo. No es igual acudir al trabajo con una sonrisa franca que con un gesto de perdonavidas. No es igual llegar a casa con un pequeño regalo que con un gesto desabrido.
Se está descuidando mucho la cultura del detalle. Los buenos modales, el saludo cortés, pedir las cosas por favor, dar las gracias, ceder el asiento, informar sobre una calle lejana… Alguien puede pensar que se trata de hipocresía cuando no acompaña el afecto a todos esos gestos. Creo que las buenas formas proceden del corazón noble pero creo también que ayudan a que se forme, a que ese corazón crezca y se ennoblezca cada día.
La ternura está hecha de afecto, de sensibilidad, de dulzura. Se sustenta en la observación y en la preocupación por el otro. Se perfecciona con el ingenio. Se corona con el humor. Se concreta en pequeños detalles. Una caricia, un beso, un regalo, una frase, un recuerdo, una palabra cariñosa.
Cuenta Enrique Mariscal, en su libro ‘Enamorarse de nuevo’, la historia de un niño que se detuvo ante un cartel con un llamativo título: ‘Cachorritos en venta’. Esta clase de anuncios siempre atrae a los niños. El pequeño entró en la tienda y pregunto:
– ¿Qué precio tienen?
El vendedor, distante, contestó:
–Entre 30 y 150 euros.
El niño lo miró absorto, metió la mano en su bolsillo y sacó unas monedas. Dijo apesadumbrado:
– Sólo tengo 3 euros.
El hombre silbó y de la trastienda salió una perra corriendo seguida por cinco crías. Una de ellas se quedó muy atrás. El chico observó al perrito rezagado, que cojeaba, y emocionado preguntó:
– ¿Qué le pasa?
El vendedor le explicó que había nacido con la cadera defectuosa y que caminaría mal el resto de su vida.
– ¡Quiero ése! Es el cachorro que quiero comprar.
Entonces el hombre replicó:
No vas a gastar en ese perro; si realmente lo quieres, yo te lo regalo.
El chico se disgustó y mirando al hombre a los ojos, dijo:
– No quiero que usted me lo regale, él vale tanto como sus hermanos y le pagaré el precio completo. Le voy a dar mis 3 euros cada mes hasta que lo haya pagado completo.
El hombre contestó:
– No querrás comprar ese animalillo, hijo. Nunca será capaz de correr, saltar y jugar como los otros.
El pequeño se agachó y, levantando su pierna derecha torcida e inutilizada, soportada por una aparato de metal, dijo:
Yo tampoco puedo correr muy bien, y él necesitará de alguien que lo comprenda..
El hombre, emocionado, sonrió y dijo:
– Espero que cada uno de estos perritos tenga un dueño como tú
Así es la ternura. No hace falta hacer méritos para conquistarla. El novio de mi amiga pensaba que ella desafinaba a las mil maravillas. Al niño que elige al perrito cojo le parece éste más encantador que cualquier otro. La ternura lo tiñe todo de bondad.
Si tienes tiempo en este verano caluroso, al lado del mar, lee despacio las pequeñas historias de ‘El libro de los abrazos’ que hace años escribió Eduardo Galeano. Sentirás avivada la ternura que anida en el corazón humano. La ternura que tapan las prisas, las trampas, las hostilidades de la vida.
La carrera que emprendemos para llegar a tener algo y a ser algo en la vida nos hace olvidar la importancia de los pequeños detalles. Es agradable ser importante, pero es mucho más importante ser agradable. En el libro ‘El Dios de las pequeñas cosas’. dice Roy Arundhaty sobre uno de los personajes: “Ella sentía lo delicada que era para él”. Eso es la ternura.
En el Hospital Universitario de Salamanca leí un mensaje escrito en un despacho: “Comienza tu día con una sonrisa. Verás lo divertido que es ir por ahí desentonando con todo el mundo”. Hay personas que son así, que se han hecho así: sonríen a la vida y hacen sonreír a los otros. Aunque estén doloridas, aunque estén atravesando una crisis.
Tenía el corazón lleno de ternura aquel anciano de Corella que diariamente recorría las calles del pueblo repartiendo caramelos a los niños, mientras decía: “Toma, el de hoy y el de mañana. Y mañana otra vez”. Y porque la tenía la podía repartir. La de hoy y la de mañana. Y mañana otra vez. Eso es lo que hay que hacer con las sonrisas, con los abrazos, con las palabras, con los detalles, con la amistad, con el amor. Contra violencia, ternura.