Mi opresor tiene razón

4 Dic

burka.jpg El proceso de socialización consiste en la incorporación exitosa de las personas a una cultura determinada. La cultura es el conjunto de costumbres, ritos, mitos, creencias, normas y valores que configuran una sociedad. La educación añade a la socialización dos exigencias fundamentales. Una de carácter crítico. La otra de carácter ético. Mediante la primera, la persona es capaz de analizar, de discernir, de comprender el por qué de las cosas. Decía Paulo Freire: la persona educada no es ingenua sino crítica. La segunda exigencia de la educación es de carácter ético. La persona verdaderamente educada desarrolla un compromiso ético, vive y defiende los valores, la dignidad y los derechos humanos.
Lo que digo de la incorporación crítica y ética a la propia cultura, lo digo también de la inmersión en otra cultura o de la aceptación de una persona en la nuestra. Por eso, cuando en la cultura existe una costumbre que atenta contra los derechos humanos, la persona educada lucha contra esa costumbre. Ni se somete a ella ni acepta que otras personas la sigan. Respetar otras culturas (o la propia) no significa aceptar costumbres que atentan contra los derechos de la persona. Existe una ética para la sociedad civil que está por encima de las religiones. Este es el punto de vista que defiende José Antonio Marina en su libro ‘Dictamen sobre Dios’. Todas las religiones deben estar sometidas a la ética. No hacerlo así lleva a situaciones que conculcan los derechos de las personas y rompen la dignidad: quema de discrepantes, guerra santa, limitación de derechos, discriminación por el género, imposición del velo, ablación del clítoris…
He dicho todo lo que precede para tomar posición en el espinoso asunto del encarcelamiento del imán de Fuengirola, Mohamed Kamal. Desde mi punto de vista, el imán sufre un justo castigo porque no es ético (aunque en la cultura islámica sea aceptable) que alguien defienda que se pegue a las mujeres y que explique cómo se las puede pegar sin dejar huellas. Al parecer eso dice en su libro ‘La mujer en el Islam’. Esa posición constituye un atentado contra los derechos de la mujer. Y debe ser castigada.
No estoy de acuerdo con quienes han manifestado que ese castigo es una vuelta a los tiempos de la Inquisición. Creo que no. Creo que las ideas de la Inquisición las defienden y ejecutan quienes sostienen que es lícito golpear a la mujer.
La manifestación celebrada en Málaga y encabezada por mujeres islámicas no demuestra nada sobre la inocencia del imán. La pancarta que abría la manifestación mostraba este significativo texto: “Las mujeres musulmanas exigimos justicia para el imán”. Decir, como dice su hija, que si el imán defendiese el maltrato, no habría mujeres en la manifestación, nada explica sobre la postura del líder religioso sobre el papel de la mujer y el trato que se merece por su actuación. Porque las mujeres islámicas viven dentro de su cultura. Y han introducido en sus cabezas las ideas ortodoxas de la misma. No hay mayor opresión que aquella en la que el oprimido mete en su cabeza los esquemas del opresor.
Lo mismo tengo que decir del uso del velo femenino en las culturas islámicas. Hay mujeres que defienden la costumbre con entusiasmo y convicción. Y muchas que llevan el velo no sólo sin rechistar sino con orgullo y como símbolo de una excelsa identidad. ¿Cómo es posible? Pues porque han hecho suyos los criterios del que decide. “Mi opresor tiene razón”.
Acabo de leer, al respecto, un libro estremecedor. Se titula ‘¡Abajo el velo!’. Es el testimonio de una mujer iraní que, con lucidez y contundencia, nos desvela los significados reales del uso del velo. Chahdortt Djavann comienza su libro con estas significativas palabras: “Durante diez años llevé el velo. Era el velo o la muerte. Y sé de lo que hablo”. En las escasas 59 páginas explica con claridad y vehemencia las razones de su rebeldía. Arremete con razón contra los intelectuales islámicos (varones en su totalidad) que deciden para ellas, que argumentan desde su poder lo que ellas deben hacer. Si tanto les gusta el velo, ¿por qué no lo utilizan ellos? “Una vez más, dice, éstos deciden por ellas cómo deben ser su libertad y su futuro. Hablan en lugar de aquellas a las que nadie escucha”. Y añade con indiscutible rigor: “Hablan del velo bajo el cual jamás han vivido”.
Obsérvese que el uso del velo no es comparable con la exhibición de una cruz o de una estrella de David. Estos signos pueden llevarlos igualmente hombres y mujeres y no suponen discriminación alguna. No entrañan la negación de un derecho. Porque se exhiben voluntariamente. Otra cosa muy distinta es el uso del velo. Si el rostro o el cabello de las mujeres son peligrosos porque pueden convertirse en una ocasión de deseo para los varones, ¿no pueden las mujeres sentir ese mismo deseo ante el rostro descubierto de los varones? El velo no protege a la mujer. Protege a los hombres de sus deseos. “En el islam, dice Djavann, las muchachas no están hechas para sentir deseos, solamente pueden ser objeto del deseo de los hombres”. El velo no protege a la mujer. Protege al hombre de un deseo irreprimible.
Pero ese objeto de deseo masculino expresa otra prohibición y otra ambivalencia. Una chica no es nada. El muchacho lo es todo. Una chica no tiene ningún derecho. Una chica tiene que quedarse en el interior. Se esconde lo que nos da vergüenza: los defectos, las debilidades, las insuficiencias, las carencias, las anomalías, las frustraciones, los errores, las faltas… La mujer es la insuficiencia, la impotencia, la inferioridad. Ella es el objeto potencial de la violación, del pecado, del incesto e, incluso, del robo, porque los hombres pueden robarle su pudor con una simple mirada. El honor de los hombres musulmanes se lava con la sangre de las mujeres.
Dice Chadortt Djavann: “El velo, ante todo, anula la capacidad de mezclarse en el espacio y materializa la separación radical y draconiana del espacio femenino y el espacio masculino. O, más exactamente, define y limita el espacio femenino. El velo, el hijab, es el dogma más bárbaro que se inscribe en el cuerpo femenino y se apodera de él”.
Las madres inculcan a sus hijas el temor de la mirada y los peligros que ella esconde. ¿Por qué lo defienden las mujeres? ¿Por qué algunas mujeres defienden a quien propone un maltrato hacia ellas mismas? Porque han metido en sus cabezas los esquemas de sus opresores. Cuando una mujer dice “mi opresor tiene razón” está muy lejos de alcanzar la libertad. Su actitud me produce tristeza. La de los opresores, indignación.

No sólo duelen los golpes

27 Nov

malostr01.jpg El pasado jueves se celebró el Día Internacional contra la Violencia hacia la Mujer. Violencia que produce víctimas cada instante. Se trata de un terrorismo que no siempre da la cara, que anida en las casas bajo la apariencia de la normalidad y hasta de la ejemplaridad. Un peculiar terrorismo que se ejerce en nombre del amor (yo te quiero), de la protección (es por tu bien), de los hijos e hijas (tienes que estar aquí y ser así)… Un terrorismo que, como tal, echa sus raíces en las amenazas burdas o sutiles (te vas a enterar), en el autoritarismo despótico (tú te callas), en el horror de los golpes (la próxima vez te mato), en las exigencias sexuales faltas de respeto (es tu obligación satisfacerme), en el amor como posesión (o eres mía o no serás de nadie), en los celos patológicos (ni se te ocurra mirar a otro), en la tradición coercitiva (tú a la casa, que es lo tuyo)… La realidad está ahí como si de una maldición inexorable se tratase. La realidad es sangrante y cada día nos sobrecoge con casos que saltan del silencio a la palabra, de la sombra a la luz, del terror a la rebeldía, del terreno privado a la esfera pública.
Se trata de luchar contra la violencia que sufren muchas mujeres. Violencia que llega, en algunos casos, a la muerte física. En otros, la muerte es esencialmente psicológica. El problema es que los cadáveres psicológicos no huelen, se mueven, hablan y hasta se ríen. No sólo existe el dolor físico, hay dolores de otra naturaleza, no menos terribles, no menos insoportables. He tomado el título de la excelente exposición de fotografía que está presentándose estos días en la Sala Moreno Villa con la colaboración de la Plataforma de la Lucha contra los Malos Tratos ‘Violencia cero’.
En esta exposición de 45 fotografías en blanco y negro se recoge la visión de la fotógrafa Paloma Palencia sobre la problemática de los malos tratos. Una visión que recorre siete fases secuenciadas: inocencia, enamoramiento, maltrato psicológico, maltrato físico, respuesta de la sociedad, liberalización y normalización.
¿Hay hoy día más casos de maltrato que antes? Creo que no. Lo que pasa es que algunas mujeres han aprendido a decir: “Basta, no, se acabó, no más horror, no más humillación”. Lo dicen, muchas veces, aterrorizadas por las consecuencias. Lo dicen bajando la cabeza por haber aceptado la humillación. Y, muchas veces, con escasa esperanza de escapar de quien las persigue en nombre, a veces, del amor. Y con pocas garantías de que la justicia (si no hay pruebas fehacientes) se ponga del lado de la víctima.
Está claro que una sociedad democrática, asentada en valores tiene que ser sensible ante este terrorismo doméstico. Que tiene que denunciarlo. La sociedad tiene que dar respuesta a estas mujeres que sufren. Es urgente. Porque esto no es un ensayo general, esto es la vida. Si fuera un ensayo, se podría mejorar en el siguiente intento. Pero quien echa a perder la vida, no tendrá otra nueva para hacerlo mejor. Para ser feliz. Por eso me preocupan, sobre todo, las causas de estas situaciones. El origen de estos males que a todos nos destruyen un poco. Y creo que están en la cultura y en la educación todavía cargadas de sexismo, de androcentrismo, de discriminación.
“No está en los genes” es el lapidario título del libro de Rose y Levontin. No está en los genes. Está en la cultura, está en la forma de asumir los papeles de hombre y de mujer en la cultura. Está en la educación, en la forma en que aprendemos los patrones de comportamiento de qué es ser hombre y mujer en la cultura hegemónica. Mientras la mujer siga viéndose y aceptándose como un objeto de placer, como un ser con menos derechos, con menos oportunidades…, seguirá el abuso, la dominación, el maltrato, la opresión.. Hay que ir a las raíces del mal. Hay que saber qué pasa por la mente y el corazón del maltratador y de las maltratadas. Y de esas otras víctimas que son los testigos (muchas veces los hijos) que aprenden eficazmente el miedo y el horror.
También las mujeres aprenden a ejercer su papel. Aprenden a someterse, a perder, a ceder. Entran en la perversa trama de la tiranía de la sumisión, de la belleza, de la imagen, de la atracción. Cuando la mujer asume los criterios y las actitudes de la cultura sexista, tiene difícil la liberación. No hay mayor opresión que aquella en la que el oprimido mete en su cabeza los esquemas del opresor.
Nos hacen asimilar los patrones sexistas que impregnan la cultura muchos fenómenos de naturaleza, algunas veces, muy sutil.
El lenguaje sigue siendo sexista. No en vano las gramáticas y los diccionarios han sido hechos por hombres. Lo que se dice sobre la mujer y sobre el hombre y lo que se permite decir a las mujeres y a los hombres es diferente.
La moral, aplica criterios diferentes para los mismos comportamientos de hombres y mujeres. Si ella comete adulterio es una puta.
Las religiones (la católica entre otras), que tiene una estructura y una visión androcéntrica de la realidad. Es significativo el eslogan de las feministas norteamericanas: “Dios es negra”.
La educación exige un tipo de comportamiento diferente a niños y niñas. Se dice que los hombres no lloran, que las mujeres tienen que ser delicadas, que los varones tienen que mostrarse de forma valiente…
El trabajo se distribuye, se desarrolla y se remunera de manera diferente según el género.
La sexualidad se aprende de manera todavía muy discriminatoria. Mientras más relaciones tiene un hombres es más ‘machote’, mientras más experiencias tiene una chica es más frívola.
El poder, que se ejerce por los hombres desde una óptica marcada por la dureza, la ambición y el autoritarismo. Se entiende que esas son características innatas de los hombres.
Las relaciones se dimensionan desde patrones diferentes. Ellas no deben anticiparse en la declaración de amor. Ellos tienen que mostrarse insaciables en el sexo.
Todo ello hace a los hombres insensibles a e inconscientes. Aunque eso no quiere decir que el maltratador sea un loco a quien no se le puedan pedir responsabilidades. Todo ello convierte a las mujeres en víctimas que desempeñan el papel de triunfantes perdedoras. Permítame el lector una ingeniosa y cruel ironía. Un psiquiatra psicoanaliza a una mujer y le dice: “Por lo que veo, su problema está en el inconsciente”. Tendremos que analizarlo. A lo que ella responde: “Pues mire usted, doctor, no creo que mi marido quiera venir”.
La coeducación, como un aprendizaje basado en el respeto, en la justicia y en la igualdad de oportunidades ha de estar en la base de la soluciones. Pero en la coeducación no está sólo la escuela. Si en ella se trabajan principios, actitudes y prácticas coeducativas, y en la familia se siguen manteniendo patrones sexistas (niña, haz la cama, quita la mesa, barre el salón, plancha las camisas…), se ha avanzado parcialmente. Si en la familia y en la escuela se camina en la dirección adecuada pero en la sociedad las mujeres siguen siendo preguntadas cuando van a buscar trabajo si se van a casar, si van a tener hijos…, tampoco se podrá alcanzar el objetivo de la igualdad. Todos a una. Por la igualdad. Por la justicia.

Un pueblo para educar a un niño

20 Nov

El sistema educativo español está atravesando una etapa compleja y delicada. Tenemos una ley en vigor que, curiosamente, lleva en el título y en las pretensiones el término ‘Calidad’. ¿Habrá alguna ley que no se proponga alcanzarla o que quiera destruirla? Una de las trampas de esta ley reside precisamente en el lenguaje. Quienes discrepamos de los presupuestos ideológicos y de las estrategias impuestas en la ley, ¿estamos en contra de la calidad del sistema educativo? Sincera y contundentemente, no.
Creo que la educación no debería estar sometida de forma tan violenta a los planteamientos del partido en el poder. No son buenos los bandazos políticos que nos llevan de una parte a otra, como si de un péndulo de movimiento inexorable se tratase. Hace falta un análisis riguroso de la realidad, de las causas del fracaso y de las condiciones de partida para tomar decisiones justas y racionales.
Hace falta también establecer un diálogo conducente a la negociación y al acuerdo. Sé que no es posible alcanzar consenso completo en cuestiones tan problemáticas y cargadas de valores. La educación no es un asunto puramente técnico. Es un fenómeno radicalmente social, político, ideológico y ético.
No fue bueno que el PP llegase a la aprobación de la ley en solitario, sin un solo voto de otros partidos. De esos polvos autoritarios vienen estos lodos encrespados. No hubo un buen diagnóstico. Muchos de los presupuestos en los que se basó la ley eran meros eslóganes, simples estereotipos acuñados de forma superficial e interesada: “El fracaso se debe a la LOGSE”, (y “la LOGSE fue un fracaso”), “el nivel de conocimientos ha bajado”, “la LOGSE ha generado violencia”., “la comprensividad es negativa”, “la promoción automática (que, en realidad, no era tal) conduce a la vagancia”… De presupuestos falsos se han derivado soluciones ineficaces o contraproducentes.
El MEC ha abierto un debate que durará desde septiembre a diciembre. Poco tiempo, sin duda, para una tarea tan difícil y decisiva. Nadie debe inhibirse. Es el momento de alzar la voz, de argumentar, de opinar, de analizar, de manifestarse. Todos estamos obligados, desde nuestra condición de ciudadanos y ciudadanas, a participar activamente. A todos nos importa la educación que se establece en el país. De esa educación va a depender el futuro de muchas personas y de la sociedad en general. Todos somos necesarios. Hace falta un pueblo entero para educar a un niño.
Todos los padres quieren lo mejor para sus hijos. Todos pretenden dejarles en herencia dinero, bienes y propiedades. Pero todo el mundo sabe ya hoy que la mejor herencia que pueden dejarles es una sólida educación. Con ánimo de contribuir a ese proceso de reflexión quiero plantear, con la brevedad que exige esta palestra, mi punto de vista sobre las exigencias del debate, sobre las bases que han de fundamentar la ley.
–La educación que se busca ha de ser una educación de calidad para todos y para todas. No hay calidad sin equidad. Es inadmisible una ley que privilegie a los que ya están en mejores condiciones. No es de recibo confundir ideas con intereses y principios con privilegios. (La mayoría de quienes defienden la concertación de la privada, por ejemplo, es porque tienen sus hijos en ella o porque quieren llevarlos). Ha de ser una educación integradora y no excluyente. Una educación que atienda a los inmigrantes, a los desfavorecidos, a los discapacitados.
–La educación ha de ser un compromiso de todos. La verdadera educación. Cuando el señor Rajoy dice despectivamente del presidente de Gobierno que sólo tiene buena educación nos muestra el curioso y restringido concepto que tiene de ella. De poco nos sirve que las personas adquieran conocimientos si luego los utilizan para oprimir, exprimir, engañar y explotar a los demás.
–Ha de ser una educación moderna, laica, integradora y que incorpore valores democráticos, que respete los compromisos con los principios establecidos por la Unión Europea.
–Es necesario liberar los presupuestos necesarios para desarrollar adecuadamente la ley. Magníficas ideas se han estrellado contra la falta de recursos. La educación de calidad es cara. La falta de educación, a la larga, es carísima.
Estos principios inspiran la respuesta a las cuestiones más problemáticas que plantea el debate: no quiero una Educación Infantil meramente asistencial, una evaluación discriminadora, una reválida que se convierte en un filtro en el que queden atrapados los más desfavorecidos, una dirección unipersonal y jerárquica, un recorte de la participación de las familias y del alumnado, unas clases de religión obligatorias y evaluables. Por eso estoy en contra de una ley de corte academicista, elitista, segregador, indoctrinador, selectivo y competitivo. Quiero un sistema educativo que forme a las personas para pensar críticamente y para convivir democráticamente.
Nada de esto podrá hacerse sin tener en cuenta la formación del profesorado. No podemos tener una formación inicial (me refiero sobre todo a la formación de profesores de Secundaria) que sea corta en duración y mala en calidad. Y no se puede establecer un proceso de selección del profesorado basado en la idea de que quien no vale para otra cosa vale para la enseñanza. Hay que acabar con la insidiosa idea de Bernard Shaw: “El que sabe, hace. El que no sabe, enseña”.
¿Podríamos ponernos de acuerdo en cuestiones tan fundamentales como las que se refieren a la educación, es decir, al futuro de los ciudadanos y de la sociedad? Para ello tendremos que hablar, argumentar y escuchar con respeto. Bienvenido el debate. Un debete sin sectarismos, sin desprecio a los demás, sin fundamentalismo pedagógico o político. El acaloramiento irracional lleva a situaciones embarazosas. Como ésta que reproduce una conversación impetuosa:
–Me parece que estoy discutiendo con un estúpido, dice uno de los que dialogan.
– Tú sí que estás discutiendo con un estúpido, contesta irritado el interlocutor.
Y no hay que olvidar, como dice Papagiannis, que muchas reformas que han nacido para favorecer a los más desfavorecidos, el sistema las ha acabado convirtiendo, como por arte de una magia maldita, en reformas que han beneficiado a los ya favorecidos. No basta la buena voluntad.

Ladrones de tiempo

13 Nov

tiempo.jpg Cuando se roba a una persona dinero, joyas, cuadros o cualquier otro objeto de valor, si el ladrón arrepiente, puede restituirlo. Cuando se roba el tiempo, no hay forma de devolverlo. El tiempo pasa irremisiblemente. Cada uno puede hacer con su tiempo lo que le venga en gana. Nadie debería disponer del tiempo de los demás contra su voluntad.
Decía Víctor Hugo (recomiendo el interesante libro que Vargas Llosa acaba de dedicar a este prolífico escritor, “La tentación de lo imposible”): “Tan corta como es la vida, aún la acortamos más por el insensato desperdicio del tiempo”. El problema radica en que una buena parte de pérdida está forzada por personas incapaces de respetar los bienes ajenos.
Hay personas que roban el tiempo a los demás de manera impune. Se dice que el tiempo es oro, pero no parece ser de los mismos quilates que el que se utiliza para diseñar y hacer joyas. “Tener tiempo es la posesión del bien más preciado por quien aspira a grandes cosas”, decía Plutarco. ¿Por qué nos lo arrebatan? Aunque quisiéramos luego malgastarlo, ese tiempo es nuestro. El problema se agrava porque este tipo de robos se produce a plena luz, con todo el descaro, con la mayor impunidad.
Podría multiplicar los ejemplos. Me voy a detener en tres: atascos en las calles y carreteras, colas en los Bancos y esperas en los aeropuertos. Cada ciudadano tendrá una experiencia abundante en las situaciones de robo.
Cada mañana, para llegar al trabajo, muchos ciudadanos nos encontramos con un atasco considerable. Lo mismo sucede al finalizar la jornada. Todos los días. ¿Quién nos devuelve el tiempo perdido mirando la matrícula del coche que nos precede? Se puede saber que si se construyen miles de viviendas, si aumentan los estudiantes, si crecen los polígonos industriales… va a producirse un incremento de vehículos. ¿Es que es necesario ver un impresionante y cotidiano atasco para ponerse a pensar en las soluciones? ¿No es lógico crear las estructuras necesarias a medida que va creciendo la población? ¿No se puede planificar de forma razonable? No se trata sólo de saber hacer las cosas. Hay que hacerlas a tiempo. Afortunadamente Noé construyó el arca antes del diluvio. Los coches no se han multiplicado por milagro. No llegan a las carreteras de forma imprevista. ¿Por qué no se han puesto los medios para evitar estas previsibles aglomeraciones?
Cuando vamos al Banco, tenemos que hacer cola de manera casi sistemática. Puede haber una ventanilla con el correspondiente cartel: “Fuera de servicio”. ¿Por qué no nos atiende la persona que está detrás de esa ventanilla? Pues porque está haciendo las tareas que le interesan al Banco. Con más personal podrían atender a los clientes y realizar las tareas que exige la gestión de nuestro dinero. ¿No ven los directivos las colas?, ¿no saben que con más personal estaríamos menos tiempo esperando? ¿Quién nos devuelve ese tiempo perdido?
Cuando hacemos viajes de avión nos encontramos frecuentemente con esperas incomprensibles. Averías, cambios de tripulación, imprevisiones, pérdida de equipajes, demora de aviones, abastecimiento de combustible… Tiempo perdido. Lo más que recibes es una explicación de dudosa credibilidad. No le permitiríamos al ladrón que se fuera impunemente después de pedirnos perdón por habernos robado la cartera. “Perdone por las molestias, señor (o señora), la causa ha sido que quiero tener una cuenta más grande”. Resulta más indignante que te tomen el pelo. “El vuelo con destino a Málaga está retrasado por causas operativas”. ¿Causas operativas?, “qué es eso de “causas operativas”? Nos consideran imbéciles.
No sé lo que pensarán los responsables de estos latrocinios. ¿Qué hace el alcalde mientras ve la ciudad colapsada?, ¿cómo puede soportar el Director del Banco esas colas que llegan a la puerta?, ¿qué piensan los responsables de las compañías aéreas de las reiteradas esperas de los pasajeros?
El tiempo de los poderosos es oro, el de los ciudadanos y ciudadanas es basura. No hay problema alguno si lo tiramos. El tiempo perdido es inversamente proporcional a la categoría de las personas. Mientras más categoría, menos tiempo perdido. Mientras menos categoría, mas tiempo robado.
Me sorprende la paciencia de los sufridos ciudadanos. He visto a los viajeros sin rechistar sentados en el avión más de una hora sin saber cuál es el motivo de la espera. Los he visto en la cola del Banco sin hacer una mueca de impaciencia. Veo cada día que los conductores se entretienen en pleno atasco tamborileando con los dedos sobre el volante.
Algún día habrá que hacer el cómputo de tiempo perdido a la semana, al mes, al año, en la vida. Descubriremos entonces que nos están robando una parte importante de ella. ¿Qué haremos entonces? ¿Iremos a los tribunales a denunciar a los ladrones?
Es impresionante la impunidad de los ladrones de tiempo. Nunca les pasa nada. Nadie entra en el Banco con las esposas para detener al Director, a ningún juez se le ocurre meter al alcalde en la cárcel, ningún ciudadano grita “al ladrón:” cuando ve a un responsable de una compañía aérea. Al pobre desgraciado que roba una gallina le llevan a la cárcel.
Nada digo de las consecuencias que pueden tener las esperas (casi nunca inesperadas). La casuística es infinita, pero todos hemos llegado tarde a reuniones, recibido multas por superar el tiempo de aparcamiento, perdido combinaciones aéreas decisivas, llegado impuntualmente a citas, sufrido una tensión innecesaria… Sin embargo, los “responsables” viven tranquilamente su irresponsabilidad.
El tiempo es de cada persona. Nadie debe obligar a nadie a dilapidarlo. Cuentan que cuando Bernard Berensen, conocido crítico de arte, estaba a punto de cumplir noventa años, dijo: “Me gustaría ponerme en una esquina con el sombrero en la mano, pidiendo a los transeúntes que dejasen caer en él todos los minutos de su vida que jamás utilizaron”.
Los pacientes (e impacientes) ciudadanos deberíamos demandar a quienes nos roban un bien tan preciado. No hay derecho a cometer estos robos a plena luz, de forma tan descarada y con total impunidad.

Juntos, no atados

6 Nov

pareja.jpg Cuenta una vieja leyenda de los indios sioux que, en cierta ocasión, llegaron hasta la tienda del brujo de la tribu dos jóvenes enamorados.
– Nos amamos, empezó el joven guerrero.
– Queremos casarnos, dijo ella con entusiasmo.
Le pidieron un hechizo, un conjuro o un talismán para que su amor no desapareciese nunca. El viejo los miró y se emocionó al verlos tan jóvenes, tan ilusionados, tan anhelantes.
– Hay algo, dijo el brujo, pero no sé, es una tarea muy difícil, muy arriesgada, llena de sacrificio.
– Estamos dispuestos a todo, por difícil y arriesgado que sea, dijeron al unísono.
– Nube Azul, dijo el brujo, ¿ves el monte al norte de nuestra aldea? Deberás escalarlo tú sola, capturar un águila sin herirla y traerla sana y salva hasta aquí.. Y, tú, Toro Bravo, deberás escalar la montaña del trueno, capturar un cóndor sin causarle herida alguna y traerlo hasta mi presencia.
Seguidamente les indicó a ambos la fecha exacta en la que deberían estar en su tienda con las aves. Los dos jóvenes se abrazaron con ternura y partieron a cumplir la misión encomendada. El día establecido, frente a la tienda del brujo los dos jóvenes esperaban con las aves capturadas El viejo les pidió que, con sumo cuidado, las sacasen de las bolsas. Eran verdaderamente hermosas.
– Y, ahora, ¿qué haremos, preguntó el joven impaciente. ¿Las mataremos y beberemos su sangre en honor de nuestros antepasados?
– No, dijo el brujo.
– ¿Los cocinaremos y comeremos para aprender el valor a través de su carne?
– No, repitió el brujo. Haréis lo que os voy a decir. Tomad las aves y atadlas por las patas.
El guerrero y la joven hicieron lo que les pedía y soltaron las aves. El águila y el cóndor rodaron por el suelo, forcejearon hasta hacerse daño y se picaron hasta herirse. No pudieron despegar el vuelo.
– Este es el conjuro, dijo el viejo. Jamás olvidéis lo que habléis visto. Vosotros sois como un águila y un cóndor. Si queréis que el amor entre vosotros perdure, volad juntos, pero jamás atados.
Sabio consejo. Válido para las historias de amor, para las relaciones educativas, para las empresas políticas… Las ataduras acaban por destruir la libertad, por impedir el avance y por causar heridas irreparables.
No es fácil entender que la libertad es la base del auténtico crecimiento personal pero, también, de la relación auténtica que nos permite estar con el otro sin dejar de ser nosotros mismos. Hay relaciones amorosas muy destructivas, que impiden elevar el vuelo. El amor como posesión acaba con la libertad y la felicidad de los integrantes de la pareja.
La educación es una tarea que consiste en ayudar a que los otros aprendan a pensar por sí mismos, a decidir por sí mismos, a tener su propio cuadro de valores. Holderlin utiliza una hermosa metáfora para expresar la necesidad de la autonomía y de la independencia. Los educadores, dice, forman a sus educandos, como los océanos forman a los continentes: retirándose. Para que el continente emerja, las aguas tienen que retroceder. Si el agua anega la tierra, el continente no podrá existir. Lo que nos dicen los alumnos a los educadores es lo siguiente:
– Ayúdame a hacerlo sólo.
Decía Concepción Arenal: “No hay animal tan manso que, atado, no se irrite”. El problema radica en que, a veces, las ataduras no provienen de quien tiene autoridad sino de quien se siente súbdito. Es, entonces, muy difícil la liberación. Porque el súbdito sólo se siente seguro cuando está bien atado al que manda, cuando le dicen lo que tiene que pensar y lo que tiene que hacer. “Nadie es más esclavo que el que se siente libre sin serlo”, decía Goethe.
La libertad no es solamente un derecho, es un deber. Decía Albert Camus que “la libertad no está hecha esencialmente de privilegios sino, sobre todo, de deberes”. Volar al lado de otro exige esfuerzo, generosidad y renuncia.
Vivimos en una sociedad que, por diversos caminos, pretende hacernos súbditos. Genera ataduras que nos impiden ejercer la libertad. El poder tiende a crear súbditos, es decir, personas que no piensen por sí mismas (ahí está la publicidad, el pensamiento único, la persuasión electoral…), que no actúen según su propia voluntad (ahí están las costumbres establecidas, las normas externas que se imponen a la conciencia, los intereses a los que quienes mandan pretenden que sirvan los que obedecen…).
Hay que romper ataduras que nos impidan volar libremente. Lo cual no significa que no tengamos el compromiso de volar con otros en una determinada dirección. Lo decía certeramente Gustave Thibon: “El hombre sueña con escapar, pero no debe correr para ser libre. Si uno huye de sí mismo, su prisión irá con él”.
El concepto clave es, pues, el de liberación. Nos lo dice José Antonio Marina en el hermoso libro que acaba de publicar, titulado ‘Aprender a vivir’ (Ariel): “La historia de la libertad humana, en el plano personal o social, es la historia de múltiples liberaciones. Nos podemos liberar del tirano, de la ignorancia, del miedo, de la furia, de las coerciones sociales injustas, de nuestro propio pasado”….
Hay que romper las ataduras y volar juntos libremente. En el amor, en la educación y en el ejercicio de la ciudadanía.