De mujer a mujer

21 Ago

feministas.jpgSu Eminencia reverendísima el Cardenal Ratzinger, a quien habría que preguntar por qué no puede tener una o varias compañeras ‘Cardenalas’ que pudiesen decir a los fieles varones cuál debería ser su actitud con las mujeres y su ‘misión’ en el mundo, ha hecho público un documento Vaticano en el que critica duramente al feminismo radical. Se le ve el plumero a su Eminencia. Todo feminismo es, ha de ser radical. ¿Cómo se sale si no de la opresión? ¿Lo podrían haber conseguido las mujeres sólo con ruegos, sólo con razonamientos, sólo con sumisión? No me vaya a decir su Eminencia lo que dicen algunas mujeres despistadas: “Yo no soy feminista, soy femenina”.
El asunto es muy grave porque el androcentrismo ha causado y sigue causando muchas víctimas. Me imagino a las mujeres maltratadas leyendo el documento de su Eminencia. “Las mujeres se equivocan cuando consideran al hombre como su rival”. El feminismo no quiere que la mujer sea rival del hombre sino igual. Igual en derechos, igual en dignidad, igual en oportunidades. ¿Es mejor seguir como hasta ahora? La mujer que se calle, que obedezca al marido, que atienda la casa, que cuide a los hijos…
¿De dónde cree su Eminencia que nace la discriminación, el maltrato, la violación, la consideración de la mujer como objeto? Pues muy claro, del machismo, del androcentrismo. De las teorías que han considerado a la mujer un ser inferior.
Cree su Eminencia que es inocente la asignación a Dios de la figura de Padre, que el Salvador sea varón, que los Apóstoles sean hombres, que todos los Papas hayan sido varones, que se hable de los Padres de la Iglesia… ¿Cree casual que el modelo de mujer sea una virgen, humilde, silenciosa, callada, recogida…? ¿Cree que es casual que Eva se forme de una costilla de Adán y que ella sea la inductora del pecado y la causante de todos los males de la humanidad…?
Imaginemos otro comienzo. Imaginemos que Eva está sola en Paraíso y que, dirigiéndose a Dios, dice:
– Señor, me aburro mucho. Estoy sola día tras día. No tengo con quien hablar, sólo como frutas, sólo veo animales… ¿No hay otra forma de organizar esta vida?
– Sí, Eva, ya me había dado cuenta de tu problema. Y, también he de decirte que he pensado en la solución.
– ¿Qué solución, Señor?
– He pensado crear un hombre.
¿Un hombre? ¿Qué es un hombre?
– Pues verás el hombre será un ser de mecanismos intelectuales muy planos al que gustarán cosas extrañas como correr detrás de una pelota o golpearse y hacer la guerra. Te ayudará a resolver un pequeño problema físico que veo que tienes. Nada importante.
– ¿Y?
– Como será un ser infantil e ingenuo le haré más fuerte físicamente que tú para que crea que te protege, pero las decisiones importantes las tomarás tú.
– No me parece mal la solución. Mejor que como estoy creo que voy a estar. Pero, ¿tiene esto algún secreto?
– Sí, lo tiene. Como el hombre será un ser vanidoso le vamos a hacer creer que le creé a él antes que a ti. Y le haremos pensar que tú fuiste formada de una costilla suya. Y ese será nuestro secreto. De mujer a mujer.
Si esto hubiera sido así. Si muchas cosas hubieran sido de otro modo no estaríamos leyendo ahora este tipo de documentos que parten de una institución claramente androcéntrica.
“No está en los genes” dice el lapidario título del libro de Levontin y Rose. Está en la cultura. Está en la educación. Una cosa es el sexo, que tiene su raíz en la biología, en la genética y otra es el género. El género es la forma en que dentro de la cultura asumimos el papel de hombre de mujeres.
A las mujeres se les ha puesto un techo de cristal. Ven lo que hay encima, pero no pueden romperlo. Ese techo lo colocan sobre las mujeres todas las fuerzas sexistas de la cultura. Entre ellas la Iglesia. Lo dice abiertamente Ratzinger: La mujer está hecha para cuidar al otro. No. La hace así la cultura. Hombres y mujeres deberíamos estar hechos para cuidar al otro. Pero, efectivamente, la mujer es la que ha tenido que sacrificarse para atender a los hijos, para cuidar a los padres enfermos o mayores.
Lo que dice el documento Vaticano, titulado Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y de la mujer en la Iglesia y en el mundo, es que la mujer “tiene una misión en la vida”. ¿Quién se la confiere?, ¿es una misión inmutable? No es de extrañar que quien define e interpreta esta misión de las mujeres sean, en la Iglesia Católica, exclusivamente varones.
El problema está en que hay muchas mujeres que han asumido estos esquemas, que los han hecho suyos. Pero, ya se sabe: no hay mayor opresión que aquella en la que los oprimidos meten en su cabeza los esquemas de los opresores. Si una mujer dice, puedo fregar o no fregar, puede librarse de hacerlo. Si dice, yo soy feliz fregando para mi marido, no le quitarán de las manos el estropajo ni a la fuerza.
Se dirá que las cosas han cambiado, que ya no es como antes. Claro que sí, afortunadamente. Del hecho de poner en cuestión si la mujer tenía alma a que hoy sea un delito afirmar esta brutalidad ha llovido mucho. ¿Cómo se han producido estos cambios? ¿Cómo han conquistado las mujeres este éxito admirable? Todavía queda mucho camino por andar. Las discriminaciones se hacen cada vez más sutiles. Hace falta tener mecanismos más sutiles para detectarlas y estrategias más finas para defenderse de ellas.
No son cuestiones menores. Muchas mujeres se han jugado y se juegan la vida. Esto no es un ensayo general, esto es la vida. Las mujeres que creyeron que tenían que renunciar al trabajo, a la promoción, a la libertad… no podrán nunca recuperar su vida. Hoy sigue pasando lo mismo. ¿Cómo es posible que aceptemos tan tranquilos teorías o doctrinas que siguen manteniendo y alimentando la discriminación?

Vendo Seat Panda

14 Ago

panda.jpg He oído contar la siguiente historia que describe el talante tacaño y cicatero de su protagonista. Muere la mujer de un individuo y éste acude al periódico local para redactar una esquela. Cuando le preguntan por el texto con el que desea hacer pública la noticia, dice que de la forma más escueta posible. Quiere que la nota diga, simplemente: “Marta, muerta”. El encargado le sugiere que, si lo hace por ahorrar dinero, cinco palabras le van a suponer el mismo costo que dos ya que el precio mínimo permite incluir en la esquela cinco palabras. Después de pensar durante unos momentos, propone el nuevo texto: “Marta, muerta. Vendo Seat Panda”.
Historia elocuente para describir a la persona obsesionada por el dinero. Que las hay. El único sentimiento que merece la pena cultivar para ellas es el del ahorro. Y no me refiero ahora al deseo que muchas personas tienen de enriquecerse sino a esa actitud mezquina, casi miserable, que tiene quien está poseído por la tacañería.
Desde Juvenal sabemos que al tacaño le importa más la bolsa que la fama: “¿Qué importa la infamia cuando queda asegurado el dinero?”, dice en las “Sátiras”. En una novela de Leo Perutz titulada ‘El Judas de Leonardo’, a la que luego haré referencia, uno de sus personajes, el usurero Bocetta dice: “Quien tiene el dinero tiene el honor”.
Hay en la tacañería un componente irracional. El tacaño es aquel que puede decir cuando se encuentra un botón en la calle: ¡Qué mala suerte. Ahora tengo que hacerme un traje”. Un imbécil.
Una de las consecuencias más inquietantes de esta actitud es que suele ser el motor de comportamientos perversos. Voy a ejemplificar esta cuestión a través de un hecho de ficción y de un dramático hecho real. Me refiero, en el primer caso, a la ya citada novela ‘El Judas de Leonardo’, recientemente publicada en España, aunque escrita hace ya muchos años en Alemania por Leo Perutz. En ella nos cuenta cómo un comerciante alemán vende su amor por 17 miserables ducados. (Sacrificio del amor por el dinero). El hecho terrible al que quiero referirme es la decisión del empresario paraguayo, dueño de los grandes almacenes que han sufrido hace pocos días un pavoroso incendio en Asunción. En pleno fragor decide que se cierren las puertas de los almacenes para que las personas que están dentro no se lleven nada del Centro. (Sacrificio de las vidas por el dinero).
Resulta sorprendente cómo se rompe la familia y la amistad por cuestiones del reparto de bienes en los divorcios o de la división de herencias en testamentos. (Sacrificio de la familia y de la amistad por el dinero). Qué decir de los que roban a los otros, de los que explotan a los empleados, de los que convierten en propio con trampas el dinero de los demás? (Sacrificio de la dignidad por el dinero).
La tragedia de estas personas es que también sacrifican la propia vida. “El avaro carece tanto de lo que tiene como de lo que no tiene”, dice Antoine Rivarol. Son esclavas de su dinero o de ambición por tenerlo. Lo dijo magistralmente Juvenal: “Los demás hombres son dueños de su fortuna; el avaro es el esclavo de la suya”.
Cuando hablo de las personas avaras, no pienso solamente en el clásico personaje que describieron con maestría Molière (El avaro) y Shakespeare (El mercader de Venecia). Me refiero a personas que encontramos cada día en la calle, a personas cercanas, que toman una cerveza en un bar o que van a la playa a tomar gratuitamente el sol. Todo el mundo conoce a personas de este tipo. Nunca tienen dinero para pagar una ronda de cañas, siempre se hacen el remolón cuando hay que pagar un servicio, piden prestadas cantidades minúsculas que nunca devuelven, ahorran de forma enfermiza, se suelen olvidar el dinero en casa (o eso dicen, al menos), se apuntan a cualquier invitación…
Si van a un restaurante eligen el menú mirando el costo de los platos. Si van al teatro piden la entrada más barata. Si compran unos zapatos se deciden por el par más económico. No porque no tengan dinero para realizar otras opciones sino porque no quieren gastarlo. Ni un gasto superfluo, ni una invitación a un amigo, ni un gesto generoso…
Se dice de esas personas que tienen el puño cerrado de forma tan fuerte que se hacen sangre con las uñas. Aristóteles decía que la tacañería hace gastar el dinero “de gota en gota”…. El tacaño no tiene sentido de la proporción. Puede ser multimillonario y se muestra tan ansioso respecto al dinero que le cuesta horrores desprenderse de él. Decía Juvenal en sus Sátiras: “Es locura manifiesta vivir precariamente para poder morir ricos”.
Se cuenta de un multimillonario que era muy tacaño al dar propinas en los hoteles, restaurantes y diversos lugares por los que p pasaba. Un hijo suyo, por el contrario, era magnánimo con las propinas. Un buen día le preguntaron al padre por qué se mostraba tan cicatero mientras su hijo era generoso y desprendido:
– Es que yo no tengo un padre millonario, contestó.
No depende pues la actitud del dinero de que se disponga. Depende del talante de cada uno. Hay personas que tienen tal grado de tacañería que viven obsesionadas por el gasto. Incluso el que debe hacerse por necesidad. Se trata de una enfermedad porque, lejos de procurar satisfacción y felicidad hace al individuo desgraciado.
La tacañería es la falta de generosidad en lo que concierne al gasto. Tiene, pues, dos dimensiones. Una está relacionada con la administración del dinero en beneficio propio. Las personas tacañas no gastan ni para sí mismos. La otra tiene que ver con los demás. La persona tacaña sufre cuando otros pueden beneficiarse de su dinero.
En este abrasador verano, en plenas vacaciones (sé que algunos no disfrutan del necesario descanso, no lo podemos olvidar), aparecerán numerosas ocasiones de practicar la generosidad. ¿Por qué no sentir la alegría de ver disfrutar a otros porque nosotros hemos hecho el pequeño milagro de convertir unos euros en la alegría de la amistad compartida a través de una generosa invitación?

¡Quién fuera mero!

7 Ago

mero.JPGOtra vez han entrado los señores obispos en escena para ‘iluminar’ a la ciudadanía. No han entendido que ya no estamos en los tiempos en que, desde los púlpitos, gobernaban la vida y las conciencias de los ciudadanos de este país. No han entendido que es mucho mejor para su fe y su moral que haya una separación tajante entre el poder civil y el poder religioso. Claro que son muchos años de alianza desde Constantino. Y muchos los años en los que quienes gobiernan el país celebran en la catedral de Santiago el día del Apóstol.
Esta vez ha sido en la catedral de Santiago de Compostela ante la presencia del Jefe del Estado y del presidente del Gobierno. Sin que se le hubiese preguntado por la cuestión, el señor arzobispo de Santiago, monseñor Barrio, se toma la libertad no ya de dar una opinión sino de establecer un precepto. Solamente los señores obispos tienen línea directa con el Altísimo. Dan por buena la comunicación divina, aunque se ha comprobado que las líneas han tenido serias averías en otros tiempos, averías que les han hecho entender errores clamorosos.
Sería interesante poder abrir debates en las homilías. Debería expresar su opinión todo el que quisiera. Sería estupendo poder replicar falacias, deshacer argumentos poco consistentes, exponer otras ideas. Todo el pueblo de Dios debería intervenir ya que, al parecer, todos los fieles son Iglesia. Pero, además, deberían tener derecho a la palabra todos los que están siendo reprochados, descalificados y tachados de torpes y de perversos. Sería estupendo poder levantar la mano e intervenir con libertad. ¿Qué sucedería?
Los ciegos y descarriados españoles no sabemos dónde hemos dejado la brújula. Estamos desorientados, entregados a influencias laicas que se convierten en dogmas “mientras la fe es simplemente tolerada en la esfera privada”. Se nos ocurre aceptar las leyes que emanan del Parlamento, en lugar de dirigirnos a la autoridad infalible. Nos advierte el prelado sobre “los intentos laicistas de aislar a la iglesia de la sociedad”. Y hay que recordar a monseñor que eso no es un peligro, eso es una exigencia no sólo lógica sino legal.
“No es posible entender y servir de verdad a España sin tener en cuenta las raíces cristianas, clave para interpretar la riqueza cultural de nuestra historia”, dice monseñor Barrio. Pero, una cosa es entender y otra servir a España. ¿Puede servir a España un budista, un mormón, un judío o un musulmán? No, según el prelado.
“Cuando se considera superflua la moral, la corrupción es algo obvio, afectando no sólo a las personas sino también a las instituciones”, dice el señor arzobispo. No es que no se tenga en cuenta la moral, sino ‘su’ moral. En nombre de ‘esa’ moral se han cometido muchos atropellos que no quiero ahora recordar. Hay que llamar a las sociedades y a los ciudadanos a respetar la ética, a obrar en conciencia. Nadie dice que valga todo cuando no se muestra de acuerdo con las directrices de la Iglesia.
Con la mayor tranquilidad, de espaldas a la ciencia y a la experiencia, dicen qué es lo natural y lo aprendido. Parece ser que la naturaleza sólo admite matrimonios heterosexuales. Una de las razones que utilizan no deja de ser pintoresca. Dice monseñor Barrio que el matrimonio heterosexual es “base ineludible de la familia, cuya quiebra supone la quiebra de la sociedad haciéndola vulnerable a intereses que nada tiene que ver con el bien común”. De donde se podría deducir un alegato contra la vocación religiosa y sacerdotal ya que también conlleva la quiebra de la familia y, por consiguiente, la quiebra de la sociedad.
Hacen bien los obispos en decirle a sus fieles qué es lo que tienen hacer. Hacen bien, incluso, en sugerir a los parlamentarios católicos que su voto tiene que tener en cuenta sus creencias. Pero no es de recibo que pretendan gobernar la vida, las leyes y las conciencias de quienes no están de acuerdo con su credo o con su moral. Lo cual no quiere decir que no la tenga, sino que difiere de la suya.
No es la procreación el único (ni el más importante) fin del matrimonio. ¿Qué decir, entonces, de las parejas que no pueden o no quieren tener hijos? ¿Es su matrimonio de segunda categoría?
¿Qué problema tienen en ver que otras personas sean felices sin hacer daño a nadie, siguiendo su opción sexual, estableciendo una unión y disfrutando de unos derechos que otros tienen? ¿No tiene ya las vestiduras suficientemente rasgadas por tantos motivos anteriores? ¿No ven que la historia ha ido haciendo aceptar con normalidad lo que resultaba inadmisible o asombroso?
Para qué hablar de quienes acuden al diccionario para decir que no contempla la posibilidad del matrimonio homosexual. No saben que el diccionario es el libro de actas de la lengua hablada. Y que van surgiendo nuevas acepciones, nuevas formas de expresión para recoger realidad antes inexistentes. Los aviones o los satélites artificiales no existirían porque hace algunos años esa palabra no figuraba en los diccionarios.
Cuando los antropólogos rompieron las fronteras de las sociedades y salieron en busca de otras culturas pudimos ver cómo muchos comportamientos que se habían considerado ‘naturales’ se podían contemplar como meramente culturales. “No está en los genes”, dice el título lapidario del interesante libro de Levontin y Rose.
El obispo de Bilbao, Ricardo Blázquez, dice que es “un atrevimiento desmedido pretender cambiar el orden inscrito en la naturaleza”. ¿Cómo tiene tan claro el señor obispo esos códigos presentes en la naturaleza humana? Muchos investigadores no están muy de acuerdo con sus tesis.
Los meros y otros peces cambian de sexo sin cirugía. Las hembras se vuelven machos y los machos se convierten en hembras con asombrosa facilidad. Ninguno es objeto de burla. Ninguno es acusado de traicionar la naturaleza. Ninguno es tachado de sacrílego por quebrantar la ley de Dios. ¡Quién fuera mero!

La escuela del mundo

31 Jul

medallas.jpg El mundo es una escuela. En esa escuela existen infinitas aulas y numerosas asignaturas. El curriculum de esa escuela se desarrolla en clases teóricas y en sesiones experienciales diversas. Muchas de esas lecciones las imparten los políticos, que están situados en la zona más elevada de esa escuela. ¿Qué se enseña y que se aprende en la escuela del mundo? Revisaré algunos capítulos del curriculum.
Comprar una medalla con dinero del propio bolsillo para alcanzar una distinción por los méritos adquiridos es un acto de poca vergüenza. Comprar la medalla con el dinero público, teniendo como base de la argumentación el haber apoyado una guerra que el pueblo no quería, es el colmo de la desvergüenza. Hay pocas dudas sobre los motivos que ponen en marcha la solicitud de la medalla. El congresista Gibbsons defiende que Aznar se merece la medalla igual que Blair. Dice el portavoz del señor Jim Gibbsons que éste decidió solicitar la medalla “porque pensó que el presidente español José María Aznar, merece el mismo nivel de reconocimiento que Tony Blair tuvo (en julio de 2003). Había dos hombres junto al presidente George W. Bush en la reunión de las Azores; Tony Blair recibió su medalla y el congresista sintió que también debería recibirla José María Aznar”. “El Congreso expresa de esta forma el agradecimiento público en nombre de la nación por contribuciones distinguidas”, se dijo en el discurso oficial. Las contribuciones estaban bien a la vista. Las recompensas (¿se referiría a ellas el ínclito hermano del presidente cuando habló en España en vísperas de la guerra?) también.
Resulta que todas las personas que salimos a las calles gritando ‘No a la guerra’ hemos pagado una medalla al señor Aznar porque decidió llevarnos la contraria. No sólo no nos hizo caso sino que se permitió sacar unos euros de nuestros bolsillos para premiar sus dotes de estadista.
La reacción del señor Aznar, ante las noticias que han saltado a la prensa, son verdaderamente indignantes. Decir, por toda explicación que las críticas “me merecen todo el desprecio”, es absolutamente despreciable.
No se puede argumentar que la compra de la medalla a través del lobby de Washington es un modo de enaltecer la patria, a no ser que se identifique la patria con una persona que, por cierto, seguirá siendo la propietaria de la distinción. Muchos españoles no nos sentimos aplaudidos por los asistentes al Congreso estadounidense. Nos sentimos humillados. Quien recibió los aplausos, quien los buscó, quien los pagó, quién los saboreó, fue el titular de la medalla.
Silenciar ante todo el pueblo que la medalla ha sido consecuencia de una compra añade a la felonía la falta de transparencia. Si es tan lógico, tan frecuente y tan laudable como la ex ministra de Exteriores, Ana de Palacio, dice que es esta acción, ¿por qué no se proclamó a los cuatro vientos?, ¿por qué no se informó de ello al Parlamento? Decir, como dice el señor Aznar, que hacer pública esta compra es un intento de desviar la atención no dejaría de tener gracia si no fuera deprimente tanta desfachatez. ¿Desviar la atención de dónde?, ¿desviar la atención de qué?
Si el hecho dice mucho sobre la actuación de los que compran, ¿qué decir de quienes se dejan comprar? ¿Es que si media una importante cantidad de dinero, los méritos de los candidatos aumentan en proporción a la recompensa? ¡Qué vergüenza!
Parece que lo malo de estos hechos no es que sucedan, sino que se conozcan. Cuando todo estaba en la sombra, ninguno de los Ministros que aprobaron la petición por la vía de la “imperiosa urgencia” cuestionaron el valor moral de la decisión. Las complicaciones provienen del conocimiento, de la información.
Hay, al parecer, en estos comportamientos un aspecto especialmente inquietante. Me refiero al ejemplo que suponen estas actuaciones del poder para la infancia y para la juventud. Para todos los ciudadanos. La difusión de la idea de que, una vez que se accede al poder, todo vale. He aquí otra lección de la escuela del mundo.
He leído en el libro Bocas del tiempo de Eduardo Galeano, una historia que ya le había oído contar en otra ocasión. A fines del año 1999 el presidente del Uruguay inauguró una escuela en la zona norte de Pinar Norte.
Por tratarse de un barrio de gente pobre y trabajadora el primer mandatario quiso enaltecer con su presencia este acto cívico.
El presidente llegó desde el cielo. Vino en helicóptero, acompañado por las cámaras de televisión. En su discurso rindió homenaje a los niños de la patria, que constituyen nuestro capital más valioso, y exaltó la importancia de la educación, que es la más rentable inversión en este mundo tan competitivo. A continuación, se entonó el himno nacional y se lanzaron al aire globos de colores.
Entonces, en el momento culminante de la ceremonia, el presidente regaló un juguete a cada uno de los alumnos.
La televisión transmitió el acto en directo.
Cuando las cámaras terminaron su trabajo, el presidente regresó al cielo. Y las autoridades de la escuela procedieron a recuperar los juguetes repartidos. No fue fácil arrancarlo de manos de los niños.
¿Quién explica luego a los niños que la autenticidad es un valor que deben cultivar los seres humanos? ¿Quién les convence de que es importante la verdad, la transparencia, la solidaridad? Menos mal que detrás de nosotros vienen otras generaciones que harán mejor lo que nosotros estamos haciendo. Quiero mostrarme optimista sobre el avance moral del ser humano. Por eso recomiendo la lectura del libro de José Antonio Marina y María de la Válgoma titulado ‘La lucha por la dignidad’. Es un canto a la esperanza.

Trampa y cartón

24 Jul

truco.jpg En la sociedad de la eficiencia, dominados por la cultura del éxito, es fácil caer en la tentación de evaluar las instituciones, los programas y los proyectos, a través de la consideración exclusiva de los resultados. Lo que no se puede medir, no existe. Lo que no ha conducido a un logro final no ha merecido la pena. El proceso conducente a la consecución de los fines, no tiene la menor importancia.
Sucede en todos los ámbitos de la realidad. Una empresa funciona bien si ha conseguido buenos dividendos, un alumno ha sido un buen estudiante si ha aprobado todas las asignaturas, un servicio ha sido excelente si ha atendido a un número grande de beneficiarios. No importa que la empresa haya conseguido los beneficios robando, que el estudiante se haya esforzado poco en aprender y que el servicio a cada usuario haya sido deplorable. Lo importante es alcanzar un logro cuantificable. El esfuerzo realizado, la situación de partida, la cualidad del trabajo importan poco.
El mecanismo parece simple y perfecto. Me prepongo unos objetivos y evalúo el éxito en la medida que éstos han sido alcanzados. Y compruebo el éxito a través de mediciones cuantificables. No hay error posible, no hay trampa ni cartón. La comparación, así, es fácil e incontestable. Ocho es más que cinco y cinco es más que tres. Se acabó la discusión.
Pues no. Aquí hay trampa y cartón. La primera trampa es pensar que si los objetivos son claros y operativos, la evaluación será incontestable. (Me ha llamado la atención ver en el aeropuerto de Madrid, reeditado, el famoso y por algunos denostado libro de Mayer ‘Formulación operativa de objetivos didácticos’. Tiene más de treinta años) Fíjese el lector algunas preguntas que este mecanismo silencia: ¿quién fijó los objetivos?, ¿son objetivos verdaderamente importantes? (porque si eran estúpidos, mientras más se consigan, peor). ¿Podían ser otros? ¿Hace falta un esfuerzo razonable para alcanzarlos?, ¿podrían ser otros?, ¿han de ser iguales para todos?, ¿qué se ha conseguido mientras se trataba de alcanzarlos?, ¿quién dice que se han conseguido?, ¿hasta cuándo dura su adquisición?, ¿para qué sirve alcanzar esos objetivos?…
Hay más trampas y más cartones. Por ejemplo, el comparar lo conseguido por unos y por otros cuando se parte de condiciones, de capacidades y de medios diferentes. Comparar lo incomparable es poco razonable y bastante injusto. Cinco puede ser mucho más que ocho y tres mucho más que cinco y que ocho desde otra perspectiva, desde otro modo de asignar valor a los números. ¿Cómo es posible comparar los resultados de dos industrias, de dos Universidades, de dos empresas, de dos personas… que tienen distinto punto de partida, distinto potencial, distinta capacidad, distinta historia, distinta finalidad?
La trampa más importante es que se olvida el valor del proceso. Se ignora todo lo que ha sucedido mientras ha durado el intento de llegar al logro. Y eso es, a veces, lo más importante. Se olvida si ha existido esfuerzo, si se ha hecho todo lo posible, si se han utilizado los medios disponibles, si se ha respetado la ética, si se han adquirido conocimientos importantes, si se ha puesto el cimiento para éxitos posteriores, si se ha trabajado sin sentir el látigo del autoritarismo, de la discriminación o del desprecio…
Abogar por la consideración de los procesos no significa renunciar a la exigencia o al rigor. Todo lo contrario. Significa evitar las trampas que hacen olvidar la verdadera exigencia y eliminar los cartones que impiden acceder a la visión rigurosa de la realidad. Alguien ha podido conseguir mucho haciendo trampas, sin el menor esfuerzo o a través del envilecimiento moral.
Me han contado, a propósito de esta evaluación que sólo está pendiente de los resultados, esta simpática y significativa historia. En un pueblo italiano viven dos personas del mismo nombre pero de diferente oficio. Los dos se llaman Giuseppe Nervi. Uno es el sacerdote del pueblo. El otro es el único taxista de la localidad. Ambos mueren el mismo día. Cuando llegan al cielo., San Pedro pregunta al primero que se acerca a su puerta:
–¿Cómo se llama?
–Giuseppe Nervi.
–¿El sacerdote?
–No, el taxista.
San Pedro analiza con suma atención su expediente. Le dice que se ha salvado y que, afortunadamente, le ha correspondido llevar en el cielo un mando de lino y un bastón de oro con incrustaciones de piedras preciosas.
Seguidamente se acerca el sacerdote, que ha sido testigo de la conversación anterior. Se presenta, muy ufano, como el sacerdote del pueblo.
San Pedro estudia su expediente y le dice que también se ha salvado, pero que le ha correspondido llevar un manto de esparto y un bastón de madera con pequeños trozos de piedra incrustados. El sacerdote, con firmeza y cierta indignación alega:
–Permítaseme mostrar mi desacuerdo por este agravio tan evidente. Yo he sido el párroco de esta localidad durante setenta y cinco años. He cumplido siempre con mi deber, he visitado a los enfermos, celebrado misa, administrado los sacramentos y pronunciado con fervor las homilías cada domingo… Sin embargo el taxista era un desastre conduciendo: se subía a las aceras, chocaba contra los árboles, aparcaba en cualquier sitio, superaba la velocidad establecida, frenaba a destiempo, tenía accidentes cada dos por tres…
–Sí, dice San Pedro, lo sabemos. Pero en el cielo hemos aprendido a evaluar como se hace en la tierra. Ahora sólo nos fijamos en los resultados. Y hemos visto que mientras usted pronunciaba las homilías todo el pueblo dormía, pero mientras el taxista conducía, los pasajeros rezaban.