El juicio de Paris

8 Mar

Hablo de tiempos pasados en los que hablaba de tiempos más pasados todavía.

En una diapositiva proyectada en la pared, tres mujeres desnudas eran examinadas con atención por un hombre. Dudo si ahora esa imagen sería interpretada como pornografía, entonces era  sólo una magnífica obra de arte de Rubens; El juicio de Paris.

Mis alumnos de Latín no se escandalizaban por la desnudez de las diosas, si bien les llamaba la atención lo gordas que estaban todas. Había que explicarles que hubo momentos en la historia en que la abundancia de carnes era un atributo estético en la mujer y que, además, ése no era el tema del que nos teníamos que ocupar, pues se trataba de ahondar en la verdadera causa de la Guerra de Troya; un concurso de belleza.

Las tres diosas; Atenea, Hera y Afrodita querían saber cuál de ellas era más bella según el troyano Paris y las tres sobornaron al jurado- como también es habitual en los concursos de belleza-. Hera, esposa del omnipotente Zeus, le ofreció a Paris el don del poder, Atenea la inteligencia y la victoria en las batallas y Afrodita, el amor de la mujer más hermosa de la tierra.

Mientras el príncipe troyano hacía cábalas, sopesando las ofertas, el astuto y burlón Hermes sostenía en sus manos la manzana de la Discordia, que sería arrojada a los pies de la elegida, que, por fin, fue Afrodita y así se ganó para la eternidad el odio de las otras dos diosas despechadas, que, en lo sucesivo, persiguieron al pastor y a su patria troyana hasta lograr dejarla reducida a cenizas.

Si el mito es símbolo de las pasiones humanas como hizo ver Eurípides en sus tragedias, inspirando a Freud a concebir el psicoanálisis, concluiríamos que la rivalidad es un gen que condiciona al género femenino, lo cual nos desarmaría la esperanza de creer en esa solidaridad tan necesaria para que cualquier triunfo sea el colofón de una lucha.

Pero, tal vez, haya que descartar que los mitos sean reflejo imperecedero de lo fatal y que un juicio como el de Paris sea inconcebible en estos días. Si, en el momento presente, se hubiera planteado un certamen semejante, Atenea, Hera y Afrodita lo hubiesen rechazado y, unidas como una piña, afearían al troyano la conducta. Le dirían que ningún hombre tiene la autoridad para decidir sobre la belleza de las mujeres y que evaluarlas como piezas de ganado era insultante y machista y, en comité amigable, cogidas del brazo, después de manifestarse ante Zeus, el prepotente, adúltero y libertino, se habrían ido a tomarse unas copitas de ambrosía. Así se hubiera evitado la guerra de Troya.

Paris, de esa manera, nunca hubiese conocido a Helena ni la hubiera raptado con la consecuente cólera de su esposo Menelao y si, por casualidad, se diese esta circunstancia, la troyana habría pedido el divorcio al atrida, que, encogido de hombros, diría, cést la vie.

Si las mujeres hubiesen sido siempre como las del consejo de Lisístrata, nunca habría habido guerras desde el año 411 a. C, y si hubiesen sido asimismo como las asamblearias o las amazonas de Aristófanes, tendrían no ya la igualdad, sino el poder. El mito, como el feminismo, lo creó un griego, pues, en definitiva, no hay nada que no haya inventado ya un griego hace una pila de siglos ¿pero qué es más representativo del carácter de la mujer;  el juicio de Paris o las comedias de Aristófanes? Quisiera creer que lo segundo.

Cuando avanzan los siglos, muchos siglos, nos encontramos con dramas que nos devuelven a lo de Paris; veamos, por ejemplo, “La casa de Bernarda Alba”.  Aquellas hijas de Bernarda se sacaban los ojos entre sí por Pepe el Romano, el chulito del pueblo, y les fue de pena.

Hoy día no hubiera sido así. Todas las hermanas se hubiesen asomado a la reja y le habrían dicho a Pepe:

-Mira, Pepe, o nos traes ahora mismo otros amigos casaderos, uno por cabeza para cada una, o no te casas con nadie.

Solidaridad, ése es el concepto, y sin esa base, no hay triunfo. Yo no quiero pensar que el feminismo es una secta, donde unas mujeres caben y otras no, sino una simpatía al género completo. Es muy estrecho ese sendero en el que caben tan pocos pies y tan estereotipados principios. Ser mujer no es un sacerdocio en el que haya que cumplir una serie de votos, entre otras cosas, porque no hay mujer, sino mujeres y, más allá de todo, personas.

Hay todavía una espina que tengo clavada en el corazón. Se trata de un mensaje que recibí en mi blog hace unos cuantos años. No era el primero que recibía en términos insultantes. Por desgracia, el anónimo que posibilita internet, da para que muchos arrojen lo más vil de su lado oscuro sin pensar que tarde o temprano cae dolorosamente su máscara. Al cabo de los años, puedes ponerle cara a los anónimos, incluso cara conocida, y eso más que indignar, entristece.

Aquel mensaje me dolió especialmente, porque la anónima se definía como mujer y feminista, y me amenazaba en intimidatorias mayúsculas con manejar sus influencias para echarme del trabajo. El artículo, al que me respondía, lo había escrito yo en defensa de las mujeres, por eso me extrañó aún más y, cuando lo veo impreso, al revisar otros papeles, me siento muy abatida.

Ni un mal día, ni un mal momento, justifica poner en entredicho un movimiento a favor de la mujer, que se ensaña, precisamente, con una de ellas y la hace dudar.

Por fortuna, mi compañero de La Opinión de Málaga, Juan Gaitán, de modo espontáneo, me vino a defender en un artículo titulado “Clasificada S” ¿tendría que haber sido una mujer quien me defendiese? Pues no, hay que aclarar que el machismo y el fascismo abundan en cualquier género, como también la ignorancia.

Yo no voy a luchar contra todo el sexo masculino, pues es del todo absurdo, sino contra el machismo y la intolerancia que se da todavía entre hombres y mujeres. Algunos y algunas.

Distopía positiva

1 Mar

Tenía el móvil descargado desde hace un día, cuando sonó la llamada. De Pitita, como no podía ser menos.

–Pero Pitita, ¿cómo has podido?…

–Ay, chica, he descubierto un método infalible para cargarle la batería a tu móvil a distancia. La tecnología es maravillosa ¿no te parece?

–Bueno…

–Es que te tenía que contar algo super-importante. Imagínate; el otro día estuve de comida en el campo.

–Sí, claro, menuda experiencia.

–Yo no soy nada de campo, tú lo sabes, pero tuve que aceptar por culpa de un chantaje.

–¿Y eso?

–Pues ya ves, Rogelito, el niño de Anodino Borrego, me llamó al amanecer, casi a las ocho de la mañana. Figúrate, que yo sólo llevaba dos horas durmiendo y mi Quique y mi Nachito todavía no habían regresado a casa.

– Perdona, Pitita, pero tenía que comentarte algo muy grave.

–¿Y qué puede ser grave a estas horas? ¿Es que no sabes que estamos de puente? Anda, vete a desayunar y luego te acuestas como un buen chico. Ya me llamas a la tarde, si eso.

–No, esto no puede esperar. Me duele mucho decírtelo, pero tu marido te engaña. Hoy lo he visto en una Poetry Slam con Namya Beaver, y estaban, como te lo diría, a brazo partido.

–¿Y eso es todo? Dime, ¿es menor la chica? ¿Tiene papeles?

–Bueno, se llama Carmen, en realidad, Namya es su nombre artístico. La conozco bien porque es de mi clase.

–Ah, ya sé, es Carmencita Juárez, una niña estupenda, hija de una amiga mía. Todo en orden.

–¿Cómo todo en orden? Tu marido adultera, abusa del poder del patriarcado para serte infiel ¿acaso no eres feminista?

–¿Feminista, yo? ¿Para qué? Mi Quique es un amor y a mí me gusta que se divierta.

–Pero, por favor, Pitita, no me digas eso. Para toda una generación, Quique y tú habéis sido un matrimonio modélico; un referente. Digamos que, como los mismísimos Ana Belén y Víctor Manuel, pero con otro rollo.

–Con otro rollo, seguro, Rogelito, pero, digo yo, ¿qué derecho tenéis las nuevas generaciones a pedir, ejem, a las menos jóvenes comportamientos modélicos?

Si las familias fuesen modélicas no se hubiese rodado nunca El desencanto ni Familia, ni La gran familia española, ni  Retrato de familia, ni Secretos de familia, ni….¿me podrías decir qué sería del cine y de la literatura de ayer y hoy mismo si las familias no tuviesen sus cosillas? Para que una unión se mantenga toda la vida hay que hacer pactos implícitos, negociaciones subterráneas, en fin, ese tipo de acuerdos por los que se ha avenido Cataluña y el resto de España durante tantas décadas.

–¿Pero tú no te has planteado nunca el divorcio, Pitita?

–Para nada. El divorcio es como el Brexit; un asunto que todo lo pone patas arriba y no beneficia a nadie.

–Me sorprendes, Pitita, ¿qué te parece si nos hacemos una comida en el campo?

– ¿En el campo? Ay Dios, Roger, ¿Y me puedes decir qué gano yo con eso?

–Ganar, nada, pero perder sí que puedes. Tengo yo aquí apuntada una lista de personas, a las que le interesaría mucho saber de las correrías de Quique en las Poetry Slam.

–Entiendo, en fin, ¿a qué hora quieres que te recoja? ¿Por qué carné de conducir todavía no puedes tener a tu edad? ¿No?

–No te preocupes, Pitu, yo tengo siempre quien me lleve. Tú apunta la dirección y estate allí sobre las dos.

–Pero si esto está…(Ay, Quique, me debes una…o dos).

Total, chica, que me enfile con mi Cherokee a las alturas de las afueras de Frigiliana, que la carretera se puso a caracolear y hasta dejó de ser carretera para ser carril, qué sustito, madre mía…

Me bajé del coche mareadísima, pero enseguida me alegré de estar allí. El restaurante era una cucada, así diseñado en plan cuevita como la concha de un caracol y, desde la terraza, se veían unas impresionantes vistas panorámicas de las montañas y los valles. Con tanto verde alrededor, casi me creí que era Heidi a punto de abrazar a su abuelo.

Cinco minutos más tarde y cuatro selfies después, vi llegar un BMW del que bajó Roger y, en un visto y no visto, volvió a arrancar para desaparecer.

Dejé que el chico pidiese el menú, pues conocía el lugar y eligió de la carta, solomillo y presa ibérica.

–¿Pero, Rogelito, tú no eres vegano como todos los jóvenes de tu edad?

Entonces se quitó las gafas de sol y me miró muy fijo a los ojos:

–Yo soy distópico ¿acaso no sabes que en España hay más cerdos que humanos? Hay que comérselos a todos. Si no, igual nos quitan el poder, como predijo George Orwell en “Rebelión en la granja”. Los cerdos son demasiado inteligentes y los humanos cada vez menos, porque han delegado su inteligencia a los móviles. Cuanto más inteligente es un móvil, más estúpido hace a quien lo usa.

–Y, según tú, ¿cuál es la solución?

–Enmendar la distopía; crear máquinas tontunas y robot serviles, que no se pasen de listos. Ni los replicantes sabihondos de Blade Runner, ni el desgraciado Frankenstein de Shelley. Hay que trasplantar a los robot los cerebros humanos adecuados, nada de inteligencia artificial.

–¿Y has pensado ya en el modelo adecuado?

–Pues claro, pon atención.

Entonces Roger tomó el móvil e hizo una llamada:

–Papá, ven a recogerme dentro de una hora al mismo restaurante donde me has traído.

–Claro que sí, Rogelito, y te llevo el plumón, que está refrescando- oí decir a Anodino Borrego.

–Tráeme también las pastillitas que tú sabes, que noto que me ha subido la fiebre.

–Mira, Roger, yo creo que mejor me voy ya. Mi Nachito salió de marcha ayer y seguro que también anda en cama pachucho.

–Pero si tiene ya 27 años, seguro que sabe cuidarse solo.

–Igual que tú dentro de diez años, distópico.

Fiestas de invierno

21 Dic

Llega la Navidad. El capitalismo se pone las pilas y se encienden todas esas lucecitas multicolores en nombre de la paz y la solidaridad y demás palabras grandilocuentes, que ya han pasado a ser conceptos vacíos, porque nuestra sociedad, gracias a las manipulaciones subliminales del sistema global, hace tiempo que no es sociedad propiamente, sino un conjunto de individualidades muy mal avenidas, por cierto. Somos, en fin, por ley de ciertas consignas de ese catecismo laico de confitería en tonos pastel, un batiburrillo de egos maltrechos en patética pugna con sus semejantes a cuenta del hueso roído de una triste chuleta.

En el antiguo colega, camarada o compañero -términos todos obsoletos- vemos sólo ya un rival en liza por un puesto de trabajo, no necesariamente digno. Recordemos, ante todo, que trabajo significa un salario con el que mantener -o intentarlo- a toda una familia. Eso que hoy día es un privilegio que toca a una de cada cuatro personas que lo codician y va pareciéndose un poquito a la lotería, el Euromillón o así. Lo que toca en estas circunstancias, las nuestras -recordemos- es odiar pues a dos semejantes, por lo menos, y hacerles bien la pascua en lugar de deseárselas felices con un beso bajo el muérdago.

Si en vez de mirarnos el uno al otro, mirásemos ambos en la misma dirección, descubriríamos al verdadero enemigo común y tal vez juntos lo podríamos combatir. “Es la economía, estúpido”, como dijo aquel y recordemos que, desde tiempos ancestrales, la economía consiste en que la mayoría ahorre para que unos pocos despilfarren, precisamente, los que manejan el tinglado (mira tú por dónde).

Bonito ejemplo de dicha práctica es que ahora el trabajo que corresponde a dos e incluso tres personas sea desempeñado por una sola, que además de cargar con una jornada laboral extenuante, carga con el odio de esas otras personas que se han quedado en el paro “por su culpa” ¿Por qué será que nos seguimos equivocando de culpable aún ahora que la saturación de la novela negra es uno de los muchos opios del pueblo?

“Es la economía, estúpido” ¿acaso no caemos después de tantos siglos a cuestas? Desde aquella pirámide social de la Edad Media de nuestros primeros años escolares, tuvimos que comprender que el pilar de una economía y, en consecuencia, de una sociedad consiste en que muchos vivan mal para que pocos vivan muy bien. Estos muchos sostienen con su precariedad a los gerifaltes y posibilitan, a base del pago de impuestos, la vida muelle de quienes los gobiernan en contra de sus propios intereses.

A cambio, los políticos nos entretienen, de vez en cuando, arrojándonos graciosamente desde su mesa bien provista, una pata de pollo para darle jaleillo a la jauría, que se morderá entre sí para distraerse del hambre, dividida en torno a debates que desgastan la energía y nada solucionan. Pero, en fin, tenemos entrada en la ópera bufa, podemos observar cómo se interpreta ese torpe sainete del Congreso, interpretado por actores mal zurcidos, que se insultan hasta tirarse de los pelos con desprecio absoluto de las reglas clásicas de la oratoria y la retórica y apostar por éste o por aquel como en una pelea de gallos para luego masacrarnos entre nosotros y concluir que el enemigo es el semejante y, en el colmo de la sandez, el inferior, ignorando que no hay peor enemigo que la ignorancia, esa trampa que nos han puesto a huevo. Por culpa de la ignorancia, creemos pensar y opinar cuando sólo repetimos consignas bien publicitadas, que nos despistan de los temas incómodos que tanto nos urge resolver por nuestro bien, o mejor dicho, nuestra salvación.

La economía, ese tipo de economía de la que hablábamos en líneas anteriores, perjudica seriamente a nuestra salud, pues entre los recortes en Sanidad se contempla que las enfermedades son un lujo que no nos podemos permitir la mayoría, a no ser que sean compatibles con el trabajo y parece que ahora todas sean compatibles, hasta un cáncer.

Al calor y la luz del alumbrado de las vísperas nocturnas de Navidad, voy en taxi hacia las urgencias del hospital privado que corresponde a mi obra social con un dolor inequívoco de rotura en mi hombro, que me impide mover el brazo izquierdo y allí, tras serme realizadas las radiografías pertinentes, el médico de guardia concluye en darme la buena noticia de que sólo ha sido una contusión, dicho lo cual, se ausenta de la consulta unos minutos, durante los cuales se persona un enfermero para ponerme el cabestrillo y, por fortuna, echa una ojeada a las radiografías.

-Tiene rotura ¿no se lo han dicho?

Se lo hace observar al médico cuando regresa y éste conviene en que el enfermero tiene razón, pero igual me manda a casa en un taxi. Esto no es nuevo para mí, en el primer día del verano me rompí tres huesos del pie derecho y otro médico de guardia del mismo hospital dictaminó que sólo era un esguince, lo cual desmintieron después dos traumatólogos de otros centros. Inicié entonces sesiones de fisioterapia que no pude concluir al ser reincorporada al trabajo y ahora se explica por eso esta última caída, ya que fue un paso en falso de ese pie debilitado lo que me hizo caer y romperme el hombro.

“Es la economía, estúpido”, ahora lo entendemos. Las hospitalizaciones son caras- incluyen menú diario- las operaciones son caras y es mucho más barato enviar al paciente a su casa y que se cure como pueda hasta que regrese al trabajo lisiado, pero hay que recordar, como nuestros mayores, que lo barato sale caro y el efecto placebo no sirve para los huesos.

La economía es incompatible muchas veces con la solidaridad y la piedad que promueve el espíritu navideño, aunque invite al gasto de la mayoría. Por mi parte, propongo llamar a estas fechas tan poco entrañables “Fiestas de invierno”. Nada más.

Operación “Ballena azul”

9 Nov

Un síntoma de que llegamos a la madurez es, sin duda, que olvidamos por completo que algún día fuimos adolescentes; que tuvimos también aquella edad confusa, caprichosa, en la que nuestro afán era distanciarnos cuanto más, mejor, de los patrones de conducta de nuestros padres. Se trata de una fiebre pasajera, aunque también fatal por imperativos biológicos, que remite en cuanto se apagan las últimas ascuas de la juventud.

Madurar-como dijo Antonio Muñoz Molina con otras palabras en alguna de sus magníficas novelas- es reconocer que, con el paso de los años, nos vamos pareciendo cada vez más a nuestros padres. Su fisonomía se acentúa en nuestras caras y, en un momento dado, caemos en que aquellas manías, que en otro tiempo nos resultaron fastidiosas e incluso ridículas, se apoderan de nuestro carácter; apuntar las obligaciones de cada día en una libreta o llegar al andén del tren con una hora de antelación, por si surgiera algún imprevisto. Queramos o no, nos volvemos prudentes, cuidamos mucho más las opiniones que expresamos en público y empezamos a considerar a las nuevas generaciones con cierta extrañeza, como si se tratasen de una raza aparte. “Estos jóvenes de hoy día”, ¿qué maduro no ha utilizado esta expresión desde el principio de los tiempos? ¿Y qué maduro no fue antes un joven estrafalario, por más que le falle la memoria? digamos que ese pequeño porcentaje de jóvenes prematuramente maduros son, normalmente, los que se desmelenan tardíamente, provocando escándalos en sus consolidadas familias ejemplares, de modo que más vale sufrir la fiebre adolescente, como el sarampión infantil, cuando toca. Una racha de desorden es necesaria para lograr el orden. Y, en esa racha de desorden, todos tuvimos nuestro gurú. Para algunos fue Bob Dylan, para otros los Rolling Stones o John Lennon o  Patxi Andion o David Bowie o George Brassens y Jane Birkin o incluso Alaska o Ramoncín ¿Quién no ha necesitado un referente para ser iconoclasta?

Por referentes, cayeron durante el siglo XX, vidas curtidas en las drogas, pero también mucho antes, sin necesidad de sustancias, me refiero a la novela “Werther” de Goethe, tan exitosa durante el XVIII en Europa, que provocó entre los jóvenes oleadas de suicidios. Suicidarse por amor se puso de moda. Parece extremo, pero no; la adolescencia es la edad de los grandes gestos, de la osadía…

Con un poco de perspectiva histórica, tampoco nos puede sorprender tanto el suicidio del menor de 14 años, acaecido el viernes pasado en Marbella. El muchacho saltó al vacío desde la terraza de un centro comercial, acompañado de otra menor, quien pensaba hacer lo mismo.

Ambos habían publicado sus intenciones en las redes sociales, por lo que un grupo de seguidores fueron a alertar a la policía, que consiguió salvar a la chica, pero llegó tarde para disuadir al adolescente de sus propósitos. Tal vez el suicida sólo quería llamar la atención y contaba con que su final anunciado fuese impedido por el alertado cuerpo policial, pero le pudo la impaciencia. Se ve que ella dudó y, en aquellos momentos de duda, fue posible el socorro. Eso sí, la turbación no le impidió pedir hacerse un selfie para colgarlo en las redes. El afán de fama por encima de todo, pues claro, ¿no andan también en eso los adultos? La fama, en fin, ese mal de siglo que envenena e iguala todas las edades en el infantilismo ¿pero quién ha promocionado esto? Primero los programas de niños prodigio, luego los O.T, los Gran Hermano y la ilusión de tener seguidores en Internet; una ilusión bastante ficticia, bajo la cual sólo hay negocio ¿alguien se ha parado a pensar en la materialidad de los supuestos seguidores? Raza frágil la nuestra y más frágil si tiene catorce años y un móvil en la mano.

Por esas redes se cuela el líder; ese líder que estimula los manipulables cerebros de los adolescentes a vivir experiencias emocionantes y culminar sus incipientes delirios de grandeza.

El líder, en este caso, es un joven ruso de 21 años, llamado Philipp Burdeikin, que ya ha sido detenido por crear el macabro juego “Ballena azul”. El juego proponía superar cincuenta retos, entre los cuales figuraba el visionado de películas de terror, la audición de música siniestra, las autolesiones y, en última instancia, el suicidio. Quien llegase a perpetrar tales desafíos demostraría pertenecer a una raza superior, entrando así en el clan de los selectos; una estrategia disuasoria que nos remite a los fundamentos de la ideología nazi y que funcionó para fanatizar a jóvenes e incluso menos jóvenes. Burdeikin, quien había estudiado psicología en la universidad sabía que aquel plan de seducción podría dar su fruto entre adolescentes, que ya han causado bajas, no sólo en Rusia, sino en otros puntos de Europa y América. Si bien comentan que el instigador contempla a sus propias víctimas con desprecio. Según  ciertas declaraciones, se siente satisfecho de haber depurado de lacras al género humano. Desde su psicopatía narcisista igual cree que bien se puede prescindir de criaturas tan influenciables.

Pero ni siquiera la falta de empatía, demostrada por el criminal, ha impedido que reciba en prisión un gran número de declaraciones amorosas, remitidas por menores. A cierta edad es difícil discernir la diferencia entre fortaleza y crueldad ¿qué podemos hacer?

Ciertamente, como ya dijimos antes, siempre hubo gurús equívocos, libros perversos y películas retorcidas que han servido de acicate para aleccionar y adocenar a los adolescentes en comportamientos nocivos, sin embargo, ahora la presencia de estas amenazas se ha multiplicado, pues el móvil se ha convertido en una extensión del cuerpo humano y de ser servidor ha pasado a ser tirano, también para los adultos. Las compañías telefónicas que lo saben han multiplicado sus exigencias. Si las recargas se demoran ,restringen el uso de internet y eliminan números de teléfono en la certeza de que el usuario obedecerá, pues ya está enganchado, eureka.  Si, en un primer momento, el aparato parecía regalar horas de conexión, ahora  que la conexión es adicción, las escatima, emulando la conducta de los camellos que regalaban la droga hasta hacer de los obsequiados drogodependientes que la terminasen pagando a precio de oro.

En esta coyuntura tenemos la opción de ceder al chantaje o decir basta de una vez. No podemos corregir los trastornos de conducta de los adolescentes si nos hemos contagiado de su propia enfermedad.

El feminismo es cosa de hombres

19 Oct

Asistimos, se dice, a un momento en el que las novelas de orientación femenina ganan terreno a las históricas y las inspiradas en la Guerra Civil. Se constata, si se tiene en cuenta que el premio Planeta ha sido ganado por el escritor Santiago Posteguillo, con la novela “Yo, Julia”, que relata las vicisitudes de una mujer de origen humilde que progresará de modo fulgurante en un mundo de hombres inmersos en la lucha por el poder político y que piensan que el liderazgo sólo les pertenece a ellos. Hasta ahí bien, aunque, según se sigue comentando lo hará usando sabiamente sus armas de mujer (esperemos a leer la novela para opinar sobre este segundo punto, pues la expresión armas de mujer, abarca un amplio espectro y, así de entrada, me resulta algo inquietante).

También la finalista de dicho premio, Ayanta Barilli, lo ha sido con una novela de tintes feministas “Un mar violeta oscuro”; una historia de tres generaciones de mujeres de una misma familia, a las que una figura masculina aboca a la locura y, según el jurado, “demuestra la evolución de la imagen social de la mujer”.

Es notorio que tras las huelgas y pronunciamientos del 8 de marzo de nuestro 2018 aún en curso, se ha reavivado el tema de la mujer, desde el plano reivindicativo, como argumento literario, si bien no es sólo abordado por escritoras, sino también por escritores, por lo que se puede interpretar, en lo mejor, una sensibilización del sexo masculino hacia la discriminación de las féminas o bien, en una lectura sesgada, su propósito de no perderse tampoco este tren, que lleva a destinos tan favorables. El caso es que, cada vez más autores, se apuntan a cincelar tramas con personajes femeninos para denunciar micromachismos, ensalzar feminismos y etc, etc…y, con ellas, se apuntan tantos sin perder compás en esta carrera de fondo.

No es cuestión de citar nombres, vayamos a incitar polémicas innecesarias, pero basta con echarle un vistazo a novelas de última hornada para comprobar la vigencia del fenómeno. Los escritores se han lanzado a cultivar este género exitoso sin perder oportunidad de ocupar un espacio, digamos, golosillo. Dice uno de ellos, “Ahora que el movimiento feminista está encendido, la voz masculina es todavía más importante para que el feminismo no sea unidireccional. No es una buena estrategia dejar la voz sólo a las mujeres, la igualdad es una cuestión de todos”. Pues claro que sí, hay que repartir el pastel, y no consentir que en la lucha por los derechos de las mujeres participen sólo las mujeres. “La voz masculina es todavía más importante ahora”, cómo no. En fin, sólo espero que, a fin de cuentas, nos quede un hueco en el fomento de esta lucha que, por más matices que se objeten, es nuestra. Si el feminismo va a terminar siendo también cosa de hombres, poco o nada nos va a quedar. Imaginemos que una generación de escritores varones se cubran de honores por defender la causa feminista y que las escritoras feministas o sólo femeninas queden en el olvido hasta ser reivindicadas, tras la muerte, dentro de cien años. Lo peor de la historia es que se repite más que pepino en gazpacho.

Ahora mismo se apuesta por visibilizar el papel de las escritoras de la II República. Hay que decir que la cosa llega con cierto retraso ¿pasará igual con las autoras de hoy mismo?

Cuando presenté mi primer libro de relatos, “Sola en el Mundo” en 2012, advertí de que la literatura femenina estaba siendo invadida por los hombres y el asunto ha ido in crescendo.

Por hacer algo diferente, pasé de los relatos con voz femenina a los relatos con voz masculina y escribí “Masculino Singular”. Y he de decir una cosa importante al respecto. Cuando un hombre se traviste con voz de mujer en la narrativa, merece todos los respetos, pero si es al revés, prolifera el rechazo. Por el anuncio de la publicación de este volumen, me llegaron bastantes descalificaciones, de masculinos que ni siquiera lo habían leído ¿A qué temían? me pregunto, ¿por qué, si es tan loable que los hombres se metan en el terreno femenino, no nos podemos meter nosotras en el masculino?

Por fortuna, han sido muchas las mujeres que han disfrutado con este libro y también los hombres que se dignaron a leerlo sin prejuicios. Esos sí que me parecen verdaderos feministas.

Conozco, lamentablemente, casos muy contrarios en gentes de doble moral, que públicamente se declaran feministas, pero apuñalan a la mujer por la espalda a la primera ocasión. De cara a la galería, son paladines que protegen a la fémina si sobre ella hay violencia física, sobre todo. Eso es muy bonito; es como ofrecer su tutela a un animal menor, indefenso, pero otra cosa es mirarla de igual a igual, ahí que no se atreva.

Ay, ay ¿vamos a decir que este país es feminista cuando ningún partido se atreve a nombrar como líder a una mujer? Y si hubo pretendida alguna ¿cuántas fueron las bromas pesadas a costa de su supuesta falta de inteligencia, a su funesta ambición o incluso a su aspecto físico y su modo de vestir?

Hay fachadas (nunca mejor dicho) que ocultan incluso un retroceso en la valoración de las mujeres. Por alguna deficiencia de ese catecismo de igualdad propagado, los jóvenes no perciben que la equidad sea un hecho respetable. En los centros educativos se celebra a bombo y platillo el día contra la Violencia de Género, pero sin tomar medidas se acepta que un menor (un menor puede tener 17 años y estar muy musculado) agreda de palabra y de obra a una profesora. Por lo visto, eso no está etiquetado como violencia de género ¿y qué es entonces? Escritores feministas, aquí tenéis un tema, ¿por qué no tratáis este argumento?

No vais ya a salvar a aquellas que fueron asesinadas irreversiblemente, sobre todo, si de eso hace 30, 40 o 100 años, pero en este asunto queda mucho que hacer. Si sois feministas, atreveos.

Evitar el suicidio infantil

28 Sep

No hay nada más trágico, inexplicable e incongruente que la muerte de un niño. Es muy difícil digerir que una criatura pierda la vida, cuando apenas la ha comenzado a vivir y, más, a estas alturas de la civilización, en la que la Medicina ha evolucionado lo bastante como para evitar esos males que antes podían acabar con la existencia de los más pequeños casi de la noche a la mañana. En aquellos tiempos no tan remotos, un niño podía morir de una diarrea o un simple resfriado y madres que habían parido diez hijos- algo entonces también normal- al pasar de los años contaban ya sólo con tres. De hijos fallidos se llenaban los cementerios, donde en sus pequeñas lápidas, figuraba la imagen de un angelito. Alguno de ellos, que fallecieron antes de poder recibir la bendición celestial, eran bautizados ya difuntos para que hicieran su precipitado viaje en olor de cristiandad.

Como, por fortuna, esto ya no es frecuente, toda la sociedad se conmueve más hondamente cuando un niño muere, porque las razones, más allá de la muerte natural, son un vil asesinato o un accidente. Todavía nos impresiona recordar cómo Miguel, el niño malagueño de seis años, fue atropellado por una carroza de los Reyes Magos o cómo los pequeños, Ruth y José, fueron asesinados con alevosía por su propio padre, José Bretón. Desde entonces se han dado otros casos, pero no es cuestión de detenerse ahora en el análisis de hechos tan espeluznantes, porque el motivo de este artículo es ahondar en otra causa de mortandad infantil, que crece en cifras, y que es de todas la más alarmante. Si es incongruente que un niño muera por una enfermedad leve o un absurdo accidente, si es deleznable que lo haga a causa del trastorno mental de sus progenitores ¿cómo se puede calificar el que un menor acabe con su vida por propia iniciativa?

La cuestión es determinar qué factores exógenos, porque son exógenos, los que lo llevan a ello y lograr neutralizarlos, porque, de veras, creo que está en nuestras manos. Sin necesidad de ser un lince, cuando se habla de aumento de suicidio infantil, adivinamos las causas antes de leerlas; el Bullying y el rechazo de su aspecto físico.

Con respecto al Bullying no es una realidad nueva, siempre ha existido, aunque no tuviese nombre en inglés. Este fenómeno responde a las normas de clan primario que se establecen en los grupos de menores, desde el principio de los tiempos, de un modo animal. Como en toda manada, en estos grupos se erige un líder; no será el más ejemplar, ni el más inteligente, sino el más fuerte y esa fortaleza, sin remedio, va unida al ejercicio de la crueldad.

Los adultos, calmados por la madurez y trabajados por la experiencia, no podemos comprender qué tipo de fascinación ejerce el repetidor con su gorra calzada con visera hacia atrás y su chulería desafiante sobre el resto del grupo, por qué casi todas las chicas beben los vientos por él y los chicos lo admiran, lo jalean y buscan su amistad, pero ésas son las reglas de las comunidades primarias y si volvemos la vista a nuestra infancia, podremos evocar situaciones similares.

El líder necesita afianzar su poder continuamente, dando pruebas de su fortaleza para procurarse un nivel superior. Para ello busca víctimas que someter y humillar; piezas de caza que adornarán su currículum de trofeos. A ese objetivo cargará contra los niños débiles: los tímidos, los pasivos, los acomplejados…Su grupo de adeptos lo apoyará, unos por simpatía, otros por miedo a perder su favor, y la vida del perjudicado se convertirá en un infierno, pues, en cualquier caso, son muchos contra uno solo hasta que se localice el próximo.

Los síntomas del niño que padece Bullying son inequívocos. Pierde la autoestima, se aísla, se vuelve huraño y, si antes fue un alumno ejemplar, empieza a traer malas notas. Es imposible que pueda concentrarse en los estudios, al pensar en las vejaciones y palizas que le esperan al día siguiente. Lo más probable es que no le diga nada de lo ocurrido a sus padres, ni tampoco a los profesores. Vive su acoso con vergüenza y sentimiento de culpabilidad, pues cree que si una mayoría lo maltrata, debe ser porque se lo merece.

Los adultos no entendemos esta actitud, porque nos es imposible retrotraernos a la infancia para evocar cuáles eran nuestras condiciones de clan; las mismas, ajenas al mundo de los mayores.

Una profesora o profesor detecta el Bullying, pero si lo denuncia, suele fracasar. Lo más normal es que el propio alumno lo niegue, porque lo lleva como una vergüenza y porque teme la represalia de los acosadores. En el fondo, lo que más le gustaría es ganarse la simpatía del líder, pues es su única salvación, y ser el protegido del profe no es el mejor salvoconducto en este caso. Es más, si logra la aceptación del grupo salvaje, será el más cruel saboteador de la próxima víctima. Pero si no lo logra o le vencen los escrúpulos puede que, fatalmente, propicie su propio fin ¿quién aguanta semejante pesadilla, un día tras otro?

Para colmo de los males, en la vida de los menores se ha colado Instagram. Esto es una batalla desaforada por lograr el galardón a la suprema belleza inexcusable. Un chico o una chica se deprimen porque suben una foto y no reciben los suficientes likes. Piensan pronto en la cirugía estética, en teñirse el pelo, en el blanqueamiento de dientes, en el aumento de pecho…

En fin, no vamos a decir que la competitividad por la belleza no haya sido siempre motivo de traumas para niños y adolescentes, pero este invento, que es de adultos, ha agudizado el problema ¿Y qué pueden aconsejar los adultos a sus hijos si andan en la misma tontería?

Si padecen de la llamada “dismorfia snapchat”, o sea, que se hacen selfies con fotoshop para mejorar su imagen con miles de aplicaciones y luego, al contemplarse en el espejo, les da bajón y acuden a un cirujano estético para que los opere al estilo del fotoshop ¿pero qué chaladura es ésta? Los adultos nunca podrán comprender el mundo de los niños, pero su deber es ser un referente. Éste es el tema.

 

Necesito un hombro

21 Sep

La niña que se sienta frente a mí en el tren, en principio me produce cierta repelencia.

Lleva ajustada en la cabeza una diadema rosa con orejitas de gato, una sudadera del mismo color, donde se recrea la cara de Lisa Simpsons, y el resto de su vestuario y complementos; pantalón, mochila y zapatillas, de tono aproximado, son todos de las marcas carísimas que puede costear una visa oro. La niña, en fin, es también de marca genética con sus cabellos ondulados y rubios y sus ojitos azules, enmarcados en gafitas de color violeta, que, por tradición, se asocian a una raza superior. Parece, en fin, que lo tiene todo; todo lo que puede tener una niña mimadísima de ocho años.

Su madre, que se instala a su lado, tal vez también fue rubia alguna vez, pero ahora lo sigue siendo sólo por efecto del tinte; un tinte de peluquería carísima, evidentemente.

Luce la señora ese tipo de ropa exageradamente juvenil que llevan las madres muy maduras para disimular su edad; camiseta de manga corta con divertido estampado y pantalón rojo, que resalta bien su cuerpo silueteado por horas de gimnasio y dietas milagrosas, aunque sus cincuenta años, tan bien llevados, se sabe a simple vista que son cincuenta, por lo menos. La edad propicia para que décadas atrás esa hija suya fuese su nieta.

Al acomodarse en los asientos, lo primero que le pregunta la madre a su hija es si tiene cargada la batería de su Nintendo y sus otros cacharritos de recreo. Supone que no y resopla con resignada angustia, pues ella ya está absorta en la contemplación de su móvil y le conviene que la niña se entretenga y no moleste.

Cuca, la niña, resopla también, está harta de que su madre la tome por una inútil. Desde luego que ha cargado la batería, pero se aburre de los jueguitos enseguida, los deposita en la mesilla, y contempla melancólica como la velocidad del tren engulle polígonos industriales y pueblos y bosques. Mientras tanto, su madre se zambulle en las redes con su móvil; las fotos de instagram y las últimas noticias cruciales sobre la relación entre el Rey Felipe VI y la Reina Letizia; si hay zozobras en la pareja o, por el contrario, han cruzado miradas de tierna complicidad en tal o cual acto público. Otra cosa que le urge es saber cómo llevan la separación Kiko Matamoros y Makoke y qué nuevas vicisitudes asolan la vida de Teresa Campos, Terelu y la hija de Terelu.

Cuca, la niña de la sudadera rosa, se aburre mucho, le entra sueño y busca apoyo en el hombro de su madre. La cabeza de Cuca sobre su hombro le incomoda a la madre y protesta:

–Me haces daño. Mejor apóyate en la mochila.

Y, con desgana, coloca la mochila en su hombro para que descanse la hija.

–Ay, mamá, esta mochila está muy dura ¿tiene piedras?

Qué niña fastidiosa- piensa la madre- mientras saca de la mochila unas botellas de agua mineral. ¿Ahora está mejor?- le pregunta a Cuca.

No, a Cuca no le parece mejor. Lo tiene todo; ropa cara, cacharritos para jugar, pero ahora no necesita nada de eso: sólo el hombro de su madre y no lo tiene.

Con su padre hace tiempo que no puede contar. Hay otro hombre que duerme, despreocupado, en los asientos de la fila contigua; el nuevo novio de su madre, que es un tío rico y generoso, pero que está claro que Cuca le importa una higa.

–Tu hija es un coñazo, Cari, con todo lo que le regalo y nunca está contenta ¿pero qué querrá?

La madre le propone a la niña hacerse un selfie juntas y ella por un momento se ilusiona.

–Para que salgamos bien, mamá, tenemos que acercarnos más- dice Cuca.

-Quítate las gafas para salir guapa- responde la madre secamente.

–Pero, mamá, ¿estoy fea con las gafas? Si siempre las llevo, estoy siempre fea ¿verdad?

–No digas tonterías, Cuca- insiste la mujer- quítate las gafas ya.

A estas alturas, la llamo mujer, porque no sé si merece el apelativo de madre. Parir a un hijo no es suficiente para ser lo que no se es capaz de ser.

Por fin, la mujer hace el selfie y lo cuelga en las redes. Luego tecleará “Estoy de aventura en tren con mi hija queridísima. T.Q.M. (Te quiero mucho, Cuca)” y recibirá un montón de mensajes virtuales que la felicitarán por querer tanto a Cuca. Qué entrañable.

Luego vuelve la mujer a enfrascarse en el móvil, obviando del todo a Cuca.

–¿Queda mucho para llegar?- pregunta la niña cada cinco minutos.

–No, Cuca, ya estamos pasando por Córdoba- responde la mujer.

Cuca se impacienta. Saca de la mochila juguetitos de goma que aprieta con ansiedad; unos en forma de helado, otros de galleta. Es un tipo de tratamiento para niños hiperactivos que le han aconsejado los psicólogos carísimos que pagan su madre y el novio de su madre.

Mañana, lunes, Cuca irá al colegio y, en clase, procurará llamar esa atención que no recibe. Lo hará, tal vez, de modo insolente y descabellado, porque, cuando se requiere cariño en las situaciones desesperadas, se suele hacer del modo más torpe.

Habrá caos en el aula, pues no es sólo Cuca, sino también casi todo el resto de sus compañeros quienes viven el desapego de padres, que prolongan su vida de adolescentes más allá de los cuarenta, sin atender al papel que los hijos requieren. El profesor o profesora hará lo que pueda, poco, pues el requerimiento de atención es masivo y, si fallan, como es fatalidad, vendrán a quejarse los mismos padres desatentos.

Qué desazón y qué pena siento ahora por Cuca, que lo tiene todo; ropa de marca, juego electrónicos, psicólogos de pago y nada de eso necesita; sólo el hombro de su madre, un lugar donde sentirse apoyada y segura, y que, aún siendo gratis, se le niega.

Pobre niña rica, llena de soledad y de complejos. La peor manera de orfandad no es tener los padres muertos, sino tenerlos vivos pero ausentes.

Todos locos

27 Jul

Para ser normales, todos necesitamos estar un poco locos, según ese proverbio popular que asegura que a todo ser humano le conviene una pizca de vena poética y una miaja de locura, y los posteriores estudios psiquiátricos que lo verifican, pues, como ya sabemos, la sabiduría popular intuye mucho antes por la observación lo que la ciencia comprueba luego con sus sofisticados métodos y sus procesos arduos y minuciosos.

Pues bien, por lo hallado en estudios de prestigiosos investigadores como Gregorio Marañón y Vallejo Nájera, se confirma tal regla, “El desequilibrio psíquico, en límites moderados, es necesario al hombre que, en otro caso, sería un ente absurdo e improductivo”. O sea, que aquellos humores que conforman el carácter humano, enumerados por el médico Juan Huarte de San Juan; melancólico, colérico, flemático y sanguíneo, no han de estar dispuestos en medidas iguales, pues, al contrario de lo que hemos creído muchas veces, “el absoluto equilibrio psicofísico impide toda clase de reacciones sentimentales, intelectuales, volitivas e instintivas”.  Conclusión; un cuerdo absoluto es una especie de merluza congelada, que responde sólo a impulsos motrices muy básicos, cual una suerte de replicante soso, antipático e incluso peligroso y anormal en todo caso, porque la normalidad entre seres humanos parte de la premisa de la imperfección y la irregularidad, habida cuenta de que nuestras manos y pies no son simétricos y uno es siempre un poco mayor que otro, de ahí que, al comprar zapatos nuevos, uno nos apriete y otro no.

Pero si el grado de desequilibrio en el ser humano común es pequeño, en el artista se crece incluso hasta los más delirantes extremos, por lo que el psicoanalista vienés, Ernst Kris llegó a decir que” el estudioso del arte comparte  presumiblemente un tema común con el psiquiatra hasta el punto de que trabaja con materiales análogos”.

Antonio García Villarán ha dicho que el ensayo “Expresiones de la locura; el arte de los enfermos mentales” del alemán, Hans Prinzhorn, psiquiatra e historiador del arte, que recogía dibujos y pinturas de pacientes de manicomio, fue emulado por las vanguardias, hasta el punto de que autores como Max Ernst, Paul Klee, Kandinsky y Leonora Carrington copiaron sus técnicas ¿pero acaso no fue más bien que plagio un fenómeno de empatía?

Eso que se llama genialidad del autor reside en un diagnóstico de anormalidad endógena crónica, susceptible de desarrollarse aún más con el consumo de drogas y alcohol, tal y como se dio en Van Gogh y otros exponentes de la bohemia parisina; Toulouse-Lautrec, Utrillo y Modigliani.

Por fortuna, Picasso no necesitaba de tantas sustancias; carecía de inhibiciones y, por tanto, daba rienda suelta a sus impulsos estrafalarios sin pudor alguno. Una de sus mujeres, Françoise Gilot decía que el malagueño era cualquier cosa, menos racional. Se entiende que Picasso era un majarón, acuñado en la majaronería endógena malacitana, con la feliz habilidad de los pinceles. Sólo un majarón genial puede pintar el cubismo de Picasso y por eso sólo hay un Picasso. Eso no da margen alguno a discutir sobre los orígenes de Picasso. Su locura necesaria para el arte era majarona, o sea, malagueña, porque cada clase de locura, según el territorio que la da, tiene su denominación de origen. La lengua de cada pueblo nombra realidades parecidas, pero siempre con un sello propio, pues las diferentes disposiciones fonéticas, morfologías y gramáticas reflejan un mecanismo diverso en el pensar. No se trata de un capricho, sino de un asunto de personalidad.

No es lo mismo un fou francés que un pazzo italiano o un crazy inglés, aunque tengan características comunes; imaginación, originalidad y creatividad, pero según distintos matices. Cada loco tiene su modo de vivir y expresar su delirio. Tienen en común la excentricidad que es consecuencia de esa descompensación del carácter. Ser artista es una manera de ser que, como vemos, determina la genética. Hay grandes artesanos que aprenden con eficacia en talleres y conservatorios; técnicas de pintura, escritura y métodos de composición e interpretación, y ejecutan piezas virtuosas, que, sin embargo, carecen de esa chispa, de ese magnetismo del que están dotadas las obras del verdadero artista, aun siendo más imperfectas. Curiosamente, ese brillo, ese duende, ese nosequé se debe a una imperfección de carácter, perfectamente explicable por la ciencia. En definitiva, ser artista es una manera desgraciada de ser, que hace difíciles las relaciones afectivas y sociales, aunque lleve a excepcionales logros estéticos. El artista, al ser diferente, ni comprende ni es comprendido, lo que le lleva a la soledad. Y hasta que empieza a ser valorado, por lo general, demasiado tarde, es también tachado de improductivo e inútil.

Y, sin embargo, son artistas los que hacen posible la industria del ocio; el cine, los museos, los conciertos, las Ferias del Libro; todas esas actividades lúdicas sin las que el tiempo libre de las personas integradas, cumplidoras y ordenadas de carácter sería un devenir insulso de horas muertas. Yo me pregunto qué pasaría si estos inútiles hicieran huelga, se cruzasen de brazos y dejaran de producir siete de los siete días de la semana, que son la jornada natural de un artista. ¿Qué atracciones entonces ofrecería el turismo de las ciudades; la industria del ocio que genera millones?

Por fortuna para muchos, esto no sucede, porque los creadores están lo bastante locos como para seguir produciendo incluso sin ganancia.

Ése es el sino genético y desgraciado de los artistas; esos improductivos inútiles que, raramente, participan de los pingües beneficios de ser para el mundo material de primera necesidad. Esperemos que nunca nos falten.

¿Por qué está tan caro el pulpo?

13 Jul

Hace muchos años escribí un artículo sobre el pulpo. Eso marcó en mi vida un antes y después. Hasta aquel momento pensaba que nadie me leía, pues nadie me lo notificaba, así que, creyéndome ilegible, me relajé y me solté en los temas, sin esperar respuesta alguna, pero la hubo, vaya que si la hubo. Contra lo que se crea, uno no comprueba que es leído porque reciba cúmulos de elogios y parabienes, sino porque encuentra, sin preverlo, un montón de gente ofendida con serios propósitos de linchamiento. Eso pasó; el pulpo era una metáfora en mi artículo de un masculino que se dio por aludido de la peor forma y, junto a sus amigos, me la liaron parda. O sea, que descubrí que no eran pocos los que me leían en secreto, si bien no fue la mejor manera de enterarse.

Aquel artículo del pulpo marcó un segundo hito en mi carrera de columnista, el primero fue por un artículo sobre el culo de Antonio Banderas, que gustó mucho a su madre, quien lo celebró en un programa televisivo, lo cual fue una mención, sin duda, bastante honorífica.

A pesar de que aquel pulpo no fue acogido, en cambio, con benevolencia alguna, le tomé cariño al animal, pues más vale recibir respuestas airadas que no recibir ninguna y, a día de hoy, me sigue brindando satisfacciones.

Cada vez que escribo sobre pulpos, me acuerdo del primer pulpo, y se vuelve a liar; es un cefalópodo infalible en la prosa. Así que cuando leo sobre alguno, se me despierta un gran interés. Tal fue el caso del pulpo Paul que predijo las victorias de la Selección Española en la Eurocopa de 2008 y el Mundial de 2010 en Sudáfrica. Dicho cefalópodo que ya tiene página propia en Wikipedia, nació en el Sea Life de Weymouth al sur de Inglaterra, pero fue pronto trasladado a Oberhausen (Alemania) para entrenarlo en el vaticinio para el que resultó tan certero que despertó la admiración mundial, aunque también algunos enconos.

Por su querencia a los colores españoles, el periódico alemán Westfälische Rundschau acusó al pulpo de traición y el entonces presidente de España, José Luis Rodríguez Zapatero, y la ministra de Medio Ambiente, Elena Espinosa, propusieron ponerle guardaespaldas para protegerlo de posibles represalias y se pidió su traslado al Zoo Aquarium de Madrid, cosa a la que se opusieron rotundamente en Oberhausen, pues era el animal más visitado del parque.

Contra el manifiesto del presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, que denunciaba al cefalópodo de agente de la propiedad occidental y de la superstición, recibió muchas distinciones. Fue nombrado amigo predilecto del pueblo de Carballino en Orense por el alcalde, embajador internacional de la Copa Mundial de fútbol que quería organizar Inglaterra en 2018 y, a su muerte, se le erigió una estatua en el parque alemán, se le dedicó una calle en un pueblo de la Isla de Elba y un lugar en la web oficial de la Unión Europea de Asociaciones de fútbol por haberse ganado un espacio en el mundo del deporte. En la India, además, se puso de moda tener un pulpo como mascota y en China se estrenó un thriller, inspirado en la vida de Paul, que tuvo varias secuelas en el cine.

Teniendo en cuenta que Paul vivió menos de tres años, se puede decir que ningún humano ha podido superar su cuota de gloria. Y es que, cuando un pulpo se pone a ser estrella, deslumbra a todo el firmamento.

Un pulpo derrama mucha tinta, un pulpo toca la fibra como lo toca todo por todas partes, dirige el destino del mundo desde una urna de metacrilato y si dice de meterse en un texto lo llena de luz.

Elisabeth Mulder, escritora en torno a la Generación del 27, tiene cuantiosa prosa y poesía para merecer un bienaventurado lugar en las letras, aunque sólo le bastaría haber compuesto esos inolvidables versos al pulpo para ser objeto de mención: Una noche soñé que un pulpo me quería/ ¡Oh la indecible angustia de aquella aberración/ Nunca he sufrido tanto; cuando amaneció el día/ dijérase que había perdido la razón/.

¿Alguien ha visto a un pulpo acercársele quedo/ asqueroso y lascivo, monstruoso y feroz?/ Por primera vez supe qué es ser presa del miedo/ qué es hundirse en la sima de una demencia atroz/.

En versiones, como ésta, onírica e inquietante, o por el género de la loa, está claro que el pulpo nunca deja indiferente. Si no es porque se cruza en mis líneas un pulpo, habría creído que mi prosa era invisible, si no es porque Paul irrumpe en el fútbol mundial, no se montan tan apasionadas controversias.

Leo que el pulpo se está poniendo más caro que el caviar, que ya no se deja pescar como antes. El pulpo se cotiza, claro está; si puede ser hijo ilustre o embajador y tiene ya estatuas y calles a su nombre, normal es entonces que no se conforme con ser picadillo en pipirrana o cocido con papas a la gallega; ese pobre pulpo, que es el único animal que recibe una paliza después de muerto y al que yo, con todo cariño, dedico este panegírico. Paul, allá donde estés, recibe este homenaje; los que tanto gozamos con tus profecías, aliadas a los triunfos de La Roja, jamás te olvidaremos. Queremos un hijo tuyo.

Volver al papel

6 Jul

Queridos lectores, volved al papel; al pacífico, dócil y vegetal papel, que trae paz y descanso al alma. Volved, por vuestra salud, al periódico en papel y dejad de leer prensa en medios digitales, que, ya a primera hora del día, llenan de alarmas el espíritu y provocan estrés y zozobra, que no es la mejor disposición para empezar una jornada que luego, por fatalidad, acostumbra a complicarse progresivamente.

Pinchas el enlace de una de estas páginas de información y, sobre el temblor de los titulares borrosos, se impone un letrero que te pide que aceptes ciertas condiciones, que por la prisa y la letra pequeña no te apetece leer y dices que sí, que entendido, no sin cierta sensación de haberle empezado a vender el alma al diablo.

Otra cosa son las páginas pedigüeñas que, en uno u otros términos, solicitan contribución económica o suscripción, interponiéndose entre tu mirada y la información de interés, que se vuelve materia difusa .

Hay quien no baja al quiosco a comprar el periódico en papel por ahorrarse el euro, creyendo que va a leer gratis en digital, pero, como dijo aquel, lo barato sale caro.

Si empiezas a dar correos electrónicos, se te llena luego la bandeja de entrada de publicidades de esto y lo otro, y si das, más aún, tu número de cuenta corriente, ya empiezas a sentir el trote de los bandoleros que bajan desde el monte a asaltar tu diligencia. Ya no hace falta exponerse al peligro de los caminos, puedes ser asaltado sin salir de casa y en pijama.

Pero, en fin, pongamos que, a falta de males mayores, lees las noticias diáfanamente, aunque con unos márgenes parpadeantes de anuncios. Los obvias, pero ellos, tomando vida propia se acercan al ratón y, dándose por pinchados, ocupan toda la pantalla y te largan tal vez un spot con voces atronadoras, chistes malos y música horterísima, que en ese estado de laxitud, aún vecino del sueño reciente, te pone el alma en vilo, todavía más a los lectores natos, que somos amigos naturales del silencio.

Tras la estentórea interrupción, prosigues y tal vez te solazas en ese oasis de delicada estética que es una columna lúcida con su prosa rítmica y cuidadosa, pero los mercaderes insisten en poner a tiro toda su batería de tentaciones; hoteles lujosos y viajes a lugares paradisiacos donde el mar tiene ese turquesa cristalino- solo posible por el espejismo de fotoshop- y al panorama ideal añaden esa frase infalible, “te mereces unas vacaciones”.

No quieres verlo, no quieres leerlo, pero la frescura de la mañana es suplantada, al pasar las horas, por los calores feroces del mediodía y te empieza a apetecer tenderte a la sombra de ese virtual cocotero y mandar a freír gárgaras la celda monacal, donde has pasado el año, dándole a la tecla del ordenata, que ya respira incandescente a ritmo de terral.

Hechizado el dedo, sonámbulo, va en busca de las islas imposibles, de las aguas cristalinas y el cocotero. Con la pertinente carga de obnubilación, en nada se repara si el precio inicial ha crecido bastante al hacerlo efectivo, que suele ocurrir, porque antes de la atractiva cifra económica viene un “desde”, de tan pequeñito, apenas perceptible.

Te ofrece el sistema guardar el número de tu tarjeta para próximas operaciones. Empezaste la mañana, leyendo la prensa “gratis”, pero, a estas alturas, has dado tu dirección de correo electrónico, tu clave, tu número de cuenta corriente y el de la tarjeta de crédito.

Antes de que puedas percatarte, por ahorrarte un euro, te has embargado enterito hasta las cejas y, ya iniciado al comprar el primer producto, en cualquier lugar en el que intentes refugiarte por internet te seguirán ofertas de productos similares a la caza de ese momento frágil que te vuelva a hacer débil de voluntad.

Como estoy por no rendirme a la provocación consumista, se ponga como se ponga, incluso con rebajas “agresivas” de un nosémuchos por ciento, prueban a entrarme por el corazoncito, mostrándome solteros que hay en mi ciudad; todos con gesto afable, simpático, dispuestos a compartir mis aficiones y a mantener una relación estable. Si las caras me suenan familiares no es casualidad, pues ahora caigo que estos chicos son los mismos solteros que se me aparecieron en los anuncios hace cinco años. Y la verdad es que no se entiende, con lo monos que son todos, cómo no les ha salido novia aún y siguen todavía solos en la ciudad, porque además se conservan igual de jóvenes y pimpantes que hace un lustro, tan igual que hasta se diría que su foto es la misma de entonces. Debe ser verdad eso que dicen de que las mujeres se han vuelto la mar de exigentes; pobrecitos míos.

Hay cosas muy sencillas que uno no valora cuando las tiene y añora lo indecible cuando, por una impredecible razón, las pierde. Yo, ahora mismo, con esta lesión que me impide salir a la calle, echo mucho de menos ese gesto sencillo de llegarme al quiosco, comprarme un ejemplar de periódico en papel y hojearlo tranquilamente bajo la sombra de una palmera autóctona frente al mar; ese mar de todos los veranos, que no es turquesa transparente en la orilla, pero sí muy azul en el horizonte, donde he fiado todos mis sueños. Azul y azul, los pulsos de mi lengua/-hálito en mar azul-cantando sangran./

Qué indolente placer el de pasar las hojas con lectura pausada sin intrusión de avisos y advertencias, sin anuncios parpadeantes e invasores. Dichosa quietud la del papel vegetal que acoge pacífica la vista. Vosotros que podéis, disfrutadlo.