Ni agua a los malagueños

21 Ago

Acabada la feria, aún mal digeridos los crímenes de Barcelona, el regreso a esa rutina tan nebulosa durante estos días, impone su paso. Por lo pronto, hechas las cuentas y anunciados los triunfos que estos festejos hayan supuesto para el equipo municipal, el alcalde tiene que explicar su anunciada subida en el recibo del agua para arreglos de infraestructuras, una cuestión hidrológica que en Málaga parece materia suspensa para un septiembre perpetuo. El alcalde de Nueva York anunció, casi al mismo tiempo que Don Francisco, que el metro de aquella inmensa urbe necesita un plan urgente de mejoras y adaptaciones. El metro de Nueva York es su sangre, tanto como para una Málaga que se pretende turística lo es el agua. Aquellos espacios son inabarcables y, a pesar de su diseño funcional, aquellas calles no tendrían capacidad suficiente para absorber un tráfico generado por los millones de automóviles que acercarían a la población hasta sus puestos de trabajo. El metro es muy sencillo pero muy eficaz. El usuario es trasladado a muchos kilómetros en muy poco tiempo y con una frecuencia de paso envidiable. El suburbano es el sistema sanguíneo de una urbe que sin él no podría existir. Pero hay unos modos y otros de proceder para resolver los problemas municipales. Bill de Blasio, el alcalde de NYC, político con una impresionante capacidad de comunicación, apareció en la televisión local junto a su equipo para anunciar que no podía seguir aceptando el deterioro del metro. Como primera medida, el ayuntamiento tomaba desde ese instante el control de la empresa de transportes. Luego explicó que necesitaría un capital significativo para abordar todos los problemas detectados en la red, por lo tanto. Por lo tanto, si estuviéramos en Málaga ya habría anunciado De la Torre que subiría el precio del billete porque no había más remedio y así pagaríamos entre todos el lujo de unos cuantos, a la vez que habríamos bendecido la inutilidad de unos gestores a los que el malagueño jamás ha visto destituir o dimitir. Ahí tenemos el caso de LIMASA para no tener que continuar con la ficción.

Volvamos a NYC. Por lo tanto se iba a establecer un impuesto especial para los ciudadanos considerados ricos que pueden permitirse no usar el transporte público porque tienen dólares para usar sus propios coches, para abonarse a las compañías de taxis concertados e, incluso, pueden abonar el aparcamiento que, en Manhattan, oscila en torno a 15€ la hora. La tercera medida consistía en el curso de una solicitud al gobierno federal para que realizase también una serie de inversiones, lo que traducido a nuestra orilla del Atlántico significa la presentación de un plan con cargo a Fondos Europeos que para eso están y ya sabemos que no siempre bien utilizados. La subida del billete para todos los usuarios fue considerada injusta por los diferentes encargados de cada barrio porque, como explicó Melinda Katz, para entendernos vicealcaldesa de Queens, significaba un atentado contra la clase trabajadora, cuyo bolsillo en nuestra Málaga es un auténtico objeto de deseo por parte de nuestro poco imaginativo, insolidario y clasista equipo de gobierno municipal con Don Francisco a su cabeza. Una tarjeta de transporte con viajes ilimitados por bus y metro cuesta allí 100€, podrían haber subido unos diez euros y no parecería tanto pero tal propuesta ofendía por injusta en aquellas calles, centro del capitalismo mundial. Málaga es una ciudad turística con el sol por bandera, lo que conlleva la ausencia de lluvia y, por tanto, siempre va a necesitar fuertes inversiones en todo tipo de asuntos hidrológicos. Los apartamentos de alquiler turístico se benefician de la ciudad, han ocasionado un aumento en el precio del alquiler a los malagueños, no crean ni un puesto de trabajo y, en muchos casos, ocasionan molestias. Una buena parte de este negocio con la vivienda está en manos de grupos de inversión internacionales que, ahora, especulan con este bien. Ahí están los ricos y ahí está la capacidad tributaria de los ayuntamientos. Es más fácil meter la mano en la cartera de todos y así tampoco se molesta a los amiguetes con pasta que siempre pueden salvarte de un apuro. Ni agua a los malagueños.

Turismo de saldo

14 Ago

El Partido Popular ha iniciado una campaña a favor del turismo. Sus líderes indicaron que perseguirán cualquier acto contrario a esta industria. Una situación peculiar en la que un grupo político se decanta a favor de un determinado sector productivo que no debería de dar ningún problema como esa primera industria nacional que es y, por tanto, de la que, en teoría, comen muchos hogares. Por otra parte, si esas asociaciones radicales que anuncian campañas contra el turismo en País Vasco, Cataluña y Baleares cometieran algún delito, no es el PP quien tiene que reaccionar y actuar, sino policía, fiscalía y jueces. El Partido Popular se sitúa así en una extraña palestra en la que se acerca a quienes critica, en el sentido del pensamiento mediante consignas. Esto es bueno o malo según diga el cartel. Ese maniqueísmo, muy propio de fuerzas con ambiciones totalitarias en nombre de una fe, sea la que sea, conduce al camino contrario hacia el razonamiento y el juicio sereno de un fenómeno. El Partido Popular tiene responsabilidades como gobierno central, además del control de alcaldías significativas como Málaga, capital de la Costa del Sol y una de las tradicionales joyas de la corona para la industria turística. Sin embargo, aquí también han comenzado las protestas contra algunos apartamentos turísticos, contra ciertos negocios asociados a este sector, como el paso indiscriminado de bicicletas por cualquier espacio del Centro, ahora regulado por el Ayuntamiento, y han proliferado asociaciones de defensa vecinal para la lucha contra la plaga de la gentrificación, también de la mano del actual concepto turístico. Nadie es tan estúpido como para alzarse contra el campo que le da de comer. Si están comenzando a surgir esos focos de protesta quizás sería más sensato un estudio sereno de las bases en que se funda el rechazo a ese pretendido manantial de billetes. En unos casos, descubriremos a grupos antisistema que calificarán al turismo como maniobra franquista mediante la foto de Fraga en Palomares. Pero en otros, incluso dentro de esos mismos grupos, hay discursos que alertan de serios ataques contra la ciudadanía que deberían de ser investigados y solucionados en lugar de amenazados de modo general. Grave error para un partido de gobierno. No todo es negrura en las banderas anarquistas, la razón tampoco conoce colores, sólo hay que buscarla.
En el siglo XIX, cuando los ingleses descubrieron a España como seudo-colonia, uno de sus viajeros describió la llegada a los campos de Huelva como la antesala del infierno. Allí, las industrias mineras británicas destruían la naturaleza en pos de sus intereses de rentabilidad. Era el primer sector exportador del país, podrían haber aducido como justificante de tanto desastre ecológico. Las guerras de Cuba y Filipinas sacrificaron un gran número de jóvenes españoles para la defensa de los intereses de unas diez familias; ahí fue sembrado gran parte del problema catalán. Se habría argumentado que ambos territorios constituían el fundamento del engranaje comercial español. Las macro-cifras no significan que beneficien los intereses generales de una sociedad completa. El turismo libró a Málaga del hambre y de la miseria ideológica que lastraba al resto de España. Innegable. Pero aquellas ventajas se cimentaron sobre la concepción más viajera que turística de los años sesenta y setenta. Muchos de aquellos visitantes enraizaron entre nosotros y hoy son malagueños. El sol y playa se convirtieron así en aglutinadores de convivencia. El actual modelo se basa en vuelos y cruceros baratos, masificación y viviendas reconvertidas en apartamentos turísticos, esto es, islas de conflictos en múltiples comunidades de vecinos que no sólo ven aumentar el precio de sus alquileres, sino que tienen que soportar una moderna versión del botellódromo privado. La proliferación de hoteles que generen mayor cantidad de empleo, el turista seleccionado mediante el precio de los servicios, y sueldos dignos para camareros o limpiadoras, junto con un control del problema de la vivienda por parte de las administraciones, podrían despejar esas nubes que se ciernen sobre el bronceado de las piscinas. Más estudio y menos amenazas.

Sin industria pero con feria

31 Jul

La semana anterior nos enteramos de que Málaga, una ciudad sin apenas industria, se quedó sin suelo industrial. Si nos pusiéramos a jugar con el ordenador a construir un enclave humano, cualquiera iniciaría su sociedad desde sus bases. Comienza la cosa con la agricultura y su aporte constante y sedentario de alimentos como sucedió en Medio Oriente cuando los albores de la humanidad. Más tarde, contemplaríamos el siglo XIX y su mecanización del trabajo agrícola con la consiguiente necesidad de industria metalúrgica, química o energética. Tras la Segunda Guerra Mundial, cuando hubo que reordenar y reconstruir occidente entero, llegó la cosa del sector servicios a lo grande. Lo que antes fue anécdota o desarrollo financiero y poco más, gracias a los derechos laborales que los españoles no tenían, pero de los que disfrutaban los extranjeros, consiguió el nacimiento de la Málaga mítica de los setenta que Jean Cocteau, uno de sus ilustres personajes, podría haber dibujado al fondo de cualquier piscina aristocrática de aquellos entonces, cuando el servicio merecía la pena de ser llamado servicio porque servía, esto es, cuando casi no mantenía relaciones de trabajo con los señores y por eso se llamaban criadas y criados, comían por lo que hacían y se llevaban alguna que otra moneda siempre que, según juicio inapelable de los señores o señoritos, la hubieran merecido. Y así llegamos en nuestro juego virtual a hoy en día, fechas en que descubrimos que la Málaga del siglo XXI es una ciudad inventada por el delirio hostelero de un alcalde al que palmean, jalean y aconsejan una serie de grupos de poder interesados en la revalorización del suelo urbano, pues poseen suelo, y en el monocultivo del sector servicios pues disponen de ese suelo para locales sustentados por una mano de obra barata. Sale más barato transferirle cada mes la nómina mínima que darle de comer y vestir como antaño hicieron sus antepasados con la servidumbre doméstica. La moderna esclavitud.
Esta parece ser la ciudad soñada por Don Francisco, es decir, malagueños terratenientes embutidos en sus piscinas, mientras una gran masa de malagueños camareros se afana en enfriarle su cerveza y la de los trabajadores foráneos que nos visitan gracias a las ventajas de unos derechos salariales, imposibles sin la concurrencia de un sector industrial potente, como demuestran Alemania, Suecia la de aquellos polvos y estos lodos, Gran Bretaña, Madrid, País Vasco o Cataluña. Las casas que se inician por el tejado tienen que disponer de mucha gracia y, como dice La Bamba, de otras cositas. Ese sector terciario, servicios, solo reparte ventajas para todos sus habitantes en zonas helvéticas, Dubái o Nassau, Málaga no se encuentra en ninguna de tales circunstancias. Que quede claro, antes de que cualquiera de mis queridas o queridos hosteleros me afee mis palabras, que no escribo en contra de su sector, sino en contra de la adscripción de nuestra ciudad a un solo campo que, como todos, pegará un bombazo algún día y nos va a coger, por designio municipal, con todos los huevos metidos en la misma cesta. Por lo pronto, ya se han marchado de Málaga algunas industrias que pretendían aumentar su actividad, o implantarla en naves industriales mayores de las que hoy se encuentran a disposición de los demandantes. Suelos inundables, tal como avisa la Junta de Andalucía, y un ayuntamiento que pone trabas y exceso de aranceles se suman a la simple ausencia de suelo para industria. En los últimos planes urbanísticos se priorizó la expansión especulativa sin una cimentación económica y laboral, estables. No creo que me mueva un ánimo malaguita si digo que mi ciudad y mi provincia albergan todas las condiciones naturales para convertirse en el motor fabril del sur de España. Falta voluntad política. Nos están convirtiendo en el sucedáneo del norte de África mediante la promoción del trabajo de mínima cualificación, junto con una presión salarial a la baja. Un panorama de futuro gris con nubarrones para una ciudad que no dispone de suelo industrial pero cuyo ayuntamiento preserva un peazo parcela para una feria que es lo más grande. Una declaración de intenciones compleja de entender en otras latitudes.

Puerta de Málaga

10 Jul

La semana pasada desayunamos con varios titulares sobre la gran proyección de futuro que tiene Málaga, o sobre el teórico gran nivel de vida del que disfrutamos los malagueños, sin que nos hubiéramos dado cuenta. Me repito con Unamuno, pero me parece muy esclarecedor su concepto de Historia, definida como el conjunto de esos grandes sucesos que aparecen en los libros, frente al de Intrahistoria, esto es, el devenir de esos componentes de la sociedad a quienes nunca nombran los manuales. Que un determinado país escriba extensos capítulos de espadas y fuego para beneficio de los escultores de piezas monumentales, no significa que sus ciudadanos hayan conocido la felicidad. Pensemos en Corea del Norte, o Rusia, o en la sanguinolenta historia de España sin irnos más lejos. Si contrastamos nuestras batallas épicas contra el inglés, francés o turco, frente al bienestar pronto alcanzado por áreas más intrahistóricas como Suiza, Liechtenstein, Islandia o Noruega, no sabe uno con qué pasaporte se quedaría, o sí. La cosa, así en giro más vulgarcete, es que estamos construyendo una ciudad para la historia pero en el futuro, con toda la incertidumbre propia de ese tiempo verbal, por naturaleza, inexistente. Mientras, cuando uno desciende hacia la intrahistoria, por ejemplo, encontramos solares plagados de ratas en Lagunillas a pocos metros del reclamo turístico que significan la Casa Natal de Picasso, junto con el Teatro Cervantes. En la misma acera vivió de niño Alejandro Sawa, pero ese escritor, por intrahistórico, importa menos y no merece ni una placa alusiva. Lo que no existe no se ve y viceversa. Lo malo es lo que se ve y la impresión que una ciudad ofrece al viajero desde un primer momento. Esas primeras estampas constituyen pequeños episodios intrahistóricos que, sumados, articulan la historia de una ciudad y la idea que de ella correrá por el mundo, no sólo para el sector hotelero, sino para inversiones que, a la larga, podrían librarnos del yugo que significa alquilar los cuartos de tu propia casa en la que vives. Zaragoza, más discreta y con menos titulares ha superado en población, renta y producto interior bruto a Málaga. Por irme a una anécdota de esas intrahistóricas, una amiga fue destinada aquí por motivos laborales. Llegó a una estación de tren en obras y a la salida la esperaba otra amiga en coche que ni conocía la ciudad bien, ni la orientación fue uno de sus dones. Una extraña llega a Málaga de noche y, tras una estación en obras, contempla las hogueras y prostitutas por varios polígonos industriales, algunas barriadas del extrarradio malagueño, a esas horas vacías, y otras áreas que nunca ha logrado ubicar. Llegó a Portada Alta, su residencia, tres horas después. A la tarde siguiente asistió a un seminario donde trataban los múltiples errores urbanísticos de Málaga. Pensó abandonar la ciudad y tardó días en contestar sincera lo que le parecían nuestras calles. Muchos años más tarde ya se aclimató a este suelo y casi es malagueña. Las primeras impresiones son determinantes, sobre todo si alguien va a permanecer un breve tiempo en un lugar y puede tener la mala suerte de encontrarse con lo peor de cada casa y acera. La solución municipal consiste en evitar esos posibles puntos negros urbanos. La estación María Zambrano, como Atocha en Madrid, es sin duda la principal puerta de Málaga. Sin embargo, a pesar de la ostentosa presencia policial diaria, el paseante de cada mañana puede encontrar un basurero en la instalación de las sillas gigantes frente a la salida. Platos de comida, bolsas, botellas de las prohibidas litronas callejeras y desperdicios de todo tipo que ignoro por qué se permiten allí, y por qué no son recogidos por los servicios de la limpieza ni por la noche ni a una hora prudente de la mañana, a pesar del cercano cuartel de LIMASA en calle Eslava a poco más de 300 metros. Ya digo, una ciudad con historia fijada en el mañana, pero con un presente intrahistórico en rima perpetua con dudoso. Y esto en la puerta principal de Málaga, imaginen el Ratapark de Lagunillas y otos barrios intrahistóricos sin interés para la grandeur de nuestras autoridades y sus estadísticas.

Colegios a medias, ruidos completos

26 Jun

Varios vecinos de Málaga han protestado por el ruido que generan las pistas deportivas de colegios junto a sus viviendas. El Ayuntamiento está obligado a defender ese derecho tan elemental que es el de estar en casa, con un libro en las manos y sin hallarse inmerso en una perpetua burbuja de chillidos y balonazos. Esa defensa municipal, sin embargo, interfiere en la realización de una actividad de baloncesto, sana que, incluso, puede ofrecer salidas profesionales a muchas chicas y chicos. La culpa, desde luego, no es de los vecinos que hacen muy bien en defender ese derecho al silencio, tan poco comprendido en nuestras esquinas. La culpa es de quienes día a día, desde Junta y Ayuntamiento, diseñan nuestras vidas. En cada decisión demuestran tanto su ignorancia como el desprecio por todas nuestras calles y organismos que no estén destinados a ser un escenario para turistas. La carencia del baloncesto de base malagueño es que se entrena y compite en las pistas deportivas de institutos y colegios, edificios construidos y equipados por la Junta pero, en el caso de las escuelas, mantenidos en parte por el Ayuntamiento. Y aquí brota la contradicción. Los diferentes escalones que nos administran actúan como si los euros les llegasen desde bolsillos distintos. La filosofía extendida entre nuestros políticos es la del brillo frente al adversario y no la del servicio a la sociedad. Así, ante cualquier inconveniente que aparezca en los centros educativos, como ruido, poda de árboles o basura, el Ayuntamiento saca la katana normativa y en lugar de convertirse en parte de la solución, se convierte en el principal problema por dos objetivos, el de desacreditar a la Junta de Andalucía y el de sacarle unos miles de euros a esos mismos colegios para que no puedan ser invertidos en, por ejemplo, el arreglo de los cuartos de baño o en la instalación de aire acondicionado o en libros nuevos. El del ruido es un caso más. El PP (A) contra el PSOE (A) y entre las trincheras los vecinos (MA). Y Cassá el de C’s sin enterarse de media misa.

La Junta construye los colegios en Málaga como chabolitas más o menos aparentes. El Ayuntamiento podría colaborar y erigir en esas canchas al aire libre unos pabellones cerrados para el disfrute de esos mismos contribuyentes que ahora sufren el ruido, y también de quienes van a contemplar a sus hijos en un espacio óptimo para el juego. Pero no, el Ayuntamiento se encuentra en guerra contra la Junta y no va a considerar las víctimas colaterales que ocasione tal conflicto. Ahí tiene dos colegios y un instituto denunciados como si la multa la pagaran los marcianos y no mermase las posibilidades de bienestar de un alumnado tan malagueño como la concejalía que los condena. Por otra parte la Junta tendría que modificar sus planos de construcción de centros de enseñanza, resueltos en edificios elementales. Como decía mi amigo Justo Navarro, uno se encuentra mejor en los grandes almacenes que en los institutos porque sus arquitectos son mejores. En Málaga, además, padecemos el mito del paraíso terrenal. Como si el frío esbozase apenas una estampa y el calor trazara una brisa cálida sobre el rostro, así en frase ñoña del to. En efecto, no vemos la nieve, pero el profesorado contempla a sus chaveas, en malagueño inclusivo, con los abrigos puestos durante un montón de días del invierno. Tampoco sufrimos el calor tórrido, pero ya querría yo haber visto trabajar a la plana mayor de la Consejería de Educación en la tercera planta de un instituto con terraza plana por ahorrar un tejado, o lo que es peor, con techos de chapa que jamás se retiran aunque se solicite una y otra vez. Las aulas tienen que estar abiertas, las voces se amplifican en los pasillos y es imposible mantener un adecuado ambiente escolar. Ante esta atmósfera torrefacta, la Administración recomienda abanicos como exhibición pública de inteligencia. Nos han construido una ciudad tan a medias que ni siquiera ha finalizado su catedral. Por tradición malaguita, no podemos pretender que los colegios se definan como espacios bien alzados hacia el interior y el exterior. Mantenemos políticos cortijeros, ineptos o ambas cosas.