El gazpachuelo

30 Jul

Constituye un inconsciente rito iniciático de mesa y mantel. Hasta que alguien no prueba el gazpachuelo no se hace malagueño del to. Tal plato condensa una mezcolanza entre una cocina muy básica, de supervivencia, y las finuras que el tiempo le ha otorgado casi sin querer. Cuando en Málaga hay hambre los malagueños se dirigen al mar. Queda aquel nombre que Picasso recordaba del barrio de “Chupaytira” para la zona de Victoria y Lagunillas cuyos suelos, a pesar de su lejanía del rebalaje, parecían una playa rebosante de conchas con las que, por lo menos se engañaba el hambre, o la hambre que aún parece mayor infortunio invocada con ese femenino que la aproxima en género a la muerte. El Piyayo, en versos de José Carlos de Luna, alimentaba a sus nietos, caídos sobre su camastro por designio de la mala estrella, con pescaítos de la bahía, de los que no se desperdiciaba ni una escama. Pero llegaron otros signos de los tiempos. Cuentan que un humilde labrador comía chacina con la voracidad propia de quien lleva cumpliendo la maldición bíblica de ganársela con el sudor de su frente durante muchas horas. El señorito de aquellas tierras se detuvo a contemplar, desde su caballo, cómo el trabajador devoraba su refrigerio. Venga alabanzas al ímpetu, venga admiraciones por esa vitalidad que le permitía deglutir embutidos contundentes a pleno sol. El labriego se levantó y le vociferó: “¡Puñetas! Es que lo queréis todo, la comida y la hambre”. Y eso mismo sucedió con ese pueblo malagueño que se zampaba un puñao de coquinas o cañaíllas al fresco de un zaguán. Llegaron los bárbaros del norte, los elogios cardiovasculares a la dieta mediterránea, y aquellas gentes que usaban mantecas en lugar de aceite para asar chuletones, se volvieron malagueñívoros para fastidiarnos el pescado, ahora comida de ricos, aunque se trate de morrallita de Málaga o unos espetos, y ya ni podemos hablar de mis chanquetes en noches de verano y niñez. Quieren la comida y la salud.

La historia de Málaga es triste. La primera ciudad industrial de España se hundió, entre otras cosas, por la ambición de una burguesía con tintes de aristocracia feudal que ideaba fórmulas financieras que estrujasen la hambre de sus trabajadores, en lugar de articular métodos más eficaces que diversificaran sus negocios. Y los malagueños, una vez en la ruina de su corralón, como en busca de su origen mítico se tuvieron que echar a la mar, acto que, despojado de romanticismo miope, convierte figuras como la del cenachero en lo que fue, seña de identidad de la miseria convertida en semántica de capachos. De esa dignificación de la necesidad nació una de las sopas más elegante y saludable que conozco. Tan democrática que, en lugar de pescado, se puede hacer sólo con patata, pero eso sí con sus ínfulas de alta cocina. Opto por la de pescado y marisco. Calamares medianitos, gambas y pescado, según gustos, colaboran para elaborar un caldo. De las gambas sólo uso los despojos, su cuerpo lo prefiero presente en el último movimiento de esta sinfonía. Aparte se hierve un puñado de almejas. En el caldo marino, ya colado, hiervo patatas y un poco de arroz. Cuando se perciban tiernos, se aparta un vaso largo del líquido de cocción. Suenan los clarines de la genialidad malagueña. Ya templado, se mezcla con una par de generosas cucharadas de mahonesa. Vertemos la disolución sobre el resto del caldo, junto con las gambas crudas y el pescado, almejas y calamares, ya limpios y troceados. Desde esos orígenes tan del sobrevivir cada mañana, comprende uno, por ejemplo, esos bellezones que cruzan La Merced en moño, zapatillas y pijama, pero con los oros y el maquillaje bien puestos. Se hace claro al intelecto, ese malaguita de chiringuito, que despotrica sobre cualquier asunto con voz ronca, cubierto ya apenas por el mismo bañador de los años setenta, pero con la muñeca cansada por un peluco tamaño rodaja de piña, sobre el que se llevará adherido algún trozo de piel de ese espeto que uno se jinca antes de comer en casa, por si lo pillara la mala estrella que, a veces, cruza nuestro cielo.

La Invisible

23 Jul

El Ayuntamiento de Málaga ha enviado la carta de desalojo a la asociación cultural La Invisible con residencia en la calle Nosquera. Al margen de las cuestiones jurídicas o de propiedad que puedan legitimar tal acto administrativo, se constata una clara persecución de aroma inquisitorial a todo tipo de disidencia. Las instituciones malagueñas pretenden la uniformización, control e institucionalización de las manifestaciones culturales o de los grupos ciudadanos. Cofradías, murgas carnavaleras, coros rocieros y peñas recreativas son bendecidas e, incluso, reciben subvenciones o espacios para sus infraestructuras, mientras los grupos independientes son condenados al ostracismo y hasta boicoteados si se presenta la ocasión, como este caso que abordamos. La banalización del discurso estructura un vecindario aborregado siempre dócil hacia las líneas que marquen desde arriba, que suelen coincidir con las líneas que trazan los valores bursátiles al alza. El cierre por exigencia municipal de una asociación de este tipo, es decir, de las que brotan ajenas a los despachos, no se trata de un hecho aislado, el contexto en que se enmarca es bien oscuro. El ayuntamiento ha invertido millones de euros en museos como el Revello de Toro, artista de más que dudoso interés, junto con los sostenes que entrega al Museo Jorge Rando, ambos con una obra de mínima relevancia para la historia del arte contemporáneo, pero a los que ningún movimiento vecinal o político cuestiona, dado el anecdótico nivel intelectual de nuestros próceres y próceras, si me permiten este palabro inclusivo. Málaga, ciudad de museos para cruceristas a los que igual daría gastar un par de horas en una tienda de ropa, semejante a la que tengan en su propia urbe, o contemplar una obra sin que sepan en realidad lo que están viendo. No se busca sólo banalizar cualquier discurso, sino banalizar la cultura y, desde ahí, la inteligencia colectiva. No es invento de D. Francisco, alcalde, ya lo dijo Lope de Vega: “puesto que paga el vulgo, es justo hablarle en necio para darle gusto”. Bajo estos parámetros una asociación como La Invisible, o bares rebeldes como El Muro, molestan por contestatarios y deben ser hundidos.

No voy por La Invisible y no tengo con ese grupo ninguna cuestión personal. Como malagueño siento indignación porque el gobierno de mi ciudad no haya mostrado ningún tipo de interés por conseguir que estas gentes puedan continuar sus actividades, molestas para este moderno despotismo ilustrado, pero necesarias por su condición de críticas y de alternativas. Jamás surgirá ningún genio en arte o en pensamiento si no halla la tierra en que arraiguen los cuestionamientos de los textos oficiales o la moral común. Una sociedad sana promueve que sus individuos se comporten como tales individuos. Las maravillosas vanguardias rusas dieron paso al pésimo arte soviético, que aún perdura, cuando Stalin dictó las órdenes de cómo debía de ser la estética para el pueblo. Picasso no habría sido Picasso si se hubiera quedado en Málaga a la sombra de las marinas y costumbrismos decimonónicos. Primero Barcelona, quizás el ambiente más oxigenado de España, con permiso del Torremolinos setentero, y luego el París que lleva a gala el haber cortado la cabeza al rey como firma de su revolución. Aunque yo no asista a los actos que organiza La Invisible, aunque no comparta la ideología de sus miembros, sé que La Invisible es necesaria en una ciudad, como la nuestra, que cada vez rima más con vulgaridad. Málaga es mi tierra, aquí crecí, nació mi hija y enterré a mi padre, pero salvo excepciones no suscita en mí otro afecto que el provocado por el cariño, como espacio de cultura se sienta en la fila de atrás. La Invisible tiene una solución muy fácil para evitar el cierre, su constitución como cofradía con trono; a partir de ahí, todo serán parabienes, bonificaciones y visitas de este alcalde que viene de Nueva York, donde seguro que no ha aprendido nada.

Heroína

2 Jul

En el verano de 2014 viajaba yo en una línea de metro entre Queens y Brooklyn, trayecto que en velocidades neoyorquinas tarda una hora. En aquellos vagones, aún con aires de los años setenta, una pareja dormía. Cabizbajos, oscilaban según designio de las leyes físicas que rigen el movimiento. Ella despertó confusa. Sus ojos, como de pez varios días muerto, me transportaron décadas atrás, cuando la heroína comenzó su siega en mi barrio malagueño. Si tal droga había regresado a Nueva York, pronto lo haría a España y a Málaga, la primera en el peligro de la libertad, como reza su escudo, lema que según épocas puede ser interpretado en uno u otro sentido, dada la ambigüedad que la historia española ha mostrado frente a tal concepto. Durante los años de la dictadura, ese peligro de la libertad caló hondo sobre las hamacas de Torremolinos. Desde aquel hábito de cosmopolitismo, cualquier tendencia proclamada en alguna de las capitales del planeta, aterriza con apenas demora sobre nuestras aceras. Hace unos días, en el puente, junto al Centro de Arte Contemporáneo, una chica interpretaba la performance de vender sobre el suelo, sus medias, el DNI y varios dibujos cogidos de la papelera de algún colegio. Ningún deseo de provocación artística empujaba tal acto. En sus gestos, sólo la urgencia de una dosis. Me crié, sin lamentos, en un barrio de aluvión junto a la, entonces, frontera de la ciudad ante lo que llamábamos, sin mucho criterio, el campo. La construcción barata que proporcionaba una vivienda para el proletario. Emigramos desde un pueblo para habitar otro pueblo mayor, comprimido en breves calles. La crisis de los setenta coincidió con la llegada de la heroína. Algunos jóvenes se refugiaban con sus jeringas y cucharillas para disfrutar aquel nuevo producto en los muchos locales vacíos, o entre el esqueleto de alguna obra abandonada. Sentían la paz de los muertos, preferible a la batallas que enfrentaban como vivos. Luego llegó el SIDA y cumplió sus destinos.

La heroína fue droga de pobres. La generación que hoy disfruta su adolescencia exhibe un poder adquisitivo inimaginable frente al de aquellos años grises del tardo-franquismo. El tráfico de tal sustancia se habrá mostrado rentable según sentencia del capitalismo de esquina, aún más inflexible que el de parqués y despachos. Los camellos me la ofrecían gratis en C/ Sánchez Pastor, o junto al Chinitas. En mi propio barrio podría hasta haber compartido jeringa, costumbre de época. La oferta genera la demanda. Los efectos personales y sociales de este demonio con nombre de mujer son desconocidos para nuestros veinteañeros. La madre de un amigo tenía toda la ropa y la comida en la casa de la vecina para que su hijo, enganchado, no la vendiera puerta a puerta. Los alrededores de la Alameda Principal se abarrotaban todas las noches de jóvenes prostitutas a las que delataba la mirada falta de brillo que se queda para siempre en quienes caen en la llamada de la jeringa. Gil de Biedma escribió que no había tiempo verbal más triste que el futuro pasado. El verano anterior eran muy evidentes los rastros de la heroína por ciertas zonas neoyorkinas. Dos años antes, una de las modas de los distritos marginales consistía en vestir chanclas de tira con calcetines. Ya ha llegado esa ola a nuestras aceras. La juventud ignora la miseria que siembra la heroína. Suponemos que los servicios sociales, policiales y jurídicos acumularon la suficiente experiencia para abordar una catástrofe que nos va a llegar igual que las cadenas de comida rápida. Vivimos desde hace décadas en la aldea global que analizó Mcluham. El mundo del narcotráfico, además de las gestas cantadas en los narcocorridos, también necesita la purulencia de los movimientos de capitales sin control, y de los análisis de mercado que se realicen en bufetes y oficinas, incluso elegantes. Unos habitamos un mundo global, otros en uno privado más amplio que todo mi barrio de niñez y sus tumbas. Igual que un mal verso, la heroína ha venido y nadie sabe cómo ha sido.

C’S Málaga

18 Jun

Ciudadanos ha propuesto desde y para Málaga una serie de medidas regeneradoras, 25 concretamente, que buscan reducir las deudas y racionalizar el gasto del actual equipo de gobierno del PP. Sin embargo, no expone su modelo de ciudad. Gracias a sus tres concejales, C’s tiene las llaves de Málaga, así como se entregaban en tiempos antiguos a los conquistadores. Explican que el consistorio malagueño no funciona, pero de modo inexplicable permiten que De la Torre permanezca sentadito es su tejado, maramiamiáu, como el señor Don Gato de la canción infantil, en lugar de articular acuerdos y confluencias con los demás grupos políticos apoyados por los votos de más de ciento treinta mil habitantes de nuestra urbe. Las últimas semanas hemos desayunado con noticias que indican el desastre en que los mandatos de D. Francisco han convertido la gestión municipal. La gerencia de urbanismo, una de las áreas que más dinero ingresa en las arcas munícipes, dejó de cobrar infracciones. Sus responsables, y ahí se cobra bien, son incapaces de organizar el motor. Policías y bomberos, descontentos. El área de movilidad urbana tarda varios meses en conceder el permiso de paso a quienes padecen la mala estrella de haber vivido desde generaciones en una de las áreas del centro que ahora haya sido peatonalizada, un escupidito más sobre la calidad de vida de esos malagueños a quienes el consistorio pretende centrifugar hacia otras esquinas mediante diversos métodos de coacción institucionalizados. Ciudadanos, Cassá dixit, se afilió con sus trío de ediles a esta corriente ideológico-mercantil que pretende entregar nuestra ciudad a las grandes marcas de hostelería y franquicias, a los fondos de inversión especulativos, y a esas manos angelicales que firman la bula para que las cofradías alteren, exasperantes, los asuntos terrenales con la excusa de atender a los celestiales. Si en los barrios se viviera mejor comprenderíamos esta definida política de Don Francisco, pero no, la pasta que generan los espectáculos, bares y pisos turísticos, se queda donde siempre tiene que estar, en los pocos bolsillos especuladores de quienes promovieron este escenario usurpado a la ciudadanía.

Ciudadanos en Málaga lleva uno de los nombres peor puestos que conozco. Por sus acciones, declaraciones e incluso ignorancias confesas sobre esta ciudad, este grupo semeja una de aquellas múltiples escisiones que el Partido Comunista sufría en aquellos años de la transición en el que el votante no descubría las 7 diferencias que distinguían original y copia, salvo en las siglas. Así sucede con la dirección de Ciudadanos en Málaga, en donde aún no se descubren corolarios distintos de los de D. Francisco. Ciudadanos se comporta como el cómplice necesario para el diseño de estos infortunios que laceran a la ciudadanía malagueña por una vía u otra. Y que cada quien incluya ahí, desde su imaginario, la vía que considere oportuna. C’s Málaga obtuvo el voto vicario de C’s España. El vecindario y Cassá padecían un recíproco desconocimiento; a pesar de ello, el recién llegado consiguió componer un trío de ediles gracias al nombre del partido más allá de Las Pedrizas y de Despeñaperros, donde Ciudadanos acoge el desencanto y la frustración del votante moderado del PSOE y del PP, junto con el prestigio que para la opinión pública no supremacista ha cosechado la valentía de Inés Arrimadas y sus colaboradores. El voto de Ciudadanos Málaga fue en su día un voto vicario que en las próximas elecciones municipales puede sufrir los estragos que le causen un PSOE recompuesto e ilusionado por el gobierno de Pedro Sánchez, junto con el previsible cierre de filas del PP en torno a la o el nuevo líder. La medida política más destacada de la gestión de C’s Málaga se limitó a la clausura del Instituto Municipal del Libro, donde se condensaba la purulencia de nuestro consistorio, según la inflexibilidad que exhibieron los Cassá’s boys frente a aquel asunto, casi de pandereta y pliego de cordel. Hasta ahora Ciudadanos ha actuado como el palanganero de D. Francisco y sus cuates. Para una copia, mejor el original.

Puchero malagueño

12 Mar

Voy a iniciar esta columna de lunes como nunca se debería de hacer según preceptos clásicos no escritos para estos géneros periodísticos de opinión. El artículo y la columna han de ser platos de único aroma para que el comensal no se despiste; pero a veces uno tiene que aderezar un cocido con su carne y sus verduras; eso sí, hay que saber espumar la grasa para que los múltiples sabores no se retuerzan sin sentido. Por un lado, el Ayuntamiento está dando todos los parabienes a la construcción del hotel con hechuras de rascacielos que pretende ser estampa del dique de levante, a pesar del informe de la UNESCO que advierte de serios inconvenientes e impactos medio ambientales negativos. A este mismo puchero, podemos añadir el hecho de que Inspección de Trabajo impuso 1750 multas a empresas malagueñas durante el año 2017; sobre todo, por fraudes cometidos con los contratos parciales en el sector de la hostelería. Si hurgamos en la despensa para ver qué podemos echar a este caldo, me encuentro con que los grandes fondos de inversión internacionales están reactivando el sector de la construcción, a la vez que adquieren inmuebles en todas las ciudades españolas, Málaga incluida, lo que ha ocasionado alzas no sólo en los precios de esas viviendas, ya inasequibles para la clase media, sino en la mensualidad del alquiler. Desde el frigorífico, por si caben en el puchero, todavía nos llegan los ecos no sólo de la histórica manifestación feminista a la que el alcalde de nuestra ciudad se quiso adherir, una vez constatado el éxito de la posible foto, sino que también resuenan los de las batucadas de la Casa Invisible, espacio alternativo con cuya ideología no comulgo, aunque sí con su idea, esto es, un ámbito ciudadano ajeno a las injerencias de los grupos políticos mayoritarios que ya disponen de foros donde, incluso, servían canapés y vinos de relumbrón durante aquellos tiempos en que se consideraba el gasto público como parte del dispendio del cortijo privado de unos pocos. La Invisible alberga a los otros pocos que también tienen derecho a disfrutar de ese derecho de ser minoría y no quedar invisibilizada por ello.

Una vez juntos puerro, apio, zanahoria, nabo, patata, pollo y hueso de cerdo, pongo a hervir el agua, espumo, salo y cuelo. Tras el primer sorbo, con la taza aún entre las manos, concluyo que Málaga está siendo construida al margen de los malagueños. Al menos al margen de todos aquellos malagueños que ni poseemos locales comerciales en el centro de la ciudad, ni hemos heredado pisos, casas o edificios en esas mismas calles, ni podemos mudarnos a nuestros chalés de más allá de la Malagueta, desde donde no se comparte la ordinariez reinante hacia el norte y oeste de esa otra ciudad que desde allí se contempla. Fue Antonio Machado quien escribió “Qué maravilla, Sevilla sin sevillanos, qué maravilla”, hoy parece un lema para inspirar la acción de esta nueva doctrina urbana que Cassá y de la Torre profesan con fe de conversos. Málaga está siendo pensada para llenar los bolsillos de esos pocos especuladores que obtendrían buenos fajos de billetes si el centro histórico se convirtiera en una especie de Times Square de Nueva York, donde los comercios permanecen abiertos 24 horas para turistas que intentan reponerse del cambio horario mediante una buena dosis de Visa en vena. Mientras, los alquileres a autóctonos suben por toda Málaga al hilo de una ley de oferta y demanda que también aplicada a las condiciones laborales de una población que sólo dispone de la hostelería como único sector donde encontrar trabajo; eso sí, mediante contratos ocasionales e insolidarios que impiden que la riqueza generada por este diseño de ciudad-Tívoli sea repartida entre todos los bolsillos. Juan Cassá, el de C’s, que viene desde lejos para salvarnos, incluso ya ha calculado a cuantos habitantes hay que exiliar del centro para que los fondos de inversión especulen con calma. Ya digo, un pucherito malagueño, con mesa reservada para los elegidos, en un restaurante frente al mar, donde, tal vez, si somos sumisos, nos permitan mirar a los señoritos a través del escaparate.