Hijos por aburrimiento

14 May

La semana anterior, una preboste de Taiwán propuso que se interrumpa el suministro eléctrico nocturno para que aumente el bajo índice de natalidad que atenaza el futuro de aquella república asiática. Las parejas de Taiwán, según parece, sólo copulan si no están jugando con sus maquinitas, con el ordenador o no están viendo la tele. Se ve que el compromiso matrimonial allí se toma al pie de la letra y es eso, un compromiso, nada de voluntariedades. Como no podemos hacer nada divertido, chinguemos que el mundo se acaba, que dicen en Valencia. Pero desde esta premisa, hasta la conclusión de que de aquellos polvos llegarán estos lodos de los hijos, media un abismo. Por aplicar una lógica difusa y borrosa ante este razonamiento que incluye en una misma secuencia la oscuridad, el sexo y los embarazos, quizás en aquellas tierras exóticas conciban las relaciones sexuales sólo en una dirección, bajo la mecánica de émbolos y sifones. O eso, o es que los taiwaneses, como ciertas especies, apenas se mueven cuando les privan del sentido de la vista mediante las negruras de la noche cerrada, y no revuelven en los cajones a la busca de un preservativo, característica que, combinada con las hipótesis anteriores, culminaría en los bienintencionados deseos de las autoridades taiwanesas que aguardarían, también durante meses y dedicados a sus cosas de mayores, una llamada desde los hospitales del país para que ya pudieran encender la luz. Sexo por la patria, hijos por aburrimiento. Ignoro si los nombres chinos significan algo, o si pretenden reflejar algún carácter llamativo de la persona como los de los indios americanos; en ese caso, los listados escolares de la generación que me aventuro a bautizar, La oscura, sin que aquellas gentes tengan que agradecerme la idea, van a ser de lo más divertido, con apelativos tales como “Condón Caducado” o “Faltó Fútbol”, junto a otros que señalen rebeldía por parte de sus progenitores frente a una situación en la que se vieron inmersos por las ocurrencias de sus dirigentes, como podría reflejar “Maldita Ministra”, y no abundaremos más en el tema.

Yo sé que la máquina del tiempo no existe porque estamos aquí. Estoy convencido de que si Adán y Eva hubieran adivinado la que les iba a caer con Caín, Adán habría muerto virgen, por decirlo de manera que pueda ser publicado en cualquier periódico. Perpetuar nuestro ADN supone uno de los actos más irresponsables que pueda cometer cualquier humano. Ser padre o madre significa sentir miedo desde que se tiñe de color la tira reactiva, hasta el mismo instante en que te claven la tapa del ataúd. Sin embargo, los imperceptibles venenos de la concepción capitalista de la existencia fluyen también por los aparatos genitales. El régimen franquista necesitaba un aumento de la población española para disponer de mano de obra suficiente. Por ahí quedan fotos de familias que concebían a la madre como esa paradójica máquina de parir criaturas, a causa del retraso tecnológico. La mujer, y sus hijas, vivían una vida vicaria, una existencia prestada con permiso de la autoridad y mientras que el tiempo, su estrago, no lo impidiera mediante su punto y final. Hoy, tras aquellas revoluciones industriales decimonónicas, cuando la prole se convirtió en fuente de ingresos de la casa más que del hogar, acucia de nuevo la urgencia por traer otra remesa de mercancía humana a este planeta sobre-explotado para que pague las pensiones aquí y en Taiwán. Esta confusión de la familia con un producto nos extinguirá. Quizás la solución para salvar el mundo consista en regalar televisores y dispositivos de juego, y que se emitan programas multitudinarios durante las 24 horas del día, no al revés. Demasiados nacimientos se producen por ignorancia o por esclavitud como para que ahora cunda la idea de cortar la corriente. Los niños, además de venir con un pan bajo del brazo, tendrán que llegar con una linterna, vista la falta de luces que exhibe la clase política mundial.

Un mundo enterao

7 May

Permítanme que comience un poco pedante. Valle Inclán planteó en su texto “Divinas Palabras”, ente otras cosas, el poder del misterio, la fuerza de ciertos términos que como un abracadabra operan su milagro. Así, el sacristán que aparece en esa obra de teatro dispersa a la muchedumbre enaltecida mediante el uso del latín de las liturgias. Tales expresiones actuaron del mismo modo que un crucifijo frente a los vampiros, según dicen quienes entienden de esos asuntos. El humano es incapaz de conocer nada que se escape a su lenguaje. No es el mundo el que nos pone las palabras en la boca sino al revés. Nada existe, nada es reconocible y comunicable, hasta que le asignemos su nombre tal como hizo Adán antes de la llegada de Eva. Pero nada es inocente en el universo que hemos creado desde que aquel mono decidió bajarse de su árbol para fastidiar al resto del planeta. Las palabras se van cargando de deudas al igual que nos sucede a las personas. No sólo nacen, crecen, se reproducen, mueren, resucitan e, incluso, se travisten, como el término “hortera”, por ejemplo, sino que además presentan su acné juvenil, su buen color de cara o sus arrugas y problemas de olor corporal. Este fenómeno es muy bien conocido por los publicistas que saben gestionar las percepciones y sentimientos de una determinada sociedad en un tiempo concreto. Escogen las divinas palabras que conducirán al pueblo hacia un camino u otro. Si hubieran existido en la Europa del siglo XV habrían incidido en que el producto estaba manufacturado en la ciudad y creado por el hombre; las gentes de aquel tiempo estaban hartas de campo y naturaleza que sólo les traía enfermedades, duro trabajo, hambre y bichos. Hoy, por mor de nuestra conciencia ecológica, casi nos quieren convencer de que los coches florecen en los árboles y los cruceros brotan del mar. La naturaleza acumula prestigio y los artificios, como el papel o la pantalla por donde corren estas letras, representan elementos fustigados por una connotación negativa.

Y aquí llegan los enteraos. El enterao es una víctima más de las características del lenguaje en el que todo quisque está inmerso como un pez en su acuario. Un día asistí a una conversación nada menos que sobre el, entonces, método experimental de extracción de petróleo; los contertulios, que ni eran ingenieros ni nada parecido, aludían a que quebraba la roca madre. Algo que suene así está claro que no puede ser bueno. La roca madre, fiuuu. Otra de las características del enterao es que suele saber aspectos del orden mundial que sólo él o ella conoce. La población terráquea al completo se halla presa por diferentes conspiraciones de las que nadie se percata, excepto esta categoría de humano que exhibe un escalón más en las etapas evolutivas. Por poner un caso, los elementos con colágeno o con bífidus presentan unas altas cotas de aceptación social por más que médicos y nutricionistas expliquen que esos productos no cumplen las funciones que la publicidad les otorga. Oídos sordos. Los enteraos iluminan sus conocimientos con la ciencia infusa que es una de las carreras más fáciles y rápidas para cursar en esta vida. Al mismo tiempo, y aquí dejan de tener gracia, dados sus amplios saberes provocan que volvamos a tener población infantil sin vacunar susceptible de contraer y contagiar enfermedades ya erradicadas. Los laboratorios, junto con el difunto Pasteur, y la totalidad de científicos no iluminados, han montado una confabulación con estos productos y, claro, los enteraos luchan desde su no participación en este complot. La muerte de dios en nuestra civilización ha provocado una curiosa venganza mediante el asesinato de la ciencia, y todos sus sacerdotes, por todo ese mundo enterao que, sin que se percate, escribe su propia biblia donde las divinas palabras juegan con él, antes que él con las palabras. El lenguaje actúa como aquellas sirenas que obligaron a Ulises al suplicio para evitar que la nave de su pensamiento se estrellara contra los arrecifes.

El beso

16 Abr

Al humano le tira la tragedia, a pesar de que si preguntásemos por la calle, toda y todo entrevistado afirmaría que le gusta más reír que llorar, salvo si realizáramos la encuesta en el portal del club sado-maso. Una tragedia griega parece que desentraña un pensamiento profundo, tal como un pescador arrebata al abismo sus mejores piezas. Deja traumatizado a un público que marchará cabizbajo hacia casa sumido en la duda de si se sacaría los ojos en el caso de que se hubiese acostado con su madre antes de matar a su padre, o si sólo optaría por huir como refugiado a Suiza, tan de moda entre los edípicos sociales de estos tiempos. La comedia, sin embargo, no conduce a nada. Uno se ríe, y es capaz luego de tomarse cuatro cervezas con quien lo haya acompañado al cine, y minutos más tarde hasta se morrea a tornillo con su acompañante, entre risotada y risotada, aprovechándose del buen rollo ambiental que expande ese género literario. Pero no, esto es un valle de lágrimas tal como nos han enseñado desde pequeños, y parece que ese concepto arraigó en el torrente anímico para teñir desde ahí nuestra mirada como un parásito ocular. La española cuando besa, es que besa de verdad, no como aquellas nórdicas que venían a la Costa a liberarse para liberar de prejuicios a una horda de cejijuntos perjudicados por tanto efluvio de Varón Dandi y Jabón Lagarto. El pasado viernes fue el día del beso. Pero el viernes pasado coincidía con el número 13 del mes, y ya digo que pueden más dos tragedias que dos carretas. Contemplé por redes y carteleras, muchas más alusiones a pelis de terror que a comedias románticas, o a meras escenas donde un beso se alojase en la zona áurea del deseo. Y creo que no habría ninguna disensión en que cualquier beso, casto o libidinoso, seco o mojado, de doble rosca o de simple roce en los labios, es mucho más agradable que una motosierra sobre la espalda. Poseídos por la tragedia, nos conducimos bajo la retórica de un gen Unamuno que adereza la angustia e impide que para el homo sapiens tragicus, el estar aquí ahora desprenda la simpleza de un beso.

Hace muchos años, la Universidad Menéndez Pelayo me becó para un curso sobre literatura fantástica; aprendí que el terror ofrece una respuesta al más allá, al gran miedo de que tras la última luz, allí no exista nada, idea a la que nuestro cerebro es incapaz de dar forma o color y, por ello, rechaza. Nuestra mente prefiere escenificar un infierno con exuberantes vampirellas, espectros y psicópatas enmascarados. El cálculo del vacío exige una ingente inversión de valentía. Y entre estas elucubraciones se nos pasa la existencia como burbuja por copa de champán, única verdad absoluta que despreciamos hasta que el final del trayecto se nos anuncia una mañana frente al espejo, cuando ya no existe convocatoria extraordinaria, ni prórroga. Una pintada que ciertos alumnos de la revista “Tediria” escribieron sobre las paredes del IES Sierra Bermeja, chilla al viento, “Epicuro Forever”, como alegato contra el tedio de los días. Si no pudiera ser forever, pues nuestra configuración sentimental lo impide, al menos deberíamos de ser epicúreos para esos días señalados como el pasado viernes, cuando tendríamos que haber rimado besos de toda condición para expresar nuestra mejor cualidad como humanos, la de la alegría y su efecto de risa, tan despreciada por una buena porción del intelecto solvente y de meditar hondo, como la negrura de un pozo. Somos simios tan trágicos que incluso la inmortalidad nos haría infelices, como me enseñó el mismísimo Borges. Cubrimos cualquier acto cotidiano con esas mantillas de luto que teje el veneno escondido en los conceptos, “eres un besucón”, arrastra una connotación negativa en castellano y “no me hagas reír” señala la dirección de ese barrizal por donde nos encanta dar paseos. Es imposible ir dando besos ni en un viernes dedicado, y la euforia siempre se consideró síntoma de locura. Si nos creyéramos la vida, si considerásemos su valor único por irrepetible, la intentaríamos vivir dando paz y, si no amor, cariño al menos. Más besos y menos lágrimas.

Exilios

26 Feb

Cierto día, durante la grabación de un documental junto a mis amigos Gaby Beneroso y Enrique Fernández, descubrimos que varias obras de Picasso decoraban el salón de un piso situado en un barrio modesto de una ciudad pobre. A pesar de que Picasso tenía fama de tacaño (pagaba todo con cheques que nadie cobraba para conservar su firma), colaboró con los exiliados de la República. Él enviaba obra, y ellos la vendían para sostener aquel gobierno refugiado en México al que aguardaba una segunda derrota cuando la ONU reconoció el régimen de Franco. Como en mitad de un bombardeo, cada quien se buscó la vida como pudo y hasta los niños que se encontraban concentrados en colonias infantiles, como la de Morelia, fueron abandonados a su suerte, de un día para otro. Una buena parte de quienes esquivaron las garras imperiales de la humillación y la muerte nunca regresó a España. Se vio obligada al olvido del hogar y familia que quedó en esta orilla del Atlántico, ya convertida en una inmensa prisión por donde paseaba la sombra de Caín. Aquellos exilios exterminaron toda luz en la memoria de quienes los padecieron. Manuel Altolaguirre imprimía poemas de Garcilaso o de San Juan de la Cruz, que su esposa, la también poeta Concha Méndez, vendía de puerta en puerta por la Habana para dar de comer a su hija Paloma. Un grupo de aquellos derrotados celebró un banquete en su piso de México D.F. porque una de las mujeres que con ellos habitaba vendió sus trenzas, rubias como el oro de la felicidad que repartió ese día. Aquellas personas se vieron obligadas a imaginar una vida nueva; le habían arrebatado incluso los paisajes que decoraban sus sueños. Ante el rostro sólo se alzaban los muros de niebla de la incertidumbre, y el miedo a padecer una constante huida del miedo. Sobre la voluntad de aquellos hombres y mujeres se imprimió el dolor que habita en la palabra exilio.

De nuevo, vuelve a hablarse de exiliados en España, pero ahora de calidad VIP y hasta con escolta pagada por todo el pueblo español, una en Suiza y otros en la zona también rica y separatista de Bélgica, imagen clara del fondo del conflicto generado en Cataluña, un tumulto organizado por los ricos que se quieren separar de sus pobres. Cuando yo era pequeño, las familias bien, tan distintas de las familias mal, enviaban su descendencia a Londres, que en aquellos años era lo más. El nuevo marchamo de modernidad consistirá en tener al niño o la niña en el exilio bajo la tutela de unos abogados, de entrevista en entrevista, y pasando las amarguras que tal situación implica sin esas estrecheces que invocan el desánimo. La familia real inició el camino y ya sabemos que la alta burguesía imita a la aristocracia. Aquellos perros flacos de la República comprobaron que el mundo se volvió una plaga de pulgas. Estos burgueses catalanes, magníficos comerciantes, han comprendido que el exilio es un negocio cuando se vende como tal exilio. Las acusaciones a las que se enfrentan estos nuevos héroes de la clase preferente se asemejan más a las que también mantienen en Suiza a otros conocidos de la mafia internacional, que a las que obligaron a huir a las y los luchadores republicanos. Los dirigentes catalanes usaron dinero público para quebrantar la ley; sin embargo, su fábrica de mentiras funciona gracias, entre otros motivos, a la torpeza con la que el gobierno de España se mueve entre los medios de comunicación internacionales y los entresijos diplomáticos. Esos exilios tan cool, tan ajenos al hambre y a las necesidades, esos refugios para plutócratas con mala conciencia disfrazados de héroes de las barricadas, exhiben la realidad del independentismo catalán, una república en el cielo platónico impulsada por una burguesía que odia la pobreza, y que pretende seguir habitando una metrópoli que explota a sus colonias del sur que, además, tienen que permanecer silenciosas durante los festejos sediciosos. Las hijas de uno de aquellos republicanos vieron a su padre una sola vez en la frontera con Francia, él les entregó unas obras de Picasso para que pudieran sobrevivir. La carta de un desconocido les comunicó su muerte.

Un huracán de puritanismo

5 Feb

Hay un chiste que desvela muy bien una parte sustancial de la cualidad humana. Están dos novios sentados en un banco y contemplan el atardecer sobre el mar. Él dice: ¿Sabes qué estoy pensando? Ella responde con cierta admiración: ¡Pero qué guarro eres! Pues así se encuentra la profunda borrasca que nos está entrando por el norte con fuertes precipitaciones de puritanismo a la usanza victoriana, y un acusado descenso de la razón colectiva. Un cambio del clima ideológico que de cuando en cuando arrecia en todas las culturas. Los musulmanes también desarrollan estas ventoleras místicas cada ciertos años. Europa intentó ser invadida en el 711, año en que las tropas islámicas pisaron la Hispania visigótica. Los almorávides lo pretendieron en 1086, y los almohades en 1212, cuando aparecieron con iguales pretensiones que el actual ISIS. Si giramos la vista hacia nuestro mundo, El papa Pío V ordenó a Daniele da Volterra, antiguo colaborador de Miguel Ángel, que cubriese los genitales en la escena del Juicio Final en la Capilla Sixtina; el pobre pintor pasó a la historia del arte como “Il Braghettone”. Durante los años de la Emperatriz Victoria I del Reino Unido, el puritanismo alcanzó tales cotas que un conjunto de seis músicos que iba a actuar ante la reina, se tuvo que titular quinteto para no ofender aquellas mentes que sólo se fijarían en la primera sílaba de la palabra sexteto, sin escuchar siquiera la melodía. Ya lo explicó Kant, la belleza está en el cerebro que mira, no en el objeto. De ahí, podemos deducir que la obscenidad también habita al fondo de esa pupila que, aplicada a la moral, llamamos puritanismo, decencia u orden público, para justificar una visión sucia de un producto artístico o de la cultura en cualquier faceta. Imaginen lo que vieron aquellas autoridades malagueñas que, durante una noche en blanco, ordenaron la retirada de un cuadro de Samuel Gómez titulado “Don’t use condom”, que mostraba un chico sentado y un cura que se le acercaba. La policía pasó con su furgoneta varias veces por encima de la obra. Fue retirada a los pocos minutos por esos mismos operarios de LIMASA que tardan días en recoger tu colchón de la basura. ¡Pero qué guarro eres!

Como todas las grandes tempestades, esta del neo puritanismo ha comenzado con un leve aleteo de una mariposa. Ocho mil firmantes demandaron que el Metropolitan de NYC retirase un cuadro de Balthus en el que se ven las bragas a una adolescente. Según parece, los firmantes tuvieron sueños libidinosos con cada jovencita que luego se encontraron en el metro o en el ascensor de casa. Y es que se visten para provocar. Sin embargo, esta ciclogénesis se está expandiendo junto al maremoto “Me too”. Esto es, una denuncia significa la condena, no sólo de la persona sino del autor, de su obra. Si Woody Allen hubiera sido hallado culpable de pederastia, tendríamos que quemar los originales de sus películas en Times Square, junto con toda copia que se hallara. La semana anterior en una galería de Londres fue oculta una composición prerrafaelita en la que varias ninfas exhibían sus pechos. En el libro de Marcel Bataillon sobre Erasmo y España podemos ver los tachones que la Inquisición perpetró sobre párrafos y retratos de Erasmo porque ensalzaba la razón como el camino para que el humano descubriese a Dios. Los huracanes se activan mediante combinaciones de frío y calor. Varias corrientes ideológicas, antagónicas en apariencia, abogan por idénticas causas, la destrucción de lo que no guste. La lista para esta hoguera puede ser ingente y sorpresiva. Quevedo, el mayor escritor aún no superado en lengua castellana (Juan Goytisolo dixit), misógino además, tiene magníficos poemas y otros textos contra las mujeres, los putos y los moricos. Pleno al 15. Según los parámetros de esas visiones que se están expandiendo, habría que retirar de todas las librerías su obra completa y vender adaptaciones que no molestasen a nadie en esta época dorada de la pornografía. ¡Pero qué guarros!