Actualizaciones

6 May

Los humanos compartimos ciertos aspectos con las polillas. No me refiero a que haya tipos que son unos capullos a primera vista y, además están incapacitados para abandonar tal condición, sino a que nuestra especie ha tejido en torno a sí un habitáculo donde muda sus características iniciales, como una crisálida culmina en mariposa. A pesar de esta apariencia semejante a la de nuestros antepasados ya somos otro ser; también, sin duda, distinto a nuestros descendientes. A veces se hace complejo creer que hemos evolucionado en algo; sobre todo, cuando uno se cruza en un callejón oscuro con un tipo de esos que protagonizaría un documental sobre neardentales sin necesidad de que pasara por el set de caracterización. Somos resultado de nuestros propios artificios. Durante miles de años fuimos víctimas de lanzas de piedra afilada, y hoy lo somos de las tarjetas de crédito a final de mes, un acelerador de infartos y otras dolencias tan eficaz como una flecha de sílex incrustada en un ojo. El hombre crea y su creación se hace pronto dueña de su cosmos, lo conduce por nuevos senderos orgánicos y psíquicos. Una vez controlado el fuego, por ejemplo, llegaron las discusiones sobre cuáles eran las salsas más adecuadas para el pollo asado, lo que ocasionó disensiones en varios clanes que concluyeron en un estilo de arte rupestre donde el significado de las figuras de las manos sobre las paredes de la caverna contabilizaban el número de guantazos que le habían dado a uno u otro cocinero. Podemos afirmar, pues, que el mundo místico se desarrolló a la vez que el culinario y junto con la liga de boxeo, la traumatología y la invención del diván, previo en muchos siglos a Freud. Todo ello gracias a un enorme empuje tecnológico ocasionado tras un cigarro mal apagado después de un glorioso acto sexual en algún bosque ignoto durante el verano. Dada esta condición servil hacia nuestros avances, quizás todos aquellos maravillosos dibujos rupestres con sus bisontes, caballos, ciervos e, incluso, peces, signifiquen una versión tosca de las comandas para el camarero.

Nunca sabremos cómo fueron aquellos albores de la humanidad. Nuestros antecesores no previeron paradas de autobús y no podemos ir a constatar casi ninguna hipótesis. Quizás, sin embargo, el espacio onírico revele esa fusión tan íntima entre este acuario en el que nos desarrollamos mientras lo construimos. Uno de mis sueños recurrentes, por ejemplo, es el de que me presento desnudo a un examen para el que no he estudiado, un hecho para mí tan perturbador como cuando el primer sapiens que intercambió con otro un cesto de frutas soñó con una reclamación de Hacienda. Ese sentimiento de angustia también brota cuando uno no puede huir ante un peligro. El hombre primitivo centraría su foco de pánico, no sé, en un bicho peludo y con enormes dientes, y yo lo sitúo en que una teleoperadora con ofertas de telefonía se ha colado en mi dormitorio. Las piernas no me responden y la chica con sonrisa perversa y un contrato se dirige hacia mí. Fatal. El último sueño me ha dejado meditabundo. Voy a cenar a casa de una amiga; su marido muy educado me recibe con una pistola alemana y me anuncia en la puerta que me va a matar. Yo le advierto de que he traído un buen vino y ostras. Como no se le pasa el furor asesino, le indico que hay un tipo en el ascensor que quiere hablar con él. Aprovecho y cierro la puerta blindada de casa mientras su mujer, sin darle importancia a la situación, me pregunta si me sirve un Dry Martini. Respondo que no tiene idea de cócteles mientras intento avisar a la policía mediante una tableta que no carga su página web. El marido golpeaba la puerta y aquel dispositivo moderno no cargaba, del mismo modo que mis piernas no respondían cuando aún no se había desarrollado este universo 2.0 en el que, si nos detenemos a pensar un poco, nos vamos actualizando igual que nuestros ordenadores quienes tal vez sueñen con un tipo que canta Lili Marleen mientras acciona un código para borrar todo el disco duro. Le pregunto a mi portátil pero me ha retirado la palabra. Yo, por fastidiar, lo dejo sin actualizaciones ni batería.

Dietas

22 Abr

Los artículos se repiten en sus temas porque el universo gira y gira. Todo da vueltas en una especie de ir hacia ningún sitio. Gira la Tierra, los planetas por la gravedad del Sol y éste alrededor de una galaxia móvil. Como criaturas montadas en este carrusel desde millones de años previos a aquel día en que nuestros padres cruzaron la primera sonrisa, lo que en caso de algunas parejas es inimaginable, no podemos evitar una cierta tendencia hacia la monotonía y a la abulia, quizás provocada por el mareo. Por momentos encarnamos a aquellos personajes de Borges que, por inmortales, confluían hastiados en un mismo punto del desierto tras un errabundo arrastrar de pies. Regresamos a la casilla de las dietas, ahora, bajo la obsesión de la salud y longevidad más que aquella estética que antes presidía todos los afanes alimenticios. Mi amigo el nutricionista, biólogo y persona sensata, doctor Javier Morallón, el otro día me fastidió mi querencia por las patatas fritas. Pretendió hacerlo, mejor dicho. Con este cuerpo que dios me ha dado no tengo que preocuparme por casi nada de lo que ingiero. Todo me engorda. Como defensa psicológica hace años que adopté la postura de Buda sobre el suelo; en el sofá ya se sienta mi perro que me muerde cada vez que le quito el sitio. Todas estas circunstancias me empujan hacia un escepticismo inapelable. Con muy buena voluntad, y mientras forcejeaba con él para que me devolviera el bote de mahonesa, me explicaba que esa adicción mía a las patatas fritas me conduciría a la tumba. Encontré un argumento demoledor y contradictorio para sus tesis. Igual que un espadachín le espeté que, en todo caso, me llevaría al hospital por quemaduras en la lengua. No supo qué decir y como buen científico me arrojó el ketchup sobre la camisa. Aderecé algunas patatas camino de mi boca.

Según épocas, y puede que determinado nuestro discurrir por la condición giróvaga de este acuario donde aleteamos, los humanos nos imbuimos de mayores o menores ansias de eternidad para seguir dando vueltas como peonza desnortada. Si hace pocas décadas, por ejemplo, la virilidad se cifraba en ciertas marcas de tabaco para domadores de caballos, mientras la esencia femenina se cuadraba en desodorantes basados en un bamboleo de limones del Caribe, hoy ambos géneros, y todos los demás, han hallado una confluencia en los adjetivos light y healthy, esto es, ligero y saludable, modernos Tigris y Eufrates fronteras del paraíso terrenal. Ya no queda bien en pantalla una chica pinchando un chorizo o una tortilla de patatas de aquellas que sacaron las familias españolas hacia adelante durante siglos y casi a diario. Ahora resulta grotesco cualquier modelo masculino ante un cerdito asado. Las dietas dibujan el mismo trampantojo que la cosmética anti-edad, esa que cada vez ahonda más en tecnicismos y ácidos nunca oídos y efectos ignotos para conseguir un prestigio de palabrería fina que luego cada amanecer le resta ante el espejo del usuario. Que me perdonen mi querido Javier y sus estadísticas, pero el diablo me susurra maldades al oído que si bien no nos hacen más longevos, logran una estancia más divertida sobre esta noria imperturbable y ajena a nuestros afanes. Ya estuve en velatorios de personas deportistas y sanas según parámetros socialmente aceptados. Las ratas sobreviven a los purasangre. La buena dieta, en su sentido etimológico griego, significa un estilo de vida. Yo la querría semejante a esa que decían que practicaba la reina madre de Inglaterra con sus ginebras y ocio. Una serie de elementos acortan la existencia más que la alimentación. Con ese desayuno a base de frutas y cereales, uno debería de revisar la agenda y mandar a hacer puñetas a cuanto ser tóxico halle pegado a las costuras, una carga negativa tan letal como el colesterol o la tensión alta. Con eso y un buen puñado de amigos con los que reír y abusar de todo aquello que nos prohíba el médico, incluso sin preservativo, creo que será suficiente hasta esa última vuelta en que nos expulsen de esta feria con o sin patatas.

Despistes

8 Abr

Un conductor francés acabó en Galicia cuando se dirigía hacia su domicilio en Limoges a unos mil kilómetros. Ya sabemos que los franceses, al menos este, ni leen los carteles de las autovías, ni charlan con los empleados de las gasolineras. Si hubieran dejado en pie aquellos toros de Osborne cuya visión tanto me emocionaban de niño, pues oye, igual este hombre se habría percatado de su llegada a la Península Ibérica que, entre ausencia de fronteras y esta globalización que nos uniforma el paisaje y el paisanaje, ya es idéntica a cuanta península arribemos. Este ciudadano ya ha hecho su camino de Santiago. Los despistes tienen mala prensa, aunque una literatura aceptable. Se equivocó la paloma, se equivocaba. Hay descuidos peligrosos, claro está. Recuerdo aquella encargada de una piscina en Madrid que jugó a maga con varios desinfectantes y por poco provocó una evacuación masiva que, al final, sólo se saldó con unas irritaciones pasajeras de ojos y garganta de varias decenas de personas. La chica no supo explicar qué había hecho, lo que condena a esa comunidad de vecinos a una casi segura repetición del episodio. El francés tampoco entendía por qué la policía le indicó que se detuviera. Si por esas leyes indómitas del azar ambos caminos se cruzarán y la socorrista hiciera autostop, por ejemplo, hacia Galapagar y el hombre de Limoges la recogiera, podrían juntos provocar una catástrofe en Oslo. La vida. Un gran amigo mío aún recuerda aquel día en que un coche se detuvo junto a su parada de autobús; pensó que venían a recogerlo. Cuando se acomodó en el asiento trasero, la conductora junto a sus tres acompañantes pensaron que un loco se les había colado y optaron por echarlo a chillidos. En un arrebato de lucidez, mi amigo consideró que lo mejor era huir sin dar mayores explicaciones y salir corriendo. Si por mano del diablo, que con estas cosas es un guasón, hubiera pasado por allí un coche policial, quizás hoy le estaría llevando una radio y una caja de bombones a la cárcel.

Los despistes son parte del proceso de innovación. Seguro que Adán argumentó uno cuando Dios le reprochó que lo había dejado sin manzanas, justo el día en que pensaba preparar un buen Strudel para zampárselo en su divina soledad junto con un helado de vainilla. La biblia no precisa cuántas manzanas comió el padre de los hombres, y nadie se enfada tanto por una sola pieza de fruta que falte en un árbol. Le echas las culpas a la jirafa, a la que ya había puesto nombre, y ya está. Gracias a aquella glotonería de Adán, combinada con la afición a la cocina de nuestro creador, estamos nosotros aquí, sufriendo, pero aquí. Eva fue inocente. Mi querido Lorenzo Saval, también dios en su propio paraíso de collages, me explicaba que los errores en arte pueden ocultar aciertos. No sólo del arte vive el hombre, también del pan, el café o las alcachofas, todos ellos productos que no se explican sobre la mesa si no es porque un día a uno se le olvidó hornear la masa y fermentó, porque a otro se le quemaron unos granos y porque a otro se le cayó la leche sobre ese líquido negro del desayuno. Lo de atreverse a darle un primer bocado a la alcachofa es, sin duda, uno de los grandes hitos misteriosos de la humanidad que no puede ser achacable más que a esos despistes que ocasionan un maravilloso fallo de esos que trastocan los conceptos y cambian el devenir de la historia incluso a nuestro pesar. Hay quien concibe la existencia como ese período durante el que naces, creces, te haces oficinista, te reproduces y mueres. De vez en cuando un viajito a lugares como Benidorm o Tenerife, donde cometer algún dispendio con la sangría y alguna presunta paella y ya está. El despiste. Entras por el lado contrario de la autopista y los faros de los coches hacia ti provocan un golpe de adrenalina tal que te das cuenta del desperdicio en que has convertido tu vida tan semejante a la de tus propios peces en el acuario del salón. El final de la historia depende de la confluencia entre fortuna y voluntad, conceptos tan despistados como un francés de Limoges, o una socorrista madrileña en Oslo.

Mi pasado

18 Mar

Unos físicos rusos han publicado un informe que ha sido tachado como erróneo por un buen número de especialistas. Habían conseguido enviar un electrón al pasado. Por desgracia parece que no pudo ser así. No es que yo no quiera explicarles en estas líneas los porqués de tales fallos, es que no tengo ni idea de física más allá de lo que una foca adulta pueda saber de esta ciencia. Y si me lo planteo, nunca me atrevería a opositar contra una foca adulta por una plaza de profesor de física, una disciplina que considero próxima a la teología y sus dogmas de fe. Hay asertos que me encantaría comprender para mi propia tranquilidad. Por ejemplo, cuando me miro al espejo temo que cualquier día rompa el continuo espacio tiempo tan curvado por mi masa corporal. Bueno, ahí están las focas en la playa discutiendo en su lengua autonómica sobre las teorías de Einstein y no sucede nada; confío en que el continuo espacio tiempo esté bien trenzado y no se quiebre bajo mis pies. Por si acaso voy a incluirlo en el seguro del hogar y en el de vida, aunque ya varias compañías se hayan negado a ello. No soy el único ignorante en estos saberes, tal como puedo constatar en esas oficinas de seguros que me echan a la calle de modo colérico. Quizás sea por esa falta de erudición científica por lo que siento una gran exaltación cuando leo en los titulares del periódico algún avance como el antes aludido. Si un electrón viajó al pasado, algún día podremos hacerlo nosotros. Previendo tal posibilidad he cargado al tope mi tarjeta de multitransporte urbano. Yo soy así, creo en la ciencia a ciegas y en los progresos que nos puede traer el ímpetu del hombre. Fíjense cómo los nervios del ludópata conde de Sándwich por querer comer sin abandonar esa mesa de juego en la que pasaba más de 24 horas, lo condujo a uno de los inventos más trascendentes para la humanidad, sobre todo, cuando la humanidad tiene hambre durante cualquier paseo por el campo para comprobar si las manzanas caen al suelo o no. A mí no me consta. Ni siquiera he visto un manzano, pero la fe, es la fe y no es fácil contradecir a Newton. Hablaba en inglés y, sabemos que no es fácil su dominio.

El caso es que me ilusioné con ese posible viaje al pasado. Podría arreglar cuentas con la historia, pero no con la historia en mayúsculas, nada de avisar a César de la conjura, de ofrecer un abriguito a Lady Godiva, o de decirle al escultor de la Venus de Milo que le pusiera brazos cubiertos por sendos guantes negros a lo Rita Hayworth. No. No deseo alterar el decurso histórico. Como a Unamuno me interesa mucho más la intrahistoria, las vivencias de las personas en su día a día, sus dificultades, sus penas. La grandeza es cosa de prohombres y tengo alergia al sonido de esa palabra que sólo puede ser pronunciada correctamente en el idioma de las focas, por eso me niego a ser prohombre. Iría al pasado para encontrarme conmigo mismo. Pero con mucha precaución. Era un joven rebelde y si me acerco y me digo que soy yo, seguro que me pego varias patadas en la entrepierna y salgo corriendo de mí mismo. He revisado las ecuaciones de la teoría de la Relatividad, ayudado por un diccionario egipcio y por un manual de autoayuda y otro de hágalo usted mismo. Nada. El viejo Albert no me tuvo en cuenta durante sus elucubraciones y no habla de mí, pero hay hechos en mi pasado de los que no me siento orgulloso y me encantaría poder meter esa marcha atrás, pisar el acelerador hasta el fondo y, sobre todo, haber aprendido a conducir. Creo que sería capaz de convencerme de que yo era yo, pero en calvo, gordo y añoso. No soy la imagen que yo creí que tendría pero es la que tengo. Una vez que me hubiera ganado mi confianza, y sólo cuando hubiera quitado de en medio aquella navaja que solía llevar en el bolsillo y las piedras que hubiera alrededor, entonces tendría una charla sincera conmigo que solucionaría esos lastres que a uno le persiguen el resto de su existencia. Por ejemplo, me rogaría que hiciera desaparecer aquella camisa de cuello de pico con la que aparezco en la foto de comunión de mi prima. Un ridículo del pasado, que estropea el futuro.

Cuerpo y espíritu

25 Feb

Platón materializó esa idea de que la naturaleza tangible de los seres vivos, incluso de las cosas, no es más que un habitáculo para la parte importante del asunto, esto es, el espíritu que acapara ese prestigio de lo invisible y que tanto poder otorgó a quienes supieron convertirse en visionarios de aquello que no podía ser vislumbrado más que por los elegidos para la fama y la gloria, como quienes son invitados a los tapeos tras las inauguraciones artísticas oficiales. A partir de aquel griego, por una vía u otra, las religiones y el pensamiento occidental segmentaron cuerpo y alma como dos incompatibilidades obligadas a soportarse mientras la muerte no los separara, como cualquier matrimonio antiguo. El desprecio por el cuerpo y unas ganas de mortificarlo dignas del diván de Freud, o de la Asociación Sado-Maso, aparecieron ya con los primeros santones místicos del cristianismo, herederos de los judíos y predecesores de los musulmanes. Todos entran en este mismo saco del sacrificio corporal con sus variantes. Una buena parte de aquellos santos padres, y fíjense cómo los titulamos, se aisló en el desierto por ver si encontraba el rostro de dios que, según se ve, padece de inseguridad y no se arriesga a manifestarse en espacios concurridos. Alguno que otro se subió a una columna y allí pasó bastantes años hasta que el repartidor de pizzas amenazó con no volver más si el santón seguía quejándose por lo fría que llegaba siempre la comida, al tiempo que la bebida se había calentado en el camino. Cosas del desierto. En otros casos, dado el exceso de tiempo libre que genera la contemplación de lo divino, uno de esos oficios en los que eres tu jefe, al menos tu encargado, y te marcas la jornada laboral, pues se les fue la mano con los psicotrópicos de modo voluntario o sin querer, una explicación sencilla, por ejemplo, para aquellas visiones de San Antonio Abad, sin duda, resultado de alguna inconveniente relación con un camello o dromedario que no era fiable, o por haber minusvalorado el moho del pan de centeno, lo que dado el hambre que pasaban estas criaturas por mor del sacrificio, tampoco hubiera sido tan extraño.

También en los orígenes del cristianismo, cuando la extensión de su doctrina era una amalgama de conceptos difusos, hasta contradictorios, surgieron grupos que propugnaban la entrega del cuerpo a cuantos placeres demandara y, por supuesto, el bolsillo pudiera pagar. La diferencia entre intentar suicidarse mediante un abotargamiento de jamón 5J acompañado por varios litros de tintos de primera, o mediante un modesto chopped al que se pueden añadir mantecados de la última navidad y algún refresco gasificado. Cuando las diferentes iglesias fueron organizadas bajo el método cuartelero del emperador Constantino, aquellos indicios de alegrías finalizaron por toque de queda. El cuerpo volvió a ser declarado elemento deleznable y perturbador de un espíritu que se pasaba el día cual señora que se zafa del marido borracho que intenta meterle mano. La vida fue concebida como una cuaresma sólo interrumpida por unas breves notas de carnaval. La castidad se hizo rimar con la santidad y regresó con ímpetu todo tipo de penitencia, como aquella de no bañarse nunca, que ocasionaba un doble quebranto, el propio y el provocado a quien se acercara a menos de tres metros. Pero claro, el cuerpo es el cuerpo y reclama sus dominios como el mar sus playas cuando sube la marea. Un místico no deja de segregar sustancias corporales, desde el cerumen hasta el semen, por más que se dedique al espíritu que, encima es intangible y, por tanto, proclive a permitir la irrupción de lo sensorial y sus distracciones, como el calendario Pirelli. El semen, por ejemplo, nubla las conexiones neuronales del mamífero macho a partir de unas horas en que no ha sido expulsado por un método o por un autométodo. Este fenómeno tan previsible condujo a más de un anacoreta a organizar orgías, y vender entradas, con ovicápridos o con melones, o con ambos a la vez. Imaginen un tipo solo en lo alto del monte en una cueva a la espera de una revelación angelical. Yo entrego a mi cuerpo lo que me pida. Mi espíritu calla por exasperación. Mi cuerpo a veces me pide que salga a correr y entonces me acuesto. No crean que le tolero tantos caprichos.