Carrera con obstáculos

11 Dic

El Ayuntamiento de Málaga no pierde ocasión en demostrar su poca capacidad organizativa. Ayer tocó la carrera maratón de Málaga. Nuestras autoridades deben pensar que cualquiera que saca su coche en domingo por esta ciudad, lo hace con gusto, es un pecador de la pradera, como remembranza del Chiquito, y merece todo lo que le pase desde que salga de su aparcamiento para lanzarse a una ciudad que, a la mínima, adopta un aire de caos circulatorio a lo metrópoli oriental. Ayer, nos tocó maratón, una actividad sana para quien le siente bien, y fantástica para quien le guste. No sé si alguien gana dinero con la organización de tal evento, lo que sí sabemos seguro es quién pierde. Desde las arcas públicas, un despliegue policial tan enorme como de dudosa eficacia se llevará un montón de fondos por curro en finde. Desde el monedero particular de cada uno, huyó otro montón de pasta en el gasto en gasolina por ir de atasco en atasco, como en juego de la oca, porque por malagueño le toca. Las calles se transformaron para miles de conductores en una especie de pozo perpetuo o de cárcel que reiniciaba el juego en la casilla de salida una y otra vez. Lo digo con toda sinceridad, qué civilizados somos los malagueños. Nadie perdió los nervios y embistió con el coche algunas vallas que cercaban un recorrido que rasgó la ciudad, como si las calles de Málaga fuesen las de Nueva York o Madrid. Pero las fotos quedan resultonas, y el nombre de ciudad de Málaga asociado a una maratón, sirve para hacer póster donde nuestros ediles figuren como si hubieran organizado un evento de primera magnitud mundial. Otra cosa, es el pie de acera, tan ajeno siempre a las fotos políticas como el mundo de Alicia, del mundo que padecía Alicia cada mañana antes de atravesar el espejo. Así, una maratón para Málaga no tendría que fastidiar a toda esa parte de malagueños que no ha participado y que, según me he encontré en los diferentes atascos, enumeraba también una multitud. No fui el único flojo de la ciudad que se vio obligado a coger el coche la mañana del domingo.

Una maratón traza un montón de kilómetos, no necesariamente un tipo de calle. La de Nueva York, tan famosa, tan imitada, comenzó por trazar una ciudad racional donde, curiosamente, los especuladores y los pésimos arquitectos urbanistas tuvieron menos peso que en Málaga, tal como demuestra su trama de aceras y edificios que ganan dinero en el plano vertical, pero en el horizontal permiten calles y avenidas rectas. Allí cortan para cualquier acto multitudinario una avenida de Manhattan, les quedan otras diez en ambas direcciones, y disponen de una pista de un montón de kilómetros que apenas altera el tráfico y que, además, se suma a un transporte público eficacísimo. Giremos la vista a nuestra Málaga. Nuestro trasporte público reducido aún depende del estado del tráfico en superficie, las avenidas son pocas, tortusosas en varios casos, mal conectadas con las calles adyacentes y atascadas con una cantidad de tráfico moderada. A estas características hay que sumarle el hecho de que el centro está revuelto por las obras del metro, faraónicas según su demora y, encima, ayer era un domingo prenavideño, jornada en que una gran multitud se escoró hacia el centro de la ciudad para ver luces y hacer compras. En este contexto, desconocido para el área de movilidad, se realiza una maratón que cortó durante horas varias de las principales arterias de Málaga y obligó a los conductores, atrapados el pozo de la oca, a lanzar sus dados una y otra vez, a la busca de alguna combinación esquinera que los librase de tal condena. Me dirigía desde Calle Jovellanos hacia Parcemasa. Tardé una hora en salir de la ciudad, y esto no es un recurso literario llamado exageración, tan caro a los andaluces. Una maratón, ya digo, exige una distancia, no un tipo de avenida. La misma competición podría haberse realizado por los polígonos industriales, que también son ciudad. A no ser que, como aquel capitán que encalló el crucero “Andrea Doria”, alguien quisiera que la novieta lo contemplase bajo el balcón a trote por las aceras. Unos disfrutaban la carrera, otros nos comíamos los obstáculos.

El boicot de las colonias

6 Nov

No se preocupen, los perfumes no han tomado vida por interferencia del ultramundo durante Jálogüin. No. Su aroma favorito seguirá sobre la balda donde lo dejara, dispuesto a cumplir sus funciones. Ojalá pudiera en un domingo como hoy tirar de la alegría que a los malagueños nos insufla el sol de la mañana, y funambular sobre el espacio de las letras periódicas para que el lector se riera y, mediante su periódico, se evadiese un ratito de estas preocupaciones por la actualidad remitidas en un sobre de sinsentidos. Pero no. Los tiempos dictan su sentencia. Diversos medios inciden en que el boicot que, por lo visto, sufren los productos procedentes de las empresas catalanas significa un golpe también para la economía española en su conjunto. Me sorprendió que los bodegueros catalanes usen, por ejemplo, corcho malagueño para confeccionar los tapones del cava. A partir de ahora me asustaré menos cuando salgan disparados. Las factorías de pizza envasada emplean verduras extremeñas y alicantinas. En Zaragoza se lava gran parte de la ropa de cama que surte a la hostelería de la Costa Brava. Por simplificar la situación, el resto del Estado exporta a Cataluña producto en bruto e importa productos catalanes manufacturados; esto es, Cataluña se erige como la metrópolis que mantiene una relación colonial, según definición clásica, con el resto de las regiones, tal como sucedía entre el Congo y Bélgica, o Gran Bretaña y aquella India a la que Gandhi liberó del dominio británico, entre otras cosas, mediante una huelga que impidió la exportación de algodón a las fábricas de Manchester donde confeccionaban las vestimentas hindús. Las alarmas económicas demuestran, pues, que el acuciante sentimiento nacionalista catalán oculta ese sentimiento que siempre impulsó a los ricos a edificar zonas VIP protegidas de los pobres de al lado. No se trata de nacionalismo, se trata de insolidaridad.

De una crisis tan profunda como la que estamos viviendo se pueden extraer elementos positivos si se realiza una autocrítica por parte de todos los afectados, la sociedad española en su conjunto. El grave problema de España rima solidaridad con desigualdad entre regiones. Este fenómeno, como en Italia o Bélgica, ocasiona un desequilibrio impositivo. Los ricos concentrados en un área pagan más cantidad final, no mayor porcentaje, que el resto de pobres domiciliados en la misma calle. A partir de esa característica de la tributación social, los tramos altos del IRPF escupirán a la cara que los bajos son unos ladrones subvencionados, espíritu de los separatismos flamenco, milanés o catalán. Según Humboldt la lengua es el alma de los pueblos, yo creo que son las tarjetas de crédito. Los límites de la solidaridad son trazados por el tamaño del billete para ser solidario. Hay que entregar muchas toneladas de lechuga para poder pagar el escáner de un hospital. Desde Cataluña nos compran una verdura que regresa procesada y con un incremento de varias veces su valor. Como ya digo, una relación colonial, que podría ser llevadera siempre que por parte de los que acaparan los beneficios de este corral de mercado, existiese una idea de solidaridad, pero parece que no. En el caso catalán, el intento de ruptura, además, es jaleado por una izquierda empadronada en zona rica, que prefiere olvidar aquella doctrina de la unidad proletaria, lo que explica tanto charnego dispuesto a quemarse a lo bonzo envuelto en su estelada. La lección que estamos aprendiendo enuncia que las diferentes regiones de España se tienen que desarrollar por sí solas. Las ricas han convertido el estado social común en un grave problema. Si volvemos la vista hacia Andalucía, conozco empresarios que tuvieron que emigrar a Cataluña porque allí recibían más facilidades para montar su negocio. Hemos articulado un neocolonialismo ibérico al que la insolidaridad natural intenta extraer aún mayores beneficios mediante la erradicación de menesterosos de sus balances y, sin que se produzcan quejas por parte de las colonias a las que explotan. Cóbrame un corcho, págame una botella de cava y, encima, brinda por mí.

Esto se ha acabado

9 Oct

Aunque el oficio de pitonisa no me guste en absoluto, creo que puedo correr el riesgo de fantasear con el próximo final del proceso, a estas alturas ya convertido en caso tan judicial como esperpéntico. La marcha de empresas bancarias de Cataluña ocasionó que Atur Mas confesara al Financial Times que tal vez su país no estuviera preparado para independizarse, esto dicho por el mismo tipo que aseguró a sus monaguillos que el dinero jamás abandonaría Cataluña porque nadie huye de una región rica. Con los cacharros de comer no se juega. Una cosa es chillar por las calles con una bandera a las espaldas y otra arriesgarse a que tus ahorros sean manejados por personas de una solvencia intelectual muy dudosa, como son las sembradoras de odio y disparates de la CUP. Si a esto sumamos la manifestación y pruebas de cariño hacia Cataluña de quienes estaban callados y que al final resulta que eran muchas y muchos ciudadanos más de los que los secesionistas pensaban, creo que la próxima semana podremos dar por casi concluido este triste capítulo en la historia de España, a pesar de que a Puigdemont no le queda otra dignidad que una huida hacia delante ya que no es japonés. Imaginemos los pasos. A las hemerotecas me remito, para recordar que este extenso drama que ha escenificado la traición a toda la sociedad española se inicia cuando los jueces comienzan a empapelar a los Pujol por los casos de las ITV y otras minucias de podredumbre. Artur Mas, cuya incoherencia desvela su egoísmo, vio venir la poda de cabezas y quien poco tiempo antes había declarado que la independencia era cosa del pasado, ahora dio vía libre y financiación a toda esa caterva que lleva preparando este proceso desde hace décadas. Así no le importó ni la fractura social, ni que la nave fuese capitaneada por las velas del odio que es la peor manera de conducir cualquier asunto. Cuando pasó el testigo a Puigdemont sabía que entregaba el volante a alguien que ha exhibido sin pudor su reducida capacidad intelectual, aún menor que la de Junqueras, ahí tienen sus currículos, pero que ejecutaría su cometido sin reflexionar, cualidad propia de todos los visionarios que en este mundo hayan sido.

¿El final de esta película? Releamos el final de El Gatopardo de Lampedusa, es necesario que todo cambie para que todo continúe igual. La primera oferta, desde luego, será que todo regrese al principio, esto es, que los fiscales miren hacia otros lados y que el gobierno español aplique uno de los primeros puntos de la ley de transitoriedad aprobada por el parlamento catalán, esto es, una amnistía encubierta para los casos de corrupción investigados al norte del Ebro. Discursos emotivos en los que se incidirá en que no es hora de reproches sino de restauración de heridas y de búsqueda del camino común. Pactos municipales que restauren a los que siempre han mandado en Cataluña y regreso de empresas. Igual que los romanos realizaban sacrificios a sus dioses, también en este final debe de haber ofrendas. Los de la CUP y sectores de los republicanos se lanzarán a las calles al modo batasuno. El gobierno catalán, protegidos sus intereses personales, no tiene más remedio que enviar a los mossos para que garanticen el orden en las calles. Botes de humo, palos, disturbios en catalán, muerte de algún anarquista italiano, y entrega de los sediciosos a la policía nacional o la guardia civil. Ya están hermanadas las policías de nuevo. De todos los secesionistas, el único tonto útil que puede acabar en la cárcel, además de los antisistema, será Trapero figura incómoda en cualquier escenario de negociación. La Forcadell tendrá que ser recluida en el convento del que escapó. Fin. Una película de Berlanga, el Nostradamus español. Las crisis tienen sus efectos positivos, ya los veremos. A partir de los próximos presupuestos Cataluña aportará menos a la caja común del Estado. Todo el proceso ha sido urdido por quienes odian la idea de una sociedad española, pero ha sido promovido por una burguesía que hizo del “España nos roba”, un mantra demoníaco. Perderemos Andalucía, Extremadura y Castilla. Los ricos quieren independizarse de sus pobres. Parlem.

Por rondeñas

7 Ago

Vaya por delante de estas líneas mi pésame a Ronda por la pérdida en accidente de tan nobles vecinos. Dirijamos la mirada ahora hacia situaciones menos edificantes. La semana anterior nos enteramos de que algo en apariencia tan inocente como una boda celebrada en Ronda puede finalizar casi con efervescencias de dramón a lo Lorca. A priori nada es bueno ni malo, el tinte lo dan las intenciones. Por resumir la historia de la información aparecida en los medios, la boda civil de la hija de un concejal se realizó el día 17 del pasado mes, pero la alcaldesa oficiante y asistente firmó en el acta que el enlace fue celebrado el día 21. La contrayente comenzaba a trabajar el tal día 21 para el SAS, con contrato por algunos meses, pero como el mismo día se casó, los novios echaron mano de sus derechos laborales y tiraron para Nueva York, al tiempo que la alcaldesa firmaba al estilo de la Cristina Infante, esto es, lo que le ponen por delante, con ripio. Como decía aquel gallego en la película “Airbag” de J.M. Bajo Ulloa, el problema es el concepto. Todo esto lo hace un coleguín de la alcaldesa, uno de esos tipos con gracia que caen bien a todo el pueblo y no trasciende. No sé, imaginemos, le cuenta que la niña había pillado un hotel tirao de precio y un vuelo no reembolsable. Que siempre ha sido muy estudiosa y muy buena y que fíjate tú qué mala suerte que la llaman para trabajar el mismo día. La alcaldesa con sonrisa benévola llama a quien esté a cargo de la redacción del acta, ambos se ríen, el padre invita a la boda, y aquí no pasa nada. Una escena propia de “La escopeta nacional” de Berlanga que aún no ha despertado el suficiente sonrojo entre todos los estados del noble pueblo español. Pero aquí el problema es de concepto. El conceto, que pronunciaba a la gallega aquel personaje. El que pide o no pide el favor, pero que participa en el hecho, es un concejal, un cargo público tan obligado como la alcaldesa a firmar con veracidad todos los documentos y a conducirse con honradez en todos los actos. Ha dimitido, lo que en nuestro país ya es motivo de alabanza al santo del lugar como milagro, pero por el camino ha dejado una serie de declaraciones donde amenazaba a prensa y opositores con llevarlos a los tribunales porque se inmiscuyen en su vida privada. Un concepto por rondeñas.

¿Para qué se meten los políticos en la política? Tal vez este sería el primer concepto que habría que desgranar. Érase una vez en que una buena parte parte de los estratos mejor preparados de nuestro país decidió apuntarse a la gestión de la vida pública, incluso con peligro para sus vidas, o con menoscabo de su lucro; por ejemplo aquel en el que fueron asesinados los abogados de Atocha. Hoy la política nacional está tomada al asalto por quienes buscan la paguita que en la calle jamás conseguirían, por gentes de dudosa formación para asumir las tareas y responsabilidades que conllevan un cargo público, o por quienes acuden a robar y por otros intereses espurios al bien común. Los conceptos. Volviendo la mirada hacia Ronda, el ya dimitido concejal no se entera de que el ámbito privado de un cargo público tiende a cero cuando está implicado en cualquier acción de naturaleza administrativa. Una boda civil lo es y, por lo tanto, cualquier información sobre ese asunto es de carácter público, máxime si existe una sospecha de delito que no se puede zanjar con un no me di cuenta. Si el tipo que hubiera pedido tal favor o hubiera cometido tal descuido no fuera el simpaticón que antes describí, sino uno de esos cuya familia en el pueblo está enfrentada a varias de las familias de los ediles por antiguas cuestiones de lindes, pongo como ejemplo, la respuesta a la petición del favorcillo habría reflejado la contundencia con la que el derecho administrativo se comporta en estos casos. Ya lo dijo Kant, actúa de tal modo que tu proceder pueda ser aplicado a todo quisqui, así en malagueño. Y no, en este caso, no. No se trata de una cuestión privada, ni tampoco se puede olvidar con la dimisión del padre de la novia, concejal por añadidura. Es una cuestión de conceptos que se ha cruzado con una de intereses. Dice la alcaldesa que entregará la documentación a la fiscalía, esperemos que lo haga, por el concepto, vamos.

¿Es necesario el fútbol?

24 Jul

Los penúltimos acontecimientos de corruptelas, me refiero a los Villar y la federación de fútbol, demuestran aquel refrán español que avisaba hace siglos de que la ocasión hace al ladrón. Los tiempos corren de tal guisa que, incluso, permiten actualizar el dicho como la ocasión hace la corrupción. Cada época histórica ha tenido la suya porque cada tiempo propició sus ocasiones. Del duque de Lerma nos quedó otro dicho, para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España, se viste de colorado, en alusión de que el rey lo nombró cardenal para no verse en el compromiso de tener que juzgar a un noble. La ocasión. Sin embargo, los partidos políticos no abordan en sus propuestas una erradicación de causas de corrupción, entre otros motivos, porque sería lanzar piedras contra su propio tejado. Una erradicación efectiva de las ocasiones dejaría sin comederos a una buena parte de la clase política que ingresó en las filas de los partidos, Podemos incluido, con el único fin de medrar y conseguir prebendas, ya que en la calle son incapaces de lograr un trabajo decente. Imaginen para lo que serviría el currículum de Doña Susana Díaz, presidente de Andalucía, ocho millones de habitantes, una extensión como la de Portugal, si se atreviese a dejar el cargo. Y ese es el gran problema estructural de nuestra democracia, que la conducen políticos, en el sentido más estricto de la palabra, es decir, que son gentes de la polis, la ciudad, que aspiran a ese nuevo estado aristocrático que es el de político. Antes de cambiar la constitución, habría que modificar el código penal e incluso las estructuras del estado de un modo profundo y plantearnos qué debe ser estado y qué no debe ser estado, qué debe ser público y qué debe ser privado. Ahí, tenemos un último ejemplo con la federación de fútbol, un deporte con excesivas tinturas de espectáculo, con movimientos de millones que sonrojan frente a la inversión en educación, por ejemplo, y que es un negocio e, incluso, un campo más que abonado para que florezcan los fraudes a hacienda, corruptela privada, o los desfalcos y desvíos de fondos, corruptela pública.

Pero me preguntaba antes de empezar este artículo si el fútbol es necesario, incluso con interrogaciones que jamás me han gustado en un texto periodístico. Concluyo que sí, claro que sí. En primer lugar, al puesto del ahora encarcelado ya estarán postulándose por teléfono, redes sociales y almuerzos, sobre todo, almuerzos, una legión de aspirantes a, llamémosle, ocasioneros, sin me permiten el neologismo, por modernizar aquel arribistas y arbitristas con los que Quevedo bautizó a los miembros de esta plaga. En segundo lugar, es el nuevo opio del pueblo y el revulsivo para situaciones sociales. En ciertos barrios de Bilbao es complicado pasear con una bandera española; sin embargo, cuando la selección nacional -observen el adjetivo- de fútbol ganó el mundial, un montón de embravecidos se atrevieron a vestirse la camiseta roja y gritar la palabra España que tanto daño hace en los oídos de quienes prefieren destruir a construir. El fútbol es necesario, vale, pero en manos privadas como sucede en el deporte de elite en Estados Unidos. El Estado se estructura para paliar situaciones de desigualdad. El fútbol femenino, el fútbol base, el aficionado. A partir de ese nivel, el espectáculo y el negocio se conjuran para disparatar ese mundo de multimillonarios, ocasiones y ocasioneros. Pero ya digo, la semilla del mal es estructura en estos casos y con raíces profundas dentro de los estratos gubernamentales por muchos motivos. Ningún alcalde de gran ciudad puede permitirse un equipo local alejado de la primera división, aunque los colegios no estén climatizados. Pondrá billetes encima de la mesa y propiciará cargos públicos para tal efecto. Si España se declarara zona libre de fútbol de primera, no sé ni lo que sucedería en esas calles, a pesar de que nos hemos declarado país libre de ciencia de primera y no ha pasado nada. Por tanto, como cuestión de Estado nadie propone su absoluta gestión privada como si fueran peñas de dominó y nadie considera extraño el uso de dinero público. Claro que es necesario el fútbol.