Navideñismo

18 Dic

Ahora está muy de moda el término pedagógico “comunidad de aprendizaje”, descubrimiento semántico de un Mediterráneo si uno considera que el humano se caracteriza porque aprende del grupo mediante imitación o rechazo de la conducta que considere aceptable o ajena a su concepto de mundo. Lo he escrito muchas veces, pero el párrafo que más me llamó la atención cuando leí los Ensayos de Montaigne es aquel donde, tras reflexionar durante páginas y páginas sobre los saberes de su época, se detiene -imagino al autor con la mirada hacia el cielo- para decirse: “Qué cosa tan maravillosa es el hombre”. En efecto, nuestra capacidad de fascinar proviene de nuestra cualidad de ser impredecibles. No es la vida la que enganche porque sorprenda, atrapa porque uno quiere ver cómo lo sorprenden sus semejantes, sea en el sentido que sea. Tras lecturas y conferencias tediosas a lo largo de esta existencia, la filosofía que más aprecio es la más popular, la que nace de esa comunidad de aprendizaje ácrata constituida por cada vecino que encuentras en la acera. Mi maestro Don Cristóbal Cuevas contaba que, nuestro ilustre malagueño Jorge Guillén, escuchó una maldición por las calles de Sevilla: “Así te quedes más parado que el Silencio”. La dicente se refería a un paso semanasantero de aquella ciudad hermana. De tal frase nacieron profundos versos. La Generación poética del 27, como ya había descubierto Antonio Machado, aprendió a buscar en lo popular la raíz de una sabiduría que la cultura libresca sólo matiza; así uno puede encontrar un Diógenes o un Descartes en cada esquina cuando se pasea con ánimo de escolarillo atento a lo que pasa en la calle, y vuelvo a sacar la voz de Machado.

El caso es que disponemos en Málaga de una floristería con hechuras de cátedra, entre las muchas maravillosas que adornan la Alameda principal. Cada cierto tiempo aparece escrita una sentencia en su pizarra, y me tienen enganchado igual que un discípulo ante el sabio. Desvío mi ruta sólo para leerla, y procuro comprar allí las flores con las que suelo pedir perdón cuando este canalleo que me habita se me escapa de las manos. La última, no sé si hoy lunes aparecerá otra, decía: “Me voy a poner a engordar ahora, que luego en navidades todo son prisas”. Un aserto propio de cualquier griego de aquellos que cultivaban el cinismo. De pronto vi el navideñismo; esto es, los distintos métodos con los que cada individuo consigue que estos días pasen lo más rápido posible. La ciudadanía se pertrecha de su gorrito, su ropa interior rojo Ferrari, los espumosos, el dulcerío y de esa chacina que tanto demuestra la existencia de España; endereza las tarjetas de crédito para ponerlas al rojo, esta vez, rojo vivo, en breves horas mediante compra de regalos; por último, hace acopio de anti-ácidos que palíen un poco las torturas de cenas en las que se come con los ojos y, luego, la razón lamenta. Suceden otras cosas, por ejemplo, las comidas de empresa a las que uno acude por el qué dirán, por congraciarse con jefe y compañeros, y porque no sabe por qué acude. También sucede que surge la obligación de pelearse con el o la amante en torno al 20 de diciembre para volver a reconciliar la situación sobre el 8 de enero; tan complejas relaciones no deben interferir con la necesaria armonía familiar de estas jornadas. La navidad, y estoy convencido de que no sólo para mí, se anuncia como ese amigo o pariente con quien estás obligado a encontrate e, incluso, a alojarlo en casa durante un par de semanas, pero al que no quieres ver aunque te sientes obligado a soportar su presencia por motivos de moral etérea. Así opera el navideñismo. Unas fechas marcadas en el calendario que cada quien va saltando casi como una serie de charcos que pueden albergar pirañas o dragones medievales. Las jornadas intermedias tampoco están exentas de peligros. Ese navideñismo nos obliga a prometernos que dejaremos el tabaco, haremos deporte y hasta aprenderemos inglés. Diseñemos bien nuestro navideñismo, que luego todo son prisas.

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