El Canalillo de Isabel II

26 Abr

Tengo las manos espantadas en la cabeza desde hace tres o cuatro días y no sé en qué momento podré despegármelas de la frente. A este ritmo de noticias, imputaciones y escuchas, la operación Lezo me va a provocar algo peor que este tic nervioso. A mí no me da tiempo a asimilar ninguna noticia con este frenetismo en cada curva, yo soy de digestión lenta anticorrupción, de quejarme de cada centímetro probado y de creerme mis propias sospechas al doble de la circunferencia lógica de los demás, dos pi erre al cuadrado. Pero en este caso que me vienen por tierra, mar y agua de Madriz, me falta el aire y, a penas dos líneas o tres, como mucho, es lo que me permite mi entendimiento paciente discernir, en los periódicos, sobre tremendo desfalco, antes de que Ferreras o Cristina Pardo, o Mamen Mendizábal o Hilario Pino me estén metiendo a otro ladrón nuevo y rico en el jardín. Pero si yo estaba escuchando lo que le decía Ignacio González a Cerezo -¡aúpa Atleti!-, y lo que le respondía Zaplana sobre la buena opinión que les merecía Moix antes de que fuera Moix, cuando ya estaban en Al Rojo Vivo con el hermano de Montoro incordiándome en otro píxel de la pantalla. Lo del pitufeo no es lo que hacía el PP en Valencia, pitufeo es lo que me hace la Sexta para cansarme antes de propinarme el gancho definitivo de izquierda atolondrada. Yo estaba siguiendo tranquilito lo de Murcia hasta hace unos días, ¿dónde vamos? Descánsenme en paz, hombre. ¿Dónde tengo la botella de mezcal?

La cosa”, de la que estaba prohibido hablar durante la etapa más dura de la crisis, debería servirnos de ejemplo para sustituirla por esta otra “Cosa Suya”, la del PP y la familia. A ver, ¿se curaba la crisis hablando de ella?, no, ¿verdad? Pues, hablando de la corrupción estructural del PP, si hayla, menos. Les van a votar los mismos. Los liberales honestos con una pinza en la nariz. Los conservadores honestos cumpliendo su penitencia. Y los tres o cuatro millones de explotados que sin miedo, perderían su tenaz esencia. A los que se lo han llevado calentito del Canal de Isabel II, en realidad, no les habría hecho falta ni disimular. Si no fuesen gente bien formada, educada y de buena familia, directamente podrían cargar el dinero en camiones y enviárselo a sí mismo o al partido de sus amores a las Seychelles sin otros miramientos. Daría lo mismo. En 100 años, todos calvos -aunque algunos atrapados en su puerta giratoria-.

De modo que, con un antiácido listo en una mano y un resoplido que se me escapa solo, invocando a media voz a un dios mío que ya creía perdido, yo creo que no debería permitirse a la prensa destapar la corrupción e este ritmo sanguinolento, que los borbotones -¡viva el rey!- no le dan respiro ni a la indignación. Si con dos o tres llamadas se lo arreglan entre políticos, fiscales, ministros, exministros, sefuertes y salvoalgunascosas… ojalá se arreglen los líos. Se hace necesario un decreto ley que impida que se escriba sobre más de un corrupto al día. Como una nueva ley de vagos y maleantes que incluya en el enaltecimiento del terrorismo, junto a los titiriteros y los chistosos, a los que nos depriman descubriéndonos el mundo de la corrupción en el que los que nos gobiernan nos permiten graciosamente desenvolvernos.

¿Para qué este mal rato? Si se abierto el grifo y el agua del Canal de Isabel II nos llega al cuello. ¿Para qué? Si en dos o tres años los cabezas de turco flotantes estarán de nuevo urdiendo. ¿Para qué esta úlcera?

¿No habrá hoy fútbol?

Rebeliones y sucedáneos

19 Abr

La crisis nos ha cambiado. Ahora somos mucho más obedientes que hace 10 años. Se nos gastó la indignación en seguida. Nos duró lo mismo que la sensación de que sería algo pasajero, que no podíamos consentir, contra lo que la democracia, el Estado de Derecho o la Historia de Occidente estaban preparados para defendernos. Sin embargo, no tardamos mucho tiempo en averiguar que no había nada ni nadie tras los mostradores. Nos quedamos con las hojas de reclamaciones en la mano, hasta que el más listo de los quejumbrosos rompió filas, y uno tras otro deshicimos la cola, imitándolo, para atrincherarnos en nuestras casas. Había que salvarse. Para entonces, las airadas protestas a las que no estábamos acostumbrados, nos habían dejado exhaustos y nos entró miedo de no volver a ser los mismos.

Pero el pánico también se pasa. En cuanto comprobamos que no se atisbaba el enemigo tras las señales de humo microeconómicas. Por ahí andaba la prima de riesgo junto al hombre del saco pero había quien era capaz de verlos en el monte y decirnos por dónde debíamos encaminarnos para que no nos devorase como a Grecia. Entonces, nos recogimos los derechos y seguimos las indicaciones del buen pastor austero, sin estar seguros de quién lo había puesto ahí, ni si sabía de verdad dónde nos conducía. Nos recortó hasta la miseria. Pera eso o el caos. Eso o rebajarnos el sueldo. Eso o el futuro de nuestros hijos. Y ya nos lo han arreglado. Nos han quitado el miedo. El sueldo y el futuro de nuestros hijos, también, pero nos has quitado el miedo. Y la macroeconomía va viento en popa. Sin nosotros, pero viento en popa.

La travesía no sólo nos ha hecho obedientes, también sumisos. Ahora meten a los titiriteros en la cárcel y no se pueden hacer chistes sobre Carrero Blanco ni sobre la -preciosa, por si acaso- Cruz del Valle de los Caídos. Son actos terroristas o de odio. En otros sitios votan a Le Pen y aquí nos abstenemos con Rajoy. Salimos ganando. En otros sitios la crisis ha traído a la extrema derecha y aquí el Centro la abraza hasta engullirla despacito, expandiendo, entre otros, el concepto de enaltecimiento del terrorismo a límites insospechados. Aquí perdemos.

En España, nos hemos librado, por ahora, de las promesas electorales contra inmigrantes. De las leyes perniciosas de las asambleas de la vieja nueva Europa que considera delincuencia la raza, la orientación sexual o la nacionalidad equivocada. Los culpables de que nos vaya tan mal aquí, no son tanto los musulmanes malvados que les quitan el trabajo a nuestros vecinos en Francia, Austria, Polonia, Holanda o Inglaterra, entre otras exquisitas democracias, ni tampoco, los sudamericanos, delincuentes en potencia, que han hundido la industria automovilística en los Estados Unidos de America First. Pero aquí sí hay otros culpables, claro, de todos nuestros males: son la trama, ¡toma ya!

Los de Podemos deciden quiénes son los que se han llevado calentito nuestro dinero, los que han provocado los desahucios, los que han matado de frío a la pobre mujer que no podía pagar el recibo de la luz, en fin, los que se han encargado del desfalco nacional. Son Rajoy, Felipe González, Esperanza Aguirre, Inda, Juan Luis Cebrián, Blesa, Rato y otros cuantos malos malísimos designados a dedo por la gracia de sentirse los buenos de la película. Contra los corruptos, Podemos, que los reconoce a la legua, les cuelga el sambenito y los pasea por la ciudad en un burro-autobús. Sin juicio. Ni sumarísimo. Este y este. Y ese que se esconde y ese que nos critica. Y ese que cae mal a la gente, también. Desenmascara a los que considera para escarnio público e insumisión nacional. ¡A merengazos con ellos! ¡Viva la ira! ¡Abajo el enemigo! Señala y vencerás. Ya sea árabe, gitano, negro, homosexual o de la trama. Ya tenemos también en España los ingredientes: una excusa y los involuntarios muñecos del pim pam pum.

Más luz por favor

12 Abr

La Semana Santa de Málaga ha salido en los medios por un incidente nada habitual. Todo el mundo ha podido ver nazarenos corriendo en dirección contraria a donde señalaba su Cristo, o miembros desconcertados de la banda de bomberos con sus yelmos de pluma en mano. El caos, y su particular modo de ordenar las cosas. Felicitémonos todos porque al final fue un susto mezclado con unos nervios colectivos destemplados como tambores de juguete. Igual que en aquellas películas del oeste que entretenían las tardes cuando hace nada éramos niños, hubo quien se refugió en el fuerte que la policía local tiene en Avenida de la Rosaleda. No sé. La imaginación se desboca como el caballo de los malos y, tal vez, trajo imágenes de alguna invasión de Málaga que, ahora, no acierto a precisar en nuestra historia tan repleta de invasiones, por otra parte. Faltó quien asegurara que había visto romanos o fenicios corretear por el Puente de los Alemanes. El caos tiene estas cosas. Una mariposa aletea en la selva de Borneo y ya saben ustedes el resto.

También el caos sufre su caos, no todo es tan claro siempre como mi pensamiento. Por ejemplo, si reflexiono sobre aquellas tardes en que las películas de vaqueros ahuyentaban el aburrimiento, como el limón a los mosquitos, es decir, no del todo, descubro en el baúl de los recuerdos algún capítulo de histeria colectiva. Así, según cientos de testimonios, el mentalista, si me permiten usar este término moderno, Uri Geller dobló cucharas y detuvo relojes de cuerda en toda España a un mismo tiempo y a través de las ondas de televisión. Imaginen que están en su día de pijama con sus palomitas y la bebida carbonatada de su elección ya preparados para ver una peli de vampiros, y a media escena se dan ustedes cuenta de que su pareja sangra por dos boquetitos que se le acaban de abrir en la arteria del cuello. Pues así.

Incluso mediante ondas de radio se puede desencadenar una tormenta a miles kilómetros más allá. Orson Welles con su programa sobre la Guerra de los Mundos también consiguió que las familias americanas de varios estados pasaran un mal momento durante la retransmisión de un ataque marciano, nada más y nada menos. Se ve que el caos no es caprichoso con los medios de locomoción ni con los temas históricos que elijamos para librarlo de esas cadenas a las que la prudencia y la sensatez lo suelen tener atado. Si continúo con mi vena nostálgica y recuerdo aquellos enfrentamientos que protagonizábamos los mods, rockers y otras tribus urbanas, debo decir que las trifulcas callejeras en Málaga jamás causaron ningún desasosiego entre la población. El público las contemplaba y nada más. No podían ser aprovechadas por esa atracción permanente del caos hacia los disparates. Nadie hacía caso y cada uno continuaba a lo suyo.

No quiero minimizar ninguna amenaza de esas que existen y que quiera la fortuna que siempre se queden en la anécdota de hace pocas horas, pero el exceso informativo de sucesos terroristas prepara el ánimo para estos episodios colectivos. La difusión inmediata de un ataque en la otra parte del planeta, a la vez que muestra todos los datos y sensaciones frente al oyente o al lector que desayuna ante su periódico, dibuja el mundo como una pequeñita aldea global donde, en efecto, si una mariposa mueve sus alas no sólo provocará un huracán, sino que enfriará hasta nuestro café con su aireo. El mundo se ha comprimido. Hoy Uri Geller habría dejado sin cubertería a la parte de humanidad que no usa palillos y se habría convertido en santo patrono de todos los relojeros artesanos del orbe. Además de los titulares de cada suceso terrible, de esos que a veces nos hacen dudar de la condición humana, las noticias deberían de aportar un mínimo de sensatez y calma para que no sólo permanezca en la retina esa sensación contagiosa del caos. Luz, más luz como decía aquel personaje harto de tanta noche perpetua en su calendario.

Especies en peligro

5 Abr

Aunque soy temeroso de los bichos en general y de los voladores muy en particular, de niño me fascinaban los documentales de Félix Rodríguez de la Fuente. Dirán mis coetáneos que a mí y a todos, pero suerte la del buitre leonado, la del águila ratonera, la del lobo incluso, tan acosado siempre, de haber encontrado quien narrase sus infortunios con semejante talento para convencer. No tendrán esa suerte otros seres que ahora pueblan las listas rojas de especies en peligro de extinción: el atún rojo, que devoramos despreocupadamente, el oso polar, asado a fuego lento por el calentamiento global, el orangután, que compadecemos tarde y solo tras descubrir que los palmerales que sustituyen los bosques talados que habitaban, dan un aceite muy malo para el colesterol… Y el vecino del centro histórico, una especie en franco retroceso, que encima no le cae bien a nadie. Normal, son criaturas crispadas y ojerosas, cuya principal actividad suele consistir en poner denuncias por ruido u ocupación de la vía pública.

Terminarán por extinguirse, esas criaturas fastidiosas. Hasta las abejas, que pican, hacen un mejor servicio a la sociedad, porque dan miel y polinizan, y mientras encontramos otro medio de reproducción asistida, las toleraremos. El otro día estuve a punto de dar dinero para una campaña de apadrinamiento de abejas que me asalta con insistencia cuando intento leer la prensa online. En cambio los vecinos del centro… Ese centro tan precioso, con lo feo que era antes, lleno de terrazas y museos, y con ese calendario de eventos que no deja espacio al aburrimiento. No hemos terminado de pisar la alfombra roja del festival y ya estamos marcando el paso para las procesiones. Y porque, para según qué cosas, no pegan las luces de Navidad, si no, nuestra concejala de Fiestas las hubiera aprovechado hasta la Feria, y de día daban sombra en Calle Larios.

Miren si hay gente queriendo pasearse por la ciudad de Picasso, comer y comprar en las franquicias que van tomando las calles, que como los hoteles y camarotes de crucero no dan abasto, ya tenemos, nada más que en el centro histórico, más de 4.500 plazas de apartamentos turísticos, según publica hoy este diario.

¿Tantas?, dirán ustedes. Y más que van a hacer. Para que nadie tenga que perderse nuestro sol, nuestro buen rollo y nuestra oferta de imanes de nevera y delantales folclóricos. Y encima se enlucen hasta las calles secundarias, con edificios renovados y apartamentos turísticos limpios y modernos.

Pero ahí siguen, erre que erre, los aguafiestas. Por poco tiempo, porque son ya menos que las plazas para turistas. 4.000 vecinos censados frente a 6.000 plazas turísticas entre legales e ilegales, según los cálculos de la federación de vecinos del centro histórico. Harán ruido, darán la lata, y terminarán como los osos polares, huyendo a la periferia por el crecimiento exponencial de las rentas y por las promesas a propietarios de inmuebles del depredador mejor adaptado a nuestro hábitat, el buitre inmobiliario. Que se vayan con su insomnio y sus quejas, y así se ocupan algunos de los adosados que el estallido de la anterior burbuja dejó sin estrenar. Málaga está de moda, todo el mundo quiere venir a Málaga, y si no caben todos en el centro, centrificaremos lo que haga falta. Igual llega un momento en que tampoco caben los vecinos en los barrios. Igual llega un momento en que los turistas más deseosos de vivir “experiencias auténticas”, “culturales” o “de calidad” se van con sus maletas a otro lado. Igual para entonces el vecino del centro ya es una especie en el recuerdo, como el pájaro dodo. Igual, ya que los vecinos del centro no tienen caché ni peso electoral, un día hay que lanzar una campaña para apadrinar gallinas de los huevos de oro, porque nos las zampamos todas.

Ni vino ni rosas

29 Mar

A Málaga le han colgado muchas etiquetas históricamente. Las que menos hemos cuestionado los que la vivimos, son las que tienen que ver con su ambiente cosmopolita y portuario. Nos atrapa el Siglo XIX y nos embauca su misterio fenicio. El garum lo inventamos nosotros, ¿eh?. Y el dadaísmo, también. Los ojos de las jábegas son surrealismo puro, muy anterior a que nadie en el Cabaret Voltaire echara los dientes. Nos encanta soñarla como en el poema de la ciudad del Paraíso ese que, oportunamente, nunca hemos leído, como ninguna otra cosa de Aleixandre. La consideramos vanguardista por el aroma picassiano; industrial hasta las trancas por el vino que ha recorrido cuesta abajo tantas pizarras de la Axarquía; ociosa, por su burguesía bien acomodada, que se pasaba las tardes enteras entre cafés y tertulias, con amplitud de miras y sin estrecheces en su horario laboral escandinavo. En otra vida, si nos hicieran una regresión patriotera, todos resultaríamos Cleopatras y Marco Antonios del Perchel o la Trinidad, príncipes o reinas moras de Archidona, y muy pocos malagueños -si es que alguno-, analfabetos brutos, ni pobres de solemnidad. No sé de dónde habrán salido los merdellones descamisados que nos avergüenzan las ferias con las bragas mojadas en la mano.

Una vez, un asiático que me crucé en la Calle Larios me preguntó por la casa de Picasso y, sin darme tiempo a orientarme, otro señor muy antipático -que debió de ser boy scout en su día- se me adelantó por la izquierda y le dijo que siguiera recto 1.800 kilómetros y, una vez llegase a París, preguntara. No sé si la discusión anterior la tuvo en casa o en el trabajo porque se fue en seguida. Supongo que sería vecino del Centro, y que con las pocas horas de sueño que le concede el alcalde, las malas pulgas se las dejaba puestas en defensa propia. Aunque ya puestos a rebatirlo, tampoco iba tan desencaminado. No sé si el turista habrá llegado ya. Pues partió andando, y ya se sabe de la paciencia oriental.

Del abuso del Picasso malagueño ya dio cuenta Bergamín -otro hijo de malagueño-, en 1926, en su poema “Hija de la Espuma”. Ya han llovido cambios climáticos desde entonces. Sin embargo, éste, el Premio Nobel del que les hablé, García Lorca, Alberti, Prados, Altolaguirre, Manuel Ángeles Ortiz, la revista Litoral o la relación de nuestra ciudad con la Generación del 27 aportan visos de realidad a esa parte de la idiosincrasia malagueña que nos azuza el arraigo vanguardista y del que tan poco ha usado aún nuestro alcalde ni su equipo de artistas consejeros y lumbreras para demostrarnos el amor que siempre hemos profesado por la cultura y que justificaría hasta sus museos de quita y pon -no sé si tanto-. Como tampoco, otro debe, que otorgaría fundamento al cariz elegante y burgués del que presumimos con un té y varios jardines inigualables a la vista, sería reivindicar el patrimonio de nuestro vino. El de la DO Málaga denostada. El excepcional, único y distinto a todos los del resto del mundo, esta vez sí y sin molestar a nadie.

Pero no. Todas las tradiciones las concentra nuestro ayuntamiento en una. Picasso es a la cultura lo que la Semana Santa a nuestra tradición. Una gran burbuja. Un empacho excesivo. De ser un motivo de orgullo, una emoción familiar, una memoria de vida, lo está transformando el consistorio en una división entre hartos y devotos. Cortes de calles. Y más cortes de tráfico. Imprevistos, imposibles de seguir sin un boletín oficial bajo el brazo. Traslados, tambores, deshoras, grúas, días, semanas y meses. ¡Hasta ensayos! ¡El sábado pasado a las doce y media de la noche nos dejaron otra vez incomunicados en el barrio de la Victoria! ¡Por un ensayo! ¿De qué, de traslado, de procesión, de pasión, de penitencia?, le pregunté al policía local que me obligaba a darme la vuelta cuando llegaba a mi casa. ¿Qué importa? ¡De algún trono!, me dijo. Pues eso, de algún trono… ¿Y si algún oriental me preguntase por el Cautivo? Claro, ahora lo entiendo todo: le indicaría el camino hasta la Isla de Montecristo.