Somos mejores

23 Ago

Somos mejores de lo que pensamos. He llegado a esta feliz conclusión tras disponerme a borrar de mi lista de amigos desconocidos virtuales a todos los que aplaudieran, dieran pábulo o propagasen mensajes xenófobos en mis redes sociales. Supuse una escabechina, sinceramente. Porque lo que hemos soportado ha sido un ataque desaforado, indiscriminado, injusto, contra nuestra razón de ser. Había pensado poner aquí, contra nuestros derechos, o contra nuestra libertad, o contra nuestro modelo de sociedad, pero todos los conceptos que iba sopesando se me quedaban cortos.

Considero que la voracidad de este furibundo terrorismo radical que nos asola, sobrepasa su componente religioso, incluso el político o el histórico. No es un choque de civilizaciones, no. Los asesinos de Barcelona estaban integrados en la misma civilización globalizada que compartían con sus víctimas. De hecho, son simples peones teledirigidos a los que en algún momento de su vida, no sabemos aún cómo -aquí debería concentrarse la lucha social antiterrorista-, un santón les ha arrebatado el alma. No perpetran sus atentados suicidas en contrapartida a nuestros actos malvados, de hecho, no suelen incluir reproches en sus ataques, ni lectura de manifiestos, ni exaltadas reivindicaciones que pretendan justificar el odio ciego que los lleva a acabar con la vida de tantas personas inocentes. Sus ataques son contra demonios y fantasmas y, al final, contra lo que atentan, es contra nuestra razón de ser social. Contra nuestra mera existencia. Buenos o malos, fieles o infieles, altos o bajos.

Por eso pensaba que iba a encontrarme en el muro de mis redes sociales con un batallón de imbéciles culpando, señalando o menospreciando a los árabes, o a los musulmanes, generalizando sobre su supuesto apoyo a la violencia o al terrorismo, no por sus actos particulares, sino por su razón de ser social. Por su simple existencia. Peor aún, por sus creencias o su raza, sin más. Pero no, no han sido muchos. Seis o siete energúmenos despreciables. Contaba con que alguno más compartiera la opinión de uno de esos contertulios invitados a los debates televisados que afirmaban que todos los musulmanes eran en el fondo yihadistas radicales por frases contenidas en sus libros sagrados como estas: “así que ve y mata a los amalecitas; destruye todo lo que tienen. No les tengas compasión a sus hombres ni a sus mujeres, y ni siquiera a sus niños de pecho”, ah, no, perdón, que esto es de la Biblia…

Hay quien se preguntaba en mi muro por qué en España se permitía construir mezquitas si en Arabia no, iglesias, y afirmaba que debían de recogerse firmas para prohibirlas. A este, me ha costado mucho eliminarlo de mi lista de amigos virtuales, por escasito pero, antes, se lo he explicado: en España no hay religión oficial que construya ninguna iglesia ni permita ni deje de permitirlas. A lo que hay aquí, se le llama libertad religiosa y la culpa de que la haya, la tiene el Estado de Derecho en el que vive, aunque confundido por la noche de sus tiempos. Otra, a la que he tenido que eliminar, esta vez a carcajadas, ha compartido un discurso de Putin, “épico”, con una falsa traducción al español a través de subtítulos inventados, xenófobos y homófobos, que ella se ha creído a pies juntillas y parece haberle encantado…

Me pregunto: ¿Cuánto costará un solo bombardeo a esos desiertos lejanos de los que hablaba Lawrence Aznar? Me apuesto que lo mismo que nos gastamos en 10 años en toda Europa con los programas de integración. Incluyo aquí el dinero destinado a eliminar los guetos de pobreza en los arrabales de las ciudades y, presumo, que aún sobraría bastante. Pero no sería libre competencia de mercado y a los ultraliberales conservadores adeptos radicales de Lehman Brother, quizá, no les gustase.

Peatón de feria

16 Ago

Soy adicto al taxi. De hecho, lo uso a diario. Incluso, diría que lo disfruto, convencido de que se trata de la mejor manera de recorrer la ciudad en sus trayectos medios, largos o urgentes, no pudiendo elegir mejor momento que este para confesarlo y apoyar así al sector en sus presentes, y considero que justas, reivindicaciones.

Claro que me perjudica, por tanto, la decisión patronal -son autónomos- de detener el servicio (¡paro, no huelga!) y, sobre todo, el momento elegido para realizarlo, con los borbotones de tráfico colapsándome las arterias principales desde la aorta a calle Larios, aunque espero, aún con buen ánimo, que mi quebranto personal y el de tantos otros usuarios, conminados a abanicarse los faralaes a pie o, de puntillas, en la Empresa Malagueña de Transportes, haya servido para algo. Asunto que pongo en duda por más ganas que tenga de equivocarme.

Soy optimista, en el punto y hora que menciono el conflicto en pasado, apostando porque hoy mismo vuelvan a circular los taxis malagueños libremente, habiéndose desconvocado el paro. Pero más difícil veo que con esta medida de presión, a mi entender, precipitada, hayan podido resolverse los graves problemas que atenazan su futuro por la dejadez y desavenencias entre los ministerios de Economía y Fomento, más allá de las montañas.

Supongo la feliz desconvocatoria del paro para hoy mismo porque el alcalde se ha metido por medio y conociendo sus enredaderas, habrá intentado lo imposible con su parte contratante de la primera parte para posponer hasta septiembre la siguiente reunión, como suele hacer para convertir en infinitas todas las huelgas en las que interviene a tanto alzado. Se comprometerá a controlar lo que esté fuera de su control y más allá, siempre al borde de sus deseos.

Y, por otra parte, me he referido a que consideraba precipitado que los taxistas hubiesen decidido ausentarse de la feria, por las formas, repentinas e inesperadas y, sobre todo, por la causa última, colmadora final del vaso vaciísimo. Parece ser que el detonante del mannequin challenge de sus carreras fue un bulo. Las mititillas del desaliento por el maltrato recibido, que realmente llevan recibiendo desde hace al menos tres años por la incompetencia de la administración, fue la falsa noticia (o eso espero) de que el Ayuntamiento había habilitado una parada a los vehículos de Cabify en el recinto ferial, cuando estos no pueden legalmente aceptar clientes si no son servicios concertados previamente a través de una aplicación.

Tengo claro que los taxistas llevan razón pero, también, que tienen un mar de matices en contra. Océanos. Por ejemplo, según la normativa vigente debería haber una proporción de una licencia de “coche alquilado con conductor” (Cabify) por cada treinta de taxistas. Realmente, hoy, en Málaga hay unas 500 de Cabify por, aproximadamente, 1.500 de taxis. Se exceden en 450 los elefantes de la cacharrería local. ¿Y por qué no se soluciona? Ni el Ayuntamiento tiene competencia para hacerlo, ni la Junta de Andalucía, ni siquiera los jueces que, acariciando a Nessie, están obligados a cumplir con la laguna legislativa existente y conceder nuevas licencias VTC (vehículos turismo con conductor) cada día. El problema reside en las más altas instancias del Estado, en alguno de sus ministerios concretamente, que prefiere dejar el asunto en manos de la “libre competencia del mercado” por convicción ideológica, antes que intervenir con una legislación clara que regule el sector y le devuelva la certidumbre.

Los taxistas malagueños se equivocaron exigiendo que se vayan los cuarenta de Cabify que han venido de Madrid para la feria, cuando legalmente tienen derecho a permanecer aquí el veinte por ciento de su tiempo. No es el alcalde quien les va a devolver lo que entre unos y otros les están quitando. Ni la presidenta de la Junta. Ni el paro efectuado en Málaga. Está claro que a vergonzosos tortazos, los cuatro energúmenos que no se representan ni a sí mismos, tampoco lo arreglan. Donde hay que reivindicarse es en Madrid y charlar sobre la competencia mal entendida directamente con los incompetentes responsables.

Malaguf

9 Ago

Ya está aquí, ya llegó, la fiesta arregladita pero informal de Málaga está a punto de estallarnos de alegría. A partir del viernes fuegoartificiado y hasta la eternidad -ya sí que sí-, la mejor feria del sur europeo, qué digo, del sur universal, nos llenará las tardes de orgullo y las copas, de moscatel de alejandría, con todos los malagueños e invitados brindando por el éxito rotundo y definitivo de esta causa tan noble y que tanto tiene que ver con lo más profundo del sentimiento identitario de cualquier sociedad, en este caso, la nuestra. ¡Ole mi feria!

Afortunadamente, Don Francisco y, la que sin duda le sucederá en el cargo, Doña Teresa Porras, conscientes de tal importancia y del valor añadido que supondría, precisamente, distinguirse de las demás fiestas de nuestro entorno en lo que realmente nosotros mismos ensalzamos como propio y diferenciador, exclusivo pero incluyente -historia, folclore, cultura… en suma, tradición-, y además, teniendo en cuenta las críticas recibidas, cada vez más desaforadas, por parte, en mayor medida, de los residentes del Centro que se han visto obligados a malvivir con el caótico modelo Malaguf (sic), absolutamente descontrolado, que se impuso en su ámbito cotidiano durante décadas de feria padecida e indeseable, por todo ello, decía, por buscar la identidad, encontrar la diferenciación y por el bochorno que ha debido generar en De la Torre y Porras comandar una propuesta de feria como la del botellón de orín con las bragas en la mano que nos han ofrecido hasta el último ejercicio, se decidieron al fin, tras el balance del año pasado, a aceptar el reto de apostar por el golpe de timón necesario que pusiera rumbo a una feria sostenible, en la que todos los malagueños quepamos y que corrija los terribles errores consolidados por la dejadez y sus omniscientes ausencias.

El resultado, tras un año de esfuerzo, citas, encuentros, reuniones, grupos de trabajo, estudios científicos, recepción de propuestas, ensayos y planificaciones consensuadas, mirándose a los ojos y cogiditos de la mano, Teresa y Paco, Paco y Teresa, será esta nueva feria del Centro, 2017, que tanto nos agradará y que romperá con la tónica de ser lo peor que nos ha ocurrido en cuanto a las panderetas desde que la filoxera nos dejara las entrañas mudas hasta en el cante jondo.

Esta feria, primera de muchas, que mirará al mar verdialero, con sal de malagueñas en las comisuras del terral y pescaíto frito en los labios, que olerá a biznaga y a estiércol de poniente, con jábegas mansas en el horizonte, sin vino peleón en las calles, ni navajas bandoleras, ni ríos de la vergüenza que la crucen, con el botellón justamente prohibido a cualquier hora del día o de la noche, como sus altavoces agoreros, con premios a la mejor tapa y al mejor menú entre bailes memorables, esa feria vigilada y controlada, ¡qué alegría! que cumpla horarios y expectativas a rajatabla… esa feria que nos gusta, además, tendrá un programa. ¡Un programa apetecible! ¡Un programa cultural con dinero de por medio!¡Qué de vueltas le habrán dado a esos museos inservibles, para integrarlos, también, en la feria nueva de agosto! Ni una plaza sin su evento diverso, sin más relleno gratuito. Una semana grande donde se invierta más que en la del Cine, mucho más menudita en idiosincrasia aunque no lo sepan algunos. Una feria sin sombreros mejicanos. ¿Será posible? Con la décima parte de lo que se gastan en el museo más caro del mundo que culturiza desde la Palmilla hasta el Palo, se preparará esta feria contemporánea que nunca más dejarán a su libre albedrío ni Teresa, ni Paco. Precursores ya de la verdadera tradición y la elegancia que nos distingue con 27 retoques. Una feria sostenible, ¿ya lo he dicho? Rotunda, consolidada y querida. ¿Me repito?

Devoradas las calles por la marabunta, con las cuentas que sí salen en el PIB de los holdings pero, al fin y al cabo, no en las de las urnas municipales, si este año no pasa, si no hay cambios en la feria podrida, será al siguiente. Y si no, al otro. Y si no… si no, pobres vecinos del Centro.

El turista cien millones

1 Ago

Soy un turista. Soy de esa plaga. Por casualidad, me crucé en un buscador de sueños internelácticos con un vuelo barato a Budapest y ahora la paseo en pantalón corto. Por supuesto, alquilé un apartamento en el meollo centrórico, también loucost, y así me he ahorrado unas perrillas, guau, guau. Estoy dando saltos de pobre. Pero claro, aquí no hay mar (iba a escribir playa, anexando su canción tortadiza, pero he sabido negarme a tiempo, por responsabilidad cívica). No hay mar que por bien no venga, decía. Y me viene fatal. Por el calor. He subido la cuesta al castillo de Buda en un funicular como el que no nos hizo De la Torre soñando a Gibralfaro, me he hecho un hueco chapoteante en los masificados baños Széchenyi, ayer conduje un cochecito eléctrico en la isla Margarita y, al anochecer, me apunté a un romántico paseo en barco por el Danubio. Cafecito en la plaza Vörösmarty, visita a la Gran Sinagoga… Creo que ya lo he hecho todo. En dos días y medio. Y me ha sobrado tiempo para una siesta y tres cuartos, o sea, quince minutos tres veces con cabezadas de sopor en distintos tranvías, como los que no le gustan a De la Torre, ni a los amigos del Carnaval, ni a otras muchas asociaciones malagueñistas de ingenieros de caminos en sus ratos libres, resumiendo y en fin, a los malagueños todos, defensores de lo underground de superficie con pinta de autobús lanzadera trolebús metrobús -sin comas, todo ese engendro es una sola cosa en la mente ejecutiva de nuestro querido alcalde-. Y he acabado mi circuito budapestino. Porque a Ópera no voy a ir, y menos a entrar, porque aunque me las dé de cultureta cuando me pongo muy puesto a opinar, soy turistero de los de 40 fotos por hora, aunque disimulado con una camiseta de Los Ramones y aire despistado. De la plaga exactamente. Y de raigambre malagueña, que eso también tira al monte. Y lo que he descubierto realmente, durante este mi enésimo semiviaje cultural, y de lo que quería hablarles, es de que somos una fila interminable de cacharreros cortados por el mismo patrón, siempre en la misma elefantería turística mundial.

El edificio en el que me alojo es un trasiego de albañiles construyendo otra torre de Babel con sus móviles fotográficos, venidos de todas las partes del mundo a las que llega rayaner. Y los de siempre, los que nos soportan frente a su hogar, son ancianos que se cruzan enfadados por ocuparles con brindis absurdos los rellanos de su caminito a casa. Una señora tan mayor como elegante, me ha mirado con disgusto hostil esta mañana. Un poco por gordo con maleta estorbando en sus escaleras, y otro poco por robarle los rinconcitos apuntados a lápiz a lo largo de toda su vida. Y, yo, ¿qué le hago? le he dicho en silencio, disculpándome de soslayo. Yo he pagado lo que me pedía la hija de su vecina online. El que tendría que poner límites a los desmanes avalanchados de turistas invasores campando por sus avenidas en su día a día, debería ser su ayuntamiento. De hecho, en Budapest, ya cobran un 4% de impuesto municipal -y me parece poco- a los que alquilan apartamentos de aquí te pillo y aquí te mato con dos repisas de ikea y un aseo reformado con cocina americana, como hará, supongo, De la Torre en Málaga, en cuanto se lo piense, vuelta y vuelta mil veces, y acabe inventándose algo alegal por lo que seamos multados, lo recurra, y se nos atasque en los juzgados. Mientras tanto, en Málaga habrá derecho de pernada microurbanística. Derecho al intento de pelotazo turisticoide. Derecho a la burbuja inmobiliaria… Y el precio del alquiler para sus habitantes, subirá y subirá (un 12% en el último año), hasta que desaparezcamos como ha ocurrido en Venecia, Amsterdam, o el barrio de Gracia. Allí, en Barcelona, se han decidido a prohibir las estancias cortas apartamentadas. En Málaga, yo propondría como impuesto, la inclusión de una entrada a un museo delatorreriano obligatoriamente por cada día de apartamento y playa, para que sirviesen para algo útil. Aunque no sé qué opinaría sobre esto las fuerzas vivas de la ciudad. Los del Carnaval, los de las peñas malaguistas de cerveceros autónomos y los de la unión de socorristas de la Malagueta, entre otros. Habría que preguntarles antes. No sé yo si De la Torre.

Sainete del patrimonio

25 Jul

En España tenemos una relación curiosa con el patrimonio histórico-artístico. Las hemerotecas están llenas de casos que harían frotarse las manos a escritores de novela negra y de ópera bufa. Tenemos desde traficantes de arte religioso extranjeros cuyas hazañas se confunden con las de Robin Hood moderno, hasta abuelitas piadosas que, no pudiendo tolerar el deterioro de las pinturas de la iglesia de su pueblo, deciden aplicar lo aprendido en la clase de pintura sobre ellas. En Macharaviaya tuvimos un alcalde que contrató por su cuenta y riesgo a un familiar albañil para enfoscar el templete de los Gálvez, del siglo XVIII. Que estaba declarado Bien de Interés Cultural, pero por aquí, BIC no es más que una marca de bolis.

El alcalde dijo en su defensa que el templete había quedado mucho más lucido, pero para lucimiento el de la octogenaria Cecilia Giménez, que salió en el ‘New York Times’ como obradora del milagro de que el turismo llegara a Borja, terminó cobrando por diseñar etiquetas de vinos y vio cómo una productora estadounidense pagaba por su historia. Personalmente, de la historia del Ecce Homo de Borja me quedo con la pena de que Rafael Azcona y Luis García Berlanga ya no estén entre nosotros. La comedia nacional ha perdido una perla.

Otras historias se quedan en sainete. Como el último episodio de la prolífica en episodios Cueva del Tesoro de Rincón de la Victoria. Primer acto: El 10 de junio, el concejal de la Agencia Pública Administrativa Local Cueva del Tesoro y El Cantal, Antonio José Martín, del PP, denuncia ante la Guardia Civil “graves daños” en el interior de la cueva, descubiertos por personal del ayuntamiento cuando acompañaba a un equipo de televisión a grabar allí. Alguien había hecho un botellón y se habían dejado sillas y mesas, pintadas y grafitis. Pocos días antes, el PP había recuperado el sillón municipal merced a una moción de censura contra la alcaldesa del PSOE, que además de desbancada fue culpada de negligencia porque ya la habían advertido que allí no había candados ni nada.

En el segundo acto, nos quedamos todos tranquilos, porque los técnicos de la Junta de Andalucía, administración garante de la preservación del BIC, determinaron no solo que el botellón no se había celebrado en la zona de la cueva donde están las pinturas rupestres (de entre 34.000 y 7.000 años de antigüedad), sino que los grafitis no eran nuevos; ya se habían “inventariado” en 2005. Acto tercero: las acusaciones se vuelven contra el acusador, que para eso la Junta y el desbancado equipo de gobierno municipal defienden los mismos colores, y a la cueva se le pone un candado nuevo.

Lo dicho, un sainete, si no fuera por la parte que no se recuerda. Esto es, que cuando se redactó el PGOU de Rincón de la Victoria, con la cueva protegida como BIC, se concedió la máxima edificabilidad al suelo que la cubre. Que, en lugar de revocar la decisión municipal y para evitar tener que pagar compensaciones millonarias a la constructora que adquirió los terrenos, se prometió un centro de interpretación arqueológica como parte de la urbanización. Que ni las protestas de un tenaz pero reducido grupo de ciudadanos, ni las de la oposición municipal, encabezada entonces por un joven Francis Salado, actual re-alcalde del PP, pudieron impedir que la urbanización se construyera. Que del proyecto del parque arqueológico y del centro de interpretación nunca se volvió a saber, ni lo reclamó nadie.

Las vandalizaciones pasadas, presentes o futuras de este patrimonio arqueológico no deberían sorprender a nadie. A lo mejor habría que invitar a doña Cecilia Giménez a que viniera desde Borja para dejarnos algo pintado con inspiración, artística o divina.