¿Dónde estará la gaviota?

16 Oct

La política se ha polarizado en España en los últimos tiempos. La crisis económica, la irrupción de Podemos y que se hiciese pública la fortuna de la familia Pujol, serían tres importante detonantes en una larga lista de causalidades. Las crisis económicas producen primero indignación pero, en cuanto las oficinas de queja del Estado del bienestar se derrumban, irrumpe el miedo insuperable atávico, que deja desiertas las colas y en el suelo, arrugadas, las reclamaciones redactadas cuidadosamente. Cuanto más profundo es el terror a un futuro incierto, antes se alumbran los movimientos patrióticos, nacionalistas y xenófobos que ofrecen cobijo y autoestima, hasta la exaltación o la extenuación, según asome el carácter de cada pobre ser humano al que engullan. Surgen los populismos contra los poderosos, que dirigen los poderosos que pueden financiarlo, o contra los más débiles del lugar, que dirigen los mismos poderosos que, claro está, pueden financiarlo. Al final se pelean los pobres entre ellos, defendiendo una tela que los justifique, o un himno, o unas siglas, o una Historia heroica inventada, y ganan los de siempre, los que han permanecido en la colina sin despeinarse hasta que se ha acabado la batalla y regresan cansados a su castillo, donde se desprenderán con agua caliente de los vítores que les han dedicado, orgullosos, sus heridos en el camino.

En nuestro caso, al principio estalló la indignación. Se hacía insoportable la podredumbre repentina a la que nos veíamos sometidos por extraños términos financieros que no sabíamos que guardábamos en casa. Entre primas de riesgo, hipotecas basura, desempleo y desahucios, se perdieron las esperanzas, que estaban entre los papeles de arriba. A la vez, se destapaban cada día nuevos casos de corrupción política y Podemos surgió prometiendo que nos libraría de la explotación de “la Casta”. Venganza social antes que bienestar económico. Así arrancó la polarización que movió al PSOE más al centro, como supuesta casta asustada, y al PP a su propia derecha, como clavo ardiendo al que agarrarse ante sus problemas judiciales. Podemos fue mano de santo para el ventilador asustaviejos del PP, por su transversalidad carraspeante, y Ciudadanos le dio una patada a la parte en que sus Estatutos lo declaraban partido Social Demócrata, viendo la coyuntura. Todos los partidos se movieron un paso a la derecha para arrinconar a los nuevos radicales peligrosos, del Irán bolivariano, al otro lado del ring.

Y de ahí a Pujol. La que se ha liado. Para desviar la atención del supuesto desfalco de familia, CiU amagó con sentimientos patrióticos catalanistas hasta desaparecer. Los que no eran independentistas, ahora lo son más que nadie porque si no se los comen, por traidores. Y se sacan las banderas hasta retorcerlas. Lo que no ha conseguido el populismo de un líder de extrema derecha en España, lo ha conseguido la defensa de un supuesto robo continuado en la Cataluña del 3 por ciento. Los nuevos populares han encontrado su rumbo en los balcones. Los poquitos militantes de la extrema derecha que quedaban se han convertido en defensores de la patria, la tradición, la Historia, casi en héroes de los autobuses fletados a tierra infiel, para quitar las esteladas de la vista democrática de los paupérrimos españoles. Que siguen siendo pobres, pero orgullosos y entretenidos.

Vox, Ciudadanos, el PP, luchan por la hegemonía de la bandera española y la derecha. La polarización de la política ha logrado que donde todos los partidos querían estar hace un año, en el Centro, se haya quedado vacío. Nadie quiere ahora ese espacio. Conmigo o contra mí. Orgulloso de la España imperial, o de extrema izquierda. Apruebas mis presupuestos, o de extrema derecha.

La política española se ha convertido en un dónut, con himno nacional, vivas a España y Reyes Católicos en los discursos. Ya no hay gaviota, ni música latina, en los mítines del PP y eso me asusta. ¿Quién me iba a decir a mí, que los iba a echar de menos?

Que adelanten la Navidad

9 Oct

Ya se ha anunciado que el 30 de noviembre se encenderán las lucecitas de la felicidad navideña que otorgan fama de cosmopolita a nuestra ciudad en el mundo entero, según nosotros mismos. De hecho, el gran proyecto de gobierno del equipo de Francisco de la Torre de aquí a las próximas elecciones municipales consistirá en pulsar ese botoncito que nos capacite de nuevo para considerarnos como al auténtico pueblo elegido y verdadero abrillantador del Adviento universal. ¿No han oído nunca aquello de que en Nueva York nos copiaron los adornos? A mí me lo contó un taxista, orgulloso, que lo había oído por ahí. Qué pena que fuese absolutamente falso. Irrisoriamente absurdo. ¿Qué importa? Volveremos a ser divisables desde el cometa Halley y, otra vez, cegaremos a quien intente conectarse con nosotros en directo a través del google maps. Con creérnoslo, basta. Y nos encantará. Sí, ¿qué pasa? ¿Qué mal hacemos a nadie siendo los mejores de pacotilla? La señora Porras nos sirve gobernando en Málaga para encargarse de esta parte anímica, que atañe directamente a nuestra baja autoestima revolviéndose energúmena. Ella nos comprende porque es uno más de nosotros, una persona con entrañas malaguitas, que refrenda su trabajo a pie de calle y que igual sabe de bragas en la mano, que de retrasar un procedimiento sancionador en urbanismo, si hiciera falta. Es la mejor fontanera de un ayuntamiento que hace aguas, la pobre mujer. Si cantara, la voz le saldría de donde los bemoles a Lola Flores. Menos mal que no, y que su faceta artística la usa para dotarnos de algunos ratitos soberbios de cañita y pandereta. La peor parte de nuestra idiosincrasia es precisamente esta, la que nos inculca tal conformismo que nos impide mejorar.

Para los que no pueden permitirse viajar, lo de Málaga es grandioso. Y de lo grandioso de Málaga, se encarga Porras, por soleares. Y sí, nos gusta disfrutar de nuestra calle Larios bendecida por el buen gusto del señor Ximénez, perdón por el gusto del señor Ximénez. Porque bastantes penas soportamos el resto del año como para que no se entienda que en esta época nos merezcamos este mínimo derroche municipal en excesos fútiles, o para que se critique el colapso en el tráfico, o los problemas de seguridad que pueda generar tal aglomeración de personas… pues no, todos estos quebrantos habrán valido la pena en cuanto a que cientos de miles de votantes malagueños podremos haber paseado gratuitamente bajo el arco lumínico ese que parece ser tan importante porque siempre hay cola para verlo, empujando el carrito del bebé y con un móvil que dé fe de lo afortunados que hemos sido por disfrutar del ataque epiléptico fotosensible sin que nos haya producido daños considerables.

Si por el alcalde fuese, adelantaría la fecha del encendido al 30 de octubre. Qué digo al 30, al 10. Entonces nadie se fijaría en los pies de los responsables de su gobierno, ocultando documentación de la gerencia de urbanismo bajo el tapete. Si no lo hace -que no lo descarto del todo- será porque hacemos demasiado ruido. Málaga está muy sucia porque sus habitantes somos incívicos, sin que nada tenga que ver que únicamente se frieguen 140 calles y se baldeen 30 diariamente de las más de 5.000 que recorren nuestra ciudad. Por otra parte, las sanciones de la Gerencia de Urbanismo no prescribirían si no cometiésemos faltas urbanísticas, claro. Tampoco seríamos tan pobres si hubiese llegado a Málaga la Agencia Europea del Medicamento junto a miles de funcionarios con alto poder adquisitivo. ¡Pobres, que somos unos pobres, y por tanto culpables de las estadísticas que nos señalan paupérrimos! Ahora, además, el problema del ruido lo achaca a que hablamos muy alto. De la continua parranda que organiza Porras en el Centro, no dice nada. Falta que nos culpe de la parálisis que sufre la ciudad por haberle votado.

Qué ganas de lucecitas. Para no pensar en el hotelito, ni en los terrenos de Repsol, ni en Limasa, ni en el Metro, ni en el Astoria…

Por no llorar

3 Oct

Soy de lágrima disimulada y corrediza. De los que se las sorben cuidadosamente camufladas durante los discursos bien halagados para no sembrar dudas sobre mi rudeza. Otros, los que no saben descansar en los detalles, las considerarían fáciles. No. Todo lo contrario. Mis lágrimas son incomprensibles, dificilísimas. La fibra sensible se me desata especialmente con las manifestaciones artísticas más mediocres. No recuerdo el caso de que me haya ocurrido contemplando un cuadro o una escultura, que sería quizá una sensación más satisfactoria para mi alma dispuesta. Sobre todo si me pasara en un museo de arte contemporáneo. Eso me encantaría. Pero no. Me sucede, en cambio, muy a menudo y a mi pesar, cuando, por ejemplo, disfruto, a lagrimal libre de miradas indiscretas, de una buena escena tramposa con moraleja heroica de un peliculón de pañolada, o con ciertas melodías musicales, que no tienen por qué coincidir con las que más me agraden, comenzando por Verdi, pero, si tuviese que decantarme por algún llanto oculto estrella, señalaría, sin duda, el que sufro de reojo con los versos más susceptibles de ofrecer dolor placentero. Soy un verdadero llorica de los versos hirientes. De los certeros. Los que se clavan en el pliegue de la víscera desconocida en la que se esconden todas esos momentos nostálgicos que aún no se han vivido. Incluso he llegado a la conclusión de que un poema si no me hiere, es prosa y, por eso será que no lo entiendo.

Uno de esos libros de poemas que contiene cuchillas de honestidad entre sus versos lo escribió José Luis González Vera hace un tiempo. Cuando la vida le hizo mayor de lo que es ahora. Antonio Soler debió herirse entre sus páginas, como tantos que se atrevieron a violentarlas, y debió de ser por eso que decidiera rendir un pequeño homenaje a José Luis, incluyendo unos versos de Los Barrios Lentos en su última novela publicada, Sur.

Y, siguiendo el hilo, aguantando la respiración para no emocionarme ahora que me miran, iba a nombrar a otro de mis navajeros de las letras favorito, a Ben Clark, para señalar una anécdota que le sucede con unos versos traperos que se le han revuelto y, desde entonces, navegan sueltos hacia Andrómeda: «Tú lees porque piensas que te escribo. / Eso es algo entendible. // Yo escribo porque pienso que me lees. / Y eso es algo terrible». ¿No lloran? Alentados por el éxito, los versos, sí, decidieron renunciar a su página en La mezcla confusa y desnudarse en las redes sociales por su cuenta, incluyendo una renuncia implícita de paternidad. Se hicieron virales y hay usuarios que lo manosean como proverbio chino, como obra de Mario Benedetti o presumen de haberlo imaginado ellos mismos. El verdadero autor no se lo ha tomado a mal. Le decía Ben Clark en una entrevista a Daniel Escandell «mi poema viral ya no es, claro, mío. […] no es mío y no es de nadie, supongo. Quizá sea su propio dueño y tenga vida propia».

Eso es lo que les habrá pasado a los versos de Aleixandre en Lagunillas. Los que eligió el dibujante Ángel Idígoras, con buen criterio, para añadirle un toque poético a los maravillosos besuqueos que pretendió en su esquina. Qué buena iniciativa y qué poco ha durado. Dicen los versos que escribió un hombre hablando de un hombre «la memoria de un hombre está en sus besos», ¿no lloran?, y alguien que pensó que el poema era su propio dueño o tenía vida propia, no lo entendió. Lo emborronó con muy mala letra -y la memoria de las mujeres, ¿dónde está?, escribió-, e insultó al navegante -machirulo-. Insultó a la inteligencia. Al poeta. Al pintor. A las buenas intenciones. A mí. Y a él mismo. Esto sí que es para llorar a moco tendido. Sin esconderse y con pañuelo a rayas naranjas y azules, por si hubiese que sonarse. Ángel Idígoras ha eliminado su obra de arte de Lagunillas: «antes de borrar a Aleixandre, prefiero borrar todo». Y colorín, colorado, este beso…

Vengo del sastre

26 Sep

Desde pequeño me recuerdo siempre de lado del más débil. Iba con el gato de los dibujos animados, porque siempre perdía. Con la cabrita que se llevaba el águila en los documentales de Félix Rodríguez de la Fuente. Con Senegal frente a Alemania en cualquier competición deportiva. Con Kunta Kinte, claro. Pero sólo en su parte teórica. Sólo cuando estaba a gustito frente a la tele en el salón de mi casa y podía elegir bando sin que me afectara personalmente. Porque en la práctica, si había que jugar a la guerra en el patio del cole, yo era de los americanos, y como no había rusos voluntariamente, arrasábamos su ejército imaginario hasta aburrirnos, sin piedad ni prisioneros. Cuando había que jugar al fútbol, yo quería con Ortega, el Messi del quinto curso, para que le metiera 20 goles al rival y me abrazara haciéndome compinche de sus regates, aunque ni estuviese seguro de que él supiese, siquiera, cómo me llamaba. En definitiva, en una plantación sureña, habría elegido ser espantapájaros antes que mandinga, para ser útil. Por eso afirmaba al principio que me recuerdo siempre de lado y no al lado del más débil. Por eso sólo en la parte teórica, nunca en la heroica. Ante la tesitura de la primera persona, me habría salido por la tangente y pegado al sol que más calienta. Los niños y las mujeres, primero y yo después, con falditas y de rodillas, por si surgiese alguna duda incoherente sobre cuándo llegaba mi turno.

En la vida real nos gusta ser amigos de los que ganan o parecerlo. Celebrarlos para sentirnos partícipes de sus éxitos. Para asumirnos en su mismo equipo. Que nos reconozcamos amigos de sus amigos contentos, aunque no tengamos la oportunidad de estrechar jamás sus manos poderosas. Sobre todo de cara a nuestros vecinos, que se nos pueden adelantar en la alegría, causándonos profunda depresión. Cuando se pierde siempre, hay que disfrutar de lo que gana el otro y acercarse de puntillas, como si siempre hubiésemos estado ahí. Porque el que gana, siempre se lo merece, por haber llegado donde tú no. Por eso cambiamos de chaqueta, muy guapos, sin despeinarnos, por imperiosa necesidad, y por eso será que los resultados del CIS, siempre ofrecen esos vuelcos en sus sondeos, dependiendo de quien ostente el gobierno en cada momento.

Tantos años con el PP arriba, bien cocinado a fuego lento, y en apenas unos meses de gobierno del PSOE, tras una moción de censura imposible cuyos números no daban y que hasta prohibieron sus barones cuando parecían importantes y enfadados, los de Pedro Sánchez se han hecho valer, con diez puntos de ventaja sobre el ejército ruso imaginario de Casado, o de Rivera, o de Iglesias, o del independentismo, o de sus ministros dimitidos, según el CIS. ¡Lo importante que es ganar en política! Perdón, ¡lo importante que es gobernar en política!

Claro que, parece ser que aún no había dimitido Montón cuando le preguntaron al españolito medio a quién votaría. Ni se había puesto el ventilador sobre la tesis del Presidente. Ni Delgado había negado tres veces a Villarejo. Con todo lo que la prensa especializada aplaudió a la selección gubernamental que había formado el entrenador Pedro Sánchez, y lo rápido que se lesionan y se retiran sus jugadores. Al curriculum profesional, hay que añadir en la política 2.0 el curriculum vital, está claro. Empezando por lo expuesto en las redes sociales, siguiendo por las andanzas universitarias y concluyendo con las declaraciones a Hacienda. Y persignarse. Aunque teniendo en cuenta lo que afectó al CIS tantos temas de corrupción a lo largo de los últimos años, yo, si fuese de los que quedan en pie del gobierno, tampoco me alarmaría.

A mí, ya me puede preguntar el CIS cuando quiera. Me he puesto guapo. Yo del PSOE de toda la vida, claro.

Carcas

18 Sep

Otra vez los belgas. Cuando no son los alemanes. En esta ocasión ha sucedido por Valtonyc pero igualmente podría haber ocurrido a causa de Anna Gabriel, desde Suiza. En Europa nos sacan los colores cada vez que solicitamos que nos extraditen a un fomentador de odio, blasfemo, independentista catalán, titiritero o presunto enaltecedor del terrorismo de los nuestros, huido. Esta reiteración de fracasos procesales con nuestros supuestos socios, nos lleva a recordar que entramos tarde al club. Que en el 57 no formamos parte del Tratado de Roma porque nos gobernaba una dictadura fascista. Da vergüenza escribirlo. Produce miedo reconocerlo. Te da por recapacitar sobre el asunto y hasta negarlo tapándote la nariz, aunque no se encuentre ningún argumento en contra. ¿Nosotros? ¿Dictadura? ¿Fascista? ¿Seguro? Pero, ¿para qué removéis esas cosas? Qué empeño en reabrir viejas heridas, siempre con la guerrita del abuelo y las fosas de no se quién. Habría que hacer como en el fútbol, lo que pase en las cunetas, que se quede en las cunetas. ¡Carcas, que somos unos carcas! Alguna de estas frases no me las aceptaría como propias un software antiplagio, discúlpenme si quieren, porque dimitir, no tengo de qué.

Tuvieron que pasar casi treinta años para que en 1986 nos dejasen pasar a la CEE, con muchas reticencias. Tratándose de Europa, la mayoría económicas, claro, pero retratándose de Europa, la de la resistencia, la de Bella Ciao, la de la bandera democrática contra los fascismos y sus 45 millones de muertos, también muy exigente con las garantías políticas de los Estados miembros, que no terminábamos de cumplir. Ahí está ese modelo de transición democrática nuestro, tan particular, tan elogiado -sobre todo dentro de nuestras fronteras- que incluía un rey-héroe concesor y, para el vértice normativo, una ley de punto y final, que obligaba a pasar página cantando y que mantenía a todos donde estábamos pero con destape en los cines y derecho de reunión en los bares. Puede que esos treinta años perdidos en reconocernos vírgenes y libres tengan que ver con esos treinta años de ventaja en libertad de expresión que nos llevan en Bélgica o Alemania, donde tanto sufrieron el fascismo. ¡Carcas, que son unos carcas!

¿Qué ocurre ahora? Que en Europa ganan terreno los partidos de extrema derecha y en España, afortunadamente, por ahora, no. Quizá porque nuestras leyes arcaicas, ¡que somos unos arcaicos!, vayan muy por detrás que nuestros pensamientos, mucho más progresistas y permisivos de lo que nuestros jueces se ven obligados a interpretar. Por ejemplo, que el procaz actor Willy Toledo nos caiga bien o mal sería una cosa y que apoyásemos que lo condenasen por blasfemar, sería otra. Si se hubiese ido a Francia y un juez español hubiese pedido su extradición, habríamos vuelto a hacer el ridículo otra vez. Así de sencillo y vergonzoso.

El día que comprendamos que un panadero preso es lo mismo que un preso panadero, entenderemos que un preso político también es lo mismo que un político preso y no copiaremos los argumentos baladíes que oímos a los tertulianos de la tele que pretenden esconder el significado de las cosas para que no descubramos que el Valle de los Caídos no es un Mausoleo a Franco donde van los cuatro franquistas que quedan en España a recordarlo de vez en cuando, sino un valle con caídos, que no deberíamos de remover por ser unos carcas, ¡que somos unos carcas!