Pues no será plana

16 Ene

Considerarse terraplanista está muy mal visto. Creo que esa es la única causa que me hace dudar, no sobre este asunto, sino sobre confesarme idiota. Soy de los que no creen en lo que no entienden, eso sí lo reconozco envalentonado y por eso siempre he considerado a las cosas que funcionan sin cable como telequinesia. Por ejemplo, no me cuesta comprender a un ser divino cargando con el mundo, cierro los ojos y lo imagino perfectamente, jorobado por el esfuerzo, con barba oscura y en taparrabos, pero convencerme de que doy tantas vueltas alrededor del sol sin marearme, ni caerme al suelo, en rotación o en traslación, me cuesta mucho. Lo del bamboleo de Chandler me cuesta menos asumirlo porque soy bailongo. Sí me atrevo a reconocer que si tuviese dinero y no me viese nadie, me subiría al barco ese, que dicen los que piensan las mismas tonterías que yo pero en serio y sin avergonzarse, que los llevará al fin del mundo, supongo que para asomarse. ¿Para qué se iba a ir alguien al fin del mundo si no fuera para asomarse?

Por esa parte turbia de mi raciocinio que me hace más estúpido de lo que merezco, entiendo el funcionamiento mental que nos lleva a creernos las cosas más inverosímiles y absurdas. Lo peligroso es convertir esa parte reptiliana y concienzuda del ser humano inculto en un estandarte de vida y luchar por ellas en vez de reírtelas a carcajadas en coplillas ilegales de carnaval. Lo peor es sentirte un iluminado y dedicarle parte de tu existencia a compartirlas con los demás para que abran sus ojos a tu ideario de pacotilla. ¿Quién no ha pensado alguna vez que la tierra es plana? ¡Claro que es plana! Con la convicción necesaria, cualquier imbécil nos convencería con dos palos y una brújula de que el horizonte no es ovalado y que tu sombra no es lo suficientemente alargada como para seguirte en un mundo redondo perfecto. Es el sol el que gira alrededor de nuestro ombligo, inmortal hasta que se demuestre lo contrario un mal día. Y quien habla de terraplanistas, puede hablar de cualquier otro grupúsculo de repentistas que hayan descubierto la verdad absoluta tras cualquier conspiración de la Nasa, de los sionistas, del club Bilderberg o de la polaridad negativa de los imanes en las mezquitas.

Por eso hay racistas que no lo saben. Que lloraron con Kunta Kinte pero que no lo querrían viviendo en su bloque. Y por eso algún sobrado se ofrece a guiarlos en sus convicciones supremacistas para que no renieguen de su oscurantismo medieval, sino que lo ostenten orgullosos como parte de su patria. El que venga, que asimile nuestras costumbres imperiales. Y el español que vaya a trabajar a Dubai, ¿las suyas? O eso no, que son árabes. Eso no, que son musulmanes. Eso no, que no comen jamón. Eso no, que no beben ni gota. Eso no, que se cubren el pelo. Pero si a mí no me gustan los halcones, ¿qué hago? ¿Ni mi música puedo escuchar si me voy, ni los verdiales siquiera? ¿Debería dejar de celebrar mis fiestas? Pero, ¿por qué voy a renunciar a mis costumbres malagueñas por irme a trabajar a un país extranjero? Por el terraplanismo ignorante, claro.

Por eso también será que existen personajes que califican de “kale borroka” la justa protesta feminista de ayer. Los mismos negacionistas, en este terrible caso, de la desigualdad. Los que reclaman la supresión de los “organismos feministas radicales subvencionados”, con cierta ira. Esos que consideran que las cosas están bien como están y que por tanto hay que renunciar a toda norma correctora “que discrimine a un sexo de otro”. Son los que no creen justa la legislación vigente sobre violencia de género y exigen su derogación porque… ¿por qué?

Por eso mismo, porque la tierra es plana.

Ahora toca recoger

9 Ene

Cuando te haces mayor, se es un año mayor dos veces al año. La segunda vez no se celebra como un cumpleaños más, sino como si fuese tu última fiesta. Un poco lo es. Cada celebración de año nuevo acaba en una broma pesada, contigo abandonado en un páramo. Tú ya no has ido a ningún sitio, y si lo has hecho, ha sido a la fuerza pero, a cierta edad, eso ya da igual. Aunque hayas pasado la noche en casa, en zapatillas y en bata granates, has pasado otro año, doble, y has acabado sentado en un páramo. Ahora te toca recoger.

Leí el otro día que se indultaba a las cabinas de teléfono callejeras. Ya no se desmantelarán hasta nueva orden. Las iban a llevar a un solar. Junto a José Luis López Vázquez. Supongo que por inútiles. Ha sido un real decreto del gobierno in extremis el que ha obligado a Telefónica a continuar con el servicio, ese mismo que ya no prestaban. Telefónica existe aún, no estaba seguro. Al hilo, he pensado en el toro de Osborne, que también fue salvado, parece que fue ayer y ya hace más de veinte años -alguno doble-. En su momento me alegré. Cuando lo veo ahora en una camiseta barata apretadilla a un señor achispado con montera, me produce sarpullidos. Se ha enganchado en el tiempo, como un archivo gif incansable.

El que sí desfallece con el tiempo, sin remisión, es mi teléfono fijo de casa. Se le acabó el futuro. Se estropeó un día. Si no me equivoco, no hace mucho. Y me di cuenta entonces de que no me servía tampoco para nada nuevo. Bueno, lo echo de menos para ciertos asuntos irrelevantes. Lo usaba para buscar mi móvil cuando se lo tragaba la tierra. Y para llamar a un taxi sin abrir la boca. Ahora le tengo que decir al telefonista dónde estoy para que vengan a recogerme. Y levantar los cojines del sofá de vez en cuando. Pero su desaparición funcional me ha devuelto al equilibrio pacífico de mi ser. He de reconocer que a veces perdí los nervios por causa del proselitismo exacerbado de los misioneros que las compañías de telecomunicaciones contrataban para desesperarme. No sé quién les dio mi número fijo. Mi padre decía a los amigos, cuando se despedían, que les daría un telefonazo. Telefonazo ahora es otra cosa. Y yo ya me he librado de eso por la obsolescencia programada. Un buen tiro salvador por la culata. Primero desapareció el cassette, después el reproductor de vídeo y ahora el telefonazo de las 4 de la tarde. Poco a poco.

Sin embargo, hay cosas que reaparecen en el páramo de año nuevo irremisiblemente, con cada depresión de realidad aumentada. Lo peor de nuestra cuesta de enero es lo absolutamente cañí que suele ser. La natalidad va fatal. Y encima, el abuelo ha perdido a Chencho y se ha puesto tan nervioso que, aunque ha pasado por delante, no ha visto a nadie pidiendo auxilio encerrado en la cabina. Menos mal que por ahora, no se las llevan. Hay cosas que se quedan sin futuro. Pero a algunas de estas les da igual. Se quedan en zapatillas y en bata granates en un bucle permanente. Se manejan bien atrapadas en su pasado rancio. La extrema derecha es un claro ejemplo. Este año me lo encontré en camisón en el páramo de mi año viejo más contento que otras pascuas. Tuvieron ayer una cita con el PP. Hablarían de muros y deportaciones. De mujeres, lesbianas y homosexuales. Sin sorpresas. Aznar se quejaba de que Rajoy había fracturado el voto del centro derecha en dos. Ahora su delfín, jugando a derechizarse, en tres. Cosas de la obsolescencia. Un mal tiro por la culata. Ay.

Ahora nos toca recoger.

16 gigas de año nuevo

2 Ene

He empezado el año de limpieza. No creo que sea el único al que los buenos deseos recibidos a través de sus grupos de whatsapp le hayan dejado con el aviso de la memoria insuficiente en el móvil. He tenido que borrar todas las fotos importantísimas que acumulaba desde no se sabe cuándo a pesar de sospechar que jamás tendría tiempo de revisarlas. Estamos del 2019 hasta el gorro y de las dos copas de espumoso dorado en chinchineo de confeti hasta un sitio que me callo porque me educaron con el suficiente arrojo como para resistir. Las felicitaciones con guirnaldas enviadas en masa son un despropósito absoluto, qué os voy a contar, un tonto el que lo lea, que fue la primera broma pesada con la que nos maltrataron en la infancia y de la que no terminamos de desprendernos.

El tonto que las lee ahora soy yo en archivo adjunto, meditando sobre si quien me propone felicidad colectiva pretende que lo tenga en cuenta positivamente por haberme recordado allí embutido en un grupo de whatsapp o si ni sabe que pertenezco a él, por permanecer ahí agazapadito, sin rechistar y con las notificaciones silenciadas durante los años que me dejen, y simplemente me ha amontonado en el contenedor de los sin nombre de su lista de contactos para que me alcance algún granito de cariño del que esparce gratuitamente cada vez que puede a gotelé, para demostrarle al mundo que es solidario, atento y amable. Otra cosa ocurriría si le costase 50 céntimos en sellos quererme tanto.

Lo de este año ha sido un bombardeo de amor al soldado desconocido sin parangón. Supongo que se deberá a que cada vez nos perdemos mejor en el mundo virtual y nos hemos rendido a las redes -qué buena descripción- sociales. Si no, siempre está la globalización para echarle la culpa de todo. Alguno, hasta me ha pringado de fraternización universal con el mismo mensaje por partido doble o triple haciendo resurgir de sus cenizas varios grupos de whatsapp que creía desaparecidos. Pero no, son como los volcanes, algunos están activos aunque no rujan, los durmientes te emboscan cuando menos te lo esperas y, realmente, son muy pocos los extintos.

Y los mismos que utilizan el móvil para cumplir rápido con el expediente de felicitarte por aproximación, sin llamarte por tu nombre, son los que usan los muros de sus perfiles sociales para hacerle peticiones al año nuevo. Se lo piden como si tuviese poderes de concedérselo. Como ponerle velas a un santo, será. O como al enano saltarín o al genio de la lámpara maravillosa, supongo. Le pido al 2019 que tal o cual y tan panchos. Mira la magia de mi melena. Pues eso. Sinceramente, no creo que piensen que sucederá algo sobrenatural que los bendiga y se cumplan sus deseos, más bien que alguien del más acá repare en ellos y en sus buenos propósitos.

Tener una red social es como tener un altavoz. También para el que tenía una voz íntima bajita y tímida. Ahora le das al botón y suena. Y se puede predicar en el desierto. Los que se hablaban a sí mismos, ahora se escriben a sí mismos, pensando que tal vez alguien los escuche, aunque pocos los lean. Que tal vez, la humanidad les oiga y se haga una idea mejor de lo que son o de lo que les gustaría ser. El consejo que me daría a mí mismo y que publico en este muro para que alguien, si quiere, lo escuche es que si pueden, se enreden con la persona apreciada, mejor en un abrazo y en persona. Y si no pueden, porque se encuentra lejos en el espacio o en el tiempo, le envíen mensajes sin parar desde su interior, hasta acabar con cualquier atisbo de desmemoria -incluyendo la de su teléfono móvil, por cierto, siempre insuficiente-.

El amigo invisible

25 Dic

El otro día, ya de blanca Navidad, me salieron al paso en calle Granada y consiguieron apartarme durante cinco minutos de mi mal rato de compras. Me ilusioné por si era el CIS quien se interesaba por mis gustos pero deduje que no era así en cuanto me cuestionaron sobre el turrón y los refrescos sin azúcar, así que me entró prisa nerviosa en seguida. Sin embargo, les dio tiempo a preguntarme, antes de que huyera, sobre si a mí me traía los regalos Papá Noel o los Reyes Magos y, tras reflexionar un momento, les confesé que era de los desafortunados a los que se los traía el amigo invisible.

No sé de dónde habrá salido el amigo invisible, empezando por su inquietante nombre. La invisibilidad nos huele a mirra desde el principio, dotándole de ese toque sobrenatural de sospechoso, ya de entrada ciertamente desagradable para los que ni siquiera hicimos la mili y ni presumir podemos sobre ningún aspecto teórico de nuestra osadía. Un amigo invisible bueno podría ser un ángel de la guarda o una hada madrina de cuento, pero un amigo invisible malo, podría salir de las páginas más retorcidas de un libro mojado y mal secado de Stephen King. Un payaso fallecido metido en el alma de un autómata invisible, que nos persiguiera fantasmagórico en silencio mientras le buscamos en un chino de todo a cien, un regalo navideño al compañero de oficina que nos ha tocado en suerte, sin que estuviésemos seguros antes del feliz designio de fortuna, ni de cómo se llamaba. Y ahora, ¿qué le regalamos a este? ¿Estará casado, tendrá niños, fumará, le gustará el fútbol? Un cenicero del Málaga o de bienvenido a La Costa del Sol o de Picaso, menos líquido en eses que el verdadero para que la familia del artista no se dé por aludida. Es muy difícil encontrar, con un presupuesto de ansiedad, digo de amistad, tan ajustado, un objeto inútil apropiado que jamás usaría ni él, ni yo, ni nadie, que es lo que se debe regalar a un desconocido si se tiene tacto pues, algo que le sirva significaría, indudablemente, haberse preocupado en investigar sus hábitos en redes sociales y podría considerarse que respondiera a oscuros intereses, o incluso acoso.

Pero los amigos invisibles no se esconden sólo en el trabajo. Su máximo reducto se encuentra en la familia política. Se sortea y te toca la tía de tu mujer o su primo hermano. Si es ella, que huele a pachuli por moderna en el 68, no cabe duda de que unas barritas de incienso de los jipis del parque serían el regalo perfecto pero, ¿si te toca él? Y eso no es lo más complicado. Lo peor es decidir lo que quieres tú y exponerlo en el grupo de whatsapp. ¿Qué le vas a pedir a un familiar político invisible delante de toda la familia política visible? Si tienes fama de gracioso, un gel lubricante, está claro pero y ¿si no? No es por acertar con tus necesidades, eso da igual, escribas lo que escribas siempre te regalarán un fular, la responsabilidad radica en atinar con lo que pides como si lo deseases o incluso lo esperases, pues será de lo que todos estén pendientes para darte el aprobado o no soportarte. Lo mejor es pedir unas brocas o un palustre.

Y por último está el regalo obligado del amigo invisible entre los que de verdad conoces y quieres. Se confiesa que se hace para ahorrar porque resulta difícil reconocer la precariedad o la pobreza. Este amigo invisible sustituye a los Reyes Magos porque no hay más remedio. Es un Ratoncito Pérez de 100 pesetas bajo la almohada. Son los cinco duros que te daba la abuela para que te fueras al cine. Y las tonterías que recibas, siempre serán de oro puro, por menos valiosas que parezcan. Como los abrazos hasta el fondo. Se regala a uno entre cinco por necesidad y no por gusto. Baltasar de mi corazón, no me he olvidado de ti, espero que lo comprendas.

Cena de Navidad

19 Dic

Estas navidades regresan las estimaciones de voto a las conversaciones de sobremesa y las posibilidades de que se nos indigeste el pavo aumentan. El pavo es el muchacho nuevo que se ha traído la sobrina Yenifer a cenar y que no habla mucho pero parece preocuparse a medida que el vino desata el artículo 20 de la Constitución sobre la mesa -bendita ley mordaza- y no la pavita que nos comeremos durante la velada. Que tampoco será la que nos alimente, sino la que devoraremos sin piedad, por ser la invitada muy joven del hermano mayor, moderno de repente, que ha decidido, en plena crisis de los 50, separarse de su esposa veinticinco años después de que le advirtiésemos de que no le convenía porque no encajaba bien en la familia, justo cuando empezaba a encajar mejor en la familia. Aunque ningún extraño encaja nunca del todo bien en ninguna familia y menos si le faltan veinticinco años para alcanzar la edad necesaria para parecer la pareja nueva del hermano viejo, que no encajará bien en la familia por parecer hija suya, aunque le advirtamos de ello durante los próximos veinticinco años y aunque, esté operada, según sospecha mamá. Nosotros no somos de pavos en Navidad, básicamente. Preferimos el corderito. Que es como llamamos al chico francés, de Orán, que acompaña a Carmencita, la hija de la otra hermana, y que si no nos hubiese contado que estudió en París y que reside actualmente en Bruselas, donde trabaja Carmencita hasta que pueda regresar a España con un buen empleo acorde a sus estudios, pensaríamos que era morito, y no europeo. Que no es que en las casas malagueñas de bien tengamos casi nada atávico en contra de los moritos, pero mejor nos caerá quien sea, cuanto más cerca de Antequera sea. Por lo del sol. Nada que ver con el racismo. De todas formas, mamá, que es la que más se relaja con el vino navideño, no dejará de insistirle entre plato y plato sobre si sus padres también son de Orán, o si esa ciudad está al Norte o al Sur de Burdeos, que es donde ella estuvo una vez con papá, cuando era joven y guarda un gratísimo recuerdo. Papá no se acuerda de nada y por eso parece ser el único que disfruta de la reunión con inocencia o sabiduría. Ni le interesa la política. De hecho, sigue votando al PSOE, así que imaginen. Sí, todavía al PSOE, en serio. Y llegamos al pulpo. Siempre hay un pulpo en la mesa cuando el vino se lleva la vergüenza. Un sobón al que soportar. En nuestro caso, es el padre de Yenifer, que no ha terminado de encajar en la familia, aunque aconsejásemos a Carmen grande hace dieze años que no lo dejase por el qué dirán. Hoy le ha tocado a un lado la pava, pobrecita, y al otro, la amiga ruda que se ha traído la hermana mediana de la casa, de cuyo nombre no quiero acordarme. Siempre hay una hermana con la que no te hablas en las familias tradicionales malagueñas. Por una herencia o por neurología incompatible. Puede ser también por desavenencias con su marido, pero en este caso, sigue soltera. Siempre hay una hermana soltera, ojito derecho y pelota oficial de la madre en cada hogar. La amiga íntima de mi hermana mediana es todo lo íntima que se puede ser y un poquito más y todos lo sabemos en casa menos mamá, que se niega a aceptarlo, por más años que lleven cariñosamente viviendo juntas. Y no es que en nuestra familia tengamos casi nada en contra de la homosexualidad, que quede claro. A nosotros, mientras no nos toque de cerca, que cada uno haga lo que quiera con su vida. Pero nada de esto que he descrito es novedoso. Lo cuento mientras las mujeres se levantan a recoger la mesa y los hombres hablamos de política ultimando nuestras copas de vino. No porque seamos machistas en casa sino porque nuestras mujeres son serviciales y abnegadas debido a su buena educación. Lo nuevo y que quería contarles antes de liarme, es que mi tío Juan, el hermano de mi padre, al que acogemos con todo el cariño en Navidad, ha reconocido, llegado el postre, que vota a Vox. ¡A Vox! ¡Habrase visto! ¿De dónde habrá sacado esas ideas?