Mejor prohibir que torturar

12 Jun

Pocas cosas hay en la vida tan fieles, tan absolutamente seguras, como la devoción que me tienen los mosquitos. Uno me visitaba con regularidad a las cinco de la madrugada desde hace varios días. Llegaba con la idea precisa de lo que iba a hacer conmigo sobre el lecho. Estrategia bien planificada. Sin previos ni avisos iniciaba su cortejo de zumbidos alrededor de mí. No me quiero despertar. No quiero salir desde ese reino psíquico al que sé que no volveré con facilidad. Lanzo manotazos al aire con los ojos cerrados, me cubro la cabeza con la sábana y vuelvo a intentar apartarlo imaginándome rápido y potente como un huracán. El bicho insiste. Lo sueño como un aviador loco de aquellas naves que durante la primera Gran Guerra se decían pilotadas por militares nobles y caballerosos. Un mosquito noble y caballeroso. Doy otra serie de manotazos desparramados hacia el techo que sólo consiguen derribar la lámpara y varios objetos de la mesita contigua. Ni exactitud ni nada. Humillado y sin sangre, que se la habrá llevado toda.

Pocas cosas hay tan insistentes en la vida, tan seguras, como el deseo de venganza de los seres humanos. Ayer, sin ningún miramiento hacia la lealtad que ese insecto me profesaba, encendí las luces e inundé el aire de la habitación de insecticida en cuanto oí el rumor de su vuelo. Guerra bacteriológica. Caería como un valiente. Me refiero a mí. Al día siguiente, durante la siesta, emitieron un documental breve sobre el daño que los venenos usados por el hombre causan en la naturaleza. El ecosistema completo de mi cuarto y de medio bloque de vecinos había sido afectado por mis deseos de dormir, unidos a mi abominable ánimo de venganza. Esa microscópica fauna de arácnidos que retoza entre nuestras sábanas quedaba congelada en un fallecer de estatua. El resto de animalillos, voladores o no, sufrirían un final lento por mi poco aguante al picotazo de uno. Ay, dios mío, sin saberlo, había provocado efectos en toda la cadena alimenticia, contra la humanidad, contra mi propia curva de la felicidad, directamente.

Pocas cosas hay tan obstinadas en la vida, tan recalcitrantes, como los reportajes televisivos con presunta buena causa que te señalan. Me pasé años contemplando las gacelas del Serengeti y la matanza anual de ñus realizada por unos cocodrilos de no me acuerdo qué río. Años. Pero ahora, ahora nos toca arrepentirnos de toser y repensarnos. ¡Lo que estamos haciendo con el mar! Campañas organizadas por no se sabe muy bien quién, pero menos mal, pregonan el día sin alimentos envueltos, sin bolsas, sin paquetes de latas unidos por su red de aros. Al mismo tiempo, el telediario exhibe tortugas deformes por culpa de nuestra despreocupación, islas compuestas por kilómetros cuadrados de botellas, fondos marinos asolados y peces trufados por uno u otro tipo de sustancia relacionada con algún hábito de consumo diario. Imagino que el cierre de este tipo de industrias, tan relacionadas con los intereses petrolíferos, generaría un desempleo que ningún gobierno estaría dispuesto a asumir. Por eso no son ellos los responsables. El que mató al mosquito fui yo. Parece más llevadera esa política de hacer sentir culpables a quienes sólo intentamos dormir, o regresar a casa con el pan nuestro de cada día, cumplida esa maldición bíblica del trabajo y el sudor sobre la frente, para relajarnos con una limonada ante el televisor baja en calorías. Los pobres sólo tenemos defectos de pobres. Lo monas que son las bolsas pijas de tela que llevan los que las llenan con productos sanos y ecológicos. Pero los del chorizo pamplonica a un euro hemos venido a este mundo a destruir sin querer y a polucionarlo todo. Puesto que los mandatarios no se atreven a prohibir esos compuestos plásticos asesinos, el único ruego que deberíamos de hacerle es que tampoco permitan esta tortura a la que, como consumidores culpables, nos someten cada día. De momento, tiraré el fluflú. A lo mejor no le di y sigue vivo. Me sacrificaré por el planeta.

El toro guapo

5 Jun

Perdonen que les confiese me da igual lo que hagan con los restos de Franco. Con la edad me he vuelto pesimista y lo agravo con oportuna resignación. Sufro de ‘latofobia’, un mal que no existe ni en el diccionario, que consiste en un miedo irracional, que creía insuperable, a ir al médico por si me encontrase aún peor de como profundamente me temo. Y a cuento de eso, he descubierto que tengo algo en común con el dictador. Espero que solo sea esa cosa. Así como Franco, o mejor dicho, sus restos, no han ido al médico en los últimos 44 años de muerte, yo tampoco lo había hecho en los primeros 44 de vida. Al menos desde que mi memoria recogió el título del uso de razón, creo que no lo había hecho. Recuerdo mi primera vez con la doctora que me aguanta -poco-, cuando me comentó durante la cita que debía de haber algún problema con el ordenador pues mi expediente médico estaba en blanco. Sí, era un marciano caucásico, ¿y qué?

Mejoro adecuadamente, no por viejo, sino por madurito interesante. Mejoro de mente porque empeoro de cuerpo, quería decir. Y si yo me he desmejorado, que soy un adonis, abro un paréntesis para preguntarme sobre lo que haya podido suceder en este sentido con los famosos restos de la momia, me quito la mueca, aparentemente vigorizados a pesar de todo, aunque solo haya sido por el empeño extemporáneo de una ocurrencia que haya tenido Pedro Sánchez o algún otro iluminado de su íntima confianza. Cierro paréntesis (por ahora). De hecho, volviendo a mi enfermedad imaginaria, de no acudir al purgatorio de las salas de espera durante décadas he pasado a hacerme pruebas y análisis y a recoger los buenos resultados, ya dos veces desde entonces, esposado a la obediencia de intentar curarme, si no de otra cosa, al menos sí del espanto a lo desconocido. Hablando de lo desconocido, no critico que se intenten llevar los restos del muerto a otro sitio, critico que, durante el traslado, nos lo hayan dejado apoyado un momentito, mientras piensan algo, y nos dé la sensación de que no sepan ahora cómo quitarnos al muerto de encima. ¿Sería esto lo de levantar la cabeza que decía mi abuela? Hubiese preferido que, por parte del gobierno, se hubiese demostrado mayor planificación, discreción y eficacia con este asunto, simplemente. Pero ya he aseverado al principio que, llegados a cierto límite del sonrojo, con pesimismo y resignación se consigue que te dé igual lo que hagan con Tutankamón.

La salud, que es lo importante, por ahora va bien, gracias, y el miedo atávico, en proceso de remediarse afrontándolo con otros mayores. Solo el disgusto de sospecharme posiblemente enfermo de verdad me está curando de ponerme enfermo de pensarme. Mi nueva hipocondría surgida, supongo, de estas jovencísimas canas, me está viniendo bien, por tanto, para superar el horror que me impedía dejarme auscultar por los profesionales de bata blanca hasta hace tan solo dos o tres gripes. O sea, lo de la mancha de la mora que con otra verde se quita. Te sale VOX y te frotas con PSOE. Pues lo mismo. ¿Y si menear a Franco les ha venido bien? ¿Y si nos ha venido bien a todos? Ya nos contará Tezanos y su CIS lo que pensamos cuando no sabemos o dudamos.

Si bien es cierto que me dejo las castañuelas en casa antes de acudir a la consulta de mi médico de cabecera y que espero no tener que volver a verla de nuevo en otras cuantas décadas, reconozco también que me ha hecho muy feliz haberlas aprobado todas en el último examen, hasta las más difíciles, la de los triglicéridos y el colesterol. Como al final voy a cogerle cariño a los huesos del tirano por culpa de Carmen Calvo, estoy por llevárselos a Marta, si me dejan. Cariño hasta cierto punto, solo era para observar cómo suspende. A ver si esta vez no se meten por medio los tribunales.

¿Qué ruido?

29 May

Me parece que ya hemos cumplido con todas nuestras obligaciones electorales para los próximos tres o cuatro años. No sé qué va a ser de la sexta noche. Me produce cierta lástima lo que pueda ocurrir ahora con los datos de audiencia de ese tostón de programa, porque comparto con Isabel Díaz Ayuso la teoría de que lo feo es entrañable. Algún día revelaré, con parecido absurdo, mis nostálgicos atascos echados de menos, que también los tengo biensufridos, sobre todo atravesando Córdoba en los setenta y pocos, camino de otro agosto en Málaga. Ay, Málaga, qué bonita eras también así, pobre y achicharrada al sol de mis coquinas. Ay, más fuerte y otra vez suspirando. Ay.

Alquitranes aparte, más que la suerte que pueda correr Iñaki López, que no lo conozco personalmente, por haber llegado a este fin de ciclo electoral, lo que más me preocupaba del abismo sin programa -que ver en la tele o que leer en la web de los partidos- era la peor fortuna que podrían haber corrido los residentes del centro histórico por causa del resultado, reiterativo, de las elecciones municipales. Yo que soy de barrio, personalizaba el sufrimiento ajeno del residente hastiado en mi amigo Rafael, de buena familia arruinada por la filoxera en los tiempos de maricastaña. Hago un paréntesis para aclarar que los pobres no podemos arruinarnos nunca, una ventaja que tenemos. Volviendo al bueno de Rafa y salvando el escollo de la ruina vieja del tatarabuelo, su familia sigue siendo más adinerada que la mía de aquí a Lima. Y que la tuya también. Y, consuetudinariamente, ¿mal?vive en una perpendicular a calle Larios, en un segundo piso de techos altos con vistas lejanas a un piquito de la catedral.

Siempre que quedamos se queja del ruido de la noche del centro. Del poco sitio que le dejan las terrazas de los bares para acceder sin dificultades a su portal. De que en el primero le han puesto un apartamento turístico para despedidas de soltero de oficinistas de Valladolid. De que sus tíos se han tenido que ir a La Cala del Moral a vivir porque no resisten más el escándalo de la continua parranda que organiza el Ayuntamiento en la almendrita. Que si tiene que ir lejísimos a tirar la basura. Que si han cerrado todas las tiendas tradicionales donde siempre había ido a comprar. Que si el centro se ha convertido en un parque temático para turistas…

Digo que me preocupaba por los vecinos del centro, En pasado. Porque el domingo por la noche vino a mi casa pobre de barrio pobre sin problemas de ruido -tal vez sea el único problema que no tenemos- muy contento de que todo siguiese igual en el gobierno local. ¡Con una banderita del PP! Puestos a festejarlo, claro, lo celebramos juntos, que con los amigos hay que ser solidario. No sé si hicimos mucho ruido al pasar por calle Álamos de vuelta, a las tantas. Espero que no, rogando perdón y persignándome.

Con todo el follón del ZAS, con la de páginas que se han llenado en los periódicos con las justas reivindicaciones de los residentes del Centro Histórico, con la lata que se ha dado en los medios por la supuesta dejadez municipal y a pesar de que los responsables del Partido Popular ni siquiera respondieron -tampoco los del PSOE ni Ciudadanos- al cuestionario que les envió la Asociación de Vecinos Centro Antiguo de Málaga para saber cuáles eran sus planes para mejorar la situación del Centro y de sus vecinos, brindamos con champán del barato.

En una encuesta de febrero realizada por Metroscopia para el PP de Málaga se afirmaba que los problemas más importantes que señalaban los malagueños eran la limpieza de la ciudad (35%), el paro (31%), asuntos relacionados con el urbanismo (24%), el tráfico (15%), gestión del Ayuntamiento (8%), la inseguridad (7%), la pobreza (4%)… ¿Dónde está el ruido? Muy lejos. Sólo el 1% de los encuestados se quejaba del ruido.

El PP ha ganado las elecciones municipales en Málaga con el 39,62% de los votos. En el Centro ha conseguido el 58,96%. ¿Ruido, qué ruido? Me parece que los residentes del Centro Histórico están contentos como están. Los del ruido hacen demasiado ruido. Y esto, ya no es un sondeo.

Una velita a las elecciones

22 May

Me río por encima del hombro cuando me paso de listo. Me parecía absurdo que se le pidieran buenos deseos al año nuevo (sobre todo en los muros de los perfiles de las redes sociales de mis amigos) por considerar que el peor día de resaca de mi almanaque no era un santo al que ponerle una velita, ni un genio maravilloso que te estuviese agradecido por darle brillo a su liberación. Las cosas que se piden con las voces interiores se piden a quien se tienen que pedir, o sea a quien corresponda de entre los magos sobrenaturales, a través de sus medallas y estampitas, que para eso están, y por estricto orden consuetudinario, o no se piden en serio. ¿Cómo que “le pido al nuevo año que me salga un trabajo”? ¡Eso es imposible! El año nuevo no es milagroso, no. Incluso un almax hace milagros si tienes ardores pero un año nuevo, no, de verdad que no, nunca. Así que cuando leía las solicitudes microeconómicas que se enviaban al oráculo de facebook, dependiendo de quién las hiciera, o me indignaba por la soberana tontería o me lo tomaba a chufla, con regodeo de meme. Pero lo peor de saber más que nadie siempre es la estricta soledad que te genera ser un enterao. Reconozco que es mucha más divertido bajarse de la atalaya de la certeza ciega y rogarle, mejor dicho, pedirle -feo es pedir pero peor es rogar- a las elecciones municipales que te concedan tus deseos.

A las elecciones municipales les pido (qué sensación tan estupenda), en primer lugar, que se reestructure y se modere la política cultural de la ciudad para que no se pierda totalmente la gran inversión en humo que se ha realizado en los últimos años. Museos para mirones en una ciudad sin mirones interesados es como pedirle al nuevo año que surjan amantes del arte por generación espontánea que justifiquen tal despilfarro. Si en vez de contenedores de cuadros hubiésemos abierto contenedores de focas, nos quedarían las focas. En vez de eso, tendremos gemas invisibles y edificios que regalar a las cofradías en cuanto alguien con el mínimo conocimiento grite lo de sálvese quien pueda, segundos antes de que todos huyan espantados.

Corregido el mal camino cultureta, lo siguiente que le pediría a las santas elecciones municipales sería que en la próxima legislatura se hiciese una planificación turística adecuada que intentase corregir los perjuicios que el constante incremento de visitantes causa en la población local. La absoluta falta de previsión siempre ha pillado a contrapié al último gobierno de la ciudad. No se puede consentir un incremento del 40% en el precio del alquiler de la vivienda en la capital. Pero ocurre. A lo molesto persistente, siempre acabas acostumbrándote.

Puestos a pedirle a la magia de las elecciones, también me gustaría que mejorase la limpieza de la ciudad, claro. Y si no nos echaran la culpa por mancharla, ni a nosotros ni a los árboles, mejor. Si no hay que darle un dineral a las empresas privadas asegurándole beneficios cada año, mejor que mejor. Y si en vez de 50 calles, se baldean 500 diarias, saltos de alegría. Mi calle barriobajera limpita todos los días, por el canon de un museo, ¿hace?

Con esas tres cositas, sólo me quedaría pedirle a las municipales que acabasen las obras del metro pronto, que se protegiese nuestro patrimonio arquitectónico e histórico mejor que hasta ahora y no hubiese ninguna Villa Maya más borrada de ningún mapa y, para acabar, que me tocase la lotería.

Aunque con un buen gobierno, a todos nos tocaría.

Generación espontánea

15 May

Disculpen que no traiga hoy un tema de actualidad, y mira que no faltan temas golosos, desde el socorrido tobogán de Estepona hasta la última guerra comercial emprendida por Donald Trump contra China, que seguro que lloverá sobre todos. Pero llevo toda la semana yendo de Nietzsche a Descartes, pasando por Platón, para ayudar a una sobrina adolescente a preparar su examen final de Filosofía. El primer trabajo titánico ha sido convencerla de que aquellos señores filósofos no vinieron al mundo para fastidiarla a ella varios siglos después, y el segundo, tratar de encontrar en unos apuntes bajados tal cual desde alguna página web por un enseñante desganado, a filósofos que en su día lograron sacarme de pensamientos eróticos, sentimentales, futbolísticos o pecuniarios de los diecisiete para enredarme placenteramente en sus razonamientos.

Dado que hoy los libros de texto son tan sumarios que se comen los argumentos, hizo falta emprender una búsqueda en el mismo sitio al que acudió el profesor, la Red, donde está todo, para encontrar algún material capaz de vencer la resistencia de mi sobrina, que es de Ciencias, repite, y mejor para ella, porque Youtube está plagado de tutoriales para resolver problemas de Trigonometría. Ahí tienen la Khan Academy, cuyo fundador, Salman Khan, empezó como servidor, enseñando mates a una prima de otra ciudad a través de Internet y hoy tiene sesenta millones de alumnos en todo el mundo y un Premio Reina Sofía. Y sus materiales son gratuitos, pero, ay, omiten las humanidades. Para la Filosofía, en español, siempre nos quedan los argentinos. Menos mal, porque al final logré salvar la papeleta y creo que las horas empleadas podrán dar para el aprobado y para haber pasado un rato juntos devorando píldoras audiovisuales de siete minutos para asimilar conceptos abstractos que luego había que llevar a su vida cotidiana para que dijera ¡Claro!, abriendo mucho los ojos.

Llevar al terreno de los estudiantes la educación es uno de los grandes retos de las políticas públicas. Traducir conceptos y materias a su lenguaje. En mi época leíamos porque había uno o dos canales de televisión y mucho de lo más interesante estaba solo en papel, fueran libros sin dibujos, cómics o fanzines. Hoy algunos de mis amigos con hijos minusvaloran la forma en que se relacionan virtualmente. Cómo se pueden mantener conversaciones, relaciones amistosas, a través de un chat, se preguntan horrorizados. Y sin embargo he visto a algunos henchidos de orgullo porque su niña, viendo una serie de Manga en la Tablet, ha empezado a chapurrear japonés ella sola, o me he admirado de leer en la prensa que un chaval de La Línea de la Concepción de 16 años, Julián Fernández, ha fabricado en su casa, con un coste de 1.000 euros, el tercer satélite más pequeño del mundo, con la intención de llevar Internet a zonas rurales adonde aún no llega.

Es cosa de la edad no entender a los jóvenes. Mi bisabuela, con la que cada vez me identifico más, decía que divorciarte de ellos es el primer síntoma de que estás viejo, y el periodista polaco Ryszard Kapuscinski decía que oponerse a la juventud es una batalla perdida, porque de ella es el futuro. De nuevo menos mal, y en cuanto a nosotros, más bien podríamos preocuparnos de lo que les legamos. ¿Mal uso de las redes sociales? Si un marciano se asomara a Instagram, como testimonio de gente supuestamente culta y adulta encontraría sobre todo platos de comida, copas de vino, en el mejor de los casos atardeceres o paisajes del último viaje. ¿Poco seso? El último grito en la campaña para las próximas elecciones municipales, europeas y autonómicas es colgar vídeos del candidato o candidata de turno atacando bailes regionales o tomando una copita en la Feria de su pueblo. ¿Filosofía? Se me escapó el ejemplo para ilustrar el nihilismo, escojan cualquiera de los propuestos. Esas decenas de miles de muchachos y muchachas que han tomado la calle en todo el mundo liderados por Greta Thunberg, una estudiante sueca de 16 años, para exigir que cuidemos el planeta, o en una escala local, el recién creado grupo ‘@shhhmalaga’, lanzado por estudiantes de la UMA para pedir que se respete el descanso de los vecinos y vecinas del centro en las noches de marcha, en realidad son como las flores que crecen entre las piedras, sin que nadie las riegue.