Enseñar desde el cerebro del que aprende

9 Feb

El foco de la didáctica debe trasladarse del que enseña al que aprende. No tiene mucho sentido decir que enseñamos muy bien si nadie aprende. No es lógico hablar de calidad de la enseñanza cuando no existe un buen aprendizaje. Es como el comerciante que dice: ”Yo vendo, pero no compran”. Si nadie compra no se podrá pensar que tenemos un buen vendedor. O lo que vende no vale para nada, o pone unos precios excesivos, o hay una competencia eficaz, o quien vende tiene un carácter insoportable, o no está en el mercado a las horas en que los clientes compran. No hay calidad de ventas si nadie compra.

José Antonio Fernández Bravo, excelente profesor, magnífica persona y entrañable amigo, publicó en 2017 un opúsculo que lleva por título el que le he pedido prestado para este artículo. Con algunas de las ideas y anécdotas de ese opúsculo (se las he escuchado también en alguna conferencia) está circulando un vídeo por la red en el que, con algunos significativos ejemplos, hace patente su idea matriz: hay que enseñar partiendo de la mente del que aprende.

Me remito a algunos de esos ejemplos y añado otro que me ha llegado de muy lejos.

Un día le pregunta a un niño:

– Si tienes tres caramelos, ¿puedes comerte cinco?
El niño contesta con aplomo:
– No.
– Muy bien. ¿Por qué?, pregunta el profesor.
– Porque vomito, responde el niño.

José Antonio, que goza y nos hace gozar de un agudo sentido del humor, dice: “busqué la foto del niño y, en su expediente, escribí: No razona”. “Días después, añade, la madre del niño me dijo que había comido muchas chucherías y se había puesto malo. Descubrí entonces que el niño estaba aplicando una lógica implacable. No puede comer cinco caramelos porque vomitará”. Una lógica secreta que hay que descubrir. No es que no tenga lógica, es que tiene una lógica subrepticia que hay que conocer para saber cómo funciona su mente.

Cuenta José Antonio que un día preparó la programación del aula tratando de hacerles distinguir el objeto en sí de su representación. Buscó una lámina de un plátano y preparó la sesión. Les diría que se comieran el plátano y ellos responderían que no era posible porque no se podía comer, porque no había un plátano sino un dibujo del mismo.
Llegó la hora de la clase. Les mostró la lámina.
– ¿Qué es eso?, preguntó
– Un plátano, respondieron a coro.
– Ahora vais a comerlo.
Él esperaba que dijeran que no se podía comer, pero todos hicieron el consabido gesto de la mano llevada a la boca mientas decían ñam, ñam, ñam…
– ¿Está rico?
Y ellos dijeron con entusiasmo:
– Síiiii.
– Mi abuelo dice que tengo que comer uno cada día, dice un niño.
– MI abuelo se va a venir a vivir con nosotros, dice otro.
José Antonio concluye que el eje temático, a partir de ese momento, no fue ya el objeto y su representación. El núcleo de trabajo comenzó a ser el abuelo. Los niños le llevaron a otro tema, a su tema de ese momento.

José Antonio habla de lo importante que es escucharles, observar con atención lo que hacen, analizar con rigor lo que dicen. Es muy importante saber quién es el que aprende, cómo piensa, por qué dice lo que dice, por qué hace lo que hace.

“Tus silencios son los que conquistan su voz”, dice José Antonio. Con cuánta razón. Dice que fueron los aprendices quienes le han enseñado a enseñar, quienes se han convertido en sus maestros. Añade que aprendió a imaginar respuestas que jamás se le hubieran ocurrido

Un día les pregunta en la clase:
– Quién me dice el nombre de tres futas.
– Tres melocotones, responde un niño.
– Te pregunto el nombre de tres frutas, precisa el profesor.
– El niño insiste:
– Tres melocotones son tres frutas.
El profesor, con la ayuda de otros compañeros del niño, acaba consiguiendo que diga el nombre de tres frutas: melocotón, pera y plátano.

A los pocos días leen los niños en el libro de texto el siguiente enunciado: En una cesta has tres melocotones y dos peras, ¿cuántas frutas hay?
Un niño contesta:
– Dos.
José Antonio comenta con ironía: Claro, es que tiene razón. O la lié yo antes o la ha liado él ahora. Esto tenemos que aclararlo. Se pregunta: ¿qué me enseñaron los niños? Y se responde: todo. No existe método de enseñanza superior ala capacidad de aprendizaje del ser humano. Cuando el método falla, cuando no produce aprendizaje, hay que cambiar el método.

Hay miles de anécdotas al respecto. Cada docente podría aportarlas a cientos. Aportaré una más Diré dónde la he encontrado. Me regaló mi amigo Perico, Director de la Editorial Homo Sapiens, un CD con historias del humorista argentino Luis Landrisina. Hay varias que, según él mismo dice, le han contado algunos maestros. Voy a hacer referencia a una de ellas porque tiene que ver con ese pensamiento mágico, con esa lógica peculiar de los niños de la que algunas veces he hablado en este mismo espacio.

Un maestro les dice a los niños en el aula que no todas las culebras son peligrosas y dañinas. Al contrario, algunas, además de inofensivas, son beneficiosas para la zona que habitan. Uno de los niños de la clase levanta la mano:

– Maestro, ¿qué significa inofensiva?

El maestro, como tantas veces sucede, echa mano de un símil.

– Mira, le dice, tú has visto que hay petardos que hacen daño y otros que no lo hacen. Los que no son perjudiciales llevan en la cajita este texto: Petardos inofensivos. ¿Lo has entendido?

– Sí, maestro, dice el niño con aplomo.

– ¿Qué significa entonces que una culebra es inofensiva?
– Que no explota.

Su lógica no es la que nosotros esperamos, pero es su lógica. Tenemos que saber cómo se produce ese razonamiento. Es preciso conocer cómo funciona la mente de los niños y de las niñas. Lo he dicho muchas veces: para enseñar latín a John, más importante que conocer latín es conocer a John.

Hay algo más en los textos, en las conferencias y en el breve vídeo de José Antonio. Se nota una gran cercanía emocional a los niños y a las niñas, una gran pasión por la tarea, un profundo amor a la infancia: “Me hice maestro, dice, para actuar con amor sobre el espíritu del aprendizaje”. Ahí está la clave.

Cadenas y sueños

2 Feb

CADENAS Y SUEÑOS

He trabajado durante muchos años (clases, conferencias, seminarios, lecturas, investigaciones, escritos…) en cuestiones relacionadas con la organización escolar. Ahí están, para acreditarlo, mis libros “Entre bastidores. El lado oculto de la organización escolar”, “La luz del prisma. Para comprender las organizaciones educativas”, “Investigar en organización” (escrito por mí y por mis alumnos y alumnas), “Enseñar o el oficio de aprender: organización escolar y desarrollo profesional” o el que tiene el mismo título que le he dado a este articulo y al que luego haré referencia.

Cuando se legisla para la escuela se suele prescribir sobre el curriculum, pero pocas veces se tiene en cuenta el contexto donde se debe desarrollar. Es como si se diseñase un coche de línea aerodinámica, potente, veloz y elegante y se le pusiese a circular en los riscos de una montaña. El conductor se desesperaría, el coche no avanzaría y pronto quedaría destrozado.

La organización no solo es importante como marco e instrumento del curriculum sino que tiene dentro de su entraña importantes elementos que configuran un poderoso curriculum oculto, con aprendizajes subrepticios y persistentes verdaderamente importantes. Decía Kant que lo más importante que aprenden los niños en las escuelas es a estar sentados.

Cuando ya tenemos al profesor bien seleccionado, bien formado y dispuesto a trabajar, debemos situarlo en una organización que le ayude y no en un contexto que lo asfixie. La organización escolar tiene una gran importancia porque es el lugar donde se lleva a la práctica la acción educativa en función de un proyecto colegiado. Hace muchos años escribí, como he anticipado más arriba, un libro titulado “Cadenas y sueños. El contexto organizativo de la escuela”. La organización puede ser una cadena que nos aherroja o un estímulo para alimentar los sueños más ambiciosos de convivencia y aprendizaje.

Me preocupa mucho el hecho de que profesionales bien formados y bien seleccionados que entran como noveles en las instituciones escolares sean engullidos por una cultura asentada en las rutinas, en el pasotismo, en la descoordinación y en el pesimismo.

La institución escolar es la unidad funcional de planificación, de acción, de innovación y de evaluación. Una escuela no es un conglomerado de clases particulares. No es un conjunto de ideas, planes y acciones individualistas. En una escuela es fundamental tener fines compartidos y desarrollar actitudes cooperativas. No hay alumno que se resista a diez profesores que estén de acuerdo.

Se trata de una institución heterónoma. Alguien ha dicho que la escuela es una “organización paralítica” porque no se puede mover por sí misma. Tiene excesivas prescripciones. Creo que la escuela debería disfrutar de más autonomía para hacer un proyecto rico, atractivo y adaptado a las necesidades del contexto.

La institución escolar debe elaborar un proyecto de manera colegiada, para lo cual tiene que instalar en su seno estructuras de participación eficaces. Y luego tiene que garantizar una buena coordinación vertical, horizontal e integral. Los libros ingleses que estudian la organización escolar dicen que las escuelas son instituciones “loosely coupled”, es decir, débilmente articuladas. En efecto, si una fábrica de coches, cualquiera de ellas, descubre a las 5 de la tarde que el departamento que hace el chasis del coche está dejando unos huecos para las puertas más pequeños que las puertas que hace otro departamento, ¿cuánto tiempo tardaría en solucionar la descoordinación? Está muy claro: ni un segundo. Sin embargo, ¿cuánto tarda una escuela en solucionar la descoordinación entre lo que hace el profesor de 1º y de 2º de una asignatura? Hasta que se jubile uno de los dos.

No es fácil resistirse al poder de mayorías unánimes instaladas en el mercenariado. Son de sobra conocidos los experimentos de Asch sobre la influencia de mayorías unánimes sobre individuos discrepantes. La mayoría unánime hace que el individuo discrepante modifique sus percepciones, sus juicios, sus expresiones y sus comportamientos.

La cultura institucional es el caldo de cultivo en el que va a crecer o en el que va a agostarse el joven profesional. Hay culturas escolares en las que es muy difícil que prospere la ilusión y el entusiasmo del joven docente. Hay climas en los que difícilmente surge una innovación porque rápidamente es sofocada por aquellos y aquellas que tienen como lema de su actividad profesional la pereza. “Pudiendo no hacer nada, ¿por qué vamos a hacer algo?”, se dicen. Y fagocitan al innovador porque está poniendo en cuestión su actitud. Como no pueden desmontar argumentalmente la propuesta, destruyen a quien la hace.

Parte la solución de crear verdaderas comunidades de enseñantes en torno a proyectos educativos potentes. El claustro no debería ser el resultado amalgamado a que da lugar el conjunto de intereses particulares. Los criterios de adscripción a los centros deberían ser más racionales y más educativos. Deberían primar los criterios tendentes a la formación de grupos cohesionados y fraguados en un proyecto de escuela al servicio de la comunidad.

Y, una vez formado ese grupo humano, habría que buscar la estabilidad del mismo. Un proyecto sólido, rico y eficaz no se consolida en un tiempo breve. Es una pena que año tras año se produzca una emigración de la plantilla y una inmigración a la misma que dificultan la continuidad.

Cuando se planifica para el curso siguiente quienes van a irse apenas si tienen interés y valentía para participar. Hablo de interés porque están sugiriendo ideas para una realidad que no va a ser la suya y hablo de valentía porque algunos que se quedan, de forma un tanto cicatera, dicen:

– Tú te callas, que no vas a estar aquí el próximo año.

Los espacios, los tiempos y los medios… tienen que ponerse al servicio del proyecto institucional. Quien sabe lo que hay que hacer le pide a los arquitectos que traduzcan a ladrillos las pretensiones didácticas. Y no al revés. Los espacios han de ser creativos, funcionales y estéticos. Nosotros construimos los espacios y los espacios nos construyen a nosotros. Tenemos que poner el espacio al servicio del proyecto y de la convivencia. El espacio no debe encarcelar las ideas y los sentimientos. La hiperaula, de la que habla con tanto énfasis Mariano Fernández Enguita, es, por ejemplo, un espacio que solo se puede ocupar con un proyecto didáctico dinámico.

Quiero dejar constancia, para terminar, de la importancia que tiene la dirección en el buen funcionamiento de la institución escolar. Institución que, por naturaleza, tiene un carácter optimista. Belén Varela publicó no hace mucho un libro titulado “La rebelión de las moscas. Principios, pautas y estrategias para las organizaciones optimistas”. En él dice, cuando se refiere a los lideres de estas organizaciones: “el perro controla el rebano, pero el rebaño no lo sigue”. Creo que el director (o directora) de una institución escolar ha de tener verdadera autoridad. La palabra autoridad proviene del verbo latino auctor, augere, que significa hacer crecer. Quien silencia, machaca, aplasta, humilla, destruye y oprime, tendrá poder, pero no tiene autoridad. La tiene quien ayuda a crecer.

Su hijo es un genio

26 Ene

Importa mucho lo que esperamos de nuestros hijos e hijas y de nuestros alumnos y alumnas. En buena medida, llegarán a donde esperemos que pueden llegar. Si pensamos que no pueden llegar a ningún sitio, quedarán paralizados. Si pensamos que pueden llegar muy lejos, lo conseguirán. Explicaré lo dicho con un ejemplo que, probablemente, muchos lectores y lectoras conozcan. Me ha parecido siempre tan hermoso y significativo que vendrá bien traerlo a colación. Esta es la historia, contada sucintamente.

Un día, un niño pequeño llamado Thomas Alva Edison llegó a casa de la escuela y entregó a su mamá, Nancy Elliott, un sobre… Y le dijo, un tanto temeroso por el contenido: “Mamá, mi maestro me dio este sobre para ti. Me dijo que te lo diera y que tan solo tú podías leer lo que contiene. ¿Lo puedes leer y me cuentas lo que dice?”.

La mamá abrió el sobre y leyó atentamente la nota. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Se dirigió a su hijo que esperaba impaciente la información de la escuela. La mamá leyó en voz alta con todo el aplomo: “Su hijo es un genio. Esta escuela es demasiado pequeña para él y no contamos con maestros suficientemente buenos para enseñarle. Por favor, edúquele usted misma”.

Su madre, se dedicó a la tarea en cuerpo y alma, durante mucho tiempo, hasta que enfermó y murió. Años después de que su madre falleciera, Edison se convirtió en uno de los investigadores más importantes del siglo y llegó a conseguir crear cerca de 2000 patentes. Un genio deslumbrante del siglo XX.

se encontró la carta que años antes el maestro escribió a su mamá y la leyó con asombro. Entonces pudo leer con enorme sorpresa y no menor emoción el mensaje que contenía: “Su hijo es mentalmente deficiente. No podemos permitir que asista a nuestra escuela. Está expulsado definitivamente. Por favor, edúquelo usted misma”.

Edison se emocionó profundamente y plasmó en su diario estas palabras: “Thomas A. Edison era un niño con deficiencias mentales a quien su madre convirtió en el genio del siglo”.

Hasta aquí la historia que, como decía, muchos conocerán. No he confirmado su veracidad pero me parece tan hermosa y aleccionadora que he preferido utilizarla a pesar de correr el riesgo de que sea, en alguna de sus partes, una historia apócrifa. He leído, por ejemplo, que la frase de Edison que figura en el relato no aparece en el diario. Sea como sea, la historia no puede ser más hermosa y aleccionadora.

Una forma ingeniosa de informar a su hijo de la noticia escolar da alas al pequeño Edison que, en lugar de sentirse un fracasado, siente el acicate de ser una persona excepcional. Un genio, como le dice su madre.

En este caso, la escuela falla y la madre es la que actúa de manera amorosa, sabia y eficaz. La escuela falla porque expulsa a un alumno como si no fuera capaz de aprender nada. La madre acierta porque tiene fe en la capacidad de su hijo, porque tiene el ingenio de darle la vuelta al texto de forma inmediata y porque luego tienen la paciencia necesaria para ayudarle, un día tras otro, a que aprenda y a que estimule su creatividad.

Además de sabiduría, hay un factor determinante en esta historia. La madre ama a su hijo. Es el amor, añadido a la inteligencia, lo que ilumina su actuación. El amor le hace creer en su hijo, esperar lo máximo de él y ayudarle de manera más efectiva que lo que hubiera podido hacer cualquier otra persona, incluidos los profesionales de la enseñanza. No basta el amor, pero el amor es necesario.

Hay, como digo, también sabiduría. Porque la madre se convierte en maestra. Y una maestra que hace que su discípulo aprenda hasta convertirse en un genio. No le hace repetir solamente. Le anima a buscar, a investigar, a crear, a inventar.

Y hay constancia. Porque lo verdaderamente importante de la historia no es el momento en el que la madre transforma una bomba destructiva en un artefacto de salvación. Lo verdaderamente importante es la acción cotidiana que, durante años, la madre pone en funcionamiento para que su hijo aprenda. Admirable mujer. ¿Quién era?

Nancy Elliott nació en Chenango Country, una población perteneciente al estado de Nueva York, el 4 de enero de 1810. Su padre se unió a las filas del Ejército británico en la Guerra de Independencia estadounidense, que enfrentó durante ocho años a las trece colonias contra el Reino de Gran Bretaña.
A diferencia de su marido Samuel -que era un devoto presbiteriano con un bajo nivel de educación-, Nancy Elliot recibió una excelente formación hasta llegar a ejercer como profesora en su etapa de soltera. De ahí que, cuando expulsaron al pequeño Thomas del colegio en Port Huron, se encargase personalmente de su educación fundamental.
Esta decisión fue crucial para la trayectoria de Thomas Edison, que recibió una educación mejor que la de la mayoría de los niños de su tiempo. Sobre todo, por su especial dedicación. Nancy supo inculcar a su hijo el amor por la lectura y le hizo leer desde pequeño grandes obras sobre historia y literatura.
El 9 de abril de 1871, fallece en Port Huron (Michigan) a causa de una enfermedad mental, cuando Thomas solo tenía 24 años y unas semanas antes de que pusiera en marcha su primera aventura como inventor: la famosa “fábrica de inventos” en la granja deshabitada de Menlo Park, a las afuera de Nueva York.
Admirable mujer, que alumbró a un hijo extraordinario, no solo dándole la vida sino ayudándole a aprender, a investigar, a crear. Sin ella no hubiera sido quien llegó a ser. Y qué hermoso saber que él reconoció todo lo indispensable que ella había sido en su historia vital, en su enorme éxito científico.
Este es un caso excepcional. La escuela no suele actuar así. La familia no suele reaccionar así. No todas las familias que asumen esas situaciones consiguen lo que consiguió Nancy Elliott. No todos los niños que la escuela desahucia se convierten en genios. Sería demagógico sacar estas conclusiones. Sí se puede concluir que la fe en los alumnos y en los hijos estimula su esfuerzo y su aprendizaje.

La carta de Mario Bunge

19 Ene

Mario Bunge cumplirá este 21 de septiembre 100 años ya que nació en Florida Oeste, provincia de Buenos Aires, en el año 1919. Cien años intensos de investigación y de enseñanza.

Bunge es un afamado físico, filósofo de la ciencia y humanista acérrimo; defensor del realismo científico y de la filosofía exacta. Es conocido por expresar públicamente su postura contraria a las pseudociencias, entre las que incluye al psicoanálisis, la homeopatía y la microeconomía neoclásica (u ortodoxa), además de por sus críticas contra corrientes filosóficas como el existencialismo, la fenomenología, el posmodernismo, la hermenéutica y el feminismo filosófico. Durante algunos años enseñó en universidades de México, Estados Unidos y Alemania. En 1966 se instaló en Montreal (Canadá) donde enseñó durante muchos años en la cátedra Frotihngam de lógica y metafísica. Sabe muy bien lo que es ser profesor.

Mario Bunge escribió en 2003 un interesante libro titulado “Cápsulas”, publicado por la Editorial Gedisa. En la página 114 aparece la “Carta de los derechos y deberes del profesor”. Ni qué decir tiene que cada uno de los puntos es igualmente aplicable a profesores y profesoras. Dejo el texto como salió de sus manos, en lugar de explicitar en cada punto la diferencia de género.

1. Todo profesor tiene el derecho de buscar la verdad y el deber de enseñarla.

2. Todo profesor tiene tanto el derecho como el deber de cuestionar cuanto le interese, siempre que lo haga de manera racional.

3. Todo profesor tiene el derecho de cometer errores y el deber de corregirlos si los advierte.

4. Todo profesor tiene el deber de denunciar la charlatanería, sea popular o académica.

5. Todo profesor tiene el deber de expresarse de la manera más clara posible.

6. Todo profesor tiene el derecho de discutir cualesquiera opiniones heterodoxas que le interesen, siempre que esas opiniones sean discutibles racionalmente.

7. Ningún profesor tiene el derecho de exponer como verdaderas opiniones que no puede justificar, ya por la razón, ya por la experiencia.

8. Nadie tiene el derecho de ejercer a sabiendas una industria académica.

9. Todo cuerpo académico tiene el deber de adoptar y poner en práctica los estándares más rigurosos que se conocen.

10. Todo cuerpo académico tiene el deber de ser intolerante tanto con la anticultura como con la cultura falsificada.

Quiero hacer tres observaciones, entre las muchísimas que podrían plantearse, sobre estos mandamientos pedagógicos.

En primer lugar me parece importante que hable de derechos y deberes de forma simultánea. Poner el énfasis solamente en un de los dos polos, desequilibraría la balanza del acertado ejercicio profesional. Creo que en todos los artículos de ese código está haciendo referencia implícita al deber, no solo al derecho al que alude de forma explícita en alguno de ellos.

En segundo lugar, quiero destacar el énfasis que pone el autor en la necesidad de combatir la anticultura, la cultura falsificada, la charlatanería huera, la santería, la superchería, la brujería, la nigromancia… Es decir, todo aquello que no tenga rigor.

En tercer lugar, me parece muy positivo que hable del cuerpo académico y no solo del profesor o profesora como individuos aislados.

En un artículo publicado en el periódico ABC, de Madrid, en el año 1988, titulado “Contra el charlatanismo académico” presenta ya la carta sobre derechos y deberes. Cierra ese artículo con estas palabras:

“En resumen: tolerancia al error, pero intolerancia a la impostura, sobre todo cuando esta es costeada por el contribuyente. Es urgente adoptar semejante intolerancia, porque los enemigos de la ciencia y de la razón no sólo las están atacando desde fuera, sino también desde dentro de los establecimientos de investigación y enseñanza. Lo hacen amparándose en una libertad académica mal entendida. Digo «mal entendida» porque originariamente dicha libertad se ganó para proteger la búsqueda de la verdad, no para impedirla con la consigna “todo vale”.

Voy a aplicar estas reglas a algunas situaciones de la vida cotidiana. Cuando estas exigencias se llevan a la práctica por el profesorado, las personas formadas podrán hacer frente a numerosas trampas que se tienden a la ciudadanía desde diversos ámbitos.

– Anuncios televisivos. Hay anuncios engañosos, que contienen enunciados falsos, tramposos, mentirosos. Anuncios que intentan ganar la voluntad del espectador para que compre algún producto, contrate algún seguro o asista a algún espectáculo.

– Bulos sociales. En el programa Julia en la onda, dirigido por la periodista Julia Otero, hay una sección que se dedica a desmontar bulos que circulan por la red. Se titula “Maldito bulo”. Resulta impresionante descubrir con qué facilidad se generan y circulan alimentándose de la ingenuidad de muchos ciudadanos y ciudadanas.

– Declaraciones políticas. Hay mensajes políticos engañosos. Mensajes que se ponen al servicio de quien los lanza y los maneja de forma interesada.

– Rituales supersticiosos. Veo a algunos futbolistas, por ejemplo, saltar al campo haciendo varias veces la señal de la cruz, o tocando el césped o repitiendo unos gestos estereotipados. Veo muchos comportamientos de esta naturaleza.

– Atribuciones irracionales. Hace algunos años realicé con un colega la evaluación de un programa de educación diabetológica. Escuché a padres explicar la diabetes de su hijo diciendo que Dios les había castigado por algún pecado cometido. Es un ejemplo.

– Explicaciones absurdas. He oído decir muchísimas veces, ante una desgracia, un accidente, una muerte súbita: “cuando te tiene que suceder, te sucede”. Como si hubiese un destino, una fatalidad, un azar malévolo que ha decidido que eso tiene que pasar.

– Propuestas engañosas. Hay invitaciones que parten de la red en las que se prometen grandes fortunas, trabajos fáciles y bien remunerados, amores incondicionales… Y hay quien pica ese anzuelo.

– Declaraciones religiosas. No me meto con los creyentes. No. Solamente advierto de que se ponga el filtro de la razón a todas las afirmaciones, explicaciones y recomendaciones que se hacen desde este ámbito.

– Persistencia de mitos. El comportamiento humano está regido muchas veces por mitos diversos, por mitos que afectan a la educación, a la salud, a la comunicación, a la sexualidad, a todos los ámbitos de la vida y de la muerte.

– Horóscopos, videncia, santería y otras artes para manipular el pensamiento. Resulta sorprendente la facilidad con la que algunas personas se dejan arrastrar sin el menor obstáculo por tantas ideas falsas.

Nos sorprenderíamos si sometiésemos a análisis muchas afirmaciones, muchas actitudes y muchos comportamientos. Descubriríamos que hay poco rigor, poca coherencia, poca lógica en muchas de ellas.

La actividad profesional de los profesores y profesoras debería seguir los planteamientos que Mario Bunge propone en su carta de los derechos y deberes del profesorado para que los alumnos y alumnas aprendieran a transitar “desde una mentalidad ingenua a una mentalidad crítica”, como proponía Paulo Freire.

La vaca, el zorro y el pajarito

12 Ene

Conozco desde hace muchos años una fábula que han devuelto a mi mente algunas preocupaciones educativas recientemente estrenadas. Tengo una hija que está dando sus primeros pasos en la adolescencia. Y la veo tan ingenua, tan confiada, tan desvalida ante los peligros que la acechan, que la quiero dedicar esta fábula antes de que sea tarde. Va dirigida también a todos los padres y madres que tienen hijos o hijas en esta etapa en la que sus vástagos han dejado la niñez y no han llegado a la vida adulta. También va dirigida a todos aquellos educadores que trabajan con esta compleja etapa en la que los alumnos piensan que lo saben todo y que quienes les aconsejan no saben nada del nuevo estilo de vida del que ellos son maestros, no aprendices.

Cuento primero la fábula y luego aplico las tres moralejas a los hechos de una realidad inquietante. Sé que no es fácil escarmentar en cabeza ajena. Sé que estas lecciones suelen resultar inútiles para quien piensa que no las necesita. Aquí está, por si acaso.

Una vaca está pastando tranquilamente en el prado cuando ve que un pajarito se cae del nido cerca de donde corretea un zorro. La vaca, enternecida y temerosa por el peligro que corre el pajarito, defeca sobre él para ocultarle a los ojos del zorro. Si no le ve, si no le huele, podrá salvarse del inminente riesgo. Luego tendrá ocasión de limpiarle a lametazos convenientemente cuando el zorro se haya ido. Pero el pajarito, que se asfixia debajo de la capa caliente de la bosta, comienza a piar de forma desesperada. El zorro levanta sus orejas prestando atención y tratando de identificar el lugar de donde procede el angustioso piar. Corre veloz hacia el montón de plasta y escucha los piidos del pajarito. Lo coge con la boca, lo lava en el río y se lo zampa en un instante.

De la fábula se desprenden de manera evidente tres moralejas. Primera: alguien te puede llenar de mierda con buena intención. Segunda: Alguien te puede sacar de la mierda con mala intención. Tercera: Cuando estés lleno de mierda no digas ni pío.

Los padres y los profesores exigen a los hijos y a los alumnos muchas cosas que no quieren hacer, les plantean recomendaciones que no les gustan, les ponen límites que ellos desean traspasar, les reprochan aquello que no hacen bien, les niegan permisos que solicitan sin cesar, hasta les castigan para que se enmienden cuando se han portado mal. Restricciones en el uso de móvil, recortes en lo horarios de regreso, negativas en la solicitud de regalos, demandas contundentes sobre el comportamiento, exigencias respecto a los estudios, reconvenciones sobre los amigos, colaboración en el establecimiento del orden en la casa… Todo necesario. Nada placentero.

Acabo de recibir al respecto una anécdota significativa. Está contada en inglés. Presento aquí la traducción de lo que el padre va diciendo al describir y explicar las imágenes que va grabando desde un coche que sigue despacito los pasos de una niña que va caminando con su mochila escolar a la espalda.

“Buenos día y feliz lunes para todos. Es un feliz lunes para algunos de nosotros. Un breve contexto para el vídeo que estoy grabando. Esta hermosa dama es mi hija de diez años que por segunda vez ha sido expulsada del autobús escolar por hacer bullying a otro estudiante. Déjenme ser extremadamente claro: el bullying es inaceptable, especialmente en mi casa. El viernes pasado me trajo la notificación de su expulsión del transporte escolar. Ella me dijo: Papi, me vas a tener que llevar al cole la próxima semana. Como ven, esta mañana ella está aprendiendo la lección de otro modo. Muchos chicos, hoy en día, creen que lo que hacen sus padres por ellos es un derecho y no un privilegio, como llevarles a la escuela por la mañana o trasladarlos en autobús por las mañanas. Por eso hoy mi hermosa hija va a caminar 5 millas (ocho kilómetros) para ir a la escuela con 36º de temperatura (2º C). Sé que muchos padres no estarán de acuerdo conmigo. Creo que estoy haciendo lo correcto para darle a mi hija una lección y que no siga acosando”.

No sé si yo hubiera actuado así en un caso similar. Tengo mis reservas sobre los castigos. Porque temo que, con ellos, se aprenda a hacer las cosas bien por el miedo a recibirlos y no por el sentido del deber.

Voy a la primera moraleja. La “caca” de la dureza, de la exigencia, del dolor, molesta y huele mal. Preferiríamos estar lejos de ella. Preferiríamos no verla, no sentirla. Alguien nos la pone encima por nuestro bien. Para protegernos de los enemigos que nos pueden destruir: la indolencia, el abuso, la insolidaridad, la falta de respeto, las pésimas influencias, la destrucción…

Sin esa protección que resulta a veces dolorosa, sin esos límites, sin esas negativas, sin esa “caca” que molesta, el pajarito (el adolescente) no hubiera seguido vivo un segundo. Si se hubiera quedado calladito al resguardo de la coraza brindada por su protectora, se hubiera salvado.

Segunda moraleja. Existen personas que te quieren apartar de esas exigencias dolorosas con mala intención, con la intención de conducirte a la pereza, a la desobediencia, a los porros, al alcohol, a la delincuencia.

Hay personas que pretenden sacar a otros de esa capa de severidad y de exigencias que imponen los padres y los profesores. Este proceso es frecuente en la adolescencia, una etapa en la que los pares tienen una influencia extraordinaria. Más importante que lo que digan las familias y la escuela es lo que diga la pandilla. Hace falta ganarse su beneplácito. Y se gana siguiendo sus recomendaciones, sus consejos, sus decisiones.

Esas personas que buscan víctimas están camufladas bajo la máscara de un programa de televisión, de un unos anuncios tramposos, de unas organizaciones mafiosas, de unas pandillas sin moral.

El incauto pajarito caerá fácilmente en la alegría de la liberación. No más normas, no mas “caca”, no más exigencias trasnochadas.

La tercera moraleja se refiere a aquellos mecanismos que permiten al enemigo detectarnos. Cuando estamos cubiertos por la capa de la severidad, es fácil caer en la tentación de quejarse, de despotricar contra quien te exige, de maldecir la suerte de la obediencia. Ese piar nacido de la desafección y el malestar hace que se acerquen quienes han descubierto así la víctima propicia.

El enemigo te limpiará de obligaciones y de protecciones exigentes con la finalidad exclusiva de hacerte suyo y devorarte:

– No le hagas caso a tus padres, son unos rancios y unos anticuados.
– Olvídate de los consejos de tus profesores, son unos carcas.

Si no está uno precavido, es fácil caer en esa trampa. Piar y piar de manera imprudente, alertará a quien está buscando una presa. Se puede piar presencialmente, se puede piar telefónicamente, se puede piar en la red. No conviene olvidar que hay quien está muy atento a las señales que emite una víctima. Los lamentos resultan luego tardíos. El pajarito de la fábula no tuvo tiempo de emitirlos. Fue devorado sin contemplaciones. Era tarde para cualquier rectificación.