Sin industria pero con feria

31 Jul

La semana anterior nos enteramos de que Málaga, una ciudad sin apenas industria, se quedó sin suelo industrial. Si nos pusiéramos a jugar con el ordenador a construir un enclave humano, cualquiera iniciaría su sociedad desde sus bases. Comienza la cosa con la agricultura y su aporte constante y sedentario de alimentos como sucedió en Medio Oriente cuando los albores de la humanidad. Más tarde, contemplaríamos el siglo XIX y su mecanización del trabajo agrícola con la consiguiente necesidad de industria metalúrgica, química o energética. Tras la Segunda Guerra Mundial, cuando hubo que reordenar y reconstruir occidente entero, llegó la cosa del sector servicios a lo grande. Lo que antes fue anécdota o desarrollo financiero y poco más, gracias a los derechos laborales que los españoles no tenían, pero de los que disfrutaban los extranjeros, consiguió el nacimiento de la Málaga mítica de los setenta que Jean Cocteau, uno de sus ilustres personajes, podría haber dibujado al fondo de cualquier piscina aristocrática de aquellos entonces, cuando el servicio merecía la pena de ser llamado servicio porque servía, esto es, cuando casi no mantenía relaciones de trabajo con los señores y por eso se llamaban criadas y criados, comían por lo que hacían y se llevaban alguna que otra moneda siempre que, según juicio inapelable de los señores o señoritos, la hubieran merecido. Y así llegamos en nuestro juego virtual a hoy en día, fechas en que descubrimos que la Málaga del siglo XXI es una ciudad inventada por el delirio hostelero de un alcalde al que palmean, jalean y aconsejan una serie de grupos de poder interesados en la revalorización del suelo urbano, pues poseen suelo, y en el monocultivo del sector servicios pues disponen de ese suelo para locales sustentados por una mano de obra barata. Sale más barato transferirle cada mes la nómina mínima que darle de comer y vestir como antaño hicieron sus antepasados con la servidumbre doméstica. La moderna esclavitud.
Esta parece ser la ciudad soñada por Don Francisco, es decir, malagueños terratenientes embutidos en sus piscinas, mientras una gran masa de malagueños camareros se afana en enfriarle su cerveza y la de los trabajadores foráneos que nos visitan gracias a las ventajas de unos derechos salariales, imposibles sin la concurrencia de un sector industrial potente, como demuestran Alemania, Suecia la de aquellos polvos y estos lodos, Gran Bretaña, Madrid, País Vasco o Cataluña. Las casas que se inician por el tejado tienen que disponer de mucha gracia y, como dice La Bamba, de otras cositas. Ese sector terciario, servicios, solo reparte ventajas para todos sus habitantes en zonas helvéticas, Dubái o Nassau, Málaga no se encuentra en ninguna de tales circunstancias. Que quede claro, antes de que cualquiera de mis queridas o queridos hosteleros me afee mis palabras, que no escribo en contra de su sector, sino en contra de la adscripción de nuestra ciudad a un solo campo que, como todos, pegará un bombazo algún día y nos va a coger, por designio municipal, con todos los huevos metidos en la misma cesta. Por lo pronto, ya se han marchado de Málaga algunas industrias que pretendían aumentar su actividad, o implantarla en naves industriales mayores de las que hoy se encuentran a disposición de los demandantes. Suelos inundables, tal como avisa la Junta de Andalucía, y un ayuntamiento que pone trabas y exceso de aranceles se suman a la simple ausencia de suelo para industria. En los últimos planes urbanísticos se priorizó la expansión especulativa sin una cimentación económica y laboral, estables. No creo que me mueva un ánimo malaguita si digo que mi ciudad y mi provincia albergan todas las condiciones naturales para convertirse en el motor fabril del sur de España. Falta voluntad política. Nos están convirtiendo en el sucedáneo del norte de África mediante la promoción del trabajo de mínima cualificación, junto con una presión salarial a la baja. Un panorama de futuro gris con nubarrones para una ciudad que no dispone de suelo industrial pero cuyo ayuntamiento preserva un peazo parcela para una feria que es lo más grande. Una declaración de intenciones compleja de entender en otras latitudes.

Puerta de Málaga

10 Jul

La semana pasada desayunamos con varios titulares sobre la gran proyección de futuro que tiene Málaga, o sobre el teórico gran nivel de vida del que disfrutamos los malagueños, sin que nos hubiéramos dado cuenta. Me repito con Unamuno, pero me parece muy esclarecedor su concepto de Historia, definida como el conjunto de esos grandes sucesos que aparecen en los libros, frente al de Intrahistoria, esto es, el devenir de esos componentes de la sociedad a quienes nunca nombran los manuales. Que un determinado país escriba extensos capítulos de espadas y fuego para beneficio de los escultores de piezas monumentales, no significa que sus ciudadanos hayan conocido la felicidad. Pensemos en Corea del Norte, o Rusia, o en la sanguinolenta historia de España sin irnos más lejos. Si contrastamos nuestras batallas épicas contra el inglés, francés o turco, frente al bienestar pronto alcanzado por áreas más intrahistóricas como Suiza, Liechtenstein, Islandia o Noruega, no sabe uno con qué pasaporte se quedaría, o sí. La cosa, así en giro más vulgarcete, es que estamos construyendo una ciudad para la historia pero en el futuro, con toda la incertidumbre propia de ese tiempo verbal, por naturaleza, inexistente. Mientras, cuando uno desciende hacia la intrahistoria, por ejemplo, encontramos solares plagados de ratas en Lagunillas a pocos metros del reclamo turístico que significan la Casa Natal de Picasso, junto con el Teatro Cervantes. En la misma acera vivió de niño Alejandro Sawa, pero ese escritor, por intrahistórico, importa menos y no merece ni una placa alusiva. Lo que no existe no se ve y viceversa. Lo malo es lo que se ve y la impresión que una ciudad ofrece al viajero desde un primer momento. Esas primeras estampas constituyen pequeños episodios intrahistóricos que, sumados, articulan la historia de una ciudad y la idea que de ella correrá por el mundo, no sólo para el sector hotelero, sino para inversiones que, a la larga, podrían librarnos del yugo que significa alquilar los cuartos de tu propia casa en la que vives. Zaragoza, más discreta y con menos titulares ha superado en población, renta y producto interior bruto a Málaga. Por irme a una anécdota de esas intrahistóricas, una amiga fue destinada aquí por motivos laborales. Llegó a una estación de tren en obras y a la salida la esperaba otra amiga en coche que ni conocía la ciudad bien, ni la orientación fue uno de sus dones. Una extraña llega a Málaga de noche y, tras una estación en obras, contempla las hogueras y prostitutas por varios polígonos industriales, algunas barriadas del extrarradio malagueño, a esas horas vacías, y otras áreas que nunca ha logrado ubicar. Llegó a Portada Alta, su residencia, tres horas después. A la tarde siguiente asistió a un seminario donde trataban los múltiples errores urbanísticos de Málaga. Pensó abandonar la ciudad y tardó días en contestar sincera lo que le parecían nuestras calles. Muchos años más tarde ya se aclimató a este suelo y casi es malagueña. Las primeras impresiones son determinantes, sobre todo si alguien va a permanecer un breve tiempo en un lugar y puede tener la mala suerte de encontrarse con lo peor de cada casa y acera. La solución municipal consiste en evitar esos posibles puntos negros urbanos. La estación María Zambrano, como Atocha en Madrid, es sin duda la principal puerta de Málaga. Sin embargo, a pesar de la ostentosa presencia policial diaria, el paseante de cada mañana puede encontrar un basurero en la instalación de las sillas gigantes frente a la salida. Platos de comida, bolsas, botellas de las prohibidas litronas callejeras y desperdicios de todo tipo que ignoro por qué se permiten allí, y por qué no son recogidos por los servicios de la limpieza ni por la noche ni a una hora prudente de la mañana, a pesar del cercano cuartel de LIMASA en calle Eslava a poco más de 300 metros. Ya digo, una ciudad con historia fijada en el mañana, pero con un presente intrahistórico en rima perpetua con dudoso. Y esto en la puerta principal de Málaga, imaginen el Ratapark de Lagunillas y otos barrios intrahistóricos sin interés para la grandeur de nuestras autoridades y sus estadísticas.

Colegios a medias, ruidos completos

26 Jun

Varios vecinos de Málaga han protestado por el ruido que generan las pistas deportivas de colegios junto a sus viviendas. El Ayuntamiento está obligado a defender ese derecho tan elemental que es el de estar en casa, con un libro en las manos y sin hallarse inmerso en una perpetua burbuja de chillidos y balonazos. Esa defensa municipal, sin embargo, interfiere en la realización de una actividad de baloncesto, sana que, incluso, puede ofrecer salidas profesionales a muchas chicas y chicos. La culpa, desde luego, no es de los vecinos que hacen muy bien en defender ese derecho al silencio, tan poco comprendido en nuestras esquinas. La culpa es de quienes día a día, desde Junta y Ayuntamiento, diseñan nuestras vidas. En cada decisión demuestran tanto su ignorancia como el desprecio por todas nuestras calles y organismos que no estén destinados a ser un escenario para turistas. La carencia del baloncesto de base malagueño es que se entrena y compite en las pistas deportivas de institutos y colegios, edificios construidos y equipados por la Junta pero, en el caso de las escuelas, mantenidos en parte por el Ayuntamiento. Y aquí brota la contradicción. Los diferentes escalones que nos administran actúan como si los euros les llegasen desde bolsillos distintos. La filosofía extendida entre nuestros políticos es la del brillo frente al adversario y no la del servicio a la sociedad. Así, ante cualquier inconveniente que aparezca en los centros educativos, como ruido, poda de árboles o basura, el Ayuntamiento saca la katana normativa y en lugar de convertirse en parte de la solución, se convierte en el principal problema por dos objetivos, el de desacreditar a la Junta de Andalucía y el de sacarle unos miles de euros a esos mismos colegios para que no puedan ser invertidos en, por ejemplo, el arreglo de los cuartos de baño o en la instalación de aire acondicionado o en libros nuevos. El del ruido es un caso más. El PP (A) contra el PSOE (A) y entre las trincheras los vecinos (MA). Y Cassá el de C’s sin enterarse de media misa.

La Junta construye los colegios en Málaga como chabolitas más o menos aparentes. El Ayuntamiento podría colaborar y erigir en esas canchas al aire libre unos pabellones cerrados para el disfrute de esos mismos contribuyentes que ahora sufren el ruido, y también de quienes van a contemplar a sus hijos en un espacio óptimo para el juego. Pero no, el Ayuntamiento se encuentra en guerra contra la Junta y no va a considerar las víctimas colaterales que ocasione tal conflicto. Ahí tiene dos colegios y un instituto denunciados como si la multa la pagaran los marcianos y no mermase las posibilidades de bienestar de un alumnado tan malagueño como la concejalía que los condena. Por otra parte la Junta tendría que modificar sus planos de construcción de centros de enseñanza, resueltos en edificios elementales. Como decía mi amigo Justo Navarro, uno se encuentra mejor en los grandes almacenes que en los institutos porque sus arquitectos son mejores. En Málaga, además, padecemos el mito del paraíso terrenal. Como si el frío esbozase apenas una estampa y el calor trazara una brisa cálida sobre el rostro, así en frase ñoña del to. En efecto, no vemos la nieve, pero el profesorado contempla a sus chaveas, en malagueño inclusivo, con los abrigos puestos durante un montón de días del invierno. Tampoco sufrimos el calor tórrido, pero ya querría yo haber visto trabajar a la plana mayor de la Consejería de Educación en la tercera planta de un instituto con terraza plana por ahorrar un tejado, o lo que es peor, con techos de chapa que jamás se retiran aunque se solicite una y otra vez. Las aulas tienen que estar abiertas, las voces se amplifican en los pasillos y es imposible mantener un adecuado ambiente escolar. Ante esta atmósfera torrefacta, la Administración recomienda abanicos como exhibición pública de inteligencia. Nos han construido una ciudad tan a medias que ni siquiera ha finalizado su catedral. Por tradición malaguita, no podemos pretender que los colegios se definan como espacios bien alzados hacia el interior y el exterior. Mantenemos políticos cortijeros, ineptos o ambas cosas.

Petróleo

5 Jun

Una manifestación ciudadana, esta vez sobre bicis, ha reivindicado de nuevo un bosque en los terrenos que antes ocupaban aquellos enormes contenedores de petróleo en la Avenida Juan XXIII. Málaga es una ciudad agradable y donde los niveles de contaminación aún son adecuados por dos motivos: los vientos marinos barren la ciudad con frecuencia, y no disponemos de un parque industrial más allá de esas áreas de almacenaje y distribución con las que engañamos nuestras cifras de desempleo crónico. Por fortuna nuestras autoridades locales no se han visto en el compromiso de intervenir en una emergencia medioambiental para la que, sin duda, tampoco están preparadas. Repasemos nuestra historia. Si nos vamos a la Málaga de finales del XIX, descubrimos que para un poblachón del tamaño de la actual Antequera o así, nuestros tatarabuelos habían habilitado la Plaza de la Merced, la del entonces Ayuntamiento, actual Plaza de la Constitución, y la Alameda, espacio galante donde lucir el poderío familiar en carros o a pie. Más tarde, años 20, el consistorio reservó los actuales terrenos del Parque para uso colectivo. Durante los años sesenta e inicios de los setenta del pasado siglo, época en que Málaga se acercó a galope al casi al medio millón de habitantes, el número de parques se quedó tal como estaba. Uno, con su burrito de bronce y lomo bruñido como el oro por los pantalones y faldas de quienes nacimos en aquellas décadas llamadas del desarrollo español. Miles de fotos atestiguan aquella casi única diversión para niños. En barrios como Miraflores de los Ángeles, por ejemplo, los planes urbanísticos guardaron breves metros para servicios llamados jardines, más por tradición semántica que por exactitud del significado. Un recinto de tierras calvas de unos 250 metros cuadrados para más de diez mil habitantes a quienes nunca se les ocurrió acudir juntos para disfrutar de sus centímetros de expansión, un verdadero problema de orden público, incluso de física pública. Un desarrollo como tumoral, donde no se concebía la calidad de vida.

Desde aquellos días se han inaugurado parques, sí, el del Oeste, el del Norte, Litoral o María Luisa, pero ajenos al compás de crecimiento del tráfico, o a nociones modernas de habitabilidad. La negativa del actual Consistorio para cultivar un nuevo espacio de expansión y verdura en aquel distrito revela un concepto de ciudad como templo del ladrillo, a pesar de que, incluso, cerca de aquellas aceras, en el entorno de Calle La Unión, se alcance uno de los mayores índices de densidad demográfica de toda Europa. Desde Pedro Aparicio, el mapa de parques ha sido sustituido por el de alcorques, esto es, el metro cuadrado donde se planta un árbol y se sitúa donde sea, con criterio o no, para que la suma de alcorques califique a Málaga como una falsa urbe verde. Menos mal que nos rodean los Montes de Málaga, a los que tampoco repobló nuestro consistorio, unas hectáreas de oxigenación para quienes suban en coche, claro. La errática política ambiental de nuestro ayuntamiento ha conseguido una ciudad con calles que deben ser transitadas en fila de uno. Ahí quedan como ejemplos Calle La Victoria, donde el paso se comprime entre naranjos y farolas, o la demencial Cruz del Molinillo donde la acera se empacha y minimiza entre el carril bici y los alcorques que el área de Parques y Jardines situó allí como demostración de que cualquier trazado puede empeorar y de que no se necesita tener ni siquiera sentido común para ser urbanista. El Ayuntamiento de Francisco de la Torre se esfuerza porque la ciudad pertenezca a sus legítimos amos, es decir, las inmobiliarias, constructoras y cementeras que son quienes trazan las calles. Málaga casi nunca ha sido pensada como espacio para sus ciudadanos, nos estamos beneficiando de la llamada al turista. Don Francisco ha descubierto más petróleo en los terrenos de ese pretendido bosque urbano, ahora en forma de torres de pisos con vistas al mar de tejados sin arboledas que caractriza la línea urbana de nuestro horizonte.

Delirio malaguita

22 May

Recuerdo aquella tarde en mi escuela de Miraflores. Inicios de los años 70. El maestro afirmó que España tenía más montañas que los demás países de Europa. Los escolares, de apenas cuatro años, aplaudimos y vitoreamos aquella frase mientras nos mirábamos emocionados, llenos de una vaharada de orgullo inexplicable. Más montañas, fíuuuu. De joven, descubrí en “Amarcord” de Fellini una escena parecida. Los estudiantes jovenzuelos celebraban la foto de uno de los edificios más distorsionantes de la arquitectura en Roma, el Altar de la Patria, tras la caída de Mussolini, renombrado la tarta, o el pastel, con cierta resignación. Ese tipo de reacciones alberga grandes dosis de una sentimentalidad siempre en rima con irracionalidad. Fellini corta aquel fervor explosivo mediante la introducción de la diapositiva de una impresionante curvy, jaleada aún con más ímpetu por aquellos adolescentes. A mí se me cortó la alegría por aquel impresionante mar de montañas españolas cuando, años después, me obligaron a aprenderme sus nombres y altitudes. Un esfuerzo suplementario para el estudiante español del que se libran los portugueses u holandeses, menos agraciados por la naturaleza con tales accidentes y, por tanto, con un menor índice de fracaso en Geografía. Todos estos recuerdos me han despertado las palabras de nuestro alcalde cuando ha dicho en el congreso provincial del PP que Málaga puede competir con cualquier ciudad del mundo. Quizás se refería a que puede competir con cualquier ciudad de la provincia de Málaga, y olvida la existencia de mi Antequera natal, o la divertida Cuevas del Becerro. Quizás se haya amparado en la extensión ilimitada del verbo competir cuando no se acompaña de un complemento que la precise; esto es, competir en número de merdellones, competir en cantidad de medios de comunicación cerrados, competir en la proporción de restaurantes sin estrellas Michelin. Competir, pero en qué.

El planeta se ha quedado pequeño para Don Francisco. Imagino que no pretende competir contra ciudades de verdad, Berlín, Londres, Nueva York, Madrid o Barcelona. Tenemos una delegación del Pompidou lo que no nos convierte en París. Disponemos de una delegación de Coca Cola y eso no nos otorga el índice industrial de Atlanta. Nuestras playas volanderas no parecen las de Valencia y no nos aproximemos a las de Río de Janeiro o las de Long Island e, incluso, Marbella. Podemos competir en espetos. Málaga es la ciudad del mundo con espetos, mira tú por dónde. Algo nuestro y que nos sitúa en un punto del mapa. El principal defecto de los nacionalismos, cimentados sobre frases grandilocuentes para públicos precocinados, consiste en que distorsiona la realidad de tal modo que deja intactos los problemas. El efecto placebo. De la Torre ha heredado cuestiones nunca resueltas, a la vez que ha solucionado algunas y ha generado otras nuevas. No es el Carlos III de Madrid. Su sueño de ciudad ha optado por la extensión, en lugar de la reurbanización de los espacios abandonados de las zonas céntricas. Así, el viajero curioso, a pocos metros de la Casa Natal puede encontrase con un área urbana repleta de locales vacíos y edificios de protección social trazados por arquitectos de integración social, según se deduce de las condiciones de vida a las que esas estructuras someten a sus habitantes. Al igual que esta muestra de degradación urbana, podríamos mencionar varios más. El nivel de bienestar de las ciudades no se mide según su Muelle Uno, sino por la calidad de vida de sus barrios y ahí podríamos discutir contra qué competimos. De la Torre ha creado un parque de atracciones con el que pretende dinamizar una ciudad que puede acabar transitando por los mismos cauces que la loca Alicante o así, no los de Florencia o Vitoria. Parece que el alcalde quisiera ser gerente del Tívoli y buscase diseñar una réplica en nuestras calles. Tras los trampantojos del escenario aún existe una gran Málaga que compite contra el final de mes, incluso contra las horas del día, sin los delirios malaguitas de nuestro alcalde.