Haidar Aminatu

1 Dic

imagesHaidar Aminatu ha rechazado la nacionalidad española que Moratinos le ofreció como una de las soluciones para que esta mujer de aspecto débil y dulce deje de ocasionar un problema, en realidad más estético y ético que diplomático. Estético por esa estampa de campamento de refugiados en el aeropuerto de Lanzarote. Ético porque tanto su expulsión del Sáhara como el intento de contentarla con un pasaporte de colores más bonitos, como quien ofrece al niño la golosina tras la bofetada, consterna la conciencia de quienes contemplen esta operación de pastelería fina con regustos consulares. Pero seamos realistas, poco más se va a mover. El Sáhara se ha convertido en una cuerda por donde los gobiernos de España deben ejecutar cabriolas de saltimbanqui para que las colaboraciones con Marruecos no se tuerzan o, quizás mejor, no se retuerzan. Quienes gritan la responsabilidad de España en este conflicto tampoco indican cuál de los posibles caminos podrían haber tomado los generales de aquellos últimos estertores de Franco, cuando Marruecos invadió aquel territorio con escaso valor geopolítico para Europa, en comparación con el del propio Marruecos. El único recurso habría pasado por acciones bélicas para las que España entonces no estaba preparada, ni ahora podría llevar a cabo aunque quisiera restaurar una legalidad vulnerada por una dictadura monárquica, contra aquella dictadura con dictador moribundo. No siento ahí la responsabilidad de España como Estado, como no interpreto las decisiones del régimen franquista como imputables al Estado español.
Los tiempos y sus zigzagueos tampoco han beneficiado al pueblo saharaui. Los muertos en Madrid como consecuencia del terrorismo islamista aconsejaron a España y Francia un reforzamiento de la eficacia policial del gobierno marroquí y, sobre todo, un mantenimiento de las férreas estructuras sociales en aquel país, se llamen estas como se llamen y se comporten como se comporten. Esta política pasa por un barrido de contratiempos para que los efectivos de inteligencia militar y detectivesca marroquíes se concentren en la desarticulación de cualquier integrismo que pueda ensangrentar las calles al norte de Gibraltar. Contra esta situación se enfrentan personas como Haidar Aminatu con el simple armamento de su huelga de hambre, su palabra y la vergüenza que para España, ahora sí como Estado sin dictador, supondría que una persona muriese por un incomprensible y absurdo alarde de fuerza de otro Estado con dictador investido de corona, oropeles, brutal fortuna y pueblo hambriento. ¿Qué poder tiene esta mujer? ¿Qué peligro representa? Toda colaboración y besamanos deben tener unos límites. Aún recuerdo las casi genuflexiones del ministro de exteriores Piqué ante Bush; no menos sonroja esta pusilánime posición de España ante este exabrupto marroquí con alguien que expone pacífica sus ideas sobre una guerra ya perdida y que clama en el desierto.

José Antonio Muñoz Rojas. El gozo de lo efímero

9 Oct

imagesEl poeta mira y no evade la visión de lo que ve. Casi nunca concuerda con aquella que otros ojos captan. Ahí yace la mecedora junto al vertedero, con igual insistencia que un campo cubierto de verdor tras la lluvia, o unas gafas sobre la mesa. La materialidad camina al ritmo que imponen los versos para que las percepciones intransferibles e intangibles se hagan verbo, resuciten en el asombro de quien musita el poema. Quede claro que las palabras nunca engañan al poeta, sino las pule y labra hasta que se concilien en ese prisma preciso que el artífice, ahora su autor, buscaba.
El poeta nombra las imágenes que halla ante sí huérfanas y dispersas; una vez que atesora su colección la dispone sobre la mancha blanca del papel. El poeta así enarbola un álbum inédito entre renglones y cifra a la vez que descifra ese mundo que ante sí ve y que ni siquiera entiende a veces por qué lo ve; si corroe la certidumbre de cómo el tiempo pasa y el poeta desenmascaró a la muerte engalanada con su mejor carmín a la captura de su beso en la cumbre de la fiesta; si la memoria daña y más aún ese futuro que se adivina terco entre las brumas del ahora.
Tampoco el poeta puede esquivar el gozo. Esa mirada que no impide la visión de lo que ve, sana y reconforta cuando la adversidad de lo mostrenco. Ya digo, igual atención exige un cruce de vías, por ejemplo, que los trigales, ofrendas de mayo, o la humildad con que las briznas de carbón endulzan el invierno. Esta óptica dispuso José Antonio Muñoz Rojas frente a la persistencia del desasosiego cotidiano. Su retina se adiestró atenta al goce de lo efímero y de ahí que entre sus hemistiquios el lector sienta la paz con que los arroyos vivifican invisibles las praderas, o el temblor de las hojas que da paso tanto a las flores como a los sarmientos desnudos. José Antonio Muñoz Rojas acepta, así en ese presente perpetuo que también se regala al poeta, los cauces de la existencia y no los escribe como barcos que hacia el arrecife del dolor continuo se escorasen.
La obra poética de José Antonio disfruta tanto la vida que incluso loa la muerte como mitad indisoluble de los días que fueron invocados cuando el primer llanto del recién nacido. Como el humano que comprende su destino enraizado a la tierra que cada instante pisa, José Antonio agradece las plantas, la luz, el árbol, el agua, los pájaros, las piedras, los aromas y consciente de su misión distingue los muchos nombres de cada uno, los conjuga en una casa común para la que no se sabían vivos, no como meros adornos, sino como murmullos de lo trascendente, como cobijo tangible de aquello que el poeta ve. Un verso asombrado resume su propia poética: “Voy con mi corazón asomado a las cosas”. Los olvidos y las presencias, los frutos y el pálpito de lo inerte, el silencio de la compañía, y el estruendo de la soledad, el gozo de sentir la vida en cada instante y acariciar su lomo de caballo al trote hacia la lejanía, hacia el allá cubierto de horizonte y siempre risueño. La existencia no se lee en José Antonio Muñoz Rojas tan tigre como la pintan.

La mirada de José Antonio Muñoz Rojas

1 Oct

rojasEn su mirada, el dulce entorno de quien acostumbra a escudriñar la lontananza de aquellos llanos del centro de Andalucía, junto con la bondad de quien siempre se supo empapado de la tierra a la que quiso con la voluntad de un andariego insomne que buscara los trazos del amor en cada roca, entre la sierra donde el sol desnuda su arco iris, cuando las sílabas que musita el viento por los jarales o tras el perfume con que la adelfa humedece la noche. Sobre su retina, el azul del tiempo remansado igual a los arroyos que por mar tienen a la pradera; desbrozó la senda por donde los sabios del mundo fueron y se mostró siempre esquivo a los oropeles de la fama y sus engaños de espuma vacía; prefirió el cuño indeleble que el prestigio otorga a quienes los lectores descubren entre el silencio de los anaqueles.
Gota a gota, su ancho nevero de creatividad destilaba un universo propio, tan armónico e interior que sus libros se adormecieron en la paz de los estantes hasta que casi el ruego de amigos los impelían hacia la imprenta para que desde esas páginas brotasen los efluvios de Antonio Machado, Salinas, Juan Ramón, T. S. Eliot, Fray Luis o Unamuno; en ellos modeló una estética que él doblegó firme hasta convertirla en suya, y una actitud ética que hoy nos lega. José Antonio, el clásico moderno, como lo llamó Dámaso Alonso nos ha iluminado el valor de la discreción, el oro que el orfebre en su taller oculto talla, esa labor solitaria e intransferible de quien cartografía un mapa de símbolos en cuanto lo rodea, igual que el timonel vislumbra corrientes sobre el espejo de un lago.
“Nadie sabe // las formas repentinas de la dicha” nos enseñó su poema. Sin embargo, su casa interior encalada, la quietud sobre el banco al fondo, ejercieron la paciencia para cuando aquella se presentase a través de cualquier sentido. Podría haberse anclado en otros bullicios capitalinos, pasarelas cosmopolitas que transportaran sus textos y su devenir hacia los focos y el aplauso, hacia las riendas del poder incluso, pero siempre renunció. Su ya memoria se revela gigante como los montes que impregnaron su retina por ese anhelo de lo íntimo.
En esta sociedad mediática donde en apariencia triunfan las lentejuelas y los aspavientos, José Antonio, hijo, hijo, hijo, medalla, medalla, medalla, premio y más premio, cultivó la única flor perenne más allá de los rastrojos en llamas y los fríos invernales, transfiguró la sensación en palabra y así nos desveló el misterio invisible de la rosa. Se nos ha ido José Antonio Muñoz Rojas pero aquí deja su mirada sostenida entre versos, única gloria que persiguió, único galardón que orgulloso acoge el poeta.

La Pantoja

1 Jul

pantojaNo se comprende esa cierta falta de imaginación que, en general, lastra los guiones de buena parte del cine español; sobre todo, visto el ruedo ibérico que nos rodea. Casi tan importante como las recientes designaciones de ministeriales, ha sido la breve libertad de Julián Muñoz, cuyo brillo o mate sobre las fotos se deben menos a sus méritos ediles, que a la pareja que lo encumbró a la high life. La Pantoja. Cientos de funcionarios de la agitada vida judicial y policíaca están siendo investigados por su acceso sin justificación a la ficha policial de esta tonadillera, desenvuelta en la copla con igual soltura que en la biografía progresiva, y no sé si los escritores se percatan del filón que esta mujer genera a cada paso. ¡Ah, si hubiese nacido en Los Ángeles, por poner un ejemplo! Observemos con una cierta distancia. Una jovencita de origen humilde alcanza, mediante su esfuerzo y arte, un lugar en el corazón de los productores discográficos. Hasta aquí, Dolly Parton y su conquista del camionero medio americano.
Famosa y deseada, custodia su candidez y la pregona el día de su himeneo, a bordo de una carroza conducida por corceles blancos y, como ella, virginales, se publicó. Además, el contrayente, torero de raza. Ya nos hemos venido con estos detalles hasta el orbe hispánico. Si quisiéramos explorar las posibilidades de este relato en Estados Unidos, quizás su trasunto sería, mutatis mutandi, Anna Nicole Smith. Les recuerdo. Un millonario de Texas, ya octogenario, acude a un estriptís; la vio y le propuso matrimonio. Una de las relaciones más sinceras que conozco. Ambos vieron sin engaños lo que se les venía encima. Él murió a los pocos meses, dicen que con una sonrisa soez en su rostro. A ella la superó la fortuna. Pero centrémonos en el glamour sureño de nuestra sevillana. Un torero no está al alcance de cualquiera. Ya vamos triunfando sobre la posible competencia yanqui. Además, viuda. Sus andamios sentimentales reconstruidos sobre gentes, ante su sombra, mediocres, abocados a una senda al borde del funambulismo financiero, quizás por hacerse dignos de sus do sostenido. ¡Qué bonito! Telenovela y película de género negro a un tiempo. ¡Ojalá cantase temas de Edith Piaf! ¡Ojalá combinara junto a los faralaes un jersey negro culminado por boina! De vuelta a Las Américas, nos vemos obligados a una comparación con Liza Minelli, o con la más grande, por excelencia mito, Marilyn Monroe y sus vendavales. Aconsejaba Rilke a un joven poeta que observase su alrededor para plasmar las sensaciones en verso. La industria americana se fija en sus nombres cotidianos. Aquí la realidad se desprecia por novelesca. Y esta realidad costará sanciones a cientos de funcionarios que en vez de dirigir sus vías informáticas hacia la pornografía, se encaminaron, peregrinos del morbo, hasta la ficha penal de la reinona mediática de España. Y Olé.

Pablo Alonso Herraiz

27 Jun

herraizSi no recuerdo mal, fueron los romanos quienes esculpieron para la posteridad que el hombre es un lobo para el hombre. Siempre me pareció el lobo una criatura noble, incluso porto uno tatuado; antes me fiaría de un cánido en mitad del campo que de un semejante. No cultivo demasiada buena opinión de nosotros. La mayor manada de lobos nunca turbaría nuestra conciencia con titulares como los de la semana anterior, reflejo de las facetas más execrables de la inteligencia del humano, animal ajeno a sí mismo, extranjero a su instinto y a su planeta, semi-dios engreído al que jamás importó violar sus crías aún lactantes, o legar bombas al azar para que siembren el pánico entre los suyos. Ya digo, los lobos generaron miedo sólo en nuestro imaginario colectivo, tal vez, porque a algún ser debíamos atribuirle mayor insania que a nosotros mismos; los romanos fueron peritos en estupros, genocidios e inoculación del terror. El hombre es un hombre para el hombre enunciaría esta paradoja necesaria, según veo.
No obstante, también los días pasados me ofrecieron una reconciliación privada conmigo mismo, a través de la última exposición de Pablo Alonso Herraiz, uno de los artistas malagueños con mayor proyección exterior y con una trayectoria más sólida a cada paso. Afortunadamente, en Málaga podríamos escribir esas mismas líneas de otros. Esta buena salud de nuestra creatividad se materializa en la ética con que Pablo enfoca el universo moral humano. Su serie titulada “Pongo un circo y me crecen los enanos”, colgada en las paredes de la galería de Javier Marín, exhibió hasta el viernes una visión de enanos crecidos por encima de las carpas, risueños, laboriosos y felices como símbolos de esas ascuas de bondad que también custodiamos y que, a pesar de que no cumplan las funciones requeridas por la sociedad mercantil que hemos erigido, se avivan en nuestro interior y a veces nos superan hasta mostrarnos como seres libres por encima de esas lonas circenses que coartan la nobleza que algunas circunstancias despiertan. Fueron los románticos alemanes quienes leyeron en D. Quijote al héroe que nos susurra esos párrafos de idealismo que también jalonan nuestra destructiva historia; Cervantes biografió con maestría y crueldad a un fantoche heredero de los extintos caballeros medievales, tan falseados en los relatos como los súper-hombres del club Marvel. La mentira de la mentira, por tanto, nos refleja la verdad y por ahí discurre el camino del armisticio que entablamos con nosotros para que la locura no nos invada. Late en nuestro fondo genético la bondad con corazón de gigante. Oigámoslo por más que el ruido truene.