Decisiones decimonónicas

25 Jul

Me creo a veces que somos peores. Porque se me olvida el cosmopolitismo que llevaba aparejada la ciudad industrial que se hundió sin nosotros apenas hace un siglo y medio. No obstante, algo nos dejó. No logramos en aquella época salvar los muebles pero sí algunos libros y, supongo que, de esta época reciente nos vendrá también la reminiscencia del buen gusto, casi estrafalario, por la botánica o por los trajes de verano para caballero chic, que seguimos usando ahora, pese al mismo calor insufrible de entonces, cuando las obligaciones laborales nos encaminan a dejarnos ver en las inmediaciones de calle Larios.

Es verdad que, probablemente por el mismo motivo, llevemos tirantes anticuadísimos por debajo, y que se nos desajuste el pantalón por encima del ombligo cuando intentemos debatir sobre asuntos serios contemporáneos de los que requieran despeinarse, pero eso no quita que mantengamos cierta elegancia austrohúngara incluso así, desairados, ni que, la mayoría de nosotros, nos sintamos razonablemente cómodos adoptando esa posición de ciudadanos malagueños decimonónicos hasta la médula, poco proclives al progreso por el vértigo de volver a sufrir la más dura caída, algunos a sabiendas y otros consuetudinariamente bien enseñados, para lo bueno y para lo malo, y aunque venidos a menos desde la terrible filoxera, plenamente conscientes de esa gota de sangre fina, posiblemente de origen británico que, a la hora del té o de los toros, nos recorre las arterias desde el sobaco hasta el sombrero como bromuro, para dejar las cosas como estaban, en calma, desde que recogemos las artes de pesca, hasta que nos sentamos a la mesa, con las manos vacías, pero el orgullo francés intacto.

Me creo a veces que somos peores. Pero no, somos cosmopolitas añejos, un poco amish, y eso impide que mostremos incultas todas nuestras vergüenzas. Sin los alemanes y los holandeses y sus barcos arruinados, no nos sentiríamos medioburgueses pobres, sino todos del lado equivocado del río Guadalmedina, analfabetos, delincuentes o anarquistas. Ser señoritos malagueños nos ha hecho mejores.

Y por eso, tenemos al mejor alcalde posible en Málaga, que es a lo que iba. Don Francisco es el prototipo del señorito decimonónico malagueño y con él nos ha ido estupendamente. Don Francisco es a Málaga lo que Málaga a Don Francisco: pura simbiosis. Claro que no es un modelo exportable. Nuestro alcalde funciona a la perfección en Málaga, pero en otra ciudad cualquiera, sería un incomprendido. Porque las otras ciudades son peores que la nuestra. No se han arruinado de la noche a la mañana y no saben. No tendrían tanta paciencia.

Por ejemplo, en otro sitio, no se comprendería que el alcalde, con su equipo de gobierno, culpase a la ciudadanía de la suciedad de las calles. Aquí sí. Somos ordenados y reconocemos los errores de los demás -guarros-. Tampoco en otro lugar se entendería que su alcalde culpase a sus conciudadanos de los problemas de su Gerencia de Urbanismo ineficaz, sobre todo a la hora de llevar a cabo expedientes sancionadores, imponer multas o pretender cobrarlas. Aquí sí. Adujo que el problema no existiría si cumpliésemos con la normativa vigente. Y, claro, le damos de nuevo la razón. Tenemos el talante y la sangre fría europea para reconocer a nuestros vecinos como incumplidores sistemáticos de las reglas urbanísticas. ¿Quién si no? Ahora, respecto a la problemática con los pisos turísticos, nuestro alcalde ha encontrado otra solución perfecta. Ha señalado que tenemos que autoregularnos y no alquilar nuestra vivienda a clientes cuya actitud pueda generar problemas de convivencia. ¡Exacto! Estamos a punto de darle la razón en esta ocasión también, pero nos mantenemos a la expectativa, a ver si nos indica pronto algo sobre la bola de cristal necesaria para seguir sus indicaciones.

Será el cosmopolitismo, digo yo…

¿Qué será de Dinio?

18 Jul

Málaga está como Dinio, entre confusa y perdida de guapa. Ni los más viejos del lugar la reconocemos entera al pasearle lo histórico, tan rejuvenecido. La primera impresión, cuando llegas al centro de siempre sin prisa y puedes detenerte un segundo a contemplarlo asustado, es inquietante. Como si estuviera a punto de ocurrirle algo: un tsunami; o una aparición de Audrey Hepburn y Gregory Peck en la calle Larios, confluyendo hacia la plaza de la Constitución en su moto, de vacaciones en Roma. A mí, que me gusta poco el riesgo, me parece que los saltadores de puenting arrepentidos tarde sufrirán parecida sensación de placer desinhibido cuando alguien los empuja hacia el vacío antes de acobardarse y tener que darse la vuelta con el arnés, el casco y los colgajos, soportando las quejas de la cola. Málaga está extraña, sí, entre bonita y desesperada, pugnando indecisa sobre hacia qué lado se rinde y se deja caer estrepitosamente, como una jirafa tan enorme como delicada.

La culpa de todo lo bueno y lo malo que nos pasa ahora la tuvo un mal perder. Porque no supimos encajar de otra forma que nos descartaran a las primeras de cambio de aquella carrera de fondo hacia el precipicio cultural europeo de 2016. Fue en septiembre de 2010, cuando nos dobló el penúltimo de los malos y hasta los árbitros nos dedicaron aplausos de ánimo como a un atleta de Guinea Ecuatorial en una piscina, el instante preciso en que el alcalde se puso manos a la obra por revertir la situación. Pero al esprint. Su ciudad provisional de los museos y el turismo de calidad que vendría a visitarlos estará ya ahí afuera, no hay nada más, aunque desfondada en medio de una pájara impresionante, porque no eran 100 lisos, sino 3.000 obstáculos, y ya no hay abanico que nos silencie el resuello, sino penecitos en las diademas de nuestras calles.

El turista cultural que haya llegado a Málaga engañado, si lo hubiera o husbiese, estará escondido en las ruinas del teatro romano o del Astoria, parapetado tras un folleto sobre Picasso traducido a tres idiomas. Entre confuso y perdido, como Dinio, pero boquiabierto. Preguntándose qué hace aquí y observando, a la expectativa cuidadosa, al magnífico Caballo de Troya que, lleno de turistas incultos, perversos y pobres, ha atraído nuestro alcalde sin querer, para que celebren donde quieran y como quieran, sus fiestas bárbaras de soltero.

Málaga está de moda, sí. Salimos en la tele, como salía Magaluf. Sobre todo porque las asociaciones de vecinos del Centro se han levantado, si no en armas, sí en vídeos, que emiten los presentadores de los telediarios de Antena 3, entre confusos y perdidos, como Dinio, pero con las manos en la cabeza. Y esta fama de ciudad sin ley, ni proyecto, ni previsión, sale a la luz, produciendo un terrible efecto llamada que no sabemos ni cómo ni cuánto nos afectará, porque a nuestro ayuntamiento la responsabilidad le pilla siempre a contrapié. De hecho, esta dejadez municipal ha convertido nuestra feria del Centro en una despedida de soltero de 10 días. Con el solecito, los apartamentos baratitos, ryanair, el AVE, los cruceristas alpargateros pendientes de las rebajas de última hora, y la mala fama del libre albedrío, podemos echarnos a dormir (a ver si escampa). Llevamos Camino de una feria de seis meses, con el Pompidou en medio y las bragas en la mano.

El sábado no se vio a nadie en la cola de ningún museo. Ni yo estaba tampoco para comprobarlo. Según las Asociaciones de vecinos, 18 despedidas de soltero sí había en nuestro Centro Histórico, precioso y repulido.

Qué bonita nos han dejado Málaga, entre confusa y perdida.

Mientras nadie sangre

11 Jul

No es que yo sea de andar mucho pero, muy de vez en cuando, me tengo que mover de un punto a otro por mis propias piernas, siempre que los extremos no se hallen demasiado distantes. Para más de unos metros uso el transporte público, u opto por llamar a algún abnegado amigo o hermana, a quien no le importe que mi volumen corporal sea desplazado dentro del habitáculo de su coche, o sobre el sillín de la moto. Se perdió aquella afición al palanquín tan grata a los romanos y tan civilizada. Sin embargo, a pesar de esta condición mía de peatón intermitente y poco entregado a la causa, creo que el viandante malagueño puede ser en la actualidad uno de esos héroes que pasan desapercibidos para la historia, por más que derroche un valor incuestionable en el desplazamiento nuestro de cada día, según nos maldijo el Señor.

Hay gente más floja que yo para esto de andar, o a lo mejor para tener coche, o a lo mejor para ambas cosas. El caso es que en breve tiempo uno contempla todo tipo de mecanismos para evitar la vulgaridad de ser tachado como un andarín, tal vez por su fácil rima con Urdangarín que sí se movió bastante, como sabemos. Los dispositivos son tan variados como lo permite la imaginación de los fabricantes y el gusto del comprador. Así, por ejemplo, la bicicleta ha inspirado una especie de patinete reducido pero con un asiento que obliga al usuario a adoptar una postura como de bidé. Otros, quizás por huir de tan indecorosa estampa, permiten su manejo en una posición erguida que podría ser calificada hasta de prepotente. Este paseante 3.0 mira por encima del hombro a quienes no hemos evolucionado con dos ruedas y un palo alto rematado con asas. Gira sobre su propio eje, hacia atrás o hacia adelante con un gesto. Habría ardido en la hoguera de los brujos. La moderna liberalidad, sin embargo, ocasiona que estos centauros electrónicos cabalguen en manada, entre las colas ante el Museo Picasso, por decir algún sitio. Recorren el centro histórico, al tiempo que evitan, mediante tecnología, ese efecto secundario del sudor que todo ejercicio genera y que tanto nos disgusta a ciertos humanos, entre los que me incluyo.

También se nota la influencia cinematográfica sobre el diseño de estos artefactos. Los que más me llaman la atención son esas especies de motocicletas eléctricas de ruedas 4XL que parecen robadas en un rodaje de “Mad Max”. Por donde circulen, dibujan una escena de post-futuro o retro-futurismo, que aquí nos haría falta mi amigo el Skywalker malagueño, AKA, José Miguel Martín, persona tan versada en cine fantástico que señalaría a quiénes plagian los progenitores de esos bruti-biciclos, a quién quiere imitar su conductor, y precisaría en qué época estamos. De igual modo, pero al revés, también contempla uno a señores y señoras de traje, corbata y lustre en los zapatos, sobre patinetes de guardar en el maletín junto a las acciones de bolsa. Exhalan un aire como de metrópoli financiera, de la City, allá por donde crucen, ya sea por Mangas Verdes, ya por Lagunillas.

Algunas características hermanan todo este surtido de artilugios de transporte personal urbano. Todos transitan por las aceras y zonas peatonales, todos desarrollan una velocidad que, en algún caso iguala a la de un motor de gasolina, y ninguno lleva matrícula o un identificador público. Del seguro ni hablamos. El Chiquito de la Calzá fue un profeta. Mostró el paso con el que los malagueños nos moveríamos, si no queremos ser atropellados por esos ingenios tan investidos de presuntas virtudes ecológicas. No sólo hay que tener cuidado al girarse por si nos estaba adelantando una bicicleta a la carrera; ahora el paseo parece un partido de baloncesto por esa costumbre que los jinetes eléctricos tienen de expropiar las zonas de tránsito peatonal para sí. Lo de siempre, mientras nadie sangre, ni Ayuntamiento, ni Junta, ni Ministerio promoverán normas que controlen estos vehículos, y protejan a quienes molestamos su zumbido por las aceras.

La segunda oportunidad

27 Jun

En el bar de abajo sólo se habla del VAR. Es el nuevo ojo que todo lo ve en clave futbolística, y al que rezan los forofos cuando no les gusta lo que aparentemente ha ocurrido en el campo a primera vista. Ahora se nos ofrece una segunda oportunidad de justicia, con más probabilidades de éxito y de superar una ronda de chupitos hacia octavos junto a nuestra selección, que con el programa de motor que, a finales de los 70, pretendía reconducir nuestra impericia por las espantosas carreteras de la época: éramos el único animal que tropezaba dos veces en la misma piedra, ¿recuerdan? Contra Yugoslavia, para ser más precisos.

Aunque sin VAR, llegaron los mejores tiempos del color en los balcones y en los campos de fútbol, hay que reconocerlo con nostalgia. Dos eurocopas y un mundial, con sus mareas de la roja, sus bocinas y el cava dependentista, o sea que dependía tomarlo de si había que trabajar o no al día siguiente. Pero este año, tras la escalada de grises que nos ofreció la federación a dos días del inicio del mundial, parecía que quisieran reponer el programa de seguridad vial para que chocásemos contra la maldita roca de los créditos antes de empezar a perder, a hierro. Y casi, lo consiguen con nuestro ánimo. No había ni banderas colgadas en las calles, ¿qué pasa? Un mundial por olvidar en Brasil 2014 y una eurocopa olvidada ¿en Francia o dónde?, ¿en 2016 o cuándo?, pudieran tener la culpa del nubarrón derrotista, y no sólo Rubiales o Florentino. Quizá fuese por Torra. O porque nos han torrado ya más de lo soportable con el rollo nacionalista de aquí o de allá. El caso es que no había ambiente de victoria ni de cruzcampo.

Esto hasta el VAR y su aire fresco. La tecnología primera que nos traslada en el tiempo. Unos segundos atrás, abróchense los cinturones. Te rebobinan la esperanza. A mí personalmente, el VAR me ha devuelto la fe en el fútbol. Lo que me quitó Mourinho, me lo ha devuelto esta tecnología ciega. Casi que nos ha traído a los dioses al terreno de juego, ¿qué mano antediluviana de Maradona ni qué ocho cuartos? El VAR es la verdad revisada a plays, el sueño de los justos. Ya nadie va a protestar la jugada y con ello, Pedrerol, por fin, se verá obligado a rebajar el amarillismo de nuestras sobremesas. Yo para afirmar el VAR le aportaría enjundia religiosa, eso sí. Casi un guardia civil y un cura presentes. Añadiéndole ese toque místico, el VAR sería orwelliano y misterioso. De secta democrática. Como que los jugadores se arrodillasen mientras los del bar decidieran. Perdón, los del VAR. O que se apagaran las luces del estadio durante los minutos de intriga, casi celestial. Aunque un poquito de ese aire arcano ya se lo han conferido los rusos, la verdad. Las imágenes que se muestran de la sala oscura del VAR durante las retransmisiones, nos hacen imaginar a los árbitros iluminati encapuchados y a algún descendiente de Rasputin dirigiendo la realización audiovisual desde el oráculo. Por eso y porque por ahora nos ha beneficiado, me gustará tanto. ¿Te ha metido un gol Irán? ¿Le has metido otro a Marruecos en fuera de juego? Tranquilo. Este no es el mundial de Al-Ghandour ni jugaremos contra Corea en su campo. Tassotti no le dará más codazos a nadie impunemente. Ni Míchel imitará a McEnroe -¡la bola entró!- si nos tocara cruzarnos contra Brasil. Ay, Rusia.

Teniendo el VAR y poniéndole unas velitas, sólo nos queda la prensa deportiva española y 16 equipazos clasificados para octavos en contra. A ver si vuelve el buen juego y nos divertimos en el bar. A ver. A ver si aprovechamos la segunda oportunidad.

Se ofrece camarero

19 Jun

Málaga sin malagueños sería una ciudad perfecta. Voy a terminar creyéndomelo y, a poquito que mi ánimo decaiga, pidiendo perdón por estorbar. Estoy a un paso. Afortunadamente, mañana empieza el verano y esta melancolía de pobre, supongo que se me aliviará con sol y playa, unas cañitas y el mimo de los amigos, también pobres, que siempre te acompañan bajo una sombrillita de Victoria allá donde se la pongan. La pauperrimidad común del malagueño común se comparte y se reconforta con palmaditas en el hombro de las que se dan y se reciben al mismo tiempo. No es para menos. Superamos el 20% de desempleo en la capital, qué os voy a contar, es una barbaridad que podemos hacer pequeña con peores datos, aún más espantosos, todas las veces que odiemos. Por ejemplo, casi el 40% de los malagueños vive bajo la pesada losa de ese umbral maldito que los recalca, por si tuvieran dudas, como auténticos pobres de solemnidad. Cuatro dedos de una mano de diez que tengo. Los afortunados que tenemos la suerte de trabajar -un rato, algunos días, no sabemos hasta cuándo-, de media, hemos visto reducirse nuestro sueldo en 618 euros anuales desde 2008. Por eso será que la mitad de nuestros trabajadores, ¡cinco dedos y sólo me quedan los de los pies!, disponen de menos de 850 euros mensuales para sobremalvivir. Me vuelvo al bar para reconocer que el manido consuelo de tontos se agradecerá en la mayoría de los casos, claro, pero en este en particular, además, con terracita y al fresco, posiblemente se agudice la amnesia alentadora. Vaya, que da hasta un poquito de vergüenza quejarse de ciudad, con lo bien que se vive aquí, he de reconocerlo.

Pero sí, no lo puedo remediar. Observo la parte peatonal y museística del cartón piedra que ha creado el señor Francisco de la Torre a su imagen y semejanza, como hombre inteligentísimo y preparado que es, de buena familia y justa fortuna, bien ganada a pulso con esfuerzo, y me siento fuera de lugar. ¿Esto es para mí? Me lo suelo preguntar a la carrera, de vuelta al barrio, en cuanto me sorprendo a mí mismo pisando el impoluto suelo de la almendrita más de lo debido, por miedo a defraudar al turista si me pregunta alguna cosa de cultura general picassiana que no me sepa o, sobre algún trono de la semana santa nueva continua que tampoco, ay, dios mío, ¿de verdad esto es para mí?

Mi barrio es otra cosa. Está sucio y pobretón. Según el equipo de gobierno de De La Torre porque soy un guarro. Y pobre, vale, pero guarro, no me considero. La culpa de la suciedad era de las palmeras y de los malagueños que lo manchábamos todo. Ya empezábamos a sobrar. Lo nuevo es que también tenemos la culpa de que Urbanismo sea un desastre. Si los malagueños cumpliéramos con nuestros deberes urbanísticos, según nuestro alcalde, no habría tantas denuncias y asunto arreglado. Un discurso un tanto anárquico. Ya puestos, podía pedir que no cometiésemos delitos para prescindir de la policía también. Yo no sé. Sobramos, ya te digo. Su ciudad es para otros, que aún no existen si no es en su cabeza.

Y sobre el PIB, Don Francisco dijo el otro día en una presentación en la que opinaba sobre la escasa clientela local que acudía a los restaurantes con estrella michelin de la provincia, que en Málaga era muy bajo y que por eso no podíamos permitirnos pagar lo que costaban sus menús. Pero tenía la solución. Bueno, no, el empeño. Don Francisco soluciona poco pero se empeña mucho y, a tenaz, no le gana nadie. Tenía el empeño de traerse a Málaga organismos internacionales (como intentó con la agencia del medicamento) para atraer funcionarios con alto poder adquisitivo. Miles. Definitivamente, creo que le sobramos. Aunque puede que no. Tal vez necesite camareros.