A mi bella sonrisa

3 Abr

Hay un estudio por ahí de un señor danés que debe saber mucho sobre el asunto, que afirma que los malagueños sabemos sonreír mejor que nadie. O que lo hacemos durante más tiempo. O que más veces. O quizá sea que con más ganas. No me atrevo a ser más preciso porque he leído el breve del breve en español que recorre internet copiado de una página a otra con la misma precisión que desconfianza me genera. Esto me ocurre desde hace poco por culpa de los rusos, y su Brexit, y de su elección de Trump, y de todo lo malo que nos pase manipulado seguramente por sus matrioshkas trileras. Lo paradójico es que de tan crédulo que era sobre esta supuesta desinformación conspiranoica, me haya convertido en este incrédulo obtuso, que campa con cuidado entre las webs, como si todos los días fueran 28 de diciembre en Siberia. Así que he acudido a la fuente, como me enseñaron con paciencia de santo, para intentar enterarme bien de lo maravilloso de nuestras sonrisas según dicho estudio, pero tampoco es que pueda fiarme demasiado de lo que haya resuelto mi “google translate” pues a veces sus traducciones podrían suponerse directamente realizadas a mala leche desde el Kremlin.

Sea como fuere, el análisis del señor danés –Meik Wiking, por si lo quisieran buscar en wikipedia y fiarse- llega a la conclusión de que las personas más sonrientes del planeta vivimos en Málaga. ¡Qué alegría! ¿Tendrá esto que ver con la felicidad? Antes de continuar con la disertación sobre lo felices que somos en Huelin y sus alrededores, un paréntesis para recordar lo mal parados que salíamos en cualquier estudio comparativo en que nos incluyesen los sabiondos de cualquier universidad de renombre hasta hace bien poco. Al César, lo que es del César, así que hay que arrogarle el mérito entero a Don Francisco de la Torre. ¡El cartón piedra funciona, Paquito, ole! Ahora somos siempre los primeros o los segundos en todo, hasta para “lonely planet”, casi seguro, tras las Islas Salomón. A lo que iba, el señor Wiking, probablemente de nacionalidad danesa aunque de origen ruso, ha acertado con nosotros de pleno. Sonreímos como nadie. Y esto corrobora los estudios de otros cuantos expertos que afirman, a veces desde Suiza, que el dinero no da la felicidad. Ni ayuda. Los malagueños seríamos la paupérrima prueba palpable y sonriente de eso.

Cinco son los niveles de felicidad según Seligman, el Hawking de la psicología. Del mínimo al máximo: la vida placentera, la vida comprometida, las relaciones, la vida significativa y el sentido de logro. Y cinco también, los ejercicios que Laurie Santos, la profesora de moda en Yale, enumera para ser más feliz:

  1. Escribir, cada noche, una lista de agradecimientos. Como darle las gracias a nuestro alcalde por sus museos efervescentes y burbujeantes, o a nuestro jefe, por el empleo precario con el que nos ha bendecido.
  2. Dormir 8 horas. Muy fácil de realizar para un malagueño, que trabaje dos o tres días, dos o tres horas, sin contrato alguno o con dos o tres a ratos, para intentar componer medio sueldo digno.
  3. Meditar. Se puede con una cañita.
  4. Compartir el mayor tiempo posible con la familia y los amigos. La sal mediterránea corre por nuestras venas.
  5. Menos redes sociales y más conexiones reales. Chupao. Nos conectamos, y nos tocamos, y nos hablamos a un volumen muy alto, aunque atentos al whatsapp para quedar con más familiares y amigos.

Pues va a ser que sí, que cumplimos con esos ejercicios antes de que la profesora los inventase. Y en cuanto a los niveles de Seligman, disfrutones somos, y comprometidos, y nos relacionamos muy bien, y conseguimos significarnos, y luchamos por alzanzar nuestras metas, y nos encanta generalizar.

Y, además, tenemos unos museos maravillosos… Normal será entonces que sonriamos tan bien, ¿no?

Otra cárcel

28 Feb

El Ministerio de Interior ha inaugurado la cárcel de Archidona, tras cinco años de abandono y pérdidas millonarias, casi para celebrar el día de Andalucía. Parece una advertencia de esas que tramaban los señores feudales, aunque el sur de Despeñaperros no sea tierra de sublevaciones. Como signo de que corren nuevos tiempos, aquella tradicional ejecución del reo con motivo de alguna fecha señalada, se ha cambiado por un tour guiado para quienes deseen ver las instalaciones, niños y niñas incluidos, como parte de un fructífero programa didáctico. Quizás el paseo incluya alguna broma de esas de dejar a alguien encerrado durante un rato en la celda, o esa tan clásica de arrojar una pastilla de jabón al suelo cuando lleguen a las duchas. No sé, algo efectista. No imagino por qué alguien querría perder su valioso tiempo descubriendo los vericuetos de un recinto vallado y con rejas. Puede que el visitante imagine sus días futuros tomando el sol en aquellos patios y quiera saber la pared donde más calienta, o el escalón más cómodo para sentarse. Hay personas que son muy previsoras y prefieren tener todos los cabos bien atados, con sus reservas de habitación hechas de antemano. No encajan esos sobresaltos con los que el destino castiga al hombre. Lo mejor en estos casos es echar un ojo a la futura residencia para que el posible ingreso no se traduzca en nervios y prisas de esas que inducen a errores. Sería interesante saber cuántos políticos han ido de excursión por allí.

El caso es que la sombra de la prisión es muy alargada sobre aquellos campos de Archidona y el norte de la provincia de Málaga, zona que presenta graves problemas de un desempleo siempre ligado a la estacionalidad del campo y a su falta de lluvias o de lluvia de subvenciones. Pero es lo que tenemos. En lugar de cortar la cinta de una fábrica, como se hace en el norte peninsular con cierta frecuencia, en nuestro sur nos debemos conformar con que el dinero público alce pabellones de traza industrial, aunque se trate de recintos penitenciarios. Nos falta iniciativa privada y visión de mercado a pesar de que tenemos los productos. Hasta hace poco tiempo, grandes cubas llegaban desde Italia para comprar el aceite en esas mismas tierras; luego lo vendían envasado al extranjero e, incluso, a España. No sé si alguna botella regresaría al lugar donde nació su contenido, pero con el precio multiplicado en la etiqueta. Negocios coloniales: te compro por 5 y me lo tienes que comprar por 500. Los franceses, muy amantes de su tierra patria, construyeron los centros de internamiento en sus colonias; luego, los americanos, con mayor instinto comercial, realizaron películas y best-sellers con los episodios de fugas; ahí está “Papillon”.

Un buen amigo malagueño, harto de comer en bares y restaurantes, encarga la comida mensual para él y su pareja, a una de esas compañías que la sirven por transporte rápido y envasada sin conservantes. Unos minutos de microondas y listo. Discuto con él por el daño medioambiental que ese tipo de hábitos provoca, pero reconozco que la vida de ambos escenifica una locura diaria. Acudir al mercado, comprar producto fresco y preparar el almuerzo, significan suplicios añadidos a sus circunstancias. La compañía tiene su sede en Madrid y la cocina más próxima en Sevilla. La nueva prisión está rodeada por unos extensos olivares, como ya he dicho, y a pocos kilómetros se halla la Vega de Antequera, una de las zonas más fértiles de esta provincia que aún importa alimentos procesados desde más allá de sus fronteras. Falta un planteamiento empresarial que evite esa dependencia de la meteorología que Málaga sufre tanto en el campo como en la playa. Si así hubiera sido, puede que este centro llamado Málaga II no habría tenido que ser inaugurado por falta de una clientela que, en su mayor parte, se halla recluida por delitos relacionados con el narcotráfico, dada la falta de perspectivas de futuro que ofrece el panorama laboral. Málaga, una tierra repleta de posibilidades que despega hacia otra cárcel.

Rojo y amarillo

21 Feb

El himno. Si ya te aburre el tema, huye de aquí. A mí me queda esta última pataleta y lo dejo, junto al tabaco y las salidas nocturnas de los viernes sin blanca ni esperanza. Casi que voy a defender a Marta Sánchez, aviso a los del toque a degüello contra la cantante, que conmigo no cuenten, que me gusta rendirme y entregarme prisionero. Mi espacio natural se encuentra entre los suplentes del equipo perdedor, probablemente porque llevo a la espalda un doce de nacimiento, antojo de mi madre, y se me da mejor animar en la derrota que competir contra los buenos. Hasta guardo la camiseta equivocada de olé olé, la de Vicky Larraz, a la que yo auguraba un dulcísimo porvenir, nefasto cazatalentos también, me pasa como a Aguirre.

Decía que iba a defender un poquitín a Marta Sánchez y su himno y no bromeaba. De dos cosas de las que he oído y leído sobre ella, por convicción y por lo menos. De que no es tonta, la primera, por supuesto, aunque quizá pretenda parecérnoslo por ánimo de lucro o de extrema necesidad, pues la creíamos ya perdida para siempre en Miami, compartiendo apartamento con Vicky Larraz, y no, no estaba muerta, estaba de parranda, escribiéndole versos, dime niño quién era, al himno. Y el segundo asunto en el que la defenderé a fondo perdido y hasta me cuadraría ante ella, soldado del amor que es uno cuando se pone, tiene que ver con lo que se nos presume en la mili. Porque hay que ser valiente, con la que está cayendo en Tabarnia -que es la falsa Covadonga del S.XXI y lo demás, tierra por conquistar de Ciudadanos-, y con los juicios y condenas a artistas, titiriteros, tuiteros y raperos por expresarse maliciosamente en libertad, para lanzarse al río del Teatro de la Zarzuela a quemar sus últimas naves con estos asuntos tan delicados.

Marta Sánchez habrá sido lista, tal vez, pero sobre todo ha sido valiente, osando ponerle letra a un símbolo nacional de todos, incluyendo en esta totalidad a los nacionalistas exaltados que jalean sin mesura cualquier a por ellos en el que se consideren soberanos invitados. Qué miedo, ¿no? ¿Y si hubiese sobrepasado la delgada línea de lo que se considera moral y democrático con su letra, o sea las cosas como dios manda? ¿Y si se hubiese considerado que alguno de sus insufribles ripios faltaban al debido respeto de algo o alguien semidivino o enaltecía alguna cosa que fuese ilegal, inmoral o engordara?

Ya la he defendido. Junto a Rajoy, Rivera y Xavier García Albiol. Como D´Artagnan y los tres mosqueteros. Aunque a mí, la letra en cuestión, sinceramente, no me haya complacido tanto como a ellos. Yo creo que a Zoido, tampoco debe haberle entusiasmado mucho, por tocar el rollo emigrante. Ni a Báñez, por parecidas circunstancias. No sé si a De Guindos. Respecto a la parte que menos me interesa, particularmente, es en la que se especifica que lo tiene blanco porque su mujer lo lava con ariel. Ah, no perdón, que esa era de otra por el estilo, que no creo que les agrade tampoco a mis tres mosqueteros. Quería mostrarles esta: “rojo, amarillo, colores que brillan en mi corazón y no pido perdón. Grande España, a Dios le doy las gracias por nacer aquí, honrarte hasta el fin”. Esta parte que he destacado supongo que será la que más intensamente hayan apreciado los encantados con ella, porque aparte del pequeño desliz de haberle cambiado los colores a la bandera, ahora pollo, menciona con acento tabarnés lo innecesario de pedir perdón por sentirse orgullosamente español -no confundir con nacionalista-, deja en mal lugar la división autonómica constitucional, mejor una y grande que diecisiete, no digamos ya que plurinacional, y aclara que seremos laicos, vale, pero de verdadera pacotilla, por si a alguien, gracias a dios, le cupiera alguna duda.

Esto es el arte

7 Feb

Hace un frío que pela. Hoy es uno de esos días de mantita acurrucable, qué os voy a contar. Yo no sé cómo lo soportan por ahí arriba. Bueno, si lo sé, quedándose en su hogar, a salvo. Si por algo se caracteriza el frío en nuestras latitudes, en cambio, es por tener que convivirlo en casa cuando se nos cuela, no sabemos por qué rendija traicionera del trópico. La culpa la tendrán los cierres de aluminio que no nos encierran bien, o los agujeros por los que persiguen los cables de internet a sus megas abiertas al mundo, no sabíamos que tanto. La solución en casa del pobre andaluz está en rendirse a los elementos y sentarse a compartir el tiempo tapadito junto a una serie entrañable cualquiera. Y, por supuesto, quejarse del frío, brrrr, en cada traslado al aseo para que asientan los que te acompañan -¡pero cierra la puerta!-, entre ateridos y abrazados al forro polar que os une en la misma circunstancia climática adversa, menudo invento este y no la rueda.

No hay otra. Podemos intentar combatir el frío con cachivaches de quita y pon, siempre insuficientes. Te calmarán algunos al principio, puede ser, por el ejercicio de sacarlos de su escondrijo bajo la cama, tras la puerta, o sobre el armario, pero la batalla estará perdida a corto y helado plazo, pues lo conectaremos casi con el mismo repelús al frío que a la factura eléctica venidera y, sin paciencia en euros, el frío malagueño en casa ni se desprende de los huesos, ni se destruye en los pies, qué poca energía. Mejor te bajas al bar. Probablemente haga más calorcito en la calle…

No ocurre lo mismo en el norte. No sé cuántos bajo cero, sí. Y un montón de centímetros de nieve, ya. Pero allí se entra en el hogar y te lo quitas todo: el trineo, los esquís, el gorrito, los guantes, el abrigo, el jersey y no sigo por si alguien me está leyendo en horario infantil. Yo mismo, visitando a mis familiares abulenses, de noviembre a febrero, nunca olvido el abanico de fiesta, ni los short de andar por casa. Lo llaman calefacción central y ni duele al bolsillo, ni te obliga a reunirte en torno a nada ni a nadie con tiritera. No saben allí ni lo que es una mesa camilla, con eso lo digo todo. A lo más parecido que tienen, encima le ponen fotos. Yo creo que esa es la razón por la que se ha extendido la fórmula televisiva del norte, de conectar con los periodistas en la nieve cuando tienen que comentar las noticias escalofrintes de los cortes de tráfico, para que parezcan pobres, o andaluces, o heladitos sin causa. En Málaga, una conexión en directo de estas, podría realizarse, sin problemas, en el salón de cada casa. Lo entenderíamos todos. Claro que, quizás, Despeñaperros arriba, nos vieran tan abrigados que pensaran que nos disponíamos a viajar a Sierra Nevada y pudiese crear cierta perplejidad. No sé. Porque, claro, no voy a asegurar que si retransmitiesen las noticias del telediario sobre la ola de frío en nuestra salita de estar nos humeara el aliento tanto como a ellos en el monte, por supuesto, pero tampoco me atrevería a asegurar que nunca me haya pasado eso, sinceramente.

El caso es que nuestro frío es distinto. Allí se sufre y aquí se pasa. Allí te lo quitas y aquí se te mete. Yo creo que a esta diferencia de costumbres norte-sur se debe que nos pareciera tan ridículo el acting del director de la DGT del otro día cuando nos mostraron la grabación de su paripé laboral anti atascos por nieves. A favor suyo, indicar que, tendríamos que entenderlo con el acento andaluz friolero del que les hablaba. Después de la risa de observarlo con el walkie-talkie, atendiendo un fijo y un móvil sin que se le cayese ninguno, gesticulando órdenes y señalando puntos de la pantalla a troche y moche, medité sobre la insoportable levedad del ser, y me dio hasta lástima, tan repeinado, tan Peter Seller cuando nos parecía gracioso y amable. Maldito asesor tendrá.

El trabajará a gusto en casita, con el frío sevillano y su pijamita de franela puesto, frente al ordenador con el windows 98 que le encienda el niño cada vez que se lo pida pero, con tanta crítica, con tanta incomprensión y con tanto rollo, que si con el pisito en Madrid, que si va al fútbol, que si le gustan los toros, no lo dejan… y, claro, como los periodistas en la nieve, a disimular el frío, a disimular la responsabilidad, o a bañarse en Palomares. Qué arte tiene este. Sólo le ha faltado un “busca” que sonara durante su farsa.

Cómo se aguanta un español

31 Ene

Estuve leyendo el otro día al redactor jefe de la sección de viajes del Sunday Times. Sí, en inglés, so what!!!? Lo leía como Fungairiño veía los documentales de animales de la BBC, pero en mi caso, sin chaqueta y con el google translate afectándome las emociones más sensibles. El artículo jocoso del experto viajero de la Gran Bretaña se titula “cómo ser español” y no nos deja muy bien parados, más bien moviéndonos mucho, mecachis en ten. El tipo debe de haberse pasado un mesecito o dos frente a una de las miles de barras para guiris, de uno de los miles de bares de guiris, en algún complejo de vacaciones para guiris, de esos en los que se tiene que avinagrar la sangría y la tortilla de patatas por el mal ambiente reinante (God save the Queen, aparte), aunque no se pretenda defraudar a sus dueños con falsas indigestiones. Sólo así se entendería que el periodista cachondón afine tan mal con la retahíla de chistes manidos a ocho párrafos, exagerando antigüedades tópicas que me han rejuvenecido hasta a las canciones con tufo a gasóleo A recauchutado que Pepe da Rosa dedicaba a JR, el magnate del petroleo más conocido por los maleducados españoles pegados al televisor hasta que Cebrián y Felipe González con su amigo Zandi, lo desbancasen en el salón de la fama.

Reírse a estas alturas de naderías releídas sobre nuestra supuesta impuntualidad, o de que hagamos nuevos amigos cada día, o de que nos echemos una siesta tras una copiosa comida a las dos de la tarde tardísima son bromas simplonas que sólo contarían ya, en vez de anécdotas, algunos camareros británicos trasnochados que, a pesar de llevar media vida de absentismo inglés en nuestras costas, hubiesen sido incapaces de integrarse con naturalidad en esta sociedad chillona y marciana que los acoge con tanto ruido. Pero el relamido Chris Haslam no se queda ahí, sino que pavonea su presuntuosa autoestima nacionalista taconeando su mala noche de juerga a peor ritmo, faltón de armonía, compás y compasión, comparando, por ejemplo, la elegancia de los suyos contra la merdellonidad hispánica que inventa, despreciablemente. Si quiere ser español, dice, “para empezar, olvide las nociones anglosajonas de buena educación, discreción y decoro” y esconda a los hooligans como yo de la foto, se olvidó de añadir. Continúa: “ser español significa entrar en un bar, besar y abrazar a completos desconocidos, gritar ‘oiga’ al camarero y tirar todo lo que no puedas comer o beber al suelo. Excepto los vasos. Eso es demasiado”. Demasié, sí. ¿Dónde encontrará este hombre la gracieta en asegurar que los españoles lo tiramos todo al suelo en los bares? Ah, todo menos los vasos. Y, ¿por qué le extrañará tanto que los vasos no los tiremos? ¿Será porque sería lo primero que se tirasen a la cabeza él y sus educados amigos cuando les traicionase su buen humor inglés en el pub de abajo, pasados de vuelta inteligente?

Afirma Cristianito Haslam que somos muy mal hablados. Dice que oyó a una profesora en Salamanca, gritándole a sus alumnos, “cabrones”, tras amenazarlos con abandonarlos si no regresaban a su encuentro a la hora indicada. “Hablado o, mejor dicho, gritado, el español está granado de obscenidades de una inventiva y conciencia anatómica alucinantes, no importa con quién se hable”, asegura. Y aquí, lleva razón en parte pero en la que no lleva, me baso para no usarlo en descripciones detalladas sobre lo que pienso sobre él o sobre alguno de sus hirientes comentarios sin sentido.

“A las 11 se nos cae el boli y nos vamos al bar a tomar una caña y un bocadillo. Y oye, que nos lo tomamos tan en serio, que nos dura el descanso hasta la hora de comer”. Respirar y contar hasta tres. “Los países que han sufrido hambrunas son bastante maniáticos”. Pensando que obscenidad de inventiva anotómica no le dedico para terminar…