Pensamientos sucios

5 Sep

Los malagueños no tenemos un buen concepto de nuestros conciudadanos. Supongo que, desde tiempo inmemorial. La culpa debe tenerla esa misma rambla que todos los alcaldes históricos que se precien, han soñado con tachar o transformar en un vergel, sin ningún éxito. El cauce del Guadalmedina separó nuestra ciudad en dos clases de homínidos, los que tenían tiempo para hacerse preguntas existenciales y los que tenían que comérselas para subsistir, y a partir del S. XVIII y, sobre todo, durante el S. XIX, esa distinción feroz entre los industriales adinerados venidos de toda España al fulgor de nuestro vino y la mano de obra hambrienta malagueña obligada a competir entre ellos por un trabajo miserable, originó ese rencor entre pobres que ha arrastrado nuestra sociedad, filoxera mediante, hasta nuestros días.

Así, los malagueños solemos distinguir entre señores que se visten por los pies, entre los que nos incluimos a nosotros mismos y a nuestros familiares hasta el segundo grado de consanguinidad, junto a los de economía saneada y fortuna demostrada; y arrabaleros con equipos estruendosos de música en sus coches, que son todos los demás. Consideramos merdellones a nuestros vecinos y pura chusma a los que viven aún más alejados que nosotros del precioso centro urbano. Nos hacemos círculos concéntricos mentales para dividir a las personas por distritos y asignarles un rol de incultura, poco civismo y peor educación, directamente proporcional a la distancia entre calle Larios y el Barrio de El Limonar, con su inmundo lugar de residencia. La Palmilla se lleva la Palma. O al revés.

Debe de ser por eso que Málaga es la única ciudad del mundo en la que la ciudadanía echa la culpa de sus males a sus vecinos y no a los verdaderos responsables de sus problemas. No exigimos que corrijan las carencias de nuestra ciudad a los únicos que pueden solucionarlo con la ley en la mano, con la legitimidad democrática, con la asignación presupuestaria suficiente financiada con nuestros impuestos, o sea, a nuestro Ayuntamiento, sino que nos indignamos porque estos no persiguen ni multan a nuestros conciudadanos, macarras, barriobajeros.

Por supuesto, a esto juega nuestro Ayuntamiento. Su ineficacia es nuestra culpa. Su incapacidad es nuestra culpa. Su falta de planificación, también. Si no cometiéramos infracciones urbanísticas, no habría tantas multas sin tramitar en el cubo de la basura de la Gerencia. Esto se asegura en ruedas de prensa, así, como suena. La culpa es del malagueño merdellón, siempre. ¿Y la suciedad? El concejal responsable señaló a las palmeras, como las culpables. Como los burros, o las garitas en la mili, que se arrestaban, sí. La culpa de la suciedad en nuestras calles era de las palmeras. Claro, no sólo de las palmeras, por supuesto: también del malagueño merdellón, siempre.

¿A que lo piensas? ¿A que la culpa de ese vómito antediluviano que hay petrificado en el alcorque de la esquina de tu calle es de quien se sintió mal, ¡guarro!, y no de tu Ayuntamiento, que no lo ha limpiado en un año? ¿A que sí? ¿A que lo que tendría que hacer el gobierno municipal es desplegar al ejército en las calles para vigilar y multar a los que la manchan y, no tanto cumplir con su obligación de mantenerlas limpias? ¿Somos tontos? No creo, sinceramente, que seamos tan medellones como imbéciles…

Estuve en Holanda de vacaciones, por ejemplo, y me alojé en una ciudad de 600.000 habitantes, en un barrio en las afueras, en una callejuela sin historia. La baldeaban dos veces diarias. A las 7 am y a las 23 pm. Los seis días que estuve. ¿Puede haber cochinos en Holanda?

En Málaga vivimos 600.000 personas. Y necesitamos un servicio de limpieza para 600.000 personas. Para 600.000 limpios o sucios ciudadanos. Sin excusas. En la Avenida de Barcelona las palmeras son incívicas. El Ayuntamiento, más. No limpia los desechos negruzcos pegajosos que la naturaleza merdellona de nuestras palmeras arrojan al suelo. ¿Cuánto tiempo hace que no ven un camión del servicio de limpieza municipal en su calle, en su barrio?

¿Quiénes serán los ineptos, los ineficaces, los merdellones y los guarros? Sus vecinos, claro. La culpa es del malagueño merdellón, siempre.

Españoles first

28 Ago

En España, nos gustan los extranjeros. El Plan de Estabilización franquista apostó por el turismo en 1959 y, desde entonces, los Hermanos Ozores echaron el resto para contribuir con su granito de arena de playa virgen, a la buena causa del sector servicios. Del turista 10 millones del 62 al tardolandismo de la transición, nos cubrimos del dorado sueco imaginario y, hasta hoy, que nos llega el cariño mutuo al cuello. Al turismo internacional, una sonrisa. Los queremos. Por la tesis de Nancy. Porque los guiris son inofensivos, un tanto derrochones y liberales en las cuestiones amatorias. Justo lo que necesitábamos. Eso decía el canon y eso seguiremos esperando de ellos, otros 50 años si hiciera falta, con los mismos brazos abiertos.

Me reitero, no, no somos xenófobos en España. Sin embargo, me canso de oír en mi telediario que si se produce el auge de la xenofobia por aquí, que si hay una manifestación neonazi por allá. Afortunadamente, eso, no nos afecta a nosotros. Si acaso, serán las suecas francesas que venían a Torremolinos o a Benidorm, o sus hijos, que no habrán sabido envejecer. Nosotros ni tememos, ni rechazamos, ni odiamos al extranjero en nuestro país. Eso es falso.

Otra cosa es la raza. Eso es asunto mayor y de recio abolengo. Los españoles como dios manda tenemos escudo de armas y somos patriotas, blancos, católicos y orgullosos hasta del último pelo de nuestro pecho. Bajitos pero machotes. Mantuvimos un imperio, ¿qué se creen? Una cosa es que nos caigan bien los turistas extranjeros y otra, que consideremos a todos los seres humanos iguales a nosotros. No. Eso no lo tenemos tan claro en España, no. Iguales en derechos en su tierra, por supuesto, pero ¿aquí? Como diría Trump: America first. Los españolitos, primero, la duda ofende. ¿Los demás?, ¿qué asilo? ¡A su país! O si no, tú que los defiendes tanto, los metes en tu casita. Porque estamos nosotros, los españoles viejos, en la cúspide de la pirámide; luego están los negritos, diferentes por su color; los musulmanes, distintos por su religión; los gitanos, diferentes por sus extrañas costumbres; y, junto a estos, toda una serie de indeseables que vienen a matarnos, a robarnos, a violarnos, a quitarnos el trabajo, a quedarse con las ayudas sociales, a colapsar nuestra sanidad, a dejar sin plaza en las escuelas a nuestros hijos, a ocupar nuestras casas. !Y las administraciones lo permiten¡

El año pasado nos visitaron 81 millones de turistas extranjeros, y cruzaron nuestras fronteras a nado o a sangre viva, 27.000 migrantes. Una avalancha, ¿no la veis? Unos son pocos y otros nos sobran. ¿Saben cuántos españoles emigramos al extranjero en 2017? Casi el triple de los que llegaron aquí sin aliento: 76.000 hombres y mujeres. De hecho, dos millones y medio de españoles sobreviven fuera. ¿Colapsando las universidades extranjeras? ¿Serán blanco de las críticas xenófobas o racistas en los países de acogida? Probablemente. America first.

Sí, en España somos racistas. Muy racistas. El caldo de cultivo está servido y sólo hace falta un orador populista que recoja el guante y nos lleve a todos a una, contra las razas inferiores usurpadoras de nuestro bienestar. Alguien que comprenda la necesidad que tenemos los ciudadanos de identificar un responsable al que achacar todos nuestros problemas. Que sea débil, por favor. Vencible, por misericordia.

Porque a ver, ¿qué prefieren, que nuestra situación de precariedad se deba al liberalismo económico, a los sistemas financieros, a los tejemanejes intangible de banqueros o fondos de inversión, o, quizá, que “la cosa” se deba y se solucione expulsando a los sin papeles de nuestro país? Está claro, ¿no?

Me persigno para que no llegue otro caudillo que nos guíe.

Titulares

15 Ago

Últimamente las noticias del telediario sobre Málaga me tienen en un sin vivir. Si hace unos días resultaba que las medusas habían elegido en exclusiva nuestras playas para un ataque masivo, ayer éramos protagonistas de la previsión del tiempo por la ola de calor que nos disponíamos a sufrir. Treinta y ocho gradazos, mientras que en Córdoba, donde el debate ciudadano del verano se centra en la oportunidad de en erigir un monumento al inventor del aire acondicionado, se van a quedar en treinta y seis. Nos pasa todo, y así están las criaturas, que anteayer un vecino de El Palo abolló con una sombrilla de playa la carrocería de la ambulancia que había ido a atender a un familiar suyo, aunque nadie nos ha contado si fue porque el exceso de calor le había anulado el juicio.

Está la cosa que arde, y dado que las calles del centro que habito están a rebosar de juerguistas al vapor y corro el riesgo de ser detenido por intentar abollar a alguno con el palo de mi sombrilla, decido quedarme en casa junto al ventilador escuchando la radio. Habla un experto filólogo sobre el disparate sintáctico y semántico de manipular nuestra sacrosanta Lengua Española para incluir al género femenino. Por lo visto a alguien se le ocurrió emplear la palabra testiga, una burrada muy gorda porque en latín, testigo y testículo están emparentados, dice el experto. Siempre que se produce un intento de progreso en cualquier ámbito o disciplina, hay quien recurre a las esencias para impedirlo. Se recurre a la superioridad de la raza, la cultura, las costumbres y tradiciones para argumentar contra la acogida de inmigrantes o refugiados, se recurre a las raíces del cante jondo para criticar a quienes interpretan el flamenco de acuerdo con lo que escuchan y respiran, se recurre al origen de la lengua para evitar que terminemos teniendo demasiadas testigas de nuestra resistencia a tener más presidentas, directivas, médicas, juezas.

Puede que en privado tardemos, o incluso no lleguemos, a preguntar a nuestra hermana cómo están sus hijos e hijas; abreviaremos preguntando cómo están los niños, pero me pregunto, siendo decisión de cada cual cómo hablar en público, por qué molesta tanto que se diga ellos y ellas, los y las, nosotros y nosotras. Antes, en los espectáculos el maestro de ceremonias saludaba diciendo “señoras y señores”, y no salían defensores de las esencias filológicas a protestar por nada. No tan antes, hubo una corriente alternativa que decidió suprimir el masculino en sus discursos, pero aquello fue tan minoritario que no dio ni para tertulias de radio. Para aquellos que hablan de la economía del lenguaje y de la inclusión de todos y todas en un solo género, tal vez sería una solución.

Llega el momento de la publicidad en el programa de radio y salta una cuña del Ayuntamiento de Málaga recordándonos, mayormente a los del género masculino, que cuando una mujer dice que no es que no, y que solo es sí cuando te dicen que sí. Me pregunto si el pontífice de la lengua la habrá escuchado, y resoplo barruntando que, en tal caso, cuando le abran el micro de nuevo nos dará una clase magistral sobre la tautología. Así que cambio de emisora, justo a tiempo para escuchar que la salud de Aretha Franklin parece haber mejorado momentáneamente, y recuerdo con cierta congoja aquella actuación suya en la toma de posesión de Obama como presidente de Estados Unidos, y en cómo toda aquella esperanza de que las cosas cambiaran se diluyó como un azucarillo, y de aquel presidente culto, elegante, encantador, hemos pasado a lo que hemos pasado. Pero el mundo avanza así, un pasito palante y un pasito patrás, y por eso su canción más gloriosa, Respect, un canto feminista que compuso en 1967, no solo la sobrevivirá mucho tiempo como un monumento musical, sino que seguirá teniendo vigencia, aunque sea para resumir lo que late en el fondo de intentos de cambiar el lenguaje, listas paritarias o cuñas de radio que ya no deberíamos necesitar. Todo es cuestión de respeto.

Aquella Feria

8 Ago

Diré que estoy acongojado, porque soy elegante, pero me quedo muy corto. Siento como si tuviese al perro de San Roque bajo mis piernas y me pregunto, si no es el rabo, qué será lo que lleva el can escondidito entre sus patas traseras, que me da -o me doy- tanta pena.

En dos días, el horror vacui empecinado del alcalde propiciará este relleno barroco anual de multitudes que alcanzará al barrio de la Victoria en el que subsisto, como le sucederá a tantas otras arterias confluyentes de la ciudad, desbordadas todas frente a la rendición sin condiciones de calle Larios. De modo que estoy preparando las maletas para exiliarme en Huelin, con la familia, y así librarme del terrible monstruo que han creado De La Torre y Porras por omisión, cogidos de la manita y con las bragas en la mano, en mi querido Centro Histórico humillado, durante la Feria de Málaga.

Perdonen que llame Feria a eso que nos hiere en lo más profundo de la idiosincrasia como un agravio, y que yo sea tan cobarde o cínico como para que habitualmente me resigne o disimule mi disgusto, hasta que el caos amaine y vuelva a casa jurando bajito en arameo de los montes. Otra vez. Otro año. Tras otro desastre injusto padecido. Porque lo que en la Almendrita ocurrirá desde el día 9 de agosto, hasta el próximo domingo, 19, no se parecerá a ninguna fiesta grande malagueña, ni encontraremos motivo alguno para mostrarnos orgullosos de sus salados faralaes fritos, desgraciadamente, sino que, a cada malagueñito rabicorto bien educado, pisar la calle sigilosos hacia el puente de plata, en estos días sin ley ni ayuda, nos supondrá una vida en suspiros y otra media en oraciones, huyendo de nuevo, a la desesperada, del caos y sus pestilencias. Confieso que me paralizaría el miedo insuperable si me viese obligado a atravesar en una urgencia, a ciertas horas, la recogida de ese circo montado por la fiera y teniente de Alcalde malagueña, responsable del Área de Servicios Operativos, Régimen Interior, Playas y Fiestas, la señora Atilesa Porras.

Pero si a nosotros nos enseñaron a sentirnos mal cuando hacíamos demasiado ruido masticando el maíz tostado en el cine, ¿qué clase de locura es esta, ruidosa, maloliente y violenta, que me ofrece, falazmente, como parte de mi tradición? Menos lucecitas, y un poquito más de trabajo. Y si lo que escaseara fuese la aptitud, apártese de una vez, cien pasos atrás, y que alguien le devuelva nuestras costumbres y, sobre todo, nuestro orden, buen gusto, y mejor educación, a nuestra feria del centro.

Una celebración en la que el rey de la fiesta sea el macarra descamisado, borracho hasta las trancas de reguetón navajero, será la de los responsables municipales, cómplices de esta barbarie y desolación anual, pero nunca la nuestra. Que cada vez más malagueños reneguemos de esta fiesta impuesta, con verdadero sentimiento de culpa, tiene que ver con la inoperancia municipal, no con nuestra falta de compromiso.

Como sucede a menudo, la iniciativa privada va por delante, y cada vez más locales de restauración del centro migran al Real o, en su defecto, proponen programas y cartas a puerta cerrada, para aquellos que siguen empeñados en disfrutar contra viento y marea, y para eso pagan alquileres desmesurados y tasas y platos rotos por todos todo el año. Si la prohibición, a la que nos hemos acostumbrado en los últimos tiempos, es la única solución, hágase. Prohibido feriar con el sudoroso torso descubierto, prohibido beber en la calle. Que tomen la batuta los comercios y los bares y restaurantes, las y los malagueños. Así nació aquella Feria del Sur de Europa que hoy más bien parece una bacanal vikinga.

Los veranos culturales de la villa

1 Ago

¡Agosto! Suena a rastrillo, cubo y pala. Y a bocadillo de sobrasada en el cine de verano. Aquellas de mi infancia, sí eran vacaciones culturales y no estas; playa, libro a media tarde, peli nocturna y concierto de fin de semana. Si no, no eran vacaciones. No eran de verano. No eran. Seguramente, la culpa de que haga esta relación de lo artístico sin querer, con el chancleteo en la orilla la tuviese mi madre por su manía de poner discos a todas horas. Lo afirmo convencido de que, a los recuerdos con su música, les pasea como a las tablas de multiplicar, que se te clavan con chinchetas. Por eso será que me conozco todos los éxitos de los setenta y por eso también, esperen que me lime las uñas, que donde vaya, me convierta en el rey de la fiesta, sobre todo si me digno a bailar, ¡epa! Y no es que yo fuese un exquisito cultureta con 8 ó 10 años, claro que no. A mí lo que me gustaba era la bici de mi primo. Y mi vecina, Rocío. Como a todos. Pero es que, sin un libro a mano hacía más calor. Un libro y una limonada, o un tang, era necesario para abstraerse un rato tras cualquier ventilador que te llevase a Zanzíbar, a mojarte los pies.

Pero eso fue y ya no. El progreso me ha dejado sin aftersún, ni manchas de alquitrán en los pies a la vuelta de Zanzíbar. Se lo ha llevado todo. Las bicicletas no son para el verano. Ya nadie -en su sano juicio- juega con ellas. ¿Qué niño pide una? Sólo las desean los grandes, que quieren parecer cosmopolitas, y sólo las usan los que, además de ser chic, tienen espíritu deportivo y osadía suficiente para adentrarse en los carriles municipales aventureros. No, no, no… ya no quedan cines bajo las estrellas, ¿qué dices? Ni tebeos de las joyas literarias juveniles, ¿quién los iba a comprar? Tampoco conciertos de un artista, sólo festivales con ríos de gente enfilados. Todo o nada. Por no haber, ni ganas de playa me quedan, ofú. Y con este calor, menos. ¿Por qué me quedaré en casa con el ozono a tope? Y, ¿por qué no llamaré a los amigos sino que les escribo excusándome? ¿Por qué me agarro a la tablet y floto ante otra serie absurda, aunque excelente? Todo eso me ocurre porque a pesar de mis veranos, no conseguí asalvajarme lo suficiente y me convertí en un adulto fino, aunque pobre. Y, lo peor es que, esta vez, la responsabilidad no puedo achacársela al ayuntamiento, ¡vaya por dios! Si cierran los cines, las tiendas de discos, las salas de conciertos, y las librerías las pasan canutas, no se debe a que a De La Torre le gusten mucho los museos y no se entere de la misa la media, sino a que somos idiotas, además de finísimos y paupérrimos.

Hoy con la ola de calor en brazos, he leído en las redes sociales que cerraba un bar histórico de Málaga, el Onda Pasadena, y he estado a punto de rasgarme las vestiduras, como le ha ocurrido a otros cuántos cientos de acólitos, por tratarse de uno de los últimos lugares que apostaba, con licencia en regla, por la música en directo en el Centro Histórico. ¡Pero si no iba nunca! Menos lloros y mayor participación, me he dicho a mí mismo intentando alcanzarme con una patada en el trasero. Tanto recordar los veranos en pandilla pegados a la barra cojita de algún sarao, y ahora me quedo aquí escondido en el salón, frente a una pantalla que no me escucha, y eso cuando no me cobijo en Carrefour, a disfrutar de su aire acondicionado, o en el Museo Thyssen, para reírme de sus bandoleros… ¿Con qué derecho puedo quejarme ahora de que cierren otra sala?

Aunque,¡buenas noticias! He apuntado la lista de apenados por el cierre del Onda, y los que hicieron pública su tristeza por el penúltimo deceso, el de la Sala Velvet, para ver si acuden todos estos a partir de ahora a los conciertos que se programen en el Centro. Porque próximamente habrá muchos. Muchísimos. El Consejo de Gobierno de la Junta de Andalucía aprobó ayer mismo el nuevo Decreto que regulará “las modalidades y condiciones de espectáculos públicos y actividades recreativas” en Andalucía, y hará posible que los haya en bares y restaurantes de 15,00 a 0,00 horas todos los días. Va a haber colas, veréis. Colas enormes…