Maf de todo

6 Mar

El otro día, en el bar de abajo, surgió el tema de la cultura, ese extraño ente viscoso que cada uno entiende a su manera. La feliz discusión empezó sobre lo que cada uno consideraba como una persona culta. Los progres del fular señalaron primero a la gente del campo, claro. Como el acuerdo era unánime y no daba juego, pasamos al siguiente escalafón, devolviendo a Miguel Hernández a su sitio, frente al portal, adorando al niño. Culta era, como segunda ocurrencia, la persona que asumía sus tradiciones y en nuestro caso, apreciaba el habla malagueño, la gastronomía local o incluso el folclore de nuestra tierra y el flamenco. Hasta ahí. Ya hubo enfrentamiento en cuanto a la inclusión en esta categoría por consenso de bar del amor al Málaga Club de Fútbol, al Chiquito, a la Semama Santa o a la Guardia Civil. Ay, los toros, casi llegamos a las manos con los toros. No, reivindicar lo consuetudinario como culto, sin lavarse bien las manos antes, puede convertirse en algo excluyente y antagónico en este debate de excelencia, por basto. Para incluir la tradición en la cultura, ya tienes que venir cultivado de casa y no al revés. Esto nos llevó al tercer estadío aceptado entre los parroquianos de la noche: una persona culta es aquella que se ha formado en buenos colegios. Para ser culto hay que aprender a serlo. Esta acepción se aferra a los codos, al sistema educativo, a la retención de datos y a que puedas ganar una millonada si participas en un concurso televisivo con bote.

Ahora bien, para un tosco como yo, hablar de cultura se circunscribe al gusto por las bellas artes, la literatura, el teatro, el cine, el bel canto o el champagne rosé. A esto me quiero referir cuando aseguro ahora y aquel día de vinos (de la Axarquía), que Málaga no es una ciudad cultural, ni va camino de serlo. Soy malagueño tosco, como la mayoría de malagueños toscos y turistas toscos que nos saludamos por las calles, con amabilidad. No es culto quien va a un museo, sino el que va a un museo para disfrutar con lo que se va a encontrar. O al Cervantes, o al María Cristina. O a Ollerías. O al Albéniz. O a Luces. El que se acerca por curiosidad y valora cada obra como si encajara bien en su salón, es un tipo vulgar que nunca entenderá por qué aquél sí, y su hijo, que hace mejores garabatos, no. Málaga no es una ciudad de la cultura por albergar cuantos más cuadros mejor, lo sería si tuviese cuantos más disfrutones del arte, mejor. Y no es el caso. Ni va camino de serlo. Por la idiosincrasia, el campo, el habla, la gastronomía, el folclore, el fútbol, el Chiquito, la Semama Santa, el sol y el brut nature. Porque el interés por el arte no surge por generación espontánea, ni por empacho, ni por decreto.

Se nota que somos bastos en lo bastos que son nuestros políticos responsables de la cultura. Se les transparenta su ignorancia por su Noche en Blanco tremebunda, la del todo vale (nada) porque todo es gratis. La que intenta superar la cantidad de intervenciones sin reparar en la calidad. Porque no entienden. Porque no encuentran el motivo por el que alguien pagaría tanto por esa birria de Max Ernst que jamás colgarían en su salón. Y nunca lo entenderá. Qué chorrada de vanguardias. Por eso, no exagero –al menos esta vez-, cuando recuerdo la ocasión en la que se incluyó junto a otras actividades culturales sin parangón organizadas por el Ayuntamiento, una demostración del cuerpo de bomberos en el cauce del Guadalmedina. Porque diecisiete cosas que anunciar en un catálogo de diseño les pareció mejor que dieciséis, como siempre.

Y como soy tan tosco, y como somos tan bastos, ya ni me extraña que un buen equipo formado por gente culta, en cualquiera de los sentidos enunciados, consienta en incluir ese catálogo infinito de actividades en la previa del festival de Málaga. Maf por aquí, Maf por allá. Cuanto más, peor. Mañana, de 6 a 8 de la tarde pueden elegir entre asistir a las proyecciones de: Acusados, de Kaplan; el Séptimo Sello, de Bergman; el Gran Hotel, de Wes Anderson; o el documental sobre Antonio Vega. O acudir a alguna de las dos representación teatrales simultáneas, Dictadora, de la Compañía Raquel y Punto o Cásate Conmigo, del Grupo Teatral Ridhom. O a una mesa redonda. O a la presentación de un libro. Cualquier cosa que haga un particular se incluye en el abrazo del Maf y listo. Para toscos tontos, 170 citas mejor que 160.

Al trullo, Manolo

13 Feb

Andaba yo muy preocupado esta mañana, sin levantarme de la silla, por culpa de la crispación que rezuma la actualidad. Ojeaba el periódico en el bar de abajo, como siempre, aunque hoy con menor apego hacia el cantinero, por ser empresario hostelero del centro con terracita del zas y hoy el último día para las alegaciones. Algo habrán hecho mal con sigilo, nocturnidad y alevoso ánimo de lucro como para encontrarse así de señalados, supongo. Hay que ver, con los buenos ratos que hemos echado juntos este y yo al fresco, qué lástima que me haya estado maltratando un poco, sin yo notarlo mucho, embaucado, inocente de mí, por ese trato exquisito que me ha dispensado durante tantos años, voladizos. Fíjate tú el toldo, que hasta a punto estuvo de ser el padrino de uno de mis churumbeles, ay, la vida.

Tener un amigo hostelero del centro en estos tiempos que corren significa sufrir una decepción segura. Debe de tratarse de una sensación parecida a la de tener a otro íntimo dedicado a la política y encontrártelo, de repente, imputado en tu tele por corrupción, pero no en cualquier televisor, en el del salón de tu casa, nada menos, será canalla. Un empresario hostelero del centro es un ser molesto por ordenanza municipal, que es lo mismo que por desgracia divina. Si su negocio está situado en una calle prohibida se le colocará un cartel que indique que se trata de un señor ruidoso con un provocativo tambor que a partir de medianoche lo seduce, sin discusión ni posibilidad de prueba en contrario que mida, de manera individual y a ciencia cierta, el follón que lía realmente ese ser tan despreciable que nos impide dormir. De hecho, estaba observando en un avance informativo a la señora del abrigo azul que vociferaba, “al trullo, al trullo”, ayer en la puerta del Tribunal Supremo y me contagió su ira. ¿Manolo el del bar, mi amigo?, ¿qué amigo? ¡Al trullo con él! ¡Si votará a VOX!

La crispación, ya lo dije al principio, te da alas isotónicas, consigue que se te inyectan los ojos en sangre y te proporciona ese picor de pies que te obliga a practicar bailes regionales. ¿Te pasa algo, Gabriel?, me preguntó amable esta mañana el del bar de abajo, cuando a punto estaba de decirle lo que podía hacer con su gato. Nada, Manolo, nada, que los perros del Curro no me han dejado dormir, le contesté antes de irme sin dejarle propina y aconsejarle que juntase más ls mesas, porque seis metros, con mi anchura, no me parecían suficientes para regresar a casa sin tropiezos.

Perdón, que me enervo, a lo que iba: ahí, a tortas con los presupuestos andan estos listos en el Congreso. Ni ganas me quedan de oír los argumentos de los que no comparten mi ideología. ¿Mi ideología he dicho? ¿Me quedará algo de ideología? Bueno, pues mis ideas transversales, como lo llaman ahora, ahorrándome tiempo que perder buscando en wikipedia a Keynes o a Milton Friedman para parecer un entendido en el tema. ¿Y ya os habéis olvidado de los huesos de Franco o qué? Pero, ¿qué relator? Y el señor Page con quién va, ¿con el PSG o con el Olympique? ¿Y la manifestación del domingo? ¡Qué desastre y que risas! A ese mismo sitio, que ella sabe, mandaba yo a Eva Hache, o mejor aún, a Carvajal, al futbolista que contesta defendiendo su banda de la derecha. Este es como los de la Asociación del Carnaval de Málaga, que firmaban manifiestos de apoyo a un Metro que llegaba a un sitio en contra de a otro, y desde entonces se les conoce como “asociación de los que van al carnaval en metro desde donde les dice el alcalde y a mandar”. Ofú, qué bien sienta la crispación, desfogarse así, las banderitas con enemigos y las riñas tumultuosas sin violencia física. Qué sosiego, enfadarse y maldecir de las obras de la ciudad. ¿Para qué tantas obras?

Iba a decirles que se amaran mucho mañana y se regalasen diamantes, pero después de lo a gustito que me he quedado por culpa de Manolo, les recomiendo mejor que se odien mucho en paz y disfruten del día. Tan sanamente.

Sólo son 4.600

5 Feb

Leí el otro día que de los más de 32.000 vecinos censados hace veinte años en el casco histórico de Málaga, sólo resisten 4.600 valientes. A pesar de ello, el centro de la ciudad está más concurrido que nunca pues, entre otras cosas, en el mismo intervalo hemos pasado de recibir 500.000 visitantes anuales a soportar más de cinco millones de turistas en la actualidad. Tampoco ayuda que el Ayuntamiento se empeñe en atraer al resto de ciudadanos siempre al mismo lugar, diría casi que a la misma baldosa de calle Larios, en cada una de sus convocatorias. Citas cada vez más numerosas por cierto, probablemente para intentar morder mejor la cola del pez gordo turístico y burbujeante que se les ha venido encima con tanto éxito de público que asusta. Procesiones y traslados. Y más procesiones y más traslados. Y un festival y otro. Y una víspera para un nuevo festejo, sin descanso. Y más carnaza, y más leña al fuego. ¿He dicho antes 4.600? Ya serán 4.599, por allí se va uno, caminito de Segalerva.

Esta situación está dando lugar a una congestión y masificación insostenible del centro. Que el antiguo barrio tenga que soportar esa carga ingente de personas ociosas repercute negativamente en la calidad de vida de sus cada vez más escasos residentes, está claro. No parece que haya suficientes supermercados, ni colegios, ni hospitales y en cambio, se erigen muchos más negocios destinados al esparcimiento de los que cinco mil habitantes necesitarían para satisfacer sus necesidades de tiempo libre. El precio de la vivienda se dispara porque no se puede competir con lo que un turista está dispuesto a pagar por sus cuatro noches de vacaciones y si a eso se une que se tenga que compartir escaleras con los que se alojan en apartamentos turísticos de tu bloque, surgen conflictos. No digo ya si la clientela del bar de abajo no te ha permitido pegar ojo durante toda la noche…

Si bien es cierto que, a priori, convertirse en destino turístico destacado parece beneficioso, a todas luces ximénez sobre todo, si no se acompaña de la regulación pertinente, puede resultar nefasto. Venecia o Ibiza son dos claros ejemplos de esta disfuncionalidad llevada al extremo. Advierte el experto Fernando Almedia, profesor del departamento de Geografía de la Universidad de Málaga e investigador de la situación turística de la provincia, en declaraciones publicadas en La Opinión de Málaga, que si no se corrigen a tiempo los efectos perniciosos que conlleva la pérdida de residentes, o de un referente cultural propio, por ejemplo “se tematiza el centro y se convierte en un parque temático de ocio. Y cuando cambie la dinámica tendremos un centro sin personas y peligroso”. Considera que este rápido crecimiento turístico vivido en Málaga es muy reciente y que “forma parte de un ciclo explosivo de crecimiento, que como cualquier otro cambiará para dar paso a uno de marginalidad”. El profesor concluye afirmando que “la ciudad necesita un nuevo modelo de gestión turística, uno más sencillo y menos intensivo como se ha hecho en otras ocasiones y en otros sitios”.

Con estas palabras se muestra plenamente de cuerdo nuestro Consistorio. En palabras del alcalde pronunciadas en una mesa redonda de la Organización Mundial de Turismo aseguró que “apuesta por un turismo sostenible en el que se mejore la calidad de vida de toda la ciudad”.

Pero los vecinos del centro sólo son 4.600.

Pues no será plana

16 Ene

Considerarse terraplanista está muy mal visto. Creo que esa es la única causa que me hace dudar, no sobre este asunto, sino sobre confesarme idiota. Soy de los que no creen en lo que no entienden, eso sí lo reconozco envalentonado y por eso siempre he considerado a las cosas que funcionan sin cable como telequinesia. Por ejemplo, no me cuesta comprender a un ser divino cargando con el mundo, cierro los ojos y lo imagino perfectamente, jorobado por el esfuerzo, con barba oscura y en taparrabos, pero convencerme de que doy tantas vueltas alrededor del sol sin marearme, ni caerme al suelo, en rotación o en traslación, me cuesta mucho. Lo del bamboleo de Chandler me cuesta menos asumirlo porque soy bailongo. Sí me atrevo a reconocer que si tuviese dinero y no me viese nadie, me subiría al barco ese, que dicen los que piensan las mismas tonterías que yo pero en serio y sin avergonzarse, que los llevará al fin del mundo, supongo que para asomarse. ¿Para qué se iba a ir alguien al fin del mundo si no fuera para asomarse?

Por esa parte turbia de mi raciocinio que me hace más estúpido de lo que merezco, entiendo el funcionamiento mental que nos lleva a creernos las cosas más inverosímiles y absurdas. Lo peligroso es convertir esa parte reptiliana y concienzuda del ser humano inculto en un estandarte de vida y luchar por ellas en vez de reírtelas a carcajadas en coplillas ilegales de carnaval. Lo peor es sentirte un iluminado y dedicarle parte de tu existencia a compartirlas con los demás para que abran sus ojos a tu ideario de pacotilla. ¿Quién no ha pensado alguna vez que la tierra es plana? ¡Claro que es plana! Con la convicción necesaria, cualquier imbécil nos convencería con dos palos y una brújula de que el horizonte no es ovalado y que tu sombra no es lo suficientemente alargada como para seguirte en un mundo redondo perfecto. Es el sol el que gira alrededor de nuestro ombligo, inmortal hasta que se demuestre lo contrario un mal día. Y quien habla de terraplanistas, puede hablar de cualquier otro grupúsculo de repentistas que hayan descubierto la verdad absoluta tras cualquier conspiración de la Nasa, de los sionistas, del club Bilderberg o de la polaridad negativa de los imanes en las mezquitas.

Por eso hay racistas que no lo saben. Que lloraron con Kunta Kinte pero que no lo querrían viviendo en su bloque. Y por eso algún sobrado se ofrece a guiarlos en sus convicciones supremacistas para que no renieguen de su oscurantismo medieval, sino que lo ostenten orgullosos como parte de su patria. El que venga, que asimile nuestras costumbres imperiales. Y el español que vaya a trabajar a Dubai, ¿las suyas? O eso no, que son árabes. Eso no, que son musulmanes. Eso no, que no comen jamón. Eso no, que no beben ni gota. Eso no, que se cubren el pelo. Pero si a mí no me gustan los halcones, ¿qué hago? ¿Ni mi música puedo escuchar si me voy, ni los verdiales siquiera? ¿Debería dejar de celebrar mis fiestas? Pero, ¿por qué voy a renunciar a mis costumbres malagueñas por irme a trabajar a un país extranjero? Por el terraplanismo ignorante, claro.

Por eso también será que existen personajes que califican de “kale borroka” la justa protesta feminista de ayer. Los mismos negacionistas, en este terrible caso, de la desigualdad. Los que reclaman la supresión de los “organismos feministas radicales subvencionados”, con cierta ira. Esos que consideran que las cosas están bien como están y que por tanto hay que renunciar a toda norma correctora “que discrimine a un sexo de otro”. Son los que no creen justa la legislación vigente sobre violencia de género y exigen su derogación porque… ¿por qué?

Por eso mismo, porque la tierra es plana.

El amigo invisible

25 Dic

El otro día, ya de blanca Navidad, me salieron al paso en calle Granada y consiguieron apartarme durante cinco minutos de mi mal rato de compras. Me ilusioné por si era el CIS quien se interesaba por mis gustos pero deduje que no era así en cuanto me cuestionaron sobre el turrón y los refrescos sin azúcar, así que me entró prisa nerviosa en seguida. Sin embargo, les dio tiempo a preguntarme, antes de que huyera, sobre si a mí me traía los regalos Papá Noel o los Reyes Magos y, tras reflexionar un momento, les confesé que era de los desafortunados a los que se los traía el amigo invisible.

No sé de dónde habrá salido el amigo invisible, empezando por su inquietante nombre. La invisibilidad nos huele a mirra desde el principio, dotándole de ese toque sobrenatural de sospechoso, ya de entrada ciertamente desagradable para los que ni siquiera hicimos la mili y ni presumir podemos sobre ningún aspecto teórico de nuestra osadía. Un amigo invisible bueno podría ser un ángel de la guarda o una hada madrina de cuento, pero un amigo invisible malo, podría salir de las páginas más retorcidas de un libro mojado y mal secado de Stephen King. Un payaso fallecido metido en el alma de un autómata invisible, que nos persiguiera fantasmagórico en silencio mientras le buscamos en un chino de todo a cien, un regalo navideño al compañero de oficina que nos ha tocado en suerte, sin que estuviésemos seguros antes del feliz designio de fortuna, ni de cómo se llamaba. Y ahora, ¿qué le regalamos a este? ¿Estará casado, tendrá niños, fumará, le gustará el fútbol? Un cenicero del Málaga o de bienvenido a La Costa del Sol o de Picaso, menos líquido en eses que el verdadero para que la familia del artista no se dé por aludida. Es muy difícil encontrar, con un presupuesto de ansiedad, digo de amistad, tan ajustado, un objeto inútil apropiado que jamás usaría ni él, ni yo, ni nadie, que es lo que se debe regalar a un desconocido si se tiene tacto pues, algo que le sirva significaría, indudablemente, haberse preocupado en investigar sus hábitos en redes sociales y podría considerarse que respondiera a oscuros intereses, o incluso acoso.

Pero los amigos invisibles no se esconden sólo en el trabajo. Su máximo reducto se encuentra en la familia política. Se sortea y te toca la tía de tu mujer o su primo hermano. Si es ella, que huele a pachuli por moderna en el 68, no cabe duda de que unas barritas de incienso de los jipis del parque serían el regalo perfecto pero, ¿si te toca él? Y eso no es lo más complicado. Lo peor es decidir lo que quieres tú y exponerlo en el grupo de whatsapp. ¿Qué le vas a pedir a un familiar político invisible delante de toda la familia política visible? Si tienes fama de gracioso, un gel lubricante, está claro pero y ¿si no? No es por acertar con tus necesidades, eso da igual, escribas lo que escribas siempre te regalarán un fular, la responsabilidad radica en atinar con lo que pides como si lo deseases o incluso lo esperases, pues será de lo que todos estén pendientes para darte el aprobado o no soportarte. Lo mejor es pedir unas brocas o un palustre.

Y por último está el regalo obligado del amigo invisible entre los que de verdad conoces y quieres. Se confiesa que se hace para ahorrar porque resulta difícil reconocer la precariedad o la pobreza. Este amigo invisible sustituye a los Reyes Magos porque no hay más remedio. Es un Ratoncito Pérez de 100 pesetas bajo la almohada. Son los cinco duros que te daba la abuela para que te fueras al cine. Y las tonterías que recibas, siempre serán de oro puro, por menos valiosas que parezcan. Como los abrazos hasta el fondo. Se regala a uno entre cinco por necesidad y no por gusto. Baltasar de mi corazón, no me he olvidado de ti, espero que lo comprendas.