Monólogo de ascensor

25 Jun

Llegué a Málaga con mi familia compartiendo todavía con mis hermanas el asiento de atrás del coche. Mi padre, nacido en la emigración española en Marruecos, había tenido una vida laboral azarosa, lo normal en el gremio de la construcción, que me llevó a pasear camisetas del Betis por la meseta castellana y de la Selección Española, cuando todavía nadie en su sano juicio hubiera osado apodarla ‘La Roja’, en un San Sebastián donde los compañeros del cole se obstinaban en pensar que alguien con tal atuendo solo podía ser hijo de guardia civil, lo que, con ETA en los inicios de su periodo más sanguinario, podía llegar a ser algo parecido a pintarse una diana en el pecho. Yo qué sabía. Sabía que me gustaban los años de Mundiales de fútbol y los veraneos en la Costa del Sol. Allí, a nuestro paraíso estival, decía mi padre que volvíamos para siempre en el verano del 84, y la verdad es que aquella Carretera de Cádiz poblada por los hijos obreros del ‘baby boom’ llegó a ser a su modo un paraíso, aunque ya sin Tívoli ni hamacas de pago.

A cambio, los de mi generación teníamos la playa al lado todo el año, por más que sucia y pobre; el Portillo que nos trasladaba al edén nocturno de Torremolinos, y la incertidumbre adolescente expirada con el humo de los primeros cigarros en los pasillos del Instituto de Huelin. Zozobras, que nunca solían concernir al futuro, aunque sin saberlo, los de mi generación estábamos subiendo pisos en el ascensor social, porque nuestros padres y madres, en su mayoría de origen rural y humilde, se habían dejado los cuernos para que pudiéramos “tener estudios”, así se decía, aceptando pasar del campo a las fábricas, de la casa encalada al piso 11 con vistas al callejón de detrás, en una hilera infinita de torres que albergaban miles de sueños aplazados y de noches desveladas entre sumas y letras.

Muchos de aquellos adolescentes cumplimos las expectativas de nuestros padres, y no menos, sus peores pesadillas, y unos y otros nos saludamos con afecto cuando nos encontramos por la calle. Los ascensores de las torres que habitábamos hoy ya son otros, y siguen llevando a pisos sin glamour, pero no se atascan. Se atascó, ese sí, el llamado ascensor social, el que durante algún tiempo, y pensábamos los ingenuos que por siempre, permitió que los sacrificios de los mayores auparan a los vástagos del piso de VPO al chalé adosado lejos del barrio, lejos de todo en realidad. Pero hoy sabemos que los hijos de aquellos compañeros de clase que nos miran tímidos y desconfiados mientras nosotros nos contamos azares y batallitas, tendrán que irse lejos para tratar de seguir esa lógica de que la evolución siempre es a mejor. Dicen los expertos que el ascensor social en España no funciona mucho peor que en otros países, pero no hace parada en los pisos inferiores. Que si tienes suerte, en cuatro generaciones te lleva de la pobreza a la clase media, salvo que te haya tocado el bajo, un desventurado 20 por ciento del vecindario que se quedará para siempre en el patio de luces donde todo el mundo arroja basura y mueren los calcetines desparejados.

En la parte de mi antiguo barrio que antes se perdía en la nada; en playas desoladas con chambaos y barcas de pescadores y chimeneas fantasma de fábricas extinguidas, están haciendo edificios de 75 metros de altura en pisos de lujo. Las Picasso Tower. Porque ahora la zona es la mejor de Málaga. Cerca del aeropuerto, del centro, del Parque Tecnológico, de la Universidad y a pie de playa. Dicen que los compradores, que ya se han adjudicado el 30% de los pisos de la primera power a precios de 650.000 euros en adelante, son y serán en su mayoría altos empresarios tecnológicos españoles y extranjeros, y aunque la construcción generará sin duda riqueza en la zona y más de 1.500 puestos de trabajo, a los habitantes de las power no les hará falta bajar ni a la playa si no quieren, porque tendrán piscinas interiores y exteriores, gimnasios y clases de spinning, SPA, sala de cine, ludoteca, guardería y zona de coworking para relacionarse entre ellos, y ascensores que te suben del piso 1 al 20 en cuestión de segundos. A los de los edificios de detrás, que alguno hay, tal vez les quiten las vistas al mar pero a cambio se revalorizarán sus pisos y tendrán delante un sueño realizado, por más que ajeno y lejano.

Al fresco

19 Jun

El otro día fui de turista al centro. Hacía tiempo que no iba por culpa de netflix y mis prejuicios. Porque estoy en contra de todo lo que me gusta con ligereza, por ideología judeo-masónica e intelectualeta. Critico las canciones del verano por pegadizas; las fiestas de gastarse dinero en grandes superficies, por comerciales; las películas de risa o miedo, o con explosiones, por sus diálogos sin metafísica; de hecho, visto de negro para disimular mis excesos aunque pudiera parecer que lo hiciera en contra de alguien, casi con alevosía, como canción protesta en una época desafinada de mi vida. Pero el otro día salí contento, ya les digo, y estoy por ponerme esta noche una camisa blanca que me sirva de bandera que agitar, para rendirme de nuevo a la perdición de la mediocridad de la existencia disipada, sin recogida de firmas justas, por otra vez. Sin el nudo de la corbata. Me gusta el ketchup, pero no lo tomo porque estoy en otra liga, la de los listillos, y en mi casa le pongo kimchi a todo, pues el umami tiene ese algo especial que nos hace, a los de mi clase, diferentes al resto y un poco tontos, hasta clavarnos la cúspide en el culo. ¿Qué más me gusta sin poder declararlo en contra de mis principios?, dejenme pensar un momento… Ah, sí, me gusta llevar cubo y rastrillo a la playa. Pero no voy, porque tengo miedo de cada lunar que me salga por revolcarme en los reflejos de la arena. Aunque creo que eso forma parte de otra historia menos saludable.

A lo que iba, que me lío. Pues fui a ese centro de mi ciudad del que huyo habitualmente, con unos amigos igual de necesitados que yo de un respiro y mientras pregonábamos sobre la segunda despedida de soltera que vimos diluirse entre la muchedumbre circundante, se nos acercó un joven con tarjetas de chupito gratis a comisión, muy simpático. No sé cómo nos convenció de que a las 6 de la tarde, se podía hacer lo que a las 12 de la noche, aún con veinte años de más, y lo hicimos. ¡Lo que bailé en cuanto dejé mi piel de oso colgada en la entrada, con mi pesada losa de estirado simplón en los bolsillos. Supongo que aquello abrió mi mente y, liberados sin corsé, mis geniales michelines me ofrecieron tres deseos, como en las mil y una noches perdidas, y al salir del antro, dejaron de ofenderme las terrazas de los bares que lo ocupaban todo. Todas llenas de gente feliz. De turistas. Porque un malagueño entre turistas es un turista malagueño más, en su propia ciudad y plenamente mimetizado en la alegría. Ni un sitio libre. Cuando odiaba las mesas que me estorbaban sin estorbarme, no atendía a su éxito. Tanta gente equivocada no puede haber. ¡Lo que me he perdido por el supuesto ruido odioso y la solidaridad de mi rojerío! Para una vez que quería sentarme, no podía. Esto de unirse a la plebe, tiene sus inconvenientes. Pero ni una mesa libre, ¿eh?, ni una. Y explorando que estábamos, atentos, exigiendo lo que no alcanzábamos, me acordé de mis michelines y les pedí un segundo deseo. En seguida, un camarero en la Plaza Uncibay nos preguntó si éramos ocho. Ocho, sí. Ocho aunque fuese en una franquicia sin personalidad ninguna de las que rezo en arameo cuando me preguntan. Y nos invitó a una cerveza de pie, mientras esperábamos nuestro barrilito. Y pasó un coche de la policía municipal sin regañarnos por el botellón cásual (sic). Y lo bien que comimos. Y lo bien que nos trató Quique. Y lo poco que tardamos en desalojar para dejarle el sitio a los siguientes.

El otro día fui de turista al centro. Qué maravilla. Hoy gasto el tercer deseo. Que no se inmiscuya nadie demasiado en lo que funciona. Empezando por mí. A ver si me aguanto.

Mejor prohibir que torturar

12 Jun

Pocas cosas hay en la vida tan fieles, tan absolutamente seguras, como la devoción que me tienen los mosquitos. Uno me visitaba con regularidad a las cinco de la madrugada desde hace varios días. Llegaba con la idea precisa de lo que iba a hacer conmigo sobre el lecho. Estrategia bien planificada. Sin previos ni avisos iniciaba su cortejo de zumbidos alrededor de mí. No me quiero despertar. No quiero salir desde ese reino psíquico al que sé que no volveré con facilidad. Lanzo manotazos al aire con los ojos cerrados, me cubro la cabeza con la sábana y vuelvo a intentar apartarlo imaginándome rápido y potente como un huracán. El bicho insiste. Lo sueño como un aviador loco de aquellas naves que durante la primera Gran Guerra se decían pilotadas por militares nobles y caballerosos. Un mosquito noble y caballeroso. Doy otra serie de manotazos desparramados hacia el techo que sólo consiguen derribar la lámpara y varios objetos de la mesita contigua. Ni exactitud ni nada. Humillado y sin sangre, que se la habrá llevado toda.

Pocas cosas hay tan insistentes en la vida, tan seguras, como el deseo de venganza de los seres humanos. Ayer, sin ningún miramiento hacia la lealtad que ese insecto me profesaba, encendí las luces e inundé el aire de la habitación de insecticida en cuanto oí el rumor de su vuelo. Guerra bacteriológica. Caería como un valiente. Me refiero a mí. Al día siguiente, durante la siesta, emitieron un documental breve sobre el daño que los venenos usados por el hombre causan en la naturaleza. El ecosistema completo de mi cuarto y de medio bloque de vecinos había sido afectado por mis deseos de dormir, unidos a mi abominable ánimo de venganza. Esa microscópica fauna de arácnidos que retoza entre nuestras sábanas quedaba congelada en un fallecer de estatua. El resto de animalillos, voladores o no, sufrirían un final lento por mi poco aguante al picotazo de uno. Ay, dios mío, sin saberlo, había provocado efectos en toda la cadena alimenticia, contra la humanidad, contra mi propia curva de la felicidad, directamente.

Pocas cosas hay tan obstinadas en la vida, tan recalcitrantes, como los reportajes televisivos con presunta buena causa que te señalan. Me pasé años contemplando las gacelas del Serengeti y la matanza anual de ñus realizada por unos cocodrilos de no me acuerdo qué río. Años. Pero ahora, ahora nos toca arrepentirnos de toser y repensarnos. ¡Lo que estamos haciendo con el mar! Campañas organizadas por no se sabe muy bien quién, pero menos mal, pregonan el día sin alimentos envueltos, sin bolsas, sin paquetes de latas unidos por su red de aros. Al mismo tiempo, el telediario exhibe tortugas deformes por culpa de nuestra despreocupación, islas compuestas por kilómetros cuadrados de botellas, fondos marinos asolados y peces trufados por uno u otro tipo de sustancia relacionada con algún hábito de consumo diario. Imagino que el cierre de este tipo de industrias, tan relacionadas con los intereses petrolíferos, generaría un desempleo que ningún gobierno estaría dispuesto a asumir. Por eso no son ellos los responsables. El que mató al mosquito fui yo. Parece más llevadera esa política de hacer sentir culpables a quienes sólo intentamos dormir, o regresar a casa con el pan nuestro de cada día, cumplida esa maldición bíblica del trabajo y el sudor sobre la frente, para relajarnos con una limonada ante el televisor baja en calorías. Los pobres sólo tenemos defectos de pobres. Lo monas que son las bolsas pijas de tela que llevan los que las llenan con productos sanos y ecológicos. Pero los del chorizo pamplonica a un euro hemos venido a este mundo a destruir sin querer y a polucionarlo todo. Puesto que los mandatarios no se atreven a prohibir esos compuestos plásticos asesinos, el único ruego que deberíamos de hacerle es que tampoco permitan esta tortura a la que, como consumidores culpables, nos someten cada día. De momento, tiraré el fluflú. A lo mejor no le di y sigue vivo. Me sacrificaré por el planeta.

¿Qué ruido?

29 May

Me parece que ya hemos cumplido con todas nuestras obligaciones electorales para los próximos tres o cuatro años. No sé qué va a ser de la sexta noche. Me produce cierta lástima lo que pueda ocurrir ahora con los datos de audiencia de ese tostón de programa, porque comparto con Isabel Díaz Ayuso la teoría de que lo feo es entrañable. Algún día revelaré, con parecido absurdo, mis nostálgicos atascos echados de menos, que también los tengo biensufridos, sobre todo atravesando Córdoba en los setenta y pocos, camino de otro agosto en Málaga. Ay, Málaga, qué bonita eras también así, pobre y achicharrada al sol de mis coquinas. Ay, más fuerte y otra vez suspirando. Ay.

Alquitranes aparte, más que la suerte que pueda correr Iñaki López, que no lo conozco personalmente, por haber llegado a este fin de ciclo electoral, lo que más me preocupaba del abismo sin programa -que ver en la tele o que leer en la web de los partidos- era la peor fortuna que podrían haber corrido los residentes del centro histórico por causa del resultado, reiterativo, de las elecciones municipales. Yo que soy de barrio, personalizaba el sufrimiento ajeno del residente hastiado en mi amigo Rafael, de buena familia arruinada por la filoxera en los tiempos de maricastaña. Hago un paréntesis para aclarar que los pobres no podemos arruinarnos nunca, una ventaja que tenemos. Volviendo al bueno de Rafa y salvando el escollo de la ruina vieja del tatarabuelo, su familia sigue siendo más adinerada que la mía de aquí a Lima. Y que la tuya también. Y, consuetudinariamente, ¿mal?vive en una perpendicular a calle Larios, en un segundo piso de techos altos con vistas lejanas a un piquito de la catedral.

Siempre que quedamos se queja del ruido de la noche del centro. Del poco sitio que le dejan las terrazas de los bares para acceder sin dificultades a su portal. De que en el primero le han puesto un apartamento turístico para despedidas de soltero de oficinistas de Valladolid. De que sus tíos se han tenido que ir a La Cala del Moral a vivir porque no resisten más el escándalo de la continua parranda que organiza el Ayuntamiento en la almendrita. Que si tiene que ir lejísimos a tirar la basura. Que si han cerrado todas las tiendas tradicionales donde siempre había ido a comprar. Que si el centro se ha convertido en un parque temático para turistas…

Digo que me preocupaba por los vecinos del centro, En pasado. Porque el domingo por la noche vino a mi casa pobre de barrio pobre sin problemas de ruido -tal vez sea el único problema que no tenemos- muy contento de que todo siguiese igual en el gobierno local. ¡Con una banderita del PP! Puestos a festejarlo, claro, lo celebramos juntos, que con los amigos hay que ser solidario. No sé si hicimos mucho ruido al pasar por calle Álamos de vuelta, a las tantas. Espero que no, rogando perdón y persignándome.

Con todo el follón del ZAS, con la de páginas que se han llenado en los periódicos con las justas reivindicaciones de los residentes del Centro Histórico, con la lata que se ha dado en los medios por la supuesta dejadez municipal y a pesar de que los responsables del Partido Popular ni siquiera respondieron -tampoco los del PSOE ni Ciudadanos- al cuestionario que les envió la Asociación de Vecinos Centro Antiguo de Málaga para saber cuáles eran sus planes para mejorar la situación del Centro y de sus vecinos, brindamos con champán del barato.

En una encuesta de febrero realizada por Metroscopia para el PP de Málaga se afirmaba que los problemas más importantes que señalaban los malagueños eran la limpieza de la ciudad (35%), el paro (31%), asuntos relacionados con el urbanismo (24%), el tráfico (15%), gestión del Ayuntamiento (8%), la inseguridad (7%), la pobreza (4%)… ¿Dónde está el ruido? Muy lejos. Sólo el 1% de los encuestados se quejaba del ruido.

El PP ha ganado las elecciones municipales en Málaga con el 39,62% de los votos. En el Centro ha conseguido el 58,96%. ¿Ruido, qué ruido? Me parece que los residentes del Centro Histórico están contentos como están. Los del ruido hacen demasiado ruido. Y esto, ya no es un sondeo.

Una velita a las elecciones

22 May

Me río por encima del hombro cuando me paso de listo. Me parecía absurdo que se le pidieran buenos deseos al año nuevo (sobre todo en los muros de los perfiles de las redes sociales de mis amigos) por considerar que el peor día de resaca de mi almanaque no era un santo al que ponerle una velita, ni un genio maravilloso que te estuviese agradecido por darle brillo a su liberación. Las cosas que se piden con las voces interiores se piden a quien se tienen que pedir, o sea a quien corresponda de entre los magos sobrenaturales, a través de sus medallas y estampitas, que para eso están, y por estricto orden consuetudinario, o no se piden en serio. ¿Cómo que “le pido al nuevo año que me salga un trabajo”? ¡Eso es imposible! El año nuevo no es milagroso, no. Incluso un almax hace milagros si tienes ardores pero un año nuevo, no, de verdad que no, nunca. Así que cuando leía las solicitudes microeconómicas que se enviaban al oráculo de facebook, dependiendo de quién las hiciera, o me indignaba por la soberana tontería o me lo tomaba a chufla, con regodeo de meme. Pero lo peor de saber más que nadie siempre es la estricta soledad que te genera ser un enterao. Reconozco que es mucha más divertido bajarse de la atalaya de la certeza ciega y rogarle, mejor dicho, pedirle -feo es pedir pero peor es rogar- a las elecciones municipales que te concedan tus deseos.

A las elecciones municipales les pido (qué sensación tan estupenda), en primer lugar, que se reestructure y se modere la política cultural de la ciudad para que no se pierda totalmente la gran inversión en humo que se ha realizado en los últimos años. Museos para mirones en una ciudad sin mirones interesados es como pedirle al nuevo año que surjan amantes del arte por generación espontánea que justifiquen tal despilfarro. Si en vez de contenedores de cuadros hubiésemos abierto contenedores de focas, nos quedarían las focas. En vez de eso, tendremos gemas invisibles y edificios que regalar a las cofradías en cuanto alguien con el mínimo conocimiento grite lo de sálvese quien pueda, segundos antes de que todos huyan espantados.

Corregido el mal camino cultureta, lo siguiente que le pediría a las santas elecciones municipales sería que en la próxima legislatura se hiciese una planificación turística adecuada que intentase corregir los perjuicios que el constante incremento de visitantes causa en la población local. La absoluta falta de previsión siempre ha pillado a contrapié al último gobierno de la ciudad. No se puede consentir un incremento del 40% en el precio del alquiler de la vivienda en la capital. Pero ocurre. A lo molesto persistente, siempre acabas acostumbrándote.

Puestos a pedirle a la magia de las elecciones, también me gustaría que mejorase la limpieza de la ciudad, claro. Y si no nos echaran la culpa por mancharla, ni a nosotros ni a los árboles, mejor. Si no hay que darle un dineral a las empresas privadas asegurándole beneficios cada año, mejor que mejor. Y si en vez de 50 calles, se baldean 500 diarias, saltos de alegría. Mi calle barriobajera limpita todos los días, por el canon de un museo, ¿hace?

Con esas tres cositas, sólo me quedaría pedirle a las municipales que acabasen las obras del metro pronto, que se protegiese nuestro patrimonio arquitectónico e histórico mejor que hasta ahora y no hubiese ninguna Villa Maya más borrada de ningún mapa y, para acabar, que me tocase la lotería.

Aunque con un buen gobierno, a todos nos tocaría.