Carcas

18 Sep

Otra vez los belgas. Cuando no son los alemanes. En esta ocasión ha sucedido por Valtonyc pero igualmente podría haber ocurrido a causa de Anna Gabriel, desde Suiza. En Europa nos sacan los colores cada vez que solicitamos que nos extraditen a un fomentador de odio, blasfemo, independentista catalán, titiritero o presunto enaltecedor del terrorismo de los nuestros, huido. Esta reiteración de fracasos procesales con nuestros supuestos socios, nos lleva a recordar que entramos tarde al club. Que en el 57 no formamos parte del Tratado de Roma porque nos gobernaba una dictadura fascista. Da vergüenza escribirlo. Produce miedo reconocerlo. Te da por recapacitar sobre el asunto y hasta negarlo tapándote la nariz, aunque no se encuentre ningún argumento en contra. ¿Nosotros? ¿Dictadura? ¿Fascista? ¿Seguro? Pero, ¿para qué removéis esas cosas? Qué empeño en reabrir viejas heridas, siempre con la guerrita del abuelo y las fosas de no se quién. Habría que hacer como en el fútbol, lo que pase en las cunetas, que se quede en las cunetas. ¡Carcas, que somos unos carcas! Alguna de estas frases no me las aceptaría como propias un software antiplagio, discúlpenme si quieren, porque dimitir, no tengo de qué.

Tuvieron que pasar casi treinta años para que en 1986 nos dejasen pasar a la CEE, con muchas reticencias. Tratándose de Europa, la mayoría económicas, claro, pero retratándose de Europa, la de la resistencia, la de Bella Ciao, la de la bandera democrática contra los fascismos y sus 45 millones de muertos, también muy exigente con las garantías políticas de los Estados miembros, que no terminábamos de cumplir. Ahí está ese modelo de transición democrática nuestro, tan particular, tan elogiado -sobre todo dentro de nuestras fronteras- que incluía un rey-héroe concesor y, para el vértice normativo, una ley de punto y final, que obligaba a pasar página cantando y que mantenía a todos donde estábamos pero con destape en los cines y derecho de reunión en los bares. Puede que esos treinta años perdidos en reconocernos vírgenes y libres tengan que ver con esos treinta años de ventaja en libertad de expresión que nos llevan en Bélgica o Alemania, donde tanto sufrieron el fascismo. ¡Carcas, que son unos carcas!

¿Qué ocurre ahora? Que en Europa ganan terreno los partidos de extrema derecha y en España, afortunadamente, por ahora, no. Quizá porque nuestras leyes arcaicas, ¡que somos unos arcaicos!, vayan muy por detrás que nuestros pensamientos, mucho más progresistas y permisivos de lo que nuestros jueces se ven obligados a interpretar. Por ejemplo, que el procaz actor Willy Toledo nos caiga bien o mal sería una cosa y que apoyásemos que lo condenasen por blasfemar, sería otra. Si se hubiese ido a Francia y un juez español hubiese pedido su extradición, habríamos vuelto a hacer el ridículo otra vez. Así de sencillo y vergonzoso.

El día que comprendamos que un panadero preso es lo mismo que un preso panadero, entenderemos que un preso político también es lo mismo que un político preso y no copiaremos los argumentos baladíes que oímos a los tertulianos de la tele que pretenden esconder el significado de las cosas para que no descubramos que el Valle de los Caídos no es un Mausoleo a Franco donde van los cuatro franquistas que quedan en España a recordarlo de vez en cuando, sino un valle con caídos, que no deberíamos de remover por ser unos carcas, ¡que somos unos carcas!

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