La mancha de una fiesta con otra se quita

4 Ene

No levanto el ánimo. Qué tristeza ciudadana siento. Que le quede un suspiro a la Navidad, no me importa tanto, podré soportarlo, pero que nos arrebaten nuestras lucecitas bailongas maravillosas en un par de días, no sé si podremos soportarlo. ¿Y si ya no viene el turismo? ¡qué ruina para los bares! ¿Qué van a vender ahora las tiendas, pobrecitos nuestros comerciantes? ¿Y qué será de nosotros como espectadores, sin colapsos de movilidad ni peligro de avalanchas, ay, sin el cosquilleo emocionante que nos producía el riesgo de aplastamiento fraternal? ¡Hola, aburrimiento! Qué lunes más largo nos espera a partir del sábado, día 7. ¡Porras –con perdón–! Aunque yo quiero intentarlo, no me rindo, casi. Estoy por proponer bajito, por si no me aplauden la idea los sosos intelectualetas que miran a nuestros concejales catetos por encima del hombro, que sigan las lucecitas titilando todo el año. Algo así como pedir unas firmas de esas on line tan modernas en su apoyo, pues servirán para algo alguna vez y esta podría ser la primera brillante, u organizar una cena benéfico–circense en el Pimpi, o yo que sé, si estoy hecho un perrillo descalzo y abandonado, desolado por la vuelta a la rutina oscura y amorfa con ojos que se nos avecina sin esa millonada de leds sonrientes sobre nuestras navidades. Cualquier cosa menos que se lleven nuestras lucecitas a París, Roma o Nueva York, como si fueran un mediocre perfume caro de buena familia. Total, a un eurito por persona cada dos o tres meses, que pasen una huchita los del ayuntamiento, que mi aportación la presumo segura a plazo fijo. Yo creo que la pagaríamos todos los pobres. Que en Málaga somos muchos y honestos. Tantísimos que nos sobraría además para cuadrar las cuentas de un par de museos de la nueva cultura deficitaria municipal. Ahora bien, que dejen al margen a los ricos en dinero, educación, preparación o tiempo libre, yo creo, porque no le gustan ni las caravanas, ni los rozamientos a pie de calle, ni lo absurdo en general de ver cosa tan fea iluminarse al ritmo de la música. Unos listillos que cuando hay aglomeraciones, no cogen el coche ni por curiosidad, ni para irse de compras ni, mucho menos, para irse a cenar, qué raros. Por eso, los que no podemos sacar ningún coche, ni comprar, ni comer nada en la calle que no sea rápido a todo 100, salimos gratuitamente a ver nuestras lucecitas absurdas, mal encaradas y regordetas, pero que a nosotros nos encanta mirar. A mucha honra y un móvil. Doña Teresa es la que nos entiende a la perfección. Los que vamos a ver ese espectáculo grandioso somos los que no hemos visto ningún otro espectáculo grandioso jamás, excepción hecha del Pompidou Provisional o la Alcazaba en la Noche en Blanco artísticogratuita de varietés amateur, que cada año nos embelesa la musa del amor a la cultura que rezuma por cada poro de nuestra piel amante de Picasso, Banderas y el Chiquito de la Calzada.

Siempre están los que se quejan. Que tanta gente concentrada a la vez hace imposible que se pueda vender una camiseta o una caña. Que eso se hubiese arreglado con más pases diarios del espectáculo o sin anunciar las horas concretas del mismo. ¡Claro! Eso hubiese conseguido 20.000 espectadores en 5 horas, espaciados, en lugar de 20.000 en 5 minutos, exaltados. ¿Alguien duda de lo que prefiere una política responsable como la señora Porras? La de nuestra superferia y los bellísimos chiringuitos. Nuestra próxima alcaldesa –¿que no? ¡Ja, me río!–. ¿Qué hace Don Francisco que no la ha puesto ya al frente de los museos, del Astoria, del Guadalmedina o del metro? Se iba a enterar el de las gemas…

Se le quitan las estrellas navideñas y colocando dos máscaras, nos sirven las lucecitas para precarnaval, y con algún penitente cofrade en un piquito, para las idas y venidas, traslados y ensayos santificantes, arriba y abajo, con sus cornetas y tambores. Que no se las lleven Doña Teresa. Queen en Carnaval y Carmina Burana en Semana Santa, ni pintado. Y único pase a hora punta. Mogollón. Córtenos las calles o la venas y líbrenos de todo mal, con una fiesta, como sólo usted sabe hacerlo.

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