Mitras y coronas

22 May

Vaya por delante mi respeto a todos los creyentes. El mismo respeto que recabo para quienes no lo son. Hay practicantes que viven sin prestar la más mínima atención a la ética y agnósticos admirables por su vida moral. Y viceversa. Ni los ateos son, per se, malos ni los creyentes, por el mero hecho de serlo, buenos. Por mucho que se nos pretenda explicar (¡todavía!) lo contrario. No es la creencia la que nos hace respetables sino nuestra condición de personas.
Dicho esto, tengo que afirmar que es inadmisible que en un país cuya Constitución es laica exista en el curriculum una asignatura de religión católica (además, evaluable y computable para el paso de curso). Una asignatura que se suele (o se puede) convertir en una catequesis. Aquí nos encontramos con el primer error: confundir clase de religión con catequesis. Catequizar es, según el Diccionario de la RAE, “persuadir a alguien a que ejecute o consienta lo que antes era contrario a su voluntad”. No es eso precisamente lo que deben conseguir las asignaturas del curriculum. La escuela no es una parroquia.
El segundo error consiste en utilizar dinero público para difundir credos. Ahí están algunos Colegios concertados (subvencionada, por consiguiente, con fondos públicos) preparando Primeras Comuniones, Navidades, Cuaresma, Pascua de Resurrección, festividad de la Inmaculada o del Santo Fundador… Nadie debe estar obligado a pagar con sus impuestos a un profesorado que predica un credo y defiende una moral que no comparte. ¿Cómo puede obligárseme a pagar a quienes explican que la homosexualidad es una enfermedad, que los matrimonios entre lesbianas son antinaturales, que la masturbación es pecado, que los anticonceptivos son inmorales, que el aborto es un asesinato…?
El tercer error grave es que los profesores de esa clase religión sean designados por los obispos, sin someterse a los criterios de selección a los que se somete el resto del profesorado del sistema educativo. Resulta chocante defender la asignatura de religión como una más del curriculum y mantener la excepcionalidad en la selección de quienes la imparten. Qué decir del derecho a despedirlos por motivos tantas veces discutidos y discutibles.
Se dice que sin el conocimiento de la religión católica no entenderíamos nuestro mundo. Claro está. Y sin la cultura griega y la romana y la árabe. Me parece bien que, para que exista un buen proceso de socialización, se estudie en el curriculum el papel que han desempeñado y desempeñan las religiones en la cultura, que se estudie en la historia, en el arte, en la literatura, en la geografía, en la lengua, en la literatura… Y si se quiere en una Historia de las religiones. Otra cosa muy distinta es la educación en la fe y la moral católicas. Resulta sospechoso que los obispos tengan tanto interés en que los niños y las niñas adquieran cultura (religiosa). Nunca les he visto defender tan apasionadamente que se estudie en las escuelas Literatura, Historia. o Filosofía. Lo que quieren, en realidad (por eso instan a las familias a elegir esa asignatura en las escuelas) es que se formen en la fe y en la moral católicas. Una moral (la suya) que, como consideran que es la única válida, pretenden que sea la moral de todos. Pueden estar movidos por buenas intenciones, pero considero que esa imposición no es respetuosa para quienes piensan y creen de otra manera en una sociedad plural. Nadie más que los creyentes debería desear que la Iglesia estuviese separada del poder civil. Hoy mismo, quizás mientras usted lee este artículo, mitras y coronas se mezclan en la catedral de La Almudena de Madrid con el regocijo y la emoción de una parte de la ciudadanía.
Decir, para justificar la presencia de la asignatura de religión en el curriculum, que un porcentaje elevadísimo de familias (el setenta y cinco por ciento según el cardenal Rouco Varela) eligen esa asignatura es hacer demagogia. En primer lugar porque si no existiera esa posibilidad nadie la podría elegir. En segundo lugar porque eso quiere decir que la eligen, no que debieran tener esa oportunidad de hacerlo. Estoy seguro de que si se ofrece una importante cantidad de euros a quienes lo deseen, todos se apuntarían. Lo cual no quiere decir que haya que darlos (sobre todo si se sacan del erario público).
Resulta llamativo que se hable de acoso a la Religión si se defiende la supresión de la asignatura en la escuela. Ahora bien, si se lo que se defiende es la implantación de la asignatura nadie dice que se está acosando a los agnósticos o a quienes defienden otra postura. Lo que ha existido durante siglos es persecución de los herejes o de los ateos. Hubo tiempos en que se los quemaba. Eso sí era acoso. Grave, injusto e incongruente es también decir que se habla de esta cuestión porque no se sabe hablar de otra cosa.
El hecho de que sociológicamente la religión católica tenga una presencia mayoritaria en España no significa que tenga que tener privilegios. Por eso estoy contra la discriminación que supone para otras religiones que no son objeto del mismo trato. No es el número de creyentes lo que da más valor o más derechos a una religión. Ni los años que tiene de historia. Se invoca la libertad de los padres para elegir la educación que prefieran para sus hijos. ¿Y si las familias de ETA quieren abrir un Colegio para difundir sus tesis? ¿Debería subvencionar el Estado esos Colegios? Se dice también que quien no quiera puede apuntarse a la alternativa (Hecho religioso). Todo el mundo sabe que hay muchas formas de quebrantar la libertad. Entre otras formar una minoría mal vista y, algunas veces, mal tratada.
Hay quien piensa que sin religión se acabaría la moral. “Si Dios no existiera, esto sería el caos”, dicen algunos. ¿Por qué? Las guerras de religión, han sido la causa de muchas muertes, de mucho dolor, de muchos males. La ética ha de estar por encima de las religiones. Esa tesis defiende con lógica José Antonio Marina en su interesante libro “Dictamen sobre Dios”. Todavía están muy arraigadas tradiciones, costumbres, ritos, mitos del nacionalcatolicismo. La separación de la Iglesia y el Estado ha de hacerse más fuerte, más radical. En beneficio de ambos poderes. Es difícil separar (cómo no saberlo después de pasar un año más la Semana Santa en Andalucía) lo que hay de fe, de folclore, de costumbre, de superstición, de atavismo en muchas manifestaciones religiosas. Escuchar el himno nacional en plena procesión, ver desfilar a la Legión, contemplar en los desfiles a la Rectora de la Universidad, al obispo, al alcalde o a un Capitán General me produce una extraña sensación. Hoy mismo entrarán los novios en la Catedral madrileña a los sones del himno nacional. Lo que sucede es que la tradición está por encima de la razón. Un curioso libro, titulado La Biblia en España cuenta las peripecias de George Borrow, un evangelista inglés que recorrió la península vendiendo biblias protestantes y propagando su fe. Recorriendo los pueblos andaluces se encontró con un campesino. Se le acercó con su libro y le dijo que deseaba explicarle los rudimentos de su fe. El campesino lo interrumpió diciendo: Mire usted, no se moleste porque, si no creo en la religión católica que es la verdadera, ¿cómo voy a creer en la suya, que es falsa?

Perdona, bonita

15 May

lengua.jpg Todos lo hemos oído muchas veces. Alguien, con los brazos en jarras o apuntando amenazadoramente con el dedo índice, ha querido cantar las cuarenta a una amiga, compañera o, quizás, enemiga. Y ha hecho el anuncio con estas dos palabras que, aparentemente, encierran un contenido amable: “Perdona, bonita…”
No está pidiendo perdón, por supuesto. Y mucho menos tratando de manifestar una actitud amistosa. Quien así habla, no considera hermosa a su interlocutora sino antipática y despreciable. Está expresando, con esas palabras cargadas de ironía, una amenaza indudable: Perdona, bonita…
Quien escucha tiene que prepararse. Lo que ha querido decir, en realidad, el indulgente anunciador es lo siguiente: “Ahora te vas a enterar. Prepárate, que te voy a decir lo que pienso y no te va a gustar”. A continuación llegan acusaciones, improperios, descalificaciones, advertencias o amenazas. ¿Por qué, entonces, esa aparente amabilidad en la intro- ducción? : Perdona, bonita…
Pueden tener esa actitud hipócrita y cínica los hombres y las mujeres por igual. No por ser la destinataria de esa expresión una mujer, la persona que da origen al sarcasmo es una mujer. Esas dos palabras son como dos puntos después de los cuales va a llegar la diatriba. La expresión, aparentemente elegante, constituye una burda trampa contra la que se estrella el crédulo interlocutor. Decía Lao-Tsé: “Las palabras elegantes no son sinceras; las palabras sinceras no son elegantes”. Hay que desentrañar el sentido de las palabras. Algunas veces la doble intención las carga de agresividad. Dice Lloyd Bentsen del presidente americano: “He logrado saber dónde está hoy George Bush. Está visitando a sus consejeros económicos. Ha ido a Disneylandia”. El lector podrá encontrar una amplísima selección de dardos mortíferos en el libro de Gregorio Doval significativamente titulado ‘Florilegio de frases envenenadas’.
Una amiga mía define a una persona de esta eficaz y elocuente manera: muestra una amplia sonrisa al decir buenos días mientras con las uñas aceradas recorre el brazo del interlocutor de arriba abajo. Describe así a una persona que con la palabra y la sonrisa se muestra afable, pero con la mano te produce un profundo arañazo. Por delante te halaga e, incluso, te adula pero por detrás te apuñala sin piedad. Hay quien es así. Sonrisas por aquí y por allá, palabras amables por doquier y, al mismo tiempo, intenciones malévolas y hechos abiertamente destructivos. No te puedes fiar de esas personas. Se las define diciendo que no se puede esperar de ellas ni una mala palabra ni un buen hecho. La mano que te pasan por el hombro te deja colgado el muñeco de inocente o, lo que es peor, la herida producida por cuchillo imperceptible.
Fernando Savater acaba de escribir un libro titulado ‘Los diez mandamientos en el siglo XXI’. Cuando comenta el octavo mandamiento (“no levantarás falsos testimonios ni mentiras”) habla de la falsedad y de la cortesía. Dice: “La cortesía está llena de mentiras. Todos nos deseamos unos a otros los buenos días, decimos a las otras personas que las encontramos con aspecto excelente, o que estamos encantados de conocerlos. Lo que generalmente ocurre es que no siempre creemos que los días sean especialmente buenos, ni el aspecto del otro nos parece tan bueno, ni estamos tan encantados de conocerlos. Pero en este tipo de amabilidad está basada nuestra relación mutua y, aunque todos estamos al tanto de la ficción que se esconde detrás de estas fórmulas, nos molesta cuando alguien abusa de su sinceridad y deja de lado la cortesía. Supongo que hay un tipo de mentiras que nosotros exigimos a los demás: las de la cortesía, las del arte, las de la ficción y, en ocasiones, hasta pedimos que se nos oculten realidades desagradables que no podemos cambiar”.
Estoy de acuerdo con el filósofo. Lo que estoy criticando en estas líneas no es la amabilidad, las buenas formas, las mentiras bondadosas. Ni la sinceridad descarnada. Lo que critico es la maldad que se esconde detrás de la cortesía. La falsedad que se oculta detrás de la sonrisa. La hipocresía que lleva a hacer daño porque la víctima está seducida por las formas, engañada por la apariencia. Muchos actúan como Fausto. Cuando la señorita Luz, personaje de la obra teatral ‘Mi Fausto’, de Paul Valéry, le pregunta a Fausto: ¿Quiere usted que le diga la verdad?, Fausto responde con rapidez e ingenio: “Dígame usted la mentira que considere más digna de ser verdad”. Lo que de verdad queremos es que no nos hagan daño. Ni con palabras ni con hechos. Queremos que se callen si nos van a hacer daño. Y que, cuando nos hablen, no nos tiendan trampas.
No reprocho la cortesía de las personas que sonríen sin sentimiento, rechazo la maldad de quien sonríe para provocar una confianza que después traiciona con la maldad. La amabilidad aparente les sirve de coartada. Cuentan que un perro pasa al lado de un ciego. El perro levanta la pata y le orina en los zapatos. El ciego saca un azucarillo, se agacha y se lo tiende al perro. Alguien que está contemplando la escena, le dice al ciego si no se ha dado cuenta de lo que le ha hecho el perro. El ciego responde:
– Sí, me he dado cuenta, sólo quiero ver dónde tiene la boca para darle una patada en el trasero…
No me gustan las personas que te muestran el azucarillo para poderte pegar a gusto, las que sonríen mientras te apuñalan, quienes te muestran una cara amable y por la espalda te despellejan. Te hacen daño pero aparentan que te quieren. Te destruyen y, a la vez, te ensalzan para ocultarse tras el halago. Me parece especialmente rechazable el comportamiento de los aduladores, de los turiferarios del poder. Esas personas que se deshacen en elogios hacia su jefe, que se curvan de forma zalamera en su presencia, que les adulan hipócritamente porque, en realidad, los aborrecen.
La Rochefoucauld dice que el hipócrita rinde pleitesía a unas normas y valores en los que no cree. Literalmente: “La hipocresía es un homenaje que el vicio rinde a la virtud”. Guardar las formas, decir hermosas palabras, multiplicar las sonrisas son costumbres admirables si nacen sinceramente del corazón. Lo reprochable es que estas apariencias se pongan al servicio de la perversión, de la vileza, de la maldad. Hay personas especializadas en el arte de convertir la sonrisa en una espada, las palabras en balas mortíferas, las buenas formas en trampas dañinas. Decía Thomas Fuller: “Cuando la sinceridad es arrojada de la casa, la adulación se sienta en el vestíbulo”.

El estilo del mundo

8 May

mundo.jpg Nos parecemos los humanos a los tripulantes de un barco que están afanados en mantenerlo, en alimentar la caldera, en limpiar los camarotes, en disfrutar de grandes fiestas en la cubierta… Alguien pregunta por la rosa de los vientos, pero le responden que se ha perdido hace años. No hay tiempo para buscarla porque es necesario avanzar más de prisa, adelantar a otros barcos o entretenerse frenéticamente. Las grandes preguntas se pierden bajo el estruendo de la navegación: ¿a dónde nos dirigimos?, ¿vamos hacia un abismo?, ¿está dando el barco inútiles vueltas sobre el propio eje?… No hay viento favorable para un barco que va a la deriva. Dicho de manera más contundente: no hay nada más estúpido que lanzarse con la mayor eficacia en la dirección equivocada. Tampoco es muy eficaz, si no se está de acuerdo con la dirección que lleva el barco, empeñarse en caminar de babor a estribor.
Es necesario saber dónde estamos, hacia dónde nos dirigimos, si hay alguien que nos lleva hacia donde no queremos ir. Muchos pasan por la vida sin enterarse de nada. Manipulados por los medios de comunicación, por quienes gobiernan, por la publicidad, por periodistas simplones o inteligentes, por las iglesias o sectas de diverso tipo… No se enteran de nada. O, mejor dicho, sólo se enteran de lo que otros quieren que se enteren y de la interpretación que deben dar a la realidad, convenientemente filtrada.
Vicente Verdú ha escrito un magnífico libro en el que reflexiona sobre las características del mundo en que nos ha tocado vivir. ‘El estilo del mundo’ es su hermoso y signficativo título. Es un libro lúcido e incisivo que penetra con claridad en los fenómenos que están marcando nuestra forma de ser y de vivir. El subtítulo no es menos significativo: ‘La vida en el capitalismo de ficción’. Conviene decir que es extraordinariamente importante desarrollar esa capacidad que el autor manifiesta de forma intensa, de no pasar por la vida sin enterarse de lo que sucede, sin descubrir los hilos que nos manejan, sin descifrar los significados de los acontecimientos, de los programas, de las costumbres. El estilo del mundo no sólo marca las grandes políticas y la macroeconomía de los países de la tierra. El estilo del mundo se convierte en la forma de vivir que inspira los pensamientos, las actitudes, las relaciones y los comportamientos de cada día. El estilo del mundo es el equivalente al aire del tiempo, al espíritu de la época.
Definiré, a grandes rasgos, algunas de las características de ese estilo. No son todas, claro está. Esos rasgos no son estáticos sino movibles e interdependientes. Se asemejan no a un mosaico sino a un tatuaje dibujado en el cuerpo. Cuando éste se mueve, todo el tatuaje se mueve.
Creo que se está produciendo un proceso de globalización homogeneizadora preocupante. Cada hora se consumen en el mundo un millón de latas de coca cola. Y eso sucede en un pub de Londres, en un pueblo perdido de Marruecos, en una tienda tribal de África y en el desierto del Sahara. Bebemos lo mismo, contemplamos el mismo Gran hermano, nos colgamos de la red, visitamos idénticos centros comerciales (en España se han construído casi cien parques de ocio que visitan millones de personas), nos entretenemos de forma muy similar, usamos móviles que nos conectan instantáneamente a millones de personas, compramos las mismas cosas… “Claro que no vendemos en las cestas de la compra mortadela en los países árabes pero, salvo matices culturales, el 95% de los productos (1400) son iguales para todos”, dice Félix Tena, presidente de la cadena española Imaginarium. El estereotipo del hombre ‘metrosexual’ (joven, rico, ambiguo sexualmente, sensible, descuidadamente preocupado por la estética, interesado por la cocina…) nos muestra la fuerza homologadora de la sociedad actual.
Se está produciendo un infantilismo extraordinario. El ser humano abandona la infancia en un proceso de crecimiento que cada vez se hace más largo (muchos jóvenes se resisten a irse de la casa paterna/materna) y vuelve luego a ella conducido por fuerzas externas. Se quiere borrar el paso de los años, cada vez se juega más, los videojuegos se hacen también preferencia de los adultos, caminamos hacia lo que Lipovestky llama una ‘ética sin dolor’, pretendemos divertirnos hasta morir… La infancia. Cada vez despiertan más pasiones el fútbol y todo tipo de juegos. Hoy moviliza más gente un partido de fútbol que una huelga general. “Titulados y tituladas superiores, dice Vicente Verdú, han dejado de sentir rubor por entretenerse con los pormenores del fútbol o la secuencia de los cotilleos. Ahora no sólo se autoriza a ser trivial sino que, en cierto sentido, una dosis de esta trivialidad añade un punto de actualidad, a la vez postmoderna y encantadora”.
La competitividad es uno de los ejes de nuestro tiempo. No se trata de aspirar a ser el mejor ser humano que podemos llegar a ser sino de ganar a los otros en lo que sea: educación, deporte, dinero, trabajo, fama, posición… Estamos preparando individuos capaces de entrar después de alguien por una puerta giratoria y de salir antes que él. El relativismo moral nos acecha porque el fin parece justificar cualquier tipo de medios. Conseguir la meta es el reto. No importa la naturaleza moral de los medios.
Consumir es la ley. El mercado es la patria. Hay que tener dinero para consumir y hay que consumir para que haya dinero. Todo es comercio. Todo es compraventa. Las imagen es el símbolo de nuestra sociedad. La realidad se cuenta en imágenes. Todo lo que sucede pasa por las pantallas. Si no se cuenta en televisión, no existe. Los atentados se producen (11-S, 11-M, por ejemplo), a horas en las que puedan ser contados a todo el mundo, en el momento preciso que puedan dar la vuelta al mundo casi en directo. La realidad se convierte en película y los hechos de ficción se viven como realidad.
Las marcas, la línea, la moda. He aquí la nueva religión. “Volvo no es un automóvil, es una ideología”. “Apple no trata de bytes y cajas sino sobre valores”, dice su creador Steve Jacobs. Más importante que las cosas son sus marcas. No es el objeto el verdadero valor, sino su marca.
He elegido solamente algunos genes negativos de nuestra alma colectiva, como llama Maalouf a estos rasgos de la identidad. Sin embargo, hay muchos otros que cargan el ambiente de esperanza. Si existe un fenómeno globalizador inquietante también está presente una potente ola antiglobalizadora e individualizadora. Si existe todavía ignorancia, opresión y esclavitud, no es menos cierto que recorren el mundo millones de personas generosas que luchan individual o colectivamente por la dignidad del ser humano. Si es cierto que hemos vivido una guerra, no lo es menos que ha hecho temblar el mundo una corriente pacifista espectacular. Si existe todavía opresión por el género, no es necesario recordar que el feminismo está convirtiéndose en la mayor revolución liberadora de la historia. Si el mundo está amenazado por intereses que destruyen la naturaleza, existe también un movimiento ecologista sin precedentes.
Hay esperanza, pues. Lo decía Aristóteles: La esperanza es el sueño del hombre despierto. Hay que suscribir, hoy más que nunca, el pensamiento de André Malraux: La esperanza es la fuerza de la revolución.

Querida Vanesa

1 May

No sé si sabré expresar con precisión, fuerza y ternura todo lo que te quiero decir. Me tranquiliza, sin embargo, la idea de que tu dolorido corazón y tu mente limpia suplirán mis inevitables limitaciones (soy un hombre, no estoy en una silla de ruedas, no he sufrido abusos de quien debía protegerme…). Es difícil comprender, sin estar dentro de tu cuerpo hecho con la parálisis, la indignación, la angustia, el miedo, la humillación y el dolor de tantos días, de tantas noches, de tantas horas infinitas como ha durado el calvario que has tenido que recorrer.
Has nacido en el seno de una familia desestructurada, has vivido toda tu vida, veinticinco años, recorriendo el mundo en tu silla de ruedas, has estado en Amappace (Asociación Malagueña de Padres de Paralíticos Cerebrales) hasta que denunciaste los hechos. Durante doce insoportables años (se dice en un segundo, duran una eternidad) has padecido abusos que probablemente no logras borrar de tu memoria y cuyas secuelas aparecen como amenazadores monstruos cuando cierras los ojos. Sé que estoy dando por ciertos los hechos que has denunciado. Pero pienso que si es justo reconocer al acusado la presunción de inocencia (así lo hago), no es menos justo aplicar el mismo criterio hacia ti y pensar que no estás mintiendo, que no estás fantaseando, que no estás inventando una inmensa y absurda calumnia.
Ser objeto de abuso (aquí se puede decir con rigor ‘ser objeto’ más que ‘ser sujeto’) siempre es una tragedia. Pero si el que abusa es precisamente quien tiene la responsabilidad de cuidarte, de protegerte y de ayudarte, el desastre es más contundente, el oprobio más cruel y la desconfianza que se genera más desgarradora. y absoluta. ¿De quién me puedo fiar?, te habrás preguntando con angustia y tristeza. ¿Por qué a mí?, ¿por qué yo?, ¿por qué más?, ¿no era suficiente?, te habrás dicho a ti misma miles de veces.
Sé muy bien que denunciar estos hechos exige un valor casi tan grande como el desgarro vivido. ¿Quién hará caso de una joven paralítica que se enfrenta al jefe de una institución benefactora? Muchas personas no creen a las víctimas, se ponen rápida y eficazmente del lado del poder, de la riqueza, de la fuerza. Además, resulta doloroso revivir los hechos que quieres olvidar, hurgar en la herida que deseas que cicatrice para siempre, airear situaciones que el pudor te lleva a silenciar. En ocasiones, tú lo sabes, la denuncia se ha vuelto contra la víctima y la ha rematado. La víctima dispara la flecha de su denuncia hacia el cielo, allí nadie la recoge y cae sobre su cabeza clavándose con fuerza. “Ella lo habrá buscado”, “no se resistió con suficiente energía”, “se lo ha inventado porque es una fabuladora”, “está despechada por una negativa”, “algo iría buscando”, “le habrá provocado”… Ahí está el caso del alcalde de Toques, que sin duda conoces. El alcalde del pueblo que abusa de una menor. Ella quiere abandonar el pueblo consumida por la vergüenza mientras él es apoyado por los concejales (¡y las concejalas!), por el pueblo, por el cura, por algunos jefes de su partido.
Quizás te hayas arrepentido más de una vez de haber hecho la denuncia. Acaso, te habrás dicho, hubiera sido mejor guardar silencio, callar, tratar de olvidar. Los argumentos tienen mucha fuerza para las personas acobardadas: ya nada puede cambiar los hechos, quizás nadie me haga caso, es probable que me encuentre con un juez machista que no me crea, quizás la sociedad mire para otro lado… Pero tú no te has acobardado. Ten esperanza. Juan José Millás acaba de escribir un libro estremecedor (“Hay algo que no es como me dicen”, editorial Aguilar) sobre el caso de Nevenka Fernández, ex concejala de Ponferrada, que tú sin duda conoces. Si Nevenka se hubiera callado, la historia de la indignidad se habría apuntado una victoria. Millás nos explica en uno de los últimos capítulos cómo “nace la nueva Nevenka”.
Después de cuatro interminables años desde la denuncia (¿quién repara el dolor de esta pesadilla con la que te encontrabas cada día al despertar?) el juicio todavía no se ha celebrado. Imagino que estarás deseando que este horror acabe, que se haga justicia de una vez y que todo pase. Así podrás mirar al futuro y no tendrás tu corazón anclado en unos hechos tan dolorosos. El día doce de mayo se va a celebrar el juicio. Eso espero, eso exijo en mi condición de ciudadano. Ojalá se imponga la verdad. Ojalá se acabe esa angustia de cada día, esta espera interminable. Ojalá no tengamos que lamentar otra sentencia injusta.
Querida Vanesa, permíteme felicitarte por tu coraje, por tu valentía, por la fuerza que ha supuesto hacer la denuncia. Desde tu silla de ruedas has hecho avanzar kilómetros la causa de la dignidad de las mujeres, has dado una victoria a la lucha por la dignidad. Tú has dicho valientemente “no”, tú has dicho “basta ya” a ese terrorismo cotidiano que muchos hombres irredentos ejercemos sobre mujeres indefensas. Enhorabuena por tu valor en nombre de la causa de la justicia.
La herida puede cerrar, tú no estás manchada, no estás sucia, no estás deshonrada. La deshonra es de los maltratadores, de los que abusan, de los que oprimen, de los que acosan. Hagamos una pequeña experiencia. Imagina que tienes un billete de quinientos euros. Se te cae al suelo, se llena de barro, se mancha, la gente lo pisa y, al final, cae en una cloaca. Afortunadamente lo puedes rescatar. ¿Qué harías con él? ¿Lo tirarías? No. Porque el billete conserva todo su valor. No ha perdido ni un céntimo.
Te quiero decir también que no estás sola. Sé que muchas personas te han acompañado. Estás también con todas las mujeres maltratadas de la historia, con todas las que has ayudado con tu postura valiente. Sé que no pretendes despertar pena, que rechazas una compasión sobreprotectora, que te repugna la expresión “pobre chica”. Sé que muchas personas, especialmente muchas mujeres, empañarían de buen grado tus lágrimas con ternura y abrigarían con hechos y palabras tu corazón. La sociedad no puede permanecer indiferente ante unos hechos que no son casuales sino que nacen de una situación machista que ha considerado a la mujer un objeto al que hay que usar y del que se puede impunemente abusar. Las raíces del machismo son muy profundas. Que llegue pronto una ley que se ha retrasado milenios. Pero no nos engañemos, la sociedad no cambia por decreto. Hay que seguir trabajando para que las concepciones, las actitudes y los comportamientos de las personas se rijan por la justicia y el respeto.
Querida Vanesa, permíteme que, para terminar, te cuente una pequeña historia. Te la dedico a ti y, a través de ti, a todas las mujeres que han sido objeto de abusos, de acoso, de malos tratos. Una familia tenía un caballo al que dejaba libre por el campo. Un día el caballo se cayó a un pozo. Como el pozo era profundo y el caballo muy viejo, decidieron, con increíble crueldad, no tomarse la molestia de sacarlo. Comenzaron a echar tierra sobre él. Cuando el caballo sintió la tierra sobre sus lomos, lejos de quedarse quieto y maldecir su suerte, se sacudió la tierra con fuerza, de manera que cayó a sus pies. Subió el nivel del suelo. Le siguieron echando tierra y el caballo repitió una y otra vez el gesto enérgico. El nivel del suelo fue subiendo. Le echaron tanta tierra que el caballo salió trotando en libertad. La tierra con la que pensaban sepultarlo se convirtió en el peldaño de la liberación.
Querida Vanesa. No lo olvides: el pájaro canta sobre la rama porque, aunque la rama se rompa, él puede echarse a volar. Los pájaros, dice Eduardo Galeano en un hermosísimo libro que acaba de publicar, titulado ‘Bocas del tiempo’, no anuncian la mañana. Cantando la hacen. Recibe, con mi enhorabuena y mi gratitud por tu valentía, un gran abrazo.

La fuerza del diálogo

24 Abr

dialogo.jpg Dice Mariano Rajoy que el actual gobierno es débil e inestable porque tiene necesidad de dialogar y negociar con otras fuerzas políticas para poder gobernar. ¿En qué consiste, pues, la fortaleza para el líder popular? En ejercer el mando sin depender de pactos, consensos y alianzas. Ordenar y mandar de forma autónoma es, para él, ser fuerte. Lo dijo claramente en la campaña electoral: “No pactaremos con nadie”. Y lo explicaba: “porque no queremos ser víctimas de chantajes”. Al parecer, transigir, ceder, negociar, pactar, dialogar son muestras de debilidad. Quien hace propuestas a Mariano Rajoy chantajea, cuando las hace él defiende el bien de España.
No es sorprendente esta visión en una persona que ha participado en un gobierno (de mayoría absoluta) que se ha quedado sólo en la decisión de ir a una guerra, en la elaboración de la ley general sobre la educación, de la ley sobre las Universidades, en lo que se llamó luego ‘el decretazo’… Han decidido solos, sin negociar, sin dialogar. Han impuesto su criterio y han considerado que esa es una manera de ser un gobierno fuerte. Y, por ser fuerte, también estable. Quien esto dice ha sido también el destinatario de una decisión solitaria y autocrática que le ha convertido en líder sin necesidad de consulta, diálogo o negociación.
Los hechos no le han dado la razón. Porque esa forma de gobernar, según creo, ha sido una de las causas no de la inestabilidad del poder sino de su defenestración a través de las urnas. De modo que el no escuchar a nadie, el no negociar con nadie, el no pactar con nadie ha sido precisamente la causa de la pérdida del poder, de su debilidad.
Creo que lo que da fuerza al poder (y estoy refiriéndome siempre al poder en una democracia) es su disposición a la escucha, su capacidad de hacer pactos y de establecer alianzas. La fuerza, a mi juicio, está en el diálogo. En el buen entendido, como decía Joseph Joubert de que “el objeto de toda discusión no debe ser el triunfo, sino el progreso”.
El primer interlocutor del gobierno para establecer el diálogo es la ciudadanía, que habla a través de las urnas, pero que sigue hablando después en las calles, en la prensa, en las organizaciones, en las instituciones. El segundo interlocutor son los partidos políticos del arco parlamentario, que están ‘ahí’ por decisión soberana de los ciudadanos. El tercero son los representantes de otros países del mundo ya que una nación no está sola en la tierra. El cuarto son los propios miembros del partido. Si no hay democracia interna, si realmente no se puede decir lo que se piensa, no se formularán quejas, críticas ni discrepancias. El silencio servil es la tumba de la verdad.
Para dialogar es preciso saber escuchar y tener algo que decir. “Hay pocos animales más temibles que un hombre comunicativo que no tiene nada que decir”, decía Beuve. Sin dogmatismos, porque algunos confunden pereza de pensamiento con firmes convicciones. No hay diálogo desde los dogmas.
También es cierto que en el diálogo puede haber trampas. Hay quien, a través del diálogo, trata de engañar, de obtener ventaja. Y logra conseguirlo. Aunque, en otras ocasiones, el ‘listillo’ se encuentra con alguien que le aventaja en la sagacidad. Me han contado hace unos días una simpática historia al respecto. Viaja en un avión una hermosa joven al lado de la ventanilla. Está cansada y se dispone a dormir. Un joven ejecutivo que está a su lado le hace una propuesta:
–Perdone que le moleste, señorita, como el viaje es muy largo le propongo un juego para entretenernos–.
Ella agradece cortésmente la invitación, pero la rehusa sin vacilación. Él insiste:
–Se trata de un juego divertido. Yo le hago una pregunta, si usted no la sabe, me paga cinco euros. Si me la hace a mí y yo desconozco la respuesta, le pago a usted cinco euros–.
Ella rechaza la iniciativa alegando que está muy cansada. El ejecutivo no desiste de su empeño y vuelve a la carga, ahora con una propuesta diferente y ventajosa para la mujer:
–Para que el juego sea más interesante para usted, le hago esta oferta: si yo le hago una pregunta y usted desconoce la respuesta, me pago cinco euros, pero si usted me hace una pregunta y yo no sé la respuesta, le pagaré quinientos euros–.
La mujer acepta la nueva propuesta. Empiezan el juego. Él hace la primera pregunta:
–¿Cuál es la distancia del cielo a la tierra?–.
Como ella desconoce la pregunta le paga cinco euros. E inmediatamente pregunta:
–¿Cuál es el animal que sube al monte con tres patas y baja con cuatro?–.
El ejecutivo no conoce la respuesta, saca su ordenador portátil y hace una consulta de más de una hora, a través del teléfono del avión llama a la biblioteca de varias Universidades. Al fin se da por vencido. Paga los quinientos euros a la chica que, con gestos de cansancio, deja el juego y hace ademán de ponerse a dormir:
–Oiga, dice el ejecutivo, ¿cuál es la respuesta?–.
Ella saca de su bolsillo un billete de cinco euros, se los entrega al joven sin decir palabra y se pone a dormir.
Ojalá que lo que se ha dado en llamar en estos días un nuevo talante, una actitud nueva consistente en la apertura al diálogo, sea asumida por las instituciones y por cada uno de los ciudadanos y no sólo por sus representantes. Un diálogo inteligente y respetuoso. Un diálogo que busque el bien y la verdad, sin opereza, sin trampas y sin dilaciones. Un diálogo que nos habitúe a escuchar lo que el otro piensa y quiere. Que nos permita expresarnos con firmeza, rebatir sin miedo y ser criticados sin padecer tristeza e irritación. Decía sabiamente Cicerón: “Estemos siempre a punto para contradecir sin obstinación y dejarnos contradecir sin irritarnos”.
Para dialogar es preciso tener la voluntad y la humildad necesarias para dedicarse al encuentro. Pero hay que disponer de estructuras y cauces para hacerlo: tiempos, espacios, condiciones… El diálogo nos enriquece si estamos abiertos a la verdad de todos. Las personas inteligentes aprenden siempre, las otras pretenden mandar, enseñar y corregir a los demás como si estuvieran en posesión de la verdad. El diálogo nos hace fuertes. Y no cansa, si se hace de forma positiva. Decía Winston Churchill: “Una buena conversación debe agotar el tema, no a los interlocutores”.