La autoridad del docente

30 Mar

Como miembro del Consejo Escolar de Andalucía acudí hace algunos días a la sesión en la que el Consejero de Educación, señor Javier Imbroda, presentó al nuevo Presidente del Consejo, José Antonio Funes que sustituía al profesor Ernesto Gómez, que lo había sido durante casi diez años. Consecuencias de los cambios políticos que llevan aparejados estos relevos, sean cuales sean las valoraciones de cómo venía funcionando el Consejo Escolar.

En las breves palabras que dirigió a los consejeros y consejeras, el señor Imbroda dijo dos cosas que me dejaron perplejo y preocupado. Una referida a la despolitización de la educación y otra a la futura promulgación de una ley sobre la autoridad de los docentes.

Sobre la primera cuestión solo voy a decir que despolitizar la educación es una afirmación de naturaleza política pero completamente equivocada. Despolitizar la educación es una opción política que, en buena lógica, se contradice a sí misma. Una opción política de las malas, de las equivocadas. Porque la educación es una acción política. Lo es en sí misma y lo es porque pretende formar ciudadanos y ciudadanas para la polis. Lean el libro que ha publicado Jaume Carbonell Sebarroja en la editorial Octaedro este mismo año 2019. El título del libro no puede ser más elocuente: La educación es política. Si tuviera la seguridad de que lo iba a leer el Consejero, se lo regalaría encantado.

En este libro se reivindica la Política, con mayúscula: la que apuesta por el pensamiento crítico y transparente, la democracia participativa y la más amplia libertad de expresión, así como por la solidaridad y la justicia social. También la Política que promueve una educación democrática que no adoctrina, porque no impone qué pensar, sino que abre caminos al pensamiento y la reflexión, puesto que enseña cómo pensar, a partir del diálogo, las preguntas y la pluralidad de voces y miradas.

La actualidad política se cuela continuamente en la escuela y no se puede rehuir si se quiere comprender una realidad cada vez más compleja, sea en nuestro alrededor o en todo el mundo. Invocar la neutralidad es una falacia que no se sostiene: esconde la realidad y no hace sino legitimar el orden establecido y los intereses de los sectores más poderosos.

Me quiero centrar ahora en la segunda cuestión que es esa posible, desafortunada y futura ley sobre la autoridad de los docentes. La derecha siempre está preocupada por reforzar la autoridad de los docentes. No Creo que se trata más bien del poder que de la autoridad propiamente dicha. Lo hicieron Esperanza Aguirre en la comunidad de Madrid y Dolores de Cospedal en la de Castilla la Mancha. El problema es que no suele escoger el mejor camino para conseguirlo. Digo esto porque no se fortalece la autoridad a través de la ley. “La sociedad no cambia por decreto”, reza el título de un libro de Michel Crozier. Yo aplico ese título a la escuela. Lo aplico a la comunidad educativa. “La escuela no cambia por decreto”.

Una ley que dictamine en un artículo que el profesor es una autoridad, que en otro diga que ha de impartir sus clases desde una tarima y que en un tercero sancione a quien no la respete, no consigue mantener e incrementar la autoridad del docente. Más bien despertará la indiferencia y el rechazo.

Claro que el profesor es una autoridad. Claro que los padres, los alumnos y la sociedad en general tienen que reconocer que esa autoridad existe y que ha de ser respetada y obedecida.

El problema es que esa autoridad hay que conquistarla. Se gana con la competencia profesional, con la dedicación y con el compromiso acendrado. Se gana con el amor. Lo dice de manera magistral Emilio Lledó: “el docente gana autoridad por el amor a lo que se enseña y el amor a los que se enseña”. Eso no lo da la ley.

No se consigue el respeto por la fuerza. No se gana autoridad por imposición. No se respalda al profesor con leyes sino con honestidad y coherencia política. Lo cual exige una buena selección, una buena formación, una buena organización y un buen gobierno del profesorado.

El castigo, lejos de propiciar cercanía, provoca rechazo y odio. Si se impone un castigo por falta de respeto al profesor, sin diálogo, sin lógica, sin amor, el alumno entenderá que quien está frente a él no muestra autoridad sino poder.

¿Quién tiene autoridad en educación? Tiene autoridad quien ayuda a crecer. Esa es la raíz etimológica de la palabra autoridad. Proviene del verbo latino auctor, augere, que significa hacer crecer. Tiene autoridad quien ayuda, motiva, ama, hace crecer. Quien machaca, humilla, hunde, silencia y destruye tendrá poder, pero no tiene autoridad. Al menos, en educación.

Un tirano es temido, no es amado. Se le obedece porque se le teme, no porque se le respete. Y por dentro se le odia.

Sé que hay alumnos y alumnas que no respetan a los profesores. También hay padres y madres que no muestran la menor consideración por el profesorado. El diagnóstico es tan certero como inquietante. No me deja indiferente esta situación. Creo necesario poner remedio a la misma. El problema es que el remedio no es fácil y se corre el peligro de utilizar métodos ineficaces o contraproducentes.

Le diré al señor Consejero, con toda humildad, que hay una diferencia que me parece fundamental entre la autoridad recibida y la autoridad merecida. En consecuencia, le diré por dónde creo que se puede avanzar en la buena dirección. A veces se corre aceleradamente en la dirección equivocada. Este camino es más largo y más difícil que redactar una ley.

Hay que seleccionar mejor al profesorado. Hay que elegir para esta tarea a las mejores personas del país, no a las que no valgan para otra cosa. Y hay que formarles de manera más sólida, profunda y eficaz. Hay que tratar a los profesores y a las profesoras, desde la política, con sensibilidad y gratitud. Lo cual exige escucharlos, conocer sus problemas y sus necesidades, dar respuesta rápida a sus justas demandas. Y remunerar su trabajo de forma equitativa.

Sé que han cambiado muchas cosas. Unas para bien, otras para mal. Es probable que, respecto a la autoridad, hayamos pasado de una actitud autoritaria a una actitud permisiva. Del ordeno y mando a cada cual que haga lo que quiera. Es necesario que haya normas y que esas normas sean democráticas, racionales y justas. Es más fácil cumplirlas si tienen esas tres características. Y es más fácil también hacerlas cumplir.

Me voy a permitir aconsejar un libro que se sitúa en esta tesis equilibrada: huir del autoritarismo y de la permisividad. Me refiero al libro de José Antonio Marina, titulado “La recuperación de la autoridad. Crítica de la educación permisiva y de la educación autoritaria”. Publicó el libro la editorial Versátil en 2009. Pues nada, a leer y que aproveche. A pensar y que se note. A trabajar por la reconquista de la verdadera autoridad.

66 respuestas a «La autoridad del docente»

  1. Querido Maestro!
    Me parece muy dificil discernir entre autoridad y poder dos conceptos unidos pero diferentes como usted ha explicado.
    No hay que perder autoridad en las escuelas ni en la vida misma.
    El poder desata signos muy negativos que llevan a acciones descontroladas y miserables.
    Yo me encontré en unos de los centros educativos últimos que trabajé a un director que le había nublado la mente el poder.
    Me había considerado de inferior rango y así me trataba sin considerar que era una persona con verdadera vocación a mi trabajo.
    En su actitud egocéntrica y dañina,me puso un parte disciplinario por faltar un día al trabajo, por problemas médicos
    graves habiéndolo antes solicitado.
    Me armé de valor y procedí como la ley manda con pruebas contundentes para defender mi acción.
    Gané la partida,cuando vio mi actitud se acobardo tanto que hasta me pidió perdón.
    Pienso que autoridad se debe tener en todos los ámbitos de la vida,en la escuela en la familia en la sociedad;pero una autoridad que quede reflejada en el deseo de que todo funcione bien.
    Otra cosa son los abusos de poder que nos han marcado nuestras vidas a nivel profesional y humano.
    Nadie es más que nadie, tenga la profesión que tenga,ni se deben consentir los ataques a la dignidad humana con acciones que humillan degraden y acobarden a las personas.
    El tiempo nos hace más sabios, los errores más inteligentes los abusos más honestos y las dificultades nos llevan a diferenciar e ir por el camino correcto.
    Siempre sintiendo,pensando y actuando en positivo.
    ¡Que sean felices!

    • Querida Loly:
      Ya estoy en España, de regreso de mi viaje a Chile, donde he impartido varias conferencias.
      Siempre me han preocupado los jefes tóxicos, aquellas personas que utilizan su situación de poder para hacer daño, para envenenar.
      Me acaba de escribir una amiga profesora que esta de baja por un problema de acoso o maltrato de su directora. ¿Cómo es posible?
      La fuerza que debería utilizarse en ayudar, motivar y querer se acaba empleando en hacer daño.
      Qué buena expresión la que utilizas: “le había nublado la mente el poder”. Y le había corrompido el corazón. Lástima.
      Hablas de la importancia de la dignidad humana y de lo que debiera hacer el tiempo si lo aprovechamos bien. Ojalá.
      Besos y gracias.
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    • Un profesor no es ninguna autoridad ni lo será nunca. Es una persona que te enseña unos conocimientos y ya está, pero ni es una autoridad ni tiene que dar las clases desde una tarima como si fuera un monarca. En un aula no manda nadie porque un profesor no es ni nuestro jefe ni nuestro jefe , por tanto los profesores no estan por encima de los alumnos de ninguna manera

      • Querido Carlos:
        La palabra autoridad proviene del vero latino AUCTOR, AUGERE, que significa HACER CRECER. Tiene autoridad aquella persona que ayuda a crecer. La que manda, silencia, aplasta, castiga, domina.. tendrá pode, no tiene autoridad.
        El profesor está al servicio del aprendizaje, está para ayudar a aprender.
        Mi primer libro sobre estas cuestiones se tituló YO TE EDUCO, TÚ ME EDUCAS. Nunca he pensado que un profesor sea un JEFE, no es un monarca, no tiene que dar las clases desde una tarima…
        UN cordial saludo.
        Gracias por compartir tu opinión.
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  2. Dos temas de gran calado.
    Sobre el primero: claro que la educación es de naturaleza política. ¿O está fuera de la realidad?
    Sobre el segundo: ¿alguien se imagina que una ley tuviese que respaldar la autoridad de Celestin Freinet?
    No sé dónde vamos a ir con quienes piensan como piensa el Consejero de Educación de Andalucía.
    Gracias por compartir esas inquietudes.

    • Querida Margarita:
      Un día que hacia mucho frío, Freinet quemó la tarima del aula para que se calentasen los niños.
      ¿Perdería Frente toda su autoridad al prescindir en adelante de su tarima?
      Digo esto porque Esperanza Aguirre, cuando sacó la ley sobre la autoridad de los docentes exigía que el profesor dispusiera y utilizara la tarima.
      Craso error.
      Besos y gracias.
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  3. Quiero plantear algo sobre la autoridad de los docentes.
    Me preocupa cómo es considerado en la sociedad, por los pol´ticos, por las familias, por los propios alumnos.
    Me preocupa que se haya desmoronado la autoridad y que haya tanta falta de respeto en las aulas.
    Ahora bien, no creo que la salida a esta situación sea promulgar una ley.
    Digo esto porque pienso que por la fuera no se puede obligar a modificar lo que se siente o se piensa. Sí se puede conseguir algo exterior. Es decir, que por miedo a la sanción las personas se callen
    Saludos cordiales.

    • Querida Luisa:
      Lo que de verdad me preocupa es lo que sienten los alumnos y las alumnas, lo que piensan los padres y las madres.Me preocupa también los hechos. Pero, ¿de qué valdría un actitud externamente respetuosa y un estado de ánimo cercano al odio o al desprecio en el interior?
      En educación deberíamos cultivar las actitudes: la actitud de respeto a la dignidad humana, dl reconocimiento que desempeña quien se dedica a educar…
      Ahora bien, como dices, hay que formas son más eficaces para hacerlo.
      Si no se siente por dentro, se faltará al respeto con tal de que no te denuncien.
      Saludos y gracias.
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  4. Señor Santos Guerra:

    Dice usted que “El problema es que esa autoridad hay que conquistarla. Se gana con la competencia profesional, con la dedicación y con el compromiso acendrado”. Confunde usted dos conceptos distintos de autoridad, que son ambos necesarios y que necesariamente van de la mano. Pongamos por caso la autoridad de un juez. Es cierto que la autoridad moral que pueda llegar a tener un juez se la ha de ganar con él, con la ecuanimidad de sus sentencias y la serenidad de sus juicios, pero para el ejercicio cotidiano de su profesión tiene que hacer uso de una autoridad que le ha venir por ley (si señor: por ley). ¿Para qué? Pues para expulsar de la sala a quien alborota e impide el desarrollo normal del juicio, o para cortar preguntas de los letrados que no vengan a cuento o que puedan ser vejatorias para aquellos a quienes se dirige (sean acusados o testigos). ¿Por qué hay que obedecer al juez y no al fiscal o al alguacil? Porque la LEY así lo dispone, no porque el juez sea quien tiene mayor autoridad moral en la sala. Es más, puedo tener muy sólidas razones para pensar que el juez es un indeseable o un capullo sin la menor estatura moral, pero si asisto a un juicio es a él a quien debo obedecer. Puede que el juez sea un novato sin experiencia, y que el abogado y el fiscal sean juristas de más edad, con más experiencia y un merecido prestigio profesional que les proporciona una gran autoridad moral, pero aun así, quien manda en la sala es el juez. ¿Y quién lo dice? Lo dice la ley. Y si la ley no lo dijera los juicios serían imposibles y no habría más remedio que crear esa ley. ¿Es que se puede cambiar la realidad por decreto? Pues a veces sí, mire usted. La ley que permitía divorcio cambió por decreto (y para bien) muchas situaciones insostenibles que antes de la ley no tenían salida. Y la enseñanza obligatoria también es algo bueno que solo puede ser impuesta por ley.
    Vuelvo con el tema del juez. Si éste, a la larga, se labra un gran prestigio y una gran autoridad moral por su buen hacer profesional es porque pudo hacer su trabajo en condiciones, esto es, amparado por una ley que le otorgaba una autoridad sin la cual no habría podido llegar a ser un buen juez. Resumiendo: LA AUTORIDAD MORAL QUE PUEDA ALCANZAR UN JUEZ POR SU BUEN HACER PROFESIONAL SE APOYA EN LA AUTORIDAD QUE POR LEY POSEE PARA EJERCER BIEN SU PROFESIÓN. SI NO TUVIERA LA SEGUNDA, NUNCA LLEGARÁ A LA PRIMERA.

    El profesor, si quiere ejercer su profesión bien (lo que a la larga le reportará indudablemente una gran autoridad moral) ha de poseer una autoridad sin la cual no puede ser buen profesor. Nadie aprende matemáticas si no hay silencio en clase, y no lo habrá si el profesor no lo impone. Un alumno nunca irá contento a la escuela si está a merced de los más abusones porque el maestro no tiene poder para pararles los pies. Y esto es muy importante, y parece mentira que usted no se dé cuenta: si el maestro carece de una autoridad indiscutiblemente respaldad por la ley, el resultado no es una alegre camaradería entre los alumnos, sino la dictadura de los más fuertes sobre los más débiles. No es casualidad que el acoso haya aumentado en proporción inversa a la pérdida de autoridad. Estará usted de acuerdo que si los agentes de tráfico no tuvieran autoridad (conferida por la ley por supuesto) para sancionar a los infractores, no conduciríamos más alegres y contentos, más bien al contrario, más nerviosos e inseguros. Es cierto las multas o retiradas de carnet, como diría usted, “lejos de propiciar cercanía, provoca rechazo y odio”, pero qué le vamos a hacer. Más rechazo y odio provocan quienes conducen haciendo el burro.
    Lo que provoca el rechazo no es el castigo, sino el castigo injusto, igual que las multas injustas, lo cual quiere decir que la autoridad ha de ser sabiamente ejercida, no que no se haya de tener autoridad. Pocos conflictos he tenido yo con alumnos, supongo que he tenido suerte, pero cuando he expulsado a un alumno por decir una grosería o por faltarle el respeto a una compañera y le he dejado clarito que, lo comprendiera o no, hasta que no pidiera disculpas no volvía a entrar, resultaba que lo comprendía enseguidita. Y lo que es más, la experiencia me enseñó lo siguiente: EL ALUMNO AL QUE LE PARAS LOS PIES SIN CONTEMPLACIONES ES EL QUE MAS AFECTO TE COGE. Pondré un par de ejemplos.

    En cierta ocasión un alumno me soltó un a zafiedad que prefiero no repetir aquí. Lo puse fuera y le hice saber que se olvidará de entrar hasta que no se disculpara. Por supuesto, como vio que no iba acceder ni un centímetro, no tardó ni veinticuatro horas en hacerlo. Le dije por supuesto que las aceptaba, pero que en adelante se iba a sentar en la primera fila y que le iba a preguntar todos los días. “¿Por qué, profe?” “Porque lo mando yo” “Qué malo es usted, profe” “Malísimo, pero en esta clase mando yo. ¡Qué se le va a hacer!”. Y así lo hice. Como dijo una comentarista de este blog, “no solté mi presa” (agarrada precisamente en función de mi autoridad). Bueno, pues no solo su comportamiento fue ejemplar, sino que acabó con un notable en matemáticas, cosa que jamás le había sucedido ni había soñado que pudiera conseguir. Pero lo que es más importante: ME TOMO UN AFECTO LOCO. Al comenzar el curso siguiente me encontró por el pasillo del instituto y lo primero que me soltó fue: “Profe, que pena, este curso no voy a estar con usted”. “Si hijo, es una pena!”. Cosas que pasan. Este chico, por supuesto, había tenido problemas con otros profesores, y yo les dije que conmigo los problemas no habían durado ni un día. Me preguntó una compañera: “¿Y cómo lo has logrado? Mira que yo le avisaba constantemente, e intentaba una y otra vez hacerle comprender que su comportamiento no era el adecuado, y que cualquier día lo expulsaba de clase. Al final tiré la toalla y pasé de él”. “Pues ya ves, ni le avisé ni intenté dialogar con él, lo puse fuera sin contemplaciones y lo comprendió muy pronto, sin necesidad de diálogo”. Al final la profesora pasó de él, dicho de otro modo, renunció a ejercer la autoridad. Y ahora pregunto (a usted y a los demás participantes del blog): ¿Quién ganó al final más autoridad moral, el que no dudó en ejercer la autoridad (de la otra, digámoslo así) o la que se dejó torear por no ejercerla?

    Amigo Santos Guerra, usted me ha criticado en más de una ocasión por descalificar a la pedagogía como ciencia. Pero usted confunde dos cosas tan distintas como la autoridad moral que se gana en el buen ejercicio de la profesión (que evidentemente no es cuestión de leyes) con la autoridad necesaria para ejercerla cotidianamente (que si es algo que se puede legislar), y no se ha enterado tampoco de algo tan elemental como que la segunda es premisa indispensable para poder alcanzar la primera. Si usted, que se supone que es un “científico” de la pedagogía, no se ha dado cuenta de estas cosas tan fáciles de comprender, entenderá que albergue fundadas dudas sobre el carácter científico de la pedagogía. Dice usted también que “Un tirano es temido, no es amado. Se le obedece porque se le teme, no porque se le respete”, con lo que demuestra usted una confusión todavía más imperdonable. Un tirano no deja de ser amado porque que sea temido, sino porque gobierna para sí mismo y no para sus conciudadanos. Un buen gobernante también ha de ser temido: por quienes maltratarían a sus mujeres si no temieran (si: temieran) que les caiga encima el peso de la ley, por quienes se corromperían pero no lo hacen por idéntica razón (y estos dos ejemplos demuestran que los gobiernos no siempre son lo bastante “temidos”). Sería maravilloso vivir en una sociedad muy civilizada en la cual todo el mundo respetara las normas de tráfico sin necesidad sanciones. Pero como la naturaleza humana es la que es, bueno es que los conductores circulen con el temor (repito: el temor) de ser multados o desprovistos del carnet si no cumplen reglas de la circulación.

    Ya dije que no he tenido demasiadas malas experiencias, y que las pocas que tuve las solventé de modo muy parecido y con idénticos resultados a la que he narrado, de modo que no insistiré en ellas. Con todo, relataré otra muy significativa que a su vez me contaron me contaron en Sevilla, un día que impartí una conferencia a los alumnos del master del profesorado. Por supuesto, era una conferencia, por decirlo así, “clandestina”, no formaba parte del master, porque se trataba de explicarles precisamente que lo que les enseñaban allí era una sarta de vaciedades. A medida que les iba desmontando las principales falacias pedagógicas iban asintiendo y dándome la razón. Como la asistencia no puntuaba ni yo les iba a calificar, no tengo razones para pensar que no fueran sinceros. Cuando llegamos al tema de la autoridad del profesor, una chica del público pidió la palabra para contarnos algo que había sucedido en un pueblo de la provincia de Sevilla. Y tal como nos la contó, lo cuento:

    En segundo, tercero y cuarto teníamos una profesora de matemáticas severísima. Nadie podía entrar después de ella, no se podía ir clase hecha un mamarracho (prohibidas ir en camiseta enseñando la sobaquera o con la gorra puesta), solo se podía hablar para preguntar dudas, y todos los días revisaba todas las libretas para comprobar que se habían hecho las tareas. Y por supuesto, eso de que había que hacer las tareas ni se dialogaba ni negociaba, lo mandaba la profe y punto. Llegamos a quinto y ya tuvimos otro profesor ¡Uf, que alivio! Pero descubrimos dos cosas. La primera, que las que habíamos tenido a la tan temida profe sabíamos mucho más, y en consecuencia podíamos seguir mucho mejor que las demás las explicaciones del nuevo profesor. La segunda, que el hábito de hacer los problemas de matemáticas lo teníamos tan interiorizado como el de lavarse los dientes. Vamos, que a ninguna de nosotras se le ocurría que las tareas de matemáticas fueran algo que pudieran dejar de hacerse.
    Y sucedió que un día la terrible profesora se murió, poco antes de jubilarse, de modo que todavía había muchas personas en el pueblo que habían sido alumnos suyos y la tenían presente. Muchos de estos antiguos alumnos fueron a su casa a dar el pésame. Como sabéis, en muchos pueblos de España se mantiene la costumbre de que en los entierros, en el último trayecto (de la iglesia al cementerio) el féretro es llevado a hombros de familiares o amigos. Y la difunta había dejado expreso su deseo de ser llevada a hombros de antiguos alumnos. ¿Y qué sucedió?: QUE LITERALMENTE HUBO BOFETADAS PORQUE TODOS QUERÍAN LEVAR EL ATAUD. Al final resultó que la profesora más rígida y severa era la que había dejado mejor huella en sus alumnos, porque con su severidad y rigidez les había inculcado buenos modales y había sacado a flote lo mejor de ellos. Y todos querían gozar del honor de llevar a hombros hasta la tumba a la profesora que más y mejor les había enseñado. En cambio, los profesores que regalan aprobados por no hacerse antipáticos a los alumnos, los que hacen que no han oído una grosería porque sancionarla te puede provocar líos y porque “pasar” es más cómodo ejercer la autoridad, lo único que consiguen es encerrar a los alumnos en sus propios límites y son rápidamente olvidados. Son los otros los que se recuerdan.

    Y un punto más acerca de la tarima, tema que a tantos sesudos pedagogos les trae tan preocupado. En muchas materias, por lo menos en la de matemáticas, la mitad larga de las clases son prácticas, de modo que quien está en la pizarra es un alumno, no el profesor. Y yo me situaba al fondo, porque así sabía que si me oía el estudiante que estaba en la pizarra, todos me oían. Digo esto entre paréntesis, porque a veces los profesores tenemos la tendencia de hablar más alto de lo necesario, lo cual, además de deteriorar la garganta del docente, termina crispando los nervios de los discentes. Naturalmente, si el profesor tiene que hacerse oír por encima del alboroto de los alumnos sí que tiene que gritar, por eso es razonable que posea una cierta dosis de autoridad que le permita imponer silencio. Pero a lo íbamos, si no hay tarima y el alumno es un adolescente que todavía no ha dado el estirón, quienes que estirar el cuello son los demás, porque de lo contrario no lo ven. Lo mismo sucede si el profesor es un poco bajito, tiene que estirarse mucho el brazo para escribir a la altura suficiente para que todos vean. Y eso cansa muchísimo. No sé si Freinet perdió mucha autoridad al quedarse sin tarima, que al fin y al cabo, por lo que usted cuenta, era un caso de fuerza mayor. Pero desde luego, si no informó rápidamente a las autoridades del centro para que la repusieran, y ya puestos instalaran una calefacción que hiciera innecesario quemar la nueva tarima, pienso que sí debió de perder bastante autoridad moral.

    Señor Santos Guerra, el dar clase tiene mucho que ver con la comunicación. ¿Es tan difícil de comprender, para un “científico” de la pedagogía, que a quien se ve mejor se escucha mejor? De hecho los miopes escuchamos mejor con las gafas puestas, cuando vemos el rostro y los gestos de quien nos habla. A mi nieta le daba mucha risa que cuando quería contarme yo le decía: “Espera que me ponga las gafas”. Claro que tenía cinco o seis años, a partir de los ocho ya lo entendió. Se conoce que es una chica muy lista.
    Atentamente,
    Ricardo Moreno Castillo

    • Estimado Ricardo:
      Bienvenido al debate. Y gracias por las aportaciones. Creo que es un tema de mucho calado en el que todas las opiniones son interesantes y aprovechables.
      Si mal no recuerdo, digo en el artículo literalmente: “Claro que el profesor tiene autoridad”. Ahí me refiero al primer tipo de autoridad del que hablas. Yo no digo que el profesor poco competente o poco comprometido o poco empático no tenga que ser obedecido y respetado. Ya ves, no confundo la autoridad legal con la autoridad moral. Lo que sostengo en el artículo es que una ley no consagra ni acrecienta la autoridad del profesor. Lo que digo es que ese no es el mejor camino. Creo que una ley sobre la cuestión no haría que los alumnos respetasen más, por ejemplo, al profesor Emilio Lledó.
      Me remito al libro de Michel Crozier “No se cambia la sociedad por decreto”, cuyo contenido traslado a la escuela. Claro que cambian estructuras y realidades por decreto. Lo que digo es que es difícil que cambie la actitud de las personas por decreto, que cambien sus concepciones o sus sentimientos.
      ¿Por qué dices que no me doy cuenta de que en una clase sin el necesario silencio no se puede aprender matemáticas? Ni matemáticas ni cualquier otra materia.¿De dónde sacas esa afirmación mía?
      ¿Cómo no reconocer que es necesaria la disciplina para el aprendizaje? Ese silencio debe partir de la exigencia del profesor y de la responsabilidad de los alumnos. Porque los alumnos no solo tienen derechos, tienen deberes. Y uno de los deberes más elementales es el respeto al profesor y el respeto a sus compañeros.
      Yo nunca tuve ni un solo problema de disciplina. Suerte, tal vez. Otra época, también. Y nunca diré que no es necesaria la corrección. El problema de los castigos es más peliagudo. Porque, para ser efectivo, ha de ser justo no solo a juicio de quien lo impone sino A JUICIO DE QUIEN LO RECIBE. A mí me gustaría que se respetase la ley por convicción, no por miedo. Me gustaría que se condujese bien por responsabilidad, no solo por evitar la multa. De lo contrario solo conduciremos respetando la indicación de velocidad cuando no hay un radar o cuando no está la policía. Y me gustaría que hubiese silencio en la clase no por evitar el castigo sino por las exigencias que marca el respeto a la dignidad de los demás.
      Los ejemplos que pones me parecen interesantes, pero yo te pondría muchos otros en los que el diálogo fue el camino más eficaz. A mí no me gusta decir “aquí mando yo”. No me gusta. Nunca lo he dicho. A mí me gusta que las cosas funcionen porque la voluntad de todos haga posible la convivencia y el aprendizaje.
      Te podría poner muchos ejemplos de profesores no rígidos sino flexibles, no autoritarios sino cercanos que han sido queridos y homenajeados por sus alumnos. Y que han ido emocionados y agradecidos a su entierro.
      Por cierto, yo nunca te he criticado por no considerar la pedagogía como una ciencia. No. Porque yo tengo muchas dudas de que lo sea. Lo que no me gusta de tu postura es el desprecio, el desdén. Esa actitud que se desprende de frases como las que escribes en este comentario: “…porque se trataba de explicarles precisamente que lo que les enseñaban allí era una sarta de vaciedades”. Hombre, ¿cómo sabes lo que les enseñaban?, ¿cómo sabes que todo eran una sarta de vaciedades?
      O por este tipo de afirmaciones: Dice usted también que “un tirano es temido, no es amado. Se le obedece porque se le teme, no porque se le respete”, con lo que demuestra usted una confusión todavía más imperdonable. Un tirano no deja de ser amado porque que sea temido, sino porque gobierna para sí mismo y no para sus conciudadanos”. Habla de confusión imperdonable.¿Qué confusión imperdonable es esa? ¿Dónde he dicho que deja de ser amado porque es temido?
      Creo que lee lo que decimos los pedagogos no pensado en qué puede haber razón sino dónde puede no existir lógica. Y eso hace que encuentre muchas “vaciedades”.
      ¿Cómo no entender que a quien se ve mejor se escucha mejor? No hace falta la sorna para preguntarlo. Esa pregunta está tan fuera de lugar como esta otra que yo te hiciera: ¿Crees que mientras más centímetros tenga la tarima será mayor la autoridad del profesor? Estaría buscando tres patas al gato, porque sé que no es eso lo que piensas.
      Bueno, enhorabuena por esa nieta. Graó publicó hace años un libro sobre la experiencia de abuelos docentes. Escriben sobre ella 16 profesores, si mal no recuerdo. Y le dio un título sugerente que habla de la complicidad de abuelos y nietos: NO SE LO DIGAS A MAMÁ. Frase que, como bien sabes, a veces es del nieto y a veces del abuelo.
      Agradezco sinceramente esta aportación, larga y fundada. Tengo que decir que tus escritos me ayudan a pensar, a ver el otro lado de mi posición.
      Un cordial saludo.
      MÁS

    • Completamente de acuerdo con el profesor Ricardo Moreno. Sobre los dos tipos de autoridad que se mencionan como necesarios: autoridad legal y autoridad moral, estoy de acuerdo en que la segunda, aun siendo la más importante, no es posible sin la primera.

      Los romanos distinguían entre “imperium”, “potestas” y “auctoritas”. Esta última es la que estaba basada en el respeto que inspiraba una persona por su prestigio, su inteligencia, su moral y su conducta intachable y era independiente de que desempeñara o no algún cargo público. La “potestas”, cuya necesidad creo yo que es la que se debate, era el poder que ejercían aquellos ciudadanos que ostentaban algún cargo público (cuestores, ediles, pretores y cónsules), o el “pater familias” en el ámbito familiar. Solo los más altos magistrados (pretores y cónsules) ostentaban el “imperium”, lo que les hacía los únicos aptos para mandar tropas y para poder decidir sobre la vida de los ciudadanos.

      No tengo la menor duda, volviendo a la realidad de las aulas, de que difícilmente podrá alcanzar “auctoritas” un profesor privado de la posibilidad de ejercer una mínima “potestas” ante la falta de respeto o la vulneración de las normas de convivencia. Aquellos que no permiten que la realidad les estropee una buena teoría se dan de bruces con el hecho tozudo de que en casi todas las aulas de secundaria hay un porcentaje (mínimo, si se quiere) de simpáticos “descuajeringadores” a los que la “auctoritas” les trae completamente sin cuidado a no ser que vaya respaldada por la correspondiente “potestas”.

      Qué bien se ven los toros desde la barrera. Qué fácil es, desde el tendido, aconsejar que se toree sobre la mano izquierda. En fin…

      Siguiendo el ejemplo de mis ilustres maestros, me voy a permitir aconsejar un libro de reciente publicación (diciembre de 2018). Se trata de “El culto pedagógico”, de José Sánchez Tortosa. Es un estudio bastante riguroso, a mi entender, de los orígenes e influencia de lo que se viene llamando “pedagogía moderna”. Aunque su erudición, método y terminología lo hagan en algunos pasajes no fácil de leer, creo que merece la pena.

      Saludos cordiales para todos

      • Estimado Antonio:
        Me alegra verte de nuevo por aquí.
        ¿Quién le niega al profesor la potestas? ¿Es que no la tiene? ¿Es que no está respaldado por el sistema?
        La ley explícitamente la plantea.
        Lo que está en nuestras manos es mejorar y potenciar la auctoritas.
        Y claro que puede haber auctoritas sin potestas. Y potestas sin auctoritas.Yo mismo se la reconozco a algunas personas que por ley no la tienen.Me inquieta que solo haya preocupación por la potestas.
        No sé a qué ni a quién te refieres cuando hablas de ver los toros desde la barrera. Y me gustaría saberlo.
        Ya sé que es problema hacerse con las clases en las que uno o un grupo no solo no quiere aprender sino que pretende que nadie aprenda.
        Hay profesores que son mas capaces que otros de ganar a esos descuageringadores.
        Si ya estuviesen educados, no nos necesitarían.
        Por supuesto que leeré con atención el libro que aconsejas.
        Un cordial saludo.
        Gracias por el comentario.
        MÁS

        • Estimado MAS:

          En mi modesta opinión, el problema que subyace en el fondo de esta discusión es el siguiente: la corriente mayoritaria de la pedagogía solo tiene un conocimiento puramente teórico (y escaso, a veces) del día a día de la práctica de la educación secundaria.

          En tu caso, que es de los mejores entre los mejores, ¿cuántos años han pasado desde la última vez que fuiste tutor de un grupo de secundaria? En muchos de tus colegas, el conocimiento del día a día en un aula de secundaria es puramente teórico y, a veces, nulo en absoluto.

          Dices que hay profesores que son más capaces que otros de ganar a esos alumnos problemáticos. Y que “si ya estuviesen educados no nos necesitarían”. Pero es que REALMENTE hay muchos alumnos sobre los que tus palabras resbalan como lágrimas en la lluvia. Hay alumnos de 12, 13, 14 y 15 años que, cuando intentas hablar con ellos, agachan la cabeza y se limitan a esperar que pase el rollo. Otros se van directamente y te dejan con la palabra en la boca, o te miran con unos ojos cargados de odio y resentimiento, o directamente te desafían o intentan amedrentarte. En algunos casos hay insultos graves y, cada vez más frecuentes, agresiones físicas.

          Y esa conducta se ejerce contra el profesor, supuestamente dotado de potestas y, a veces, auctoritas. Con sus propios compañeros son auténticos tiranos y acosadores. He conocido auténticos casos a sadismo extremo en algunos adolescentes. Créanme ustedes si les digo que con algunos alumnos no hay otra solución que la expulsión. Sé que a ellos no les soluciona el problema, pero permite al resto de sus compañeros aprender o, al menos, acudir a clase sin miedo.

          Quizá otro tipo de institución, con profesionales expertos y más medios podría dar una salida a estos chavales. Mantenerlos en un centro ordinario no les sirve de nada a ellos y, lo que es mucho peor, castiga injustamente al resto de sus compañeros.

          Saludos

          • Estimado Antonio:
            Contigo es posible el diálogo. Así lo creo y por eso contesto de nuevo a tu comentario.
            ES CIERTO LO QUE DICES. Totalmente cierto. Hace ya bastantes años que dejé la secundaria. Hoy no es lo mismo. Lo sé.
            He oído hablar muchas-muchas veces a mi mujer que trabaja en ese nivel de la sensación de indignación, tristeza e impotencia de algunos colegas por la actitud de algunos de estos alumnos y alumnas. Me ha contado historias que ella misma ha vivido absolutamente desesperantes. Inaceptables. Inadmisibles. Con el añadido de que algunas familias apoyan estos comportamientos o se muestran indiferentes ante ellos.
            No me da igual lo que les pase a estos docentes. Me duele lo que les pasa. Y no digo que haya que soportarlo todo. Digo que hay que tener paciencia, que hay que buscar medios, que hay que hacer otras propuestas, que hay que acudir a especialistas…
            No me gusta la expulsión. Es aceptar una derrota. Es como expulsar del Hospital a quien está más grave.
            Los compañeros que sufren la extorsión deberían ayudarles también. En beneficio de todos.
            Ya sé que decir estas cosas es fácil desde el salón de la casa.
            Lo que pienso es que una ley no soluciona esos problemas. Se ha visto donde se ha promulgado.
            Cómo no voy a entender lo que me dices. Lo tengo todos los días en casa.
            Un cordial saludo.
            MÁS

          • Estimado MAS:

            Ante todo, gracias por tu comprensión. Gracias también por reconocer lo lejanos que quedan tus tiempos de profesor de Secundaria en activo y lo mucho que ha cambiado la situación desde entonces.

            Sé que no te gusta la expulsión, pero en la vida muchas veces hay que elegir entre lo malo o lo peor. Manteniendo tu analogía del hospital, sacando al enfermo al que no podemos o no sabemos curar, salvamos al resto, que sí responden al tratamiento. Quizá lo ideal sería disponer de otros “hospitales” especializados en atender a estos “enfermos” tan graves. Pero es profundamente injusto permitir por omisión que su presencia y su actitud impida que podamos tratar a los demás.

            Saludos

  5. Estimado Dr. reciba un cordial saludo y también a todos

    Estupendos análisis. Como bien mencionó en el artículo “el experimento Milgram”, es peligroso si el de más arriba se encuentra más preocupado en evitar convertir libertad con libertinaje, pero está menos atento caer prácticas de autoritarismo, que confunden con autoridad.
    Por supuesto que inquieta que hay alumnos y alumnas que no respetan a los profesores. Y de igual manera, padres y madres que no muestran la menor consideración por el profesorado. Pero, ¿Será suficiente con compartirle que las reglas son fundamentales, hay que tenerlas bien claras, ser coherente con ellas y aplicarlas?
    Por otro lado, definitivamente que también hay peligros en caso de caer en relaciones verticales asfixiantes, generan una crisis emocional para quienes se sienten sometidos, intimidados y/o obligados a realizar o dejar de hacer algo. Además, se diluye la oportunidad de iluminar el proceso, limitan el consenso y la sinceridad por el temor a las represalias. Y es más lamentable aún, que en el proceso se desacredite la evaluación, por las prácticas abusivas centradas en el mandato y el cumplimiento, usando para intimidar, las calificaciones o conservar los recursos. Sin duda, existen logros, pero inquieta pensar en torno a las estrategias que se proponen para el corto y mediano plazo van a progresar en torno de la autoridad con lo pedagógico y el bienestar. Me alegra mucho esperar su blog cada viernes. Es necesario crear puentes en tiempos de muros. Gracias

    • Querida Lourdes:
      Pues sí, es un peligro que haya relaciones verticales asfixiantes. El peligro está, a mi juicio, en que cuando hay autoritarismo, el súbdito tiene pocas posibilidades de liberarse del yugo.
      De acuerdo en que en la evaluación puede existir un poder asfixiante.
      Qué hermosa frase: “es necesario crear puentes en tiempos de muros”.
      Besos y gracias.
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      • Saludos
        Aprecio sus palabras Dr. Le cite en uno de mis escritos que pronto me van a publicar en una revista arbitrada. Gracias Dr. Respeto mucho su trayectoria, su trabajo académico, que para mí es un puente en tiempos de muros, que además atraviesa fronteras. Gracias y con tristeza siempre habrá colegas que siempre buscando con quien pelear. Reitero admiro que Usted siempre escribe elegantemente y se comporta con mucho sentido humano, algo que necesitamos en la educación. Lo más inquietante es cuando esos colegas viven recordando su posición de autoridad, cuentan anécdotas de su intransigencia y relatando como si estuviesen cultivando el sentido común de otros. Por lo menos en mi caso, no buscaría por simple gusto a colegas académicos o a directivos que causan ansiedad a otros. Usted el día de la conferencia nos brindó puntos claves y uno de ellos es -Y haciendo lo mismo, no todos lo hacemos igual. Gracias

        • Querida Lourdes:
          Muchas gracias por tus generosas y amables palabras.
          Creo que no hay mucha preocupación en algunos sectores por el abuso de poder que se puede hacer en las aulas.
          Hay que tener mucho cuidado al ejercer ese poder que confiere el puesto.
          Tú has sido testigo en tu propia experiencia de ese abuso.
          Besos y gracias.
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  6. Sr Santos Guerra:

    Trataré de no extenderme mucho, pues Ricardo ya ha demostrado que se puede estar en contra de la consideración de la pedagogía como ciencia y ser perfectamente didáctico. Pero sí me gustaría comentar algunas de sus observaciones acerca de la “autoridad docente”.

    1ª. Dice usted que “la derecha siempre está preocupada por reforzar la autoridad de los docentes”. Lo que a mí me preocupa es haber cedido a “la derecha” el concepto de “autoridad”, tan legítimo y tan necesario para nuestro oficio, como se cedió el de “responsabilidad individual” o el de “esfuerzo”, que la izquierda, ay, debería reivindicar más que nadie y con mayor vehemencia que nadie, y que son tan necesarios para la enseñanza y para el aprendizaje, igual que lo son el silencio, la disciplina o la atención.

    2ª. Dice usted que cuando se pide autoridad, en realidad se está pidiendo “poder”. No me siento capaz de adivinar las intenciones, sensatas o perversas, de los demás (parece que usted sí puede), pero sospechar de todos y cada uno parece un tanto “conspiranoico”, si me lo permite. En esta profesión, y en todas, hay quien querría tener autoridad para ejercerla mal, solo que esto no invalida la necesidad de disponer de autoridad sino que desmerece al que la ejerce de manera injusta o arbitraria, luego es un mal profesional.

    3ª. Dice que no hay que legislar porque ni “la sociedad” ni “la escuela” cambian “a golpe de decreto”. Le ha puesto Ricardo un ejemplo muy ilustrativo, el de la conducción. Le pondré yo otro: ¿está de acuerdo con el matrimonio entre personas del mismo sexo? ¿No le parece acertado haber legislado al respecto? Los avances sociales han de estar refrendados por las leyes. Las medidas beneficiosas para la enseñanza, también.

    4ª. Dice que no ayudaría al docente “una ley que dictaminara que se han de impartir las clases desde una tarima”. ¡Qué obsesión con la tarima! ¡Si no debe quedar ni una! Ricardo ha explicado muy bien que no hay intención alguna de hacer el Mal desde la tarima y que las razones de su uso, ya casi extinguido, son entendibles para cualquiera. Quizás sabrá que Richard Wagner fue el primero en situar a la orquesta en el foso durante las óperas. Su propósito era evitar distracciones al público, que a veces se dedicaba a mirar a los músicos de la orquesta en lugar de atender a la música. Aunque, claro, es posible también que Wagner pretendiera humillar a los instrumentistas, que hay gente muy malvada…

    5ª. Dice: “Claro que el profesor es una autoridad. Claro que los padres, los alumnos y la sociedad en general tienen que reconocer que esa autoridad existe y que ha de ser respetada y obedecida.” Entonces, ¿¿qué problema hay en poner esto, que de forma tan clara y contundente, afirma usted, en una ley??

    6ª.- Dice: “El problema es que esa autoridad hay que conquistarla. Se gana con la competencia profesional, con la dedicación y con el compromiso acendrado. Se gana con el amor”.

    Hombre, no sé yo si es el amor el que otorga a un profesor la autoridad. Pero lo que sí tengo claro es que pretender que la autoridad tengamos que “ganárnosla” me parece muy poco solidario con quienes entramos a diario en un aula con treinta adolescentes. En mi opinión, aunque Ricardo diferenciaba con acierto entre “autoridad moral” y “autoridad legal”, deberíamos diferenciar también entre “autoridad” y “prestigio”. La autoridad (profesional e intelectual) la merezco desde el momento en el que estoy ejerciendo la enseñanza. El prestigio debo ganármelo a lo largo de mis años de docencia. Este sí depende de mi competencia profesional, de mi dedicación y de mi compromiso.

    7ª.- Dice usted que “no se consigue el respeto por la fuerza” y que “no se gana autoridad por imposición”. Yo creo que el respeto se debe siempre y en todas las direcciones y que imponer no tiene nada de malo, siempre que se imponga con justicia y criterio. También se impone la disciplina. ¿Cómo si no educar a nuestros alumnos en su propia disciplina interior?

    8ª. Dice que “no se respalda al profesor con leyes sino con honestidad y coherencia política. Lo cual exige una buena selección, una buena formación, una buena organización y un buen gobierno del profesorado” (e insiste en “seleccionar mejor al profesorado”), lo que podría dar a entender, si yo fuera tan mal pensado como usted, que la culpa es, cómo no, nuestra (no suya; nuestra). Por otra parte, su propuesta de “elegir para esta tarea a las mejores personas del país” podría parecer tanto estrambótica, sobre todo porque ser buena persona no te convierte en buen profesor, ni en buen cirujano, ni en buen camarero, ni en buen electricista. Y, además, ¿qué tribunal estaría capacitado para seleccionar a “las mejores personas”? Imagino que se refería usted a las personas más preparadas. En ese caso, coincidiremos en que habrá que encontrar la manera de seleccionar a los docentes que dominen mejor su materia, requisito imprescindible para enseñarla bien.

    9ª.- Dice usted que “el castigo, lejos de propiciar cercanía, provoca rechazo y odio. Si se impone un castigo por falta de respeto al profesor, sin diálogo, sin lógica, sin amor, el alumno entenderá que quien está frente a él no muestra autoridad sino poder.” Corregir es esencial, no solo para la enseñanza. Lo es para la convivencia. Las consecuencias son indispensables, más aún en personas que están en formación. Exigir un comportamiento adecuado es algo que a la larga casi todos te agradecen, explícita o implícitamente. Y no creo que sea muy habitual que un profesor castigue o sancione sin diálogo o sin un razonamiento lógico. Nuevamente, es usted muy desconfiado.

    10ª. Dice que “tiene autoridad quien ayuda, motiva, ama, hace crecer. Quien machaca, humilla, hunde, silencia y destruye tendrá poder, pero no tiene autoridad.” machacar, humillar, hundir, silenciar y destruir. Se ha dejado usted otras opciones, que le añado por si le vienen bien para completar la descripción: degradar, denigrar, despreciar, doblegar, someter, oprimir, pisotear… Pero todo esto, Sr Santos Guerra, poco tiene que ver con la autoridad. Esto es autoritarismo, despotismo, tiranía.

    Un cordial saludo.
    Alberto Royo

    • Estimado Alberto:
      Muchas gracias por el comentario.
      Acabo de contestar a Ricardo y veo que, en algunos puntos, tendré que repetir algunas ideas.
      Trataré de aprovechar la estructura que has utilizado para no dispersarme y para no dejar ningún aspecto en el tintero.

      1. Hablo de la derecha porque son tres comunidades gobernadas por el PP (Madrid, Castilla la Mancha y ahora Andalucía) las que han planteado esta iniciativa de la ley para mejorar o restablecer o potenciar la autoridad del docente. No porque la autoridad o, como dices, el esfuerzo o la responsabilidad no sean cuestiones que tengan que preocuparnos a todos, en la medida que son importantes para el desarrollo de la actividad docente.
      2. No tengo una actitud “conspiranoica”. No se puede deducir ni de este artículo ni del conjunto de los artículos que he escrito. Creo que caes en la acusación que me haces al atribuirme ese adjetivo. Lo que digo es que con una ley de este tipo no se acrecienta la autoridad moral (o de prestigio, como tú dices) sino el poder del profesor. Permíteme que repita la etimología de la palabra autoridad: proviene del verbo latino autor, augure, que significa hacer crecer. Creo que eso no se puede hacer por ley.
      3. Ya le he respondido a Ricardo. ¿Cómo no van a ser necesarias las leyes? ¿Cómo no van a cambiar realidades las leyes? Los ejemplos que ponen son muy claros. Lo cual no quiere decir que todas las leyes sean positivas. Lo que he querido decir (y acaso nao he expresado con claridad) es que las leyes difícilmente pueden cambia las actitudes, las concepciones y los sentimientos.
      4. No. Yo no tengo obsesión con la tarima. Quien habló de la tarima fue Esperanza Aguirre, a quien dediqué un artículo en este mismo blog que se titulaba “La tarima de doña Esperanza”. La tarima puede tener su finalidad didáctica (visibilidad en una y otra dirección, por ejemplo) pero el problema es vincularla a la autoridad del docente.
      5.El problema es que no creo que sea el mejor camino para potenciar ni la autoridad legal ni, SOBRE TODO, la autoridad moral o el prestigio. Por eso propongo otros caminos que parecen uñas eficaces. Es decir, que en lugar de hacer una ley, que se mejore la formación, la selección y la organización de la actividad de los docentes.
      6. ¿No es solidario decir que el profesor gana autoridad con el buen ejercicio profesional? Recuerdo el pensamiento de Emilio Lledó: “Esta profesión gana autoridad por el amor a lo que se enseña y el amor a los que se enseña”.
      7. Pues sí, no se puede imponer el respeto por la fuerza. Me refiero al respeto NO SOLO EXTERIOR, es decir, la muestra de respeto sino al INTERIOR, AL QUJE NACE Y CRECE DENTRO DE NUESTRO CORAZÓN. El soldado podrá estar firme delante de su general, pero puede odiarle por dentro.
      8. Aquí es donde discrepamos.”SI YO FUERA TAN MAL PENSADO COMO USTED” es una frase que no te puedo aceptar. Estás haciendo juicios de valor que nos gratuitos. Supone una acusación inadmisible. No he demostrado ser “un mal pensado” en esos comentarios. Puedo estar equivocado, pero, ¿por que soy un mal pensado? Te aconsejo ir al diccionario y revisar el significado de la expresión. ¿Por qué esa susceptibilidad sobre a quién atribuyo la culpa?
      En la Universidad Mayor (Chile) he coordinado un proyecto que se denomina BUEN PROFESIONAL, PROFESIONAL BUENO. No es igual ser un buen médico que un médico bueno. A ellos les parece muy importunare esa distinción. Y a mí. Los médicos, ingenieros y enfermeras que diseñaron las cámaras de gas eran BUENOS PROFESIONALES, PERO NO PROFESIONALES BUENOS.
      9. Otra vez. ¿ES USTED MUY DESCONFIADO? Pero, ¿por qué ese afán descalificado? Nunca me lo ha dicho las personas que me conocen muy bien. ¿Por qué esa afirmación completamente gratuita? Solo digo que el castigo, aunque sea justo, puede tener efectos secundarios nocivos. Lo cual no significa que no haya que corregir.
      10. Pues eso es lo que estoy diciendo. ¿No? Que eso es autoritarismo y tiranía.

      Un cordial saludo y gracias de nuevo por el comentario.
      MÁS

      • Sr Santos Guerra:

        Releído antentamente lo que ayer le escribí, solo puedo disculparme por una cosa: haber adelantado que sería breve y no haber cumplido, pues me salió un comentario muy largo. En lo demás, no puedo darle la razón. Trataré de explicarle a continuación por qué, dejando a un lado cuestiones menores como la de la tarima o la etimología.

        Comenzaré compartiendo con usted las dudas sobre si ser autoridad soluciona todos los problemas que dificultan a un profesor ejercer su importante labor. Y, más que dudas, son certezas. No, no los soluciona. Pero pienso que ayuda, que es un respaldo importante y que puede servir para que la sociedad tome conciencia de lo que algunos colegas (afortunadamente, yo apenas he tenido problemas serios) padecen mientras trabajan. Lo que me intriga mucho, puesto que dice usted proponer “otras vías” como la “mejora en la formación” docente, es de qué manera cree que mejorar la formación de los profesores supone una mejora, desde el punto de vista de la disiplina, que es de lo que hablamos, en los alumnos. Porque entiendo que la formación, que no debe cesar nunca en un profesor, es esencial en la mejora de la prática docente y que el principal factor pasra una buena enseñanza es que el profesor domine su materia, para ser así capaz de adaptarse a toda circunstancia (me refiero, obviamente, a toda circunstancia cambiante pero aceptable y digna) y saber escoger las herramientas didácticas más adecuadas, pero no sé de qué forma esto puede influir en los estudiantes. Le pondré un ejemplo: imagine a un buen médico que sufre una agresión física o verbal, se encuentra con desprecios continuados o situaciones desagradables por parte de alguno o algunos de sus pacientes. Formarse más, ser mejor médico, por lo tanto, ¿solucionaría sus dificultades a la hora de ejercer la medicina? Tampoco sé si es que le parece que los profesores estamos poco formados, pues entiendo que todos, en los institutos, somos especialistas en nuestra materia y, al menos en teoría, tenemos unos conocimientos profundos de aquello que enseñamos. Espero, pues, sus aclaraciones.

        En relación con la frase que cita usted de Emilio Lledó, no interpeto en ella que sea “el amor” lo que concede autoridad al profesor sino que esa imprescindible autoridad, profesional e inetelectual, que Lledó no niega ni relativiza, aumentaría (Lledó afirma que”esta profesión gana autoridad por el amor a lo que se enseña y el amor a los que se enseña”, pero no dice “gana LA autoridad”, no sé si me explico). Y es evidente que un alumno se da cuenta de si su profesor es un impostor o una persona que sabe de lo que habla, pero entonces estamos hablando de cuestiones distintas: estamos hablando del aprecio intelectual del discípulo hacia el maestro.

        Insiste en que “el respeto no se puede imponer”. Y a mí esto me parece tremendo porque estoy convencido de que el respeto es algo tan básico que todos debemos mostrarlo y recibirlo. Luego se puede imponer y se debe imponer. Faltaría más. En mi clase, no admito la falta de respeto hacia mí, pero tampoco hacia ningún alumno. Sobre el “respeto que nace dentro de nuestro corazón” no puedo hablar, porque solo tengo uno y me conformo con que bombee con normalidad.

        Le parece “inadmisible” mi frase “si yo fuera tan malpensado como usted” y me remite al diccionario para que busque el significado. Como soy disciplinado, he acudido al mismo, por si no hubiera escogido la expresión más acertada, y no encuentro diferencia alguna entre la definición de “malpensado” y mi percepción de su artículo. Malpensado, nos dice la RAE, es “aquel que se inclina a pensar mal de lo que hacen los demás o de sus intenciones”. Y mire lo que usted decía:

        1.- “Esa autoridad hay que conquistarla”.
        2.- “El castigo provoca rechazo y odio” (…) Si se impone un castigo por falta de respeto al profesor sin diálogo, sin lógica…”
        3.- “Quien machaca, humilla, hunde, silencia y destruye tendrá poder, pero no autoridad”.
        4.- “Hay que elegir (…) a las mejores personas, no a las que no valgan para otra cosa”.

        En la primera frase, entiendo que no está usted muy seguro de que los profesores sepamos ejercer con justicia y sensatez la autoridad. En la segunda, que hay muchos profesores que sancionan por gusto y a capricho. En la tercera, que queremos más autoridad para someter a nuestros alumnos. Y en la cuarta, que muchos docentes no valemos para nada más. Oiga, lo mismo soy yo más suspicaz que usted y no me he enterado, pero diría que sus consideraciones son, digamos, poco generosas con nosotros.

        Vayamos al tono: no solo le parece “inadmisible” que me parezca “malpensado” sino que me dice que la palabra “desconfiado” refleja mi “afán descalificador”. Y debo decirle que no entiendo su queja. Como profesor, me resulta poco agradable (no diría, como usted, “inadmisible”) leer que me tengo que “ganar la autoridad” o que hay quienes “no valen para otra cosa”, pero lo acepto como una opinión que no comparto y únicamente intento rebatir.

        Un saludo y le aseguro que no tengo otra intención que argumentar mi desacuerdo.

        Alberto Royo

  7. Los funcionarios públicos tienen estatus de autoridad:

    Extraído de https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-1995-25444&p=20190302&tn=1#cii-18

    De los atentados contra la autoridad, sus agentes y los funcionarios públicos, y de la resistencia y desobediencia

    [Bloque 806: #a550]

    jurisprudencia
    Artículo 550.

    1. Son reos de atentado los que agredieren o, con intimidación grave o violencia, opusieren resistencia grave a la autoridad, a sus agentes o funcionarios públicos, o los acometieren, cuando se hallen en el ejercicio de las funciones de sus cargos o con ocasión de ellas.

    En todo caso, se considerarán actos de atentado los cometidos contra los funcionarios docentes o sanitarios que se hallen en el ejercicio de las funciones propias de su cargo, o con ocasión de ellas.

    2. Los atentados serán castigados con las penas de prisión de uno a cuatro años y multa de tres a seis meses si el atentado fuera contra autoridad y de prisión de seis meses a tres años en los demás casos.

    3. No obstante lo previsto en el apartado anterior, si la autoridad contra la que se atentare fuera miembro del Gobierno, de los Consejos de Gobierno de las Comunidades Autónomas, del Congreso de los Diputados, del Senado o de las Asambleas Legislativas de las Comunidades Autónomas, de las Corporaciones locales, del Consejo General del Poder Judicial, Magistrado del Tribunal Constitucional, juez, magistrado o miembro del Ministerio Fiscal, se impondrá la pena de prisión de uno a seis años y multa de seis a doce meses.

    Los profesores, médicos, etc., en su jornada laboral TENEMOS ya reconocida autoridad.

  8. Querido Miguel Ángel:

    Hace ya unos siete años que comencé la participación en los comentarios de El Adarve, por lo que creo que, de un modo u otro, quienes lo siguen ya se habrán enterado de “qué pie cojeo”. Digo esto, porque a uno de resulta difícil tener la “santa paciencia” que tú ejerces ante las esporádicas intervenciones que vienen a decirte, entre otras cosas, que te dejes de tonterías puesto que la pedagogía no tiene nada que ver con la ciencia y que, por lo tanto, conviene que te atengas a sus sesudos razonamientos cuando, incluso, hablas acerca del concepto de autoridad.

    Como ya uno tiene muchos años encima, sabe que la realidad la solemos ver a través del color de los cristales ideológicos que llevamos puestos en las gafas y que, por mucho que uno argumente, por ejemplo, siempre “la tarima” será un signo de autoridad al que no debe renunciarse.

    Puesto que a mí me resultaría muy pesado responder a tantos sermones como has recibido, mira por dónde quiero acudir en esta ocasión al pensamiento social de un científico sobre el que estoy escribiendo a partir de un trabajo suyo que publicó en la revista estadounidense Monthly Review y de la que tengo bastantes ejemplares.
    No sé si al señor Moreno Castillo le parecerá suficientemente científico Albert Einstein.
    Espero que no dude de la inteligencia de este personaje, aunque todo es posible.

    ***

    Para apoyarme en alguien al que admiro, tanto en su faceta de hombre de ciencia como en su posición social, antes de dar a conocer ese par de artículos que tengo preparados, quiero presentar unos párrafos que, a pesar de los años, creo tienen bastante vigencia. Ahí van, pues, tres párrafos extraídos de “¿Por qué el socialismo?”.

    “Bajo las condiciones existentes, los capitalistas privados inevitablemente controlan, directa o indirectamente, las fuentes principales de información (prensa, radio, educación). Es así extremadamente difícil, y de hecho en la mayoría de los casos absolutamente imposible, para el ciudadano individual obtener conclusiones objetivas y hacer un uso inteligente de sus derechos políticos”.

    “Considero esta mutilación de los individuos el peor mal del capitalismo. Nuestro sistema educativo entero sufre de este mal. Se inculca una actitud competitiva exagerada al estudiante, que es entrenado para adorar el éxito codicioso como preparación para su carrera futura. Estoy convencido de que hay solamente un camino para eliminar estos graves males: el establecimiento de una economía socialista, acompañado por un sistema educativo orientado hacia metas sociales”.

    “La educación del individuo, además de promover sus propias capacidades naturales, procuraría desarrollar en él un sentido de la responsabilidad para con sus compañeros, en lugar de la glorificación del poder y del éxito que se dan en nuestra sociedad actual”.

    ***

    No me extiendo más.

    Lo que sí quería decirte es que, al leerte, me llamó la atención que escribieras: “Le diré al señor Consejero, con toda humildad…”. Y yo me pregunto: ¿Por qué con toda humildad?
    Creo que sobra esa expresión, pues el señor consejero no deja de ser un cargo público pagado con el dinero de los ciudadanos y que debe responder de trabajo como cualquier otro.

    Como ves, ni con expresiones tan comedidas te libras de la “justa” ira que despiertas en algunos que ven con júbilo el nuevo gobierno de la Comunidad andaluza.

    • Querido Aureliano:
      Muchas gracias por tus palabras de apoyo
      Siempre me ha sorprendido la virulencia de algunas posiciones respecto a algunas personas y algunas ideas.
      Pero, bueno, bienvenido sea el debate si nos ayuda a pensar.
      Un abrazo.
      MÁS

  9. Estimado Miguel Ángel:

    Para comodidad de los lectores, iré entrecomillando fragmentos de tu texto y comentándolos a continuación:

    “Lo que sostengo en el artículo es que una ley no consagra ni acrecienta la autoridad del profesor. Lo que digo es que ese no es el mejor camino. Creo que una ley sobre la cuestión no haría que los alumnos respetasen más, por ejemplo, al profesor Emilio Lledó”.

    Lledó es un profesor universitario, y si a alguien no le parece una autoridad moral no tiene más que no asistir a sus clases. Por eso el problema de la disciplina en la universidad es esencialmente distinto que cuando tus alumnos son menores de edad. En mis clases en la facultad de matemáticas nunca tuve problemas (ya dije que en el instituto más bien pocos) pero esto es porque desde el primer día les decía que si yo les parecía muy aburrido y preferían preparar los temas por su cuenta, pues les alababa el gusto, y que si el examen lo hacían bien, les daría la correspondiente buena nota sin tenerles en cuenta la falta de asistencia. Ahora bien, si un profesor de instituto hace lo mismo, el alumno que no vaya a clase estará haciendo ruido por los pasillos y molestando a las demás clases, a no ser que se escape del centro, en cuyo caso si tiene un accidente o le sucede algo, el profesor se enfrenta a serios problemas. Por eso, al ser una asistencia obligatoria y ser el profesor responsable de lo que pueda suceder, tiene que estar revestido de una autoridad que dependa de una ley, no del criterio que puedan tener los alumnos sobre su autoridad moral.

    “Porque, para ser efectivo, ha de ser justo no solo a juicio de quien lo impone sino A JUICIO DE QUIEN LO RECIBE”.

    Pues sí, es una pena que alguien se considere injustamente castigado por maltratar a su pareja (el machismo consiste precisamente en pensar que la mujer es propiedad privada del hombre y por eso está en su derecho en pegarla). Tampoco los asesinos de ETA consideraban justo ser encarcelados. porque en realidad no eran asesinos, sino luchadores por la libertad. Comprendo que los etarras y maltratadores sientan su autoestima muy deteriorada cuando tienen que cumplir unas condenas que a su juicio eran injustas. Pero así es la vida de triste, pero la pertinencia o justicia de la sanción la decide quien tiene que aplicarla, no quien la recibe.

    “A mí me gustaría que se respetase la ley por convicción, no por miedo. Me gustaría que se condujese bien por responsabilidad, no solo por evitar la multa. De lo contrario solo conduciremos respetando la indicación de velocidad cuando no hay un radar o cuando no está la policía. Y me gustaría que hubiese silencio en la clase no por evitar el castigo sino por las exigencias que marca el respeto a la dignidad de los demás.”

    ¿Quién no podría compartir esto último? A mí también me encantaría que se guardara silencio en clase por civismo y no por temor a la sanción. También sería estupendo que todos los padres fueran muy conscientes de lo importante que es el estudio para los hijos, pero como no es así, es precisa una ley de educación obligatoria que, entre otras cosas, haga posible sancionar a los padres que no envían a la escuela a sus hijos. Y si el ser humano naciera con una tendencia natural hacia el trabajo y una repugnancia innata a vivir del trabajo ajeno, nunca hubiera existido ni la esclavitud ni la explotación del hombre. Pero como el ser humano es que el que es, son precisas unas leyes que protejan a los trabajadores de los abusos del empresario. No se puede legislar pensando que se legisla para unos seres maravillosos y puros (porque si así fuera ya no haría falta ni legislar), sino para seres limitados, contradictorios, que disfrutan más del descanso que del trabajo y que no siempre son buenas personas.
    Y los niños, lamentablemente, tampoco son seres angelicales. Los hay vagos, acosadores, irrespetuosos con los derechos de los demás e incluso que chulean a sus padres. Un alumno me comentó una vez que pronto iba a tener unas zapatillas de marca que hacía tiempo ansiaba porque su madre (que trabajaba limpiando casas) estaba haciendo horas extras para comprarle unas. Decir que me quede de piedra es poco. Al día siguiente hablé con él en privado, pero me temo que no le hice entrar en razón. Pero ese chaval, por decirlo suavemente, era un cabrón de puta madre. Ya sé que no es frecuente, pero no es el único caso que conozco de niños explotadores. También se ha dado el caso (que en primeros veintitantos años de vida profesional hubiera sido insólito) de madres que te vienen a ver con mucho sigilo y te piden por favor: “Que mi hijo no se entere de que he hablado con usted”. Esto es, padres y madres amedrentados por sus hijos, y esto sí que se está convirtiendo en un fenómeno bastante corriente. ¿Será porque los padres son cada vez menos dialogantes, o muy por el contrario, porque cada vez hacen más dejación de la autoridad?

    “Te podría poner muchos ejemplos de profesores no rígidos sino flexibles, no autoritarios sino cercanos que han sido queridos y homenajeados por sus alumnos. Y que han ido emocionados y agradecidos a su entierro”.

    Y yo también conozco casos. Pero esa cercanía y flexibilidad solo es posible si las reglas de comportamiento están muy claritas desde el principio, y que el derecho que tienen los estudiantes de que ningún compañero les acose ni les impida estudiar ha de ser algo incuestionable e indiscutible desde principio de curso. Y si alguno no comprende la pertinencia de esas reglas, lo siento por él, pero no pienso que se haya de demorar el comienzo normal de las clases hasta que consiga hacérsela comprender. Obviamente, nunca sabré si a mi entierro irán muchos o pocos exalumnos. Muchos los perdí de vista y ni se enterarán cuando me muera. Pero algo sí puedo constatar. Mis primeros ocho años de profesor de instituto los pasé en un pueblo de las rías bajas. Como me casé con una chica de por allí, vuelvo todas las vacaciones y me encuentro con frecuencia con antiguos alumnos (todos ellos ¡pobre de mí! ya mayores, y alguno hasta con nietos). Y esos rencuentros son siempre muy cordiales. Y curiosamente, quienes me saludan con más entusiasmo son aquellos a quienes más tuve que apretar para que se comportaran y salieran adelante. Es difícil saber la imagen de uno a los ojos de los demás, pero pienso que tenía fama de profesor exigente pero con el cual era fácil aprobar. Y no por demagogia ni por regalar los aprobados, sino porque cuando las normas y niveles de exigencia están diáfanos desde el principio, y los chavales tienen claro que no te vas a dejar torear, responden bien.
    Por cierto, un truco que tenía para mantener el silencio y que me ha funcionado durante toda mi vida profesional era decir el primer día que yo tenía una lesión de garganta que me obligaba a hablar bajito. Si querían escucharme tenían que mantener un silencio rigurosísimo. Lo malo es que no se lo podía decir a ningún compañero, claro, porque si todos los profesores hacen lo mismo y dicen que tienen una lesión de garganta, los alumnos iban a darse cuenta del tongo. Como ahora estoy jubilado, lo brindo aquí por si a alguien le es útil.

    “Por cierto, yo nunca te he criticado por no considerar la pedagogía como una ciencia. No. Porque yo tengo muchas dudas de que lo sea. Lo que no me gusta de tu postura es el desprecio, el desdén. Esa actitud que se desprende de frases como las que escribes en este comentario: “…porque se trataba de explicarles precisamente que lo que les enseñaban allí era una sarta de vaciedades”. Hombre, ¿cómo sabes lo que les enseñaban?, ¿cómo sabes que todo eran una sarta de vaciedades?”

    Mi postura es de desdén porque considero que el estatus de la pedagogía es comparable al de la cartomancia, ¡qué le vamos a hacer!, y es una opinión bastante compartida entre personas mucho más solventes que yo. ¿Por qué sabía que lo que les enseñaban era una sarta de vaciedades? Por la misma razón que si me dirijo a los asistentes de un curso sobre cartomancia puedo asegurarles (sin necesidad de asistir yo mismo a las clases) que están siendo engañados Por favor Miguel Ángel, que los pedagogos se repiten como el ajo, y los textos que llevo recopilando desde hace ya mucho tiempo inciden siempre en las mismas vaciedades. Y sé que no me equivoco por lo que dije antes: los alumnos iban asintiendo a medida hablaba y en las intervenciones en el coloquio me dieron toda la razón.

    “O por este tipo de afirmaciones: Dice usted también que “un tirano es temido, no es amado. Se le obedece porque se le teme, no porque se le respete”, con lo que demuestra usted una confusión todavía más imperdonable. Un tirano no deja de ser amado porque que sea temido, sino porque gobierna para sí mismo y no para sus conciudadanos”. Habla de confusión imperdonable. ¿Qué confusión imperdonable es esa? ¿Dónde he dicho que deja de ser amado porque es temido?”

    La confusión consiste en decir que alguien es un tirano porque es temido, y esto no es así porque todo gobernante ha de ser temido en cierta medida. Yo quiero que quienes me gobiernan sean temidos por todas las malas personas que caen sobre su jurisdicción. Un tirano no lo es por ser temido, sino por gobernar para sí mismos y sin pasar por las urnas.

    “Creo que lee lo que decimos los pedagogos no pensado en qué puede haber razón sino dónde puede no existir lógica. Y eso hace que encuentre muchas “vaciedades”.
    ¿Cómo no entender que a quien se ve mejor se escucha mejor? No hace falta la sorna para preguntarlo. Esa pregunta está tan fuera de lugar como esta otra que yo te hiciera: ¿Crees que mientras más centímetros tenga la tarima será mayor la autoridad del profesor? Estaría buscando tres patas al gato, porque sé que no es eso lo que piensas.”

    Evidentemente, los centímetros de la tarima han de ser los suficientes como para que un alumno de poca estatura pueda ser visto por sus compañeros cuando está en la pizarra, ni más ni menos. Y, lamentablemente, no leo a los pedagogos como tú dices. He leído bastante y con ilusión de buscar por todas partes ideas que me ayudaran a ser buen profesor. Otro día lo contaré porque fue un proceso bastante largo y cargado de desilusiones, y ya me estoy demorando bastante. Pero resumiendo, empezó con los “cursos de formación del profesorado” (creo que así se llamaban) y me pareció alucinante que quienes pretendían hacer de mí un buen profesor fueran tan malos profesores. Vamos, que quienes enseñaban a enseñar no sabían enseñar. Pero pensé que podía haber sido mala suerte, que no hay que generalizar, que una golondrina no hace verano…(que no era una golondrina, sino tres o cuatro pájaros), el caso es que seguí buscando y leyendo. Esto sucedió cuando tenía yo 22 años. El “Panfleto antipedagógico” lo publiqué a los 56. No es pues una opinión frívola ni improvisada, a lo largo de 34 años, no. Pero ya te digo, fue todo demasiado largo y ya lo contaré otro día.

    “Y le dio un título sugerente que habla de la complicidad de abuelos y nietos: NO SE LO DIGAS A MAMÁ. Frase que, como bien sabes, a veces es del nieto y a veces del abuelo.”

    Efectivamente, el título es muy sugerente, lo malo es que los niños no siempre son todo lo discretos que sería de desear. Un día había bombones en casa y mi hija le dijo a mi nieta Inés (entonces solo tenía una, ahora tengo cinco nietos) que solo se podía comer un bombón. Después, con disimulo, dejé que Inés tomara dos, pero la muy bocazas se fue con el cuento a su madre: “Abuelo me ha dado dos bombooones, abuelo me ha dado dos bombooones”. Mi hija me miró muy ceñudamente y yo le dije “Mujer, es que me equivoqué al contar. Ya sabes que siempre se me han dado fatal las matemáticas, cuando cuento más allá de uno pierdo la cuenta”.
    No sé si coló, pero mucho me temo que no.

  10. De principios morales y pedagógicos no hablaré, pues personas más brillantes que yo lo han hecho ya, pero me sumo a la idea implícita de que , señor catedrático emérito que nunca tuvo que contemplar la posibilidad de que alumnos y padre lo agredieran físicamente, juega con palabras-cartas marcadas. O sea, que usted se niega a que una autonomía desarrolle una ley orgánica nacional. Y a que esa falta de desarrollo signifique que un profesor agredido tenga que gastarse su sueldo en abogados (porque la Junta no ayudaba antes, no sé con el cambio) para que un juez le reconozca lo que una ley orgánica le reconoce.

    • Respuesta a Acrisio:
      Ya ve que usted sabe quién soy yo. Hablo a cara descubierta. Yo no sé quién es usted. No es necesario que recuerde mi condición de catedrático emérito para decirme que no he tenido que contemplar la posibilidad que alumnos y padres “le agredieran físicamente”. Me pudo pasar también a mí. Eso no me hace insensible para sentir que les pase a otros colegas. ¡Cómo no me va a afectar! ¡Cómo no me va a doler! Y cómo no pedir y exigir que se le ampare a ese docente. Como creo que habría que pedir amparo para el alumno que haya sido agredido por un compañero o un docente.
      Un cordial saludo y gracias por participar en el debate.
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    • Querido Mario:
      Guardo un recuerdo profundo e inolvidable al Liceo.
      Mañana dedicaré el artículo a esa experiencia.
      El artículo se titulará: IR A LA ESCUELA EN CHILOÉ.
      Un abrazo y gracias por todo.
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  11. Buenos días a todo el mundo.

    Aprendo de todos. Me inclino por la línea de los Sres. Ricardo Moreno, Alberto Royo, Antonio del Pozo y en similar parecer, otros. Me inclino por la línea de que la evolución de una sociedad va en relación directa al estricto cumplimiento de las normas previamente consensuadas. Y la norma ha de ir acompañada -siempre- de una sanción/pena proporcional a su incumplimiento; su razón, el ser humano es como es, hoy. Tal vez dentro de unos pocos de miles de años pueda ser distinto. Es un problema antropológico (Shopenhauer). El otro día me quedé alucinado viendo como en Islandia las madres dejan los bebes (solos) en la calle, dentro del carrito para que se adapten al frio, mientras ellas pasan el rato dentro en la cafetería. Aquí, aún nos asustamos no vaya a ser que nos arranquen el niño de las manos.

    Para el que guste seguir leyendo pataleta/debate en el mismo sentido o similar, remito al lector a “cincuenta céntimos”, artículo de hace años del Sr. Guerra, en este mismo blog. En el buscador de este blog lo puede encontrar.

    Que tengan un buen día. Y un cordial saludo a todos.

    • Estimado Don Quintiliano:
      En “la línea” de las personas que apuntas hay muchas cosas. Y me sorprende que te apuntes a todas. Ahí está la libertad.
      Respecto al caso que traes a colación no te olvides de que un JUEZ dictaminó a favor de la familia y de la alumna.Un pequeño detalle.
      Se habla poco, a mi juicio, del autoritarismo. Hay más ojos, desde nuestra posición, para condenar el libertinaje.
      No creo que la sociedad avance, SOBRE TODO, por el acatamiento de las normas establecidas. Más bien, al contrario. De ser como dices, seguiríamos en el tiempo de la esclavitud.
      Un cordial saludo
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  12. ¿Por qué hay docentes, en distintos niveles, que rechazan e, incluso, le tienen aversión a la Pedagogía?

    Después de muchos años trabajando en las aulas, creo que algunos consideran que lo verdaderamente importante son los contenidos a transmitir y que a ellos (o ellas) les bastan los modelos que recibieron cuando eran estudiantes universitarios, por lo que creen que no es necesaria una formación específica que diferencie, por ejemplo, a un arquitecto de un profesor de arquitectura (y me atengo a mi profesión para que nadie se sienta aludido).

    Lo cierto es que, para mí, el mejor profesor que tuve fue el de Estética, licenciado en Filosofía, ya que sus clases las vivía con auténtica pasión. Fue un modelo en muchos aspectos que nunca he podido olvidar. Así, cuando di salto del trabajo como arquitecto a las aulas universitarias, en vez de acabar los estudios de doctorado en Arquitectura (que por cierto, los inicié) los realicé en Pedagogía en la Universidad de Málaga, de modo que fue Miguel Ángel Santos quién me la dirigió.

    Tengo que decir que aprendí y disfruté mucho en aquellos años, a pesar del esfuerzo que me suponía desplazarme en tren a Málaga dos veces a la semana.

    ¿Y qué le puede aportar, entre otras muchas cosas, a un docente la formación en Pedagogía? Pues, aparte de capacitarse para transmitir correctamente los conceptos y de saber comunicarse con el alumnado, creo firmemente en algo que es fundamental: que a los alumnos hay que quererlos, que uno sienta verdaderamente el interés por formarles y, por supuesto, el ser capaces de transmitir el entusiasmo necesario para que comprendan que sí les importas, de modo que entiendan que has asumido que cada uno de ellos es una persona con sus propias características.

    Esto nos lleva a que hay que “Educar con pasión”, que es el título del artículo que recientemente escribí y publiqué en los diarios digitales de Andalucía y de Extremadura en los que semanalmente aparecen mis escritos.

    Por si alguien tiene interés en su lectura, adjunto uno de los enlaces.

    http://www.montilladigital.com/2019/02/aureliano-sainz-educar-con-pasion.html

    • Sr. Sainz:

      Se pregunta usted por qué hay tantos docentes que rechazan o tienen aversión a la Pedagogía. Le aconsejo que lea con paciencia y, si le es posible, sin permitir que el enojo le ciegue el entendimiento los libros de Inger Enqvist (Repensar la educación, La educación en peligro), Ricardo Moreno (Panfleto antipedagógico, La conjura de los ignorantes), Alberto Royo (Contra la nueva educación), Mercedes Ruiz Paz (Los límites de la educación, La secta pedagógica) o José Sánchez Tortosa (El culto pedagógico). Después relea, si le queda algo de paciencia, las intervenciones de estos mismos profesores o, incluso, mis modestísimas aportaciones en este foro. Seguramente no estará usted de acuerdo con casi nada. Es lícito y normal. Ahora bien, si, tras este duro proceso, sigue sin comprender las causas de nuestro desacuerdo, me temo que lo suyo no tiene mucho arreglo.

      Dice usted -interpreto que como crítica- que para algunos lo verdaderamente importante son los contenidos a transmitir (¡…!). Al parecer, en su opinión, lo verdaderamente importante es: “que a los alumnos hay que quererlos, que uno sienta verdaderamente el interés por formarles y, por supuesto, el ser capaces de transmitir el entusiasmo necesario para que comprendan que sí les importas, de modo que entiendan que has asumido que cada uno de ellos es una persona con sus propias características”.

      Y claro está, los que dudamos de la utilidad de la pedagogía ni queremos a nuestros alumnos, ni tenemos interés por formarlos, ni les transmitimos lo mucho que nos importan. Para eso tendríamos que haber estudiado Pedagogía. ¡Acabáramos!

      Mire usted, por mi parte, aprecio la utilidad de las didácticas específicas, de materias como la gestión y organización escolar, pero eso de “enseñar a enseñar”, así en abstracto, me suena a palabrería hueca. En palabras del profesor Lara Garrido, la Pedagogía sería una ciencia sin objeto.

      Por mi parte, le puedo decir que el rechazo o la aceptación “por imperativo legal” de las doctrinas pedagógicas es, hasta donde yo sé, bastante mayoritario en la educación Secundaria. Yo lo atribuyo, sobre todo, a la tendencia de muchos pedagogos a levitar sobre una realidad problemática y tozuda que se empeña en estropearles sus maravillosas y seráficas teorías.

      Ah, y, por supuesto, la culpa de todo lo que va mal es de los profesores, que no estudian Pedagogía.

    • Don Aureliano:

      Para “transmitir correctamente los conceptos” no hace falta estudiar Pedagogía. Hace falta dominar la materia y adquirir experiencia (una experiencia autocrítica, responsable y reflexiva). No es que baste con saber sino que sin saber no es posible transmitir. Un gran comunicador sin nada que comunicar no es un maestro. Es un charlatán.

  13. ¡Uf, casi no llego! Me fue imposible hacerlo antes.

    ¡Menudo recibimiento en tu regreso a España! ¡Y en manada!

    ¿Pero qué les has hecho? ¿Qué has dicho? ¡Ah, que eres pedagogo! Haber empezado por ahí.

    Vale. Dejémonos de razonar y de palabrería que no entiendo. Pásame parte de la potestas esa de la que habla Antonio y permíteme que empiece a repartir.

    Porque, a ver señores. (Como diría mi amigo y paisano Manuel Manquiña) El conceto es el conceto. Y vamos a llevarnos bien, porque si no van haber ondonadas de hastias aquí, eh.

    (Sobre el “respeto que nace dentro de nuestro corazón” no puedo hablar, porque solo tengo uno y me conformo con que bombee con normalidad.) (Alberto Royo) (Eso sí, toca de puta madre la guitarra, las cosas como son. Y cuando lo hace, el corazón le bombea con normalidad).

    • Querido José Antonio:
      Pues sí, en buena medida es eso. Que soy pedagogo.
      Ya ves que hasta nuestro Don Quintiliano se apunta a las tesis antipedagógicas.
      Los filósofos, los literatos, los psicólogos pueden hablar sin decir vaciedades. Nosotros, no.
      Qué le vamos a hacer.
      Muchas gracias por tu comentario. Siempre llega a tiempo.
      Un abrazo.
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      • Sr Santos Guerra:

        Me choca que encontrara en mis palabras, cuando le llamaba “desconfiado”, un “afán descalificador” que no ha percibido en su amigo José Antonio cuando se refiere a quienes educadamente hemos planteado nuestras discrepancias como “manada”, lo cual no solo es de un gusto dudoso sino bastante absurdo, pues las tesis que defendemos Ricardo y yo, como algún otro contertulio de los que han participado en este debate no son precisamente las hegemónicas. A ver si va a resultar que son ustedes unos insurgentes y nosotros navegamos con viento a favor…

        Una cosa más: no soy antipedagógico sino antipedagogista. La didáctica es esencial, claro, pues nadie puede enseñar prescindiendo de ella. Puede que la cuestión sea que tanto Ricardo como yo cuestionamos que se pueda a “enseñar a enseñar” y creemos que lo que sí se puede y debe hacer es “aprender a enseñar”.

        Un cordial saludo.
        Alberto Royo

        • Estimado Alberto:
          Tus palabras me parecieron descalificadoras y así lo manifesté.Me calificaste de malpensado (mejor junto) y creo que fue sin fue sin fundamento. ¿Por qué supones que no veo inapropiado el término manada por haberlo utilizado un amigo? No lo he dicho en ninguna parte. Y ahora te digo que me sorprendió su utilización porque es una persona respetuosa.
          Parece mentira que estando en la misma tarea, estando igualmente interesados y comprometido con la enseñanza, tengamos visiones tan discrepantes.
          Aunque no sé si lo son tanto. Porque yo nunca he dicho ni diré que no haga falta tener un elevado dominio de la disciplina que se imparte. Una de las características que Ken Bain atribuye en su libro “Lo que hacen los mejores profesores universitarios” a los profesores excepcionales (sobre los que investiga en la obra) es que tienen un amplio dominio de sus disciplinas. ¿Cómo enseñar lo que no se sabe? Y me alegra mucho leerte cuando dices “la didáctica es esencial”.
          Puedo uno saber mucho y no saber enseñar. Porque no utiliza un lenguaje inteligible, porque no tiene interés en hacerlo, porque no conoce herramientas de trabajo cooperativo, porque no sabe despertar una disposición emocional hacia el aprendizaje, porque no conoce lo que saben previamente los alumnos, porque no conoce las dificultades que tienen para aprender, porque le importan tres cominos, porque no tiene ritmos adecuados, porque no acepta las diferencias de unos y otros, porque…
          Yo me hago muchas preguntas inquietantes que, sin duda, tú te haces: ¿por qué hay algunos docentes que saben mucha pedagogía y son pésimos docentes?
          ¿Nadie puede ayudar a otro a aprender a enseñar? ¿Por qué no? Lo digo no solo desde la condición docente sino desde la de compañero que analiza la práctica de forma rigurosa.
          Un cordial saludo.
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          • Sr Santos Guerra:

            No tiene mayor importancia, pero me choca la dispar sensibilidad con unos comentarios y con otros. Entiendo que llamar a alguien desconfiado o incluirlo dentro de un rebaño no son expresiones ni parecidas; la primera es de uso cotidiano y la segunda, insultante. Pero no nos entretengamos más en esto.

            Dice que “puede uno saber mucho y no saber enseñar”. Cierto, pero convendrá conmigo en que lo habitual es que quien sabe mucho, enseñe bien, incluso aunque sus dotes comunicativas no sean excelentes. Y también en que un docente puede ser magnífico para un alumno y no serlo para otro. Y espero que también coincidiremos en que cuanto más sabe uno, más opciones tiene de saber transmitir aquello que sabe. ¿A qué se refiere con utilizar “un lenguaje inteligible”? Obviamente, si explico a mis alumnos cuestiones técnicas, he de emplear los conceptos apropiados. Y creo que también forma parte de nuestro trabajo emplear un lenguaje conveniente y un vocabulario rico. No veo problemático (al contrario) que un alumno pregunte en clase cuando no entiende una palabra.

            Me preocupa más su idea de que el profesor debe “saber despertar una disposición emocional hacia el aprendizaje” porque me parece que de alguna forma excusa al alumno, que es quien debe estar dispuesto a aprender. No hay fórmula mágica para “predisponer emocionalmente hacia el aprendizaje” a quien no quiere aprender. Hay otras cuestiones que son de puro sentido común, como que el hecho de que a un profesor “le importen tres cominos sus alumnos” es un problema. Evidente. Pero es que un mal profesional siempre será un mal profesional.

            A lo que iba: por supuesto que un docente puede ayudar a otro. AYUDAR. No “enseñar a enseñar”. Pensar, conversar con colegas más experimentados (o menos; a veces, alguien más joven te da una pista útil)… Todo esto es muy enriquecedor. Lo que yo discuto es que se pueda “enseñar a enseñar”. Y sobre todo que alguien que no ha enseñado pueda proporcionar a quien sí lo hace (y estoy hablando en general, no en relación con nadie) claves para hacerlo bien. Porque las desconoce. Espero haberme explicado.

            Un cordial saludo
            Alberto Royo

          • Estimado Alberto:
            En ese tono no solo es fácil sino agradable y enriquecedor el diálogo.
            Si mal no recuerdo, la expresión que utilizaste fue “si yo fuera tan malpensado como usted…”. Sinceramente, no creo ser un malpensado. Tendré errores, cómo no. Pero no creo que sea algo que me caracterice el ser malpensado. Ya te dije que tampoco me pareció apropiada la calificación de manada aplicada al grupo de discrepantes. No tengo criterios tan dispares y arbitrarios, como planteas. Ahora bien, ¿qué es peor? Y ahí ya me es difícil argumentar con rigor. Depende de cómo se entiendan ambas expresiones. Depende de la semántica.
            En cuanto a las cuestiones docentes. Quien DOMINA la asignatura, quien la VIVE, quien la CONOCE PROFUNDAMENTE, quien la sabe APLICAR sin duda estará en mejores condiciones de enseñarla mejor. Completamente de acuerdo. Pero eso no es todo.
            Te puedo citar el nombre de alguna eminencia del campo de la SOCIOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN que no tenia ni tres alumnos en el aula. Era insoportable, ininteligible, soporífero, inaudible… Se dedicaba a leer. No sabes cuánto lo admiré como sabio (sus obras son de una gran riqueza, profundidad e interés). Como docente, no había quien le entendiera nada.
            Y claro que se puede despertar la pasión, el deseo de aprender. Hay profesores que enseñan algo o mucho de sus materias y, al mismo tiempo, enseñan a odiarlas de por vida. ¿Por qué la misma asignatura es seguida con interés en algún curso y en otro curso es odiada? ¿Solo porque los grupos son distintos, uno bueno y otro malo ¿Y así todos los años?
            Si lo que te incomoda es la expresión de enseñar a enseñar, dejémosla. Con ideas, con teorías, con prácticas, con estrategias, con sugerencias, con investigaciones compartidas, podemos AYUDAR A QUE OTRO APRENDA A ENSEÑAR. Pienso yo.
            Y, al decir esto, no eximo de responsabilidad al alumno. He dicho muchas veces que algunos profesores han matado las ganas de aprender de algunos alumnos y que algunos alumnos has destruido los mejores deseos de enseñar de algunos docentes.
            Gracias por compartir tus ideas.
            Un cordial saludo.
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    • Don José Antonio:

      Y que me siga bombeando. Nada más que añadir a su docto y razonado comentario.

      Un cordial saludo.
      Alberto Royo

      • Pues nada, que me obligáis a intervenir.

        Profesor Alberto Royo:

        1.- He seguido el debate desde el minuto uno. He leído tus comentarios (y los de los demás) y las respuestas de Miguel Ángel. Y de nuevo tu comentario sobre lo mismo.

        Me ha parecido que no habláis el mismo idioma. Me ha parecido conveniente innovar (una palabra que te encanta) y utilizar tu propio tono, tu propio lenguaje, el estilo que más usas. Veo que has captado mi docta forma de razonar, de argumentar. Y es que, como bien dices y defiendes, nada hay mejor que el saber o el conocimiento.

        2.- La verdad es que, no siendo ni tú ni yo malpensados, no entiendo qué problema ves en la palabra manada. Quizás no sabes que yo soy de campo y siempre que veo un montón de pájaros en un árbol, o un gran número de lo que sea, siempre he dicho manada. Como haces tú, he consultado el diccionario y así lo entiende también. Yo no hablo ni pienso en rebaño. Hablo de manada de personas.

        Primero Ricardo. Luego tú, Antonio del Pozo, Don Quintiliano, ….

        3.- Alberto, cómo debo decir, cómo debo pensarte. ¿Tú ayudas a aprender música o enseñas música?

        4.- Como no lo encuentro en el diccionario, y no lo entiendo, te lo voy a preguntar. Dices que no eres antipedagógico sino antipedagogista. No sé a qué te refieres.

        5.- Y ya lo último, Alberto. Deseo que te vaya muy bien con ese “Cuaderno de un profesor”. Pero hay algo que no me entra en mi cabeza. Eres profesor de adolescentes. Eres profesor de música. Siempre defiendes el estar muy preparado en cuento a la disciplina a impartir. Que yo haya leído aquí, nadie te lo discute. Pero, ¿no crees que hay otras disciplinas cuyos saberes te ayudarían a ser mejor profesor de música de adolescentes?

        6.- Un saludo.

        • Querido José Antonio (por alusiones indirectas):

          Por lo que a mí respecta, no me siento parte de ninguna manada, más bien siempre me ha gustado ir por libre. Creo que conoces de sobra a don Quintiliano como para saber que quizás sea el más libérrimo de este barrio. De Ricardo y Alberto no puedo hablar, pues no los conozco personalmente, pero estoy casi seguro de que a ellos también se les da mejor ir por libre.

          Además, con la mala prensa que tiene últimamente la palabra “manada”… ¿No podrías haber elegido otro término, jomío?: “Grupo”, “corriente”, “sensibilidad”, “tendencia”? A lo mejor prefieres “confluencia”, pero puestos a marcar carácter agresivo (¿…?), ¿qué tal “jauría”?

          Aquí no se ataca a las personas, sino que se defienden y confrontan ideas, a veces con contundencia, pero siempre con respeto y cortesía. Por cierto, convendrás conmigo en que no se puede enseñar en abstracto: hay que enseñar algo; si la pedagogía consiste en “enseñar a enseñar” y un pedagogo es un “experto en enseñanza”… ¿Puede enseñarme a enseñar mi materia alguien que no la ha enseñado?

          Ya he mencionado otras veces una analogía que me parece curiosa: los que peinamos bastantes canas recordamos que en la época del nacional-catolicismo franquista, los únicos consejeros “autorizados” en materia sexual eran los sacerdotes en el confesionario o en las catequesis. Se supone que su conocimiento del sexo era absolutamente doctrinario y puramente teórico, pero eran los únicos “expertos reconocidos”. ¿Le suena a alguien el parecido?

          Saludos inacabables

          • Estimado Antonio Del Pozo:
            Considero que José Antonio ha dado miles de muestras de respeto a las ideas de otras personas. Pudo ser poco afortunado el término elegido, pero creo que no había intención de herir, como ha dicho de forma eficaz. A nadie he visto que le haya ofendido por discrepar de sus ideas. Y lleva años haciendo comentarios. He visto más agresividad en otros comentarios.
            Existe una didáctica general y una didáctica específica. Cuando el constructivismo dice, por ejemplo, que el conocimiento que se enseña ha de tener una lógica interna, lo dice para todas las materias. En abstracto y en concreto. Y cuando dice que tiene que tener una lógica externa que enlace con lo que ya sabe el aprendiz, lo dice para todas las materias, en abstracto y en concreto Y cuando añade que para aprender tiene que haber una disposición emocional hacia el aprendizaje, lo dice en abstracto pero muy en concreto.
            Lo de “le suena a alguien el parecido”. Pues sí, me suena. Pero me parece muy demagógico tu argumento. Porque quienes reflexionamos sobre la enseñanza también enseñamos. Yo tengo casi cincuenta años de aula. ¡De aula! Lo cual no me convierte en un experto, claro. Porque hay quien pueda dar un año de clase y repetirlo luego 49 veces sin aprender mucho.Pero algo me ha permitido aprender respecto a la enseñanza.
            Un abrazo y gracias.
            MÁS

          • Estimado MAS:

            Cuando hablaba de enseñar sin haber enseñado no me refería -claro está- a ti, cuya experiencia docente está más que acreditada, aunque la de Secundaria quede un poco lejana ;-).

            Recuerdo que hace muchos años, en la época pre-Logse, nos coordinaba a un grupo de tutores de prácticas del CAP (ahora Máster), un pedagogo (no recuerdo su nombre) que, por su edad no podía llevar más de un par de años egresado de la Facultad. Lo que le faltaba de experiencia le sobraba de arrogancia. No admitía la más mínima crítica a su “autoridad”(¡…!) y, siempre -eso sí- de manera correcta y educada, descartaba nuestras sugerencias para imponer su criterio. Ni que decir tiene que le hacíamos el mismo caso que los novios ardorosos a los consejos del cura, si seguimos la analogía. A ese tipo de pedagogo es al que me refiero. Alguien que, sin haber enseñado, pretende enseñar a enseñar.

            En cuanto a José Antonio, sé de sobra que no había intención de ofender, solo de dar algún pellizquito cariñoso por “lo bajini”, por eso me meto un poco con él, también cariñosamente. Convendrás en que la elección del término “manada” no parece muy inocente.

            Para terminar, tengo la impresión de que cuando personas de buena voluntad confrontamos ideas opuestas, acabamos acercando posturas y constatando que es mucho más lo que nos une (la buena voluntad) que lo que nos separa (el matiz, la doctrina o el enfoque).

            Más saludos

          • Estimado MAS:

            Anoche escribí un comentario que no aparece todavía. ¿Podría estar en la papelera? Gracias

          • Estimado Antonio:
            Supongo que el comentario que faltaba es el que ha aparecido.
            Se fue a la bandeja de spam y lo pude recuperar sin dificultad.
            Ese pedagogo tenía algunas limitaciones que me preocupan: la petulancia y la cerrazón. Me preocupa mucho eso que dices de que no aceptaba nada de lo que vosotros planteáis. Creo que los malos pedagogos no desacreditan la pedagogía como la existencia de algunos (pocos) malos médicos no destruye la medicina.
            De acuerdo conmigo en que los caminos serenos y respetuosos de diálogo nops enriquecen a todos.
            Un cordial saludo.
            MÁS

        • Estimado José Antonio:

          1.- El idioma es el mismo, creo. Pero ya me hace usted dudar. Madre mía, mi “estilo”… Espero que lo haya imitado con poco éxito porque me deja preocupado…

          2.- Tiene usted razón. Hablar de “manada” es algo cariñoso. Y se lo agradezco.

          3.- Enseño música y ayudo a aprender, en efecto. Pero no sé a dónde quiere ir a parar.

          4.- Yo se lo explico: no puedo ser antipedagógico porque la didáctica es imprescindible para enseñar. Renunciar a ella sería como querer dar un concierto de guitarra sin instrumento. Por pedagogismo entiendo el sometimiento del contenido al procedimiento.

          5.- ¿Por ejemplo? ¿Qué disciplina me ayudaría a hacer mejor mi trabajo? Y muy amable por sus buenos deseos.

  14. No podría estar más de acuerdo, tanto en lo de la educación política como en lo de la autoridad. Pero respecto a ambas cuestiones añadiría algo. En relación al inevitable y necesario carácter político de la educación lo del Presidente del Consejo me recuerda a lo que aconsejaba Franco: “usted haga como yo; no se meta en política”. Y a propósito de la autoridad, efectivamente, continuamente se confunde con poder. Ninguna ley nos puede dar autoridad. Solo poder. La autoridad tenemos que “ganarnosla”. Solo hay autoridad si hay reconocimiento de la misma. Pero no estaría mal que la ley nos diera un poco de poder, porque ciertamente a veces nos toman por el pito se un sereno, por no decir la última mieeerda

    • Querido Jesús:
      Gracias por tu comentario.
      Por lo que veo coincidimos en las dos críticas que le hacía al Consejero en el acto de nombramiento del nuevo Presidente. ¿Por qué cambió el Presidente anterior? Por una cuestión política, como es evidente.
      Por cierto, el Consejero no se quedó a escuchar las opiniones de los miembros del Consejo Escolar.
      Coincido con tu distinción entre autoridad y poder. El perro controla el rebaño, pero el rebaño no le sigue.
      Un abrazo.
      MÁS

    • Querido Mario:
      Ya está colgado en la red el artículo.
      El periódico de papel se difunde por toda la provincia de Málaga. Cada vez hay menos presencia del periódico físico, pero La Opinión ya lleva 20 años en la ciudad de Málaga.
      El artículo es un homenaje a vuestro Liceo.
      Un abrazo.
      MÁS

  15. Pido disculpas porque por alguna razón (torpeza mía, probablemente) no puedo dejar el comentario donde debería, en respuesta al Sr Santos Guerra. Lo copio pues, aquí:

    Sr Santos Guerra:

    Creo que mi tono ha sido en todo momento correcto, pero supongo que una cosa es cómo se expresa uno y otra cómo lo percibe el otro, así que lo mismo da. Y tampoco tiene más importancia.

    Se pregunta usted “por qué la misma asignatura es seguida con interés por algún curso y en otro curso es odiada”. No tengo respuesta. No la tengo ni para esta cuestión ni para otra: ¿por qué la misma asignatura es seguida por interés por un alumno y otro alumno de ese mismo curso la odia? Tampoco sé contestar a esta: ¿por qué puedo resultar un buen profesor para unos alumnos y mucho peor para otros? Y no tengo respuesta porque son tantos los factores que entran en juego en esto que hacemos de enseñar que más vale que nos agarremos a ciertas convicciones, como que cuanto más sepa uno de su materia, más posibilidades tendrá de ser eficaz. Dice que conoce “sabios soporíferos e insoportables”. Sin duda que los habrá. Pero no creo que mucho. Porque hasta del sabio más soporífero puede uno aprender. De quien no se puede aprender nada es del ignorante, por muy entrenido que sea. Y se un docente se dedica a leer en clase, sencillamente no es un buen docente. Solo lee el que sabe poco, pues el que sabe mucho no lo necesita.

    Un saludo.
    Alberto Royo

  16. Miguel Ángel ahora la culpa de esta situación de faltas de respeto y desprecio y otras situaciones más graves, por parte de alumnos y padres, que viven la mayoría de los maestros y profesores será de ellos porque no son buenos profesionales. Vamos Miguel Ángel que falta tienes de ir por los colegios e institutos recogiendo opiniones de todos ellos o incluso dando clase.
    Esta ley es necesaria desde hace ya mucho tiempo. Pero no la única, también formar a esos padres para que se respete desde casa a este sector transmitiendo a sus hijos respeto y amor hacia ellos, y por otro lado formar a estos profesionales con cursos de resolución de conflictos entre otros.

    • Estimado José Luis:
      Cuando sumes las horas de docencia que yo tengo a la espalda (en todos los niveles del sistema educativo) me avisas. ¡Medio siglo sin salir de las aulas! Y ahora sé lo que pasa en los colegios e institutos. No en todos, claro. No todo, claro. Porque eso nadie lo puede saber. Pero en algunos, sí. Porque sigo en contacto con la realidad a través de experiencias diversas. Aquí y en otros países. Mi mujer es orientadora en un instituto. Todos lo días hablamos de estas cuestiones.
      ¿He dicho en algún sitio que de las falta de respeto son culpables los profesores?
      Lo que digo, para quien me quiera entender, es que hay otros caminos más eficaces para eso que se pretende.
      Y la prueba es clara: ¿ha aumentado el respeto en los lugares que han promulgado esta ley?
      Saludos y gracias.
      MÁS

  17. Estimado Miguel Ángel:
    No hace falta sumar tantas horas de docencia para darse cuenta que la sociedad ha cambiado y no poco desde que usted se inició en este camino tan maravilloso como es ser docente, educador, maestro, profesor, enseñante hace ya 50 años. Así que no me vale comparar lo de hace 50 años, 40 … con lo que está ocurriendo hoy día en las aulas.
    Hasta hace 15 años a este sector profesional se respetaba y se quería ( que no es lo mismo que “temía”, salvo en casos aislados de malnacidos) por parte de padres y alumnos.
    Si, y le vuelvo a invitar que se pase por institutos y colegios y pregunte en todos ellos, e incluso haga estadísticas. Y cuando le digan de su situación usted respóndale, lo que escribe en este blog ( si es que sigue pensando lo mismo) que seguramente es por culpa de los profesionales que tenéis en este centro. Está muy bien llenarse la boca de palabras bonitas y populares pero que no sirven ni solucionan nada.
    Saludos y gracias.

    • Estimado José Luis:
      Yo no he invocado las horas de docencia como criterio imprescindible para comprender lo que sucede en la escuela. Más bien fuiste tú.
      Dices algo indiscutible: no es igual lo que pasaba antes que lo que pasa hoy. Claro que no. Pero te dije cómo seguía estando presente en las escuelas de hoy. He estando en muchas escuelas de hoy haciendo investigación y tengo a mi mujer en un instituto de secundaria. Y muchos amigos y compañeros que trabajan hoy. También he visto muchas escuelas en muchos otros países HOY.
      El problema no es ese.
      El problema no es ese, a mi juicio.
      El problema es plantearse la pregunta acerca de CÓMO GANA AUTORIDAD EL DOCENTE. Esa es la cuestión. L MEJOR MANERA DE GANAR AUTORIDAD.
      Hay que leer mucho también. No basta estar en el aula y tener experiencia.
      Y pienso que no es la ley el mejor camino.
      NUNCA HE DICHO QUE LA CAUSA DE LA FALTA DE RESPETO LA TENGAN LAOS PROFESORES. ¿Lo he dicho? QUIEN FALTA AL RESPETO ES EL RESPONSABLE.
      Un abrazo y gracias.
      MÁS

  18. hola quería saber si me pueden ayudar con un ejemplos de la diferencia entre ejercer la función docente con autoridad o autoritarismo, fundamentando desde el lugar que juega la relación imaginaria en ambas situaciones.
    desde ya muchas gracias

    • Querida Belén:
      Un criterio para diferenciar autoridad y autoritarismo, a mi juicio, es el ofrecimiento de argumentos para justificar la normar.
      El autoritario dice: lo tienes que hacer porque lo mando yo…
      Quien tiene autoridad explica por qué razones existe esa norma…
      Otro criterio es la finalidad de actividad que se realiza-
      El autoritarismo la impone porque sí.
      La autoridad pretende que sirva para el crecimiento del que obedece.
      Un tercer criterio está en la relación.
      El autoritarismo se basa en la fuerza del poder.
      La autoridad en el amor que ayuda a crecer.
      No sé si te ha servido esta opinión.
      Saludos.
      MÁS
      No sé si te sirve.

    • Aureliano y Miguel Ángel:

      Sigo sin demasiado tiempo, y además no son horas, pero voy a aclarar a qué me refería con lo de que te sobran palabras. (La intención, como te dije, no es la de hacerte de corrector sino demostrarte que leo lo que escribes).

      Fresquito de esta semana, “Adopciones familiares”:

      Ya en esos momentos me preguntó si al finalizar cuarto curso le podría dirigírselo sobre el tema de la adopción, …

      Pista: le, dirigírselo, se lo, podría.

      Aureliano, juro que te quiero, y ese cariño es el que me hace ofrecerte otro regalo (tú mismo has dicho que estamos en época de exámenes):

      …me ha parecido de interés abordar en esta ocasión cómo niños y niñas adoptados expresan cómo se sienten dentro de la familia a partir del dibujo,…

      Pista: “a partir del dibujo”.

      Miguel Ángel, ya ves que no soy “buena gente”, y tú sigues mimándome y dándome un trato que no merezco. Espero que Aureliano recuerde la filosofía y no se me cabree. Insisto, bastante tengo que aprender yo como para andar corrigiendo a quien, seguro, sabe muchísimo más, pero si leo y veo …

      Un fuerte abrazo para mis dos maestros preferidos. Y no os extrañéis tanto si cuelgo el teclado y sigo solo con la lectura. No es ningún castigo (yo diría que más bien es todo lo contrario).

  19. ES DESCORAZONADOR LEER TANTOS ARGUMENTOS A FAVOR Y EN CONTRA DE POR QUÉ UNA LEY O DE POR QUÉ NO…
    ME HE CANSADO DE LEEROS. COMENCÉ A SEGUIR EL HILO DE VUESTRA CONVERSACIÓN PRECISAMENTE EN BUSCA DE SOLUCIONES Y AYUDA.
    SÓLO ENCUENTRO AQUÍ TEORIZACIONES Y ARGUMENTOS ENCADENADOS QUE BUSCAN HACER VALER EL PUNTO DE VISTA O POSTURA DE CADA CUAL …
    SOY MAESTRA ADSCRITA AL PRIMER CICLO DE LA ESO. SIEMPRE IMPARTÍA 7º Y 8º DE LA ANTIGUA E.G.B. Y CUANDO MIS ALUMNOS SE MARCHARON AL INSTITUTO CON LA LOGSE, YO ME FUI CON ELLOS.
    NO SÉ QUIÉN TIENE LA CULPA, NO HAY MOTIVO NI CAUSA ÚNICA. NI SIQUIERA SÉ SI MI ANÁLISIS SOBRE ESTE ASUNTO ME SERVIRÍA PARA ALGO. PERO, LO QUE SÍ SÉ, PORQUE ASÍ LO EXPERIMENTO CADA DÍA, ES QUE EL ALUMNADO HA CAMBIADO.
    EN LOS CENTROS PÚBLICOS, EN EL MÍO AL MENOS, EL LUMPEN CONVIVE CON LOS ALUMNOS “NORMALES”. ALUMNOS IRRESPETUOSOS, SIN NINGUNA EDUCACIÓN, SIN NINGÚN INTERÉS MÁS ALLÁ DE REÍR Y HACER IMPOSIBLE LA CLASE. A ELLOS NO LES IMPORTA NI TU AMOR NI TU INTERÉS PORQUE APRENDAN Y POR QUE SE CONCIENCIEN DE LO IMPORTANTE QUE ESO SERÁ PARA SUS VIDAS.
    TENGO MUCHOS AÑOS DE EXPERIENCIA Y OTROS TANTOS CURSOS DE FORMACIÓN, LA MAYORÍA SIN ÁNIMO DE BUSCAR LOS EMOLUMENTOS DEL SEXENIO.
    NO SÓLO ME OCURRE A MÍ, LA MAYORÍA DE MIS COMPAÑEROS ACUDEN AL TRABAJO SIN ILUSIÓN Y AÑORANDO OTROS TIEMPOS.
    ¿UNA LEY SERÍA LA SOLUCIÓN?
    TAL VEZ, NO. PERO, ¿CUÁL ES LA SOLUCIÓN SEGÚN USTED, SEÑOR MAS?
    NO SOY UNA PEDAGOGA TAN INSTRUIDA COMO USTED Y, TAL VEZ MIS PALABRAS LE RESULTEN INGENUAS Y DE FÁCIL DEBATIR…
    PERO, SEPA USTED DE MI GRAN AMOR POR ESTA PROFESIÓN Y DE MI GRAN TRISTEZA POR NO PODERLA EJERCER COMO DEBERÍA SER, SEGÚN ENTIENDO.

    • Querida Carmen:
      Siento mucho esa sensación que tienes.
      ¿Cómo no voy a comprender tu desánimo y tu decepción ante esos alumnos a quienes solo les interesa reír y molestar.
      Acabo decir en una conferencia que hay profesores que han destruido los mejores deseos de aprender de los alumnos pero que hay alumnos que han destruido los mejores deseos de enseñar de algunos profesores.
      No.No creo que este problema lo solucione una ley.
      Veo que eres una magnifica persona y una excelente profesional.
      No mereces esa tristeza.
      Te voy a pedir algo: que con dos signos menos, construyas un signo más.
      Piensa que si todos los alumnos estuvieran ya educados, no necesitarían de nuestra ayuda.
      Ten paciencia.
      No te desanimes.
      Busca ayuda en los que estén más comprometidos.
      Se puede disfrutar de la profesión.
      Besos y gracias por compartir conmigo tu inquietud.
      MÁS

  20. Cómo siempre tus reflexiones, querido Miguel Ángel son serias y fundamentadas.
    Hay que “mimar” la formación inicial del profesorado y huir de la selección memorística a la función pública que se hace . Entonces tendremos otra educación y otro cuerpo docente.
    Además cuando los políticos se enteren de que el futuro está en la educación, dejarán de hacer cambios basados en ocurrencias y no en evidencias como dice Ramón Flecha.
    Pero así nos va.
    Desde Córdoba, gracias por tus reflexiones

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