Cada quien da lo que tiene

21 Ene

En un viaje a México compré, en el marco de un Congreso de profesores, un pequeño libro que estaban vendiendo como rosquillas a la entrada del salón de conferencias. No sé si el autor sería uno de los asistentes porque luego, cuando leí la introducción, supe que estaba escrito por un maestro.

Después fue a su jardín y cortó doce rosas rojas, las arregló cortándole las espinas, las colocó en la bandeja con una nota que decía: “Cada quien da lo que tiene”.

El libro es una síntesis de la sabiduría popular mexicana. Se titula “El filósofo de Güemes” y el autor se llama Ramón Durón Ruiz. Contiene máximas, sentencias, anécdotas, cuentos e historias de diverso tipo, muchas de ellas enclavadas en el ámbito rural. He elegido una de ellas para que me sirva de leit motiv de estas líneas.

La he elegido ante la avalancha de insultos que oigo y veo lanzarse a todas horas a los colaboradores de las televisiones, a los políticos en los mítines (y en el mismo Parlamento) y a los contertulios en las radios. Verdaderas retahílas de insultos, palabrotas, gestos soeces y expresiones despectivas lanzadas al adversario político, al contrincante ideológico o al “enemigo íntimo”.

Qué locuacidad. Se diría que los agresores acaban de repasar el “El gran libro de los insultos” de Pancracio Celdrán Gomariz o que estén entrenándose para redactar el “Diccionario de palabras envenenadas”

Qué ordinariez. Los insultos se suelen lanzar a gritos a la cara del presunto o real enemigo. Siempre me he preguntado por el motivo que origina los gritos en la televisión.

– ¿Por qué gritan?, me pregunto muchas veces.

Pienso que existe por parte de mucha gente la creencia de que mientras más se grita más razón se tiene o más contundencia poseen las palabras. Es como la fuerza con la que se lanza una piedra. Hay otra razón que es apabullar al interlocutor y no dejarle meter baza..

Qué impunidad. Se puede decir todo lo que se quiera sin que pase nada, sin que haya ninguna consecuencia. Sencillamente se confunde la libertad de expresión con la libertad de agresión. Vale todo en el ataque. Cualquier tipo de insulto se va por el desagüe de las audiencias sin comprometer a quien lo profiere.

Qué saña. Se pretende hacer daño. Se pretende dar donde duele. No se tiene en cuenta que al comportarse de esa manera tan violenta y gratuita, se falta al respeto no solo a quien se insulta sino a todos los testigos de la agresión.

Qué falta de respeto. Las personas, por el hecho de serlo, son depositarias de una dignidad esencial que nadie debería menospreciar o ignorar. No solo es el contenido de lo que se dice lo que quebranta el respeto y la dignidad del ser humano, es también la forma de decir las cosas.

El “animus iniuriandi” es tan patente que basta ver la expresión de la cara o escuchar el tono de las palabras para comprobar de forma clara el desprecio y odio.

Los gestos soeces se dirigen a la cámara cuando el interlocutor no está presente: descarados cortes de mangas, utilización del dedo corazón, colocación violenta de la señal de los cuernos…

He visto utilizar con frecuencia y simplismo una justificación peregrina después de proferir gravísimos insultos: decir que no se está insultando sino definiendo. Como si esa aclaración no elevase un grado más el nivel de la agresividad.

En algunos programas se puso de moda la figura de un personaje que se ensañaba con las personas a las que tenía que juzgar. Mientras más borde y más grosero era el comentario, más éxito se le atribuía. Mientras más despectiva era su valoración, más crecía la audiencia. Se tenía a gala el desprecio. Los criticados mostraban una sonrisa resignada que era una mezcla de humillación y de impotencia. Porque estaba claro que quien emitía esas críticas cáusticas lo hacía desde una situación de poder. Una cosa es decir las cosas claras y otra muy diferente decir las cosas de manera ofensiva, sin respeto, con la chulería que confiere el abuso de poder. Se trataba de un juego sadomasoquista que envilecía, a mi juicio, tanto a los evaluadores como a los evaluados. A unos porque los endurecía y a otros porque los aplastaba. Criticar es discernir, no demoler.

Zaherir, insultar, agredir, calumniar son deportes que se han puesto de moda. Se practican de forma gratuita, pública y reiterada. Sin tener en cuenta que la dignidad de las personas obligaría a cuidar el lenguaje y a respetar a los demás.

Toda esa sarta de insultos, de descalificaciones, de vulgaridades se sueltan en programas de máxima audiencia, con niños y niñas que escuchan el modo de hablar de los adultos. ¿Cómo les podemos decir luego que “eso no se dice”, “que eso es una falta de respeto”, que “eso es una ordinariez”…?

He hablado al comienzo del “Filósofo de Güemes” y se me ha ido quedando en el tintero la anécdota que ha inspirado estas líneas. Ahora me sirve de colofón y de oportuna conclusión a estas reflexiones. La anécdota dice así:

“Holocrino, el viejo y perverso agricultor de la región, se enteró de que Farmarina, la humilde señora que lavaba ajeno en Güemes, cumplía años. En presencia de su grupo de amigos, ordenó, irónicamente, prepararle un presente: una bandeja -de esas que regalan en sus promociones las compañías refresqueras- llena de basura y desperdicios.

Lleno de soberbia, mandó entregar el regalo, mismo que fue recibido alegremente por la modesta señora, que gentilmente agradeció el obsequio, solicitando al chofer que la esperaran un momento, ya que le gustaría devolver la atención.

Tiró la basura e inmediatamente se dirigió al patio de su casa a lavar la bandeja, después fue a su jardín y cortó doce rosas rojas, las arregló cortándole las espinas, las colocó en la bandeja con una nota que decía: “Cada quien da lo que tiene”.

La historia me ofrece una explicación certera de la causa por la que se arroja por la boca toda esa basura sobre el prójimo. Un prójimo que, para colmo, está muchas veces ausente del escenario en el que se vacía toda esa porquería.

19 respuestas a «Cada quien da lo que tiene»

  1. Extraordinaria y elocuente anécdota, señor Santos. Pero convendría hablar de responsabilidades, y de lo que se ve en televisión hay unos responsables principales: Los políticos. Y los que me pillan más cerca son: Aznar, Zapatero y, pronto, me temo, Rajoy. Estos señores deberían pagar su culpa y, reparar en lo posible el daño hecho.

    Un saludo, y muchas gracias, señor Santos.

  2. Los programas de televisión que utilizan el griterio, el vociferio, el insulto constante, el tono peyorativo, de unos para con otros… tienen una audiencia millonaria. Se basan básicamente en un/a invitado/a estrella que habla de sí mismo y sus circunstancias, por más íntimas e inconfesables que sean las mismas. Mezcla, por lo tanto, de morbo y grosería, sin más. ¿Qué puede atraer a tantos espectadores? Incluidos ésos que proclaman que jamás han visto este tipo de programas. Es algo que debería hacernos pensar: si el voyeurismo en la esencia humana es inevitable, más allá de clase y condición social, cultural y económica o que el espectador es simple animal de hábitos televisivos: ve lo que le ofrecen. El consumo televisivo en España es de los más altos de toda la OCDE. En contrapartida, el país europeo donde menos se lee. Circunstancias que se transmiten a las nuevas generaciones de niños y adolescentes: no hablan, gritan. No son capaces de razonar o exteriorizar una idea, un concepto, dado su muy limitado nivel de vocabulario. Y si las circunstancias les son adversas, descalifican verbalmente, de la forma más peyorativa que se les pasa por la cabeza a su interlocutor. Sea otro niño o adolescente, sus propios padres y por supuesto sus profsores. Es como un círculo vicioso, dando vueltas constantemente. En cuanto a nuestros políticcos, por desgracia y este tema no es nuevo en este blog, por desgracia estamos habituados/as a que lejos, muy lejos de ejercicios de brillante retórica, sus “discursos” tengan un solo ojbetivo: ridiculizar al otro partido, de nuevo haciendo gala de una pobreza absoluta de argumentos y vocabulario. No, la clase política no es ningún buen ejemplo para el ciudadano. Aún menos para el niño o adolescente. En una sociedad donde la violencia está socializada, de nuevo, como en tantas ocasiones, sólo queda una vía para el desarrollo de unos habitos ciudadanos en personas en plena formación. Para que interioricen lo que es la ética y el civismo, para que comprendan que los derechos constitucionales están acompañados de sus correspondientes deberes. Esa vía no es otra que la escuela y muy muy fundamentalmente el hogar, en el seno de su familia. El resto de la sociedad no está a la altura. Películas de gran éxito comercial donde durante hora y media lo único que asistimos es a un desmembramiento de cuerpos humanos. Películas donde los personajes no dejan de disparar y utilizar expresiones groseras. No hablemos de la publicidad, es más de lo mismo. Debemos exigir un codigo deontológico a la clase política pero también a la propia sociedad, comenzando por nosotros mismos, con un mensaje: debemos situarnos en el lugar del otro, comprender sus circunstancias, sus ideas, sus inquietudes. Pero para ello necesitamos un marco de concordia en el que aprendamos los unos de los otros. Pura esencia democrática. Ese marco de concordia requiere: apagar la televisión, leer, hablar y escucharnos. Y recuperar una conciencia cívica y social que hemos ido perdiendo a pasos de gigantes. Una vez, estando en un comercio, un grupo de niños y jóvenes comenzaron a insultarse recíprocamente. El vocabulario que utilizaban era terrible e indigno, para con ellos y con los (escasos) adultos que intentaban que cesara la pugna. Un hombre de la tercera edad, se volvió a mí me dijo, resignado: “se ha perdido todo”. No eran necesarias más palabras para definir a una generación, no sólo de niños y adolescentes. Sino también política, social y económica. ¿Estará cambiando algo, en estos difíciles tiempos donde las familias, de nuevo, se reúnen y comparten momentos? Espero que sí, en una sociedad del siglo XXI que no parece dar mucho de sí, en los terrenos de ciudadanía activa, éticamente hablado.
    Saludos.

  3. Totalmente de acuerdo con el comentario de Pepa Banderas, desde aquí darte mi más sincera enhorabuena, porque has dado totalmente en el clavo. Un saludo a todos.

  4. Magnífico Pepa Banderas. Vas más allá que Miguel Ángel, porque entras en el epicentro del problema y lo desmenuzas, sociológicamente hablando, en fragmentos donde las responsabilidades recaen en la sociedad en todo su conjunto. Ojalá la crisis, como bien dices, ante la necesidad de solidaridad recíproca, vuelva a producir ciudadanos que se apoyen en el civismo para comunicarse entre ellos. Y que además, por algún extraño milagro, los profesionales de la política en España, muten a estadistas brillantes cuyo discurso sea ejemplo a seguir. En cuanto a la televisión, jamás cambiará. En toda Europa, el contenido de la programación es muy similar. Pero basta con no encenderla y dedicarse a leer: recuperar a esos héroes íntegros de la literatura juvenil que tanto nos enseñaban, en su lectura. Cuando escribo estas líneas, ahí están, en la estantería, Sandokan, Old Sutherland y tantos otros. Abrazos.

  5. A lo mejor resulta que el personal político que tanto insulta a los demás no olió la LOGSE. Si es así, para algo ha servido, ya que por lo menos se ha salvado de la paternidad de los insultos. Ya he dicho, en otras ocasiones, que no se ha perdido el respeto, ya que nunca se pierde; sino que se ha perdido el miedo que es lo único que había. Ya que hemos recuperado la calle, que vuelve a ser nuestra podemos hablar sin insultarnos.
    Mientras exigir que también la ley ampare al que es insultado.

  6. Hola josemª. Aquellos tortazos que no daban nuestro padre y el palmetazo en la mano del maestro, cuando no hacíamos lo debido. Eso está muy atrás. Pero si que es cierto es que hace varias décadas ningún niño de la época se le podía pasar por la cabeza portarse mal en público y mucho menos a un adulto. El conjunto de la sociedad transmitía ese valor ciudadano, completamente extendido entre las familias. Entre otras cosas, la calle, que era de los niños como espacio de juego a diario, estaba rigurosamente vigilada por todos los adultos. Si a alguno de nos escapa una simple palabra malsonantes, siempre había un adulto corrigiéndonos, llamándonos la atención. Digamos que toda la sociedad nos educaba porque esos eran los valores imperantes, el civismo y la educación. ¿Por qué todo habrá cambiado tanto? No queda ni rastro de ese tipo de sociedad y no han pasado tantos años.¿Qué ha ocurrido en las familias?

  7. Buenas a todos y todas esta semana:

    Estimado Maestro Miguel Ángel,

    Cómo quisiera que en este planeta existieran muchas más Farmarina y menos Holocrino.

    El insulto es efecto del Juicio, el juicio es causa de ideas concebidas sin criterio, la falta de criterio es producto de la dificultad para adquirir -Y PONER EN PRÁCTICA- valores y principios acorde a los cánones sociales establecidos para un mejor comunión.
    La crisis, de todo tipo(social, económica, política, afectiva…) afecta de tal forma que nos impide ver mas allá de nuestra nariz, pero nos agudiza el oído y la lengua,
    al opuesto, en ausencia de crisis, lo mismo, no nos importa el resto, no nos interesa ver, escuchar, pero si seguir hablando, a conveniencia de deleite y jactarse denigrando con tremenda soberbia y enaltecido ego.

    ¿Alguien en crisis puede preocuparse de los desastres naturales provocados por el homo sapiens, de las vigentes torturas a pueblos y comunidades, de las desigualdades sociales, de la distribución de la riqueza… ?
    las mismas inquietudes,¿ pero sin crisis?_

    ante una emergencia en que tu vida está en juego_ ¿qué prevalece?, ¿el código ético, de héroe? habría que preguntarle al Capitán del Crucero Costa “concordia”_ paradójico!!! claro, del otro lado en una cómoda situación es fácil dar instrucciones, habrá que estar bajo esa gorra.

    libertad + expresión =___ libertad de represión(agrego)puesto que la agresión de una u otra forma reprime al otro.
    hoy depende de cada quien como la entienda, tendrá múltiples visiones, desde su propia experiencia y formación.

    pero muchas personas de una verdadera humildad, son quienes más callan y menos hablan, más actúan en pro del bien común, por ende en contra de la individualidad.

    tengo la sensación que la individualidad, la ausencia del comunitarismo nos vuelve a los humanos menos sensibles, indolentes ante situaciones ajenas, mofarse de lo más mínimo y si no me toca, no me interesa.

    (como escribió alguien por ahí)

    el hombre es el único animal que:
    “beber sin tener sed”; “comer sin tener hambre”; “hablar sin tener nada que decir”.

    Saludos desde Chile, tierra de Araucanos.

  8. No se respeta la dignidad de las personas. Una cosa es libertad de expresion y otra libertad de agresion. No se debe agredir a nadie. Y el que lo hace lo tednria que pagar. Pero, como se dice en el texto, la impunidad es total.

  9. Acabo de leer en un libro de Eduardo Punset que hacen falta cinco elogios para borrar un insulto. Sin embargo los insultos están a la orden del día

  10. Absolutamente cierto lo que expresa Pepa Banderas. Fallan todos los resortes en nuestra sociedad, desde la clase política hasta el seno familiar. ¿Cómo se pueden formar ciudadanos cívicos si es la propia sociedad la que ofrece una imagen de sí misma donde los valores éticos parecen haberse difuminado hasta dejar de existir? Estamos habituados a que aquél que más fuerte grite, parece llevar la razón, en una sociedad que nunca ofrece valores solidarios, sino todo lo contrario, competitividad feroz donde lo importante es ganar, sobre todo dinero. Los movimientos de los indignados, por toda la geografía española e internacional creo que nos ha deslumbrado a todos porque ofrece aquello que ya parecia imposible vislumbrar en una estructura ciudada, un proyecto común, una misma voz, una ausencia de intereses materiales sustituida por un deseo común, un conjunto de ideales: una mejor sociedad, una mejor clase política. Y lo mejor de todo: esas docenas de personas que luchan ante la puerta de un edificio para impedir que una víctima de la crisis sea desalojada de su casa. Una víctima a la que aplasta la justicia y el poder económico: es indiferente su estado de salud, su edad avanzada y que haya niños lactantes con dicha persona. Es la mayor perversión del sistema que se puede concebir, con el visto bueno de jueces, fiscales y clase política. Y los bancos, por supuesto, los dueños de la estructura socioeconómica, los que realmente mandan. Se trata no sólo de que cambiemos personalmente todos y cada uno de nosotros: para con las personas que nos rodean, para con nuestra familia. Dedicarnos más tiempo. Hablar, comunicarnos, construir proyectos comunes. Se trata también de que cambiemos la sociedad de la que formamos parte, con ejemplo constante, con solidaridad, pero sobre todo sensibilidad. Gracias.

  11. CADA QUIEN DA LO QUE TIENE…más comentarios, más opiniones, deseos de que haya mas Farmarinas o más personas amables, recuerdos de lo pasado fue mejor”…
    A mi no me gusta la gente que grita, ni siquiera cuando escribe! Le dejo un escrito de un comediante argentino Tato Bores, mis respetos y admiración, que tenga excelente semana!

    La culpa de todo la tiene el ministro de Economía, dijo uno. ¡No señor! dijo el ministro de Economía mientras buscaba un mango debajo del zócalo. La culpa de todo la tienen los evasores.

    ¡Mentiras! dijeron los evasores mientras cobraban el 50 por ciento en negro y el otro 50 por ciento también en negro. La culpa de todo la tienen los que nos quieren matar con tanto impuesto.
    ¡Falso! dijeron los de la DGI mientras preparaban un nuevo impuesto al estornudo. La culpa de todo la tiene la patria contratista; ellos se llevaron toda la guita.
    ¡Pero, por favor…! dijo un empresario de la patria contratista mientras cobraba peaje a la entrada de las escuelas públicas. La culpa de todo la tienen los de la patria financiera.
    ¡Calumnias! dijo un banquero mientras depositaba a su madre a siete días. La culpa de todo la tienen los corruptos que no tienen moral.
    ¡Se equivoca! dijo un corrupto mientras vendía a cien dólares un libro que se llamaba “Haga su propio curro” pero que, en realidad, sólo contenía páginas en blanco. La culpa de todo la tiene la burocracia que hace aumentar el gasto público.
    ¡No es cierto! dijo un empleado público mientas con una mano se rascaba el Ombligo y con la otra el trasero. La culpa de todo la tienen los políticos que prometen una cosa para nosotros y hacen otra para ellos.
    ¡Eso es pura maldad! dijo un diputado mientras preguntaba dónde quedaba el edificio del Congreso. La culpa de todo la tienen los dueños de la tierra que no nos dejaron nada.
    ¡Patrañas! dijo un terrateniente mientras contaba hectáreas, vacas, ovejas, peones y recordaba antiguos viajes a Francia y añoraba el placer de tirar manteca al techo. La culpa de todo la tienen los comunistas.
    ¡Perversos! dijeron los del politburó local mientras bajaban línea para elaborar el duelo. La culpa de todo la tiene la guerrilla trotskista.
    ¡Verso! dijo un guerrillero mientras armaba un coche-bomba para salvar a la humanidad. La culpa de todo la tienen los fascistas.
    ¡Malvados! dijo un fascista mientras quemaba una parva de libros juntamente con el librero. La culpa de todo la tienen los judíos.
    ¡Racistas! dijo un sionista mientras miraba torcido a un coreano del Once. La culpa de todo la tienen los curas que siempre se meten en lo que no les importa.
    ¡Blasfemia! dijo un obispo mientras fabricaba ojos de agujas como para que pasaran diez camellos al trote. La culpa de todo la tienen los científicos que creen en el Big Bang y no en Dios.
    ¡Error! dijo un científico mientras diseñaba una bomba capaz de matar más gente en menos tiempo con menos ruido y mucho más barata. La culpa de todo la tienen los padres que no educan a sus hijos.

    ¡Infamia! dijo un padre mientras trataba de recordar cuántos hijos tenía exactamente. La culpa de todo la tienen los ladrones que no nos dejan vivir.
    ¡Me ofenden! dijo un ladrón mientras arrebataba una cadenita a una jubilada y, de paso, la tiraba debajo del tren. La culpa de todo la tienen los policías que tienen el gatillo fácil y la pizza abundante.
    ¡Minga! dijo un policía mientras primero tiraba y después preguntaba. La culpa de todo la tiene la Justicia que permite que los delincuentes entren por una puerta y salgan por la otra.
    ¡Desacato! dijo un juez mientras cosía pacientemente un expediente de más de quinientas fojas que luego, a la noche, volvería a descoser. La culpa de todo la tienen los militares que siempre se creyeron los dueños de la verdad y los salvadores de la patria.
    ¡Negativo! dijo un coronel mientras ordenaba a su asistente que fuera preparando buen tiempo para el fin de semana. La culpa de todo la tienen los jóvenes de pelo largo.
    ¡Ustedes están del coco! dijo un joven mientras pedía explicaciones de por qué para ingresar a la facultad había que saber leer y escribir. La culpa de todo la tienen los ancianos por dejarnos el país que nos dejaron.
    ¡Embusteros! dijo un señor mayor mientras pregonaba que para volver a las viejas buenas épocas nada mejor que una buena guerra mundial. La culpa de todo la tienen los periodistas porque junto con la noticia aprovechan para contrabandear ideas y negocios propios.
    ¡Censura! dijo un periodista mientras, con los dedos cruzados, rezaba por la violación y el asesinato nuestro de cada día. La culpa de todo la tiene el imperialismo Yankee.
    That´s not true! (¡Eso no es cierto!) dijo un imperialista mientras cargaba en su barco un trozo de territorio con su subsuelo, su espacio aéreo y su gente incluida. The ones to blame are the sepoy, that allowed us to take even the cat (la culpa la tienen los cipayos que nos permitieron llevarnos hasta el gato).

    ¡Infundios! dijo un cipayo mientras marcaba en un plano las provincias más rentables. La culpa de todo la tiene Magoya.
    ¡Ridículo! dijo Magoya acostumbrado a estas situaciones. La culpa de todo la tiene Montoto.
    ¡Cobardes! dijo Montoto que de esto también sabía un montón. La culpa de todo la tiene la gente como vos por escribir boludeces.
    ¡Paren la mano! dije yo mientras me protegía detrás de un buzón. Yo sé quién tiene la culpa de todo. La culpa de todo la tiene El Otro.
    ¡El Otro siempre tiene la culpa!
    ¡Eso, eso! exclamaron todos a coro. El señor tiene razón: la culpa de todo la tiene El Otro.
    Dicho lo cual, después de gritar un rato, romper algunas vidrieras y/o pagar alguna solicitada, y/o concurrir a algún programa de opinión en televisión (de acuerdo con cada estilo), nos marchamos a nuestras casas por ser ya la hora de cenar y porque el culpable ya había sido descubierto. Mientras nos íbamos no podíamos dejar de pensar: ¡Qué flor de Hijo de put… que resultó ser El Otro…!

  12. Me quedo con esta perla de Pepa Banderas:

    <>

    Cuando gritamos, cuando hacemos gestos de desprecio, cuando somos prepotentes… no podemos escuchar a nadie, ni siquiera a nosotras mismas; estamos sacando nuestra realidad profunda, nuestras frustraciones más inconscientes. Ser consciente de que muchas veces no respondemos a la realidad inmediata, sino a la representación que de ella tenemos, y que esa representación puede estar sesgada, es el primer paso para poder hacer cambios de forma y actitud. Es muy difícil, es una lucha interna personal grande para quien la aborde, pero es un trabajo totalmente necesario para poder cambiar algo fuera de nuestra persona, para poder encarar un cambio social.
    Y el día que seamos capaces de entregar un ramo de rosas a cambio de la basura que nos han dado, y lo hagamos sin querer demostrar nada ni dar ninguna lección, ese día empezaremos a cambiar realmente cosas en nuestra vida y en la de las personas que nos rodean.

    Saludos y gracias por vuestros interesantes mensajes.

  13. El insulto suele provocar que haya otro insulto. Ese es un problema muy grande: que se genere una espiral en la que uno insulta, el otro contestar con otro insulto mayor, y así sucesivamente. Lo mejor sería no iniciar esa dinámica pero, cuando ya ha empezado, conviene saber pararla. De lo contrario no haremos más que poner agresión sobre agresión. En el relato del artículo, es fácil imaginar que el agresor no volvió a mandar otra caja con basura. Las rosas fueron una respuesta que rompió la cadena de los agravios.

  14. Insultar es un deporte de moda. Hay programas en la televisión que se vaciarían de contenido si se iliminasen las agresiones, los insultos y los gritos. Eso no es libertad de expresión.No todo se debe permitir. Lo malo es que las audiencias de estos programas son millonarias. ¿Por dónde se rompe el círculo vicioso? Si no los viera nadie, desaparecerían de la parrilla.

  15. El problema de la poesía es su exclusiva existencia en el terreno de la lírica. Y nunca fueron buenos tiempos para la misma. Me parecen muy bien las rosas, como metáfora de la ética ciudadana, pero nada se consigue con ello.Simple broza. Debemos convertirnos en ciudadanos activos del cambio: estar allí, donde las injusticias se cometen, impidiendo por ejemplo el más vil de los deshucios. Estar allí donde otros cientos de ciudadanos manifiestan su malestar con esta estructura social inventada por nuestros políticos y los bancos. Estar allí e intervenir, ante cualquier acción que los poderes fácticos intenten para aplastar a un ciudadano. Ahí están, aunque sea con golpes en la cabeza, las verdaderas rosas de la solidaridad. Ya no es tiempo de poesía, es tiempo de hechos.

  16. El insulto y el siguiente paso, la agresión física in dican la debilidad del insultante o atacante frente a su interlocutor, o su falta de argumentos que se tapa a fuerza de gritos y de insultos.
    Imponerse por la violencia es propio de personas débiles, temerosas. El insulto no aporta nada positivo, sólo rebaja al que lo ejerce. Si examinamos los insultos que se dirigen los políticos a sus oponentes, veremos la ausencia de argumentos y el intento de desprestigiar o socavar el buen hacer del otro para conseguir un rédito político con votos de la gente que está al nivel chavacano del insultante. Qué triste me parece que nuestros representantes de la Patria estén arriba llevando una mochila bien cargada de insultos e improperios a sus oponentes políticos.
    En el comentario de Miguel Ángel titulado “Yo también voto a las izquierdas” nos dice como va la mochila del que hoy es nuestro Presidente. ¡Qué lástima!
    Si que hay programas, películas que que acuden a esas bajezas. Lo malo es que les funciona, tienen audiencia.
    Yo me quedo con el hermoso final de la historia que nos ha traído Miguel Ángel: “Cada uno ofrece lo que lleva dentro”.
    Saludos a todos.

  17. Simplemente precioso y magistral, máxime viniendo de las manos de Miguel Ángel. Gracias por todo lo que nos aporta a tantos necesitados de su sabiduría. Un saludo.

  18. Los comportamientos que los niños y jóvenes ven en televisión se convierten en un modelo a imitar. Así aprende la chabacanería, la insolencia y la agresividad. Lo que luego se les dice en la escuela y en la familia queda relegado a un segndo plano.

  19. Si hubiese más personas que repartiesen rosas en lugar de insultos el mundo sería más habitable.
    Cada uno tiene que preguntarse cómo está hsciendo el lugar en que vive; más hermoso o más repugnante.

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