El mono Federico

8 Abr

chimpance.jpg Algunas veces los educadores, los padres y madres y los políticos (entre otros agentes benefactores) ponen especial empeño en adivinar cuál es el interés de sus alumnos, hijos y súbditos respectivamente. Para ayudar a sus protegidos o beneficiarios deciden sin consulta previa y sin duda alguna qué es lo que les hace falta, lo que más necesitan o lo que más les gusta. Ni por asomo se les ocurre pensar que pueden estar equivocados y que son los interesados quienes de verdad saben lo que les importa.
Estos agentes suelen utilizar frecuentemente la expresión “por su bien” para justificar su comportamiento unilateral, pretencioso, paternalista o autoritario. “Por su bien” imponen unas decisiones, premian comportamientos o hacen concesiones y regalos.
Esa tendencia a etiquetar como “menores de edad” a las personas, a considerarlas incapaces de saber lo que quieren, necesitan y desean es un error de la educación y una perversión de la política. Utiliza Holderlin al respecto una hermosa y profunda metáfora: “Los educadores forman a sus educandos como los océanos forman a los continentes: retirándose”. No es fácil. La tentación es anegarlos, es decir pensar por ellos, decidir por ellos, actuar en lugar de ellos.
El problema reside en que no siempre aciertan en esa suposición, sea por ingenuidad, sea por despiste, sea por pura perversión. Resulta curioso que, en ocasiones, el esfuerzo que hacen resulte estéril o, incluso, perjudicial.
Lo voy a explicar con una historia. Alguien ha dicho que la distancia más corta entre una persona y la verdad es un cuento. No sé si será muy cierta la afirmación. Por si acaso, voy a expresar esa idea a través de una curiosa historia que he leído recientemente en el libro ‘La ecología emocional’, historia que trascribo libremente.
Se cuenta que una señora argentina va a comprar dos pasajes de primera clase para un viaje de Buenos Aires a Madrid. En el transcurso de la conversación el empleado de la agencia se dio cuenta de que el acompañante de la señora era un mono. La compañía se opuso a que viajase en el avión un mono y no aceptó el argumento de la mujer de que si ella pagaba podía decidir con quién viajar, a dónde y cómo. Aun así la señora, que tenía mucha influencia, consiguió gracias a la recomendación de un directivo de la compañía, que se aceptase que el mono pudiera viajar en una caja especial cubierta con una lona, en la zona de azafatas del avión, en lugar de hacerlo en la bodega del avión con los equipajes facturados.
De mala gana la mujer aceptó, de modo que llegó al avión con una jaula cubierta por una lona que llevaba el nombre bordado de Federico. Ella misma se ocupó de que quedara bien instalada y se despidió del mono tocando la lona y diciendo:
– Pronto estaremos en tu tierra, Federico, tal y como le prometí a Joaquín.
A mitad del largo viaje una azafata tuvo la ocurrencia de dar un plátano y agua al mono y, al levantar la lona, se dio cuenta de que el animal estaba muerto, tendido en el suelo de la jaula. Rápidamente avisó a los compañeros quienes, consternados, sabiendo las elevadas influencias de la señora, llamaron a la base para explicar el suceso y pedir instrucciones. Se les dice que es preciso que la señora no se dé cuenta de nada, puesto que sus puestos de trabajo peligrarían.
– Tenemos una idea, –les dicen– haced una foto del mono y enviadla por fax al aeropuerto de Barajas y nosotros daremos instrucciones para reemplazar al simio por otro idéntico tan pronto como aterricéis.
El personal lo hizo al pie de la letra. Al llegar a Madrid tuvo lugar la sustitución. Compararon la foto del mono con el sustituto y después de algunos retoques dejaron al simio dentro de la jaula y se llevaron el cadáver de Federico. Al bajar del avión la señora reclamó impaciente la jaula al sobrecargo.
– Aquí tiene el mono, señora.
– Ay, Federico, finalmente estamos en tu tierra…, dice la mujer levantando la lona. Y añade, estupefacta:
– Pero…¡si éste no es Federico!
– ¿Cómo que no es Federico? ¿No ve, señora, que es su mono?.
– De ninguna manera, éste no es Federico.
– Señora, todos los monos son iguales. ¿Cómo sabe que no es Federico?
– Muy sencillo, porque Federico… estaba muerto.
La mujer llevaba al mono a enterrar a España porque se lo había prometido a su marido, Joaquín, antes de que éste muriera.
Dar por supuesto el deseo, la necesidad, el interés y el gusto de los demás lleva a pintorescas, tristes y, a veces, dramáticas situaciones. Conduce también a esfuerzos baldíos y a comportamientos abusivos. El interesado sabe en qué consiste su bien. Pensar que al hacerlo se equivoca y que los demás lo conocemos mejor y somos más sabios y más honestos que él mismo, lleva a cometer errores como el de los miembros de la tripulación de nuestra historia. La sobreprotección es una actitud dañina y egoísta que impide que el otro sea él mismo y crezca con libertad. La sobreprotección, paradójicamente, es destructiva y anuladora. Satisface a quien la practica, pero anula y destruye a quien la recibe. Hay que tener cuidado con el mono Federico.