Ranas de charco

27 Ago

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En estas fechas veraniegas muchas personas se imponen la obligación de viajar. Así de claro: una obligación. Nadie que se precie se queda tranquilo en su casa descansando. Hay que moverse. Hay que recorrer el mundo. Además: hay que contar a familiares y amigos qué lugares maravillosos se han visitado. Porque se viaja para viajar y, más aún, para decir que se ha viajado (¿Queréis ver las fotos del viaje que hemos hecho a Turquía?).
Viajar debería ser, por encima de todo, una diversión. Una recreación de la mente y un ejercicio de las emociones. Ya sé que se trata de una actividad que exige tiempo y dinero. No considero envidiables esos viajes que dejan a las personas extenuadas y que les exigen visitar las maravillas de la naturaleza o del arte, casi sin bajarse del autobús.
Se pueden aprender muchas cosas viajando. Depende de la forma en que se viaje. Hay quien llega hasta Tailandia y se va a comer a un McDonalds. O se encierra en el hotel para jugar una partidas de cartas con los colegas de viaje. Y vuelve sin saber comentar nada más que ha contemplado maravillosos paisajes.
El viaje tiene una vertiente antropológica de extraordinario potencial. Acercarse a otras culturas, tratar de entenderlas y conseguir respetarlas es un aprendizaje indispensable. Hay más, esa sensación de sentirse ciudadano del mundo, de ver que las fronteras son ‘las cicatrices de la tierra’, de superar el mezquino concepto de patria, es muy saludable en tiempos de furibundos nacionalismos.
Los viajes nos han hecho descubrir que hay muchas formas diferentes de ver la vida y de vivirla. “Los viajes enseñan la tolerancia”, decía Benjamin Disraeli. Para que esto suceda no hay que viajar como una maleta o como un revisor de billetes de tren. Hay que patear caminos, sumergirse en la cultura, hablar con la gente. Los viajes nos han hecho relativizar nuestras creencias, actitudes y costumbres. Decía Chesterton: “Viajar es comprender que estabas equivocado”.
Los primeros antropólogos descubrieron que muchas costumbres que se atribuían al sexo de las personas no eran más que productos culturales. Hay culturas en las que las mujeres se dedican a tareas del campo y los hombres a los trabajos domésticos. Descubrieron también que las creencias religiosas impregnaban la explicación de la vida y del mundo. Y que sólo desde un teocentrismo injustificado se destruían ‘ídolos’ ajenos mientras se consideraba un sacrilegio la destrucción de los propios.
Educar los ojos para ver. Tener la mente despierta para analizar. Mantener el corazón abierto para compartir. Tener la mano dispuesta para narrar lo que se ha visto y vivido. Esas son las exigencias del viajero. Los innumerables libros de viajes han permitido a otros, de forma sedentaria, recorrer el mudo y sentir emociones insospechadas.
Las bellezas incomparables del mundo educan nuestra sensibilidad. La incultura nos impide conocer y saborear. Nos deja insensibles ante paisajes, monumentos, esculturas, pinturas, músicas o costumbres.
Hay un viaje por la propia ciudad que resulta imprescindible. Transitar por sus calles, visitar sus riquezas culturales, conocer a sus gentes, sumergirse en sus costumbres es un primer paso importante. Hay quien se desvive por conocer la muralla china pero no ha visitado La Alcazaba. Alguien me contaba que una persona octogenaria de la ciudad de Iguazú no conocía las cataratas que casi tocaba con la mano.
Cuentan que visitó Granada una persona que nunca había salido de su pequeño pueblo. Al regreso le preguntaron por las coas que había visto. En el exhaustivo repaso no faltó la pregunta esencial.
“¿Visitaste La Alhambra? ¿Qué te pareció?” La respuesta no tiene desperdicio. Con un gesto un tanto despectivo el viajero contestó:
“¡Bueno, como todas las Alhambras!”
Una sentencia del Panchatantra dice que “la persona que no viaja y no visita en toda su extensión la Tierra, llena de una infinidad de maravillas, es un rana de charco”. La rana en el pozo no conoce más que aquello que la rodea, cree que todo el mundo se reduce a su charco.
Las agencias de viajes se han convertido hoy en día en expendidurías de felicidad. Te ayudan a programar un viaje, te brindan sus experiencias, sus conocimientos y sus enlaces con cualquier punto del mundo. Es necesario saber elegir una buena agencia que te ayude a conseguir lo que pretendes. No es buena aquella que te sustituye, que te ofrece todo empaquetado y que te impide decidir y pensar. No es buena la que no está integrada por buenos profesionales. es pésima aquella que te roba y te engaña.
Viajar con otros es un ejercicio extraordinario de convivencia. Hay que tomar decisiones compartidas, hay que saber ceder y saber sugerir. Hay que acomodarse al ritmo que impone el grupo y, al mismo tiempo, no dejar de ser uno mismo para sentirse bien y disfrutar.
Las fotos de los viajes nos devuelven a los lugares que hemos recorrido y nos ayudan a revivir emociones que han tenido lugar a miles de kilómetros. Son nuestra memoria externa. Muchos recuerdos se han avivado bajo el soplo de unas fotografías o de unas películas que habíamos olvidado.
No me puedo olvidar al hacer estas reflexiones de todas aquellas personas (un número inmenso de seres humanos) que no han tenido la posibilidad de salir de su lugar de nacimiento, que no han podido desplazarse ni siquiera unos kilómetros por enfermedad, pobreza o ignorancia. Tampoco olvidaré a quienes han viajado en busca de la libertad, exilados o represaliados por poderes dictatoriales que actúan con inadmisible brutalidad. Personas que han recorrido el mundo huyendo de sus perseguidores. Y menos de aquellos que se ven obligados a emprender un viaje a la desesperada en busca de una vida más digna o, sencillamente, de la vida. Me refiero aquí a los inmigrantes que se meten (o, mejor dicho, que son engañados y timados para que se metan) en una patera que nunca se sabe si está hecha de vida o de muerte, de esperanza o de terror.
Una mirada miope nos hace pensar que todas las personas tienen las mismas condiciones de vida que nosotros, las mismas costumbres, los mismos deseos, idénticas aspiraciones. Quienes podemos viajar por diversión o, incluso, por trabajo, somos realmente afortunados.

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