Compartir la fiesta

20 Ago

Somos muy dados los articulistas a elegir temas centrados en problemas, catástrofes, conflictos, errores, deficiencias y necesidades. En todo ello hay una parte de exigencia y de denuncia. Me parece bien. Pero el ser humano no está hecho sólo de desdicha, conflicto y dolor. La alegría nos hace sentirnos vivos y disfrutar de las personas y de las cosas. Hay que explorar también en aquellos elementos positivos de los que surge la felicidad. Está terminando la Feria de Málaga. La Feria muere. ¡Viva la Feria!
Quiero hablar del sentido de la fiesta, a mi juicio, un fenómeno social cargado de valores en todas las culturas. (No siempre, claro está. Hay que poner fin entre nosotros, por ejemplo, a los espectáculos cargados de crueldad con los animales. Arrojar una cabra desde un campanario, cortar el cuello a pollos en competiciones brutales, ahogar a un toro en el mar u otras similares no son expresiones culturales sino restos de actitudes salvajes, muestras de inconcebible barbarie… ). La fiesta, decía, puede ser un excelente oportunidad para desarrollar valores ¿Qué valores?

Creatividad. La fiesta aviva nuestra creatividad. Aunque esté asentada en tradiciones que hunden sus raíces en tiempos remotos. Siempre es posible idear nuevas actividades, crear nuevos espacios de diversión, organizar sugerentes experiencias compartidas…

Convivencia. La fiesta es un excelente espacio para el encuentro, para la relación con amigos, para la convivencia festiva. Uno de los encuentros más gozosos es el de adultos y niños compartiendo espacios y tiempos que los pequeños difícilmente olvidarán. Chicos y chicas se encuentran en la danza, el canto y el baile. Muchas amistades han nacido, fraguado y crecido en los lúdicos espacios de la fiesta. Se calcula en seis millones el número de visitantes de la Feria de Málaga. La Feria es una ocasión magnífica para la práctica de la hospitalidad y del intercambio. Para que la ciudad sea más cosmopolita.

Diversión. La fiesta supone un cambio respecto al trabajo. Divertirse, literalmente, es hacer lo diverso, lo distinto, lo inhabitual. Hemos sido educados para el trabajo pero no para el ocio. Nos han preparado para resistir la frustración y el dolor, no para saber disfrutar de la fiesta y de la vida.

Participación. No hay fiesta si no se participa. La participación tiene muchas fases y grados. Conviene participar en su preparación, en su desarrollo y luego en su evaluación, para que las próximas fiestas sean mejores.

Responsabilidad. El ejercicio de la libertad conlleva el desarrollo de la responsabilidad. Cuando tenemos por delante la posibilidad de actuar libremente podemos actuar como gamberros o como personas civilizadas. Dejar limpios los recintos, no molestar a los otros, no llegar tarde a los espectáculos…

Superación. Organizar una Feria mejor que la del año anterior, en la que se superen las deficiencias (¿es demasiado larga, hay quien la padece porque le priva de libertad y comodidad, se genera demasiada suciedad.?…) y se incorporen iniciativas originales es un reto que hay que afrontar cada año. Para ello hay que preguntar, hay que pensar, hay que esforzarse, hay que hacer autocrítica y ser sensible a las críticas de los ciudadanos..
Me preocupa el disfrute y la seguridad de los niños en el fiesta. Una fiesta organizada para los niños es una fiesta que pueden vivir todos. En una fiesta para adultos no pueden estar los niños. “Queremos jugar gratis” le decía un niño al pedagogo italiano Francesco Tonucci cuando éste le preguntaba cómo le gustaría que fuese su ciudad.
Hay personas que no saben divertirse. Hoscas y antipáticas, parece que les moleste la alegría y el disfrute de los demás. Se quedan en casa o, ponen tierra de por medio y se van. Allá ellos. Están en su derecho. A mí me gusta ver las calles llenas de gente, comprobar que se democratiza el placer, que lo que antes estaba al alcance unos pocos, ahora pueden disfrutarlo muchos más.
Hay mucha insistencia en la educación para el mundo del trabajo, pero poca para el disfrute del ocio. Como si saber disfrutar fuese una capacidad que se adquiere por generación espontánea.
En los años que fui director de un colegio, el claustro de profesores puso mucho empeño en trabajar la dimensión lúdica. Las fiestas eran un espacio importante para el aprendizaje. Algunos padres creían que los niños estaban perdiendo el tiempo. Les insistíamos en que no era así. Hay muchas aulas ocultas en la fiesta. En ellas se aprenden muchas cosas importantes para la vida: a respetar, a participar, a compartir, a expresarse, a escuchar, a bailar, a relacionarse, a dejarlo todo limpio…
Una niña llamada Carolina Quesada describía así en la Revista Recortes sus sensaciones después de vivir las fiestas que habíamos organizado. “Todo en fiestas es maravilloso; estoy cerca de mis amigos y al profesor le veo más que como a un superior como a otro amigo. En las fiestas todos nos volvemos más niños y nuestra mente está llena de fantasías. Todo lleno de confetis y serpentinas parecía un mundo fantástico, un mundo de felicidad y fantasía”.
Al revivir la experiencia recuerdo de forma viva precisamente esos momentos de actividad festiva: el patio que los bomberos habían llenado de espuma, las calles pintadas por los niños, los desfiles, las atracciones, la música, el humor, el cine, el teatro, las competiciones…
Decía un profesor en una evaluación que hicimos de aquella experiencia quince años después de haber participado en ella: “Las clases tenían una dimensión distinta, lo mismo que las actividades complementarias, los cursillos, los gabinetes, los tiempos de ocio… y las fiestas. Las fiestas como expresión del gozo de compartir una tarea que se revelaba, día a día, como apasionante” (José María Múgica).
Creo que los centros escolares se han ido reduciendo al espacio estricto del aprendizaje de las disciplinas perdiendo unas magníficas oportunidades de organizar aprendizajes sustantivos. Una de ellas son las fiestas.
Las fiestas cuestan dinero. Un sentido pragmático de la realidad nos haría pensar que ese gasto es derroche ya que hay necesidades tan apremiantes como la enfermedad, el hambre o la ignorancia. El ser humano tiene otro tipo de necesidades que deben ser atendidas en una democracia. Una de ellas es la de divertirse de forma organizada y compartida. Sin despilfarros, eso sí.
Roger–Pol Droit es investigador en filosofía del Centro Nacional de Investigación Científica de París. Hace unos años escribió un curioso libro titulado ‘101 experiencias de filosofía cotidiana’. Una de ellas se titula ‘Divertirse como loco’. Termina así: “En el horizonte está ese punto donde todo, absolutamente todo, se vuelve en cierto modo risible: la existencia, la muerte, la humanidad, el amor, el universo, las hormigas, la escritura, el dinero, los trabajos, los cuerpos, el pensamiento, la política. Entre otras cosas. Sin olvidar la risa misma, la diversión, los locos”.

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