1 año, 8 meses y 13 días

19 Mar

Hace un año, ocho meses y trece días que le conozco. La primera vez que nos vimos fue una mezcla de aturdimiento y de responsabilidad abrumadoras. No parecía que la especie llevase sus 150.000 años viviendo lo mismo que yo aquel 6 de julio de 2018. Todo el mundo siente la inmensidad de ese momento como si fuera el único en el cosmos que tiene un hijo. Las cosas verdaderamente importantes son universales. Unas suceden a todo el mundo y otras a una inmensa mayoría. La muerte, el amor, la enfermedad, la amistad, el dolor, el miedo la paternidad o la orfandad. No hay logro profesional, lectura, película u obra de arte que iguale el impacto de lo verdaderamente importante. Ahora dicen que hay que realizarse. Yo sé que mi realización está en ese grupo de cosas universales. Aunque nunca me he sentido a medio hacer, la verdad.

De que eres padre te vas dando cuenta poco a poco. Van pasando las horas y te da miedo que tenga calor, que tenga frío, te preocupas porque está amarillo, blanco o rojo. Las primeras semanas incluso lo mueves un poco para ver si está vivo cuando la quietud es excesiva. Le pondrías encima una cúpula del material del capó del Coche Fantástico. En su defecto estás tú. Cuando llegan de visita a conocer al bebé los típicos padres veteranos y cogen al niño con ligereza, lo tocan sin lavarse las manos o hacen ruido en exceso, también descubres que eres un potencial homicida. Con los meses te das cuenta de que tenían razón. Pero no solo hay que pensar en el crío cuando uno va al hospital cargado de su experiencia de padre múltiple en la jungla, también hay que pensar en los primerizos y su salud cardiovascular.

Cuando tienes un hijo descubres que hay un dolor y un sufrimiento que te duele y te hace sufrir más que el tuyo. Sabes que no eres gran cosa, pero sabes que ahora eres capaz de hacer grandes cosas. Se van desenredando las respuestas a muchas de las preguntas que te hacías antes de: ¿le querré? ¿me caerá bien? ¿será guapo? ¿feo? ¿podré seguir viendo cine? ¿podré salir a comer? ¿tendré tiempo de ir de copas con mis amigos? ¿seguiré haciendo deporte? Y la respuesta a esas preguntas nunca llega porque se te olvidan todas ellas. A veces incluso te da la sensación de que has perdido algo de tiempo por no haberlo hecho antes. Es una sensación engañosa porque entonces no sería él, sería otro. Y yo solo lo quiero a él.

Él tenía cuatro meses cuando pasamos dos días en la UCI. Hasta entonces yo no sabía que había sido feliz. Me juré que desde entonces esas jornadas serían la medida de todas las cosas. Un problema solo es grave si supera el miedo y el dolor que produce la visión de tu hijo con cables y chupones en el pecho y un bracito entablillado para poder tener una cogida vía.

Hace un año, ocho meses y trece días que debo tener cuidado cuando veo las noticias porque he perdido grosor en la epidermis. El mundo te parece más bonito pero también más cruel. Hace un año, ocho meses y trece días que comencé a entender la desesperación de Arthur Conan Doyle y por qué creía en hadas, en espíritus y en lo que hiciera falta para no asimilar que no iba a volver a ver a Alleyne Kingsley, el hijo que le robó una neumonía. Entendí el repentino miedo a morir que escribió Gistau,  por eso deseo que no se enterase cuando se adelantó su hora.

Hace un año, ocho meses y trece días que me importo menos y que mi mujer es, además, la madre de mi hijo. No hay un grado mayor porque ahora sé que es la persona que más le importa a él.

Hoy no tendría dudas si me dieran a elegir entre realizarme profesionalmente cerca o lejos de mi hijo. Una de esas preguntas hipotéticas que me hacía antes. Si alguien te plantea esa elección y alejarte de los tuyos no es para destruir un meteorito que se acerca a la Tierra peligrosamente, ya no dudas.

Hoy soy más valiente con todo lo demás porque me doy menos importancia, sé que tengo la obligación de cuidarme, pero nunca pensé que el miedo a morir vendría por el bien de otro.

Hace un año, ocho meses y trece días que quiero más a mis padres. Que me hace más ilusión la Navidad. Que acumulo comics y películas que no son para mí, una especie de ajuar de felicidad para un niño que con su vida ha hecho mucho mejor la mía. Asumo además que tal vez no le interesen nunca. Hoy es mi segundo día del padre ejerciendo. Él se llama Hernán y tiene un año, ocho meses y trece días.

La medida Ponsatí

16 Mar

Clara Ponsatí ha gastado una bromita en Twitter sobre los muertos a causa del coronavirus en Madrid. Ha dicho que de Madrid al Cielo. En el imaginario nacionalista, Madrid es toda España. Puigdemont la ha retuiteado. No es nada nuevo. Ellos siempre han sido así. El nacionalismo se basa en la exclusión, no en la unión. En el odio y el miedo, no en tramas de afectos o alegrías. Quiere usurpar derechos, no crearlos.

En España los políticos nacionalistas nunca han estado a la altura de las circunstancias cuando estas han tornado graves. Solo hay que leer las memorias de diversos miembros del Gobierno de la República para saber que lo que hacen hoy Ponsatí, Puigdemont o Torra troleando el Estado de Alarma, es una larga tradición en los políticos nacionalistas. Voy a tener que dar la razón a los políticos secesionistas en una cosa, hay un hecho diferencial en ellos: la traición permanente.

Pero esta vez encuentro utilidad en la bilis de estos tipos. Son una medida inversa. Un barómetro de grandeza. La virtud de un país se puede medir por lo que supure en su contra Ponsatí. España genera 10.000 Ponsatíes. España es un paraíso. Ponsatí, por ejemplo, en Corea del Norte permanece estable.

Estaba pensando ayer por la tarde en la hez de Ponsatí cuando ha empezado un ruido fuera. Era el aplauso de las ocho. He salido al balcón. Yo vivo en una zona elevada y tengo a la vista muchos balcones algo alejados. Me saludaban personas que no conocía, es más, no nos veíamos las caras con claridad. He devuelto el saludo. Aplaudido. He escuchado los vítores de los demás a los sanitarios y he vuelto a entrar con una buena sensación al interior. Me había olvidado por completo de Ponsatí y su odio. Ha sido al volverlo a ver en las noticias cuando he recordado lo de esta tipa.

Es normal que Ponsatí no quiera ser parte de los españoles. Los españoles son esos sanitarios que hoy se dejan la piel, jugándose el tipo, para vencer al virus. Son los militares, policías y guardias civiles que velan por la no propagación de la enfermedad en las calles. Los españoles son los empleados de los supermercados que garantizarán junto a los transportistas y distribuidores que haya de todo para todos, los de las empresas de servicios básicos, de electricidad, de aguas que cuidan que todo vaya bien. Son los funcionarios de prisiones que vigilan el bienestar de los presos. Los empleados públicos que gestionan una situación inédita. Los españoles son esos que utilizan el humor en las redes sociales para afrontar de la forma más inteligente una situación seria. Son esos que aplauden a quienes les cuidan. Son los periodistas que nos mantienen informados frente a bulos y cenizos. Son los que a través de la radio acompañan a quien vive este confinamiento en solitario. Los españoles son quienes una vez vencido el virus seguirán unidos para afrontar las consecuencias económicas de este periodo. Esos que han dejado las calles desiertas porque se lo han pedido. Son quienes en estos días duros inventarán la forma de llevarlo mejor y darán momentos inolvidables para el futuro. Los españoles son quienes no pierden el ánimo y la esperanza y que saben que el optimismo es un arma muy eficaz ante las situaciones excepcionales. Los españoles son esa gente generosa que ha ido a dar sangre en masa a la primera llamada. Son esa estirpe noble y buena de la que es normal que cualquier xenófobo, racista o nacionalista quiera salir porque está fuera de lugar.

Que Ponsatí no quiera ser de los nuestros es buena señal.

El salvoconducto

26 Sep

En La tentación de la inocencia Pascal Bruckner señala una serie de conductas y actitudes que se dan en el mundo globalizado.

Con todo el planeta interconectado en una maraña de relaciones digitales, donde surgen millones de parejas, amistades o negocios en el gran café virtual, en un mundo en el que es habitual que las vacaciones sean en las antípodas de uno, se teje una gran red. Enorme, pero una red. En este ecosistema, el hombre-masa de Ortega se siente poca cosa y eleva un grito que lo haga especial. Un clamor que viene a decir en palabras de Bruckner: “¡Libéranos de los demás!, ¡Libérame de mí mismo!”.

La libertad es una conquista lenta y de siglos. Uno no sabe lo importante que es hasta que la pierde. Pero también hay quienes están muy incómodos con la libertad como principio fundamental de una sociedad. La mayor aportación de Erich Fromm al pensamiento político y social es señalar el abismo al que se asoma alguien cuando es responsable absoluto de su vida y decisiones.

Para colmo, las democracias modernas, a la carga de regir timón de nuestras vidas, han sumado la igualdad ante la ley. Libres e iguales todos, el asustado liberto tiene ahora que generar una posición ventajosa frente al resto. Es un mecanismo de supervivencia ante el pavor de tener que sobrevivir en libertad e igualdad de condiciones. ¿Cómo conseguir ser acreedor de todos los demás?

En primer lugar y en palabras de Bruckner se convierte en mártir autoproclamado. El sujeto es acreedor de todos por un mal que ha sufrido en el pasado que genera una deuda que debe ser compensada. Estos mártires cuando identifican una causa común se agrupan. Eso sí, se genera una competencia interna sobre quién ha sufrido más. Una especie de competición de pavos reales en que las plumas son las cicatrices de los latigazos. Cicatrices producto del maquillaje.

En España tenemos una fauna extensa y variopinta de víctimas milenarias sobrevenidas. El espécimen más común es el nacionalista.

El nacionalista cree que tiene un derecho primigenio a la diferencia. Y lo consigue. El nacionalista – no sólo en España – es un mártir autoproclamado que justifica su virulencia de hoy en el pasado. En un pasado normalmente inventado o tergiversado.

Los nacionalistas en España se proclaman mártires por dos vías principales: la convivencia carnal con el pasado y la opresión que los constriñe en el presente.

En el primer caso los nacionalistas basan sus reclamaciones en daños pretéritos que flotan en el ambiente y que ellos inhalan. Sea convirtiendo la guerra europea de Sucesión en un agravio contra Cataluña o la estirpe racial perdida de un RH que te convierte en hijo del Basajaun, el yeti vasco. Porque si no existe ese pasado, se inventa.

Lo importante es situarse en posición acreedora frente a los demás.

– No soy igual que tú porque en 1714 cañonearon Barcelona.

No importa que quien te lo diga sea de Jaén, que la guerra fuera de sucesión y no de secesión, europea y no local, que este asalto se debiera a una traición y posterior cambio de bando negociado con los ingleses o que el héroe de los independentistas luchara “…a fin de derramar gloriosamente su sangre y su vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España.”

Existen centenares de ejemplos de un pasado inventado orientado a la extracción del privilegio.

La segunda táctica atañe a tergiversar el presente. Por ejemplo, tras el intento de golpe del 1 de octubre en Cataluña y los enfrentamientos con las fuerzas de seguridad, Jordi Sánchez, presidente de la ANC afirmó que no había un balance de heridos así desde la Segunda Guerra Mundial. Les da igual banalizar 50 millones de muertos. Afirman ser víctimas de un genocidio. No importa convertir al término en caricatura. No importan las víctimas de verdad de los genocidas. No importa nada, su ansia por ser diferentes y acreedores nuestros, todo lo valen. Todo será utilizado y retorcido por su causa. Por su narcisismo de la diferencia.

Es impresionante el éxito de la propaganda secesionista frente a la verdad de los hechos. Sus afirmaciones son menos confrontadas que las de otros. Sus desvaríos han sido históricamente mirados con candor. Es que se sienten así y los sentimientos políticos son sagrados. Aunque tengan la sentimental necesidad de despojarte de tus derechos. Porque son víctimas.

Pero una víctima tiene que serlo de algo. Este éxito que tantos frutos y privilegios ha proporcionado a los nacionalistas periféricos precisa de un Adversario. Una entidad que sea promotora de tanto daño y sufrimiento. Un origen de todos los males que los hacen víctimas. Un concepto, una palabra que sea el salvoconducto para justificar cualquier cosa. Una idea lo suficientemente grande pero indefensa: España.

El éxito del nacionalismo ha precisado de cooperadores necesarios a lo largo de las décadas. Unos por acceder al poder y otros porque creen que España es un invento de derechas, han confraternizado con los mártires autoproclamados. Les han mimado y permitido toda excentricidad. Cuando un mandatario cede derechos y privilegios a una minoría de sus administrados, necesita una coartada que camufle que se hace por el sillón. Y esta coartada es asumir como cierto el gravamen supuestamente cometido contra estas víctimas por España.

España les roba, les oprime, les impide emprender ese vuelo que intentan alzar desde siglos atrás.

El gran problema es que hasta hoy, por irresponsabilidad, por utilitarismo y por egoísmo, no ha importado trocear la soberanía y la ley para saciar con privilegios la deuda ficticia de los mártires autoproclamados. El problema es que cualquier barbaridad cometida en nombre de los agravios sufridos por estas víctimas Jesmar es atenuada. Si cortan autopistas, se empatiza, es por el daño que les hizo el franquismo. Si atacan a quienes denuncian este gran montaje victimista, es que estos nuevos viven de la confrontación. Si espían a los niños en las escuelas para ver qué idioma hablan, se niega y se colabora a ridiculizar la denuncia, para que los denunciantes sepan que son ellos los inadaptados. La cuestión es que los encuentran con bombas y para el Gobierno, ya será menos.

Por todo esto, los muertos a manos del nacionalismo son menos muertos. Y sobre sus tumbas homenajean a sus verdugos. 

 

Banderas de nuestros hijos

23 Ene

La razón principal de mi actividad política es frenar al nacionalismo. Cualquiera que muestre un mínimo de interés por la historia de España y de Europa, sabe que es la amenaza constante que pende sobre nuestros derechos y libertades.

Ha traído dos guerras mundiales al siglo pasado y centenares de conflictos regionales, segando demasiados millones de vidas.

Stefan Zweig

Stefan Zweig, al inicio de El Mundo de Ayer, describe perfectamente la pulsión ¡hasta feliz! que llevó a Europa a la Primera Guerra Mundial. La nación romántica, el canto poético a las armas y el odio al otro, quebraron una paz que muchos creían inquebrantable.

Yo he basado gran parte de mi actividad política en hacer frente a los nacionalismos secesionistas que padecemos los españoles desde hace décadas.

A nadie se le escapa que una parte importante del debate político se da en las redes sociales. Luego de lo que en ellas sucede, se hacen eco muchos medios de comunicación.

Mi experiencia con los activistas en redes de Esquerra o de Convergencia (que es el nombre que subyace tras todas las mutaciones) define bien la pulsión primigenia que mueve al secesionista.

Una dialéctica amigo-enemigo, en la que lo que pretenden es borrarte, amordazarte, echando mano al insulto o a la amenaza en centenares de ocasiones. No hay un término medio, no puedes ser sólo un desconocido, o un vecino al que saludas de cuando en cuando. O estás con el derecho a la secesión o eres el enemigo a batir.

En Cataluña son bien conocidos los deseos de expulsión de líderes políticos no nacionalistas. A Inés Arrimadas, que ganó las elecciones en Cataluña, le dicen que se “vuelva a Andalucía” cada vez que hace mella en las filas de los secesionistas, que son muchas.

La estelada es una bandera usada contra los españoles, especialmente contra los catalanes no nacionalistas. Es una bandera que tiene su origen en la cubana precisamente por la independencia de la isla que otrora fuera española. Es una bandera que nunca representará un proyecto común porque es una bandera que se alza contra más de la mitad de sus pretendidos representados y contra sus derechos. Una bandera que surge de la ruptura y del odio es casi un oxímoron. Las banderas de verdad simbolizan los derechos y libertades de un país, así como la vida en comunidad de sus individuos.

Lo que no me había pasado hasta hace pocos días, ayer con especial ímpetu, es que se pretendiera utilizar mi bandera y mi historia contra mí, la bandera y la historia común de los españoles, utilizada por españoles contra españoles.

Fue en twitter, donde critiqué el hecho de que el líder de Vox usase un viva España para camuflar que desconocía las respuestas a algunas preguntas que le hacían en un foro. Se puede estar de acuerdo o no con mi reproche. Incluso en si un líder político debe o no tener claras las posturas a adoptar en todos los asuntos del Estado. Pero no fue eso lo contestado por los voceros.

Me llamaron mal español, afrancesado, masón. De imbécil para arriba opté por el bloqueo. Tonos amenazantes e insultos más que excesivos a Ciudadanos. Usaban contra mí la bandera de España acompañando esos tuits. Como la mayoría de los que insultan tienen un nivel de compromiso limitado, lo hacen con nicks, embozados en un nombre ficticio.

Lo curioso es que me atacaban tipos “llamados” Hernando de Acuña, Hernán Cortés o Don Pelayo, con imágenes en el perfil de personajes como Bernardo de Gálvez o Blas de Lezo. En fin, todos esos nombres a cuyo estudio, difusión y memoria he dedicado – y dedico – gran parte de mi vida. Gálvez, por cierto, llevaba en su ejército a centenares de españoles americanos cuando asaltó por sorpresa Pensacola, dato para los esencialistas.

La afrenta, la amenaza y el insulto no me preocupan lo más mínimo. Si algo sé detectar, es la cobardía. Y estos, fuera de la masa y el anonimato, no son nada.

Lo que me preocupa es el daño que pueden hacer al trabajo realizado: somos muchos los que estamos peleando contra la leyenda negra que los holandeses y los ingleses crearon en su propaganda contra España en siglos pasados y que tanto arraigo ha tenido en arquetipos que se sostienen a día de hoy.

No creo que sea bueno que brutitos y voceros usen la historia de todos contra quienes no piensan como ellos. Es cierto que la mayoría hace esto de forma inconsciente, puesto que entienden el debate como algo similar a ir a lanzar petardos a ver si con el ruido, consiguen confundir, pero hacen daño a esos nombres tan importantes en nuestra historia con su intento de asociarlos a la excrecencia que representan.

No voy a quedarme callado mientras pretenden usar la bandera de España para amordazarme. Esa bandera que fue de nuestros padres y será de nuestros hijos, debe tratarse con el decoro y la representación que ostenta. Yo conozco y me reconozco en mi bandera. Por eso jamás la usaré contra un compatriota. Se llame Pablo Iglesias, Gabriel Rufián, Pedro Sánchez, Pablo Casado o Santiago Abascal. Ellos son tan españoles como yo. No existe una gradación de españolidad. No se es más español a caballo o a pie. De izquierdas o de derechas. Es español hasta quien no quiere serlo. Ser español es una circunstancia afortunada que hay que ostentar con alegría. Es mejor nacer aquí que en la gran mayoría de países de la Tierra. Es más, a mí no se me ocurre un sitio mejor. Tendría que ir a la ciencia ficción o a la fantasía.

Ser español es ser libre y tener un amplísimo abanico de derechos. Por eso un español no debe usar la españolidad como arma contra nadie.

Yo soy consciente de que una de las cosas que ya tiene mi hijo, es la bandera de España. Ya más por él que por mí, no voy a permanecer impasible mientras quieren quitarme el derecho a ser escuchado usándola como telón. Lanzando contra mí mi bandera. Si quieren, que hagan como los secesionistas e inventen una, por ejemplo con un gorrito persa, por eso de los patrocinios.

Estos voceros, como españoles que son, deberían seguir el mandamiento legal de respeto a los símbolos que son de todos. No son un arma arrojadiza.

Que sean conscientes de la grandeza de su patria, que no la ensucien con sus prejuicios y fobias, porque la bandera de España es tan grande que da cobijo hasta a quienes no creen en ella.

 

MLK

6 Oct

Quim Torra, presidente de la Generalitat y jefe de los escuadrones vestidos de arlequines que asedian la libertad en Cataluña, recibió hace unas semanas una comunicación en la que se le pedía que dejase de citar a Martin Luther King.

Se trataba del Instituto Martin Luther King. Pedían al hiperventilado mandatario que dejase de usar al héroe luchador por los derechos civiles. No hace falta pensar mucho en un porqué. Pero que un racista cite a MLK que empleó su vida en combatir el racismo está feo. Poco después el Instituto MLK recibió las amenazas de los escuadrones internautas del secesionismo y prefirieron evitar la polémica.

Las raíces del nacionalismo catalán y vasco se hunden en el racismo, en boga en el siglo XIX. Luego, por eso de que perdió punch y que en nombre de esa doctrina se exterminó a millones de personas, sustituyeron el gen por el idioma. Pero sólo en superficie. Por eso en cuanto se calientan un poco, saltan con la doctrina de los orígenes. Gispert, exvicepresidenta del Parlamento de Cataluña, por tercera vez ha dicho a la líder de la oposición y ganadora de las elecciones catalanas, Inés Arrimadas, que se “vuelva a su tierra” haciendo referencia al origen andaluz de la portavoz de Ciudadanos. Por eso Torra escribía sobre las bestias y sus taras, hermanando por cierto lengua y raza. Y por eso Jordi Pujol nos dedicó a los andaluces algunas monerías bien conocidas. Pero Torra cita a MLK y le da igual.

Pero no son sólo los corruptos de Convergencia y sus evoluciones los que creen venir de Agartha. Esquerra tiene sus perlas estupendas: «en América, los negros tienen un coeficiente inferior al de los blancos», «se debería esterilizar a los débiles mentales de origen genético». Estas frases se deben a Heribert Barrera, presidente del Parlamento de Cataluña e histórico mandatario de ERC. Los portavoces de ERC usan también a MLK. A Esquerra la verdad le da igual.

Pero no es sólo MLK el profanado por el nacionalismo catalán. El mismo Torra apareció en público con una foto de Churchill. ¡Sir Winston! El primer ministro británico y vencedor de la 2ª Guerra Mundial. Churchill cuya mayor gesta fue frenar el nacionalismo en Europa. Churchill que consideraba el Parlamento Inglés suelo sagrado, mientras Torra cierra y retuerce el catalán. Churchill que respetó, al contrario que Torra, la ley y la democracia a riesgo incluso de que los pactistas, los apaciguadores le ganasen la partida y firmasen la paz con Hitler, abandonando Europa en manos de los nazis. Sir Winston, que habría hecho frente a los Torras y aledaños que pudieran surgir en Inglaterra.

Puestos a tergiversar figuras y extender la mentira a la memoria de los grandes, Torrent, actual presidente nacionalista del Parlamento de Cataluña, ha dicho en varias ocasiones ser admirador de Stefan Zweig. Una cita del genial autor austrohúngaro: “Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”. Zweig se suicidó por culpa del nacionalismo y clamando en su carta de despedida por Europa como patria. Pero eso a Torrent le da igual.

A los nacionalistas les da igual pervertir la memoria o el pensamiento de quien haga falta. Pero a veces van más allá en su miseria moral. Los nacionalistas en su necesidad de victimización, tienen que demonizar a quienes les hacen frente.

Es bien sabido que los secesionistas catalanes son parte de esa tribu urbana que algunos vienen a llamar los ofendiditos. Precisan sentirse ultrajados permanentemente. Pero decirse violentados por demócratas que piden que se cumpla la ley es complejo. Por eso llaman fascistas – nos lo gritan en el Congreso permanentemente a los miembros de Ciudadanos – a quienes les hacen frente. No les importa banalizar el término. No les importa igualarse ellos a las víctimas del fascismo. Quienes han sufrido en campos de concentración, a quienes fusilaron, violaron, expoliaron o ahorcaron los fascistas, se ponen al servicio del nacionalismo. Qué más da jugar con su memoria y dolor.

Con esta actitud están ejerciendo lo que Pascal Bruckner explica perfectamente en La Tentación de la Inocencia: están vaciando el término. Usan vilmente el dolor de otros y pintan sus pancartas con sangre ajena.

Pero al nacionalismo le da igual. Luther King, Churchill, Zweig o las víctimas del fascismo, han de estar todos al serivicio de la gran farsa. Una farsa destinada a perder, porque cuando el nacionalismo asoma por Occidente, siempre hay Martin Luther Kings, Churchills, Zweigs y millones de ciudadanos defensores de la libertad dispuestos a hacerle frente.