Nuestro papel

26 Abr

Ayer recibí cuatro cartas de amor. En papel como las de antaño. Fue una experiencia muy emotiva, porque el cielo gris de esta primavera, que vino pareciéndose tanto al otoño, le ponía a la escena un acento becqueriano o ceciliano como aquello del nueve de noviembre con el ramito de violetas.

Lo que pude leer al extraer las hojas de los sobres fue realmente conmovedor. En aquellas líneas se expresaba una ternura infinita. Quienes redactaron tales textos decían estar muy preocupados por mí y guiar todos sus esfuerzos hacia mi felicidad.

Aquello parecía amor, amor del verdadero, pues los remitentes me llamaban por mi nombre y me decían estimada. Igual lo que me decían, me lo podrían también haber dicho por internet y hubiera sido más ecológico, pero el marketing que es psicología aplicada al mercado está por buscar en el consumidor la fibra sensible y a ello va, cueste lo que cueste.

Si los afectos de los particulares ya nos llegan con postales virtuales por email o por las redes sociales, nunca nos faltarán en el buzón las declaraciones de amor de las entidades bancarias o las propagandas políticas. Esto invita a una reflexión; será que algún poder hay en el papel cuando los que mandan o pretenden mandar apuestan por él.

El papel. Este fin de semana el papel tendrá su máximo protagonismo. El resultado de las elecciones generales dependerá de lo que dictaminen unas papeletas. Éste es, sin duda, nuestro papel. Quienes pretendan nuestros favores han debido currarse el cortejo, aunque, tal vez, a estas alturas, ya no baste con las cartas amorosas o las fotos fotogénicas.

Tal vez, pues esos recursos han dejado de funcionar con los desengañados ciudadanos, lo que habrían de enviarles por correo son los programas. Apuesto a que un buen programa, sintetizado y en papel- con sus definidos apartados en negrita; educación, sanidad, empleo, cultura, pensiones… -mueve más las voluntades de los electores que unas cuantas frases de cumplido o la visualización de un debate que termina por convertirse en cuadrilátero.

La lectura es en papel y no en pantalla. Los expertos en competencias digitales aseguran que el límite de palabras que un usuario lee en su ordenador o su móvil es de 245. Se trata de un dato alarmante, pues si nuestra dosis de lectura está limitada, también, por ende, lo estará nuestra dosis de información, nuestro pensamiento y nuestro juicio crítico.

La cuestión no creo que esté en reducir los textos para adaptarse al público sino en crear textos seductores, independientemente de la longitud. El público lector no es perezoso. Cada tomo de las trilogías que se pusieron de moda; Millennium, Las sombras de Grey, etc,  tenían alrededor de 600 páginas y fueron devoradas por millones de personas. Por supuesto, en papel.

Si se pone en duda la calidad de estas novelas ha de ser por otras causas que por su longitud. Si la longitud es contraria al valor de una narración, bailarían en la cuerda las obras de Tolstoi y Dostoievski y Balzac y Proust, entre otros muchos.

Cierto es que, desde las redes sociales, se lee y se escribe más que nunca ¿pero en qué condiciones? La impaciencia digital- mal ya diagnosticado- impide que se lean más de cinco líneas y, por ende, la falta de lectura amplia y correcta da lugar a que los usuarios escriban textos plagados de fallos gramaticales y faltas de ortografía.

Decía nuestro Manuel Alcántara, autor de referencia en la actual Feria del Libro, que en nuestros tiempos ya no hay el alarmante índice de analfabetismo que hubo entre los años 20 y 30 del siglo pasado y, sin embargo, hay muchos analfabetos que saben leer y escribir.

Si el índice de lectura, digamos serias y completas, es bajo, no podemos culpar a «una mayoría ignorante» como si fuésemos una raza superior, encumbrada en una torre de marfil.

Hay que comprender que ciertas jornadas laborales de tropescientas horas dan de sí, al llegar exhaustos a la noche, sólo con un ratito de tele antes de caer rendidos en el sofá. Las condiciones de trabajo tienen que mejorar para que el ocio sea accesible a todos y puedan disfrutar de tantas posibilidades como ofrece la cultura, que no tiene que ser un coto para clases preferentes.

El tiempo libre, por otra parte, es un privilegio para los solventes, pero para los parados es una condena; es muy difícil que quien está a pique del desahucio e igual ya ni siquiera cobra el paro se haga acólito de las artes y piense en algo más que luchar por la supervivencia.

El escritor, que en muchas ocasiones es aliado de estas miserias, debe entender que antes de criticar la desidia de sus lectores posibles- o imposibles- ha de contribuir a crear las condiciones para que los lectores, por lo menos, puedan serlo.

Es mi postura, claro, yo creo más en la literatura del compromiso que en la del virtuosismo, que no quiere decir bajar la calidad, sino concluir una obra con la satisfacción de haber hecho algo útil. Igual nos dejamos la piel año tras año sin conseguirlo, pero el simple hecho de intentarlo vale la pena. Seré una ilusa y, sin embargo, es ésta la única ilusión que me anima a seguir escribiendo.

Terra levis

29 Nov

Siempre que leo un texto que me conmueve y compruebo que su autora o su autor sigue con vida, hago lo posible y casi lo imposible por conocerlo en persona. No puedo resistirme a la tentación de establecer un contacto con alguien que expresa pensamientos y sentimientos cercanos o idénticos a los míos; procurarme su amistad y tener la ocasión de entablar charlas con las que solazarme y enriquecerme. En muchas ocasiones, he tenido que sobreponerme a mi lacerante timidez para lograrlo y, aún así, no siempre lo he conseguido. Sin embargo, me doy por satisfecha de todas estas tentativas, por esas otras veces en las que sí obtuve respuesta, fuese positiva o negativa. Hay que comprender que el escritor es el alter ego valiente de un tímido que se vale del texto escrito para superar una carencia de habilidades sociales, por lo cual puede resultar hosco ante las presencias físicas y mostrarse a la defensiva con más púas que el erizo. Lo que se interpreta como antipatía, es en la mayoría de los casos, sólo miedo; miedo incluso a decepcionar al admirador, más susceptible de decepción cuanto más ferviente.

Hay que ser muy valiente para afrontar con éxito a quien te contempla más como ideal que como humano. Viéndolo así, se podría considerar que un escritor simpático en su trato con un desconocido es casi un milagro, por eso, cuando esto ocurre, te sientes beneficiado por la fortuna. Y ocurre. Tirando de osadía, yo he encontrado amigos entre los escritores, por lo que doy por muy bien invertido el esfuerzo, que ha sido mucho en mi caso.

Con Carmen Martínez Oroz, sin embargo, la relación se estableció de un modo más distendido desde el principio, porque no la había leído antes de conocerla, o sea, que primero conocí a la persona y luego a la escritora. Esto ayudó, sin duda. El encuentro fue en la cafetería-librería La Qarmita de Granada, donde presentó su primera novela, «Tu amor, mi enfermedad» y debo decir que lo conservo entre mis más gratas experiencias. En su manera de expresarse, delataba un carisma y un halo de humanidad, más allá de todo parangón. En realidad, fue Pablo quien me sugirió ir a conocerla, después de ver anunciada su presentación, y también él quien me animó a que le hablase, cuando acabó el acto. No hay que olvidar que un buen compañero para una escritora tímida- lo que suele ser una redundancia- es su mejor aliado. Valga esto también para Miguel, el compañero de Carmen, quien una vez que nos saludamos, propuso que nos intercambiásemos los libros, las direcciones y los teléfonos.

-Tenéis que apoyaros entre vosotras- dijo.

Fue un modo de expresar en voz alta, lo que nosotras en silencio ya habíamos pactado con un cruce de miradas. Nos habíamos caído bien desde el primer momento.

Al día siguiente, comencé a leer su novela y aquel primer sentimiento de empatía se confirmó y creció hasta llegar a la última página, lo que lamenté muchísimo, porque aquella trama, más que leerse, se vivía como se vive en un hogar confortable y acogedor. Algo que sólo se consigue cuando se escribe con el corazón y desde la más palpable honestidad. En Carmen no hay desdoblamiento entre persona y escritora. Nunca finge y eso lo pude comprobar después de varios encuentros en su casa apacible y apartada en pleno campo de las afueras de Vejer de la Frontera, donde cultivaba su amor a la naturaleza, a la lectura, la escritura y la docencia ¿cómo no íbamos a ser amigas?

Ya entonces planeaba su segunda novela, en la que invirtió la dedicación propia de su natural perfeccionista. Su afán es la calidad, por encima de la cantidad; mide, sopesa, valora, sin que la pasión con la que escribe pueda malograrle la exactitud y pureza en la expresión, que es la característica de una sencillez muy trabajada ¿habrá que decir que ser diáfano sin descuidar el lenguaje es mucho más difícil que ser críptico y oscuro?

Pues ese equilibrio difícil logra «Terra levis», la segunda obra de Martínez Oroz, que hoy presento en Málaga (Librería Proteo, 19.30h)  con la garantía y el orgullo de ofrecer una obra tan legible y válida para los iniciados como para los eruditos. La trama no carece de intriga, pues presenta un crimen y tiene logrados tintes de novela negra, si bien esto es para mí un pretexto para analizar la complejidad de la sociedad y las relaciones familiares en pleno siglo XXI y también su fragilidad, «Sit tibi terra levis» es un epitafio clásico que se dedica a un difunto, aunque no sólo eso, pues más allá de la literalidad nos advierte de lo resbaladizo que es el terreno que pisamos, tan asomado siempre al abismo.

A San Paulino, una remota aldea del Finis Terrae (adviértase también el topónimo apocalíptico) acuden los prófugos tras el fracaso de sus experiencias vitales para hallar la paz, ignorando que es en esos lugares pequeños y remotos donde más fácilmente se desencadenan las pasiones violentas. El mal puede aflorar en cualquier persona con un arma de fuego a la mano, dice Amparo, maestra rural y uno de los personajes de la novela, que acoge en su casa a Antonia, la protagonista, quien busca un lugar para la reflexión, después de dar por zanjado su matrimonio de más de tres décadas y procurar asumir que su hijo de treinta años, Iván, a causa de su educación sobreprotectora, se precipita a un futuro sin rumbo, alternando su precario trabajo de camarero con una incierta vocación artística que le lleva de participar en «payasos sin fronteras» al teatro de terapia.

Esta novela continúa el episodio protagonizado por las mujeres de «Tu amor, mi enfermedad», que vivieron el activismo revolucionario en la universidad en plena agonía del dictador y les toca luego asistir al desencanto. Sus ideales se han hecho añicos como sus familias y sus amores de juventud, pero intentan salir del naufragio con cierta dignidad en un paraíso particular, amenazado por la codicia de los constructores y sobresaltado por los disparos de los cazadores furtivos, donde se sobrevive al paro con el tráfico de droga que llega navegando por el estrecho en concurso con las pateras de inmigrantes y se da la difícil convivencia entre autóctonos y hippies. San Paulino es, en fin, un microcosmos que da cabida a todas las lacras de la sociedad actual; un espacio ideal pero no para la paz, sino para la zozobra, que nos servirá para analizar las grietas alarmantes que presenta nuestro actual sistema.

«Terra levis» no es sólo una novela más, es la novela adecuada en el momento justo. Si la leéis, me daréis la razón.

Volver a lo nuestro

23 Nov

Parece que se acabaron las generaciones de las Yésicas y los Yonatanes. Hoy, estando en una zapatería, ha entrado una orgullosa madre con carrito doble de bebés, tripulado por dos esplendidos mellizos de mejillas rosadas y rollitos en las piernas. Son mi Pepe y mi Lola, declara pletórica y, como primeriza entusiasta, no pierde ocasión de cantarnos las excelencias de sus vástagos: Pepito es más rubito y claro de piel, sin embargo, Lolita es muy flamenca, morena y de pelo negro y rizado. Le hago a la niña una mueca y me responde con una sonrisa que no le cabe en la cara. Si digo que es bonita, me quedo corta.

En fin, Lola y Pepe. He abogado durante muchos años porque regresen nuestros nombres de siempre y, al final, mi deseo se ha cumplido, pero hay más. Cuando cruzo la calle Compás de la Victoria, encuentro un bar nuevo que suplanta a la antigua hamburguesería. En su pizarra recomienda a tiza; croquetas de puchero, cazón en adobo y magro con tomate. No hay duda; los niños ahora se llaman Lola y Pepe y el cazón en adobo destierra a la hamburguesa. Saturados de la globalización, hemos vuelto a lo nuestro. Cierran burguers y pizzerías y, en su lugar, abren marisquerías que se petan de clientes autóctonos y extranjeros, ávidos de boquerones en vinagre, conchas finas, cañaillas, búsanos y mejillones, que ya estaba bien de mozzarella fundida y carne picada…mejor así, muchísimo mejor. Nos estábamos hartando de viajar a lugares diferentes, donde todo era lo mismo y de que nuestro país se diluyera en igual homogeneidad. Viva la diferencia en todos los idiomas y vivan los idiomas diferentes, más allá del inglés americano. Hemos vuelto a ver la luz, la luz mediterránea y la hemos preferido a los sótanos eléctricos del centro comercial. Más valen los mercadillos al aire libre que las grandes superficies comerciales. Tal vez nos han abierto los ojos los turistas; esos que vienen aquí a disfrutar de lo que no tienen en su tierra, donde en invierno el sol se pone a las tres de la tarde. Así ha sido. Nos hemos dicho, si ellos gozan de lo nuestro, ¿por qué no lo gozamos nosotros? ¿A qué viene sumergirse en la oscuridad si afuera hay un sol radiante? ¿Para qué comer su comida basura cuando ellos vienen a solazarse con nuestras cosas ricas?

Hemos vivido en el engaño, creyendo por complejo que en sus países gozaban más, pero cuando los vemos venir a recrearse en nuestro medio, empezamos a valorarlo. Igual tendríamos que haber llegado por nosotros mismos a esta conclusión, pero nos falló la autoestima y sólo ahora que los encontramos en hordas invasoras por las calles o planeando jubilaciones en pueblos y ciudades de nuestro entorno, se nos ocurre que si prefieren lo nuestro a lo suyo, es porque tal vez lo nuestro es mejor.

Sin duda, hemos sido algo idiotas, pero nunca es tarde para recapacitar. Si quisimos su oscuridad, ahora nos sobra. Ya no. No queremos ser góticos, mientras ellos brindan en nuestras terrazas al calorcete del mediodía. Si alguna vez nos fascinaron los psicópatas que poblaban sus novelas policiacas, ahora nos epatan. Una revolución se ha creado frente a esas morbosas tramas nórdicas, donde el placer estaba proscrito, donde la voluptuosidad no llegaba más allá que a contar los detalles de una autopsia. Esa reacción ha sido la novela negra mediterránea. En ella la protagonista no es la psicopatía, sino la pasión y tanto los detectives o comisarios como los criminales son pasionales. El matar o investigar los crímenes en estas novelas es secundario, lo importante es su experiencia personal y cotidiana; amar, beber y disfrutar con la comida, como enseñó Pepe Carvalho en las novelas de Vázquez Montalbán, al que le salieron algunas secuelas: el Fabio Montale de Jean Claude Izzo, el Kostas Jaritos de Márkaris y el Salvo Montalbano de Andrea Camilleri. Precisamente, en esta semana, se está celebrando el VI Seminario sobre la obra de Camilleri en nuestra ciudad, patrocinado por la Universidad de Málaga, la Universidad de Cagliari y la embajada de Italia en Madrid y coordinado por Giovanni Caprara, donde se analiza esta novela negra mediterránea, que se sirve de las tramas propias del  género negro para denunciar lacras sociales; la corrupción política, las mafias, el crimen organizado, la inmigración, la prostitución, el tráfico de drogas, etc…O sea, sus autores han utilizado el engranaje de la novela policiaca para hacer novela social y por eso merecen mi admiración. Y no sólo por eso, sino también porque se han rebelado contra los intimidatorios movimientos de globalización. Cada cual de estos detectives o comisarios defiende las costumbres y usos de su tierra; Jaritos es Atenas, Montale, Marsella, Montalbano, Sicilia. Viajar en sus aventuras es interesarse por la idiosincrasia de sus escenarios, tan importantes o más que los casos delictivos que plantean. Ya hay rutas turísticas organizadas por los lugares donde viven y actúan los personajes. Sus lectores quieren dormir donde ellos duermen, comer donde ellos comen, nadar donde ellos nadan y contemplar las puestas de sol que ellos contemplan. Y, entre esos lectores, estoy yo, quien no veo la hora de culminar tales rutas.

Algún día, espero que no muy remoto, me gustaría que esa ruta pudiera hacerse por los lugares reseñados en «La confesión nefanda del asesino improbable», también presente en el mencionado Seminario, de la mano de Enrique Baena, catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura comparada de la Universidad de Málaga.

Mi novela tiene todos los componentes de la novela negra mediterránea, sin embargo el mar está poco presente, pues la Alta Axarquía tiene vistas a la sierra. No, por ello, debe ser olvidada, pues la belleza de su entorno natural merece muchas visitas, igual que su gastronomía. Muchos extranjeros que han decidido vivir allí, después de su jubilación, podrían hablar sobre esto ¿Nos lo vamos a perder nosotros?

Canallas y mangurrinos

17 Jul

Se reconoce al humorista porque tiene una cualidad innata que no lo abandona ni en los momentos más trágicos. Muñoz Seca, clara muestra de ello, dijo ante el pelotón de fusilamiento; «Podéis quitarme la hacienda, mis tierras, mi riqueza, podéis quitarme- como vais a hacer- la vida, pero hay una cosa que no me podéis quitar y es el miedo que tengo».

Enrique Gallud Jardiel, que es heredero natural de este humor muñozsequiano -igual que el del jardeliano por cuestión de sangre- hace también humor de las vicisitudes existenciales en este libro «Canallas y mangurrinos» y lo hace en una variedad admirable de registros y géneros; desde la pieza teatral en un acto (o actito) a la prosa neologista, el ensayo, el relato, el romance y las décimas de Marcial, lo cual es de veras prodigioso, si se tiene en cuenta que el poeta de Bílbilis no podía conocer este metro inventado por Vicente Espinel en el siglo XVI, pero los personajes de este libro, como el epigramista, quien en dichas decimas denuncia la desigualdad del reparto de riqueza a manos de políticos corruptos y banqueros con un tono bastante actual, viajan al futuro con soltura, como el propio Gallud lo hace al pasado para entrevistarlos, que tiene ya mérito, tratándose de Goya, quien, por su consabida tacañería, no le ofrece ni un vaso de agua del grifo, muy necesaria en todo caso porque el pintor está sordo como una tapia y la garganta se reseca al alzar la voz de continuo.

Los aragoneses, presentes en otros libros de Gallud; tercos, francos y espontáneos, ampliarán su nómina con nombres como el de Agustina de Aragón, azote de ejércitos franceses, el Rey Ramiro el Monje, asesino de diseño que hizo con los nobles rebeldes una bonita campana y el baturro de Calanda que nos cuenta con inefable eficacia el contenido de la película «El perro andaluz» de su paisano Buñuel, donde, según dice, salen muy bonicas las pesadillas que tuvo el cineasta por cenar una ensaladilla de pimientos, pero el perro no sale (advierte).

La historia de España, como no podía ser menos, tan llena de mangurrinos, sirve de gran inspiración a este libro, donde destacarán los validos de los Austrias menores; el Duque de Lerma, que se pulió los dineros de la Corona en fraudes inmobiliarios como la corte de Valladolid y el Conde-Duque de Olivares, mangante también, además de prepotente, y tocado con la fortuna de hallar un rey más bobalicón que manipular, «Felipe IV, el Rey Pasmado», y el infortunio de tener como detractor a Quevedo, de tan gran ingenio como mala leche. A ellos se une Jacobo María del Pilar Fitz-James Stuart, Duque de Alba, que era grandísimo de España tanto por sus tropecientos títulos como por su alergia al trabajo, pues cuando se le propuso trabajar para la II República, sin pensárselo dos veces, tomó las de Villadiego.

Muy diferente fue el caso de Isabel La Católica, tan aficionada a la acción que no tenía tiempo nunca de cambiarse la camisa y por no perderse una aceptó también el proyecto de Colón, más que nada por demostrarle al mundo que montaba más que el plasta de su marido, Fernando.

Para hacer honor de sangre a tamaña bisabuela, su bisnieto, Felipe II le salió tan hiperactivo que no le faltó guerra donde mandar a los ejércitos españoles, que por entonces viajaron más que los chicos de las becas Erasmus.

Otros episodios históricos no menos inquietantes rondan estas páginas como el encuentro de Hitler con Franco en la estación de trenes de Hendaya. El Caudillo llegó con un retraso de siete minutos, puntualísimo para un español e impuntualísimo para un alemán y le pidió al Führer Gibraltar, Argelia, Camerún, petróleo, armas y ochocientas mil toneladas de trigo, pero, sobre todo, dormir la siesta, pues es lo que le pide el cuerpo a todo patriota a las tres de la tarde.

Se agradece conocer el desarrollo de tal entrevista y no menos desvelar el misterio de La sonrisa de la Gioconda y su aspecto un poquito viril, que se explica porque el gran Leonardo tomó como modelo a Piero, un aprendiz de rara boca, a falta de la susodicha quien en lugar de ir al estudio, aprovechaba ese tiempo para citarse con su amante. Su marido, el comerciante de telas que encargó el retrato, no notó la diferencia, pues, aunque celoso, era también muy miope y al resto de la humanidad, en cualquier caso, nos ha entretenido bastante el asunto.

Cosa probada también en otro episodio de esta obra es que Homero existió y llegó a estar presente en la Guerra de Troya como corresponsal, que vio a los héroes griegos y troyanos, pero no vio a Helena, pues habituada a abandonar maridos, ya se había fugado con un africano muy bien puesto, de modo que decidió no contar la verdad, más propia de vodevil que de epopeya y mintió decorosamente, como era su deber de rapsoda.

Mentir decorosa o incluso indecorosamente es lo que le queda a un escritor que pretenda la protección de la oficialidad y los laureles, por ello me temo que éste, como otros libros de Gallud, empeñado en decir verdades dolorosas, va a tener recibimiento hostil, sobre todo por parte de los fanáticos, que a pesar de no leer o precisamente por ello, se enfadan muchísimo.

Los budistas radicales -rara expresión, pero cierta, porque cuando se cabrean, la lían como todo el mundo o peor- no van a querer saber que su ídolo Buda renunció a sus riquezas y salió de su fastuoso palacio a peregrinar no por una revelación iluminadora, sino porque no soportaba a la harpía de su mujer; igual que han hecho otros vulgares seres humanos con la mala fortuna de ser hallados por Paco Lobatón.

Tampoco a Osho, el gurú hindú materialista, o a sus mangurrinos seguidores supervivientes les va a gustar que se descubran sus lucrativos trapicheos a cuenta de los esnobs espirituales.

Otra cosa es que los puritanos, tan de moda en el siglo XXI, monten en cólera por la lascivia descrita en pasajes relativos a féminas muy despendejadas como Friné, Madame du Barry y Lady Godiva.

Y que el colectivo L.G.T.B. se ofenda por digerir mal las parodias que se han hecho a su cuenta y que lo hagan también los adeptos al teólogo Hans Küng, detractores del L.G.T.B. , y por supuesto los asesores de imagen de Karlos Arguiñano, los editores de sus libros de cocina y el propio Falsarius, que va a tachar de plagio el que se recomienden conservas de tomate frito para la cocina rápida. Desde las estrellas michelín, los gastrobares y Masterchef e incluso desde Kant y Víctor Hugo (predecesores de los L.G.T.B ),  así como desde siempre, la comida es más religión que la religión misma. Cuando el hambre aprieta, el hombre es un lobo para el hombre, los mejores amigos se comen los unos a los otros y hasta Saturno devora a su hijo (por cierto, que con L.G.T.B. me refiero a la Liga de Glotones, Tragones y Bulímicos y esto aclaro porque a veces hay confusiones con siglas similares).

En definitiva, no hace falta ser un oráculo para adivinar que este libro será polémico, prohibido y malditísimo y que se retirará de todas las librerías del mundo para venderlo en el mercado negro por un pastón. En dicho probable caso, urge comprarlo ahora para que no nos timen después y también además para tener el privilegio de discutir sobre un libro maldito, después de haberlo leído, lo cual, aunque sea lo más honesto, no es, desde luego, lo más común.

Vidas de gentuza

18 May

Se entiende que el escritor en precario (valga la redundancia) haya tenido que practicar la semblanza a ricos y poderosos para comer caliente, al igual que el pintor (otro que tal baila) debió dedicarse al retrato de los susodichos con gran apuro, en muchas ocasiones, por sacarlos favorecidos. Si el retratista ha tenido que disimular verrugas, dentaduras roídas y narizotas, mejorando las fisonomías al extremo, con tal de ser pagado, el biógrafo no menos ha ocultado defectos y crímenes e inventado virtudes y hazañas por el noble propósito de sobrevivir, lo cual explica que dichas semblanzas estén llenas de medias verdades e incluso grandísimas mentiras, desde los «De viris illustribus» de Nepote a los «Claros varones de Castilla» de Hernando del Pulgar hasta llegar a nuestros días, pues un biógrafo nunca fue remunerado por ser precisamente objetivo y sacar a relucir los trapos sucios (para eso ya están las madres y las suegras, de las que ningún grande se libra, ni siquiera Nerón que tan mal llevaba las críticas que después de darle a su preceptor Séneca la cicuta, acabó con los días de su progenitora al no aguantar sus reprimendas). Por cierto, que Nerón es uno de los «biografeados» por Enrique Gallud Jardiel en «Vidas de gentuza», un volumen que cuenta la vida de los seres más repugnantes e ignominiosos de la historia (de algunos, porque, por desgracia, todos no caben ni siquiera en una enciclopedia). Como la «nivola» de Unamuno fue la contranovela, la «biografea» de Gallud es la contrabiografía o contrasemblanza, pues se ocupa de exaltar las maldades de los malvadísimos para ponerlos en el mismísimo altar de los infiernos.

Los partidarios del psicoanálisis y/o lectores de la novela «Al este del Edén», creerán que el «biografeador» se ha pasado, pues bondad y maldad son relativas, ya que, como demuestra el desarrollo de la susodicha trama, el hijo bueno, de tan bueno, llegaba a ser malo, y el hijo malo era bueno después de todo y además más divertido, con lo cual se lleva al final a la chica (lo que es creíble, pues en la película era James Dean). Como personaje era un h.p, al igual que lógicamente lo era su hermano por ser su madre madame en un prostíbulo, de ahí la mala sangre, no obstante la cosa queda explicada, porque el padre bueno se dedicaba a leerle la Biblia todas las noches a su señora, que de vez en cuando está bien, pero llega a cansar a diario y no es siempre lo que espera una esposa por las noches (cuestión que explica lo de la huida al prostíbulo, donde hallaría lo que le faltaba).

Pues bien, nos gusta Freud, nos gusta Steinbeck y, sobre todo, nos gusta James Dean, pero hay malos que son malos del todo, no tienen ninguna gracia y encima son feísimos, por eso se merecen una «biografea» bien gorda. Podríamos decir que son unos pobres «diablos» y dejarlos descansar en paz, pero quía, diablos fueron pero de pobres nada, la mayoría nadó en la abundancia y se cargó a media humanidad, por ser mandamases fueron «matamases» y al infierno no se van de rositas; ni Vlad , inspirador del personaje Drácula, que injustamente fue llamado «El empalador» pues ésta era una de sus mínimas especialidades, ya que practicaba con gran esmero también la incineración en vivo, el estrangulamiento, la castración lenta y el desollamiento en vinagre, ni Mao Tse Tung, héroe nacional como el primero, que impuso en su país una dictadura muy igualitaria, pues igual se cargaba a unos chinos que a otros con tal de que le llevasen la contraria o no leyesen el Libro Rojo, que era un tostón de su autoría, que por este método disuasorio vendió más ejemplares que «Patria» de Aramburu.

Pero si el Libro Rojo fue un martirio chino para muchos chinos durante un tiempo, las ecuaciones de segundo grado, ideadas por Diofanto de Alejandría, otro malvadísimo, han ampliado el ámbito de la tortura a nivel universal, siendo azote desde siempre para muchos bachilleres, casi todos, y, en especial, los mal avenidos de por sí con las matemáticas, legiones si se considera que una parte importante de la población le debe la vida a un fallo en los cálculos numéricos.

No obstante, aparte de Diofanto, los malvados de la historia nunca han sido grandes matemáticos, pues en cuanto el genocidio les sobrepasaba el millón de víctimas solían perder la cuenta, así le ocurrió a Leopoldo II de Bélgica, que, junto a todos los recursos naturales del Congo, casi se lleva por delante a toda su sufrida población o a Idi Amín, que llegando a la presidencia de Uganda, tras falsificar su currículum (costumbre que viene de largo), se dio a la compra de armas, ampliando la cacería humana a Kenia y Tanzania por faltarle enemigos que liquidar en tierra propia.

Pero tampoco es que estos masacradores tuviesen una gran simpatía por las letras, si se tiene en cuenta que Torquemada hacía grandes fogatas con los libros peligrosos, que para él, como para otros déspotas son casi todos, y que Iván el Terrible exilió de Rusia a los escritores, al igual que Fernando VII y cuanto tirano se precie. No se trataba de algo personal, pues lo mismo hacían con el resto de los artistas, ya que la cultura les daba bastante grima y es que a las gentes, puestas a la cultura, les da por pensar y poner en duda el poder, denunciar abusos y corruptelas y llegan a ser molestos, en plan Voltaire.

No me cabe duda de que este libro de Enrique Gallud es muy peligroso, porque utiliza el humor, que es el arma más temida por los malvados, pues, en cuanto empezamos a reírnos de ellos, dejamos de temerlos y también de obedecerlos.

«Vidas de gentuza» demuestra que la maldad no es compleja ni atractiva, sino un asunto torpe, inane y ridículo. Se trata de un manual de ética que se lee de la mejor forma, a carcajadas, y nos invita sugerente a mancharnos los dedos de tinta…

 

Manual para lectores y escritores en la Feria del Libro

27 Abr

Hoy comienza en Málaga la Feria del Libro y los escritores saltarán al ruedo de la Plaza de la Merced para ofrecer sus mercancías, que son producto de mucho trabajo aislado y solitario, pues en eso consiste más que nada el oficio de escritor, sobre todo, cuando ha elegido la narrativa como modo de expresión y ha de maquinar las tramas en su laboratorio de anacoreta, que no resiste muchas veces el ruido de la calle, si no es en esa etapa previa de observación, donde se recogen materiales para ir construyendo esa historia que luego habrá de redactarse a costa de renunciar a cenas con amigos, a paseos en esplendidas tardes de primavera, a baños de mar, a moragas y verbenas, a los morosos y despreocupados veranos, en fin, de la infancia.
Se puede comprender que la elección del verso sea una opción mucho más mediterránea. En países de clima tentador, lo suyo es salir al aire libre, provisto de un cuaderno, y atesorar versos anotados a pie de calle, en los cafés, en los parques o atraparlos mientras llegan susurrados por el rumor rizado de las olas, mientras uno pierde la mirada pensativa en el horizonte.
La narrativa, en cambio, es propia de países fríos, donde los inviernos interminables sugieren quedarse en casa. Así se entiende que Rusia sea el marco ideal para que Un Tolstoi o un Dostoievski escribieran novelas, más allá de las setecientas páginas, al amor del hogar, esquivando las nevadas intemperies.
Pero, como es el género quien lo elige a uno y no todos podemos ser poetas, por más que el clima lo aconseje en estas otras latitudes, hay que ceder a estas contraindicaciones y renunciar a las provocaciones de la bienaventurada climatología, tan acorde para la fiesta, y retirarse a la puñetera torre de marfil, como esos estudiantes empollones que se preparan los exámenes, mientras los demás se van de juerga.
Por lo demás, estar a solas, no es plato de disgusto para los escritores, esos tímidos irredentos, que hemos de comunicar por escrito lo que nos cuesta tanto hacer cara a cara. El problema es que después de la escritura del libro llega la promoción y eso sí que resulta un sobreesfuerzo para quien padece de agorafobia, para quien publica, y, sin embargo, tiene tanto miedo al público.
En las Ferias del Libro ves caras mortificadas de escritores, por naturaleza retraídos, deseando y a la vez temiendo el contacto humano. Se trata de vendedores sin vocación que se debaten entre la necesidad de vender un producto y a la vez de evaporarse y ser invisibles. El escritor no es, por lo general, un buen relaciones públicas, si lo fuese, estaría en otra empresa, sin embargo, necesita del lector pues sin él no es un ser completo; sin él, sencillamente, no tiene ningún sentido lo que hace. El escritor propone una obra cuando la escribe, pero esa obra nunca termina de ser escrita hasta que el último lector la lee. Todo esto es muy bonito en teoría, mientras el escritor es un ente y el lector otro ente medio abstracto y utópico, pero en las distancias cortas, el tema es bastante más complicado, pues ambas realidades se materializan. Tanto en un plano como en otro, la situación se puede volver muy incómoda. Como lectora, lo que he sido siempre por encima de todas las cosas, me he acobardado un montón al sentir la presencia física de un escritor que admiro a pie de caseta. El lector como el escritor suele ser tímido y no sabe qué hacer. Le da vergüenza pedirle la firma y se piensa miles de veces las palabras con las que se la va a pedir.
Al final, si uno se decide, sale lo que sale, un diálogo muy torpe entre dos tímidos irremediables:
-Hola, soy tal, me encantan sus libros- dice uno algo cagado.
-Muchas gracias- dice el escritor algo cagado también (¿qué hay que decir cuando te encuentras con un admirador para estar a la altura de una admiración que no crees merecerte?).
Lo normal es que, en estos habituales casos, el escritor resulte de tímido antipático, como engañosamente parecen todos los tímidos.
El diálogo, fluido y verdadero, se producirá en silencio cuando el lector se anime a leer la obra y, si es perspicaz, sabrá que el autor sólo es elocuente por escrito y por eso, precisamente, es escritor.
Un escritor muy simpático y locuaz es cosa rarísima y sabremos que si lo logra es porque se ha sometido a un intenso entrenamiento, pero, qué va a ser, hay que intentarlo. Yo sé, desde todos los planos, la maldición que es la timidez y todos los esfuerzos que supone superarla.
Nunca me creí capaz de hablar en público, de leer en público, de ser entrevistada para un programa de radio o ir a un plató de televisión. Pero tampoco puedo entender que un escrito valga gran cosa sin llegar a los lectores. Así, sin más, me parece un acto de onanismo gratuito.
En cuanto a las ventas, por más que propaguen fantasías ciertas revistas, nadie se hace rico por vender libros. En la literatura, como en el amor, no se trata de ganar, sino de gozar muchas veces con el sufrimiento propio como los místicos. Siempre es más feliz quien ama que quien es amado y a la fama, como está claro, se llega por otros atajos.
Quien siente la literatura como el amor se debe a las letras y, más allá de cualquier objetivo, seguirá escribiendo con y sin reconocimiento y leerá por encima de todas las cosas.

No sueñes conmigo

10 Nov

Conocí a Javier Salvago en la librería Proteo. Buscando en la sección de poesía actual, encontré un libro suyo de poesía llamado «Variaciones y reincidencias», cuyos versos me supusieron una gran revelación, ya que encerraban pensamientos que compartía de un modo muy próximo. Desde entonces lo declaré hermano del alma, sirviéndome de aquel volumen para hacer un trabajo de doctorado y fui rastreando otros libros suyos que me confirmaron en aquella primera complicidad.

Años más tarde supe que este autor era el guionista de Jesús Quintero, el loco de la colina, y que lo siguió siendo en casi todos sus programas ya en televisión. Yo no era muy devota de aquellos espacios («El perro verde», «Qué sabe nadie», «Ratones coloraos», etc…), pues el personaje de Quintero me resultaba sobreactuado, sin embargo, me captó toda la atención una noche que recitó un monólogo sobre la posibilidad de que regresase a la tierra Jesucristo, quien de nuevo, sería traicionado y sacrificado de la misma horrible manera. El texto inquietante y revelador no podía ser de otro sino de Javier Salvago.

Ahora tengo entre manos otro libro de Salvago, «No sueñes conmigo»; un compendio de relatos también muy inquietantes y reveladores, que, con muchas variantes, giran en torno al tema que más nos sobrecoge a todos; la muerte.

El primer relato- que da título al libro- se inicia con un siniestro planteamiento; Damián Torres sueña con que Jaime Oliva, un antiguo compañero de universidad, muere en un lamentable accidente…Desde entonces teme la hora del sueño, pues a medida que sueña con muertes, se materializan tal y como las sueña ¿y si sueña con la muerte de su madre o con la suya propia?

La fatalidad llega a cumplirse en su fecha precisa y nos avisa en el sueño («Variaciones sobre un tema de Borges» «Terrores nocturnos»). No se trata de un fenómeno paranormal, porque la paranormalidad no existe, ya que la normalidad en sí misma es bastante rara; todo lo normal es raro y todo lo raro normal, lo que ocurre es que sólo estamos capacitados para percibir una pequeña parte de esa normalidad, el resto la intuimos.

No es superstición creer en que hay otras presencias invisibles, cuando nos creemos visibles sólo por superstición («Sara está aquí» «El otro»). La única certeza que podemos tener es que no elegimos vivir como tampoco el momento de la muerte («El suicida reincidente», «La única salida»). Según estos relatos, ni siquiera moriremos, por propia voluntad con el suicidio, pues es la fatalidad quien decide nuestro fin y esas autoridades que no vemos y que todo lo controlan.

Entre la ciencia ficción, la distopía y el existencialismo, Salvago también plantea el tema de la inmortalidad y la existencia de Dios («Kevin el inmortal», «El síndrome de Cotard») Hay existencias que parecen ser inmunes a todo tipo de accidentes casuales y provocados y se diría que podrán resistir cualquier prueba. Sin embargo, estas no hacen más que prolongarse hasta el momento en que los hados cortan el hilo a su antojo.

Con respecto a la divinidad, Salvago la concibe como una forma de poder. Las divinidades, de origen humano, y, por tanto, caprichosas y arbitrarias, nos controlan como el ojo del Gran Hermano, teniendo innumerables herramientas para vigilarnos; cámaras, satélites, informaciones muy personales vertidas en internet. Saben cómo vivimos a cada momento y hasta nuestros más íntimos deseos y pensamientos y juegan con nosotros como los niños con sus videojuegos («Dioses y demonios», «Un viaje increíble» «Rezar ¿para qué? ¿Quién escucha?»). Ellos crean las condiciones para que se provoquen las guerras, las epidemias, las catástrofes naturales y las crisis. Ellos diseñan a los líderes mundiales que sostienen el sistema y también a los líderes opositores antisistema. Son autores y  testigos de las contingencias a las que nos hemos de enfrentar, su naturaleza omnisciente y su mirada omnipresente abarca esta desgraciada epopeya que representamos para ellos desde la impotencia. Pero ¿qué pasaría si los responsables de esa esfera superior, compadecidos por nuestro sufrimiento, nos enviasen a un elegido para redimir al mundo en pleno siglo XXI? («La historia profana»)

Primero en las calles y luego en los platós televisivos seduciría con su discurso lúcido y esperanzador, pues el enviado propone acabar con la corrupción y las desigualdades, pero pronto empezaría a generar sospechas y a ser golpeado por la difamación, hasta ser crucificado de cualquier modo.

Como podemos imaginar, la vieja historia se repetiría, porque es imposible que concibamos con nuestros sentidos humanos a un ser sin lado oscuro, todo bondad, y, menos aún, el modo tan críptico con el que expresa sus verdades.

Otra de las cosas normales que no lo parecen es la telepatía, pues un planteamiento muy parecido y con la misma conclusión lo escribí hace años a mi manera (similar contenido pero muy diferente expresión), lo que me confirma en llamar a Salvago, hermano del alma.

Del verso a la prosa, Salvago ha trasladado el mismo credo descreído que ahonda en el pesimismo existencial y el escepticismo sobre la condición humana. La misantropía, que caracteriza a muchos de sus personajes, es marca de la casa como, a la vez, el acento desgarradoramente humano. Cualquier frase que escriba a partir de aquí será un tópico. De modo que dejo de escribir para invitaros a que leáis este nuevo libro de Salvago; «No sueñes conmigo». Os quitará el sueño.

Historia cómica de la Filosofía

31 Oct

Enrique Gallud Jardiel: «Historia cómica de la Filosofía», editorial Ápeiron, 2017, 124 págs

La filosofía ¿qué es eso? De aquí a poco nadie lo sabrá, pues está desapareciendo como materia en los planes de estudios. Ya nada más que por ello resulta un tema interesante ¿por qué desaparece la filosofía como desaparece el lince ibérico? El lince ibérico no es peligroso ¿es peligrosa la filosofía?

Si consideramos que este área del saber consiste en pensar y en fomentar el pensar, dilucidaremos que sí, que es muy peligrosa, pues a los seres pensantes les da por tener juicio crítico y poner a los gobiernos en entredicho. Nada más hay que ver cómo los poderosos han ido condenando a los filósofos a lo largo de la historia; unos fueron al destierro, otros a prisión, y los de allá y acullá, fueron invitados a beber la cicuta o perecer en la hoguera.

Hay que comprender a los gobernantes de entonces, porque en aquellos tiempos no había ni televisión ni internet para embobar la inteligencia de las gentes, pero ahora que tenemos de todo ¿a qué viene casi prohibir la filosofía como una droga ilegal?

Que conste, que si eso se hace, resultará mucho más atractiva, aunque no se sepa muy bien de qué se trata, pero ¿qué importancia tiene eso? ¿Acaso nos gustan menos las utopías, los premios millonarios y el amor perfecto por no saber sus efectos y consecuencias?

La filosofía puede ser definida o no por todos sus filósofos y no hallaremos, por tanto, ninguna concreción, porque no hay dos filósofos que se pongan de acuerdo ni que tengan nada claro. Su oficio es ponerlo todo en duda; la realidad es una farsa, el mundo una apariencia, el ser incluso puede ser un no ser los miércoles y por cuaresma, etc, etc…

A partir de ahí, concluiremos que la filosofía no es útil, como todas las cosas que nos gustan, y que los filósofos, a pesar de todo, nos van a caer muy bien. Su ciencia no es exacta, ellos tampoco, pero nos entretienen sin gastar en luz ni en agua. De hecho, decían que no eran muy dados al aseo personal, no porque fuesen sucios, sino porque no encontraban tiempo para ello. Hay que decir que su trabajo, en principio, no retribuido, les ocupaba tanto tiempo que no tenían hueco para ir al baño, así que dejaban sucias sus greñas, dando mala sensación, hasta que en el siglo XVIII descubrieron las pelucas.

Distraídos en dilucidar cuál era el principio de las cosas, tampoco comían mucho. De Tales de Mileto se dice que tenía asignado un pescado al día, pero como andaba tan abstraído en sus cosas lo usaba de marcapáginas.

El filósofo, como todos los humanos, nace y muere. Se reproduce poco, ya que por no encontrar salario fijo y ser bastante plomo le cuesta trabajo encontrar pareja e igual, en las distancias cortas, olvidado del aseo personal, le cantan los sobacos y los pies más de lo tolerable para una pituitaria femenina.

No obstante, nos siguen gustando los filósofos ¿por qué? Porque buscan la verdad y cuando la encuentran la disimulan. La verdad es algo horroroso y sólo los seres vulgares te la dicen a la cara:

-Hay que ver, Manolo, lo gordo que te has puesto.

-Vicenta, qué arrugada estás, ni te conocía.

Los filósofos, no. Dicen que la verdad es relativa o que no existe y, por lo tanto, son más piadosos con el género humano (aunque, por pura paradoja, no lo soporten).

.Enrique Gallud Jardiel que, en otras obras, ya ha desmontado diversas áreas mitificadas como la literatura, el arte y el cine, ahora en «Historia cómica de la Filosofía» pone en solfa a esta ciencia del pensar y sus representantes desde la época grecolatina al siglo XX. Se trata de un manual divertido para el conocedor de esta materia e imprescindible para el no iniciado, pues el autor en tanto desmonta enseña con la habilidad y claridad precisas del que practicó con buenas artes el oficio de la docencia, cumpliendo con el principio «delectare docendo».

Digo yo, por tanto, que se trata de una obra para todos los públicos y que ya están tardando los que estas líneas leen en ir a adquirirla de inmediato. De este modo tendrán la oportunidad de pasar muy buenos ratos y ofrecer a sus vástagos la posibilidad de conocer esta materia en peligro de extinción, lo cual es siempre más fácil que regalarles por Reyes un lince ibérico. Ocupa menos espacio, no destroza los muebles y edifica y entretiene del modo más silencioso en el hogar. Así que ¿a qué esperan ustedes para procurarse tal bicoca? Encárguenla en un solo click por internet o mejor vayan a pedirla a la librería más cercana y se dan un paseito.

Podrán llevarse debajo del brazo todo el saber del mundo y, de camino, tomarse un café con churros. Ande y dese el gusto, mejor hoy; que mañana, como diría un filósofo, nunca se sabe…

 

Escritos birriosos

8 Sep

Creo yo que en el humor, como en cualquier ámbito, hay clasismo, porque hay clases de humor como clases de piano a domicilio- siempre que el piano esté en casa del alumno y el profesor no tenga que llevarlo a cuestas por la calle; una cosa es una clase y otra muy distinta un abuso-. Y en cuanto a clases, el humor las tiene. Dicho esto, podríamos poner fin a una discusión abierta desde los tiempos de Aristóteles; que es muy penoso que sigamos discutiendo después de tantos siglos como si no tuviésemos otra cosa que hacer.

Pues bien, en tiempos de Aristóteles se entendía que la comedia era para las clases populares y la tragedia para las elevadas. Que reír es cosa de pobres y llorar de ricos, como si fuese un asunto más fino matar a un padre que burlarse de las barbas de Sócrates. Y ya, ya sé que hay risas de lo más grotescas, pero también que llorar, cuando es con mocos- como suele ser- no es nada elegante. Entonces ¿por qué lloraban los ricos? ¿Sería para dar pena en lugar de dar envidia y así evitar las revueltas de los esclavos?

¿Y de qué se reían los pobres con lo jodidos que andaban también en esos tiempos? Esto daría pie a un estudio sociológico para el que me faltan líneas y a ustedes ganas.

Digamos, como resumen, que el humor no es para una clase sino que tiene clases dentro de sí mismo. No es lo mismo reírse de un chiste de Lepe, que hacerlo de un poema de José Zorrilla, porque para reírse de Zorrilla hay que saber quién era Zorrilla y hasta, más o menos, lo que escribió. Igual pasa con las sátiras sobre hermenéutica, que no hacen gracia si no se sabe en qué consiste esa materia tan pelmaza.

De acuerdo que se puede pasar por la vida sin saber qué es la hermenéutica- de hecho, se pasa mejor-. Que, mientras se coma y se duerma más o menos, se puede vivir creyendo que la hermenéutica es una prima de Zorrilla y Zorrilla una fulana de poca monta. Lo bueno que tiene saber algo de estos temas es que uno puede reírse con los escritos de Gallud Jardiel y así alegrarse la vida, que es lo mismo que alargarla.

Lo que se suele saber primero de Enrique Gallud Jardiel es que es nieto de Jardiel Poncela, el más revolucionario y lúcido de todos los humoristas españoles, esto tiene, aunque parezca mentira, entre todas las ventajas, algún inconveniente, pues si bien es una bicoca recibir como herencia semejantes genes, somete a la dura prueba de la comparación con el ancestro, cuyo listón de alto se pierde de vista en los mismos parnasos celestiales de Aristófanes.

Ahora bien, Enrique pasa la prueba del ADN escribiendo a lo Jardiel, como la pasó  un día el presunto hijo apócrifo de «El Cordobés», haciendo el salto de la rana. En ocasiones es tan jardielino que creo estar leyendo a su mismo abuelo, otras no, porque aporta a lo escrito muestras de una personalidad bien propia, que se desarrolla en el marco muy reconocible del siglo XXI. Lo bonito de las sagas es que los herederos sean versiones y no réplicas, si no estaríamos hablando de producción en serie, que es una cosa muy aburrida o igual hasta de reencarnaciones (con el yuyú que eso da).

Ahora mismo tengo entre manos la lectura de su libro «Escritos birriosos» y disfruto particularmente con esos episodios en los que el autor narra en primera persona las penalidades por las que pasa un escritor novel y lo hace con tanto realismo que se comprende que tampoco le ha servido de mucho el prestigio del apellido; que ha tenido que pasar por el mismo camino de espinas sobre el que vamos descalzos todos los que intentamos consolidarnos en las letras, sin más método para lograrlo que darse a valer, alimentando el talento con constancia y esfuerzos sobrehumanos.

Esta tragedia que hábilmente el humorista convierte en esperpento, lleva como títulos «Máster en rechazo editorial» (Pataleo) y «Cómo salir en los medios sin hacerse famoso» (Confesión amarga). Los que ya hemos pasado por eso – y seguimos pasando- agradecemos esta parodia que nos llega al alma y nos permite incluso relativizar el compendio de tantos sinsabores.

No sé si decir que Gallud Jardiel escribe humor inteligente, no porque no sea cierto, sino porque tal vez la expresión «humor inteligente» es ya en sí misma redundante. Comprendemos que el humor es el arma de la que se vale la inteligencia para sobrellevar los sinsabores de la vida. Y que si, por tradición, se ha asociado a las clases populares ha sido porque los sinsabores son más propios en las existencias de los humildes. Los privilegiados, sin sinsabores previos, lo cual, a la larga, también aburre, tuvieron que inventarse la tragedia para sufrir aunque fuese en el teatro, viendo como las familias se mataban entre sí con el sol griego del mediodía (que tiene tela) achicharrando sus ilustres calvas. ¿Por qué? Porque es así, porque como dijo Epicuro, para que haya placer, tiene que haber dolor y todo eso.

Por eso, a vosotros, desheredados de la vida, del amor o asuntos varios, os invito a leer estos «Escritos birriosos» como cualquier otro libro de Gallud Jardiel que ya tienen el poder de sacarte la sonrisa con sólo leer el título, «Majaderos ilustres», «Viajes chapuceros y lugares espantosos», «Historia estúpida de la Literatura» «Grandes pelmazos de las letras universales» o algún otro de sus numerosos libros publicados. Doy fe de que me lo vais a agradecer.

El escritor maduro

9 Jun

No tengo problemas de identidad sexual. Por lo general, me encanta ser mujer, a pesar de que no es el sexo más conveniente para dedicarse a la literatura. No voy a decir que todavía el mundo de las letras está bastante masculinizado, pero ya lo he dicho.

Cierto es que en él, las mujeres pueden hacer incursiones, a veces, importantes incursiones, sobre todo, a nivel de ventas, a condición, claro está, de que cultiven la trama sentimental en cualquiera de sus versiones; histórica, policíaca o autobiográfica e intimista.  Pero si intentas cruzar esta línea estereotipada, normalmente, puedes sentirte como gallina en corral ajeno.

En el mundo de la columna, también se mantienen este tipo de categorías. Los artículos de fondo, los considerados “serios”, se identifican con nombres masculinos, mientras que el articulismo femenino se mueve más por el tonito frívolo, el costumbrismo doméstico, los asuntos simpáticos de la vida cotidiana, los guiños picantones y así. Bien está que, a fin de cuentas, pese a su levedad o precisamente por ella, pueden ser los más leídos, tanto por mujeres como por hombres. La seriedad y la gravedad abruman, la documentación desorbita y la ligereza refresca mucho más que lo sesudo. Pero la reputación, a la postre, se inclina por la solemnidad y no tanto por el porcentaje de lectores.

Decía Antonio Orejudo que nuestra generación estaba educada en la lectura sin placer por cierta superstición judeocristiana. Eso nos hacía dar preferencia a ciertas novelas experimentales, cuya aridez e ininteligibilidad nos sometía a un sobreesfuerzo doloroso por la creencia de que era precisamente la dificultad la que las hacía prestigiosas.

Por su parte, Elvira Lindo, en su presentación de la reedición de “Tinto de verano” en la Feria del Libro de Málaga, hablaba de otra dificultad, la que tienen las periodistas al querer pasar la frontera hacia los temas “serios”, por resultar disonantes en un terreno donde no se las espera.

Otra cosa es aspirar a cultivar un estilo, por encima de los clichés de género y los impositivos comerciales; eso es muy honesto y loable, aunque suena a vocación de autor póstumo. Hasta hoy mismo, yo he querido estar en esa línea. Sin embargo, cuando vienes del supermercado y compruebas lo frágil que es un billete de veinte euros, a como se ponen los precios, y lees las declaraciones de Rajoy en los titulares de una revista de economía “Estoy en mi mejor momento”, casi te rindes a la fatalidad y fantaseas con hacer literatura comercial.

La realidad se impone, qué duda cabe, Joaquín Bardem renegaba del mercado Hollywoodiense y quería hacer sólo cine de autor y ahora sale en “Piratas del Caribe” interpretando a no sé qué especie de zombie. Nada que objetar,  ya es padre de familia y  precisa de ingresos, cómo no.

Pues bien, yo también calibro el futuro inmediato, porque la gloria post-mortem alimenta poco y me planteo una fórmula de éxito de ventas.

Tengo ya una idea morrocotuda, pero me falta un detalle. Vale que, siendo mujer, puedo escribir novelas de trama sentimental, aunque veo la cosa ya muy sobada.

Lo comercial, es que yo sea un hombre y escriba novelas sentimentales; un hombre maduro y sensible con el que pudiesen empatizar las lectoras. Ser atractivo me resultaría fácil;  los parámetros de atractivo del varón cuentan con manga más ancha y  sus arrugas y canas resultan, como producto de la experiencia, un sumario de seducción. Claro que sí el avejentamiento es demasiado plausible, siempre está la foto en blanco y negro que atenúa esos incómodos efectos del paso del tiempo.

Yo lo veo así, redondo; como escritor, sería un hombre, más bien de pelo cano, sonrisa abierta y ternura en las manos.

El público femenino está muy necesitado de ese tipo de especímenes sensibles que tanto nos

entienden y nos admiran., que tanto se ponen en nuestra piel con sus palabras, aunque sus actos las desmientan claramente.

Ser el hombre ideal me parece muy sencillo y también muy rentable. Las mujeres son las que más leen, según los estudios de mercado a día de hoy.

Lo otro es empecinarse en no pertenecer a ninguna categoría, ni de sexo, ni de género ni de escuela ni de nada; ir por libre  y esperar que el mundo cambie, cuando más retrógrado se pone.

Da igual. A ti, lectora, lector, que me sigues, aunque nunca me lo digas, nunca voy a decepcionarte. Somos cómplices de las mismas intrigas y sabemos que el futuro llegará, por su propio peso, por más que se haga tanto de rogar. Resistiremos.