Canallas y mangurrinos

17 Jul

Se reconoce al humorista porque tiene una cualidad innata que no lo abandona ni en los momentos más trágicos. Muñoz Seca, clara muestra de ello, dijo ante el pelotón de fusilamiento; “Podéis quitarme la hacienda, mis tierras, mi riqueza, podéis quitarme- como vais a hacer- la vida, pero hay una cosa que no me podéis quitar y es el miedo que tengo”.

Enrique Gallud Jardiel, que es heredero natural de este humor muñozsequiano -igual que el del jardeliano por cuestión de sangre- hace también humor de las vicisitudes existenciales en este libro “Canallas y mangurrinos” y lo hace en una variedad admirable de registros y géneros; desde la pieza teatral en un acto (o actito) a la prosa neologista, el ensayo, el relato, el romance y las décimas de Marcial, lo cual es de veras prodigioso, si se tiene en cuenta que el poeta de Bílbilis no podía conocer este metro inventado por Vicente Espinel en el siglo XVI, pero los personajes de este libro, como el epigramista, quien en dichas decimas denuncia la desigualdad del reparto de riqueza a manos de políticos corruptos y banqueros con un tono bastante actual, viajan al futuro con soltura, como el propio Gallud lo hace al pasado para entrevistarlos, que tiene ya mérito, tratándose de Goya, quien, por su consabida tacañería, no le ofrece ni un vaso de agua del grifo, muy necesaria en todo caso porque el pintor está sordo como una tapia y la garganta se reseca al alzar la voz de continuo.

Los aragoneses, presentes en otros libros de Gallud; tercos, francos y espontáneos, ampliarán su nómina con nombres como el de Agustina de Aragón, azote de ejércitos franceses, el Rey Ramiro el Monje, asesino de diseño que hizo con los nobles rebeldes una bonita campana y el baturro de Calanda que nos cuenta con inefable eficacia el contenido de la película “El perro andaluz” de su paisano Buñuel, donde, según dice, salen muy bonicas las pesadillas que tuvo el cineasta por cenar una ensaladilla de pimientos, pero el perro no sale (advierte).

La historia de España, como no podía ser menos, tan llena de mangurrinos, sirve de gran inspiración a este libro, donde destacarán los validos de los Austrias menores; el Duque de Lerma, que se pulió los dineros de la Corona en fraudes inmobiliarios como la corte de Valladolid y el Conde-Duque de Olivares, mangante también, además de prepotente, y tocado con la fortuna de hallar un rey más bobalicón que manipular, “Felipe IV, el Rey Pasmado”, y el infortunio de tener como detractor a Quevedo, de tan gran ingenio como mala leche. A ellos se une Jacobo María del Pilar Fitz-James Stuart, Duque de Alba, que era grandísimo de España tanto por sus tropecientos títulos como por su alergia al trabajo, pues cuando se le propuso trabajar para la II República, sin pensárselo dos veces, tomó las de Villadiego.

Muy diferente fue el caso de Isabel La Católica, tan aficionada a la acción que no tenía tiempo nunca de cambiarse la camisa y por no perderse una aceptó también el proyecto de Colón, más que nada por demostrarle al mundo que montaba más que el plasta de su marido, Fernando.

Para hacer honor de sangre a tamaña bisabuela, su bisnieto, Felipe II le salió tan hiperactivo que no le faltó guerra donde mandar a los ejércitos españoles, que por entonces viajaron más que los chicos de las becas Erasmus.

Otros episodios históricos no menos inquietantes rondan estas páginas como el encuentro de Hitler con Franco en la estación de trenes de Hendaya. El Caudillo llegó con un retraso de siete minutos, puntualísimo para un español e impuntualísimo para un alemán y le pidió al Führer Gibraltar, Argelia, Camerún, petróleo, armas y ochocientas mil toneladas de trigo, pero, sobre todo, dormir la siesta, pues es lo que le pide el cuerpo a todo patriota a las tres de la tarde.

Se agradece conocer el desarrollo de tal entrevista y no menos desvelar el misterio de La sonrisa de la Gioconda y su aspecto un poquito viril, que se explica porque el gran Leonardo tomó como modelo a Piero, un aprendiz de rara boca, a falta de la susodicha quien en lugar de ir al estudio, aprovechaba ese tiempo para citarse con su amante. Su marido, el comerciante de telas que encargó el retrato, no notó la diferencia, pues, aunque celoso, era también muy miope y al resto de la humanidad, en cualquier caso, nos ha entretenido bastante el asunto.

Cosa probada también en otro episodio de esta obra es que Homero existió y llegó a estar presente en la Guerra de Troya como corresponsal, que vio a los héroes griegos y troyanos, pero no vio a Helena, pues habituada a abandonar maridos, ya se había fugado con un africano muy bien puesto, de modo que decidió no contar la verdad, más propia de vodevil que de epopeya y mintió decorosamente, como era su deber de rapsoda.

Mentir decorosa o incluso indecorosamente es lo que le queda a un escritor que pretenda la protección de la oficialidad y los laureles, por ello me temo que éste, como otros libros de Gallud, empeñado en decir verdades dolorosas, va a tener recibimiento hostil, sobre todo por parte de los fanáticos, que a pesar de no leer o precisamente por ello, se enfadan muchísimo.

Los budistas radicales -rara expresión, pero cierta, porque cuando se cabrean, la lían como todo el mundo o peor- no van a querer saber que su ídolo Buda renunció a sus riquezas y salió de su fastuoso palacio a peregrinar no por una revelación iluminadora, sino porque no soportaba a la harpía de su mujer; igual que han hecho otros vulgares seres humanos con la mala fortuna de ser hallados por Paco Lobatón.

Tampoco a Osho, el gurú hindú materialista, o a sus mangurrinos seguidores supervivientes les va a gustar que se descubran sus lucrativos trapicheos a cuenta de los esnobs espirituales.

Otra cosa es que los puritanos, tan de moda en el siglo XXI, monten en cólera por la lascivia descrita en pasajes relativos a féminas muy despendejadas como Friné, Madame du Barry y Lady Godiva.

Y que el colectivo L.G.T.B. se ofenda por digerir mal las parodias que se han hecho a su cuenta y que lo hagan también los adeptos al teólogo Hans Küng, detractores del L.G.T.B. , y por supuesto los asesores de imagen de Karlos Arguiñano, los editores de sus libros de cocina y el propio Falsarius, que va a tachar de plagio el que se recomienden conservas de tomate frito para la cocina rápida. Desde las estrellas michelín, los gastrobares y Masterchef e incluso desde Kant y Víctor Hugo (predecesores de los L.G.T.B ),  así como desde siempre, la comida es más religión que la religión misma. Cuando el hambre aprieta, el hombre es un lobo para el hombre, los mejores amigos se comen los unos a los otros y hasta Saturno devora a su hijo (por cierto, que con L.G.T.B. me refiero a la Liga de Glotones, Tragones y Bulímicos y esto aclaro porque a veces hay confusiones con siglas similares).

En definitiva, no hace falta ser un oráculo para adivinar que este libro será polémico, prohibido y malditísimo y que se retirará de todas las librerías del mundo para venderlo en el mercado negro por un pastón. En dicho probable caso, urge comprarlo ahora para que no nos timen después y también además para tener el privilegio de discutir sobre un libro maldito, después de haberlo leído, lo cual, aunque sea lo más honesto, no es, desde luego, lo más común.

Vidas de gentuza

18 May

Se entiende que el escritor en precario (valga la redundancia) haya tenido que practicar la semblanza a ricos y poderosos para comer caliente, al igual que el pintor (otro que tal baila) debió dedicarse al retrato de los susodichos con gran apuro, en muchas ocasiones, por sacarlos favorecidos. Si el retratista ha tenido que disimular verrugas, dentaduras roídas y narizotas, mejorando las fisonomías al extremo, con tal de ser pagado, el biógrafo no menos ha ocultado defectos y crímenes e inventado virtudes y hazañas por el noble propósito de sobrevivir, lo cual explica que dichas semblanzas estén llenas de medias verdades e incluso grandísimas mentiras, desde los “De viris illustribus” de Nepote a los “Claros varones de Castilla” de Hernando del Pulgar hasta llegar a nuestros días, pues un biógrafo nunca fue remunerado por ser precisamente objetivo y sacar a relucir los trapos sucios (para eso ya están las madres y las suegras, de las que ningún grande se libra, ni siquiera Nerón que tan mal llevaba las críticas que después de darle a su preceptor Séneca la cicuta, acabó con los días de su progenitora al no aguantar sus reprimendas). Por cierto, que Nerón es uno de los “biografeados” por Enrique Gallud Jardiel en “Vidas de gentuza”, un volumen que cuenta la vida de los seres más repugnantes e ignominiosos de la historia (de algunos, porque, por desgracia, todos no caben ni siquiera en una enciclopedia). Como la “nivola” de Unamuno fue la contranovela, la “biografea” de Gallud es la contrabiografía o contrasemblanza, pues se ocupa de exaltar las maldades de los malvadísimos para ponerlos en el mismísimo altar de los infiernos.

Los partidarios del psicoanálisis y/o lectores de la novela “Al este del Edén”, creerán que el “biografeador” se ha pasado, pues bondad y maldad son relativas, ya que, como demuestra el desarrollo de la susodicha trama, el hijo bueno, de tan bueno, llegaba a ser malo, y el hijo malo era bueno después de todo y además más divertido, con lo cual se lleva al final a la chica (lo que es creíble, pues en la película era James Dean). Como personaje era un h.p, al igual que lógicamente lo era su hermano por ser su madre madame en un prostíbulo, de ahí la mala sangre, no obstante la cosa queda explicada, porque el padre bueno se dedicaba a leerle la Biblia todas las noches a su señora, que de vez en cuando está bien, pero llega a cansar a diario y no es siempre lo que espera una esposa por las noches (cuestión que explica lo de la huida al prostíbulo, donde hallaría lo que le faltaba).

Pues bien, nos gusta Freud, nos gusta Steinbeck y, sobre todo, nos gusta James Dean, pero hay malos que son malos del todo, no tienen ninguna gracia y encima son feísimos, por eso se merecen una “biografea” bien gorda. Podríamos decir que son unos pobres “diablos” y dejarlos descansar en paz, pero quía, diablos fueron pero de pobres nada, la mayoría nadó en la abundancia y se cargó a media humanidad, por ser mandamases fueron “matamases” y al infierno no se van de rositas; ni Vlad , inspirador del personaje Drácula, que injustamente fue llamado “El empalador” pues ésta era una de sus mínimas especialidades, ya que practicaba con gran esmero también la incineración en vivo, el estrangulamiento, la castración lenta y el desollamiento en vinagre, ni Mao Tse Tung, héroe nacional como el primero, que impuso en su país una dictadura muy igualitaria, pues igual se cargaba a unos chinos que a otros con tal de que le llevasen la contraria o no leyesen el Libro Rojo, que era un tostón de su autoría, que por este método disuasorio vendió más ejemplares que “Patria” de Aramburu.

Pero si el Libro Rojo fue un martirio chino para muchos chinos durante un tiempo, las ecuaciones de segundo grado, ideadas por Diofanto de Alejandría, otro malvadísimo, han ampliado el ámbito de la tortura a nivel universal, siendo azote desde siempre para muchos bachilleres, casi todos, y, en especial, los mal avenidos de por sí con las matemáticas, legiones si se considera que una parte importante de la población le debe la vida a un fallo en los cálculos numéricos.

No obstante, aparte de Diofanto, los malvados de la historia nunca han sido grandes matemáticos, pues en cuanto el genocidio les sobrepasaba el millón de víctimas solían perder la cuenta, así le ocurrió a Leopoldo II de Bélgica, que, junto a todos los recursos naturales del Congo, casi se lleva por delante a toda su sufrida población o a Idi Amín, que llegando a la presidencia de Uganda, tras falsificar su currículum (costumbre que viene de largo), se dio a la compra de armas, ampliando la cacería humana a Kenia y Tanzania por faltarle enemigos que liquidar en tierra propia.

Pero tampoco es que estos masacradores tuviesen una gran simpatía por las letras, si se tiene en cuenta que Torquemada hacía grandes fogatas con los libros peligrosos, que para él, como para otros déspotas son casi todos, y que Iván el Terrible exilió de Rusia a los escritores, al igual que Fernando VII y cuanto tirano se precie. No se trataba de algo personal, pues lo mismo hacían con el resto de los artistas, ya que la cultura les daba bastante grima y es que a las gentes, puestas a la cultura, les da por pensar y poner en duda el poder, denunciar abusos y corruptelas y llegan a ser molestos, en plan Voltaire.

No me cabe duda de que este libro de Enrique Gallud es muy peligroso, porque utiliza el humor, que es el arma más temida por los malvados, pues, en cuanto empezamos a reírnos de ellos, dejamos de temerlos y también de obedecerlos.

“Vidas de gentuza” demuestra que la maldad no es compleja ni atractiva, sino un asunto torpe, inane y ridículo. Se trata de un manual de ética que se lee de la mejor forma, a carcajadas, y nos invita sugerente a mancharnos los dedos de tinta…

 

Manual para lectores y escritores en la Feria del Libro

27 Abr

Hoy comienza en Málaga la Feria del Libro y los escritores saltarán al ruedo de la Plaza de la Merced para ofrecer sus mercancías, que son producto de mucho trabajo aislado y solitario, pues en eso consiste más que nada el oficio de escritor, sobre todo, cuando ha elegido la narrativa como modo de expresión y ha de maquinar las tramas en su laboratorio de anacoreta, que no resiste muchas veces el ruido de la calle, si no es en esa etapa previa de observación, donde se recogen materiales para ir construyendo esa historia que luego habrá de redactarse a costa de renunciar a cenas con amigos, a paseos en esplendidas tardes de primavera, a baños de mar, a moragas y verbenas, a los morosos y despreocupados veranos, en fin, de la infancia.
Se puede comprender que la elección del verso sea una opción mucho más mediterránea. En países de clima tentador, lo suyo es salir al aire libre, provisto de un cuaderno, y atesorar versos anotados a pie de calle, en los cafés, en los parques o atraparlos mientras llegan susurrados por el rumor rizado de las olas, mientras uno pierde la mirada pensativa en el horizonte.
La narrativa, en cambio, es propia de países fríos, donde los inviernos interminables sugieren quedarse en casa. Así se entiende que Rusia sea el marco ideal para que Un Tolstoi o un Dostoievski escribieran novelas, más allá de las setecientas páginas, al amor del hogar, esquivando las nevadas intemperies.
Pero, como es el género quien lo elige a uno y no todos podemos ser poetas, por más que el clima lo aconseje en estas otras latitudes, hay que ceder a estas contraindicaciones y renunciar a las provocaciones de la bienaventurada climatología, tan acorde para la fiesta, y retirarse a la puñetera torre de marfil, como esos estudiantes empollones que se preparan los exámenes, mientras los demás se van de juerga.
Por lo demás, estar a solas, no es plato de disgusto para los escritores, esos tímidos irredentos, que hemos de comunicar por escrito lo que nos cuesta tanto hacer cara a cara. El problema es que después de la escritura del libro llega la promoción y eso sí que resulta un sobreesfuerzo para quien padece de agorafobia, para quien publica, y, sin embargo, tiene tanto miedo al público.
En las Ferias del Libro ves caras mortificadas de escritores, por naturaleza retraídos, deseando y a la vez temiendo el contacto humano. Se trata de vendedores sin vocación que se debaten entre la necesidad de vender un producto y a la vez de evaporarse y ser invisibles. El escritor no es, por lo general, un buen relaciones públicas, si lo fuese, estaría en otra empresa, sin embargo, necesita del lector pues sin él no es un ser completo; sin él, sencillamente, no tiene ningún sentido lo que hace. El escritor propone una obra cuando la escribe, pero esa obra nunca termina de ser escrita hasta que el último lector la lee. Todo esto es muy bonito en teoría, mientras el escritor es un ente y el lector otro ente medio abstracto y utópico, pero en las distancias cortas, el tema es bastante más complicado, pues ambas realidades se materializan. Tanto en un plano como en otro, la situación se puede volver muy incómoda. Como lectora, lo que he sido siempre por encima de todas las cosas, me he acobardado un montón al sentir la presencia física de un escritor que admiro a pie de caseta. El lector como el escritor suele ser tímido y no sabe qué hacer. Le da vergüenza pedirle la firma y se piensa miles de veces las palabras con las que se la va a pedir.
Al final, si uno se decide, sale lo que sale, un diálogo muy torpe entre dos tímidos irremediables:
-Hola, soy tal, me encantan sus libros- dice uno algo cagado.
-Muchas gracias- dice el escritor algo cagado también (¿qué hay que decir cuando te encuentras con un admirador para estar a la altura de una admiración que no crees merecerte?).
Lo normal es que, en estos habituales casos, el escritor resulte de tímido antipático, como engañosamente parecen todos los tímidos.
El diálogo, fluido y verdadero, se producirá en silencio cuando el lector se anime a leer la obra y, si es perspicaz, sabrá que el autor sólo es elocuente por escrito y por eso, precisamente, es escritor.
Un escritor muy simpático y locuaz es cosa rarísima y sabremos que si lo logra es porque se ha sometido a un intenso entrenamiento, pero, qué va a ser, hay que intentarlo. Yo sé, desde todos los planos, la maldición que es la timidez y todos los esfuerzos que supone superarla.
Nunca me creí capaz de hablar en público, de leer en público, de ser entrevistada para un programa de radio o ir a un plató de televisión. Pero tampoco puedo entender que un escrito valga gran cosa sin llegar a los lectores. Así, sin más, me parece un acto de onanismo gratuito.
En cuanto a las ventas, por más que propaguen fantasías ciertas revistas, nadie se hace rico por vender libros. En la literatura, como en el amor, no se trata de ganar, sino de gozar muchas veces con el sufrimiento propio como los místicos. Siempre es más feliz quien ama que quien es amado y a la fama, como está claro, se llega por otros atajos.
Quien siente la literatura como el amor se debe a las letras y, más allá de cualquier objetivo, seguirá escribiendo con y sin reconocimiento y leerá por encima de todas las cosas.

No sueñes conmigo

10 Nov

Conocí a Javier Salvago en la librería Proteo. Buscando en la sección de poesía actual, encontré un libro suyo de poesía llamado “Variaciones y reincidencias”, cuyos versos me supusieron una gran revelación, ya que encerraban pensamientos que compartía de un modo muy próximo. Desde entonces lo declaré hermano del alma, sirviéndome de aquel volumen para hacer un trabajo de doctorado y fui rastreando otros libros suyos que me confirmaron en aquella primera complicidad.

Años más tarde supe que este autor era el guionista de Jesús Quintero, el loco de la colina, y que lo siguió siendo en casi todos sus programas ya en televisión. Yo no era muy devota de aquellos espacios (“El perro verde”, “Qué sabe nadie”, “Ratones coloraos”, etc…), pues el personaje de Quintero me resultaba sobreactuado, sin embargo, me captó toda la atención una noche que recitó un monólogo sobre la posibilidad de que regresase a la tierra Jesucristo, quien de nuevo, sería traicionado y sacrificado de la misma horrible manera. El texto inquietante y revelador no podía ser de otro sino de Javier Salvago.

Ahora tengo entre manos otro libro de Salvago, “No sueñes conmigo”; un compendio de relatos también muy inquietantes y reveladores, que, con muchas variantes, giran en torno al tema que más nos sobrecoge a todos; la muerte.

El primer relato- que da título al libro- se inicia con un siniestro planteamiento; Damián Torres sueña con que Jaime Oliva, un antiguo compañero de universidad, muere en un lamentable accidente…Desde entonces teme la hora del sueño, pues a medida que sueña con muertes, se materializan tal y como las sueña ¿y si sueña con la muerte de su madre o con la suya propia?

La fatalidad llega a cumplirse en su fecha precisa y nos avisa en el sueño (“Variaciones sobre un tema de Borges” “Terrores nocturnos”). No se trata de un fenómeno paranormal, porque la paranormalidad no existe, ya que la normalidad en sí misma es bastante rara; todo lo normal es raro y todo lo raro normal, lo que ocurre es que sólo estamos capacitados para percibir una pequeña parte de esa normalidad, el resto la intuimos.

No es superstición creer en que hay otras presencias invisibles, cuando nos creemos visibles sólo por superstición (“Sara está aquí” “El otro”). La única certeza que podemos tener es que no elegimos vivir como tampoco el momento de la muerte (“El suicida reincidente”, “La única salida”). Según estos relatos, ni siquiera moriremos, por propia voluntad con el suicidio, pues es la fatalidad quien decide nuestro fin y esas autoridades que no vemos y que todo lo controlan.

Entre la ciencia ficción, la distopía y el existencialismo, Salvago también plantea el tema de la inmortalidad y la existencia de Dios (“Kevin el inmortal”, “El síndrome de Cotard”) Hay existencias que parecen ser inmunes a todo tipo de accidentes casuales y provocados y se diría que podrán resistir cualquier prueba. Sin embargo, estas no hacen más que prolongarse hasta el momento en que los hados cortan el hilo a su antojo.

Con respecto a la divinidad, Salvago la concibe como una forma de poder. Las divinidades, de origen humano, y, por tanto, caprichosas y arbitrarias, nos controlan como el ojo del Gran Hermano, teniendo innumerables herramientas para vigilarnos; cámaras, satélites, informaciones muy personales vertidas en internet. Saben cómo vivimos a cada momento y hasta nuestros más íntimos deseos y pensamientos y juegan con nosotros como los niños con sus videojuegos (“Dioses y demonios”, “Un viaje increíble” “Rezar ¿para qué? ¿Quién escucha?”). Ellos crean las condiciones para que se provoquen las guerras, las epidemias, las catástrofes naturales y las crisis. Ellos diseñan a los líderes mundiales que sostienen el sistema y también a los líderes opositores antisistema. Son autores y  testigos de las contingencias a las que nos hemos de enfrentar, su naturaleza omnisciente y su mirada omnipresente abarca esta desgraciada epopeya que representamos para ellos desde la impotencia. Pero ¿qué pasaría si los responsables de esa esfera superior, compadecidos por nuestro sufrimiento, nos enviasen a un elegido para redimir al mundo en pleno siglo XXI? (“La historia profana”)

Primero en las calles y luego en los platós televisivos seduciría con su discurso lúcido y esperanzador, pues el enviado propone acabar con la corrupción y las desigualdades, pero pronto empezaría a generar sospechas y a ser golpeado por la difamación, hasta ser crucificado de cualquier modo.

Como podemos imaginar, la vieja historia se repetiría, porque es imposible que concibamos con nuestros sentidos humanos a un ser sin lado oscuro, todo bondad, y, menos aún, el modo tan críptico con el que expresa sus verdades.

Otra de las cosas normales que no lo parecen es la telepatía, pues un planteamiento muy parecido y con la misma conclusión lo escribí hace años a mi manera (similar contenido pero muy diferente expresión), lo que me confirma en llamar a Salvago, hermano del alma.

Del verso a la prosa, Salvago ha trasladado el mismo credo descreído que ahonda en el pesimismo existencial y el escepticismo sobre la condición humana. La misantropía, que caracteriza a muchos de sus personajes, es marca de la casa como, a la vez, el acento desgarradoramente humano. Cualquier frase que escriba a partir de aquí será un tópico. De modo que dejo de escribir para invitaros a que leáis este nuevo libro de Salvago; “No sueñes conmigo”. Os quitará el sueño.

Historia cómica de la Filosofía

31 Oct

Enrique Gallud Jardiel: “Historia cómica de la Filosofía”, editorial Ápeiron, 2017, 124 págs

La filosofía ¿qué es eso? De aquí a poco nadie lo sabrá, pues está desapareciendo como materia en los planes de estudios. Ya nada más que por ello resulta un tema interesante ¿por qué desaparece la filosofía como desaparece el lince ibérico? El lince ibérico no es peligroso ¿es peligrosa la filosofía?

Si consideramos que este área del saber consiste en pensar y en fomentar el pensar, dilucidaremos que sí, que es muy peligrosa, pues a los seres pensantes les da por tener juicio crítico y poner a los gobiernos en entredicho. Nada más hay que ver cómo los poderosos han ido condenando a los filósofos a lo largo de la historia; unos fueron al destierro, otros a prisión, y los de allá y acullá, fueron invitados a beber la cicuta o perecer en la hoguera.

Hay que comprender a los gobernantes de entonces, porque en aquellos tiempos no había ni televisión ni internet para embobar la inteligencia de las gentes, pero ahora que tenemos de todo ¿a qué viene casi prohibir la filosofía como una droga ilegal?

Que conste, que si eso se hace, resultará mucho más atractiva, aunque no se sepa muy bien de qué se trata, pero ¿qué importancia tiene eso? ¿Acaso nos gustan menos las utopías, los premios millonarios y el amor perfecto por no saber sus efectos y consecuencias?

La filosofía puede ser definida o no por todos sus filósofos y no hallaremos, por tanto, ninguna concreción, porque no hay dos filósofos que se pongan de acuerdo ni que tengan nada claro. Su oficio es ponerlo todo en duda; la realidad es una farsa, el mundo una apariencia, el ser incluso puede ser un no ser los miércoles y por cuaresma, etc, etc…

A partir de ahí, concluiremos que la filosofía no es útil, como todas las cosas que nos gustan, y que los filósofos, a pesar de todo, nos van a caer muy bien. Su ciencia no es exacta, ellos tampoco, pero nos entretienen sin gastar en luz ni en agua. De hecho, decían que no eran muy dados al aseo personal, no porque fuesen sucios, sino porque no encontraban tiempo para ello. Hay que decir que su trabajo, en principio, no retribuido, les ocupaba tanto tiempo que no tenían hueco para ir al baño, así que dejaban sucias sus greñas, dando mala sensación, hasta que en el siglo XVIII descubrieron las pelucas.

Distraídos en dilucidar cuál era el principio de las cosas, tampoco comían mucho. De Tales de Mileto se dice que tenía asignado un pescado al día, pero como andaba tan abstraído en sus cosas lo usaba de marcapáginas.

El filósofo, como todos los humanos, nace y muere. Se reproduce poco, ya que por no encontrar salario fijo y ser bastante plomo le cuesta trabajo encontrar pareja e igual, en las distancias cortas, olvidado del aseo personal, le cantan los sobacos y los pies más de lo tolerable para una pituitaria femenina.

No obstante, nos siguen gustando los filósofos ¿por qué? Porque buscan la verdad y cuando la encuentran la disimulan. La verdad es algo horroroso y sólo los seres vulgares te la dicen a la cara:

-Hay que ver, Manolo, lo gordo que te has puesto.

-Vicenta, qué arrugada estás, ni te conocía.

Los filósofos, no. Dicen que la verdad es relativa o que no existe y, por lo tanto, son más piadosos con el género humano (aunque, por pura paradoja, no lo soporten).

.Enrique Gallud Jardiel que, en otras obras, ya ha desmontado diversas áreas mitificadas como la literatura, el arte y el cine, ahora en “Historia cómica de la Filosofía” pone en solfa a esta ciencia del pensar y sus representantes desde la época grecolatina al siglo XX. Se trata de un manual divertido para el conocedor de esta materia e imprescindible para el no iniciado, pues el autor en tanto desmonta enseña con la habilidad y claridad precisas del que practicó con buenas artes el oficio de la docencia, cumpliendo con el principio “delectare docendo”.

Digo yo, por tanto, que se trata de una obra para todos los públicos y que ya están tardando los que estas líneas leen en ir a adquirirla de inmediato. De este modo tendrán la oportunidad de pasar muy buenos ratos y ofrecer a sus vástagos la posibilidad de conocer esta materia en peligro de extinción, lo cual es siempre más fácil que regalarles por Reyes un lince ibérico. Ocupa menos espacio, no destroza los muebles y edifica y entretiene del modo más silencioso en el hogar. Así que ¿a qué esperan ustedes para procurarse tal bicoca? Encárguenla en un solo click por internet o mejor vayan a pedirla a la librería más cercana y se dan un paseito.

Podrán llevarse debajo del brazo todo el saber del mundo y, de camino, tomarse un café con churros. Ande y dese el gusto, mejor hoy; que mañana, como diría un filósofo, nunca se sabe…

 

Escritos birriosos

8 Sep

Creo yo que en el humor, como en cualquier ámbito, hay clasismo, porque hay clases de humor como clases de piano a domicilio- siempre que el piano esté en casa del alumno y el profesor no tenga que llevarlo a cuestas por la calle; una cosa es una clase y otra muy distinta un abuso-. Y en cuanto a clases, el humor las tiene. Dicho esto, podríamos poner fin a una discusión abierta desde los tiempos de Aristóteles; que es muy penoso que sigamos discutiendo después de tantos siglos como si no tuviésemos otra cosa que hacer.

Pues bien, en tiempos de Aristóteles se entendía que la comedia era para las clases populares y la tragedia para las elevadas. Que reír es cosa de pobres y llorar de ricos, como si fuese un asunto más fino matar a un padre que burlarse de las barbas de Sócrates. Y ya, ya sé que hay risas de lo más grotescas, pero también que llorar, cuando es con mocos- como suele ser- no es nada elegante. Entonces ¿por qué lloraban los ricos? ¿Sería para dar pena en lugar de dar envidia y así evitar las revueltas de los esclavos?

¿Y de qué se reían los pobres con lo jodidos que andaban también en esos tiempos? Esto daría pie a un estudio sociológico para el que me faltan líneas y a ustedes ganas.

Digamos, como resumen, que el humor no es para una clase sino que tiene clases dentro de sí mismo. No es lo mismo reírse de un chiste de Lepe, que hacerlo de un poema de José Zorrilla, porque para reírse de Zorrilla hay que saber quién era Zorrilla y hasta, más o menos, lo que escribió. Igual pasa con las sátiras sobre hermenéutica, que no hacen gracia si no se sabe en qué consiste esa materia tan pelmaza.

De acuerdo que se puede pasar por la vida sin saber qué es la hermenéutica- de hecho, se pasa mejor-. Que, mientras se coma y se duerma más o menos, se puede vivir creyendo que la hermenéutica es una prima de Zorrilla y Zorrilla una fulana de poca monta. Lo bueno que tiene saber algo de estos temas es que uno puede reírse con los escritos de Gallud Jardiel y así alegrarse la vida, que es lo mismo que alargarla.

Lo que se suele saber primero de Enrique Gallud Jardiel es que es nieto de Jardiel Poncela, el más revolucionario y lúcido de todos los humoristas españoles, esto tiene, aunque parezca mentira, entre todas las ventajas, algún inconveniente, pues si bien es una bicoca recibir como herencia semejantes genes, somete a la dura prueba de la comparación con el ancestro, cuyo listón de alto se pierde de vista en los mismos parnasos celestiales de Aristófanes.

Ahora bien, Enrique pasa la prueba del ADN escribiendo a lo Jardiel, como la pasó  un día el presunto hijo apócrifo de “El Cordobés”, haciendo el salto de la rana. En ocasiones es tan jardielino que creo estar leyendo a su mismo abuelo, otras no, porque aporta a lo escrito muestras de una personalidad bien propia, que se desarrolla en el marco muy reconocible del siglo XXI. Lo bonito de las sagas es que los herederos sean versiones y no réplicas, si no estaríamos hablando de producción en serie, que es una cosa muy aburrida o igual hasta de reencarnaciones (con el yuyú que eso da).

Ahora mismo tengo entre manos la lectura de su libro “Escritos birriosos” y disfruto particularmente con esos episodios en los que el autor narra en primera persona las penalidades por las que pasa un escritor novel y lo hace con tanto realismo que se comprende que tampoco le ha servido de mucho el prestigio del apellido; que ha tenido que pasar por el mismo camino de espinas sobre el que vamos descalzos todos los que intentamos consolidarnos en las letras, sin más método para lograrlo que darse a valer, alimentando el talento con constancia y esfuerzos sobrehumanos.

Esta tragedia que hábilmente el humorista convierte en esperpento, lleva como títulos “Máster en rechazo editorial” (Pataleo) y “Cómo salir en los medios sin hacerse famoso” (Confesión amarga). Los que ya hemos pasado por eso – y seguimos pasando- agradecemos esta parodia que nos llega al alma y nos permite incluso relativizar el compendio de tantos sinsabores.

No sé si decir que Gallud Jardiel escribe humor inteligente, no porque no sea cierto, sino porque tal vez la expresión “humor inteligente” es ya en sí misma redundante. Comprendemos que el humor es el arma de la que se vale la inteligencia para sobrellevar los sinsabores de la vida. Y que si, por tradición, se ha asociado a las clases populares ha sido porque los sinsabores son más propios en las existencias de los humildes. Los privilegiados, sin sinsabores previos, lo cual, a la larga, también aburre, tuvieron que inventarse la tragedia para sufrir aunque fuese en el teatro, viendo como las familias se mataban entre sí con el sol griego del mediodía (que tiene tela) achicharrando sus ilustres calvas. ¿Por qué? Porque es así, porque como dijo Epicuro, para que haya placer, tiene que haber dolor y todo eso.

Por eso, a vosotros, desheredados de la vida, del amor o asuntos varios, os invito a leer estos “Escritos birriosos” como cualquier otro libro de Gallud Jardiel que ya tienen el poder de sacarte la sonrisa con sólo leer el título, “Majaderos ilustres”, “Viajes chapuceros y lugares espantosos”, “Historia estúpida de la Literatura” “Grandes pelmazos de las letras universales” o algún otro de sus numerosos libros publicados. Doy fe de que me lo vais a agradecer.

El escritor maduro

9 Jun

No tengo problemas de identidad sexual. Por lo general, me encanta ser mujer, a pesar de que no es el sexo más conveniente para dedicarse a la literatura. No voy a decir que todavía el mundo de las letras está bastante masculinizado, pero ya lo he dicho.

Cierto es que en él, las mujeres pueden hacer incursiones, a veces, importantes incursiones, sobre todo, a nivel de ventas, a condición, claro está, de que cultiven la trama sentimental en cualquiera de sus versiones; histórica, policíaca o autobiográfica e intimista.  Pero si intentas cruzar esta línea estereotipada, normalmente, puedes sentirte como gallina en corral ajeno.

En el mundo de la columna, también se mantienen este tipo de categorías. Los artículos de fondo, los considerados “serios”, se identifican con nombres masculinos, mientras que el articulismo femenino se mueve más por el tonito frívolo, el costumbrismo doméstico, los asuntos simpáticos de la vida cotidiana, los guiños picantones y así. Bien está que, a fin de cuentas, pese a su levedad o precisamente por ella, pueden ser los más leídos, tanto por mujeres como por hombres. La seriedad y la gravedad abruman, la documentación desorbita y la ligereza refresca mucho más que lo sesudo. Pero la reputación, a la postre, se inclina por la solemnidad y no tanto por el porcentaje de lectores.

Decía Antonio Orejudo que nuestra generación estaba educada en la lectura sin placer por cierta superstición judeocristiana. Eso nos hacía dar preferencia a ciertas novelas experimentales, cuya aridez e ininteligibilidad nos sometía a un sobreesfuerzo doloroso por la creencia de que era precisamente la dificultad la que las hacía prestigiosas.

Por su parte, Elvira Lindo, en su presentación de la reedición de “Tinto de verano” en la Feria del Libro de Málaga, hablaba de otra dificultad, la que tienen las periodistas al querer pasar la frontera hacia los temas “serios”, por resultar disonantes en un terreno donde no se las espera.

Otra cosa es aspirar a cultivar un estilo, por encima de los clichés de género y los impositivos comerciales; eso es muy honesto y loable, aunque suena a vocación de autor póstumo. Hasta hoy mismo, yo he querido estar en esa línea. Sin embargo, cuando vienes del supermercado y compruebas lo frágil que es un billete de veinte euros, a como se ponen los precios, y lees las declaraciones de Rajoy en los titulares de una revista de economía “Estoy en mi mejor momento”, casi te rindes a la fatalidad y fantaseas con hacer literatura comercial.

La realidad se impone, qué duda cabe, Joaquín Bardem renegaba del mercado Hollywoodiense y quería hacer sólo cine de autor y ahora sale en “Piratas del Caribe” interpretando a no sé qué especie de zombie. Nada que objetar,  ya es padre de familia y  precisa de ingresos, cómo no.

Pues bien, yo también calibro el futuro inmediato, porque la gloria post-mortem alimenta poco y me planteo una fórmula de éxito de ventas.

Tengo ya una idea morrocotuda, pero me falta un detalle. Vale que, siendo mujer, puedo escribir novelas de trama sentimental, aunque veo la cosa ya muy sobada.

Lo comercial, es que yo sea un hombre y escriba novelas sentimentales; un hombre maduro y sensible con el que pudiesen empatizar las lectoras. Ser atractivo me resultaría fácil;  los parámetros de atractivo del varón cuentan con manga más ancha y  sus arrugas y canas resultan, como producto de la experiencia, un sumario de seducción. Claro que sí el avejentamiento es demasiado plausible, siempre está la foto en blanco y negro que atenúa esos incómodos efectos del paso del tiempo.

Yo lo veo así, redondo; como escritor, sería un hombre, más bien de pelo cano, sonrisa abierta y ternura en las manos.

El público femenino está muy necesitado de ese tipo de especímenes sensibles que tanto nos

entienden y nos admiran., que tanto se ponen en nuestra piel con sus palabras, aunque sus actos las desmientan claramente.

Ser el hombre ideal me parece muy sencillo y también muy rentable. Las mujeres son las que más leen, según los estudios de mercado a día de hoy.

Lo otro es empecinarse en no pertenecer a ninguna categoría, ni de sexo, ni de género ni de escuela ni de nada; ir por libre  y esperar que el mundo cambie, cuando más retrógrado se pone.

Da igual. A ti, lectora, lector, que me sigues, aunque nunca me lo digas, nunca voy a decepcionarte. Somos cómplices de las mismas intrigas y sabemos que el futuro llegará, por su propio peso, por más que se haga tanto de rogar. Resistiremos.

 

Historias de curas

26 May

La figura del cura ha dado muchos personajes a la literatura y al cine. Entre otros, aquel “San Manuel Bueno, mártir” de Unamuno que es capaz de transmitir la fe a sus parroquianos y hace devotos incluso de los más descreídos, ocultándoles esa lucha interior que a él mismo le impide tenerla. Un alter ego, en cierto modo, del escritor bilbaíno, quien siempre se estuvo debatiendo entre la necesidad de creer en un Dios como le pedía el corazón y la razón que le impedía esta creencia. “Tengo la fe de querer tenerla”, solía decir.

También es digno de recordar aquel padre Orduña que escribió Muñoz Molina en la novela “Plenilunio”, un hombre sabio y lleno de perspicacia, que adora el pensamiento del anarquista Kropotkin e invita a buscar la culpa en los ojos de la gente. De este personaje guardo algunas frases inolvidables en la memoria, por ejemplo, “Detrás de las buenas acciones, siempre hay motivos más poderosos que la bondad”.

Como contrapunto a estos curas filósofos y venerables, la ficción nos ha dado otros, siniestros y perversos. Valga el ejemplo del hermano Salvador, retratado en “Los Girasoles ciegos” de Alberto Méndez, un canalla sinvergüenza e hipócrita que usa sus hábitos como pretexto para acosar sexualmente a la madre de un alumno, por la que se ha obsesionado. En esta misma línea oscura se encuentra “El crimen del padre Amaro”, que estremece tanto en su versión literaria como cinematográfica que narra cómo un joven párroco seduce a una muchacha ingenua, valiéndose de falsos argumentos místicos y, al dejarla embarazada, la obliga a abortar en manos de una curandera que acaba con su vida en una orgía sangrienta.

Casi tan repulsivo resulta el padre Manolo de “La mala educación” de Pedro Almodóvar; un pederasta depredador, capaz de estigmatizar la infancia de sus alumnos hasta hacerlos adultos atormentados.

Que la ficción es un reflejo de la realidad es innegable. En las filas del clero como en todos los sectores ha habido manzanas podridas, pero no es justo que éstas determinen a todo el sacerdocio a un mismo juicio condenatorio y que los reprobables sean, a fin de cuentas, la única versión.

La ficción como la realidad, nos ha dado muestras de todos los colores, donde también entran, como dijimos arriba, los curas íntegros y los curas divertidos.

Yo recuerdo de pequeña haber visto con mucho entusiasmo la serie “Don Camilo”. Don Camilo era un cura de pueblo con mucho carácter que, a menudo, se enfrentaba al alcalde comunista, Pepón. Se suponía que sus ideas los hacían enemigos, sin embargo, cuando, a fin de cuentas, comprendían que sus intereses eran los mismos acababan aunando fuerzas y reconciliándose.

En lo fundamental, el cristianismo de base y el comunismo se dan la mano. De ahí que la Transición española fuese una floración de curas comunistas. Aquellos curas comprometidísimos con la clase obrera y con su credo, que siempre me parecieron dignos de admiración.

También otros, aquellos estrafalarios como don Fabián, un cura croata que, siendo destinado a una isla del Adriático, al ver los bajos índices de natalidad, decide con la complicidad del farmacéutico y el quiosquero, agujerear los preservativos. “Los niños del cura”, se llamaba la película.

Ayer mismo vi. también otra película italiana, “Si Dios quiere”, cuyo protagonista era un cura alternativo que predica en los suburbios de Roma y logra captar para su causa a un cardiólogo prepotente y millonario, que baja de su nube para sumarse a la espiritualidad y el compromiso.

En cierto modo, recordaba a las comedias de Franz Capra.

Puede ser, no digo que no, que la iglesia necesite este tipo de propaganda. Nos entusiasma saber que el Papa Francisco es un hombre sencillo, que no le gustan los lujos y viaja en autobús. De otra manera, los adeptos disienten y fichan por religiones orientalistas.

Pero digo yo que si el humano necesita de la religiosidad, como decía Unamuno, para qué buscarla en la India. Los principios son iguales, más o menos.

Para evitar viajes costosos, yo he creado al padre Manuel, un émulo del Padre Brown, pero con sangre de la Axarquía. Tiene lo bueno de todos los curas que he citado ya. Es humano y cercano y, en fin, creía que me lo había inventado yo, pero ha terminado inventándome a mí y dándome nuevas ilusiones. Unamuno no se equivocaba, los personajes nos dominan.

 

El abrigo de verano

7 Abr

Un abrigo de verano es, en lo textil, un oxímoron, una antítesis y como mínimo; una paradoja. Digamos, para quienes prefieran la imagen a la retórica que el abrigo de verano es como una guitarra sin cuerdas, una cerveza sin alcohol o un jardín sin flores. Una prenda que no abriga si hace frío y que si hace calor, sobra y que, en todo caso, se usa en primavera, que es una estación bastante improbable en nuestras latitudes, porque los meses que caen a esa altura del calendario traen o días de verano o días de invierno, en los cuales hay que volver a sacar el abrigo de invierno si no quieres morir congelado. Pero somos tozudos y obedientes a las convenciones estacionarias, aunque se traten de meras utopías.

Si en enero nos sorprende una jornada de casi 30 grados, vamos vestidos de invierno, aún cociéndonos vivos, y, en una tarde gélida de primavera, sacamos el abrigo de verano para tiritar a la moda. Y, más aún, cuando toca boda o comunión; en esa coyuntura, no hay quien renuncie al modelito palabra de honor y la liviana mantilla de encaje, previstos para la ocasión, aunque pase luego una posterior semana de pulmonía.

Otra alternativa al abrigo de verano, si se trata de andar de diario, es el jersey de primavera. Una prenda que desaconsejan los comerciantes malagueños, si bien la ponen en venta.

El otro día fui a comprarme uno y me dijo la dependienta:

-Estas cosas en Málaga no sirven para nada. Aquí cuando llega el calor, llega a lo grande, y te estorba todo.

Así que, siguiendo su consejo, salí de la tienda sin compra, quedándose la vendedora sin venta.

El comerciante malagueño es esa rara avis del sector que antepone el sentido común al afán de lucro.

Si voy a un vídeo club y me intereso por una oferta en el alquiler de dos películas, el dueño me dice que con la oferta sólo me ahorro un euro y a lo mejor acabo harta de planchar tanto el sofá y si voy a la tienda de animales a comprar unas latitas carísimas de paté para los gatos, el propietario me persuade para que me lleve mejor pienso seco, que es más barato y mucho más sano. En muchas ocasiones, he salido de allí sin comprar y con unas cuantas muestras gratuitas. El secreto de que estas tiendas se mantengan es que vuelves siempre porque te dan confianza y eso, a la larga, resulta más rentable que el sablazo que es flor de un día.

Pero volvamos al tema. Un abrigo de verano es sólo concebible en los países que no tienen verano. Allí no se puede comprar el sol, pero sí un abrigo estampado, que no sirve para nada, pero crea cierta ilusión óptica.

El abrigo de verano es propio de lugares donde cunde el Brexit y se discute sobre el Peñón de Gibraltar. Huelga decir que las discusiones sobre el Peñón de Gibraltar son tan inútiles como los abrigos de verano. Aquí y en Inglaterra. Gibraltar es una anacronía que ha adquirido idiosincrasia como tal en su naturaleza mixta y va un poco a su aire. Como “San Roque on –the- Rocks”, la colonia española al sur de Inglaterra que recrean las novelas de Alfonso Vázquez como escenario de las pesquisas policiales del comisario Antonio Mompou y donde es más que concebible la residencia del periodista Julio Camba, la visita de personajes tan surrealistas como Dalí y “La invasión de los Hombres Loro” (editorial Reino de Cordelia).

Para viajar a este lugar no hace falta sacarse el pasaporte ni llevar abrigos. Tampoco facturar maletas. Basta colocarse al hombro una toalla, caminar un poquito hasta el rincón elegido de nuestra playa favorita, sumergirse en las páginas y disfrutar de la aventura y del sol de nuestros veranos, que sí son veranos del todo. O sea que cualquier día de verano de los que traiga esta primavera nos vamos a San Roque on-the-Rocks  ¿qué tal hoy mismo?

Las escritoras

25 Nov

Que tenga que haber un día para conmemorar a la mujer escritora y que dicho día sea celebrado por primera vez en este 2016 (del siglo XXI), nos da una idea de la dificultad histórica que han tenido las mujeres para tener una visibilidad en el ámbito literario.

Ya resulta bastante significativo que Cecilia Bhöl de Faber tuviese que firmar sus novelas con un pseudónimo tan rotundamente masculino como “Fernán Caballero” y que a Emilia Pardo Bazán un ensayo (“La cuestión palpitante”) de adhesión al gurú del naturalismo, Émile Zola, le costase no sólo el divorcio, sino también el rechazo del propio Zola y las aceradas burlas tanto de contemporáneos como de extemporáneos,  pues se puede decir que las bromas despectivas y sangrantes a costa de la escritora gallega, junto con la leyenda acerca de sus vicios y lujurias, han persistido hasta hoy muy por encima de la valoración de su obra literaria, juzgada en muchos casos con irónica y prejuiciada petulancia altanera. Hablamos del siglo XIX, pero incluso en el siglo XX hay casos bastante dramáticos. Se da a entender por algunas páginas de la biografía de Caballero Bonald que Ana María Matute sufrió la envidia brutal de su primer marido, un escritor mediocre, que la obligaba a revisar una y otra vez su novela fallida, robándole horas a su propia creación, y terminó hasta vendiendo la máquina de escribir de la autora para pagar deudas y, de paso, frenar ese despegue literario de su esposa que tanto lo humillaba.

Peor aún le fue a Elena Fortún, que tenía que esconderse en el baño para escribir porque su marido se lo tenía terminantemente prohibido. Digamos que hasta hace muy poco se consideraba que la escritura no era compatible con las prioridades congénitas de la mujer; el cuidado del hogar, el marido y los hijos. Lo que explica que, por evitar esta tendencia “contra natura” se les negase, además del acceso a estudios superiores, la cercanía a libros más allá de los devotos o folletinescos.

Aquellas que, sin embargo, lograban burlar tantos obstáculos y alcanzar la competencia precisa para escribir, terminaban escapando del hogar; como Carmen Laforet y Ana María Matute o renunciando a su vocación y dejando así un vacío en la historia de la literatura. Hay sobradas razones, por lo dicho, para comprender el porcentaje menguado de escritoras frente al de escritores. Y este porcentaje se explica por una osadía inusitada o una férrea fuerza de voluntad. Ha habido escritoras que han empezado a ejercer de modo completo muy tarde, después de culminar la crianza de los hijos, como Rosa Regás o Carmen Posadas y otras que priorizando sus intereses literarios, incluso han renunciado a tener hijos. Como Maruja Torres o Rosa Montero, quienes, sin embargo, han pagado el precio de ser mal miradas por ese sector de la sociedad que ve en la mujer sin hijos, una mujer incompleta. Y eso, aunque parezca mentira, también se da a día de hoy,  habida cuenta de que escritoras más jóvenes como Eva Díaz Pérez han notado el peso de esta discriminación.

Excepciones hay, claro, como, por ejemplo, Almudena Grandes y Elvira Lindo, que han compatibilizado hijos y escritura, gracias, imagino, a una dieta supervitaminazada y mineralizada y a un marido escritor, que sabe de qué va la cosa y sin dejarse llevar por un ego despendolado, deja espacio suficiente en su casa para otro yo creativo. No es lo más normal, pero es posible.

Si fuese normal, no habría un “Día de la Escritora”, porque ser escritora sería un hecho normalizado que no tendría que valer ninguna reivindicación ni revestir la cosa con el toque de lo anecdótico y lo exótico. A estas alturas.

Las escritoras, en fin. A título póstumo, dan también mucho de sí. Este año se ha publicado la obra de Lucía Berlín como una revelación de la narrativa mundial, de la talla de Joyce o de Proust. Y hay por ahí mucho asombrado preguntándose por qué no la han descubierto antes.

Eso mismo digo yo. A la mujer, que murió alcoholizada, malviviendo en el garaje de uno de sus hijos, le hubiese gustado oír estas cosas tan bonitas y, a lo mejor, participar del éxito de ventas.

Hay escritoras que se hacen célebres después de morir y otras que, después de ser célebres, mueren en el anonimato. Ahora circulan unas memorias ficticias de Adelaida García Morales, que especulan sobre esta posibilidad, arrancando de la anécdota de que pidió 50 euros en una concejalía para pagar un autobús a Madrid. García Morales no se merecía este libro, tampoco la limosna de 50 euros, sino una pensión digna para no dar pie a esta memoria miserable.

Vende lo póstumo en femenino. Se publica una novela inédita de Elena Fortún en la que se revela su lesbianismo. Lo mismo se dijo de Carmen Laforet.

Al final, va a resultar que la mujer escribe por un exceso de testosterona. Por algo dicen que tienen pluma.