Ni vino ni rosas

29 Mar

A Málaga le han colgado muchas etiquetas históricamente. Las que menos hemos cuestionado los que la vivimos, son las que tienen que ver con su ambiente cosmopolita y portuario. Nos atrapa el Siglo XIX y nos embauca su misterio fenicio. El garum lo inventamos nosotros, ¿eh?. Y el dadaísmo, también. Los ojos de las jábegas son surrealismo puro, muy anterior a que nadie en el Cabaret Voltaire echara los dientes. Nos encanta soñarla como en el poema de la ciudad del Paraíso ese que, oportunamente, nunca hemos leído, como ninguna otra cosa de Aleixandre. La consideramos vanguardista por el aroma picassiano; industrial hasta las trancas por el vino que ha recorrido cuesta abajo tantas pizarras de la Axarquía; ociosa, por su burguesía bien acomodada, que se pasaba las tardes enteras entre cafés y tertulias, con amplitud de miras y sin estrecheces en su horario laboral escandinavo. En otra vida, si nos hicieran una regresión patriotera, todos resultaríamos Cleopatras y Marco Antonios del Perchel o la Trinidad, príncipes o reinas moras de Archidona, y muy pocos malagueños -si es que alguno-, analfabetos brutos, ni pobres de solemnidad. No sé de dónde habrán salido los merdellones descamisados que nos avergüenzan las ferias con las bragas mojadas en la mano.

Una vez, un asiático que me crucé en la Calle Larios me preguntó por la casa de Picasso y, sin darme tiempo a orientarme, otro señor muy antipático -que debió de ser boy scout en su día- se me adelantó por la izquierda y le dijo que siguiera recto 1.800 kilómetros y, una vez llegase a París, preguntara. No sé si la discusión anterior la tuvo en casa o en el trabajo porque se fue en seguida. Supongo que sería vecino del Centro, y que con las pocas horas de sueño que le concede el alcalde, las malas pulgas se las dejaba puestas en defensa propia. Aunque ya puestos a rebatirlo, tampoco iba tan desencaminado. No sé si el turista habrá llegado ya. Pues partió andando, y ya se sabe de la paciencia oriental.

Del abuso del Picasso malagueño ya dio cuenta Bergamín -otro hijo de malagueño-, en 1926, en su poema “Hija de la Espuma”. Ya han llovido cambios climáticos desde entonces. Sin embargo, éste, el Premio Nobel del que les hablé, García Lorca, Alberti, Prados, Altolaguirre, Manuel Ángeles Ortiz, la revista Litoral o la relación de nuestra ciudad con la Generación del 27 aportan visos de realidad a esa parte de la idiosincrasia malagueña que nos azuza el arraigo vanguardista y del que tan poco ha usado aún nuestro alcalde ni su equipo de artistas consejeros y lumbreras para demostrarnos el amor que siempre hemos profesado por la cultura y que justificaría hasta sus museos de quita y pon -no sé si tanto-. Como tampoco, otro debe, que otorgaría fundamento al cariz elegante y burgués del que presumimos con un té y varios jardines inigualables a la vista, sería reivindicar el patrimonio de nuestro vino. El de la DO Málaga denostada. El excepcional, único y distinto a todos los del resto del mundo, esta vez sí y sin molestar a nadie.

Pero no. Todas las tradiciones las concentra nuestro ayuntamiento en una. Picasso es a la cultura lo que la Semana Santa a nuestra tradición. Una gran burbuja. Un empacho excesivo. De ser un motivo de orgullo, una emoción familiar, una memoria de vida, lo está transformando el consistorio en una división entre hartos y devotos. Cortes de calles. Y más cortes de tráfico. Imprevistos, imposibles de seguir sin un boletín oficial bajo el brazo. Traslados, tambores, deshoras, grúas, días, semanas y meses. ¡Hasta ensayos! ¡El sábado pasado a las doce y media de la noche nos dejaron otra vez incomunicados en el barrio de la Victoria! ¡Por un ensayo! ¿De qué, de traslado, de procesión, de pasión, de penitencia?, le pregunté al policía local que me obligaba a darme la vuelta cuando llegaba a mi casa. ¿Qué importa? ¡De algún trono!, me dijo. Pues eso, de algún trono… ¿Y si algún oriental me preguntase por el Cautivo? Claro, ahora lo entiendo todo: le indicaría el camino hasta la Isla de Montecristo.

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