San Cervantes

23 Abr

fahrenheit451-3.jpg Me cuenta mi amiga Paz Sánchez que, al preguntar a uno de sus alumnos qué se celebraba el día 23 de abril, recibió una entusiasta, contundente y significativa respuesta:
–Hoy es San Cervantes.
Un santo laico. Un personaje admirable que merece conmemoración y alabanza. Una persona excelsa y esforzada que nos ha dejado una gran obra y que ha contribuido al bien de la humanidad. Un ejemplo que nos invita a leer y a escribir. El niño santifica lo profano por un curioso mecanismo de admiración. Identifica lo bueno con lo sagrado y canoniza con facilidad a quien se le propone como respetable, elevándole a los altares de su admiración. Se trata de alguien importante, admirable y merecedor de un culto que tiene lugar en el templo del mundo.
Celebramos hoy el Día Mundial del Libro de los Derechos de Autor por decisión de la Conferencia General de la ONU del año 1995 para conmemorar la muerte de Cervantes, la de Shakespeare y la del Inca Garcilaso de la Vega, acaecidas el día 23 de abril de 1616. Conmemoramos también este año el cuatrocientos aniversario de la publicación de El Quijote. Obra admirable que nos ha permitido disfrutar y aprender. No es muy precisa en este caso la insidiosa puntualización de Mark Twain: “Un clásico es algo que todo el mundo quisiera haber leído y que nadie quiere leer”. Tampoco es cierto que para ser un escritor de prestigio sea necesario haber muerto, aunque algunos así lo piensen… Siendo director de un colegio en Madrid invité a participar en algunas tareas docentes a un reconocido escritor. Cuando el eminente personaje atravesó la puerta del aula, uno de los niños exclamó poniéndose de pie y expresando su asombro: ¡Está vivo!
El día del libro que hoy se conmemora es un día grande. Porque leer es una forma mágica de vivir muchas vidas, de conocer muchos países, de encontrarse con increíbles personas, de experimentar grandes emociones, de hacer realidad sueños imposibles… Dice Manuel Alcántara que quien nos dice que nunca lee podría ahorrarse la confidencia.
Existe hoy una gran preocupación por las deficiencias en la escritura, por las faltas de ortografía de niños y jóvenes. Se busca la solución en muchas partes. Pues bien, una de las más importantes está en la lectura. Quien lee mucho y bien., escribe bien.
Quiero sumarme a la conmemoración del día del libro con estas líneas que pretenden ser una invitación a la lectura. Voy a plantear como objetivo siete saberes didácticos para el cultivo y disfrute del arte de la lectura.
Saber desear. El verbo leer como el verbo amar no se pueden conjugar en imperativo. Lo importante, pues, es despertar el amor a la lectura, el deseo imperioso de leer. Si se obliga es fácil que surja el rechazo, como sucedería si alguien nos obligase a amar a una persona.
Saber leer. Leer no es solo estar pasivamente delante de un libro. Hay quien lee sin enterarse de nada. Es importante saber leer. Lo cual, no sólo requiere técnica sino criterio. Hay quien no se entera de nada. Por leer sin comprensión o por leer tan de prisa que no puede rumiar el contenido. Decía Woody Allen: “He hecho un curso de lectura veloz y he leído Guerra y Paz en veinte minutos. Habla de Rusia”. El buen lector no solamente entiende y critica y aprende. El buen lector se hace con la lectura mejor persona. Dice Vicente Espinel: “Los libros hacen libre al que los quiere”.
Saber elegir. Dada la producción que hoy existe es casi más necesario saber lo que no hay que leer que lo que se debe elegir. Elegir la lectura es tan necesario como elegir los alimentos. Hay libros de todo tipo. Libros del momento y libros de todo momento. Dice Chamfort: “La mayor parte de los libros actuales tienen el aspecto de haberse escrito en un sólo día con libros leídos la víspera”.
Saber disfrutar. Dice François Fénelon: “Felices mil veces los que gustan de leer y no están privados de libros”. Quien convierte la lectura en un placer tiene salvado el tiempo de ocio. Porque se puede leer en todas las partes y a cualquier hora. Se puede leer sólo o acompañado, en casa, en el autobús, en el parque, en la playa, en la cama… La mujer de un entrañable amigo siempre dice: Menos mal que mi marido lee, porque si no, entre estate quieto y échate para allá, pasaría media noche.
Saber criticar. Es necesario que el libro nos aproveche. Como sucede con los alimentos. Los hacemos carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. Quien lee sin digerir acaba por vomitar. Aprender a ser críticos no quiere decir aprender a ser cáusticos. Tienen mala fama los críticos. Decía François Mauriac: “Un mal escritor puede llegar a ser un buen crítico, por la misma razón por la que un pésimo vino puede llegar a ser un buen vinagre”. Es proverbial la acidez de algunos críticos. Como la que manifestó aquel que le dijo a un autor: “Su libro es bueno y original, pero la parte que es buena no es original y la parte que es original no es buena”.
Saber compartir. Se lee para enriquecerse. Y para enriquecer a los demás. Quien lee es un puente entre el escritor y el interlocutor con quien comenta el contenido del libro. No me gusta la actitud egoísta de quien sólo lee para sí, para saber más que los otros. Por eso considero importante el aprender a compartir lo leído, evitando la ‘avaricia intelectual’.
Saber regalar… Existe una acentuada mala prensa sobre el préstamo de libros. Se dice que los libros tienen su orgullo porque cuando se les presta no regresan a sus dueños. Qué hermosa la costumbre catalana de este día: regalar libros y rosas es sembrar el mundo de belleza y de verdad.
Recuerdo con viveza la ya lejana primera lectura que hice de la novela de Ray Bradbury ‘Farenheit 451’. Sabe el lector que la novela nos describe un mundo en el que se persigue la lectura y se queman los libros. Farenheit 451 es precisamente la temperatura a la que arde el papel.
Borges expresó magistralmente la importancia de la lectura: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito: a mí me enorgullecen las que he leído”. Pensaba cerrar el artículo con estas palabras del gran escritor chileno, pero creo que he de ceder la clausura a quien hoy da pie y motivo a la conmemoración. Utilizaré, pues, palabras de Miguel de Cervantes: “El que lee mucho y anda mucho, va mucho y sabe mucho”. Así sea. Así es.

Pedir la luna

16 Abr

luna.jpg Como ciudadano del mundo a quien nada le es ajeno, he sido testigo de la abrumadora despedida al papa Juan Pablo II, cuyo pontificado se prolongó de forma casi cruel, aunque muchos digan también que de manera ejemplar. No es el sufrimiento lo que confiere el mérito sino el amor. Descanse en paz.
Ahora quiero mirar hacia adelante. Y formular una utopía que implícitamente contiene una crítica. Cuando alguien emite una opinión crítica sobre la Iglesia suele ser tachado de anticlerical, de resentido, de obseso, de entrometido, de impío y de no sé cuántas cosas más. Cuando el dedo señala la luna, el necio mira la mano. Pocas personas he visto más hipersensibles a la crítica que a los católicos, apostólicos y romanos. Son más papistas que el Papa. No se puede expresar una crítica a la Iglesia sin ser violentamente contestado. Hay, incluso, una reacción organizada de réplicas, en las que vale todo. Es la lucha del bien contra el mal. Ya sé que algunos me dirán que me meta en mis asuntos, pero he de responder que mis asuntos son todos los que conciernen a la vida de las personas y a las estructuras de la sociedad en la que vivo.
1. Creo que sería importante promover un proceso democratizador en la Iglesia. Un proceso que comenzaría con la elección del Papa a través de las diócesis en las que están presentes todos los fieles. (¿A quién representan los cardenales, salvo a sí mismos? El Papa elige a los cardenales y los cardenales eligen al nuevo Papa. Curioso círculo). Un proceso que exigiría un clima abierto al diálogo y a la discrepancia, evitando la condena de teólogos y moralistas considerados heterodoxos. Que llevaría consigo la separación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Que conllevaría la transparencia de las cuentas, de las inversiones, de los bienes y de su reparto en la Iglesia… Que exigiría un fortalecimiento profundo y extenso del papel del laicado, como reclamaba el Concilio Vaticano II.
2. Resulta imprescindible la separación del poder religioso y del poder civil. ¿Qué sentido tiene hoy día que la Iglesia sea un Estado, que el Papa sea su jefe, con embajadores y nuncios, con ministerios, con diplomacia, con bancos, con estructuras políticas? Desde mi punto de vista, habrían de desaparecer los concordatos, entre ellos el establecido con el estado Español. Desde Constantino, la alianza con el poder civil es una de las lacras más graves de la Iglesia. En los funerales del Papa hubo muchos pobres, quizás, pero era demasiado ostensible y preferente la presencia de los poderosos de la tierra.
3. La preocupación por los desfavorecidos ha de ser uno de los principales ejes de la ación eclesial. No siempre ha sido así. La Iglesia jerárquica no está situada cerca de la miseria, sino de la opulencia. “La Iglesia institucional está alejada del sufrimiento de los pobres”, decía hace unos días Leonardo Boff, teólogo brasileño, uno de los 140 castigados por la Iglesia. Tengo un amigo misionero que siempre ha vivido en territorio de pobreza, muy cercano a los desheredados de la tierra. Hoy está en Honduras. No tuvo ni tiempo ni dinero para acudir a las exequias del Papa.
4. Es preciso alcanzar la igualdad hombre/mujer. Cualquier organización (cultural, política, deportiva, académica, folklórica…) que mantuviese hoy en sus estatutos una discriminación de esta naturaleza, sería denunciada ante los tribunales. Aunque dijese que la causa de la discriminación es la voluntad del fundador o sus arcaicos estatutos. “Nec nominetur in nobis”, (ni se mencione entre nosotros), sigue siendo la respuesta de la Iglesia jerárquica ante la cuestión, repitiendo la expresión de Pío XII. Lo mismo ha de decirse de la ordenación de casados. Me remito a un extenso artículo publicado hace días por el teólogo Hans Küng en la revista ‘La Clave’.
5. Es necesario replantear las pautas morales en relación a la sexualidad. La primera de las exigencias, a mi juicio, es la aceptación del uso de preservativo como medio de evitar la concepción no deseada y el contagio del SIDA. Resulta terrible, sabiendo lo que se sabe, que se cierre los ojos a la realidad del contagio. Decir que la solución es la abstinencia no es una explicación aceptable no sólo porque es evidente que no se cumple sino porque no es admisible desde el punto de vista científico decir que la anticoncepción es una actuación abortiva. No es admisible cerrar los ojos a tanto dolor, a la enfermedad. a la superpoblación y a la muerte. Otra exigencia se refiere al necesario respeto y apoyo a los homosexuales. Creo que la Iglesia debe revisar su valoración moral sobre la homosexualidad. Lo esencial es el ser humano y hay que conocer cuáles son sus circunstancias y sus necesidades. ¿Se aplica el mismo código moral para la sexualidad que para la violencia? ¿Se ha dicho, quizás, que han pecado gravemente los que han declarado, apoyado o hecho la guerra de Irak?
6. La investigación con células madre es un fenómeno impulsado por la compasión y por la lucha contra el sufrimiento humano. Es una manipulación inconcebible hablar de asesinatos cuando se trabaja con células madre. ¿Dónde está el rigor al definir el comienzo de la persona humana? ¿Cómo puede negarse a una madre la posibilidad de salvar a un hijo del dolor, de la enfermedad, de la desgracia?
7. Apoyo y protección de la teología de la liberación. La persecución que por parte de la jerarquía ha sufrido esta parte de la Iglesia (la más sensible, la más cercana a los pobres) ha sido una de las sombras que han entenebrecido, a mi juicio, el último pontificado. Leonardo Boff dice que los teólogos de la liberación son los “amigos de los pobres”. Muchos de sus enfoques se han desvirtuado para poder acabar con su pensamiento y con su acción.
8. Supresión de la asignatura de religión en las escuelas. La catequesis ha de tener lugar en el seno de las parroquias y de las familias. Esa pretensión de acapararlo todo, de invadirlo todo bajo el pretexto de que los padres tienen derecho a elegir para sus hijos la opción educativa que deseen resulta inaceptable. Porque muchos contribuyentes se opondrían a pagar sus tributos para que se expandieran ciertos credos, por mucho que clamasen las familias por el derecho a educar a sus hijos en ellos. Nombrar y cesar profesores que paga el Estado es un privilegio al que debería renunciar voluntariamente la Iglesia. Como a muchos otros. Saldría ganando si cree en la libertad y en la igualdad que predica.
9. Hay que incrementar el diálogo con los fieles, con otras religiones y con el mundo, como deseaba el Concilio Vaticano II. ¿Por qué no se puede opinar y replicar durante las homilías? La falta de transparencia y de diálogo se ha vuelto a mostrar con la prohibición del cardenal Ratzinger de que los cardenales concedan entrevistas en las fechas inmediatas al cónclave. ¿Por qué no hablar? ¿Por qué no se enteran los fieles de lo que se cuece en la curia?
10. La aceptación de la pena de muerte se aviene muy mal con la condena del aborto y de la eutanasia. La defensa de la vida (ni los abortistas, ni los defensores de la eutanasia son defensores de la muerte sino de la vida) exige un mayor rigor. ¿Por qué hay guerras santas? ¿Por qué se puede matar a alguien legalmente?
La notable influencia que grupos conservadores ejercieron en el pontificado de Juan Pablo II fueron cerrando paulatinamente a la Iglesia. Esas fuerzas no están nunca quietas. Hoy siguen maniobrando para orientar la elección. De ahí mi humilde y utópica propuesta. Ya sé que estoy pidiendo la luna. Pero, por pedir, que no quede.

La brecha digital

9 Abr

binario_black.jpg Vivimos inmersos en lo que se ha dado en llamar sociedad-red, sociedad telemática, telépolis, sociedad digital, cultura de la información y así hasta casi cien denominaciones similares. Lo cierto es que nos encontramos en la última generación de una civilización antigua y en la primera de una nueva civilización. Las consecuencias de ese fenómeno son importantísimas: nueva forma de pensar, de sentir, de ser y de relacionarse. En definitiva, de vivir.
Se define el concepto de ‘brecha digital’ como la separación que existe entre las comunidades, estados y países que utilizan las nuevas tecnologías de la información como una parte rutinaria de su vida diaria y aquellas que no tienen acceso a las mismas y que, aunque lo tengan, no saben cómo utilizarlas. Lleva consigo la desigualdad de posibilidades para acceder a la información, al conocimiento, a los negocios, a las relaciones y a la educación. La brecha no se relaciona sólo con aspectos de orden exclusivamente tecnológico. Es el reflejo de una combinación de factores socioeconómicos y en particular de limitaciones y falta de infraestructura de telecomunicaciones e informática.
La brecha digital está basada en cuatro elementos concatenados:
– disponibilidad de un ordenador u otro elemento hardware que permite a la persona conectarse,
– posibilidad de conectarse y poder de acceder a la red desde el hogar, el trabajo o la oficina,
– el conocimiento de las herramientas básicas para poder acceder,
– la capacidad para poder hacer que la información accesible en la red pueda ser convertida en conocimiento por el usuario.
A nadie se le oculta la importancia que tiene hoy estar conectado a la red, navegar a través de ella, disponer de correo electrónico, ser capaz de comunicarse con otras personas en este nuevo foro, hasta hace muy poco casi inimaginable. “Lo verdaderamente importante no es la exclusión de la información sino la exclusión por la información”, según Perry y Jupp.
Las diferencias son abismales. Antes de la brecha digital existió la brecha analógica. Los países ricos (15% de la población mundial) tienen el 50% de teléfonos fijos y el 70% de los inalámbricos. Hay más conexiones a Internet en Manhatan que en África. Y, lo más preocupante, las desigualdades son crecientes. La diferencia entre países ricos y pobres era de 3 a 1 en 1820, de 35 a 1 en 1950, de 44 a 1 en 1973 y de 72 a 1 en 1992.
Hay quien piensa (creo que equivocadamente) que la brecha digital es un mito porque la fuerza económica y la dinámica del mercado hará que terminen las diferencias, llegando el momento en el que el uso de Internet será generalizado como lo es el de la televisión.
Quienes están conectados tienen acceso a un cúmulo casi infinito de información. Tener información hoy es tener poder. Quienes están privados de ella sufren el castigo de la discriminación y de la exclusión. Los ‘conectados’ tienen también la posibilidad de dialogar, conocer e interrelacionarse con otros. La comunicación que se hace a través de la red tiene peculiaridades originales. El interlocutor no sabe si quien habla es hombre o mujer, rico o pobre, gordo o flaco, bajo o alto, guapo o feo, tartamudo o locuaz, negro o blanco… Conozco en mi entorno próximo a tres parejas de queridos amigos y amigas que se han casado a través de la conexión que realizaron en Internet.
La conexión a la red mejora la calidad de los servicios (consultas comerciales, negocios, operaciones bancarias, compras, puestos de trabajo, compraventas, reservas…). El intercambio de ideas, de experiencias, de bromas, de historias cargadas de ingenio circulan por la red para regocijo de muchos. Véase el librito de Agustín Rodríguez Mas titulado ‘E-mail. Historias de humor que circulan por la Red’.
Existen ahora nuevas formas de diversión y entretenimiento. Ahí están ‘los ermitaños del siglo XXI’. Personas que se refugian en Internet y pueden pasarse días y días sin hablar con un interlocutor presencial. La formación de las personas evitará las manipulaciones que se producen a través de la red. Quien está educado sabe discernir cuándo el conocimiento que el brindan está adulterado, cuándo la publicidad es engañosa, cuándo la forma de diversión es indecente (hay pornografía infantil, hay propuestas degradantes, hay manipulación de las conciencias…), cuándo le están tendiendo una trampa. “Si mandas esto correo a 15 personas serás muy feliz, si lo mandas a 10, bastante feliz y si no lo mandas serás desgraciado”. Y alguno se lo cree. (Recuérdese que el premio Nobel Niel Borg fue preguntado si creía que las herraduras en las puertas de las casas traían suerte. Dijo que no. Y, al decirle que él tenía una en la puerta contestó: “Es que me han dico que las herraduras en las puertas de las casas traen suerte incluso al que no cree en ello”).
Aparecen con la red nuevas formas de asociación, organización y participación. Nadie podía imaginar que, a través de la red, podría convocarse una multitud ante las sedes del PP el día 13 de marzo del 2004. ¿Nos habríamos imaginado la expansión de la propuesta pareada de celebración del año 2005 que hemos vivido el pasado 31 de diciembre y que no quiero ahora reproducir? ¿Habría imaginado alguien la posibilidad de concentrarse a través del ya famoso “pásalo”, como ha sucedido en Madrid con ocasión de la muerte de Juan Pablo II?
¿Quiénes quedan excluidos? Los pobres, los vagabundos, los alcohólicos, los drogodependientes, las minorías étnicas, los inmigrantes, los discapacitados… Hay quien se excluye de forma espontánea o de forma diferente a los que quedan excluidos de manera absolutamente involuntaria. Me refiero a las personas de edad que no son capaces de aprender a manejar la nueva tecnología o que se niegan a realizar el esfuerzo necesario para hacerlo. Todos conocemos a personas que se han aferrado a su vieja máquina de escribir y que no se molestan en ponerse delante del ordenador. Esos no son excluidos, ellos se excluyen sin ser sustancialmente perjudicados.
¿Cómo combatir esta exclusión? Con políticas de redistribución que eviten que la diferencia entre los pueblos siga acrecentándose. No hace falta sólo reducir la diferencia tecnológica. Hace falta otro tipo de transformación educativa. Son necesarios programas de capacitación. Conviene enfocar la actividad hacia el desarrollo, no hacia la explotación. Es necesario lanzar puentes digitales que permitan superar la brecha.
Lo que nosotros necesitamos es que puedan sentarse ante los ordenadores niños y jóvenes inteligentes que sepan aprovecharse de los beneficios de la red y que sepan defenderse de sus trampas, seducciones y manipulaciones.

¿Cuántos amigos tienes?

2 Abr

Albert Camus define la amistad como “la ciencia de las personas libres”. Ciencia y arte a la vez. Decía Aristóteles que la amistad es un alma que habita en dos cuerpos y un corazón que habita en dos almas. Y así es. Siempre he pensado que la amistad es una de las columnas que sostienen el mundo.
El lenguaje nos juega muchas veces malas pasadas. Una de ellas es la de utilizar la misma palabra para designar realidades muy diferentes. Algunos llaman amigo a un simple compañero de trabajo o de partido o de clase, a un aprovechado colega, a dicharachero acompañante,. a un ocasional aliado, a un camuflado contrincante, a un adulador interesado, a un bromista entretenido, a un jefe cercano, a un profesor condescendiente, a un padre campechano… No. Esos no son amigos, son meros sucedáneos. Por otra parte, decir un “buen amigo”, un auténtico amigo”, un “verdadero amigo” es utilizar adjetivos innecesarios porque un amigo es, per se, bueno, auténtico y verdadero. Decir “buen amigo” es una tautología. Decía Epicuro: “La amistad recorre el mundo cada mañana despertando a las personas de manera que puedan hacerse felices”. ¿Cómo sería este mundo sin el sentimiento y la experiencia de la amistad?
Un amigo es una persona que, a pesar de conocerte muy bien, te sigue queriendo. Es una persona que comprende, que perdona, que no tiene que ser llamado en la adversidad, que no se aprovecha de la prosperidad o el éxito, que te dice la verdad, que no te abandona, que está disponible a cualquier hora. Alguien ha dicho que un amigo es un hermano que se elige. En efecto, el azar nos da los parientes, pero nosotros elegimos a los amigos. La amistad minimiza los defectos, disculpa los errores y perdona los descuidos. Como decía Joseh Joubert: “Cuando mis amigos son tuertos, los miro de reojo”.
Hago estas reflexiones ante el asombro y la tristeza que me producen muchas relaciones que veo en los medios de comunicación y en la vida. Traiciones, insolidaridad, puñaladas traperas, insultos, agresiones, deslealtades, trampas, acusaciones brutales, superficialidad, falsedades, mentiras, utilización aprovechada de la intimidad compartida, egoísmo… Eran amigos, pero un mezquino interés acabó con la amistad. ¿Qué amistad era esa? Eran amigos, pero la envidia más ruin provoca un ataque despiadado que hace saltar por los aires muchos años de relación. Una amistad que termina de esta manera, nunca había comenzado. Dice un proverbio chico que las buenas fuentes se conocen en las grandes sequías y los buenos amigos en las épocas desgraciadas.
Javier Cercas, escritor cacereño que alcanzó un éxito extraordinario con la novela “Soldados de Salamina”, obra de la que se hicieron más de cuarenta ediciones, que fue traducida a más de veinte idiomas y que dio lugar a la película del mismo nombre, acaba de publicar otra novela espléndida. Se titula “La velocidad de la luz” y es la historia de una amistad. Una amistad entre un escritor novel que viaja como becario desde Cataluña a la Universidad americana de Urbana y un compañero de despacho, también profesor en esa Universidad y antiguo combatiente en la guerra de Vietnam.
La novela de Cercas, que es una magnífica lección sobre el arte de narrar, está escrita con un lenguaje preciso y elegante, tiene una rigurosa estructura y una cadencia de creciente palpitación. Se sumerge en las aguas turbias de la culpa y explora sus más recónditos escondites. Contiene, además, una intensa reflexión sobre la guerra, sobre el éxito y sobre la literatura, filtradas a través del sentimiento de amistad que atraviesa todas las páginas. La naturaleza humana toca techos de éxtasis y fondos de desesperación que llevan a los protagonistas a rezar con Heminguey: “Nada nuestro que estás en la nada, nada es tu nombre, tu reino nada, tú serás nada en la nada como en la nada”.
Lo más alejado del burdo interés, de la competitividad desleal, de la indecencia relacional, de la obsesión por la eficacia y del relativismo moral que hoy nos invaden es la amistad. Para un mundo dominado por el individualismo y por la ley del “todo vale”, no hay mejor terapia que el florecimiento de la amistad.
Alguien me contó hace tiempo esta interesante historia sobre la amistad que quiero compartir ahora con el lector. Un hijo le pregunta a su padre:
– ¿Cuántos amigos tienes?
– Uno sólo, hijo.
– ¿Uno sólo, padre? Has perdido la vida. Con lo importantes que son los amigos. Yo tengo cientos de amigos extraordinarios.
– ¿Y sabes si son realmente amigos tuyos?
– Claro que lo sé. Me lo han dicho muchas veces.
El padre le propone que someta a prueba esa amistad. Y le dice:
– Mira, vas a matar una oveja. La metes en un saco, de manera que se vea la sangre. Y con el saco a cuestas vas a llamar a la casa de tus amigos y a pedirles ayuda. A ver cómo reaccionan. Así lo hace el hijo. Llega a casa del primero de sus amigos, el que cree que de ninguna manera le va a fallar.
– Mira, le dice mostrando el saco. He matado a una persona. Por favor, ayúdame.
– ¿Has matado a una persona? ¿Qué me dices? Tú eres un asesino. ¿Qué quieres, que me impliquen a mí en el asesinato? ¿Por qué has venido? Díselo a otro. Vete, no quiero volver a verte nunca más.
Se va desconcertado y entristecido. Llega a la casa de otro de sus amigos con el mismo mensaje e idéntica petición.. Y la respuesta le duele aún más:
– Yo no quiero tener como amigo a un monstruo. Me has defraudado. No pensé que fueras así. Jamás me imaginé que pudieras hacer algo semejante. Me avergüenzo de ti. Aléjate pronto de aquí, porque eres un maldito indeseable. ¿Cómo he podido ser amigo tuyo?
Así le va sucediendo con todos los que creía sus amigos. Y entonces piensa en el amigo de su padre. ¿Cómo reaccionará? Llega a su puerta, se presenta como hijo de su amigo. Le cuenta exactamente lo mismo que a sus pretendidos amigos, le pide idéntica ayuda y oye, emocionado y atónito, esta respuesta.
– Pasa, pasa pronto. Vamos a enterrarlo en el jardín. Y, por favor, a tu padre no le digas ni media palabra de lo que aquí ha sucedido.
Creo que es importante hacer amigos. Pero es más importante mantenerlos, saber cuidarlos, saber ser fieles a esa hermosa relación. Qué hermosa y certera la recomendación del proverbio chino: recorre frecuentemente el camino que lleva al huerto del amigo, de lo contrario crecerá la hierba y no podrás encontrarlo fácilmente.

Minusválidos éticos

26 Mar

etoo.jpgSe está poniendo de moda en los campos de fútbol hacer gestos simiescos y proferir insultos racistas para agredir a jugadores negros del equipo contrario. Es una triste moda. Y también una moda imbécil. Triste porque siembra odio en el deporte, un ámbito que debería favorecer el encuentro intercultural. E imbécil porque los energúmenos que gritan amparados en la masa, aplauden con entusiasmo al jugador negro de su equipo que marca un gol decisivo. ¿Qué es lo que hace a uno despreciable y a otro admirable? ¿No es precisamente la mezquindad y la torpeza que anidan en el corazón de la persona racista? A esos individuos que disfrutan burlándose de quienes tienen un color de piel diferente les llamo minusválidos éticos. Porque, como alguien ha dicho, existe la minusvalía física, la minusvalía psicológica y, cómo no, la minusvalía ética.
No es una cuestión intrascendente. Es grave y preocupante que se puedan realizar impunemente en una democracia estas agresiones que desvelan una actitud racista o xenófoba. Si esto se hace con un jugador famoso, ¿qué no hará esta gente con una persona de raza negra que no tiene fama, dinero o poder? ¿Qué harían si tuviesen la posibilidad de actuar de manera impune contra un indefenso ciudadano? No se puede olvidar que en las actitudes racistas está de por medio una cuestión de poder. Cuando el rey Fahd Bin Abdelaziz de Arabia Saudí viaja a Marbella con su extraordinario séquito, muchos racistas le rinden pleitesía. Esperan que de su magnanimidad salgan algunas monedas de regalo. El color de la piel se hace invisible bajo el velo del poder y del dinero. Lo dijo aquel negro que había llegado a ser millonario: yo también era negro cuando era pobre.
Muchos de estos personajes que se esconden en el griterío del grupo, en el anonimato de la masa, no se atreverían a manifestarse de esa manera estando solos. Ya se ve la fuerte personalidad de la que gozan. Está muy clara la cobardía bajo su apariencia de matones. Y quizás tampoco se atreverían a insultar cara a cara al jugador que mientras corre en el campo se convierte en un ser lo suficientemente distante y absorbido por el juego como para poder responder.
Es lógico que estas semillas de odio arraiguen con tanta facilidad y crezcan con tanta rapidez en el terreno abonado de la cultura neoliberal en que vivimos. No en vano el caldo de cultivo de ella es el individualismo, la competitividad, el conformismo social, la obsesión por la eficacia y el relativismo moral. En una sociedad en la que extiende el principio de todo vale, vale también insultar al adversario con el fin de conseguir el rédito de su nerviosismo. Porque lo único que importa es ganar y para ganar cualquier medio es lícito.
Amin Maalouf ha escrito un excelente libro titulado ‘Identidades asesinas’. Reflexiona en él, desde la experiencia y desde el saber, sobre los oscuros procesos que llevan a la violencia racista. Dice Maalouf que de la misma manera que antes se decía que había que hacer examen de conciencia, se debe hoy hacer examen de identidad. ¿Por qué nos insultamos, por qué herimos, por qué nos matamos? El autor que encarna en su propia persona dos culturas (francesa y libanesa) dice que la identidad es como una pantera. La pantera es un animal domesticable. Pero, herida, mata.
Está creciendo en Europa (y en España) la actitud fascista de los ultraderechistas que enarbolan como bandera de enganche la actitud xenófoba. Y lo están haciendo de una manera sibilina: “Nosotros decimos en voz alta lo que todos piensan y no se atreven a decir”. ¡Los muy fachas! ¿Se han puesto alguna vez en el lugar del otro? Lo que ellos piensan sólo lo sostienen quienes padecen una minusvalía ética.
¿Qué soluciones tiene este problema? A mi modo de ver existen cuatro tipos de soluciones complementarias, no alternativas. Unas son de carácter preventivo: no se debe dejar entrar en los estadios a personas que reiteradamente han mostrado su falta de respeto y de tolerancia. Los clubes son especialmente condescendientes con seguidores violentos. En este caso, racistas. Tienen medios suficientes para conocerlos y para excluirlos. Las segundas, de carácter social: el resto de los espectadores del estadio, cuando oye este tipo de gritos, debe hacer callar a los racistas. Están cometiendo un delito. Deben intervenir, deben denunciarlo. No está bien que miren para otro lado o practiquen el deporte tan ejercitado de encogerse de hombros. Otras son de carácter coercitivo: sería muy positivo suspender el partido y castigar con la pérdida de los tres puntos al equipo cuyos seguidores profieran ese tipo de gritos. Finalmente, las más eficaces, pero más lentas, son las de carácter educativo: se trata de preparar a las personas para la convivencia. La convivencia exige libertad, respeto, solidaridad, justicia… Creo que una mayor formación evitaría estas actitudes y estos comportamientos injustos e irracionales. Mientras menos inteligente es el blanco, más estúpido le parece el negro. Las medidas educativas harían innecesaria la vigilancia, la amenaza y los castigos. Cada persona sabría que todos los seres humanos tienen igual dignidad y el mismo derecho a vivir felices.
Los jugadores, habitualmente, se han callado. Algunos están levantando la voz con todo derecho y razón. Hacen bien. Solamente cuando ellos sientan su dignidad ofendida y se hagan protagonistas de una reacción eficaz irá remitiendo el conflicto. Callarse quita importancia al fenómeno.
Hay que atajar este problema cuanto antes. Los niños y jóvenes que acuden a los campos y que ven en la televisión estos comportamientos aprenden que las personas pueden manifestarse de forma agresiva y violenta sin que nada pase, sin que nadie intervenga. Puede que algunos lo tomen a broma y entiendan que se trata de una gracia que produce risa y diversión. ¡Maldita la gracia!
Es importante intervenir y hacer ver que quienes se degradan son los que insultan y no los insultados. Pero son éstos quienes sufren. Es importante y urgente dejar claro que en una democracia todos (independientemente de su raza, credo, cultura, género y condición) tienen derecho al respeto de sus semejantes.
En el año 1998 la compañía aérea Suisse Air concedió un premio a una azafata y al comandante de la nave por la forma en que resolvieron un conflicto de vuelo. Una pasajera llamó a la azafate para decirle, mientras señalaba al señor de raza negra que estaba en el asiento contiguo:
–Señorita, nadie debe estar obligado a viajar al lado de una persona desagradable. Le exijo que me cambie de asiento.
La azafata le dice que la clase turista está completa y que ella no puede decidir ese cambio. Tiene que hablar con el comandante para poder pasarle a primera. Se va y regresa a los pocos minutos con este mensaje:
–He hablado de su problema con el comandante y los dos estamos de acuerdo con usted. Así que va a pasar a primera clase.
La señora hace un gesto de triunfo y se dispone a recoger su equipaje de mano para para ocupar un asiento de primera clase. Pero la azafata puntualiza con ironía:
–No, señora, quien va a pasar a primera clase es este señor.
Soberana lección. Ella había sido elegantemente catalogada como persona desagradable. Porque lo era. Y el señor de raza negra había sido salvado de su ingrata compañía. Cada persona en su sitio.