La escuela del mundo

31 Jul

medallas.jpg El mundo es una escuela. En esa escuela existen infinitas aulas y numerosas asignaturas. El curriculum de esa escuela se desarrolla en clases teóricas y en sesiones experienciales diversas. Muchas de esas lecciones las imparten los políticos, que están situados en la zona más elevada de esa escuela. ¿Qué se enseña y que se aprende en la escuela del mundo? Revisaré algunos capítulos del curriculum.
Comprar una medalla con dinero del propio bolsillo para alcanzar una distinción por los méritos adquiridos es un acto de poca vergüenza. Comprar la medalla con el dinero público, teniendo como base de la argumentación el haber apoyado una guerra que el pueblo no quería, es el colmo de la desvergüenza. Hay pocas dudas sobre los motivos que ponen en marcha la solicitud de la medalla. El congresista Gibbsons defiende que Aznar se merece la medalla igual que Blair. Dice el portavoz del señor Jim Gibbsons que éste decidió solicitar la medalla “porque pensó que el presidente español José María Aznar, merece el mismo nivel de reconocimiento que Tony Blair tuvo (en julio de 2003). Había dos hombres junto al presidente George W. Bush en la reunión de las Azores; Tony Blair recibió su medalla y el congresista sintió que también debería recibirla José María Aznar”. “El Congreso expresa de esta forma el agradecimiento público en nombre de la nación por contribuciones distinguidas”, se dijo en el discurso oficial. Las contribuciones estaban bien a la vista. Las recompensas (¿se referiría a ellas el ínclito hermano del presidente cuando habló en España en vísperas de la guerra?) también.
Resulta que todas las personas que salimos a las calles gritando ‘No a la guerra’ hemos pagado una medalla al señor Aznar porque decidió llevarnos la contraria. No sólo no nos hizo caso sino que se permitió sacar unos euros de nuestros bolsillos para premiar sus dotes de estadista.
La reacción del señor Aznar, ante las noticias que han saltado a la prensa, son verdaderamente indignantes. Decir, por toda explicación que las críticas “me merecen todo el desprecio”, es absolutamente despreciable.
No se puede argumentar que la compra de la medalla a través del lobby de Washington es un modo de enaltecer la patria, a no ser que se identifique la patria con una persona que, por cierto, seguirá siendo la propietaria de la distinción. Muchos españoles no nos sentimos aplaudidos por los asistentes al Congreso estadounidense. Nos sentimos humillados. Quien recibió los aplausos, quien los buscó, quien los pagó, quién los saboreó, fue el titular de la medalla.
Silenciar ante todo el pueblo que la medalla ha sido consecuencia de una compra añade a la felonía la falta de transparencia. Si es tan lógico, tan frecuente y tan laudable como la ex ministra de Exteriores, Ana de Palacio, dice que es esta acción, ¿por qué no se proclamó a los cuatro vientos?, ¿por qué no se informó de ello al Parlamento? Decir, como dice el señor Aznar, que hacer pública esta compra es un intento de desviar la atención no dejaría de tener gracia si no fuera deprimente tanta desfachatez. ¿Desviar la atención de dónde?, ¿desviar la atención de qué?
Si el hecho dice mucho sobre la actuación de los que compran, ¿qué decir de quienes se dejan comprar? ¿Es que si media una importante cantidad de dinero, los méritos de los candidatos aumentan en proporción a la recompensa? ¡Qué vergüenza!
Parece que lo malo de estos hechos no es que sucedan, sino que se conozcan. Cuando todo estaba en la sombra, ninguno de los Ministros que aprobaron la petición por la vía de la “imperiosa urgencia” cuestionaron el valor moral de la decisión. Las complicaciones provienen del conocimiento, de la información.
Hay, al parecer, en estos comportamientos un aspecto especialmente inquietante. Me refiero al ejemplo que suponen estas actuaciones del poder para la infancia y para la juventud. Para todos los ciudadanos. La difusión de la idea de que, una vez que se accede al poder, todo vale. He aquí otra lección de la escuela del mundo.
He leído en el libro Bocas del tiempo de Eduardo Galeano, una historia que ya le había oído contar en otra ocasión. A fines del año 1999 el presidente del Uruguay inauguró una escuela en la zona norte de Pinar Norte.
Por tratarse de un barrio de gente pobre y trabajadora el primer mandatario quiso enaltecer con su presencia este acto cívico.
El presidente llegó desde el cielo. Vino en helicóptero, acompañado por las cámaras de televisión. En su discurso rindió homenaje a los niños de la patria, que constituyen nuestro capital más valioso, y exaltó la importancia de la educación, que es la más rentable inversión en este mundo tan competitivo. A continuación, se entonó el himno nacional y se lanzaron al aire globos de colores.
Entonces, en el momento culminante de la ceremonia, el presidente regaló un juguete a cada uno de los alumnos.
La televisión transmitió el acto en directo.
Cuando las cámaras terminaron su trabajo, el presidente regresó al cielo. Y las autoridades de la escuela procedieron a recuperar los juguetes repartidos. No fue fácil arrancarlo de manos de los niños.
¿Quién explica luego a los niños que la autenticidad es un valor que deben cultivar los seres humanos? ¿Quién les convence de que es importante la verdad, la transparencia, la solidaridad? Menos mal que detrás de nosotros vienen otras generaciones que harán mejor lo que nosotros estamos haciendo. Quiero mostrarme optimista sobre el avance moral del ser humano. Por eso recomiendo la lectura del libro de José Antonio Marina y María de la Válgoma titulado ‘La lucha por la dignidad’. Es un canto a la esperanza.

Trampa y cartón

24 Jul

truco.jpg En la sociedad de la eficiencia, dominados por la cultura del éxito, es fácil caer en la tentación de evaluar las instituciones, los programas y los proyectos, a través de la consideración exclusiva de los resultados. Lo que no se puede medir, no existe. Lo que no ha conducido a un logro final no ha merecido la pena. El proceso conducente a la consecución de los fines, no tiene la menor importancia.
Sucede en todos los ámbitos de la realidad. Una empresa funciona bien si ha conseguido buenos dividendos, un alumno ha sido un buen estudiante si ha aprobado todas las asignaturas, un servicio ha sido excelente si ha atendido a un número grande de beneficiarios. No importa que la empresa haya conseguido los beneficios robando, que el estudiante se haya esforzado poco en aprender y que el servicio a cada usuario haya sido deplorable. Lo importante es alcanzar un logro cuantificable. El esfuerzo realizado, la situación de partida, la cualidad del trabajo importan poco.
El mecanismo parece simple y perfecto. Me prepongo unos objetivos y evalúo el éxito en la medida que éstos han sido alcanzados. Y compruebo el éxito a través de mediciones cuantificables. No hay error posible, no hay trampa ni cartón. La comparación, así, es fácil e incontestable. Ocho es más que cinco y cinco es más que tres. Se acabó la discusión.
Pues no. Aquí hay trampa y cartón. La primera trampa es pensar que si los objetivos son claros y operativos, la evaluación será incontestable. (Me ha llamado la atención ver en el aeropuerto de Madrid, reeditado, el famoso y por algunos denostado libro de Mayer ‘Formulación operativa de objetivos didácticos’. Tiene más de treinta años) Fíjese el lector algunas preguntas que este mecanismo silencia: ¿quién fijó los objetivos?, ¿son objetivos verdaderamente importantes? (porque si eran estúpidos, mientras más se consigan, peor). ¿Podían ser otros? ¿Hace falta un esfuerzo razonable para alcanzarlos?, ¿podrían ser otros?, ¿han de ser iguales para todos?, ¿qué se ha conseguido mientras se trataba de alcanzarlos?, ¿quién dice que se han conseguido?, ¿hasta cuándo dura su adquisición?, ¿para qué sirve alcanzar esos objetivos?…
Hay más trampas y más cartones. Por ejemplo, el comparar lo conseguido por unos y por otros cuando se parte de condiciones, de capacidades y de medios diferentes. Comparar lo incomparable es poco razonable y bastante injusto. Cinco puede ser mucho más que ocho y tres mucho más que cinco y que ocho desde otra perspectiva, desde otro modo de asignar valor a los números. ¿Cómo es posible comparar los resultados de dos industrias, de dos Universidades, de dos empresas, de dos personas… que tienen distinto punto de partida, distinto potencial, distinta capacidad, distinta historia, distinta finalidad?
La trampa más importante es que se olvida el valor del proceso. Se ignora todo lo que ha sucedido mientras ha durado el intento de llegar al logro. Y eso es, a veces, lo más importante. Se olvida si ha existido esfuerzo, si se ha hecho todo lo posible, si se han utilizado los medios disponibles, si se ha respetado la ética, si se han adquirido conocimientos importantes, si se ha puesto el cimiento para éxitos posteriores, si se ha trabajado sin sentir el látigo del autoritarismo, de la discriminación o del desprecio…
Abogar por la consideración de los procesos no significa renunciar a la exigencia o al rigor. Todo lo contrario. Significa evitar las trampas que hacen olvidar la verdadera exigencia y eliminar los cartones que impiden acceder a la visión rigurosa de la realidad. Alguien ha podido conseguir mucho haciendo trampas, sin el menor esfuerzo o a través del envilecimiento moral.
Me han contado, a propósito de esta evaluación que sólo está pendiente de los resultados, esta simpática y significativa historia. En un pueblo italiano viven dos personas del mismo nombre pero de diferente oficio. Los dos se llaman Giuseppe Nervi. Uno es el sacerdote del pueblo. El otro es el único taxista de la localidad. Ambos mueren el mismo día. Cuando llegan al cielo., San Pedro pregunta al primero que se acerca a su puerta:
–¿Cómo se llama?
–Giuseppe Nervi.
–¿El sacerdote?
–No, el taxista.
San Pedro analiza con suma atención su expediente. Le dice que se ha salvado y que, afortunadamente, le ha correspondido llevar en el cielo un mando de lino y un bastón de oro con incrustaciones de piedras preciosas.
Seguidamente se acerca el sacerdote, que ha sido testigo de la conversación anterior. Se presenta, muy ufano, como el sacerdote del pueblo.
San Pedro estudia su expediente y le dice que también se ha salvado, pero que le ha correspondido llevar un manto de esparto y un bastón de madera con pequeños trozos de piedra incrustados. El sacerdote, con firmeza y cierta indignación alega:
–Permítaseme mostrar mi desacuerdo por este agravio tan evidente. Yo he sido el párroco de esta localidad durante setenta y cinco años. He cumplido siempre con mi deber, he visitado a los enfermos, celebrado misa, administrado los sacramentos y pronunciado con fervor las homilías cada domingo… Sin embargo el taxista era un desastre conduciendo: se subía a las aceras, chocaba contra los árboles, aparcaba en cualquier sitio, superaba la velocidad establecida, frenaba a destiempo, tenía accidentes cada dos por tres…
–Sí, dice San Pedro, lo sabemos. Pero en el cielo hemos aprendido a evaluar como se hace en la tierra. Ahora sólo nos fijamos en los resultados. Y hemos visto que mientras usted pronunciaba las homilías todo el pueblo dormía, pero mientras el taxista conducía, los pasajeros rezaban.

¡Empecinados!

17 Jul

empecinado.jpg Mantenerse en el error, no dar el brazo a torcer, aferrarse a la decisión tomada a pesar de que todas las evidencias indican que se ha incurrido en equivocación constituye una obstinación difícil de entender. El hecho de sostener una decisión contra viento y marea puede ser un gesto de perseverancia, de carácter enérgico y de voluntad firme. Pero también puede ser fruto del orgullo, de la petulancia y de la estupidez. “Una vez tomada una decisión, cerrar los oídos incluso al mejor de los argumentos en contra: señal de carácter enérgico. También, voluntad ocasional de estupidez”, decía Nietzsche
Hay personajes de nuestra vida política a quienes podría atribuírseles el sobrenombre del famoso guerrillero español Juan Martín Díaz. Ellos sí que son auténticos Empecinados. Mantienen la opinión a pesar de que las evidencias más palmarias estén negándoles la razón. ¿Qué les sucede? ¿No ven? ¿No oyen? ¿No entienden? ¿Qué pensar de alguien que a plena luz del día sostuviera con un convencimiento visionario que estamos a medianoche? ¿Se engaña sólo a sí mismo? ¿Pretende engañarnos a todos? Si el visionario llega a convencer a todos de que tiene razón, el problema adquirirá tintes más dramáticos. El visionario se afianza en su error y todos los que le siguen acaban dando por verdadero lo falso.
Me refiero concretamente a dos personajes de nuestra actual escena política. Uno es el ex presidente del gobierno José María Aznar. ¿Qué tendría que suceder para que admitiese la mera posibilidad de que la guerra de Irak fue un error? Lo han hecho ya casi todos los que la emprendieron y apoyaron. No fue suficiente en su día para él la postura casi unánime de todo el pueblo español. No bastó el trabajo y el informe de los Inspectores. No bastó la postura de la ONU. No fue suficiente para quien se proclama católico la posición del Vaticano. No ha tenido importancia el número de ciudadanos inocentes muertos. No ha bastado, a posteriori, la declaración de EE.UU. e Inglaterra reconociendo que hubo un error al decir que existían armas de destrucción masiva en Irak. No ha bastado que se hayan negado conexiones entre el terrorismo internacional y el régimen de Bagdag. No ha bastado que se haga pública la noticia sobre la falta de rigor en los informes de la CIA (los demócratas norteamericanos dicen hoy que con esos datos no habrían apoyado la guerra). No ha bastado el aplauso generalizado del pueblo español a la decisión del gobierno socialista sobre el retorno de las tropas. No ha bastado nada de nada… Quienes decíamos no a la guerra éramos para él (y seguimos siendo) irresponsables, ignorantes y malos patriotas. Ingenuos e incautos manipulables que acudían como estúpidos detrás de las pancartas. O, lo que es peor, perversos defensores de un régimen criminal y autoritario o ingenuos ciudadanos en connivencia con el terrorismo mundial.
El otro empecinado es el ex ministro del Interior Ángel Acebes. Dijo entonces y sigue diciendo ahora que siempre informó según la verdad. ¿Qué más se tiene que saber para que reconozca que siguió atribuyendo la autoría a ETA después de que las pistas más relevantes apuntaban al terrorismo islámico? Uno se da de bruces con algunas páginas de la prensa con tal fuerza que no sé cómo no se producen lesiones físicas cada día. En titulares se dice que la policía había descartado a ETA. Seguidamente el ex ministro dice que todo apuntaba en la dirección etarra. A la Comisión de investigación le llegan informes contundentes de la policía en los que se afirma que se estaba siguiendo la pista de terroristas islámicos y páginas más adelante puedes leer las declaraciones del señor Acebes diciendo que la Comisión está demostrando que su Ministerio dijo toda la verdad. Vuelves a la primera página, relees y no puedes creer la obcecación. “El máximo jefe policial niega que se diera prioridad a ETA al investigar el 11-M”, dice el titular de El País (día 9 de julio). El mismo día se lee en la página 19 del mismo periódico: “Acebes sostiene que las declaraciones avalan que hasta la tarde del sábado la prioridad era ETA”. Por si les ha quedado alguna duda, lean el reciente libro de Pepe Rodríguez titulado ‘Mentiroso’.
Se queda uno atónito, perplejo, desconcertado. ¿Qué decir ante una obstinación tan evidente, qué decir ante esa manera absurda de aferrarse a lo dicho o a lo hecho? ¿Qué tiene que suceder para que, ante las evidencias, se reconozca el error?
Leí hace mucho tiempo una pésima composición literaria pero, a la vez, cargada de enjundia. La recuerdo de memoria, pero no quiero castigar al lector con el detalle de sus versos. Sí quiero compartir la idea que trataba de transmitir y que tenía que ver con esa actitud de obstinación que niega las evidencias más palmarias. El poema cuenta la discusión que mantienen dos individuos ante el escaparate de una tienda. Uno de ellos dice que un producto que se exhibe en la vitrina es jabón. El otro sostiene que es queso. Casi llegan a las manos para dirimir sus diferencias. Entran en el establecimiento. Discuten ahora con el tendero que les dice que la pieza a la que aluden es un trozo de jabón. Uno de ellos no se da por satisfecho. Lo compran. Lo prueban. Uno lo escupe asqueado. El otro lo traga como si fuera un manjar. Ante la evidencia del sabor, quien ha escupido el bocado le pregunta al compañero y recibe una contundente respuesta. Estos son los versos finales.
– ¿No te convences, melón?
– ¡Antes me ves patitieso!
– Pero, ¿no sabe a jabón?
– ¡Sabe a jabón, pero es queso!
He aquí la postura de nuestros ínclitos gobernantes. Es evidente, pero no doy mi brazo a torcer. No voy a reconocer el error. ¿Por qué no caen en la cuenta de que reconocer un error es un gesto inteligente, humilde, que les llena de credibilidad? Uno se pregunta con enorme preocupación: ¿en manos de quién estábamos? ¿Cómo es posible que no reconozcan el error?
No voy a entrar en la espinosa cuestión de las intenciones. Vamos a dar por bueno que les impulsaba a obrar la mejor de las intenciones. Pero si, después de tantas evidencias, siguen manteniendo la postura equivocada, ¿qué podemos pensar los ciudadanos de los políticos que nos gobiernan? ¿Qué son capaces de hacer si no admiten una situación a todas luces evidente? ¿Qué son capaces de decir? ¿Quién no ve necesario el control democrático de la ciudadanía sobre la clase política que gobierna? A fin de cuentas ellos están ahí para servir al pueblo, para llevar a la práctica su voluntad soberana. El gobierno no es más ni menos que el servicio del pueblo. Y muchas veces tendríamos que exclamar: !Ay, Señor, cómo está el servicio!

Los vivos

10 Jul

Mi querido amigo Enrique Mariscal (un amigo es una persona que, a pesar de conocerte muy bien, te sigue queriendo) ha escrito un nuevo libro titulado ‘Cuentos para regalar a personas incorregibles’. Un libro que, según dice el autor en el prólogo, fue concebido en la ciudad de Málaga.
Una de sus interesantes y numerosas historias ha dado lugar a este artículo. Cuenta Mariscal que en un censo realizado en la ciudad de Santiago del Estero (Argentina) el funcionario de turno pregunta a un anciano que disciplinadamente ha acudido a las oficinas censales:
–¿Cuántos hijos tiene usted?
–Diez, contesta el interrogado.
–¿Todos vivos?, inquiere el funcionario.
–No. Dos trabajan, responde con aplomo y seriedad el anciano.

La contestación de este curioso personaje me ha llevado a compartir con el lector algunas ideas sobre esos individuos a los que vulgarmente se denomina chupópteros, caraduras, ‘vivalavirgen’ o, sencillamente, listillos. Se trata de individuos que suelen arreglárselas muy bien para cobrar un buen sueldo sin dar golpe, que tienen un radar para detectar chollos, prebendas, regalos, recompensas extraordinarias, pagas especiales, ofertas que para otros resultan invisibles e ilocalizables.
Los listillos suelen ser, además, graciosos. Alardean de sus habilidades, hacen gala de su pericia para encontrar la mejor oferta, el mejor puesto, la mejor ocasión. No se dan cuenta de que, al jactarse delante de ti de que burlan los impuestos, te están diciendo que tú eres uno de los imbéciles que pagan por él.
Hay listillos en todas las instituciones, en todos los grupos, encualquier lugar y ocasión. Estudiantes que entienden el trabajo en grupo como una excelente oportunidad para beneficiarse del esfuerzo de otros.Trabajadores de una empresa que saben escaquearse de cualquier esfuerzo que entre todos los demás se reparten. Políticos que se apuntan a todos los viajes gratuitos, que reciben todas las prebendas imaginables y que se benefician de todos los dividendos que graciosamente se reparten.
¿Quién no conoce a personas que alardean de disfrutar de una baja tras otra, hábilmente encadenadas, sin tener la menor dolencia? Cuando te lo cuentan, creen que hacen una gracia enorme, que deslumbran por su inteligencia y por su perspicacia. Creen que son más listos que nadie.
Conozco el caso de una persona que se se daba sucesivamente de baja por depresión mientras preparaba unas pruebas e, incluso, las realizaba sin el menor reparo ante el escándalo público que su comportamiento conllevaba. Una persona lista, claro está.
Tiene otra habilidad el vivo. Cuando se trata de presentar el expediente de los méritos, aparenta como el que más, hace ver que nadie hace mayores esfuerzos que él, es capaz de aparecer como víctima propiciatoria de la indolencia ajena.
Caminan los listillos bajo las andas del santo sin arrimar el hombro, pero haciendo ver que están derrengados por el esfuerzo. Se las arreglan para disimular de tal forma que, sin soportar un gramo de peso del varal, parecen que son ellos los que llevan la mayor parte de la carga.
Algunos son así ya desde niños. Aprovechados, perezosos, hipócritas, gorrones. Ante la autoridad ofrecen una imagen de trabajadores esforzados. Ante las amistades se presentan como inteligentes evasores del esfuerzo.
La picaresca ofrece innumerables ocasiones de zafarse de cualquier sacrificio. El ingenio se agudiza en ese afán de escaqueo. Se diría que trabajan más para evitar el trabajo que si realmente lo realizaran. Pero ese es su juego, ese es su blasón.
Durante las horas de trabajo, un compañero invita a otro a tomar un café. Su respuesta no pudo ser más convincente:
–No, que me espabilo.
El lema del vivo parece ser: “Pudiendo no hacer nada, ¿por qué tendría que hacerlo?” Es decir, que si le pagan el sueldo sin esforzarse, no tendrá sentido hacerlo. Si puede conseguir beneficios sin pagarlos, sería de estúpido entregar el dinero.
Cuando se trata de gastar dinero público parece que son unos magnates. Si tienen que ponerlo de su bolsillo nunca encuentran la cartera. No sé cómo no se les cae la cara de vergüenza, porque sus tretas llegan a ser tan escandalosas, tan obvias, tan descaradas que resultan patentes a distancia. Si al lado de ellos se encuentra una de esas personas que actúa como ‘burro de carga’ no tendrán el menor reparo en poner sobre su espalda el peso de su trabajo y de su responsabilidad.

El problema es que ese tipo de estrategia se convierta en el modelo que se debe imitar para ser considerado una persona lista, espabilada y eficazmente establecida. ¡Hay que ver fulanito, qué bien vive! ¡Y sin dar golpe! El que trabaja, el que se esfuerza, el que ayuda parece un imbécil que no sabe desenvolverse. El que cumple con su tarea e, incluso, comparte la de los otros es un ingenuo que todavía no ha madurado.
Decía una persona a sus amigos que, de niño, había sido especialmente inteligente y, entre otros datos, comentaba lo pronto que había aprendido a caminar. El listillo de turno hace su gracia diciendo que él fue más inteligente ya que tuvieron que llevarlo en brazos hasta los tres años. Y cree que, además de inteligente, resulta gracioso. Lo malo sería que cada vez lo creyeran a pie juntillas más personas.

La tragedia de volver en no

3 Jul

Existen ‘estados de opinión’ y también ‘estados emocionales’. Se producen corrientes de pensamiento y, cómo no, corrientes de sentimiento y de ánimo. Esos ‘estados’ pueden caracterizar a una población entera o a un colectivo dentro de ella. Cuando se habla de ellos no se quiere decir que todos y cada uno de los integrantes de un colectivo tengan la misma idea o vivan idéntica emoción. Podemos decir, por ejemplo, que el profesorado estaba ‘satisfecho con la LOCE’ o que los médicos están ‘descontentos con las estructuras sanitarias’, que ‘los jueces están abrumados por la tarea’ sin afirmar por ello que todos los individuos de estos colectivos, sin excepción, participan de esa dinámica emocional.
¿Qué pensar, hoy, de los docentes? De forma reiterada oigo decir que están sumidos en un clima de desaliento, que tienen un estado de ánimo pesimista y desesperanzado, que viven un malestar que lo tiñe todo de un tono bajo, de una lamentable falta de entusiasmo. No es fácil hacer un diagnóstico del ‘estado emocional’ de los docentes, pero desde hace algunos años se viene insistiendo en la presencia de un grave malestar, especialmente entre los docentes de Secundaria. No en el de todos, claro está. Se habla insistentemente de conflictividad en las aulas, de falta de motivación del alumnado, de dificultades intrínsecas a la práctica, de grave desafección de las familias respecto a las escuelas, de poca coherencia en quienes dirigen la educación, de poca valoración social de su actividad… Y de un consecuente malestar o de una inevitable decepción.
Vivimos una época en la que se magnifica la maldad y la desgracia. Basta ver la primera página de los periódicos para comprobarlo. No es noticia la paz, ni la solidaridad, ni la vida, ni el afecto. Es noticia la muerte, el terror, la destrucción, la catástrofe. “Dale la vuelta al periódico, que viene el niño”, dice el padre a la madre ante la carga de horrores de las noticias más relevantes que ocupan la primera página. Digamos que la bondad no cautiva a las audiencias. Tampoco en la esfera de la enseñanza. Es noticia que un alumno persiga a un profesor por un pasillo con un cuchillo, no lo es que millones de escolares estén trabajando pacífica y afectuosamente con sus profesores en las aulas.
No quiero pecar de ingenuo. Sé que existen dificultades y problemas en el desarrollo de la tarea educativa. Unos son tradicionales e inherentes a la naturaleza de la actividad y a la idiosincrasia de la institución en la que se desarrolla y otros son novedosos y propios del momento y las circunstancias que estamos viviendo. De ahí a decir que los profesores son los profesionales con peor situación y con mayores tasas de depresión y de conflicto hay un abismo.
En la sociedad neoliberal priman unos postulados que resultan contraproducentes para los presupuestos que sostienen una auténtica actividad educativa. Lo que hoy está de moda es el individualismo, la competitividad, el relativismo moral, la presión del éxito, la obsesión por la eficacia, la hipertrofia de la apariencia, la adición al consumo, la búsqueda del hedonismo… No es fácil remar contracorriente o avanzar contra la fuerza del viento. Porque esos postulados no sólo inspiran y dominan las grandes políticas y los enfoques de la macroeconomía. Esos postulados se instalan en las concepciones, en las actitudes y en las prácticas cotidianas de las personas.
Es posible que después de un período en el que se ha vivido la emoción optimista de un cambio que luego se frustró venga una etapa de pesimismo y decepción. De eso hablan algunos docentes que vivieron en España hace años una etapa de fuerte compromiso, de experimentación pedagógica y de transformación política. Muchos profesores entusiastas, comprometidos en movimientos de renovación fueron fagocitados por la administración educativa. Otros fueron vencidos por el cansancio o la incertidumbre. Se ‘han quemado’, dicen.
No puedo por menos de solidarizarme con el profesional de la enseñanza que se encuentra con dificultades extremas para conseguir una mínima atención de los alumnos y para despertar una minúscula motivación por el aprendizaje. Con el docente que vive en el seno de un grupo profesional conflictivizado y escéptico o que se relaciona con familias agresivas e intemperantes.
Sé que es imposible enseñar a quien no quiere aprender. Porque el verbo aprender como el verbo amar no se pueden conjugar en imperativo. Sólo aprende el que quiere. Sé que los profesionales de la educación tienen competidores potentes que actúan por la vía de la seducción sobre los alumnos, no por la de la argumentación que se utiliza en la escuela. Sé también que muchos docentes han llegado a la profesión por caminos tortuosos y con una preparación específica escasamente coherente y en nada eficaz para poder ejercerla de manera satisfactoria.
He visto a miles de profesores en otros países (me refiero especialmente a docentes hispanoamericanos) que trabajan con unos salarios miserables, en unas condiciones pésimas, con problemas políticos y sociales gravísimos, con alumnos hambrientos y los he visto trabajar (no a todos, claro) con un entusiasmo, con una capacidad de sacrificio y con un deseo de aprender admirables. Me he preguntado muchas veces por la fuente de su entusiasmo, de su esperanza, de su optimismo.
Porque esa fuente existe. Dice Horkheimer, autor de la escuela de Frankfurt que en educación podemos ser pesimistas teóricos, pero hemos de ser optimistas prácticos’. Me contaba en cierta ocasión la ministra de Educación de Bolivia que los habitantes de Potosí tenían fama de ser muy pesimistas. Tanto, que se decía de ellos lo siguiente: Cuando un potosino se desmaya, no vuelve en sí, vuelve en no. Hay profesionales de la educación que vuelven cada mañana en no, que van a la escuela maldiciendo su suerte. Para su desgracia, por cierto. Y para la de quienes dependen de ellos.
Pienso que no hay tarea más compleja, más decisiva y más apasionante que la de trabajar con la mente y con el corazón de las personas. Para ejercerla hace falta desterrar el fatalismo, vivir en la esperanza y mantener el optimismo. Dice Merieu: “La educabilidad se rompe en el momento en que pensamos que el otro no puede mejorar y que nosotros no podemos ayudarle a hacerlo”. El próximo día trataré de buscar los manantiales del optimismo que pueden abastecer a los docentes de una razonable alegría y de una notable satisfacción. Eso espero y a ello me comprometo.