Mamá y mamá

23 Oct

madres.jpg Siempre me ha llamado la atención ver cómo una parte de la humanidad se ha empeñado en frenar los avances que otra parte de la misma impulsaba. Una y otra vez, y otra vez, y otra vez… Produce cansancio ese empeño de tirar hacia atrás. No se dan cuenta quienes lo hacen que se asemejan a los viajeros de un barco que, molestos con la dirección del mismo, se pasan el día avanzando de popa a proa, en un intento vano de frenar el sentido de la dirección. Cuando ya se impone la lógica, cuando la fuerza de los hechos se hace inexorable realidad, todo parece natural. Muchos de los logros se han conseguido con sangre. Sangre de héroes anónimos, de personas que han sufrido las consecuencias de su atrevimiento, de su valentía, de su inteligencia, de su rebeldía, de su bondad. Han pagado el tributo de vivir diez, cien años por delante del resto de los humanos. Los demás nos hemos beneficiado de la intuición y el empeño de estas víctimas, de estas personas pioneras. Todos hemos disfrutado, al fin, de los beneficios de la extensión de las libertades.
Se ha utilizado como freno a veces la moral, a veces las costumbres inveteradas, a veces la tradición, a veces la ciencia, a veces ‘el bien común’ o el ‘bien particular’, a veces la religión, a veces al mismo Dios… Se ha convertido en escándalo un cambio que ha puesto en cuestión las prácticas vigentes de la sociedad. Todos recordamos el escándalo de los bikinis en las playas, de las minifaldas por las calles, de la utilización de preservativos, de la aprobación del divorcio, del estudio de las mujeres en la Universidad, del voto femenino… ¿Dónde están los escandalizados censores? ¿Qué dicen ahora?
Podría poner muchos ejemplos de héroes anónimos. Los hay a miles en el impresionante libro (he elegido con precisión el adjetivo) de José Antonio Marina y María de la Válgoma titulado ‘La lucha por la dignidad’. Una chica negra que osa subirse a un autobús de blancos y es expulsada a golpes y patadas, una madre soltera que decide no abandonar el pueblo y es objeto de burlas y desprecios, un trabajador que exige el necesario descanso remunerado en la empresa, un homosexual que se atreve a dar un beso a su pareja en plena calle…
Decía Juan José Millás hace unos días en El País, en un artículo cargado de ironía y de inteligencia titulado ‘Libertad’, que muchos no habían entendido que el divorcio o el matrimonio entre homosexuales o el uso del preservativo eran simples opciones, no mandatos. ¿Por qué obligar a todos a vivir bajo un mismo patrón? ¿Sería lógico y ético que condenásemos y tratásemos de impedir, por considerarla rara, absurda o antinatural, la opción del celibato?
Ahora se cuestiona el la adopción de niños y niñas por homosexuales. Se utilizan diversas razones. Todas ellas, a mi modo de ver, de escasa consistencia, ante el hecho fundamental de que algunos niños y niñas encuentren el amor, el cobijo, la atención, la ternura y el cuidado de unos adultos responsables. ¿Es mejor dejarlos en la calle? Dicen algunos que no se puede experimentar con los niños. ¿No les asusta el experimento de entregarlos a una pareja de heterosexuales viciada por el desamor o por las más perversas y egoístas relaciones? Dicen que una pareja heterosexual es ‘algo’ distinto a una pareja de dos hombres o de dos mujeres. Pues bien, ¿por qué habrían de ser idénticas? ¿Es que no hay diferencias entre unas parejas de heterosexuales y otras? La referencia al polo femenino que necesitan las personas la encontrarán los niños y las niñas en la escuela, en la sociedad, en la vida. La familia es la paidocenosis fundamental, pero no la única.
El terrible experimento con los niños lo hace una sociedad cruel que les deja morir de hambre cada día en instalada indiferencia, contemplando el horror de su abandono, entregándolos a la miseria más absoluta, haciéndolos víctimas del chantaje y de la violencia de la guerra… Esos sí que son experimentos crueles.
Invocar a los niños como la causa más importante para negarles el beneficio de un hogar, de unos padres o madres amantísimos, resulta especialmente cruel. Por ser homosexuales, ¿no los pueden querer?, ¿no los saben cuidar?, ¿no los pueden educar? Creo que estas mentes tan bien organizadas, esos corazones tan bien intencionados temen que se produzca un ‘contagio’. Piensan que los homosexuales, por el hecho de serlo, son seres de tendencias antinaturales (la relación entre homosexuales se calificaba por la Iglesia como ‘pecado nefando’) que nadie debería copiar. Qué pena. Qué horror.
Una de las fuerzas que, tradicionalmente, ha tirado hacia atrás en muchas de estas cuestiones es la Iglesia católica. Al menos, su jerarquía. Porque hay teólogos y moralistas católicos que, afortunadamente, no están en la ortodoxia. Y así lo proclaman, con graves consecuencias a veces. Se dice que la Iglesia es una Institución temporal y, por consiguiente, sometida a las limitaciones y errores de la historia. De hecho, viene siendo una práctica habitual que reconozca los errores cuando las víctimas ya no pueden ser resarcidas por haberlos sufrido. ¿No sería un signo más auténtico del arrepentimiento no cometer nuevos errores? Obstinados en la separación de los géneros (pienso en los seminarios, en los colegios del Opus Dei, tan estrictos en que la convivencia sea entre personas del mismo sexo) es sorprendente que les parezca una aberración que un niño esté con dos hombres o con dos mujeres. No hay problema. Los niños saben acomodarse perfectamente. Quienes temían que padres separados influyesen negativamente en los hijos, han visto cómo los niños se han acostumbrado a estar con uno y con otro sin problemas. Y, si fuesen mayoritarios los hijos de padres separados, ¿habría que obligar a separarse a todos porque los niños no viesen en sus padres un ejemplo de excepcional rareza?
Si todos (me refiero a los espectadores y, especialmente, a los censores) viesen como una situación normal, natural, el que los niños o niñas fuesen adoptados por homosexuales, parte del problema que dicen que existe se habría solucionado. El problema no está en los homosexuales sino en quienes se resisten a tratarlos como iguales. Lo que durante mucho tiempo se ha considerado genético o natural se ha visto que era un producto de la cultura. Los antropólogos han ayudado mucho a relativizar la obsesión de la genética cuando han mostrado que en unos lugares resulta ‘natural’ lo que en otro lugar sería intolerable. “Viajar, decía Chesterton, es comprender que estabas equivocado”. La historia también nos enseña. Baste recordar el valor de la homosexualidad en la cultura griega.
Creo que la cuestión principal es conseguir que ese hogar que va a recibir a un niño o a una niña esté integrado por personas honestas, sensibles, generosas e inteligentes. Personas preocupadas por el bienestar, la seguridad y el crecimiento armonioso de los niños y de las niñas. Por lo que han sufrido, por lo que se les ha denostado y por su forma de vivirse y de vivir a los demás, no hay motivos para pensar que los homosexuales sean, de partida, peores padres o madres. Más bien habría que suponer lo contrario. Eso sí, habría que exigir esas condiciones a todas las familias que deseasen adoptar. Compadezco mucho más a un niño de una familia integrada por heterosexuales violentos, agresivos, insensibles y preocupados por su exclusivo bienestar. Dichosos los hijos adoptivos de homosexuales honestos y responsables.

Jefes tóxicos

16 Oct

jefe.gifAcabo de leer un interesante libro de Iñaki Piñuel, cuyo título sirvió de anzuelo para mi curiosidad: “Neomanagement. Jefes tóxicos y sus víctimas”. A juicio del autor, hay jefes que no sólo no ayudan, ni estimulan, ni coordinan, ni alientan a los súbditos sino que los envenenan, los destruyen, los humillan, los ‘carbonizan’.
La palabra autoridad proviene del verbo latino auctor, augere, que significa hacer crecer. Tiene autoridad aquella persona que ayuda a crecer. Las otras tendrán, quizás, poder. Y pueden utilizar el poder para aplastar, silenciar, impedir el crecimiento y hacer la vida imposible. O bien para todo lo contrario. Cuando se utiliza el poder de esta segunda forma se llega a tener autoridad.
Me indigna la actitud de las personas que, colocadas en el poder por quienes los eligen, lo utilizan luego para despreciar despóticamente a quienes deben la posibilidad de mandar. Olvidan que, en una democracia, quien tiene el poder es el que elige. Quien ha de servir es el que ha sido colocado en el poder.
Hay otras formas de llegar al poder, al margen de la elección democrática. Por designación, por concurso, por dinero, por herencia, por enchufe, por la fuerza… Sea cual se la forma de acceder a un cargo, hay muchas opciones de actuación, infinitas formas de comunicación con los subordinados… Conviene instar a quien tiene el poder a que reflexione sobre el mejor modo de ejercerlo en beneficio de los fines que se persiguen (sin olvidar que el fin no justifica los medios) y sobre la ética que ha de presidir la comunicación humana (teniendo en cuenta que la dignidad de las personas ha de ser inviolable).
La toxina es un veneno producido por los organismos vivos. Se entiende que el veneno, en este caso, es de naturaleza psicológica. Los efectos que produce en las víctimas el veneno que le inoculan los jefes perversos son de diversa naturaleza e intensidad: destrucción del autoconcepto, condena al ostracismo, incremento desmedido del trabajo, anulación de estímulos, taponamiento en el escalafón, angustia, degradación de categoría, desmoralización…. El jefe tóxico se siente superior, se cree superior. Los más acomplejados tienen que mostrar más claramente esa pretendida superioridad.
Qué decir del jefe tóxico varón cuando tiene bajo sus órdenes a una mujer eficaz siendo él un inútil. La única forma que tiene de sentirse importante es anularla. No soporta que una mujer diligente, guapa y feminista (todas deberían serlo) le esté recordando a cada minuto su nimiedad, su incompetencia, su inutilidad. Si la puede eliminar, la elimina. Si la puede humillar, la humilla. Si la puede arrinconar, la arrincona. Porque es un miserable y un cobarde. La luz que desprende una mujer brillante deja al descubierto la basura que cubre al jefe misógino.
Me gusta ver en la realidad y en las películas situaciones en las que un jefecillo déspota es puesto en su sitio por un superior sensible. Los jefecillos tóxicos suelen ser serviles con quienes tienen por encima en el escalafón. Son duros con las espigas y blandos con las espuelas. Claro que, ante un jefe tóxico, la mejor forma de reaccionar es la inteligencia y el desdén.
Quizás conozca el lector esta elocuente historia. Un jefe cruel pretende castigar a una persona honesta que tiene bajo su mando acusándola de graves delitos que no ha cometido. Como ésta manifiesta insistentemente su inocencia, el jefe pretende entregar su suerte al destino. Le dice que le va a someter a un juego de azar. Meterá en un bolsa dos papeles. En uno está escrita la palabra inocente. En el otro, la palabra culpable. Si saca el primero quedará en libertad. Si saca el papel con la palabra culpable, será castigado. El jefe mete en la bolsa dos papeles en los que ha escrito la palabra culpable. Así se asegura de que será castigado. Llegado el momento, le pide al acusado que saque uno de los dos. Éste se queda pensativo antes de hacerlo. Con decisión, mete la mano en la bolsa, saca uno de los papeles y con rapidez se lo mete en la boca y se lo traga.
– Desgraciado, dice el jefe, ¿qué haremos ahora?
– Muy sencillo, responde el sagaz subordinado: veamos qué papel está dentro y así sabremos cuál es el que he sacado.
La estrategia había sido perfecta. Le tuvieron que absolver. Descubrir la trampa hubiera sido un bochorno para el jefe. Ojalá que la inteligencia se pusiese siempre del lado de la bondad.
¿Quién no conoce a jefes que han sido colocados donde están por haber sido aduladores, trepas, servidores acríticos de quien tiene el poder de nombrarlos? Una vez en el poder se vuelven duros, déspotas, crueles. Existe para mí un criterio decisivo para valorar la actuación de un jefe: ¿a quién desea tener contentos, a los de arriba o a los de abajo? Si es adulador con quienes mandan y cruel con aquellos a quienes tiene debajo, yo creo que es un jefe tóxico.
Los jefes tóxicos suelen actuar de forma casi natural en organizaciones tóxicas y aprenden fácilmente de otros jefes tóxicos a los que han visto actuar o de los cuáles han sido víctimas. Los jefes tóxicos agresivos suelen ser tolerados y tratados con mucha tolerancia atribuyendo su actuación al hecho de ser ‘personas con carácter’ o sencillamente con la explicación de que ‘son así’ o de que ‘hay que aceptarlas como son’.
Los jefes tóxicos hacen uso y abuso de estereotipos rígidos y negativos sobre las personas: “piensa mal y acertarás”, “la gente nunca es sincera”, “las personas tienden a aprovecharse de tu bondad”, “un comportamiento amable encubre intenciones interesadas”, “es necesario guardar las distancias”, “no hay que fiarse de nadie”, “pedir ideas a los demás es mostrar debilidad”, “no conviene dar confianza a las personas, pues luego abusan de ti”, “la participación supone la abdicación de la autoridad”, “si muestras debilidad se te suben a las barbas”…
Los jefes tóxicos deben ser derrocados por el sentido común de quien los nombra o por la actitud democrática de quienes los padecen. Es necesario practicar la valentía cívica, que es una virtud democrática que exige comprometerse con causas que, de antemano, sabemos que están perdidas.

‘Bin Laden demoliciones’

9 Oct

En la ciudad de Rosario (Argentina) vi circular una camioneta con esta ingeniosa e inquietante inscripción publicitaria de una agencia dedicada a realizar derribos: ‘Bin Laden demoliciones’. Un ejemplo muy preciso de humor negro.
Es curioso el llamado humor negro, que provoca una leve sonrisa y, al mismo tiempo, entristece un poco el corazón. No nos reímos con fuerza porque parece que, al hacerlo, nos reímos también de las víctimas. Es un humor a través del cual el ser humano se ríe de aquello que le produce miedo, horror y angustia. Es una manera de defenderse de la desesperación. Lo calificamos con el color negro por ser éste, en nuestra cultura, el color del luto. No concierne sólo a la muerte sino que puede referirse a la guerra, a la enfermedad, a las catástrofes, al hambre, a los accidentes, al terrorismo… Riéndonos de estos problemas queremos expresar que no les tenemos miedo.
La risa es una victoria contra el terror, el miedo y la muerte. Estamos contentos de poder reírnos de lo que nos asusta. Un condenado a muerte, ante la pregunta de si quiere fumar el último cigarrillo, responde: “No, gracias, estoy intentando dejar de fumar”. Otro condenado a muerte iba un lunes camino del patíbulo mientras decía: “Mal empiezo la semana”.
Es conocida la confidencia que le hace la mujer al marido, ambos octogenarios:
– Pienso que, dada la edad que tenemos, uno de los dos podía morir y así yo me iba a vivir con la niña a Barcelona.
En su excelente libro ‘El sentido del humor’ dicen Ziv y Diem hablando del humor negro: “Es el mismo comportamiento del niño que silba solo en la oscuridad de la noche. La eficacia del silbido para olvidar la oscuridad es comparable con la del humor para disipar los peligros de la muerte: demuestra que estos mecanismos de defensa tienen una especie de poder mágico para darnos ánimos en los momentos difíciles”.
Hay también. en el humor negro un componente fatalista. Como no podemos hacer algo contundente ante estos males, podemos reírnos de ellos. Es posible preguntarse qué puede provocar la risa en un hecho tan terrible como la guerra. Hay, sin embargo, muchos chistes sobre ella. Todos recordamos las magníficas conversaciones telefónicas del soldado Miguel Gila con el enemigo.
– ¿Está el enemigo…?
– …
– ¡Que se ponga!
Nos hacía reír mientras nos preguntábamos: ¿Qué puede provocar la risa ante un hecho tan monstruoso? Precisamente su absurdidad. El hecho increíble de que jóvenes, niños y personas inocentes mueran por un hipotético ideal o por un mezquino interés.
Gracias al humor negro, es posible transformar, aunque sólo sea por un instante, el horror de la guerra en una sonrisa. El caricaturista norteamericano Mauldin creía en el poder del humor negro para levantar la moral de los soldados en el campo de batalla. Sus caricaturas, publicadas en un periódico destinado al ejército norteamericano participante en la Segunda Guerra Mundial, le valieron, de hecho, la concesión del premio Pulitzer.
El hambre es otra calamidad mundial. Aterradora. ¿Cómo es posible reírse ante una desgracia tan tremenda, perfectamente evitable? Pues también sobre ella actúa el sentido del humor. Dicen que en una campaña electoral el candidato a la presidencia llega a un pueblecito que está azotado por el hambre. En un típico gesto de generosidad electoral anuncia:
– Traigo juguetes para todos los niños.
Alguien, angustiado, precisa:
– Señor, en este pueblo los niños no comen.
– Pues si no comen, no hay juguetes, dice con severa actitud el candidato.
Dicen que el humor es una forma de bondad. Al menos cuando se utiliza como alivio del dolor. El sentido del humor es necesario para hacer una broma de este tipo, pero también para escucharla sin dramatismo, sin sentir que se está ofendiendo a alguien, cuando realmente no hay pretensión de ofender. Quizás no siempre sea así. Reírse de una sucesión de desgracias no es señal de haber perdido el juicio sino de estar haciendo algo sensato para no perderlo.
El humor sobre la enfermedad parece desazonador. En realidad permite aliviar a los que viven esta clase de experiencias. La realidad no cambia, pero nuestra actitud, sí. Muchos espectadores habrán acudido a ver la maravillosa película de Amenábar ‘Mar adentro’ con la seguridad de que era una película para llorar, no para reír. Y se habrán visto sorprendidos por los delicados toques de humor que provoca la actitud del protagonista ante su desgracia.
Un herido con las dos piernas amputadas, dice a su amigo: “Antes yo tenía un problema para acomodar mis piernas entre las dos filas de asientos en el teatro. Ahora, mi problema ha desaparecido…”.
He comenzado estas reflexiones con un hecho acaecido en Argentina. Lo voy a cerrar con un relato que mi amiga Verónica Comandi me envió hace unos años, en plena crisis del país.
Mueren varios mandatarios en una convención de jefes de Estado. Entre otros mueren Bush, Blair y el entonces presidente argentino Eduardo Duhalde. Se encuentran en el infierno. Bush está intrigado por lo que estará sucediendo en el país sin su presencia. Le dicen que hay un teléfono desde el que puede llamar. Lo hace y, cuando pide la factura, le dicen:
– Son cien mil dólares….
A pesar del fuerte impacto del precio, Tony Blair quiere hablar con su país. Comprueba, después de hacerlo, que ha estado hablando media hora. Cuando pregunta por el precio le dicen:
– Doscientos mil dólares.
Eduardo Duhalde, espoleado por la crisis, quiere hablar con su país. Así lo hace. Se lleva las manos a la cabeza cuando se da cuenta de que ha estado hablando tres horas.
– Usted debe solamente setenta y cinco centavos de dólar.
– ¿Cómo es posible? Un cuarto de hora, cien mil dólares; media hora, doscientos mil y tres horas sólo setenta y cinco centavos de dolar?
– Sí, es su tarifa. De infierno a infierno se considera llamada local.
Es importante lo que sucede, cómo no. Es también importante la actitud ante lo que sucede. Y en muchas ocasiones hay que reír para no llorar.

Homenaje al maestro

2 Oct

maestra.jpg La Fundación para la Ayuda contra la Drogadicción (FAD), dedicó antesdeayer, día 30 de septiembre, un justo, entrañable e inteligente homenaje a los maestros y maestras. Hermosa iniciativa. Me quiero sumar a ella con todo el entusiasmo y la emoción de que soy capaz. Dice Herbert Wells: “La historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe”. Y nadie como los maestros y las maestras está con la educación. Es su oficio, es su vida, es su pasión. Creo que la solución a los problemas del mundo está en las escuelas, no en los cuarteles, no en los bancos, no en los despachos ministeriales.
El gran magistrado Pericles entendió de forma cabal la misión del maestro como forjador de la personalidad y la conciencia de los pueblos. En cierta ocasión, mandó reunir a todos los genios y artistas que habían contribuido a engrandecer Atenas. Fueron llegando los arquitectos, los ingenieros, los escultores, los matemáticos, los astrónomos, los guerreros, los filósofos… Pericles cayó en la cuenta de una ausencia notable: faltaban los pedagogos, personas muy modestas que se encargaban de llevar a los niños por el camino del aprendizaje.
– ¿Dónde están los pedagogos?, preguntó Pericles. No los veo por ninguna parte. Vayan a buscarlos.
Cuando, por fin, llegaron los pedagogos, habló Pericles:
– Aquí se encontraban los que, con su esfuerzo y su pericia, transforman, embellecen y protegen a la ciudad. Pero faltaban ustedes, que tienen la misión más importante y elevada de todas: la de transformar y embellecer el alma de los atenienses.
Hermosa lección, que es preciso recordar después de tantos años, de tantos siglos. Los maestros y maestras trabajan con los ‘materiales’ más complejos, excelsos y delicados que podríamos imaginar: las mentes, los sentimientos, las actitudes, los valores, las expectativas de los niños y de los jóvenes. El banquero maneja números, talones y billetes, el arquitecto trabaja con planos, el albañil con ladrillos, el médico con el cuerpo de las personas. ¿Hay otra profesión tan hermosa y arriesgada como la del educador?
El 19 de enero de 1824, estando en la cumbre de su gloria, Simón Bolívar, le escribió desde Pativilca (Perú) una carta a su antiguo maestro, Simón Rodríguez. En ella reconoce que fue precisamente ese maestro quien sembró en su corazón los anhelos y el compromiso por la libertad y la justicia, quien espoleó su corazón para lo grande y lo sacó de una vida frívola y sin sentido. Dice en esa carta: “Usted formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso…”.
También Albert Camus, que cuando niño vivió en Argelia una vida de trabajos y pobreza y quien gracias al talento y al esfuerzo consiguió el premio Nobel de Literatura, quiso reconocer en otra famosa carta que todo se lo debía a un maestro especial, el señor Germain. Dice en ella: “Cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que yo era, sin su esperanza y ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que conceda demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”.
De todos es conocida la hermosa carta de Frei Betto a Paulo Freire, que fue educador del actual presidente de la República brasileña Lula Da Silva: “Fueron sus ideas, profesor, las que permitieron a Lula, el metalúrgico, llegar al gobierno. Eso no había sucedido antes en la historia de Brasil y, quizás, en el mundo, excepto por la vía revolucionaria. Hablo de la elección a presidente de la República de un hombre que venía de la miseria, que enfrentó, como líder sindical, una dictadura militar y fundó un partido de izquierda en una nación donde la política pública siempre fue negocio privado de la élite…”.
Así podríamos llegar al infinito citando testimonios de millones de alumnos anónimos y de maestros apasionados, pacientes y generosos. La gran transformación de la sociedad se alcanzará mediante el proceso lento y profundo de la mejora de los ciudadanos, que serán luego capaces de diseñar unas estructuras y de instaurar unas dinámicas sociales asentadas en valores. La escuela enseña a pensar y a convivir. Socializar es incorporar a los individuos a la cultura. Educar es añadir a ese proceso la dimensión crítica y la dimensión ética.
Dice Rubem Alves, autor del libro portugués “Estorias maravillosas de quem gosta de ensinar”: “No conozco que exista una cosa más importante para la vida de los individuos que la educación. La democracia sólo es posible si el pueblo está educado. Pero estar educado no es igual que tener un diploma superior. Significa tener capacidad de pensar”.
Existe una creciente demanda de la sociedad a las escuelas para que en ellas se haga frente, de modo preventivo, a las principales necesidades que hoy tiene el mundo. La escuela debe prevenir los problemas (guerras, violencia, consumo de droga y de alcohol, sida, destrucción del medio ambiente…) y educar integralmente (sexualidad, consumo, ocio, imagen, valores…). ¿Quién puede hacer todo esto? ¿Cómo se selecciona, ¿cómo se forma, cómo se organiza a los profesionales que tienen que atender unas exigencias cada día más extensas y complejas? ¿Cómo se los valora? Los padres y las madres conocen la dificultad de la educación de uno, dos o tres hijos… ¿Cómo afrontar la tarea de adaptarse a las peculiaridades de todos y cada uno de los integrantes de un aula, de una escuela?
Cada vez se hace más compleja esa tarea: por los competidores que tiene la escuela (medios de comunicación, presión social, modelos alternativos…), por la actitud negativa de algunos escolares hacia el esfuerzo sostenido y la docilidad, por la desafección que manifiestan algunas familias hacia la escuela, por el desconcierto que generan quienes gobiernan la educación… No es fácil, pues. Por eso hay que ayudar (la sociedad, la política, las familias…) a que estos profesionales puedan ejercer su tarea con autenticidad, competencia y éxito. Para ser maestro hace falta saber, saber hacer, saber querer y saber ser. He leído hace unos días la hermosa carta que un niño de una escuela rural argentina le escribe a su maestra. Termina así: “Ven a mi casa a visitarnos. Mi perro no te hará daño: él sabe que me quieres”.
En una sociedad que ha descubierto que quienes tienen información tienen poder, los maestros y maestras son profesionales que se dedican por oficio a compartir la información que tienen. Dice Emilio Lledó: “Ser maestro no es sólo una forma de ganarse la vida; es, sobre todo, una forma de ganar la vida de los otros”. ¿Cómo no rendir homenaje, cómo no profesar admiración, cómo no prestar ayuda a estos profesionales esforzados? Por eso me ha parecido extraordinariamente lúcida y emocionante esta iniciativa de la FAD.

Tengo que felicitaros

25 Sep

felicitacion.jpg La psicología del aprendizaje es terminante al respecto. El refuerzo positivo (por ejemplo, el elogio) es más eficaz para el aprendizaje que el refuerzo negativo (por ejemplo, el reproche, el castigo). Y tiene muchos menos efectos secundarios imprevisibles e incontrolables aparejados. Mediante el refuerzo negativo puede ser que se corrija un defecto, pero también puede suceder que se rompa para siempre el vínculo educativo con el que enseña.
Me gusta mucho la historia de un entrenador de fútbol que se hace cargo de un equipo de adolescentes. Observa su juego y ve que tienen un defecto importante. Cada uno, con el afán de marcar y ser aplaudido, agarra el balón y pretende meter gol regateando a todos los jugadores del equipo contrario que le salen al paso. Acaban perdiendo siempre la pelota. El entrenador les reúne y les dice:
– Mirad, el fútbol es un deporte de equipo y tiene una regla de otro. Cuando uno recibe el balón, ha de mirar quién está libre para poder pasárselo. Cuando uno no lo tiene, debe desmarcarse para poder recibirlo. ¿Está claro?
Todos responden convencidos:
– Sí, mister, está muy claro.
– ¿Lo váis a hacer como estoy diciendo?
– Sí, contestan a coro, muy entusiasmados.
Llega el primer partido de competición. El entrenador observa las evoluciones de sus jugadores desde el banquillo. Y ve que siguen con el mismo error que ha pretendido corregir. Su equipo acaba perdiendo el partido por un tanteo escandaloso: 6–0. Cuando los jugadores llegan al vestuario, esperan una severa reprimenda de su entrenador, quizás un castigo. Pero se sorprenden cuando les dice:
– Tengo que felicitaros.
La sorpresa es mayúscula. No se imaginan ningún motivo por el que puedan ser felicitados. Han perdido. No han hecho caso a su entrenador. Han jugado mal.
– Hemos perdido, recuerdan entristecidos y cabizbajos, por si su entrenador ni siquiera se ha enterado del desastre.
El entrenador, tranquilo, sonriente, les comenta:
– Ya sé, ya sé que hemos perdido. A pesar de ello. tengo que felicitaros. Os explicaré por qué. Vamos a ver, cuando tú tenías el balón, le dice a uno de sus jugadores, y seguías con él hasta perderlo, ¿qué pensabas?
– Yo pensé que así no podía ser, que nos había dicho que teníamos que pasar.
– Y vosotros, dice dirigiéndose a otros jugadores, cuando veíais que algún compañero de equipo avanzaba queriendo llegar entre contrarios a la otra portería, ¿qué pensabais?
– Que tenía que pasar el balón a quien estuviera libre, como nos había dicho.
– ¿Es cierto que lo pensábais?
–Sí, mister, lo hemos pensado, hemos caído en la cuenta.
– Pues bien, ese es el motivo de mi felicitación. Ya habéis dado un paso hacia el buen juego, hacia la mejora. Ya habéis pensado que así no podéis seguir. Enhorabuena, pues. El próximo día hay que dar otro pasito hacia adelante. Y estoy seguro de que lo vais a dar.
El lector estará conmigo en que con ese entrenador es más fácil progresar, es más posible avanzar. No es que no sea exigente. Lo es. De hecho, les emplaza para dar otro paso más en el próximo partido. Es inteligente, es generoso. Todos querríamos ser entrenados por una persona así. No nos gustaría jugar a las órdenes de un entrenador que nos humillara, que nos despreciara, que nos dijera que somos inútiles, a pesar de haber ganado, de haber hecho las cosas bien, sólo por haber fallado un penalti intrascendente para la victoria.
Creo que practicamos poco la felicitación, el elogio, la manifestación de nuestra enhorabuena. En los establecimientos existe un libro de reclamaciones, pero no de felicitaciones. Decimos lo que se hace mal, no felicitamos por lo que se hace bien. Y todos estamos hechos de la misma pasta, o de parecida pasta. Nos gustan más las felicitaciones que los reproches.
La odiosa frase de “la letra con sangre entra” se ha interpretado desafortunadamente. La sangre no es del aprendiz sino del que enseña.
No defiendo con esta postura la falta de exigencia, la falta de esfuerzo, la falta de voluntad de quien aprende. Sólo aprende el que quiere. Hace falta voluntad, por consiguiente, sacrificio, esfuerzo y constancia. Pero nacidos de la lógica, del interés, de la sensibilidad. Si el esfuerzo nace de la crispación, del desamor, del miedo o del odio de quien lo exige, producirá malos frutos. En primer lugar porque, cuando esa exigencia desaparezca, también se esfumará el deseo de esforzarse. En segundo lugar porque aparecerán el resentimiento y la venganza como respuestas a la malquerencia.
Creo que las personas tiernas y sensibles consiguen mucho más, generan una respuesta más exigente y autónoma. El palo, la dureza, la agresividad sólo producen heridas.
Me preocupa, claro está, la abulia, la pereza, la falta de esfuerzo que veo en algunos jóvenes. El problema es pensar en las causas y en saber cómo se promueve la autonomía de la decisión y la capacidad de esfuerzo y constancia. No basta con decirlo. No basta con exigirlo. Hay que tener motivos, razones, ejemplos, para que se desee hacerlo.
Un alumno le dice a un profesor: “Mire usted, explíqueme lo que quiera, por el método que desee y hasta póngame la nota que le apetezca pero, por favor, no me motive”. ¿Se le puede motivar a la fuerza? ¿Basta decirle que se esfuerce? ¿Cómo se convence a este personaje que tiene que motivarse, que tiene que tener voluntad, que tiene que practicar la cultura del esfuerzo. Eso es lo difícil, llegar a persuadir de lo importante y de lo interesante que es hacer las cosas bien. Si sólo se practica la filosofía del “palo y tente tieso”, la reacción previsible es que se evite recibir el palo y, sobre todo, de que cuando el palo no descargue su violencia, nos entreguemos a lo más fácil.