Aquí se dan clases de “hortografía”

15 Ene

Quién se matricularía en una Academia de enseñanza de la ortografía que tuviese en el frontis de su sede y en sus folletos de publicidad un anuncio de esta índole? Hay que reconocer que algunas instituciones, algunos partidos políticos y algunos profesionales de diferentes gremios podrían utilizar un lema de este tipo al anunciarse ante sus potenciales seguidores y usuarios. Mal camino. No tanto por la inscripción, que los ahuyenta, cuanto por la falta de preparación que desvela.
La incompetencia es uno de los males más inquietantes en una sociedad cuyas instituciones y profesionales prestan servicios a los ciudadanos. Un político incompetente es un castigo para la sociedad. Un médico incompetente causa daños irreparables. Un profesor incompetente es una desgracia para quienes tienen que padecer su impericia. Un funcionario inútil es un freno para la eficacia.
Ser un profesional incompetente es una grave irresponsabilidad. ¿Pensamos el desastre que podría causar un piloto de avión incompetente? ¿Y un cirujano que no conoce los más elementales avances de su especialidad? Los ejemplos de malas prácticas pueden multiplicarse. Hay fontaneros que causan una avería irreparable en la lavadora que pretenden arreglar, periodistas que no saben hablar o escribir, dentistas que no conocen las técnicas modernas de creación de hueso por implantación del plasma, políticos que, como advenedizos que muchas veces son, no tienen ni idea de lo que se traen entre manos.
No basta la buena voluntad, no basta el esfuerzo, no es suficiente esa vitola que muchas veces parece justificarlo todo que es la “vocación”. Hay que tener competencia. Un amigo me contó hace tiempo una anécdota de su padre, que era un importante director de orquesta. Pocas horas antes de un concierto importantísimo, uno de los músicos se pone enfermo. Otro integrante de la orquesta le dice al director que él tiene un amigo que es una buenísima persona y que puede suplir al ausente. El director contesta (perdón por el exabrupto, que reproduzco en honor al relatante):
– A mí tráigame un hijo de puta, pero que toque bien.
Después de contar esta anécdota, he de hacer una advertencia importante. Hay profesiones (especialmente las que requieren relación directa interpersonal) en las que la competencia exige una capacidad de relación honesta y afectuosa. Entre ellas, la medicina y la docencia. No basta saber operar para ser un médico competente. No basta dominar los conocimientos para ser un buen profesor. Todo eso entra en la expresión “pero que toque bien”.
La competencia profesional se logra mediante una formación inicial sólida y eficaz. Teórica y práctica. ¿Dónde tiene lugar la formación de los políticos? ¿Se aprende a ser un buen profesional de la política por ciencia infusa? Pero, dado el avance que todas las ciencias, saberes y prácticas profesionales tienen en estos momentos, se exige además una formación permanente seria y constante.
Otra forma de garantizar la competencia de los profesionales son los procesos de selección. En la medida en que el enchufismo, la corrupción, el nepotismo, el clientelismo, la adulación, el chantaje, el soborno, la ligereza y la falta de rigor estén presentes en el proceso de selección, existirán pocas garantías de que asuman los puestos personas bien preparadas. ¿Quién no conoce a inútiles consagrados que ocupan puestos de responsabilidad porque les ha puesto en ese lugar un amigo de toda la vida, un pariente cercano o un jefe venal? Hablo de la falta de rigor porque, si el proceso de selección tiene poco que ver con las destrezas profesionales, por muy exhaustivamente que se siga, elegiremos a una persona inadecuada para desempeñar el oficio. Pongo por ejemplo el proceso de selección de profesorado en el que solamente se tiene en cuenta el nivel de conocimientos adquiridos, pero no el específico dominio de saberes y destrezas de la profesión docente.
Otra fuente de incompetencia es la irresponsabilidad. La persona en cuestión tiene capacidad, sabe hacerlo bien, pero no se esfuerza, no es diligente, no pone los medios. Produce una enorme frustración ver a personas incompetentes ocupando puestos y desempeñando oficios, cuando existen muchos profesionales valiosos condenados al paro o al desempeño de tareas de escasa cualificación. ¿Por qué no se va, por qué no echan a una persona que puede ser sustituida por otra que quiere y puede hacerlo mejor?
Es muy importante para luchar contra la incompetencia el que haya procesos de evaluación sistemática y rigurosa. Unos de naturaleza descendente, llevados a cabo por los responsables de las instituciones. Y otros de naturaleza ascendente (de indudable cimentación democrática) que se basan en la valoración de los usuarios de los servicios.
En algunos países tiene mucha fuerza esta exigencia de los usuarios. Y estoy seguro de que nosotros nos acostumbraremos a exigir también que aquellos que nos prestan un servicio lo hagan con rigor y con eficacia. Las querellas por “malas prácticas” constituyen un logro democrático que puede convertirse en un acicate para el buen desempeño profesional. Las formas modernas de denuncia por incompetencia suponen, en mi opinión, un avance sobre anteriores acusaciones de inmoralidad, herejía o heterodoxia. En eso, como en muchas otras cosas, somos deudores de Montaigne. Dice en sus Ensayos: “Nada me importa la religión que profesen mi médico ni mi abogado; tal consideración nada tiene que ver con los oficios de la amistad que me deben; en las relaciones domésticas que sostengo con los criados que me sirven sigo la misma conducta. Me informo poco de si mi lacayo es casto; más me interesa si es diligente; no temo tanto a un mulatero jugador, como a otro que sea imbécil, ni a un cocinero blasfemo como a otro ignorante de las salsas”.
Es cierto que la judicialización de la exigencia tiene sus riesgos. Para evitar querellas por haber suspendido a muchos alumnos, se puede aprobar injustamente a todos. Para evitar una denuncia por un parto natural problemático se puede elegir indebidamente practicar una cesárea, que entraña menos riesgos.
Resulta incongruente e irritante que una persona incompetente se muestre exigente con los demás. Que quien no sabe hacer las cosas se convierta en un déspota exigiendo a los inferiores que las hagan a la perfección. ¿No sería más lógico, más justo, más eficaz y más coherente que la persona incompetente empezase por exigirse a sí misma la perfección que pretende imponer por la fuerza a los demás?

Las cuatro ‘des’

8 Ene

pisa.jpg El informe PISA 2003 (que ofrece la clasificación de los resultados obtenidos por estudiantes de 15 años en 40 países), con todas las limitaciones que este tipo de informes tiene, nos debe hacer pensar a todos. Políticos, educadores, familias y ciudadanos en general. El puesto obtenido por los escolares españoles no se corresponde con el nivel de desarrollo económico y cultural del país. La educación es la gran causa de toda la sociedad. Creo que el debate abierto por el PSOE a través del llamado ‘libro verde’, titulado ‘Una educación de calidad para todos y entre todos. Propuestas para el debate’, ha de ser bienvenido. No fue muy saludable para la democracia el hecho de que una ley como la LOCE saliera adelante con el apoyo ‘exclusivo’ del Partido Popular. Es cierto que existía malestar en algunos sectores de la comunidad educativa, que había problemas, que se daba un inquietante nivel de fracaso. ¿Todo atribuible a la LOGSE? Creo que no. No son buenos para la educación los bandazos políticos de naturaleza partidaria.
Estas son las cuatro ‘des’ que considero imprescindibles para avanzar por el buen camino en este crítico momento:

(D)iagnóstico certero. Ha de hacerse un diagnóstico certero de la realidad educativa. Muchos presupuestos en los que se basó la LOCE estaban cimentados en eslóganes, impresiones, suposiciones, tópicos, medias verdades… Un mal diagnóstico conduce a tomar decisiones arbitrarias o, quizás, contraproducentes. El diagnóstico tiene dos dimensiones complementarias. Dimensión comprobadora: Determinar si se ha conseguido lo que se pretendía. Dimensión atributiva: Explicar por qué sucede, a qué se debe aquello que se ha comprobado. La atribución se hace muchas veces de forma simplista o interesada. Vamos a suponer que se compruebe que existe fracaso en la consecución de los niveles de conocimientos exigibles. No es del todo riguroso explicar el fracaso a través de un sólo tipo de causas (a los alumnos/as les falta la cultura del esfuerzo, por ejemplo). ¿No hay otras posibles causas? ¿No se puede hablar de la falta de formación del profesorado, de la mala coordinación de las escuelas, de la falta de implicación de las familias, de la escasa liberación de recursos…?

(D)ebate auténtico.
Es necesario articular un debate auténtico antes de tomar decisiones. No sólo porque se van a comprender mejor las situaciones problemáticas y se van a comprender mejor las realidades sino, sobre todo, porque se va a generar un clima propicio para sentir como propia la Reforma.
Hay que dar a conocer que el debate está abierto. Los circuitos de la información no fluyen a veces de forma conveniente. Muchos docentes no se han enterado todavía de que existe un debate sobre la Ley. Esa invitación, que es un derecho y a la vez un deber, ha de conocerse de forma suficientemente clara y operativa. El debate ha de estar abierto a toda la sociedad, no sólo a los técnicos y a los profesionales de la educación. Los medios de comunicación deben hacerse eco del debate. Hay que tener cuidado para que el debate no se desvirtúe y, sobre todo, para que no simplifique. Si se pregunta hoy a la ciudadanía (e incluso a los docentes) muchos dirán que el debate está centrado en las clases de religión, en la promoción automática, en la reválida y en los itinerarios… Nada más.
Hay que marcar bien las grandes líneas de discusión: la importancia del modelo educativo, los objetivos básicos del sistema, el compromiso con las familias y con la sociedad, el valor de la escuela, la dignidad de los maestros, la subordinación de los intereses sectoriales y corporativos a los intereses generales, la exigencia de responsabilidades en todos los ámbitos, la equidad del servicio, la igualdad de oportunidades… El debate ha de disponer de un tiempo amplio. Es cierto que muchos docentes ‘están hartos’ de reformas, de vaivenes, de normativas que van cambiando sin que ellos sepan muy bien por qué. Pero es necesario animar, implicar, proponer y estimular a los protagonistas.

(D)ecisiones acertadas. El modelo de cambio que convierte a los docentes en meros aplicadores o ejecutores de lo que dicen los legisladores a la luz de lo que han descubierto los técnicos e investigadores es un modelo escasamente potente para generar cambios profundos en el sistema. Es, además, un modelo desprofesionalizador ya que parece estar planteándose desde la suposición de que los docentes o no van a saber hacer las cosas por su iniciativa o no van a querer hacerlas sin que se les mande. Sin embargo, es necesaria una ley consensuada. Creo que las decisiones que se han de tomar en esta ocasión tienen que corregir importantes limitaciones y desviaciones que se han encontrado en la LOCE:
–Debe tener en cuenta la equidad. la educación ha de corregir desigualdades, no acentuarlas.
–Debe encaminarse a la construcción de un curriculum básico rico, sugerente, integrado y relevante, que refleje la diversidad cultural y que sea consensuado con las Autonomías.
–Debe plantear un sistema de evaluación que no se convierta en una carrera de obstáculos en la que los más desfavorecidos se vayan estrellando paulatinamente.
–Debe tener en cuenta la educación en valores, no limitando sólo el objetivo a la adquisición de conocimientos.
–Debe observar el mandato constitucional de establece el principio de laicidad en el sistema educativo.
– Debe incrementar (no sólo mantener) la participación de la comunidad en el desarrollo de la práctica educativa.

(D)inero abundante.
Es necesario destinar un prepuesto mayor del que se está dedicando a la educación. El nivel de riqueza del que disfruta España no está en relación con los recursos que se dedican a la educación. Se pretende estar entre los primeros en resultados quedándose entre los últimos en dedicación de presupuesto.
–Hay que aumentar el gasto público en educación. Y hay que controlar lo que se hace con el dinero público en los Centros concertados.
–Hay que aplicar estrategias distributivas de los recursos basadas en programas prioritarios.
–Hay que corregir las disigualdades de todo tipo existentes en el sistema (existen desigualdades sociales, territoriales, en la red pública/privada, en la atención a inmigrantes…).
–Hay que evaluar lo que se está haciendo y para qué está sirviendo el dinero de todos los ciudadanos y ciudadanas.
La educación no se produce solamente en las escuelas. Es necesario pensar en una Ley de Educación y no sólo de Escolarización. Como dice el ya conocido y sabio proverbio africano: ‘hace falta un pueblo entero para educar a un niño’. Es necesario hacer una llamada al optimismo porque la educación parte de un presupuesto sustancialmente optimista: el ser humano puede mejorar. Y, por encima de todo, hay que formar bien a los maestros. Y reconocer su dignidad. Son ellos quienes hacen buenas o malas las leyes. Son ellos, ciertamente, los verdaderos héroes de los nuevos tiempos.

No se exciten, señores obispos

31 Dic

Tengan tranquilidad, por Dios. Resulta increíble observar con qué ímpetu se lanzan a la palestra política en determinadas cuestiones. Se diría que saben más que nadie sobre ellas y que les importan más que a nadie. La más conflictiva de todas es la sexualidad humana. Gobernar la sexualidad es un modo eficaz de dominar todas las conciencias, porque todos tenemos sexualidad. La propiedad es otra cosa. Sólo la tienen unos pocos. Algunos en demasía. No es una cuestión tan decisiva la desigualdad. A pesar de que han renunciado ustedes al ejercicio de la sexualidad quieren gobernar la de todos. Ustedes que han renunciado a casarse quieren regular el matrimonio de toda la sociedad (‘Familia y Vida 2004’ es el lema de la jornada de la Conferencia Episcopal). Ustedes que salen a la calle con un folleto titulado ‘Hombre y mujer los creó’, renuncian a emparejarse de por vida con una mujer. Ustedes que insisten en la importancia de que hay hombres y mujeres en la sociedad, según el texto bíblico, asisten sin inmutarse
a las reuniones de la Conferencia Episcopal, integrada exclusivamente por varones. Ustedes que se han pasado siglos echando sobre la sexualidad montones de oscuridad, de ignorancia, de puritanismo, de malicia, de miedo, de angustia y de pecado, pretenden decirnos a todos cómo debe vivirse luminosa y éticamente la sexualidad.
Frente al dictado de la ciencia, ustedes siguen diciendo que el preservativo no es un método seguro para evitar la concepción y el contagio. Claro que no lo es al cien por cien. Pero no podrán negar que ha evitado muchísimos embarazos no deseados y muchas enfermedades irreparables. Los porcentajes que ustedes manejan no sé de qué fuentes son extraídos. Sean cuales sean, interesadas. ¿Saben lo que les pasa a los jóvenes de hoy, a las personas de hoy? ¿Creen que basta predicar la castidad para que la castidad se imponga como el método más eficaz de evitar embarazos y enfermedades? ¿Saben cuántos embarazos no deseados existen? ¿Qué hacer después?
Todavía recuerdo una pregunta infantil formulada a un sacerdote en los años de la barbarie franquista:
– Padre, ¿por qué el toro se pone encima de la vaca?
– Hijo, para ver más lejos.
(Por cierto, la vaca sin el menor deseo de ampliar horizontes. El sexismo llega hasta los más recónditos rincones).
No es de extrañarse. Era la época en que los censores ensotanados veían las películas y cortaban por donde les parecía bien (repasen el contundente libro de Román Gubern ‘Un cine para el cadalso’). Ustedes, al parecer, estaban formados para verlo todo. Nosotros, pobrecitos españoles, teníamos que pasar (para no perdernos) por el filtro de su moralidad. Bendito sea Dios. Qué moralidad. Y ahora tenemos que pasar, para nuestro gobierno, por el criterio de sus decisiones. Ustedes que han dicho que en cuestiones de sexualidad ‘no hay parvedad de materia’, que han propiciado la enfermedad de los escrúpulos, que han convertido en pecado miradas, pensamientos y deseos…, qué nos van a decir.
No acaban de entender que esta sociedad ha elegido democráticamente a un gobierno que tenía en su programa lo que ahora, coherentemente, llevan a la práctica. Y eso es lo que queremos. Si no les gusta a ustedes, qué le vamos a hacer.
El señor obispo de Mondoñedo le recuerda al ministro de Defensa que tener tendencias homosexuales no es malo, pero que dejarse llevar por ellas es algo similar al que se deja llevar por el deseo de matar. Qué barbaridad. ¿No piensa el señor obispo lo que tiene que sentir ante esa afirmación un homosexual, tan sensible, tan honesto, tan buena persona, al menos, como él? ¿No piensa que está llamando ladrones y asesinos a quienes no hacen más que seguir el dictado de su naturaleza? No sé si son pecadores (ni me importa, porque esa es una categoría suya). No me importa, puse, que digan que es una tendencia ‘intrínsecamente mala desde el punto de vista moral’. Porque es ‘su’ moral. Sí me importa que digan que son enfermos. Y mucho más que son asesinos. Sí me importa que digan que el Estado no puede reconocer ‘este derecho inexistente’ al matrimonio homosexual. Ustedes dicen que ‘a dos personas del mismo sexo no les asiste ningún dere-
cho a contraer matrimonio entre ellas’. ¿No les asiste, acaso, el derecho a ser felices?
Se dice que quienes somos críticos con la Iglesia (con la jerarquía más bien, porque hay cristianos de base y teólogos y sacerdotes y religiosas que no piensan como ustedes) somos anticlericales. Como si ustedes no fuesen antidemócratas y, sobre todo, antigubernamentales. Dice Fernando Savater: “Dejaré de ser anticlerical cuando la Iglesia deje de ser antidemocrática”. Si se les obligase a ustedes a casarse unos con otros, si se obligase a mantener relaciones, a usar el preservativo, podrían incluso gritar. Un atropello a la libertad me tendría de su lado. Dejen que las personas actúen como desean, si no hacen mal a nadie. Dejen que el gobierno legisle para una sociedad laica. Dejen que el gobierno elegido democráticamente responda a su programa electoral.
Es magnífico que ustedes, como pastores, guíen a sus ovejas por el buen sendero. Háganlo. Están en su derecho. Es para ustedes un deber. Pero déjennos a los demás vivir la vida libremente. Felizmente, sin dañar a nadie, sin herir a nadie. Guiados por una ‘ética para la sociedad civil’, como reza el título del libro de Adela Cortina. Nadie les dice a ustedes cómo tienen que gobernarse.
Hablarían entonces de injerencia inaceptable. El poder religioso debe mantenerse al margen del poder civil. Hablen a sus fieles. No pretendan gobernarnos a todos con los criterios de su moral. Esa sí que es una injerencia. Por muy acostumbrados que estemos todos a verla. Ya tenemos una larga experiencia de lo que ha supuesto el seguirla.
Otro asunto que les pone en pie de guerra es el de las clases de religión. ¿Es lógico que sigamos pagando con dinero público a profesores y profesoras que ustedes nombran (o echan) para que les expliquen a los alumnos (y les examinen) todo aquello con lo que quienes pagamos no estamos de acuedo? ¿Les parece justo que un homosexual español o una lesbiana española tengan que pagar dinero de su bolsillo para que alguien explique al alumnado que están tarados, que están enfermos o que son como ladrones o asesinos? Hay que revisar los acuerdos del Estado español con la Santa Sede. Constituyen un privilegio inadmisible.
Yo también les pido a los señores obispos, a los sacerdotes y a todos los fieles que no entiendan estas reflexiones críticas como ‘una voluntad de tensionar ninguna relación’, como un ataque. No se exciten, señores obispos. No se enfaden con quienes no pensamos ni actuamos como ustedes. Quizás no seamos tan tontos como piensan. Ni, por supuesto, tan malos.

Hay que bajar el volumen

25 Dic

En estas fechas es casi obligado que los grupos (de trabajo, de ocio, de estudio…) celebren su comida o su cena de Navidad. Es una costumbre que hace imposible en estos días encontrar una mesa libre si no la has reservado previamente. No puedes ir a un restaurante sin encontrarte con la típica mesa alargada para diez, veinte o treinta comensales. Al ver esos floridos manteles comunitarios ya sabes que no vas a poder entenderte con tu pareja o tus amigos y que tendrás que hablar también a gritos o, si se prefiere, por señas.
¿Por qué gritamos? Resulta increíble el tono de voz que emplean algunos comensales. Puedes seguir, desde el otro extremo del restaurante, el contendido de cada intervención. Qué barbaridad. Sales ensordecido. Sobre todo porque, cuando son varias las mesas de la celebración, unos tienen que elevar la voz por encima de la de los otros para poder ser oídos.
La comida (o la cena) tiene momentos especialmente álgidos. Por ejemplo, la llegada del retrasado es celebrada con gritos estentóreos de alegría y vítores por el encuentro. El brindis (repetido hasta la extenuación) es otro momento de elevación de decibelios. A medida que va avanzando la comida el tono va subiendo hasta la total confusión. La excitación colectiva hace que las mesas entren en una competición para hacerse oír. De tal manera que llega un momento en el que nadie es consciente del griterío que se ha preparado. Por supuesto, ninguno piensa (qué pregunta más absurda): ¿estaremos molestando a los demás? No se hacen la pregunta, afortunadamente, porque la contestación dejaría mal parado no a quien grita sino al que no manifiesta la alegría propia de la celebración navideña. Porque esa es otra: quienes no entran en esa dinámica son los raros, los sosos, los incomprensibles. Los aguafiestas.
He comprobado que el tono inadecuado no es exclusivo de los restaurantes en Navidad. También he oído al pasajero que en un autobús del aeropuerto narra para todos lo que está sucediendo y que todos saben: “Hemos llegado con media hora de retraso, estamos en el autobús que nos lleva a la terminal, cogeré un taxi…”. Gracias, enterados. El contenido de la conversación puede ser de otra índole: “Pues nada, que ya estoy aquí, que ya puedes ir echando el arroz”. E, incluso, íntimo: “ Dale un beso a los niños antes de que se duerman. Ya sabes que te quiero”. Enhorabuena y saludos a la familia.
He visto también hablar a gritos en algunas clases. Siempre me he preguntado. ¿Por qué grita ese profesor? Si le oyen perfectamente sus alumnos hablando en un tono más bajo, ¿por qué forzar la voz? ¿Por qué crispar el ambiente? ¿Por qué tensar la situación?
Otros gritan para imponerse porque piensan que una autoridad vociferante tiene más peso y más razón. En este caso, no se puede exigir (ni siquiera pedir): “Oiga, no me grite”. Porque ya se sabe la respuesta: “Te grito porque me da la gana. Y tú te callas”. Piensan que así la orden será más clara, más razonable y más terminante.
Lo que me resulta verdaderamente desagradable es el griterío en las tertulias televisivas o de radio. Se está extendiendo la opinión de que quien más grita es quien tiene más razón. Quien apabulla al otro con voz atronadora es el que da el argumento de más peso. Y, si hablan a la vez, que es lo más frecuente, logra imponer su criterio aquel que se desgañita y logra superar a los demás hasta hacerlos callar. Es una vergüenza ver (y, sobre todo, escuchar) el griterío en que se convierte el diálogo. No importa la razón, importa el ruido. No importa el hilo argumental, importa el grito encadenado y amenazador.
La cultura de una sociedad es inversamente proporcional al ruido que las personas que la integran están dispuestas a soportar. Dice Azorín: “El grado de sensibilidad de un pueblo –consiguientemente de una civilización– se puede calcular, entre otras cosas, por la mayor o menor intolerancia al ruido”.
Hay quien grita porque sí. Hay quien grita porque una situación de euforia le pone en el disparadero del bullicio ensordecedor. Y hay quien grita de rabia y de furia cuando está enfadado ¿Por qué gritamos cuando estamos enojados? ¿Es que no nos oye el interlocutor si hablamos en un tono bajo y cercano?
He aquí una hermosa historia procedente de la sabiduría oriental. Un día, Meher Baba preguntó a sus discípulos:
– ¿Por qué la gente se grita cuando está enojada?
Los hombres pensaron unos momentos.
– Porque perdemos la calma, dijo uno, por eso gritamos.
– Pero, ¿por qué gritar cuando la otra persona está a tu lado?, preguntó Baba. ¿No es posible hablarle en voz baja?
Algunos añadieron otras respuestas hasta que finalmente Baba explicó:
– Cuando dos personas están enojadas, sus corazones se alejan mucho. Para cubrir esa distancia, para poder escucharse, deben gritar. Mientras más enojados estén más fuerte tendrán que gritar para escucharse uno a otro a través de esa gran distancia.
Luego Meher Baba añadió:
– ¿Qué sucede cuando dos personas se enamoran? Los enamorados no se gritan sino que se hablan suavemente. ¿Por qué? Sus corazones están muy cerca. La distancia entre ellos es muy pequeña. Cuando se enamoran más aún, ¿qué sucede? No hablan, sólo susurran y se vuelven aún más cerca en su amor. Finalmente, no necesitan siquiera susurrar, sólo se miran y eso es todo.
Y para concluir les aconsejó:
– Cuando discutan no dejen que sus corazones se alejen, no digan palabras que los distancien más. Llegará el día en que la distancia sea tan grande que no encontrarán ya el camino del regreso.
¿Por qué no dejamos de gritar?, ¿por qué no hablamos más bajo? A este paso, entre gritos de alegría navideña, gritos argumentativos, gritos de mando y gritos de reproche, acabaremos todos necesitando un sonotone porque nos vamos a quedar sordos o, al menos, aturdidos. Hay que bajar el volumen.

Razones del corazón

18 Dic

pilarmanjon.jpg El emocionante discurso de Pilar Manjón ante los miembros de la Comisión de Investigación del 11-M ha sido tan conmovedor y contundente que nos ha salvado a todos y a todas de la barbarie, de la insensibilidad y de las agresiones crueles. Ella llegó a la verdad por el camino del sentimiento. Su dolor era la verdad. Los demás habíamos estado lanzándonos los cadáveres de las víctimas con una impudicia irrefrenable. Hasta que ella dijo: ¡Basta!, ¡se acabó! Y lo dijo con las palabras más dulces y a la vez más duras, con los argumentos más serenos y a la vez más incontestables. Era el dolor de una madre, herida para siempre por la pérdida cruel de un hijo.

Pilar Manjón lo dice con claridad. Los responsables del atentado son los terroristas. No se equivoca. Pero hay otras responsabilidades.
Hay errores, descoordinación, escasez de medios… Deben reconocerse para satisfacer a las víctimas y, sobre todo, para poder evitar esas terribles acciones en el futuro. Ella quiere que la sangre de las víctimas riegue el árbol de la eficacia para que nadie vuelva a vivir ese horror. La representante de las víctimas del atentado más terrible de la historia de este país dio un suave y a la vez violento puñetazo sobre la mesa de las acusaciones, de las risas, de los insultos. “¿De qué os reís, qué jaleáis?”, preguntaba Pilar con una fuerza humilde y vigorosa que nacía de la fuente limpia de su dolor. Nadie osó rechistar. Eran razones del corazón. Inapelables. Los diputados y diputadas construyeron un templo de silencio para albergar aquel caudal incontenible de verdades y de emociones sinceras. Una madre enhebraba el discurso con las palabras nacidas del dolor de la pérdida de las víctimas que aquel fatídico día rompieron la vida de miles de personas, unas que se fueron y otras que se quedaron en el sinvivir.
Tenía que ser una mujer. Tenía que ser esta mujer, que había perdido a su hijo de 20 años en aquella inolvidable masacre. Su voz, a veces quebrada, poseía una extraña fortaleza, un impresionante poder. Sus manos argumentaban también con elocuencia. Y sus ojeras, acentuadas por el rastro de tantas lágrimas, albergaban unos ojos tristes y a la vez justicieros. ¡Basta ya!, dijo. Con voz frágil, pero extraordinariamente poderosa. El dolor nos había traído a la sensatez, a la cordura, a la verdad. Ella había visto con estupor y con profunda pena cómo su hijo había sido lanzado a los adversarios políticos como un arma arrojadiza. La herida se avivaba en cada sesión, se recrudecía el dolor con cada aplauso, con cada carcajada. Guardo algunas fotos de miembros de la Comisión que me han producido sonrojo. Ella había contemplado desgarrada las imágenes que reproducían las cadenas de televisión. “Habéis vendido vuestras conciencias, dijo, con el fin de que las audiencias pudieran crecer”. Y reclamó un código ético para la difusión de las imágenes de las víctimas. Ella había visto cómo se había resuelto el primer juicio y se había echado a temblar.
Detrás de sus palabras se escondía la fuerza de las 192 víctimas mortales y de los 1.400 heridos que produjo la barbarie en Atocha. Casi se les había olvidado a los políticos quiénes eran los protagonistas de aquella discusión, de aquella búsqueda, de las interminables comparecencias. Daba la impresión que las víctimas eran otras: los que habían perdido las elecciones, los que habían cometido errores, los que habían manejado la información… Nadie se había equivocado, nadie les pedía perdón, nadie hablaba de las otras víctimas, en parte vivas todavía, porque el dolor de la ausencia irreparable había llevado el resto de su ser para siempre.
La fuerza de las palabras de esta mujer era tan grande, las verdades que a través de ellas enunciaba, eran tan fuertes y tan claras que algunos asistentes no podían resistir su mirada y tenían que depositarla sobre las mesas, las hojas o los enseres cercanos. O, sencillamente, irse. El caudal de aquellas emociones, tanto tiempo contenidas, rompía las compuertas del silencio y de la humillación. Pilar Manjón tuvo la lucidez, la serenidad y el coraje de decir a los políticos, a los periodistas y a los jueces que, por encima de cualquier consideración, está la dignidad de los seres humanos y el dolor de quienes sufren una situación atroz, casi insoportable. Y tuvo palabras de gratitud (otra vez el corazón) para los ciudadanos y ciudadanas de a pie que prestaron un servicio en aquellas horas de dolor y confusión: a los bomberos, a los taxistas, a los psicólogos, a los voluntarios, a los médicos… El corazón le iba dictando las palabras, que fluían como un manantial de verdades emocionantes.
Daniel Paz , el hijo de Pilar, estudiante de segundo curso de INEF, podría estar orgulloso de su madre, de esta mujer aparentemente frágil, pero valerosa en sus actitudes y coherente en sus planteamientos. No acudirá este año su hijo a la imperiosa llamada de la Navidad que propone la vuelta a los hogares. Pilar Manjón vivirá con su otro hijo, Iván, estudiante de Ingeniería Informática, el dolor de una ausencia en la que han escarbado con crueldad algunas de las intervenciones de interrogadores y comparecientes de la Comisión.
La portavoz de las víctimas del 11-M terminó su intervención con una lección de ciudadanía inolvidable. Contó que, cuando todavía no le habían entregado el cadáver de su hijo (tardaron seis días en identificarlo), con el máximo dolor que puede sentir una madre, ella fue a votar. De ahí nacía la interpelación más contundente hacia sus representantes, hacia quienes habían sido elegidos por la fuerza de los votos. Nunca olvidaré las palabras de esta mujer. Mientras conducía mi coche hasta Facultad sentí que aquella voz nos estaba salvando de la brutalidad, reconduciendo a un camino que se había perdido y haciéndonos recordar que del corazón precisamente es de donde salen los argumentos más poderosos, más incontestables.
Dijo más cosas Pilar Manjón. Cosas tan hermosas como verdaderas. Dijo que no era sólo cuestión de dinero. “Porque el dinero no abraza, no consuela”. Otra vez la llamada a las emociones sinceras, a las verdaderas dimensiones del ser humano. Y pidió tres cosas que resumían las demandas de las víctimas: verdad, justicia y reparación. Estamos en deuda con ellas. El razonamiento frío (obsérvese el tradicional adjetivo) parecía conducirnos a la verdad. Hoy, afortunadamente, se habla de la inteligencia emocional, de los “corazones inteligentes”. No se ha tenido en cuenta muchas veces el mundo de los sentimientos, se ha pensado que sólo la razón nos podría salvar del error y de la maldad. Pero ahí está la fuerza inagotable de los sentimientos. Ahí está, pensando inteligentemente, el corazón . El corazón de esta mujer formidable.