Querida Vanesa

1 May

No sé si sabré expresar con precisión, fuerza y ternura todo lo que te quiero decir. Me tranquiliza, sin embargo, la idea de que tu dolorido corazón y tu mente limpia suplirán mis inevitables limitaciones (soy un hombre, no estoy en una silla de ruedas, no he sufrido abusos de quien debía protegerme…). Es difícil comprender, sin estar dentro de tu cuerpo hecho con la parálisis, la indignación, la angustia, el miedo, la humillación y el dolor de tantos días, de tantas noches, de tantas horas infinitas como ha durado el calvario que has tenido que recorrer.
Has nacido en el seno de una familia desestructurada, has vivido toda tu vida, veinticinco años, recorriendo el mundo en tu silla de ruedas, has estado en Amappace (Asociación Malagueña de Padres de Paralíticos Cerebrales) hasta que denunciaste los hechos. Durante doce insoportables años (se dice en un segundo, duran una eternidad) has padecido abusos que probablemente no logras borrar de tu memoria y cuyas secuelas aparecen como amenazadores monstruos cuando cierras los ojos. Sé que estoy dando por ciertos los hechos que has denunciado. Pero pienso que si es justo reconocer al acusado la presunción de inocencia (así lo hago), no es menos justo aplicar el mismo criterio hacia ti y pensar que no estás mintiendo, que no estás fantaseando, que no estás inventando una inmensa y absurda calumnia.
Ser objeto de abuso (aquí se puede decir con rigor ‘ser objeto’ más que ‘ser sujeto’) siempre es una tragedia. Pero si el que abusa es precisamente quien tiene la responsabilidad de cuidarte, de protegerte y de ayudarte, el desastre es más contundente, el oprobio más cruel y la desconfianza que se genera más desgarradora. y absoluta. ¿De quién me puedo fiar?, te habrás preguntando con angustia y tristeza. ¿Por qué a mí?, ¿por qué yo?, ¿por qué más?, ¿no era suficiente?, te habrás dicho a ti misma miles de veces.
Sé muy bien que denunciar estos hechos exige un valor casi tan grande como el desgarro vivido. ¿Quién hará caso de una joven paralítica que se enfrenta al jefe de una institución benefactora? Muchas personas no creen a las víctimas, se ponen rápida y eficazmente del lado del poder, de la riqueza, de la fuerza. Además, resulta doloroso revivir los hechos que quieres olvidar, hurgar en la herida que deseas que cicatrice para siempre, airear situaciones que el pudor te lleva a silenciar. En ocasiones, tú lo sabes, la denuncia se ha vuelto contra la víctima y la ha rematado. La víctima dispara la flecha de su denuncia hacia el cielo, allí nadie la recoge y cae sobre su cabeza clavándose con fuerza. “Ella lo habrá buscado”, “no se resistió con suficiente energía”, “se lo ha inventado porque es una fabuladora”, “está despechada por una negativa”, “algo iría buscando”, “le habrá provocado”… Ahí está el caso del alcalde de Toques, que sin duda conoces. El alcalde del pueblo que abusa de una menor. Ella quiere abandonar el pueblo consumida por la vergüenza mientras él es apoyado por los concejales (¡y las concejalas!), por el pueblo, por el cura, por algunos jefes de su partido.
Quizás te hayas arrepentido más de una vez de haber hecho la denuncia. Acaso, te habrás dicho, hubiera sido mejor guardar silencio, callar, tratar de olvidar. Los argumentos tienen mucha fuerza para las personas acobardadas: ya nada puede cambiar los hechos, quizás nadie me haga caso, es probable que me encuentre con un juez machista que no me crea, quizás la sociedad mire para otro lado… Pero tú no te has acobardado. Ten esperanza. Juan José Millás acaba de escribir un libro estremecedor (“Hay algo que no es como me dicen”, editorial Aguilar) sobre el caso de Nevenka Fernández, ex concejala de Ponferrada, que tú sin duda conoces. Si Nevenka se hubiera callado, la historia de la indignidad se habría apuntado una victoria. Millás nos explica en uno de los últimos capítulos cómo “nace la nueva Nevenka”.
Después de cuatro interminables años desde la denuncia (¿quién repara el dolor de esta pesadilla con la que te encontrabas cada día al despertar?) el juicio todavía no se ha celebrado. Imagino que estarás deseando que este horror acabe, que se haga justicia de una vez y que todo pase. Así podrás mirar al futuro y no tendrás tu corazón anclado en unos hechos tan dolorosos. El día doce de mayo se va a celebrar el juicio. Eso espero, eso exijo en mi condición de ciudadano. Ojalá se imponga la verdad. Ojalá se acabe esa angustia de cada día, esta espera interminable. Ojalá no tengamos que lamentar otra sentencia injusta.
Querida Vanesa, permíteme felicitarte por tu coraje, por tu valentía, por la fuerza que ha supuesto hacer la denuncia. Desde tu silla de ruedas has hecho avanzar kilómetros la causa de la dignidad de las mujeres, has dado una victoria a la lucha por la dignidad. Tú has dicho valientemente “no”, tú has dicho “basta ya” a ese terrorismo cotidiano que muchos hombres irredentos ejercemos sobre mujeres indefensas. Enhorabuena por tu valor en nombre de la causa de la justicia.
La herida puede cerrar, tú no estás manchada, no estás sucia, no estás deshonrada. La deshonra es de los maltratadores, de los que abusan, de los que oprimen, de los que acosan. Hagamos una pequeña experiencia. Imagina que tienes un billete de quinientos euros. Se te cae al suelo, se llena de barro, se mancha, la gente lo pisa y, al final, cae en una cloaca. Afortunadamente lo puedes rescatar. ¿Qué harías con él? ¿Lo tirarías? No. Porque el billete conserva todo su valor. No ha perdido ni un céntimo.
Te quiero decir también que no estás sola. Sé que muchas personas te han acompañado. Estás también con todas las mujeres maltratadas de la historia, con todas las que has ayudado con tu postura valiente. Sé que no pretendes despertar pena, que rechazas una compasión sobreprotectora, que te repugna la expresión “pobre chica”. Sé que muchas personas, especialmente muchas mujeres, empañarían de buen grado tus lágrimas con ternura y abrigarían con hechos y palabras tu corazón. La sociedad no puede permanecer indiferente ante unos hechos que no son casuales sino que nacen de una situación machista que ha considerado a la mujer un objeto al que hay que usar y del que se puede impunemente abusar. Las raíces del machismo son muy profundas. Que llegue pronto una ley que se ha retrasado milenios. Pero no nos engañemos, la sociedad no cambia por decreto. Hay que seguir trabajando para que las concepciones, las actitudes y los comportamientos de las personas se rijan por la justicia y el respeto.
Querida Vanesa, permíteme que, para terminar, te cuente una pequeña historia. Te la dedico a ti y, a través de ti, a todas las mujeres que han sido objeto de abusos, de acoso, de malos tratos. Una familia tenía un caballo al que dejaba libre por el campo. Un día el caballo se cayó a un pozo. Como el pozo era profundo y el caballo muy viejo, decidieron, con increíble crueldad, no tomarse la molestia de sacarlo. Comenzaron a echar tierra sobre él. Cuando el caballo sintió la tierra sobre sus lomos, lejos de quedarse quieto y maldecir su suerte, se sacudió la tierra con fuerza, de manera que cayó a sus pies. Subió el nivel del suelo. Le siguieron echando tierra y el caballo repitió una y otra vez el gesto enérgico. El nivel del suelo fue subiendo. Le echaron tanta tierra que el caballo salió trotando en libertad. La tierra con la que pensaban sepultarlo se convirtió en el peldaño de la liberación.
Querida Vanesa. No lo olvides: el pájaro canta sobre la rama porque, aunque la rama se rompa, él puede echarse a volar. Los pájaros, dice Eduardo Galeano en un hermosísimo libro que acaba de publicar, titulado ‘Bocas del tiempo’, no anuncian la mañana. Cantando la hacen. Recibe, con mi enhorabuena y mi gratitud por tu valentía, un gran abrazo.

La fuerza del diálogo

24 Abr

dialogo.jpg Dice Mariano Rajoy que el actual gobierno es débil e inestable porque tiene necesidad de dialogar y negociar con otras fuerzas políticas para poder gobernar. ¿En qué consiste, pues, la fortaleza para el líder popular? En ejercer el mando sin depender de pactos, consensos y alianzas. Ordenar y mandar de forma autónoma es, para él, ser fuerte. Lo dijo claramente en la campaña electoral: “No pactaremos con nadie”. Y lo explicaba: “porque no queremos ser víctimas de chantajes”. Al parecer, transigir, ceder, negociar, pactar, dialogar son muestras de debilidad. Quien hace propuestas a Mariano Rajoy chantajea, cuando las hace él defiende el bien de España.
No es sorprendente esta visión en una persona que ha participado en un gobierno (de mayoría absoluta) que se ha quedado sólo en la decisión de ir a una guerra, en la elaboración de la ley general sobre la educación, de la ley sobre las Universidades, en lo que se llamó luego ‘el decretazo’… Han decidido solos, sin negociar, sin dialogar. Han impuesto su criterio y han considerado que esa es una manera de ser un gobierno fuerte. Y, por ser fuerte, también estable. Quien esto dice ha sido también el destinatario de una decisión solitaria y autocrática que le ha convertido en líder sin necesidad de consulta, diálogo o negociación.
Los hechos no le han dado la razón. Porque esa forma de gobernar, según creo, ha sido una de las causas no de la inestabilidad del poder sino de su defenestración a través de las urnas. De modo que el no escuchar a nadie, el no negociar con nadie, el no pactar con nadie ha sido precisamente la causa de la pérdida del poder, de su debilidad.
Creo que lo que da fuerza al poder (y estoy refiriéndome siempre al poder en una democracia) es su disposición a la escucha, su capacidad de hacer pactos y de establecer alianzas. La fuerza, a mi juicio, está en el diálogo. En el buen entendido, como decía Joseph Joubert de que “el objeto de toda discusión no debe ser el triunfo, sino el progreso”.
El primer interlocutor del gobierno para establecer el diálogo es la ciudadanía, que habla a través de las urnas, pero que sigue hablando después en las calles, en la prensa, en las organizaciones, en las instituciones. El segundo interlocutor son los partidos políticos del arco parlamentario, que están ‘ahí’ por decisión soberana de los ciudadanos. El tercero son los representantes de otros países del mundo ya que una nación no está sola en la tierra. El cuarto son los propios miembros del partido. Si no hay democracia interna, si realmente no se puede decir lo que se piensa, no se formularán quejas, críticas ni discrepancias. El silencio servil es la tumba de la verdad.
Para dialogar es preciso saber escuchar y tener algo que decir. “Hay pocos animales más temibles que un hombre comunicativo que no tiene nada que decir”, decía Beuve. Sin dogmatismos, porque algunos confunden pereza de pensamiento con firmes convicciones. No hay diálogo desde los dogmas.
También es cierto que en el diálogo puede haber trampas. Hay quien, a través del diálogo, trata de engañar, de obtener ventaja. Y logra conseguirlo. Aunque, en otras ocasiones, el ‘listillo’ se encuentra con alguien que le aventaja en la sagacidad. Me han contado hace unos días una simpática historia al respecto. Viaja en un avión una hermosa joven al lado de la ventanilla. Está cansada y se dispone a dormir. Un joven ejecutivo que está a su lado le hace una propuesta:
–Perdone que le moleste, señorita, como el viaje es muy largo le propongo un juego para entretenernos–.
Ella agradece cortésmente la invitación, pero la rehusa sin vacilación. Él insiste:
–Se trata de un juego divertido. Yo le hago una pregunta, si usted no la sabe, me paga cinco euros. Si me la hace a mí y yo desconozco la respuesta, le pago a usted cinco euros–.
Ella rechaza la iniciativa alegando que está muy cansada. El ejecutivo no desiste de su empeño y vuelve a la carga, ahora con una propuesta diferente y ventajosa para la mujer:
–Para que el juego sea más interesante para usted, le hago esta oferta: si yo le hago una pregunta y usted desconoce la respuesta, me pago cinco euros, pero si usted me hace una pregunta y yo no sé la respuesta, le pagaré quinientos euros–.
La mujer acepta la nueva propuesta. Empiezan el juego. Él hace la primera pregunta:
–¿Cuál es la distancia del cielo a la tierra?–.
Como ella desconoce la pregunta le paga cinco euros. E inmediatamente pregunta:
–¿Cuál es el animal que sube al monte con tres patas y baja con cuatro?–.
El ejecutivo no conoce la respuesta, saca su ordenador portátil y hace una consulta de más de una hora, a través del teléfono del avión llama a la biblioteca de varias Universidades. Al fin se da por vencido. Paga los quinientos euros a la chica que, con gestos de cansancio, deja el juego y hace ademán de ponerse a dormir:
–Oiga, dice el ejecutivo, ¿cuál es la respuesta?–.
Ella saca de su bolsillo un billete de cinco euros, se los entrega al joven sin decir palabra y se pone a dormir.
Ojalá que lo que se ha dado en llamar en estos días un nuevo talante, una actitud nueva consistente en la apertura al diálogo, sea asumida por las instituciones y por cada uno de los ciudadanos y no sólo por sus representantes. Un diálogo inteligente y respetuoso. Un diálogo que busque el bien y la verdad, sin opereza, sin trampas y sin dilaciones. Un diálogo que nos habitúe a escuchar lo que el otro piensa y quiere. Que nos permita expresarnos con firmeza, rebatir sin miedo y ser criticados sin padecer tristeza e irritación. Decía sabiamente Cicerón: “Estemos siempre a punto para contradecir sin obstinación y dejarnos contradecir sin irritarnos”.
Para dialogar es preciso tener la voluntad y la humildad necesarias para dedicarse al encuentro. Pero hay que disponer de estructuras y cauces para hacerlo: tiempos, espacios, condiciones… El diálogo nos enriquece si estamos abiertos a la verdad de todos. Las personas inteligentes aprenden siempre, las otras pretenden mandar, enseñar y corregir a los demás como si estuvieran en posesión de la verdad. El diálogo nos hace fuertes. Y no cansa, si se hace de forma positiva. Decía Winston Churchill: “Una buena conversación debe agotar el tema, no a los interlocutores”.

Que no me den más puntos

17 Abr

No me estoy refiriendo a los puntos que suturan una herida. En ese caso, aceptaría que me diesen todos los que fueran necesarios. Me refiero a los puntos que se ofrecen hoy día por cualquier transacción comercial. Hace unas semanas me sorprendí haciendo tal cantidad de cálculos que vi convertida mi cabeza en una calculadora.
– Calculaba los puntos que me faltaban para conseguir la obtención de una tarjeta de una compañía aérea que ofrecía interesantes beneficios en la facturación, en las salas VIP, en las listas de espera y en todos los vuelos.
– Calculaba los puntos que había conseguido con una tarjeta bancaria; puntos que había que canjear en una fecha límite por algunos regalos que era necesario elegir entre una oferta abundante.
– Calculaba los puntos que me habían concedido en una agencia de viajes, a través de los cuales podía conseguir unos bonos de Bancohotel para pasar una noche en uno de los 250 hoteles de la cadena.
– Calculaba los puntos obtenidos con una tarjeta de compra que un Centro comercial había puesto oportunamente en funcionamiento hacía varios meses, a través de la cual se conseguían pingües descuentos.
– Calculaba los puntos que me habían concedido en un Banco a través de las aportaciones realizadas para un plan de pensiones.
– Calculaba los puntos por los litros de gasolina que me habían servido en una estación de servicio y que luego podían canjearse por bonos que te permitían participar en el sorteo de una moto.
Hay otras entidades que ofrecen puntos: restaurantes, tiendas, librerías, agencias de viajes… Algunas cartas te llenan de asombro cuando ves tu nombre en el sobre comunicándote que has sido el afortunado en un sorteo, en un reparto, en una rifa de los que ni siquiera tenías noticia. Increíble comercialización de la vida. Anonadado ante esta avalancha de ofertas, sólo se me ocurre decir: Que no me den más puntos, por favor. No puedo más. Porque es un asunto complicado la contabilidad de tantos puntos. Y otro es la tramitación de los premios. En uno de los citados ‘ofertones’ tenías que llamar a un número y escuchar siete opciones (no exagero) para elegir después la que interesaba. Luego aparecían cinco opciones, entre las que tenías que elegir la adecuada. Luego, tres opciones… Y luego comenzar de nuevo con la primera. Una auténtica exasperación. Un robo.
Estamos bajo ‘la falacia Macnamara’. Lo que no es número, no existe. Lo que no tiene una recompensa inmediata y cuantificable, no interesa. Se dan puntos hasta por comer, por leer, por gastar, por viajar, por ir al cine, por comprar el periódico… Dice R. Handy: “El primer paso es medir aquello que se puede medir con facilidad. Hasta aquí todo va bien. El segundo paso es no tener en cuenta lo que no se puede medir fácilmente o adjudicarle un valor cuantitativo arbitrario. Esto es artificial y engañoso. El tercer paso es asumir que lo que no se puede medir fácilmente no es de verdad importante. Esto es ceguera. El cuarto paso es decir que lo que no se puede medir sin dificultad en realidad no existe. Esto es suicida”.
Todo es comercio. Todo es intercambio. Todo son puntos. Con los puntos puedes tener algo más, puedes consumir algo mejor. Los puntos son un señuelo absurdo. El tiempo, la molestia, la preocupación no compensan la contrapartida que ofrecen. Además, el vendedor no es tonto. Te cobrará los puntos por anticipado.
¿Cuántos puntos dan por esta compra, por esta película, por este libro, por esta acción…? Si no dan puntos, no merece la pena comprar, leer, ver la película o hacer lo que pensabas hacer. Es el mito de la mercantilización.
Los niños lo están aprendiendo muy bien.
– Mamá, ¿qué me das si como bien?, ¿cuánto me pagas si estudio?, ¿qué regalo recibiré si hago este recado?
Por este camino llegaremos a oír esta pregunta que revela el pragmatismo más exacerbado:
– Papá, ¿qué me regalas si respiro?
Lo vemos en la venta de periódicos. Si compra el periódico le regalamos una cuchara, un libro, una pieza de ajedrez. Broadfoot habla del ‘mito de la conmensurabilidad’. Si algo no es medible, si no es cuantificable, no existe. Si esa acción no recibe un regalo, no merece la pena realizarla.
Existe una historia china hermosa e inquietante. Un hijo le dice a su padre:
– Papá, me he enamorado.
El padre le pregunta el nombre de la amada y, cuando el hijo lo pronuncia, el progenitor dice indignado:
– Pero, hijo, ¿cómo te ha podido ocurrir una desgracia semejante? Esa mujer no tiene dinero, su familia no tiene posición.
– Papá, dice el hijo, estoy seguro de que solamente con esa persona puedo ser feliz.
Y el padre comenta:
Ser feliz, ser feliz, y eso, ¿para qué te sirve?
Las trampas de la sociedad de consumo nos acechan cada día. Una de ellas es muy burda, pero muy eficaz. Cuanto más compres, cuanto más tengas, serás más feliz. Y como los deseos son infinitos porque se pueden inventar, la carrera por la felicidad se hace interminable. Tan interminable como estéril e ineficaz. No,
por favor, que no me den más puntos.

Hay que bajar del ‘Autobush’

10 Abr

bush.jpg El Imperio es hoy Estados Unidos. Desde la caída, en del muro de Berlín en 1989, se ha convertido en el amo indiscutible del mundo. No tiene competidor. Su flota está en los cinco océanos y su presupuesto de Defensa es mayor que el de los 191 países restantes del globo juntos. Su total dominio sobre el mundo está haciendo posible que no respete los mandatos de la ONU, que se retire a su antojo de los grandes tratados (como el protocolo de Kioto o el convenio de minas antipersonas), que bloquee la creación de un sistema mundial de justicia… Vicente Verdú ha escrito un libro de lectura obligada titulado “El estilo del mundo”. Dice en él: “Estados Unidos logró su destello de país mágico a comienzos del siglo XX, alcanzó el estatuto de primera potencia económica en los años veinte, logró un glamour humano en la década de los treinta, su apoteosis en los cincuenta, arrasó en el mundo financiero durante los ochenta y se hizo Imperio mundial tras la caída del muro de Berlín. Nunca antes en la historia de la humanidad un país reunió tanto poder”. El vicepresidente Dick Cheney dijo en 2002: “El futuro del mundo depende de nosotros”. Sin duda.

El ex presidente Aznar hizo que España se subiera al autobús del imperio, al “autobush”. La foto de las Azores, de infausta memoria, nos hizo más que colegas, esclavos; más que aliados, comparsas; más que adalides contra el terrorismo mundial, sus víctimas propiciatorias. La mano del señor Bush sobre el hombro del presidente Aznar fue un terrible yugo que nos ha uncido a un sinfín de maldiciones y desgracias. Michael Moore, director de la película “Bowling for Colombine” dijo al recibir el Oscar en marzo de 2003: “Vivimos en un tiempo de resultados electorales ficticios que deciden un presidente ficticio que nos manda a una guerra por razones ficticias”.

El presidente español pensó, contra la opinión casi unánime del pueblo español, que era beneficioso para España estar al lado del más fuerte, del más poderoso, del más influyente. Las vergonzantes y explícitas promesas de George Bush, hermano del presidente americano, estaban mezcladas con sangre. He vuelto a leer, en estos días, un libro de Carlos Taibo que leí en vísperas de la guerra: “Estados Unidos contra Irak”. Parece una profecía autocumplida. Dice el autor: “No hay ningún motivo para deducir que, tras una imaginable acción militar estadounidense, en Irak vaya a ver la luz una sociedad libre, democrática y solidaria”. ¿Estamos ayudando al pueblo iraquí o los estamos destruyendo? ¿No se le ayudaría más y mejor invirtiendo en su transformación todo el dinero gastado en armamento y en el mantenimiento de las tropas?

Nuestros aliados naturales son los miembros de la comunidad europea, nuestro jefe democrático es la ONU. Y la ONU dijo entonces “no a la guerra”. Algunos analistas explicaron, al estallar el conflicto, que se trataba de una guerra entre Europa y Estados Unidos. Dijeron que era una guerra del euro contra el dólar. Irak había comenzado a cobrar su petróleo en euros y a Estados Unidos no le gustaba la “eurización” de la economía mundial. Curiosamente España se encontraba entonces (y sigue estando ahora) al lado de los otros, no de los nuestros. La desairada postura de España en Europa es fruto de esa alianza contranatura. Choca y duele comprobar la forma de despedirse del presidente Aznar en Estados Unidos (colmado de aplausos) y de la Comunidad europea (rodeado de frialdad y silencio).

El presidente en funciones le ha pedido a Zapatero que no se baje del autobús de la lucha contra el terrorismo. Ha dicho también que retirar las tropas de Irak acarrearía un grave daño para España. ¿Por qué? ¿nos ¿Nos puede explicar por qué? No todo vale contra el terrorismo. Fue indecente, por ejemplo, la actuación de los GAL en los últimos años del gobierno de Felipe González, es inadmisible y absurda la lucha contra el terrorismo a través de la guerra de Irak. No ir a la guerra, retirar las tropas que actualmente forman un ejército invasor, no es dejar de luchar contra el terrorismo.

No se puede luchar contra el terrorismo con un terrorismo más fuerte, más indecente, más brutal. Con la guerra sólo se evita una cosa: la paz. Al terrorismo hay que combatirlo con la justicia y con la ley. Por eso digo que hay que bajarse del “autobush”, que hay que retirarse de una alianza que nos ha hecho entrar en una guerra ilegal, injusta, absurda y destructiva. Decir todo esto no es decir que Sadam Huseim fuese un gobernante magnífico o que Bin Laden sea un ciudadano ejemplar.

Se dijo entonces (y algunos lo siguen diciendo) que quienes se oponían a la guerra eran comparsas de los terroristas. Se dice ahora que el vuelco electoral da argumentos al terrorismo porque fue Bin Laden el que decidió quién tenía que gobernar en España. No lo creo así. Quienes nos opusimos a la guerra odiábamos el terrorismo y la destrucción gratuita. Habrá que añadir para quienes todavía no lo han entendido que lo que marcó el giro electoral no fue el terrorismo sino las mentiras que acompañaron la información consiguiente. Es cierto que la información no hubiera existido sin las acciones terroristas, pero el nexo causal con el resultado de las elecciones fueron las mentiras interesadas.

Se tacha de antiamericanistas a quienes criticamos la política del presidente Bush. Nada tenemos contra el pueblo americano. Nada contra su cultura, aunque no todo en ella sea de recibo (la pena de muerte, la moral puritana, el capitalismo descarnado…). Como sucede con la nuestra. Criticar la política de Bush es poner en cuestión los motivos que le llevaron a la guerra, la desobediencia burda de la ONU, la falta de rigor en la afirmación de existencia de armas de destrucción masiva, el desprecio de lis inspectores, las bromas estúpidas sobre la búsqueda de las armas, la falta de atención a los avisos de atentados…

Bajarse del “autobush” significa integrarse en la ONU no sólo de iure sino de facto, significa abandonar una alianza a pesar de los beneficios que reporta estar al lado del más fuerte (si es que reporta algún beneficio que no haya que pagar mil veces), fortalecer los lazos con la unión europea, apartarse del espíritu imperial, escuchar atentamente la voz del pueblo… Si no nos hacen caso cuando decimos que hay que bajar del “autobush”, nos tiraremos en marcha. Es preferible perder la vida voluntariamente en ese salto a que nos lleven a la muerte contra la propia voluntad. La muerte de los ideales, de la dignidad y de la esperanza en un mundo más solidario y más habitable.

Nieve frita

3 Abr

nieve.jpg Me cuenta un amigo argentino, Director de una escuela de la que soy padrino, el caso de un profesor de Educación Física con una peculiar concepción de la enseñanza. Cuando tiene clase en pleno invierno, organiza la sesión de trabajo de esta ingeniosa manera: forma dos equipos de fútbol con sus alumnos, sitúa su coche en medio del campo, se coloca en el asiento del conductor y, mientras toma un mate calentito dentro del vehículo, arbitra el partido. Pita las faltas con el claxon e indica quién es el equipo castigado mediante los intermitentes. Si enciende el de la izquierda saca la falta el equipo X, si el de la derecha, le corresponde lanzar al equipo Y. Cómoda situación para el profesor que no tiene que correr, ni pasar frío, ni molestarse lo más mínimo.

¿Qué es lo que aprenden los alumnos de este curioso profesor? Pues aprenden a correr tras el balón, pero simultáneamente reciben una clase contradictoria sobre el valor del deporte y del ejercicio físico. Lo que realmente aprenden es que el deporte es un obligación, no un placer: que es una exigencia molesta, no un tarea ilusionante. Lo que, en realidad, les ha pedido el profesor a sus alumnos es que hagan una buena ración de nieve frita. Imposible.

En “La mala educación”, última y excelente película de Almodóvar, se puede contemplar una escena similar. Un grueso y ensotanado profesor de gimnasia, sentado cómodamente en una silla, grita vehementemente a los alumnos cómo tienen que hacer flexiones y giros a derecha e izquierda con las manos puestas en la nuca. Está consiguiendo que odien el ejercicio físico.

Aprovecho estas anécdotas para hacer algunas reflexiones sobre la importancia del ejemplo en la educación. Lo diré de forma lacónica y terminante: No hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Porque los alumnos aprenden A sus profesores, no solamente DE ellos. Decía Emerson con meridiana claridad: El ruido de lo que somos llega a los oídos de nuestros alumnos con tanta fuerza que les impide oír lo que decimos.

Se preguntará el lector, nos preguntamos todos, cómo puede el profesor que se encierra en el coche aprovechando el poder que le permite hacer lo que se le antoja, despertar en sus alumnos el deseo de hacer ejercicio, el amor por el cuerpo, la pasión por el desarrollo de todas sus potencialidades corporales.

Le oí decir en cierta ocasión a Umberto Maturana que, si los adultos practicásemos los valores, no necesitaríamos hablar tanto de ellos. Los niños los aprenderían por ósmosis. Si hay que insistir tanto en la educación en valores es porque constantemente están negados en la sociedad.

Un profesor que le dice a los alumnos que es importante trabajar en equipo, se encuentra en una situación embarazosa cuando un estudiante le pregunta:
– Si es tan importante el trabajo en equipo, ¿por qué no se habla entonces usted con el compañero que entra antes en nuestra clase?

Si un profesor (o profesora) falta al respeto a sus compañeros, no dirigiéndoles la palabra o, descalificándolos abiertamente con insultos y calumnias, difícilmente puede convencer a sus alumnos de que el respeto es un valor imprescindible en una sociedad democrática.

Si un profesor no lee ni el Marca que deja olvidado alguien en la cafetería, es imposible que pueda despertar en los alumnos el amor a la lectura.

Educamos como somos, no como decimos que los demás tienen que ser. Lo digo de los profesores, pero también de los padres y de las madres. Lo digo también de los políticos que nos gobiernan. Trabajar por una sociedad más justa exige tener comportamientos honestos. No se puede construir una sociedad mejor mintiendo, robando e insultando y despreciando al adversario.

Sería interesante grabar una sesión de un Claustro y proyectarla para que los alumnos aprendiesen el arte del diálogo, de la escucha y de la expresión. Sería interesante grabar las conversaciones de la Sala de Profesores y proyectarlas luego para que aprendiesen la forma de manifestarse respeto desde la condición de hombres y mujeres, de licenciados y maestros, de veteranos y noveles.

Sé que algunos docentes leen estas líneas bajo la sospecha de que estoy realizando un ataque a la profesión. Nada más lejos de mi postura y de mi deseo. No digo que los profesores den mal ejemplo. Digo que que deben SER un buen ejemplo. Cuando llamo la atención sobre la importancia de nuestra tarea, sobre la necesidad imperiosa de coherencia entre el discurso y la práctica, estoy valorando una profesión que ha sido y es decisiva en la historia de la humanidad: La tarea de trabajar con la mente y el corazón de las personas. No hay otra tan singular e importante. La historia de la humanidad, dice Herbet H. Wells, es una larga carrera entre la educación y la catástrofe.

Me preocupa la falta de autocrítica, la cerrazón a la crítica que algunos profesionales de la enseñanza manifiestan. Esa hipertrofia de la sensibilidad que les impide reflexionar con rigor sobre su forma de actuar y de sentir. Quien se cierra a la crítica se cierra automáticamente a la mejora.

Cuentan que un profesor le escribe una nota manuscrita a un alumno en la hoja de examen. El alumno, que no entiende aquellas líneas, se acerca a él con el escrito y le dice:
– Profesor, no entiendo lo que ha escrito en mi hoja de examen.
El profesor le contesta, sin caer en la cuenta de la tremenda contradicción que encierran sus palabras:
– Ahí te digo que escribas con la letra más clara.

La palabra autoridad proviene del verbo latino auctor, augere, que significa hacer crecer. Tiene autoridad, pues, aquella persona que ayuda a crecer. Hace crecer el respeto, el amor, la coherencia, el ejemplo. Unos tienen autoridad. Otros tienen, solamente, poder. Esos últimos obligan en cada momento a sus alumnos a preparar una ración de nueve frita. Y a ique la ingieran con cuchillo y tenedor. No solamente es imposible. Es, sobre todo, triste, irracional e irritante.