Cuando éramos otros

30 Nov

Hubo un tiempo en que el ser humano tomó los relatos de la Biblia de manera literal, y llegó a creer que el mundo tenía una existencia que no debía ir más atrás de unos seis mil años, a lo sumo, unos siete mil. Ese tiempo no crean ustedes que está muy lejano : James Ussher, arzobispo de la Iglesia en Irlanda entre 1625 y 1656, basándose en las genealogías del Génesis y dando por supuesto que estaban completas, afirmó que la Tierra fue creada el día 23 de octubre del año 4004 antes de Cristo. Y sin embargo estábamos, como quien dice, a las puertas del descubrimiento de la prehistoria : nuestros ancestros tienen un mínimo de unos 7.000.000. Han leído bien : siete millones de años.

Es curioso nuestro pasado siglo XX. Para empezar, recibe una muy notable herencia del siglo anterior, que por cierto no podemos decir que no fuera generoso. Porque el siglo anterior al XX, el siglo diecinueve, entre otras varias cosas nada de despreciar, nos legó el psicoanálisis, el marxismo y con la teoría marxista todos los grandes movimientos de masas que acabaron por desperezar las conciencias aún algo adormecidas pese a la Revolución Francesa, de finales del siglo XVIII, las teorías cuánticas que derivan en último extremo de la genialidad de Einstein, todo el relativismo lingüístico que nos obligaba a darnos cuenta de que las posibles visiones del mundo no se ceñían tan sólo al racionalismo europeo, sino que desde otras lenguas el mundo se veía otro : por ejemplo, como lo describen los indios hopi, estudiados por Benjamin Lee Whorf y su maestro Eduardo Sapir, su maestro y guía en esa fantástica aventura del conocer humano.

¿Y las “revoluciones” que en el campo de las Artes supone el Surrealismo, tan íntimamente asociado a las teorías de Freud y su discípulo -un tanto “díscolo”, todo sea dicho- C. G. Jung? ¿Y los estudios sobre el sueño, que se inician en el psicoanálisis y pronto adquieren su campo propio? ¿Y el el cubismo, que muchos teóricos derivan de Picasso y sus “Les Demoiselles D`Avignon”?

Sería un empezar y no acabar, pues cuando caemos en la cuenta de cosas como el descubrimiento de la deriva de los continentes (Alfred L. Wegener). Su gran obra a este respecto se publicó en 1915 : “El origen de los continentes y los océanos” . Muy discutido al principio pues Wegener era en realidad meteorólogo, y los especialistas del campo de la geología no parecían dispuestos a admitir ideas nuevas y, por añadidura, de “un intruso“…

O los que hacen esa, – ¡tan simple en apariencia! -, necesidad de asepsia  en las intervenciones médicas (Pasteur); o los increíbles logros de la genética… Entonces nuestra imaginación a veces se dispara y llegamos a entrever mundos posibles  como los que se describen en Literatura con “Un mundo feliz”, o “1984”, o con esa desgarradora visión Franz Kafka que ha dado de sí,    – ¡y con pleno derecho!-, al adjetivo “kafkiano”.

Antes han leído que nuestros ancestros tienen unos siete millones de años, y las razones de quienes han llegado a estas cifras y han alcanzado esas metas del conocimiento en lo que atañe a los orígenes de la especie humana no son simples creencias, ni son tampoco meras especulaciones : se basan en datos. Sin irnos a otros textos, nos vamos a quedar en uno tan sólo : “La gran aventura de los primeros hombres europeos“, de Henry de Lumley.

Explica este lúcido investigador de nuestro pasado que el ser humano, -y esto lo decimos a modo de ejemplo tan sólo-, no llegó a dominar el fuego hasta hace unos 400.000 años. Dominar el fuego debe entenderse en el sentido de ser capaz de encenderlo y controlarlo manteniéndolo sin que cause daño alguno. Eso significa que hubo muchos siglos de humanos anteriores, también encuentros nuestros, que conocían el fuego pero no lo habían “domesticado”, no sabían cómo habérselas con él. ¿No está claro que entonces realmente “éramos otros”?

¿Diosas, humanas?

14 Nov
Portada del Poemario de J.E. Cirlot en Siruela, 2005.

Ariadna, Circe, Siduri… : ¿Quiénes o qué eran? El papel, el rol de la mujer en su plenitud en la Historia de la Literatura (que en buena medida es un “trasunto” de la historia de los sueños de la humanidad) es una de las constantes de los grandes poemas épicos de todos los tiempos. Y hay una muy curiosa casualidad, -si es que admitimos la existencia de las casualidades para ciertas cosas de gran relevancia-, y casualidad con nombre propio : Lucy. Lucy, esa ancestral madre de la humanidad, es quien primero nos documenta en Arqueología ancestrales “humanos” que ya andaban erguidos y podían hablar. Lucy, que para nosotros hoy sería casi una adolescente, pero en su época era sin duda una mujer en su plenitud, tiene de unos 3,2 a 3,5 millones de años… Se le han supuesto unos veinte años, anatómicamente ya podía caminar erguida, y al tener el hueso hioides, podía ya articular palabras. Hablaba, pues : la naturaleza no ensaya innovaciones en vano. Con 20 años y en esos tiempos lejanos, Lucy debió tener descendencia. Debemos suponer que la tuvo : si no ella misma, alguna otra mujer de su tiempo, una contemporánea plena suya. Su descubridor, Donald Johanson, le puso ese nombre porque aquel día (el del descubrimiento, 1974) estaba escuchando con su equipo, en tanto trabajaban, la banda sonora de los Beatles titulada “Lucy in the Sky with Diamonds”. Por la datación de los materiales volcánicos donde se encontraron los restos óseos de Lucy se le asignaron unos tres millones de años, con un margen de error no muy amplio. Junto a Lucy se encontraron restos de otros seis individuos, dos de ellos niños. Es de suponer que Lucy había sido su madre, y desde luego el grupo era de individuos familiares entre sí. Ariadna nos abre las puertas de los Laberintos, esas misteriosas construcciones que parecen tener un carácter universal, y que fueron incorporados como elementos característicos en las catedrales góticas, seguramente por su carga simbólica, pero con toda seguridad por sus connotaciones esotéricas, y desde luego como manifestación de un arcano que desde tiempos muy antiguos ha fascinado a la humanidad. El laberinto de la catedral de Chartres es el más famoso, según Jaime Buhigas ( : en un libro que se titula “Laberintos : Historia, Mito y Geometría”). Digamos de paso que los laberintos son mandalas, y que están de algún modo ligados a grandes personajes femeninos, diosas o humanas, reales o míticas, históricas o de naturaleza sólo onírica : mujeres nacidas de los sueños de la humanidad, ya como madres, ya como brujas, o ya como amantes. Circe es una magnífica, soberana maga y hechicera, que logró retener a Odiseo o Ulises en su viaje de vuelta a Ítaca, convirtió a parte de su tripulación en cerdos, a excepción de Euríloco, que escapó y advirtió a Odiseo, aún en su nave antes de pasar largo tiempo en el palacio de la Maga Circe, y luego le ayudó a retornar a su patria indicándole las posibles rutas. Hay un cuadro de W. Schubert Van Ehrenberg, del siglo XVII, donde se representa el Palacio de Circe. Y en el último decenio del siglo XIX otro pintor, Waterhouse, representó a Circe ofertando la copa con una pócima a Ulises, sin saber que el héroe homérico estaba protegido por Hermes. La historia de los laberintos y las magias de hechiceras que conocen todo tipo de hierbas y son poderosas tanto en sus arrebatos de ira como en sus benevolencias tiene un muy largo recorrido en el Arte y en la Literatura. Hay un libro al que acudiremos en su momento : el de Sig Lonegren, de 1991, (que se tradujo del inglés en Ediciones Martínez Roca en 1993) titulado “Labyrinths, Ancient Mysths & Modern Uses”. Siduri vive en la Historia desde los tiempos en que se escribe el Poema de Gilgamesh y aparece en el libro X del poema, como una tabernera que vive allende el mar, y llega hasta nuestros días, donde se nos instala con insuperable maestría en un poema de Juan Eduardo Cirlot, quien en su “Susan Lenox”, extraordinario poema escrito en 1946 y publicado en el año siguiente, 1947, nos abre su texto luego de habernos llevado, fugazmente, al Poema de Gilgamesh, del que cita : “Siduri, la del cabaret, habitaba cerca del mar inaccesible”. Y luego, ya en sus estrofas, ya leemos : “Niebla, niebla. No sé qué me sucede; es un recuerdo. Recuerdo las palabras del poema : Siduri, la del cabaret, vivía Susana, no Siduri. Sí, Susana, cerca del mar inaccesible y puro. Da lo mismo Siduri que Susana, Caldea que Cartago o Barcelona, las islas del Pacífico o Long Island. que China; hay una sala abandonada.” Estas heroínas míticas de la historia de la humanidad, ya las veamos como deidades benéficas o no, o ya las veamos como vestigios que la suerte depara al que busca, e incluso al que busca sin saber que lo hace, como aquel que en vida encuentra compañera infinita. O se topa con una caverna como la que en 1940 encontraron unos muchachos cerca de Montignac, y conocemos por el nombre de Lascaux, nombre en realidad de una familia noble, dueña de un castillo. Estas mujeres heroínas, decía, ¿son sólo un tiempo vivo en carne, huesos, sangre, cerebro…, o trascienden el tiempo en palabras, poemas, mitos, cuadros de belleza inteligible? Cuando abordemos de nuevo esta cuestión, donde tendrán que unir sus caminos los sueños, los mandalas y laberintos, la mujer eterna y su símbolo que llamamos con sonidos griegos que dicen Sophia, entonces y no antes, veremos cuáles eran algunos de los sueños de René Descartes, y qué nos dicen o pueden decirnos en esta aventura que estamos iniciando a lo largo de las páginas de ese libro : La Mente en la Caverna, de David Lewis Williams. Gracias, lectores.

Tres Sueños

10 Nov

Gravados en roca. Técnica del "rayado". Sur de África.

Como he explicado en una nota anterior, nota que aparece en el post titulado “Huellas”, el que me  va a servir de introducción a lo que se comentará sobre una magnífica obra de David Lewis Williams, “LA MENTE EN LA CAVERNA”, nos será preciso acercarnos a nuestro objetivo de una manera que puede parecer indirecta, pues antes de abordar el tema en sí de dicho libro acabado de citar nos vamos a detener en otras dos cuestiones previas : Una es el libro de G. Bataille “Las lágrimas de Eros”, donde pondremos en cuestión algunas de las ideas del gran ensayista francés.  Ello sin contar con que fundamentalmente él se centra en la mente del hombre del Neolítico, y nosotros lo estamos haciendo ahora centrándonos en la de nuestros ancestros del Paleolítico. Y la otra cosa donde vamos a hacer hoy una pequeña parada son tres sueños. Tres sueños que tuvo René DESCARTES, y que leemos en un blog del Departamento de Filosofía de las Escuelas Francesas. Haremos pues, por así decirlo, un viaje con escalas.

Estas escalas (se me permita la metáfora) y en concreto la primera de ellas, la de hoy, los tres sueños de R. Descartes, nos vienen  sugeridas precisamente por el libro que ahora es nuestra meta final, el destino (como siempre, destino “provisional”) de nuestro viaje : la Mente en la Caverna. O si lo prefieren ustedes : la Humanidad en sus inicios, cuando puede que La Tierra fuera un Jardín, como cantaba en su día GEORGE MOUSTAKI ( : “Il y avait un jardin…”- … que se llamaba “la tierra”, continuaba la letra de su canción, viva desde 1969).

Veamos cómo se produce dicha sugerencia. Escribe el autor de “La Mente en la Caverna”, en las páginas 106 a 107 de su obra, esto que sigue a propósito del problema cerebro/mente :

“Si hablamos de la evolución, estamos hablando -básicamente- del cuerpo humano, de nuestra composición física, material, de huesos, sangre, tejidos, masa cerebral. En contraste, la mente es una proyección, una abstracción; no puede colocarse sobre una mesa y diseccionarse como sí es posible hacer con un cerebro. Ni tampoco parece que la mente pueda colocarse sobre una mesa filosófica y definirse y describirse. En realidad, el ancestral problema de mente/cuerpo continúa preocupándonos pese al ingenio de generaciones de filósofos.

La figura más célebremente asociada a esta cuestión es la de René Descartes (1596 – 1650), un pensador nacido en Francia que pasó la mayor parte de su vida en Holanda. Teniendo en cuenta  las cuestiones que exploro más adelante, vale la pena observar que Descartes decía que había derivado su ambición de diseñar un nuevo sistema filosófico y científico no a partir de un pensamiento lúcido y racional, sino a partir de una serie de sueños. Esa contradicción derivaba de la dualidad de su pensamiento.”

Hasta ahí la cita de David Lewis Williams, ilustre pensador y hombre de honda erudición nacido en ciudad de El Cabo, Sudáfrica, en 1934. Pero atendamos a lo que dice, ese “…, vale la pena observar que Descartes decía que había derivado su ambición de diseñar un nuevo sistema filosófico /…/ A PARTIR DE UNA SERIE DE SUEÑOS.” Y no dice el pensador de Ciudad del Cabo ni cuáles son esos sueños, ni cuántos son. Nos deja el dato mondo y lirondo. Pero nosotros, fieles a esa idea matriz que en relación a los sueños hemos ido siguiendo en estos textos del blog de La Opinión de Málaga “Palabras, bosques”, sí queremos saber más de esos sueños. Cuáles fueron, qué hay de sus contenidos oníricos, cuántos fueron. Y para saber esas cosas, hemos acudido a la fuente informativa que se ha señalado más arriba, ese blog de Federico M. Otero, en las Escuelas Francesas y su Departamento de Filosofía.

Hoy, ya, sólo diremos que los tres sueños de Descartes los tuvo un día 10 de noviembre, estando abstraído en sus pensamientos y en una remota región del Danubio, alistado en el ejército del Duque de Baviera, aliado de Francia que luchaba en la Guerra de los Treinta Años. Corría el año de 1619, y en esos cuarteles de invierno junto al río Danubio, Descartes soñó lo que contaremos en la próxima entrega de este fantástico viaje que estamos haciendo en busca de la Mente en las Cavernas, cuando la Humanidad vivía tal vez un presente que aún no hemos sido capaces de ver en su totalidad : nos faltan datos, nos faltan datos. Y nos sobra (quizá en exceso) un  modo de ver las cosas en demasía apegado a nuestro actual parecer, sin caer en la cuenta de que nosotros no éramos ellos, aunque, en cierta medida, ¡ellos sí que estaban empezando ya a ser nosotros!

Huellas

4 Nov

Restos de arena de una playa del plioceno. Cueva del Tesoro.

Sabemos siempre de una manera vaga, muy imprecisa, que las cosas tienen algo que podríamos llamar huellas. Unas veces son huellas que huelen a tiempo, sólo a tiempo : esas arenas de una playa del plioceno en una cueva de origen marino, arenas fósiles de playa ahora ya sin sol posible, (¿o sí, un día lejanísimo aún?); esas ánforas que se hallaron en una nave fenicia, hundida en las actuales costas de Huelva, hace casi 3000 años : ayer mismo, como quien dice. Otras veces son huellas vivas, como esas manos impresas en paredes de grutas ignoradas durante milenios y ahora estudiadas como si fueran un extraño modo de grial : huellas esta vez con más de ¿20.000, 30.000 años? pero tan humanas en su misterio cavernario que apartan de sí, como quien da una manotazo, los eones de la geología, tan sin medida para nosotros, efímeros, y tan pequeños para el tiempo cósmico, tan sin medida cierta.

Las huellas son registros misteriosos cuyo destino cabal se nos esconde. Registros que nos envuelven por todas partes : en las yemas de los dedos, en los andares, característicos de cada uno de forma tan sutil como inconfundible muchas veces. Huellas impresas en la nieve y luego solidificadas por vaya usted a saber qué caprichos de catástrofes climáticas o de derrumbes de laderas de montañas, y que identifican ancestrales especies ya perdidas en el pasado, monos de hace siete millones de años que ya caminaban erguidos a ratos. O mamuts que ya jamás verán ojos humanos. Huellas de fiestas terminadas algún día, quien sabe si en tragedia mínima o en grandiosa efeméride, inolvidable para quien fuere. Ciudades como Pompeya o Ercolano son dos huellas tan sabias como trágicas, tan plenas de tiempo anclado entre cenizas como reclamos hoy de ávidas miradas de gente que pasa sin más, y hace fotografías, cuando menos.

Los recuerdos en la memoria son huellas de la vida que se nos almacenan inexorablemente, y nos van tallando como si aún siguiéramos siendo el barro primordial (ese barro del que hablan los mitos antiguos de los libros sagrados), ese barro que fuimos antes de ser los seres que somos, ese barro que seremos (“Me llamo barro aunque Miguel me llame…”, escribió un poeta de Orihuela, cuyo nombre no ignoras lector “in fábula”) si es que un día morimos, que pudiera ser que no : morir igual es sólo un especial despertar, pues que ahora sólo dormimos. Te levantas de la cama, te aseas, te vistes, y cuando miras de nuevo la cama donde has dormido, está llena de las huellas tuyas de haber estado durmiendo entre sus sábanas, o sobre la almohada.

Las huellas son victorias o catástrofes, según las consideres. Estén donde estén, sean lo que sean, las huellas son un signo de la vida. Un signo, como digo, misterioso, evasivo. Signo por lo general ajeno a todo símbolo y sin posible número identificativo, sin peso, sin  forma precisa. Ajenos a los sistemas, esos signos que son las huellas son tan infinitos como las cosas olvidadas o como las estrellas nunca vistas. Y pese a todo, las huellas forman parte de nuestras almas, sean lo que sean nuestras almas : un mito más, un soplo de espíritu, o un teorema. Y termino ya : este texto de hoy, lector, es una especie de introducción a lo que comentaré, en próxima entrada, a propósito de un libro sugestivo y valiente : “La Mente en la Caverna”, de David Lewis Williams. la edición original, en inglés, ( “The Mind in the Cave. Consciousness and the Origins of Art”) es del 2002. La que manejaré, en traducción de Enrique Herrando Pérez, es de AKAL, 2005. Hasta entonces, lector.

“Miramar”, It Book

31 Oct

Portada del libro que comentamos

¿Cuándo comienza realmente la historia de una persona? ¿Cuando nace, cuando cobra conciencia plena de su humanidad y su personal estar vivo? ¿Cuenta el pasado, o no cuenta? Y si cuenta, esto es, si ponemos al tiempo pasado como parte de la historia de cada ser humano, ¿no habrá que poner también al tiempo futuro en ese mismo “sitio” que es la historia de cualquier ser humano? Dicho esto de otro modo : ¿comenzamos a ser cada uno de nosotros, a existir de alguna manera, desde el mismo instante en que “empezó todo”? Y cuando decimos “el pasado” nos referimos a todo el tiempo, desde el comienzo mismo de lo que llamamos “tiempo”.

Al fin y al cabo, si hacemos que cuanto ocurrió en esta tierra hasta que uno de nosotros llegó a ella, – cualquiera de nosotros : los seres humanos en su totalidad -, forme parte de la historia personal de cada uno, entonces el tiempo debería contar en su totalidad : el pasado, porque “algo” se fue organizando en sus entresijos hasta dar de sí a cada ser vivo; el presente, porque en él estamos; y el futuro también, ya que cuanto hacemos en vida va entrando a formar parte de esos tejidos que el Tiempo va zurciendo hasta formar esa Gran Madeja que construye la totalidad de lo que tenga entidad, sea cual sea dicha entidad. ¿Estaríamos entonces, si hacemos tal operación de unificar en una única y misma madeja, el todo y cada una de sus partes, avanzando un poco más allá de lo que nos propone Martín Heidegger en su “Sein und Zeit”, “Ser y Tiempo”? Creo que sí, y creo también que con ello no descubrimos ningún nuevo mar : simplemente nos movemos en el terreno de lo que podríamos llamar “Bio-Cosmología”, algo que de hecho ya existe, aun cuando tenga otros nombres.

“El Ser y el Tiempo” del filósofo alemán se publicó en la primavera de 1927. Curiosa fecha : en España y su Literatura da nombre a una generación de poetas de alto valor : la Generación del 27, con F. G. Lorca y Rafael Alberti, con Luis Cernuda y Emilio Prados, con Jorge Guillén y Pedro Salinas, con José María Hinojosa Lasarte, con Dámaso Alonso, con Manuel Altolaguirre, con José Moreno Villa… Poetas que también han sido llamados, (aun cuando con menos éxito), “Generación de la República”. Y es en 1927, según leemos en una nota a pie de página (la nota 77, en pág. 220) del libro “MIRAMAR” cuando los padres Paúles se hacen cargo de la capilla del “Miramar”, construida en 1909, y convertida en parroquia en 1943.

¿Por qué damos ahora estos datos? Muy simple : los poetas del 27, como la historia que se nos novela y relata con un lenguaje dotado de enorme plasticidad y fuerza en “Miramar”, es también una historia “partida en dos, y no por gala”, como diría Max Aub, cuando habla de la Guerra Civil española y sus efectos en la Literatura y su Historia. Y este libro que ahora comentamos, ( “MIRAMAR” ), tiene como hito de referencia en el tiempo precisamente ese trágico episodio de nuestra Historia en el siglo XX.

“MIRAMAR” contiene momentos de una notable fuerza dramática, fuerza ésta que unida a la plasticidad del lenguaje con que se nos va entrando con viveza el relato, produce un efecto que podríamos llamar “cinematográfico”. No hay ninguna página del libro que esté de más, y sí percibimos un equilibrio en la narración que nos remiten, necesariamente, a la consideración de que sus autoras, CARMEN ENCISO VERA  y  ELOÍSA NAVAS MARTÍN, son dueñas de un lenguaje expresivo de indudable valía. Ello da de sí una obra que siendo como es extensa, generosa en páginas, ( : unas 538 en total), se nos hace ligera, y se lee con agrado, pues desde el inicio hasta el final nos sentimos como dentro de un considerable frescor narrativo.

No quiero cansar al lector de hoy, ni tampoco excederme en las dimensiones de lo que debe ser una entrada o “post” de un blog, pero tampoco quisiera irme de estas palabras sin añadir algo más del libro, que me llamó la atención. (Son palabras que puede el lector encontrar en la página 224) :

“…para contemplar sus preciosos jardines,  me abracé a la higuera centenaria que había a la entrada y sentí cómo su savia se acompasaba con los latidos de mi corazón.”

Explico el por qué de mi especial atención a este momento del relato, cuando estamos ya en Tánger y a salvo de los trágicos avatares de una guerra : en un libro de reciente publicación, que se titula “Otras fronteras, otras realidades”, y cuya autora es la extraordinaria sensitiva y muy culta PALOMA NAVARRETE, leemos esto :

“-Cuando os sintáis cansados o bajos de moral, mustios, deprimidos, si un día la vida pierde sus colores, un buen árbol os puede ayudar. Podéis ir a un parque, pedir ayuda a los árboles, aquietar la mente, escuchar con atención, y un árbol os llamará. Ya sabéis la técnica, pegáis vuestro cuerpo y cabeza a su tronco, lo rodeáis con vuestros brazos y sentís cómo su savia corre por vuestras venas: Su energía os entra por los pies, recorre vuestro cuerpo e inunda vuestra cabeza.”

Y aquí dejo de momento al lector, con la esperanza de haber puesto en su interior la suficiente curiosidad para que se asome a las páginas de esta singular historia centrada en torno a un muy noble edificio de nuestra Málaga. Y termino ya : me he permitido ese título,  ( : “Miramar”, It Book), con la certeza de que la lectura de esta obra no dejará indiferente a nadie de cuantos la aborden. Gracias, lectores.