Chamanes y Garabatos

4 May

La imagen que ven ahí arriba está tomada de una publicación de Jean Clottes y David Lewis-Williams. Se encuentra en una cueva de Cantabria (España) que se conoce como El Castillo. Se trata de una serie de puntos rojos que parecen salir de un agujero natural de la pared de la gruta. En una ponencia defendida por Jean Clottes en un Congreso celebrado en Sevilla en el 2003, ponencia que se tituló “Chamanismo en las cuevas paleolíticas”, relaciona una serie de signos, y los relaciona con un posible chamanismo. Aunque se trata de signos que, propiamente, no lo llegan a serlo, esto es, que no necesariamente están conformados en un sistema, como es el caso de los alfabetos, las señales de tráfico, o las figuras típicas de los manuales donde se empieza a explicar la geometría a los estudiantes en sus grados primeros de aprendizaje, figuras como los puntos, las rectas, los círculos, triángulos, cuadrados…, etc.

Estudiosos de la talla de los antes citados, y otros como Mircea Eliade, a mediados del pasado siglo XX, y el trabajo publicado en 1988 por Lewis-Williams D. y Dowson T. que se titula “The signs of all times. Entoptic phenomena in Upper Paleolithic art.” La bibliografía es amplia, pero ahora me limito a citar lo que tengo más a mano y estimo de considerable valor : como hipótesis que no debe ser rechazada sin más ni más sólo porque nuestra propia mentalidad no acepte los fenómenos que se describen en tratados de Antropología y de Psicología Médica, y son sin duda fenómenos compartidos por los Cromañones, nuestros más directos ancestros, y el hombre moderno que ya no vive en grutas ni las usa como “templos” o como eventuales lugares de refugio y enseñanzas “mistéricas”, sino que vivimos en casas y grandes edificios y tenemos catedrales e iglesias para esos menesteres del “contactar con los mistérico”, o universidades para transmitir el saber y los conocimientos que estimamos firmemente asentados.

Dado que hay otras recientes publicaciones que inciden en estas cuestiones del posible chamanismo responsable de no pocos de los “garabatos” y los “signos” (aún por descifrar) que contemplamos en las cuevas de Europa o África, y en los otros continentes ( o sub-continentes, como Australia), en el texto que hoy dejamos en este blog como mera introducción a lo que queremos esbozar en sucesivas publicaciones, también usaremos datos tomados de otros trabajos, como el que en un post muy anterior al de hoy ya citamos. Me refiero al trabajo de Genevieve von Petzinger publicado en 2016 y del que sólo he logrado la edición de Atria Book, N. York, (2017). Se titula “The First Signs. Unlocking the Mysteries of the World’s Oldest Symbols”.

Termino por ahora : creo que reuniendo los datos que de esas publicaciones, entre otras más que ahora no cito, y tomando también como base experiencias propias que se me han transmitido por personas de indudable valía a lo largo de los años, como mi propio padre, o como el padre José María Pilón, S. I. cuando con ellos acudía a la Cueva del Tesoro y les escuchaba elucubrar sobre estos fenómenos, creo, -decía-, que hoy me es posible dar unas razones explicativas de algunos de estos fenómenos que pueden perfectamente ser aceptables por muchos lectores familiarizados con los temas que se citan y los que aún habrá que citar. De modo, que lo que siga a este texto, ya no será casi una lista de obras, sino que nos entraremos en lo que aún sigue (y así seguirá durante no poco tiempo) siendo un “misterio” por desentrañar.

Sensibilidades : el Tiempo

12 Abr

Una de las formas de la sensibilidad humana está sin duda, (sin duda, para quien esto escribe), o se nos entra en el alma, sea lo que sea lo que llamamos “alma”, a través del Tiempo : en el sentido de que nuestra percepción del tiempo cambia a la vez que moldea nuestra manera de sentirlo. ¿Qué es el “Tiempo”, sin materia pensante alguna que lo perciba, sin alma alguna sintiente que en sí lo viva? Hay mucha filosofía nacida de estas cuestiones, son muchas las respuestas dadas a ese tipo de preguntas sobre el Tiempo, y ahora no entraremos en ninguna de ellas, aun cuando cada lector podrá percibir en nuestro texto un cierto atisbo de nuestra propia idea al respecto. Y aclaro esto : la imagen que ahí ven representa una parte de una pared de cueva donde se conserva arena de playa de mar…, ¿cuánto tiempo ha pasado desde que esa pared de cueva surgió del fondo del mar llevando consigo esas amarronadas arenas y estando ahora en una Cueva que se halla sobre un monte calizo, elevado metros y metros sobre el mar, y alejado aún más metros de sus orillas? Eones de tiempo, para lo que duramos los humanos y nuestras generaciones.

Acaso “eso” que llamamos Tiempo cobre su ser a partir de la percepción que se tenga de él. O sea, a partir de los seres que somos los que, vivos, podemos considerarnos “materia pensante”, como ahí arriba acabo de escribir. Quiero decir esto de otra manera más breve : Tiempo y Sensibilidad (humana) son cosas que se entrelazan de alguna manera. En nosotros los seres vivos que pensamos y sentimos el tiempo (sea lo que sea) se nos hace realidad. Algún modo de cambiante realidad, para más tratar de atinar en lo que queremos decir. estamos con esto ante un universo interior a veces insondable.

Así, cuando paseamos por las afueras de un pequeño pueblo que se ha conservado casi como era hace algunos siglos, pongamos que desde un milenio atrás, o desde casi dos, como es el caso de Carcasona, y nos enteramos que tal localidad existe desde ochocientos años antes de la Era que llamamos “de Cristo”, y que se nos ha conservado casi como era ya en la Edad Media, o sea, hace unos mil años atrás, ¿no puede ocurrir que sea el Tiempo lo que nos inunde de alguna manera el alma, -ya dije : sea lo que sea el alma-, y desde esos adentros tan vivos nuestros nos cambie el instante, nos modifique el sentir, vivamos ese tiempo de nuestra mirada de la pequeña ciudad amurallada con una especial sensibilidad? Puede ocurrir, y de hecho resulta que ocurre.

Demos ahora un salto en el tiempo y vámonos de Carcassonne a unos breves versos de las “Tristia” (puede traducirse por “Tristezas”, o por “Noches tristes”) del poeta clásico latino que era Ovidio. Estos son los versos :

“Cum subit illius tristissima noctis imago, qua mihi supremum tempus in Urbe fuit, cum repeto noctem, qua tot mihi cara reliqui, labitur ex oculis nunc quoque gutta meis.”

(Son los cuatro versos primeros de las “Tristia” I, 3.) Ahora, daré una traducción lo más fiel posible de estos singulares versos; pero incluso respetando totalmente el sentido del texto poético latino, la traducción que de estos versos haga procuraré que sea algo “libre” : a fin de adaptarlo más a la propia sensibilidad del lector actual. Debo aclarar que algunos latinistas leen : “… quae mihi supremum tempus in Urbe fuit”, y no lo que hemos escrito antes : “…qua mihi etc.”  Ese /quae/ en lugar de /qua/ modifica algo el sentido, pero sólo afecta ello a la sintaxis, no a la semántica del texto. Eso quiere decir que para nuestro propósito ahora es indiferente que escribiera /quae/ o que escribiera /qua/. Pero  vamos ya a la versión en español :

“Cuando me viene la tristísima imagen de aquella noche, que significó para mí mis últimos  momentos en la Ciudad, cuando revivo la noche, en la que dejé tantas cosas para mí queridas, incluso ahora se desliza una lágrima de mis ojos.”

En el Diccionario Latino Español de Agustín Blánquez Fraile (uso la edición de 1946, que fue de mi padre) se traduce parte de este fragmento citado, que vamos a ver pues merece la pena este breve inciso :

Después de haber citado una frase de Virgilio ( : “subiit cari genitoris imago” : “Representósele la imagen de su amado padre”), cita a Ovidio en estos versos : “Cum subit illius tristissima noctis imago”, que traduce así el señor Blánquez Fraile : “Cuando acude a mi mente la imagen de aquella tristísima noche…” y ahí estamos ante el significado clave del verbo latino subeo – is – ire… : “presentarse una cosa a la mente, recordar, venir al pensamiento”. Otro valor que tiene este verbo en Ovidio es el de “penetrar furtivamente”, y son muchos otros los posibles sentidos. Y con ello presente, hagamos ahora dos reflexiones : una, la que nos lleva a valorar las posibles traducciones de una lengua a otra, y sus dificultades; y la otra, el modo como cada lengua acomoda a su léxico la sensibilidad del pueblo en cuestión que use tal o cual idioma.

Y pensemos : hay expresiones que son de muy difícil traslado ( es decir, traducción ) de una a otra lengua. Fijemonos en que el latín es una lengua muy próxima a nuestro castellano o español, y sin embargo algunas de sus palabras, sobre todo los verbos y algunos nombres (ya sean adjetivos, ya sustantivos, que a ambos ahora los consideramos “nombres”) tienen una tal variedad de posibles sentidos que traducirlos acaba siendo un todo un arte. De ahí que las lenguas tengan cada una su propia personalidad, intraducible a veces a otras lenguas, y que para leer literatura adecuadamente sea lo ideal hacerlo en su lengua matriz. No olvidemos que hay textos literarios imposibles de traducir, sobre todo la poesía.

Sigamos : con el paso del tiempo, las lenguas cambian. Incluso sin salirnos de un mismo idioma, el tiempo modela las palabras en sus sentidos de acuerdo con diferentes sensibilidades. Pensemos ahora en el castellano del siglo XVI, y el actual : hay en juego dos sensibilidades ya diferentes, ya con matices que poco a poco se acentúan o se pierden y dan lugar a que aparezcan otros. La sensibilidad humana, pues, posee su propio tiempo, y dejar eso de lado es negarnos a comprender cabalmente los modos de ver y sentir el mundo que el pasado nos ha entregado en textos, algunos de ellos auténticas obras de arte. Y acabemos por ahora con esta pregunta : ¿no creen ustedes que igual que las sensibilidades ante las palabras hay también otras ante las pinturas, ante la música y otras artes? Un mundo muy amplio se abre ante nosotros, y ahora lo dejo ahí estar, que tiempo tendré de tomar de nuevo esta misma cuestión y razonarla desde otros ángulos : las perspectivas a veces cambian mucho las cosas.

 

El Tiempo, la Palabra

4 Abr

“Más tarde nos tumbábamos junto al tronco hueco de un olivo y escuchábamos la vida”. Son las palabras con las que termina su “capítulo” LOS JUEGOS” Jorge Alonso Oliva, en su obra, tan breve como intensa e íntima y, a la vez, universalizadora (cosa esta, lo de “universalizadora”, que trataré de poner aún más en claro más adelante) que leemos en la página 31 de su “Los Niños del Cauce. El Acueducto de San Telmo.”

“… Escuchábamos la vida” : ¡qué imagen, qué invitación -tan elegante como velada- a que el lector de sus recuerdos y reflexiones se vuelva sobre sí mismo e intente idéntica tarea : “escuchar la vida”, esto es, pararse a escuchar la propia vida! No la del autor, sino la suya misma, la del eventual lector.

Razonaremos esto que acabamos de escribir, pero antes, leamos estas otras palabras de ese sabio que es Emilio Lledó, publicadas en un inestimable “ensayo de humanidades” allá por el año de 1998 :

“Todo acto de escritura arrastra consigo un universo significativo en el que se ha ido plasmando la biografía de un autor y, en ella, su particular experiencia del mundo. El sentimiento de finitud que está, inevitablemente, inserto en esa experiencia, empuja a tender, hacia el futuro, la leve mano del texto.

En ese gesto de afirmación y nostalgia, el escritor actúa sobre el cerco mismo del tiempo, dejando en sus palabras un reflejo de lo vivido, de lo pensado. Una forma de inmortalidad que supera, en su capacidad de revivir en otras mentes, la inevitable finitud con que el tiempo le comprime.”

(pág. 292 de la obra de E. Lledó titulada “Imágines y Palabras”, TAURUS, Madrid, 1998).

Ahora, demos un salto y vámonos a la imagen que arriba, al inicio de este texto, hemos puesto : esas “rayas chamánicas” que están en un recoveco de una gran Sala o Domo de la gruta conocida como “Cueva del Tesoro”. Los que algo entienden de cuestiones de prehistoria y de los restos que los hombres de hace milenios nos dejaron en cuevas y abrigos, en piedras y paredes, ( y al decir “los que algo entienden” pienso en David Lewis Williams, en Jean Clottes, y en particular en una obra conjunta de ambos, “Los chamanes de la prehistoria”) y tratemos de ver en esas rayas que parecen hechas sin propósito alguno concreto, como si se estuviera probando la dureza de un fragmento de pedernal, tratemos, pues, de ver ahí, -decía antes-, un cierto intento de tender hacia el futuro (el más inmediato a la vez que más lejano, quién sabe) señales que dejen constancia de su paso por el tiempo y el lugar, un como “aquí estuve…”

Porque…, ¿en qué sentido podemos asimilar esas rayas a palabras? Respondo : en un sentido sólo, hoy por hoy y al menos para quien esto escribe. Son esas rayas asimilables a palabras en el sentido de que la escritura consiste en trazos que quedan fijos sobre una superficie, papel o piedra o pergamino…, etc., y tales trazos pueden pertenecer a un sistema ordenado y coherente, significativo, a un alfabeto, y ser entonces signos y ya no sólo trazos, o no pertenecer a ningún sistema conocido, y entonces sólo nos significan huellas, trazos, rayas…, pero no son signos ni palabras. No lo son, pero ya tienen en sí un cierto germen de acercarse a aquello que decían los latinos : “… scripta manent.”

Quien fuera el que en un tiempo tan lejano a nosotros como unos 30.000 ó 40.000 años, (y puede que incluso muchos más) trazó esas rayas en un “mágico domo de Cueva” puede que lo hiciera, en su momento, como al azar. O puede que no : Eso, no lo podemos saber con absoluta certeza. Ahora bien : El lugar donde se encuentran, por un lado, y lo que en semejantes “señales” muy similares a estas se puede observar, (como leemos en el libro recién citado de D. L. Williams y J. Clottes), por otro lado, nos hacen pensar que hubo sin lugar a dudas una determinada intención que llamaremos “intención sígnica”, sin más, por ahora. Y son en tal sentido un gesto próximo al que describía E. Lledó como “un acto… que arrastra consigo un universo significativo”.

Y ahora volvamos a las palabras ya antes dichas del libro de Jorge Alonso Oliva : “… nos tumbábamos junto al tronco hueco de un olivo y escuchábamos la vida.” Volvemos a ellas y las ponemos frente a esas rayas de un rincón en una cueva que estuvo habitada desde la prehistoria, y nos planteamos si el que trazó esas marcas en la pared de la gruta estaba, por su parte, agachado en un rincón de una caverna y trataba de hacerse saber un ser vivo ante el mundo, hacerse a sí mismo “sonar en la vida”… Estamos ante el misterio de lo que son los actos humanos insertos en modos de permanencia.

Ya se traten de actos plenos de arte (caso de la obra de J. Alonso Oliva), o ya sean actos que puede que se deban insertar en modos de “signarse ante el mundo”, como pudieran ser las dichosas rayas de los chamanes de los tiempos primeros de la humanidad actual, estamos ante un enigma. Porque si aquellos hombres tan lejanos en el tiempo a nosotros pintaban en las paredes “su mundo” de un modo que llegaron a causar admiración a un pintor tan cercano a nuestro hoy como es Pablo Picasso, ¿qué nos impide pensar que también trataran de “escribir / inscribir” su presencia en un lugar y tiempo? Cada cual deje su imaginación volar, o se la reserve para el sueño; pero ahí podemos estar seguros de que nos encontramos ante un misterio : el del ser humano.

 

Visiones : teorías y problemas

31 Ene

¿Qué visiones transmiten las pinturas del llamado “arte rupestre”? Las pinturas o, en su caso, los signos. La pregunta que inicia este texto puede parecer simple, pero no lo es. Y también puede parecer fácil, sin serlo tampoco. Razón de ello : que estamos muy lejos de  tener plena seguridad acerca de lo que en realidad pensaban los autores de esas representaciones. Sobre la imagen de arriba : los puntos y como manchas en forma de cometas que ven ahí están muy a la vista en una zona de la Cueva sobre la que solemos comentar aspectos diversos.

En una obra que ya hemos citado en anteriores ocasiones ( : “Sombra y luz en el arte paleolítico” ) señala su autor, Marc Groenen, un hecho que hay que tener en cuenta necesariamente : hay pinturas paleolíticas que están representados en lugares amplios y de fácil acceso, y por lo tanto pueden considerarse como aptas, e incluso realizadas, para ser contempladas, en tanto que otras sólo pueden verse luego de acceder a lugares recónditos de la cueva. En las representaciones y los signos que podemos observar en la Cueva del Tesoro tenemos ejemplos de ambos casos. Veamos algunos :

Las ralladuras que en anterior texto de este mismo blog, aquellas que llamábamos (aunque con ciertas reservas) “rayas chamánicas”, están en un recoveco de la gruta y no es fácil verlas si nos limitamos a pasar por las salas de la cueva. Lo mismo podría decirse de la cabeza de équido; en cambio estos puntos que ahí vemos representados están muy a la vista del que pase por la gruta. Son muy visibles sobre una roca casi exenta que sobresale de una pared de la gruta, y eso nos plantea al menos un par de cuestiones.

En primer lugar, qué significa el hecho de que unas pinturas o signos o marcas están muy a la vista, en tanto que otros están como si se hubiera querido mantenerlos ocultos lo más posible. Las rayas o incisiones sobre la pared de un rincón de la Sala del Águila, y aún más la cabeza del équido o caballo, son deliberadamente apartados a primera vista; pero estas marcas o puntos, no. ¿Tiene eso algún tipo de significado?

En segundo lugar, ¿qué significan tales pinturas y marcas? Es claro que una cabeza de caballo es una cabeza de caballo, y unas manos humanas son unas manos, pero ¿para qué se representaban en las paredes de las grutas, con qué intención o con qué finalidad? No tenemos una respuesta absoluta a esta pregunta, y entramos en el terreno de las hipótesis cuando tratamos de darles un sentido equis. Y en cuanto a las marcas, ya se trate de puntos o de líneas geométricas, estamos ante una cuestión aún más compleja, pues ignoramos del todo el grado de simbolización que pudieran haber alcanzado los hombres de hace veinte mil o treinta mil años, e incluso bastantes siglos antes. El libro de Genevieve von Petzinger, “The First Signs…”, que también en anterior texto hemos comentado, plantea cuestiones interesantes a este respecto pero no deja del todo resuelto el problema.

Hay, por último, una cuestión que no podemos dejar de lado : cuando hablamos del arte rupestre, no podemos olvidar una serie de hechos que hoy por hoy parecen seguros : ante todo, no sólo fue una práctica esto de marcar o pintar en las paredes de cueva llevada a cabo por los Neanderthales, sino que también la usaron la especie de homínidos que les sucedieron y a la vez cohabitaron con ellos durante algunos milenios en algunas zonas del planeta. Tanto el homo neanderthalensis como el cromañón y el sapiens-sapiens que es el ancestro del hombre actual, marcaban y pintaban en cuevas; y también en zonas al aire libre, fuera de las cuevas. Y más aún : tales prácticas se estuvieron llevando a cabo durante muy largos periodos de tiempo. Digamos que durante miles de años. Y todo ello se inició hace mucho, muchísimo tiempo. En algunos casos se han datado pinturas y marcas que pueden remontarse a unos 60.000 años, e incluso más. Y ello tanto en la Península Ibérica como en Australia, por no citar sino sólo dos zonas de nuestro planeta muy alejadas la una de la la otra.

Esto nos permite asegurar un hecho que hoy por hoy consideramos incontestable : con el arte de las Cuevas, con el arte y las pinturas de los hombres de la cavernas, estamos no sólo ante una primera señal de nuestros más lejanos antecesores en este planeta, sino además ante un enigma que está aún (en mi muy modesta opinión) lejos de estar resuelto. ¿Tendremos algún día respuestas a estas cuestiones?

Creo que sí : cuando se descubran muchos más restos, por un lado, y por otro (y esto es clave) cuando los métodos de análisis de que disponga la ciencia sean mucho más precisos y avanzados de lo que ya lo son hoy día. Porque entonces, las ciencias mismas nos podrán dar no sólo fechas exactas, sino sobre todo conocimientos del cerebro humano que permitirá acceder a aspectos de nuestra psique que, hoy por hoy, están no ya lejos de nuestro actual saber, sino incluso lejos de nuestro posible imaginar… Lo razonaremos todo esto en la medida de nuestro mejor entender. Por ahora, aquí nos quedamos hasta nuevos encuentros con el misterio.

 

Los rincones del ser

23 Ene

Todos los seres vivos que conocemos en la actualidad y recorren sus espacios en la tierra que habitan, acaban buscándose lugares apropiados para sus actividades y, muy especialmente, algún ( o algunos, eso depende ) lugar específico, algún rincón en su espacio vital que puedan, de alguna manera, considerar como propio, como algo suyo.  Como si equivaliera a su casa.

Aquel título del clásico español que entre otras muchas obras nos dejó la que conocemos como “El villano en su rincón”, vendría ahora a cuento de lo que hemos empezado a ir desgranando en este breve texto. Lope de Vega, el autor de esa obra dramática, es “aquel clásico español” a que acabamos de aludir en la mitad de este párrafo. Y el término “villano” -aclaro ahora para ser justo en el uso de los términos- venía a significar simplemente “habitante de una villa”, esto es, no se usaba inicialmente en sentido ofensivo, como luego ha llegado a ocurrir. E incluso la expresión “el villano en su rincón”, según el diccionario de la RAE, significa o suele tener el sentido de “hombre arisco y poco tratable”. Pero este sentido de “hombre arisco”, insisto en la idea, no está en la etimología propiamente dicha del término “villano”. Lo mismo que en el término “ciudadano” está en principio sólo la idea de habitante de una ciudad, en villano estaba sólo la de habitante de una villa. Y digo “estaba”, porque desde el siglo XVII hacia acá la palabra villano fue adquiriendo un valor peyorativo que no tenía en su inicio.

Pero ahora, en este texto de hoy, trataré de remontarme al inicio de la idea antes esbozada : el rincón, los rincones, como eventuales habitáculos del ser en general : que aunque nos vamos a centrar en el ser humano, creo que la mayoría de los seres vivos acaban por buscarse rincones propios. Para aclarar aún más esto diremos que está en la naturaleza de los seres un curioso “doble impulso” : por un lado, tiende a propagarse y extenderse cuanto puede. Los pueblos, así, dan origen a los imperios y otras formas de dominación; y las personas, a familias y corporaciones. Las especies vivas “salen de sus rincones” y se lanzan a poblar la tierra. Y por otro lado, esa misma naturaleza de los seres hace que tiendan a aislarse, a buscarse un refugio, una casa que puedan considerar suya, un espacio íntimo que acabará siendo “su rincón preferido”. Tal doble impulso parece en un principio contradictorio, pero no lo es. Al menos no lo es más de lo que puedan serlo conceptos como haz y envés, o como norte y sur ; son más que contradictorios, complementarios.

La imagen que ven arriba ya la comenté en un texto anterior, a propósito de lo que llamaba “rayas chamánicas”, aclarando que lo de “chamánico” era sólo una de las hipótesis que se barajan en torno al sentido de estas extrañas rayas hechas con algún objeto punzante y de gran dureza sobre la pared de roca caliza de una cueva. Se trata de grafismos que entre otros arqueólogos han estudiado, por ejemplo, Jean Clottes y David Lewis-Williams en un libro que  me atrevo a calificar como fascinante : “Los chamanes de la prehistoria”, que apareció inicialmente en 1996 en Èditions du Seuil, y la última, hasta donde yo sé, es la de editorial Ariel, del 2010.

La cuestión entonces era tratar de saber qué podrían significar estas “rayas” en un rincón de una sala o domo de la Cueva del Tesoro. Ahora, damos un paso más en la búsqueda de su interpretación y me atrevo a señalar aspectos que considero de interés y que por lo tanto deben tenerse en cuenta por quienes algún día se enfrenten a este hecho y traten de darle un sentido, el que fuere. Atendamos al hecho de que están en un rincón marcadamente explícito como “rincón”, en tanto lugar aislado, de dicha Sala, que hoy se llama “del Águila”, en virtud del espeleotema en forma de ave rapaz a punto de lanzarse sobre su presa. Y destaquemos también el hecho de que estas “ralladuras” están junto a un agujero natural que se formó en la pared de roca.

¿Por qué esto último del agujero en la pared? Otros estudiosos de la Prehistoria nos lo han señalado : muchos hombres de tiempos muy antiguos, según esos estudiosos que ya citaremos en otros textos, creían que las paredes de las cuevas eran el límite entre el mundo de los vivos y el de los muertos, límite o linde que podrían cruzar a veces en estado de trance. ¿Son esas rayas un modo de “llamar” a los muertos desde el acá de los vivos? ¿O son más bien un modo de invitarlos a no pasar al lado de acá, de pedirles que permanecieran en su mundo sin perturbar el de los vivos? Porque podría tratarse de ambas cosas, y hoy por hoy no lo podemos dilucidar teniendo sólo los datos que por ahora tenemos.

Por ahora vamos a terminar este comentario de hoy a propósito de esas marcas en la pared de una cueva con unas citas de un muy válido y prestigioso filósofo francés : Gaston Bachelar, físico y epistemólogo, hombre de una extraordinaria sabiduría que acertó a crear un nuevo modo de ver el mundo de los humano y del arte. En su obra “La poética del espacio” leemos :

“Para los grandes soñadores de rincones, de ángulos, de agujeros, nada está vacío, la dialéctica de lo lleno y lo vacío sólo corresponde a dos irrealidades geométricas. La función de habitar comunica lo lleno y lo vacío. La función de habitar comunica lo lleno y lo vacío. Un ser vivo llena lo un refugio vacío. Y las imágenes habitan. Todos los rincones están encantados, si no habitados.” (pág. 175 de la obra citada).

Siguiendo la estela de los pensamientos de este singular filósofo y científico, Gaston Bachelar, seguiré indagando en torno a estas “figuras no figurativas” (valga la aparente contradicción) que son esas rayas en la pared de un rincón del domo que tienen más de 40 ó 50 mil años. Y no se vea error en nuestra apreciación del tiempo : el homo neanderthalensis habitó esta gruta.