Benditas manos

15 Nov

Uno camina por las calles de la ciudad y observa por cualquier lado a gente que lo pasa mal. No me refiero a personas que deben la Visa de dos meses o que no pueden pagar el Colegio de su hijo. Hablo de quien está solo. Del que lo pasa mal. Del que no tiene qué comer ni dónde dormir. Al preguntarse uno cómo sobrevive esa gente, lo más probable es no pensar en nada, despistarse o acudir mentalmente al Ayuntamiento y pensar que allí lo solucionan todo. Error caballero. Error.

A día de hoy en Málaga, ciudad grande de proyectos faraónicos inacabados y de reuniones elitistas que acaban en Valley, las instituciones religiosas siguen siendo las que cargan con gran parte de las necesidad sociales de esta ciudad.

Como verán, he dicho siguen pues no se trata de algo nuevo y es que, de antes de existir las instituciones sociales ligadas a los Ayuntamientos, ya estaban las órdenes religiosas en Málaga ayudando al que no tenía.

Personalmente, en el fondo no veo bien que sean estas religiosas quienes tengan que acarrear con este trabajo pues al pensar un poco en el dinero que hay y se destina a asociaciones de cooperación, promoción, evaluación –y todo lo que acaba en on, incluido mojón- desde las administraciones públicas, queda patente que por algún lado se escapa un dinero que no llega a quien debería.

En el caso de Málaga, si hay una orden con historia y calado en la ciudad, esas son las Hermanitas de los Pobres. “Las Monjas de la estación”.

En la gran explanada en la que actualmente se sitúa el centro comercial con andenes de Málaga, se encuentra un gran edificio de ladrillo visto que todo aquel que viva aquí ha observado alguna vez en su vida. Se trata del Asilo de las Hermanitas de los pobres.

Como es natural, una obra de tan magna envergadura ha sido construida gracias a los fondos de gente con posibles. Así fue, como en el año 1868 el Marqués de Larios -el señor ese que tiene un parking bajo sus pies y mira de frente a una tienda de bragas y da la espalda a una de pelucas, ese- decidió pagar ese gran edificio para que la Orden pudiera albergar un asilo. ¿Migajas para un señor tan rico? Seguramente, pero benditas migajas.

Así fue como Manuel Domingo Larios en un rato hizo levantar ese edificio que aún hoy sigue en pie con mastodóntica figura. Obra del arquitecto Diego Clavero, el que hizo la portada del Cementerio Inglés y el de San Miguel, supo darle ese toque sencillo, humilde y sin pretensiones a una obra tan gigantesca. Prueba de su sencillez sale a la luz al compararla con la casa de los Bevan, familia de posibles malagueña, que construyó justo al lado una gran mansión de ordinaria ostentación.

Algo tendrían esas monjas, pues pasado el tiempo, fue en ese mismo asilo en el que el gran Marqués de Larios decidió dormir para siempre y es que bajo el suelo de su capilla, se encuentra el panteón de los Larios y allí reposan los restos del gran empresario malagueño. Lo que es la vida, el rico quiso acabar entre pobres.

La labor de estas hermanitas es incansable y han trabajado en el cuidado de las personas mayores de toda Málaga desde hace siglos y continúan con su labor. A este trabajo hay que sumarle el propio de quien siempre llama a tu puerta a pedir pan y que, como es normal, unas monjas nunca van a negar pues antes se lo quitan de su boca.

Así llegamos hasta nuestros días, donde las monjas de la estación siguen con su labor y quienes hace unos días consiguieron lo nunca visto.

A día de hoy, el Asilo de las Hermanitas de los Pobres precisa de mucho dinero para poder mantener esos cuidados que ofrecen a tantas personas mayores.

Por casualidades de la vida, un día, la Superiora del asilo, Sor Genoveva, toma contacto con Estrella Morente. Personas sensibles en lugares que emocionan solamente pueden hacer cosas buenas. No hay más que hablar. “Yo canto aquí”.

El resultado fue sencillo y llamativo: Estrella conoce a las monjas. Las monjas abren su casa a Estrella. Estrella entra en su casa. Estrella quiere ayudar. Estrella ve un pequeño salón de actos. Estrella decide actuar.

Como si de un sueño se tratara, hace una semana, el asilo de las hermanitas de los pobres fue testigo de algo que pasó desapercibido para la mayoría de las personas. Un saloncito de actos dentro del asilo. Muchos residentes de espectadores. Sillas de ruedas, bastones y muchos preparos. Los señores con sus chaquetas puestas, que en muchos casos ya no cerraban. Ellas bien arregladas aunque alguna media se quedaba a la mitad porque había que agacharse demasiado para estirarla. Todo eran sonrisas. Correteo de monjas por los pasillos. El carrito para vender agua y la mesita con recuerdos para el que pasaba. Todo era poco para sacar algún dinerillo para el que no tiene.

Fue un concierto casero. En un escenario sin preparos pero con muchas atenciones. Y Estrella se portó. Es buena gente. Y puso sobre el escenario varios millones de pesetas del caché de artistas que la acompañaron para hacer el favor.

Y ahí, entre abuelos, monjas y un grupito de personas que pago una entrada mínima, se celebro un encuentro de gente normal ayudando a quien le hace mucha falta.

Hay que dar las gracias siempre a gente que ayuda a los demás. Hay que animar a Estrella a que siga por ese camino.

Hay que dar las gracias a Rosa Agüera por hacer que se encontraran las hermanitas y ella. Y hay que felicitarse por vivir cerca de ese seguro de vida que son las hermanitas de los pobres. Blancas. Como palomas del cielo. Gente siempre pendiente de los demás. Puras, sencillas y limpias. Muy limpias.

Nuestra ciudad tiene la suerte de tenerlas como vecinas y es nuestra obligación admirarlas y ayudarlas.

Benditas manos escogidas para ayudarnos en la tierra.

Por cierto, ahora que venga uno a decir que las monjas y Cáritas son una mafia. Vaya usted a la mierda caballeroCon el permiso de las Hermanitas-.

Viva Málaga.

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