Los carteles de Ramírez

11 Ene

La Cuaresma empieza el seis de enero. No litúrgicamente pero sí en el sentir de muchos cofrades y protocofrades que, al pasar la cabalgata del jaranero Rey Baltasar, cambian el chip para centrarse en los meses más hermosos del año: los que anteceden a la Semana Santa.

En Málaga, las tradiciones tienen una importancia relativa pues, el propio carácter de los ciudadanos hace que perder la identidad sea uno de los elementos propios de su ADN. Raro es encontrarte con asuntos que se protejan en el tiempo y eso, a la larga, acaba minando la supuesta esencia malacitana pues es en sí misma un batiburrillo muy cambiante.

Por suerte, uno de los abecés con capacidad para conservar un mínimo frasco de esencias es el ámbito cofradiero donde, a pesar de la corta vida de muchas de nuestras hermandades, asumimos un rol clásico y conservador que permite con mayor facilidad la protección del quebranto histórico de las mismas y sus prácticas públicas.

Aún así, esa historia limitada a décadas por parte de nuestras corporaciones, hace que podamos permitirnos ciertas licencias que, en casos opuestos, resultarían del todo más complejas.

Con las calles supuestamente pegajosas aún de los caramelos -supuestamente porque hubo menos que en el cumpleaños de un diabético-, se presenta en la ciudad el cartel anunciador de la Semana Santa venidera. Un evento clásico y reformado que ha conseguido dar un poco más de lustre a un evento que se recordaba con incomodidad, calor y agobio en el extraordinario salón consistorial.

La cuestión es que, en esta ocasión, una obra original -en todos sus acepciones posibles- de José Luis Puche ha sido la elegida para anunciar la gran semana. Y tras su presentación y posterior visualización en condiciones, ha generado lo que parece una amplia unanimidad a la hora de reconocer su valía artística. Una opinión que, a efectos prácticos, cuenta al menos con el pulgar hacia arriba de aquellas voces documentadas y solventes en este mundo. Y eso, a pesar de la complejidad de la obra, es algo digno de reconocer en este mundo tan cerril y obtuso que puede llegar a ser el cofrade.

El cartel del Doctor Puche, elegido en 2016 como uno de los veinte artistas emergentes del planeta en Dubai, ha sido una prueba más de cómo se puede encontrar el punto en el que el barroquismo estofado puede darse la mano con lo contemporáneo sin romper esquemas ni moldes, simplemente creando nuevos escenarios.

Solamente hay que pensar en el Maestro Chicano cuando creó un estilo propio aplicado a lo cofrade. ¿Qué pensaron -y rajaron- en su momento cuando lanzaba carteles difíciles de procesar para el cerebro de muchos? ¿Qué pensaste cuando viste por primera vez el techo del salón de tronos de la Esperanza? Os puedo contar lo que yo rumié: Válgame el señor qué cosa más extraña. Y así fue. Extraño por una razón principal: mi desconocimiento y poco educado y atrofiado paladar artístico -que sigue sin estarlo y jamás lo estará-. Pero con el paso del tiempo y la apertura de miras que intentan bombardear los catetos manieristas de capa y antifaz brocados, pude comprender lo gigantesco de lo creado y la apertura de miras de aquellos que, cuando la mayoría bebíamos Casera, ya disfrutaban de los extractos de sabores más finos posibles.

¿Dónde está pues la clave? En la humildad y la confianza. Un respeto a las disciplinas artísticas y la certidumbre en los que saben de verdad para llevar a cabo de manera óptima un discurso artístico y contemporáneo en el mundo semanasantero.

Pero es una tarea ardua y difícil, pues sigue siendo más sencillo lo procesado mentalmente que el open concept de mollera entre cirios y pan de oro. Y eso, al menos en Málaga, nos lleva a tener un concepto alterado de la realidad en la que el estilo cortijero del bajo Guadalquivir en su florecimiento del XVIII está mucho mejor visto que los estilos depurados del siglo en el que vivimos. ¿Y qué hacemos al respecto? Pues tenemos dos opciones: Callar y forrar paredes con damasco burdeos o asumir dónde vivimos y mirar a Estudiantes. Sí. A la Hermandad en la que, de unos años a esta parte, se tomó la determinación de confiar sus carteles y estilo a artistas profesionales y reconocidos para plasmar todo lo que la corporación requiere. Y esto, en el mundo cofrade, es igual de impopular que poner un disco de José Manuel Soto en un congreso de Podemos.

Pero es valiente. Y sobre todo sensato. Y se entiende a la perfección al conocer a Pedro Rámirez, un cofrade de conceptos aperturistas en el mundo estético y artístico y que puso a los Estudiantes en la cima de la Semana Santa nacional en cuanto a aportaciones interesantes con sus carteles. Y así sucedía en Málaga donde, mientras muchos seguían apostando por “fulanito que pinta muy bien” o uno de los trescientos cuarenta y nueve mil copiadores de Chicano, mientras en calle Alcazabilla se decidía que fuera Andrés Mérida, Oyarzábal, Herráiz Soler-Miret los que se encargaran de sus carteles. Incluyendo, por supuesto, al propio Puche del que hoy hablamos.

Y eso, se traduce en un nivel y posterior educación visual para el mundo cofrade del que, con el paso de los años, nos iremos dando cuenta. Y habrá sido para para el bien común y gracias a Ramírez. Y por suerte, parece ser que algunas de las demás corporaciones y sobre todo la propia Agrupación, están siguiendo la estela creada por Ramírez para apostar por lo bueno de verdad más que por lo fácil y ramplón. Así, habrá carteles en Málaga de artistas con obras internacionales y cuadros en las paredes del Thyssen. Y con la otra opción seguiremos con el paspartú y la plaquita, caminando a cojetadas pues tendremos un pie en la actualidad y otro treinta años atrás.

Es fácil sentirse cómodo en lo conocido. Es sencillo acudir a los maceteros y las telas de siempre. Pero quizá debamos apostar por lo nuevo por el hecho de ser distinto y fundamentalmente mejor. Incluso cuando la mayoría piense que estamos en un error -que puede ser-, debamos dejarnos asistir por aquellos con las capacidades bien educadas. De lo contrario seguiremos siendo hermanos de la Cofradía de la Real Mediocridad, que siempre sale a la calle pero nunca llega a buen templo.

Viva Málaga.

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