Que aproveche

16 Jun

La comida es tan obscena como el sexo. Parábolas hay en la literatura; yo me quedo con esa imagen de la mujer desnuda que se zambulle en una bañera repleta de alimentos, sólo por gozar de la sensualidad de su tacto. Era un personaje de Almudena Grandes y estaba a dieta.
La gula es prima hermana de la lujuria y la lujuria misma, cuando no hay más remedio que la castidad. Clérigos hubo, por tradición, que consolaron su celibato, practicando la mística de Pantagruel, sentados a las opíparas mesas de ricos y hospitalarios feligreses. Y los romanos, amigos de hermanar placeres a lo bestia, practicaban la orgía y el banquete con el mismo exceso pornográfico. En aquella cochinada de vomitar para seguir comiendo, perverso antecedente de la bulimia, pasaron su decadencia. La decadencia impele a catarsis de evasión como prueba la historia que vuelve a repetirse a mesa y mantel. Cuando los dioses parecen abandonarnos, surgen sacerdotisos del delantal y el fogón, predicando la religión del condumio, y sus devotos organizan peregrinaciones hasta sus templos, guiados por la estrella mesiánica de Michelín, tipo lo que pasaba con Ferrán Adrià y su restaurante “El Bulli”. Los que desesperaron de encontrar soluciones a la situación política, ahora buscan su refugio y su consuelo en una carta de cinco tenedores. Ejemplo encuentro en cierto cronista de actualidad que, harto ya de estar harto de despotricar del gobierno y su chivo expiatorio, Zapatero, se pasó a las filas de los adoradores del lechazo y cambió el registro, de las Filípicas a las anacreónticas, de tal modo que no hay semana en que su público lector no sepa con qué nueva exquisitez ha tenido a bien mover el bigote, como ilustran los extractos de sus nutritivos artículos en los que nos informa, por ejemplo, de que “la carne del ciervo que se alimenta de pasto natural en el monte es jugosa a punto medio de cocción” o que “el lenguado al horno, regado en fina salsa de romero, se deshace en el paladar como mantequilla”, todo ello preparado por la sabia mano de algún cocinero campechano que, por tributo a la amistad y la publicidad con la que el ilustre comensal convocará a nuevos clientes, terminará, sospechamos, por invitarle. La amistad que se hace entre hosteleros siempre es de buen provecho, como demostraba ese espacio televisivo, “Un país para comérselo”, donde Imanol Arias y Juan Echanove se hinchaban de comer de gorra, a lo largo y ancho de toda la geografía española. Compartimos aquel ameno recorrido por las bellas tierras de nuestro país y su amplia oferta gastronómica, aunque hubo ciertos accesos de envidia, al otro lado de la pantalla, por parte de esos ciudadanos de mente estrecha y bolsillo vacuo a los que obliga la crisis a la parálisis total en sus hogares y ración diaria de huevo frito y macarrones con tomate.
En conclusión; entendemos que la gastronomía es parte de la cultura y un alivio hedonista que eleva el espíritu como quedó reflejado en cierto cine y literatura de los noventa; “Comer, vivir, amar”, “El festín de Babette”, “Deliciosa Martha”, “Afrodita”, “Como agua para el chocolate” y etcétera. Eran los años dorados del bienestar y relucía la estética de los peroles.
Entendemos también que, trocada la prosperidad en decadencia, los placeres de la mesa conforman una manera de evasión y escepticismo que ya practicaba Góngora en el siglo XVII. España andaba por aquel entonces en la bancarrota de su imperio, pero al personaje se su letrilla se le importaba una higa, mientras andase caliente con aguardiente y naranjada en sus mañanas de invierno y reventase una morcilla en su asador. Así que no es cuestión de ponerle peros a los que son herederos de tan elevado estilo, si bien no, por ello, habría que dejar de marcarles ciertos límites. Buena cosa es, por ejemplo, sugerir excelencias culinarias de bajo coste como hace mi compañero de diario en su inestimable blog “Recetas para la crisis” y, de paso, cantar las alabanzas de verduras, frutas y hortalizas patrias que, de puro asequible, andan por los suelos -no por desmerecer de su calidad sobresaliente, sino por la funesta infamia que las marcó desde Hamburgo. Qué se puede esperar de una ciudad que ha dado nombre a la nefasta “hamburguesa”; estrella de la comida basura que globaliza nuestros estómagos en las miserias de la obesidad y el colesterol y peligra con atrofiar el buen gusto en el paladar de nuestras nuevas generaciones-. Planteado así, el género culinario podría ser a la literatura y el periodismo de un ventajoso provecho para toda la sociedad, sin discriminación por el exiguo poder adquisitivo de –cada vez más- consumidores, pero los emplumados anacreónticos –que ya van por ser escuela- enseguida se desatan y del elogio al humilde gazpacho, pasan al impúdico desafuero de mentar los congrios y el rodaballo y los lectores venden el alma al diablo por unos erizos de mar, como si nos volviésemos a remontar a los tiempos en que la langosta pareció haberse convertido en un derecho democrático. Decía un amigo entonces, “Pese a mi ideología progresista, reivindico en mi plato, la mojama”. Y fue concejal por muchos años.

3 respuestas a «Que aproveche»

  1. Muchas gracias, Encarna. Yo también soy tu fan en tu parcela artística. Amancio Prada me encanta, aunque él se dedica a musicar a otros poetas y, por eso, no hablo de él como cantautor. No me canso de escuchar su versión del “Cántico espiritual” de San Juan de la Cruz y me entusiasman “las Canciones de amor y celda”.
    Compartimos gustos. Un abrazo.
    Lola.

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