Que te pego, leche

18 Dic
Ruiz Mateos

Ruiz Mateos

Éste va a ser un artículo como una catedral. O como dos; nuestra bien o, al parecer, mal llamada ´Manquita´ y esa réplica del Duomo de Milán que ha ido a parar como arma arrojadiza sobre la crisma de Berlusconi. Las catedrales están dando que hablar, ya lo creo y, por lo que nos toca, no vamos a obviar el tema. De nuestra ´Manquita´, en principio, cuyo apelativo popular, Jesús Catalá, nuestro nuevo obispo, considera despectivo e impropio, ya que el sacro monumento no ha perdido una torre que nunca tuvo, sino que, a falta de iniciativa con respuesta, se ha quedado mellada e inconclusa, es decir, como una obra de final abierto. Con todos los respetos al señor obispo, desde estas malas lenguas, nos inclinamos a considerar que ´Manquita´ no es en sí mismo un nombre despectivo– si bien más o menos adecuado– pues no con sorna sino con íntegro orgullo patrio se ha denominado hasta hoy, ´El manco de Lepanto´, a aquel escritor por el que este país cobra fama más allá de sus fronteras y participa asimismo en las señas de identidad de otras criaturas humanas que, sin necesidad de escribir ´El Quijote´ ni de mano izquierda o derecha, presentan íntegra su talla personal sin merecer por ello menoscabo alguno. De otra parte, el final abierto de nuestro edificio catedralicio, no lo da, a nuestro parecer, por inconcluso. La conclusión a esta catedral y estas alturas es su falta de torre, que constata y atestigua a lo largo de los siglos el natural local de aplazar cada asunto para mañana y para después lo mismo decir mañana. Posponer, aplazar, eternizar los proyectos y las obras es la idiosincrasia de esta ciudad que vive en la provisionalidad perpetua como los cuadros del museo de Bellas Artes siempre por desembalar y la utopía discontinua de los carriles-bici. Tantos asuntos pendientes y, de mayor gravedad, que, en definitiva, minimizan la presunta minusvalía de la torre fallida que, bien mirada, reviste a nuestra catedral de cierta singularidad y encanto decadente como una tullida Venus de Milo, que dijo el Poeta.
La otra de catedrales es la última de Berlusconi. Una salvajada esta vez en forma de agresión contra ´Il Cavaliere´, que ha sido ya interpretada en todos sus matices, excepto –creo– en el peculiar simbolismo del arma agresora. El culpable confeso –y parece que contrito– ha descubierto el móvil de su violenta acción, un irrefrenable impulso de antipatía hacia el primer ministro italiano, pero nada ha desvelado sobre la elección del arma arrojadiza con premeditación o sin ella, con metáfora implícita o no. Me extraña que los detractores acérrimos del Cavaliere, a millones por internet, que van ya por sacralizar a Tartaglia, el deficiente mental que destrozó la cara del prepotente interfecto con una contundente réplica del Duomo de Milán, no hayan deducido tal objeto como una muestra más de la iluminada inspiración del atacante. Algo así como que, por mano del vengador popular Tartaglia, al final el peso de la justicia divina ha caído sobre la cabeza del envanecido Berlusconi por ponerse a la altura del mismo Dios, creando su propia Ley más allá de la de los hombres y atreviéndose a descalificar con omnipotente soberbia a casi toda criatura mortal a base de misoginias, homofobias y xenofobias, mientras por su parte practicaba con total impunidad toda clase de desórdenes morales y delitos que clamaban al cielo. Pero la realidad, en fin, suele ser más simple; Ni Tartaglia es un elegido celestial ni su acto posee cualquier carga apocalíptica. Su pretendida hazaña, jaleada por el coro simpatizante de la fuerza bruta y la justicia gruesa –nada minoritario por cierto– no ha sido más que otra burrada que añadir al anecdotario de nuestra historia como la del espontáneo periodista iraquí que arrojó sus zapatos a la cabeza de Bush o la célebre bofetada de Ruiz Mateos, vestido de Supermán, al ex ministro de Economía, Miguel Boyer. Al igual que el justiciero jerezano, el simple de Tartaglia, sólo quiso liberarse de su tensión con una salidilla garrula en plan, “que te pego, leche”, pero le pilló con el plúmbeo souvenir encima y se le fue la mano. Hasta ahí la dimensión épica del hecho. Una payasada como una catedral.

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