Por favor, señor Herrera

21 Ene
Carlos Herrera.

Todo el mundo convendrá conmigo en que conseguir que los alumnos y alumnas hablen y escriban correctamente es un objetivo prioritario de las instituciones educativas. Porque el lenguaje es un maravilloso camino que nos une a los seres humanos. Y porque es la herramienta que nos permite comprender el mundo. Y porque buen estilo es precisión y rigor de pensamiento…

Hace algunos años publiqué, con dos colegas de la Facultad, una obra titulada Libro de estilo para universitarios. Fue fruto de un largo esfuerzo dialogado. El libro, cuya segunda edición fue corregida por el famoso lingüista Manuel Seco, pretende ser una guía para hablar y escribir correctamente.

La familia también pretende que los hijos y las hijas crezcan haciendo un uso adecuado del lenguaje. Y ayudan a la escuela a conseguirlo.

Pero enseñar a hablar y escribir correctamente e, incluso, con elegancia, no debería ser una pretensión exclusiva de los dos ámbitos educativos por excelencia. La sociedad entera debería contribuir a esa tarea de socialización que consiste en incorporar a los niños y jóvenes al corazón de la cultura.

Algunas personas, en aras de no sé qué pretencioso juego, se empeñan en hacerse las graciosas y se dedican a destruir lo que otros con tanto esfuerzo, sabiduría y paciencia tratan de alcanzar. ¿Por qué digo esto? Porque hay un programa en la radio española (Herrera en la COPE) en el que hace tiempo se abrió una sección que lleva por título Pienso de que… Y todos los oyentes que llaman se ven constreñidos a seguir el juego y comienzan sus intervenciones diciendo «Pienso de que…».

Mi chirrían los oídos cada vez que, intencionadamente o por azar, se detiene la aguja en el dial de la Cope y oigo esa expresión que he venido combatiendo toda la vida en la corrección de trabajos, artículos, tesis y escritos de cualquier tipo. No se debe decir pienso de que, sino pienso que. El dequeísmo es una lacra que se ceba en el idioma haciendo cometer errores sin cuento. Estoy seguro, por otra parte, de que (aquí sí es correcto el de que) el señor Carlos Herrera lo sabe perfectamente. Estoy seguro de que muchos participantes de la sección saben que están obligados a cometer una infracción lingüística. Entonces, ¿por qué ese juego estúpido?

Son ganas de hacerse el gracioso, pienso yo. No las discuto en otros momentos, pero no a costa del daño causado a los participantes que seguirán cometiendo ese error, no a costa de tantos oyentes que acabarán pensando que «pienso de que» es una expresión correcta y no a costa de los esforzados maestros y maestras que cada día pretenden enseñar el dominio de la lengua a sus alumnos y alumnas.

Pienso también en el papanatismo de la gente. En esa facilidad que tienen algunos para ser arrastrados a cometer errores o a decir tonterías. Me llevan los demonios cuando oigo a Carlos Herrera invitar a entrar en esa sección del programa y cuando oigo a los participantes repetir el error antes de dar su opinión: «Pienso de que…». Una y otra vez. Desesperante.

Pido desde aquí, por favor, que cambien ese estereotipo malsonante, que eviten esa inducción al error, que acaben con esa gracieta de pésimo gusto.

Como todo el mundo sabe, el dequeísmo es el uso incorrecto de la preposición de delante de una subordinada completiva introducida por la conjunción que. Un buen ejemplo nos lo ofrece el nombre de la sección del programa del señor Herrera: «Pienso de que…». ¡Qué barbaridad! Un ejemplo de mala sintaxis dando título a una sección de un programa de radio dirigido por un periodista de postín y escuchado por millones de oyentes. Como le he dicho en el título del artículo: Por favor, señor Herrera. Ni un día más.

El queísmo, por contra, es el fenómeno contrario: es decir, omitir la preposición de ante las proposiciones subordinadas sustantivas. Por ejemplo, decir «acuérdate que tienes que venir», en lugar de “acuérdate de que tienes que venir”.

La casuística es muy variada y, a veces, compleja. Me voy a dejar llevar por el tic de profesor y voy a sugerir a mis lectores y lectoras una fórmula que suele ayudar en muchos casos. Es la siguiente. Después del verbo de la oración o verbo principal se colocan las expresiones de algo o de alguien para ver el uso correcto de «de que» y algo o alguien para el uso correcto «de que». Ejemplo uno: Me he olvidado de que estabas aquí. Olvidarse de alguien nos indica que es correcto. Ejemplo dos: Llegué a la conclusión que estábamos equivocados. Llegar a la conclusión algo es incorrecto, porque falta «de».

Reconozco que soy un maniático en estas cuestiones y que me siento molesto ante el mal uso público del lenguaje por parte de políticos y periodistas. Pero este caso que denuncio en el artículo tiene una especial gravedad porque instiga y casi obliga al mal uso del lenguaje.

Hablar y escribir bien requiere un conocimiento, y un esfuerzo. No es admisible que cualquier desaprensivo destruya ese trabajo de una manera tan irresponsable. Una cosa es cometer un error y otra consagrar un error. Una cosa es que a alguien se le escape una incorrección y otra que se la eleve al rango de ideario.

Voy a llamar al programa. He estado tentado de hacerlo muchas veces. Pero, claro, pienso que me obligarían a pasar por sus horcas caudinas, es decir, que para intervenir tendría que repetir su ya famoso latiguillo. Tendría que decir: «Pienso de que no se puede decir pienso de que…».

Es una vergüenza. Así de sencillo y así de claro. No se puede jugar sucio con cosas importantes. Oirán el programa algunos niños, oirán el programas muchas personas en las que quedará grabada como un tatuaje la desafortunada expresión.

Téngase en cuenta que se repite la expresión una y otra vez, por una persona y otra. No se trata de que alguien cometa accidentalmente un error. Es que con esa entradilla se hace del error una causa.

Este hecho me lleva a extender la reflexión a los malos ejemplos que frecuentemente se dan en la sociedad desmontando la tarea que se realiza en la escuela y en la familia.

La escuela del mundo al revés es el título de un hermoso e interpelante libro de Eduardo Galeano. Por cierto, nunca he sabido, querido y admirado Eduardo a quien ya nunca podré preguntar porque te fuiste con la mayoría, si se trata de «la escuela del mundo… al revés» o de «la escuela… del mundo al revés». Lo cierto es que en el libro se nos habla de un curriculum terrible que ofrece el mundo y que todos aprendemos.

Podemos ir de lo más grande a los más pequeño. Podemos ir desde los escándalos más repugnantes hasta las incorrecciones más burdas en las intervenciones parlamentarias, desde las noticias más escandalosas de los medios de comunicación hasta estas prácticas de mal ejemplo en el hablar protagonizadas por profesionales del periodismo que, supuestamente, deben dominar a la perfección el lenguaje.

Lo que unos pretenden alcanzar con el trabajo esforzado y humilde de las aulas, lo desmontan otros con una ligereza y una desenvoltura asombrosa en el proceder o en el decir. Habría que acabar con los malos ejemplos.