Felicidad por omisión

11 Dic

aznar.jpg Dice el director de cine español José Luis García Sánchez que existe “la felicidad por omisión”. Se puede disfrutar, afirma, por algo que no se tiene ya o que no se tiene todavía. Se puede ser feliz por carecer de algo: una enfermedad, un dolor, un problema… Creo que se trata de una postura inteligente. Disfrutar por lo negativo que desapareció o porque todavía no llegó una desgracia.
Pues bien, yo me siento feliz por el hecho de que el señor Aznar ya no esté gobernando este país. Y he cobrado especial conciencia de ello a raíz de su comparecencia ante la comisión del 14-M. (¿O fue la Comisión, los periodistas, los partidos de la oposición y todos los españoles quienes comparecimos ante él?). Unos por estúpidos manipulables y manipulados a distancia. Otros por haber dicho lo que dijeron, otros por haber manejado ladinamente los acontecimientos del 12, 13 y 14 de marzo.
Pues sí, es para echarse a temblar. Este señor, arrogante y acusador, ¿era quien regía los destinos de mi país y de todos sus habitantes? Una persona que no es capaz de reconocer (¡en once horas!) ni un solo error. Que se muestra infalible en las palabras y en las decisiones. Que se queda solo ante el resto de partidos. Esa actitud de infalibilidad ante posibles errores tiene dos fuentes. O no los cometió, cosa más propia de un Dios que de un ser humano. O no los quiere reconocer, lo cual resulta increíble cuando esos errores han estado a la vista de todos.
Ya dijo en el Congreso del Partido que no era necesario hacer autocrítica. ¿Cómo puede gobernar una persona que se niega a recibir críticas, que se cierra herméticamente al ejercicio imprescindible de la autocrítica? ¿Cómo puede aprender? ¿Cómo podrá rectificar? ¿Cómo es posible que todavía no haya dicho que las informaciones que recibió sobre Irak le llevaron a mantener una postura equivocada? Yo me pregunto por sus sentimientos ante la cadena interminable de muertos que siguen apareciendo cada día en Irak. No creo que baste decir, para justificarlo, que ya no está Sadam Hussein. ¿Es que nunca le asalta una duda? ¿Es que piensa que reconocer el error le va a debilitar como gobernante o como persona? Creo que fue Savater quien dijo que la duda era un estado incómodo, pero que la certeza era un estado ridículo.
Para el señor Aznar mintieron quienes dijeron la verdad (los autores del atentado tenían filiación islámica) y dijeron la verdad quienes se equivocaron (la autoría era de ETA). “Otros mintieron, dice el señor Aznar. Y lo saben”. Insiste en la tesis, jamás demostrada, de que el atentado tenía el fin primordial de acabar con el gobierno de su partido. Una mano negra tramó lo sucedido el día 11 (y el 12, 13 y 14). Si las elecciones se hubieran celebrado el día 7, dice, los atentados hubieran tenido lugar el día 4. Sin una sola prueba. Y lo dice con la convicción de un oráculo. No sé cuándo se va a enterar de que no fue el atentado lo que probablemente condicionó el voto de los españoles sino su inequívoca contumacia en mantener una postura (todavía la sigue manteniendo en este momento) de que los autores (intelectuales y fácticos) tenían su epicentro en la banda terrorista vasca. ¿Se puede sostener en este momento que nunca se envió un telegrama a las embajadas aconsejando que se atribuyera el atentado a ETA? ¿O lo hemos soñado?
Resulta asombroso que en una comparencia en que se trataba de explicar lo sucedido, de evitar los errores cometidos, de reconocer los fallos, todos saliésemos acusados de estar manipulados por no se sabe quién. O, mejor dicho, por unos periodistas delirantes y por un Partido tramposo. Y fuimos los votantes tan estúpidos que creímos que era Al Qaeda quien había atentado en Madrid.
Lo más tremendo, a mi juicio, es que el Señor Aznar piense que la finalidad última del atentado era derrocar al Partido Popular. ¿Qué sentirán los familiares de las víctimas al escuchar que alguien se quiere convertir en la principal víctima del terror? Pues mire usted, señor Aznar, la popularidad de su amigo el presidente Bush se disparó al 90% después del atentado del 11-S. Porque la reacción normal de un pueblo es refugiarse bajo el poder. Su encarnizado enemigo Iñaki Gabilondo, según he oído contar al ex ministro Alberto Oliart, que se encontraba aquella trágica mañana en la SER, lo primero que dijo al enterarse del atentado en Madrid fue: “Hay que estar al lado del Gobierno”.
Me resulta molesto, por no decir indignante, el desprecio con el que se dirige a sus adversarios. El tono de superioridad que emplea, por ejemplo, para contestar las atinadas y certeras preguntas del señor Llamazares. Y lo que me llama más poderosamente la atención es la actitud de personajes como Zaplana o Acebes que aplauden sus presuntas gracias o se ríen de sus contestaciones displicente. Qué decir de las elogiosas manifestaciones sobre una comparecencia que sólo nos aportó acusaciones infundadas, sospechas terribles (“no se está investigando”, “no se quiere saber la verdad porque ya se consiguió el poder”…). Me molesta esa inquebrantable unidad ante una comparecencia que sólo aportó acusaciones cuando quien declaraba era el responsable de la política del país. Resulta cuando menos inquietante esa actitud de considerar magnífico todo lo que hace o dice el antiguo (o actual) jefe de partido.
Cuentan que un empresario convocó a sus trabajadores a una comida de fraternidad. Durante los postres el empresario se puso de pie para pronunciar un discurso. Durante el mismo, el empresario contó un chiste. Y todos los trabajadores se rieron estrepitosamente, menos uno que se quedó impertérrito. El empresario se dirigió al trabajador impasible y le preguntó:
–¿Es que a usted no le ha hecho gracia?
–Mire usted, contestó el interpelado, a mí me ha hecho la misma gracia que a todos los demás, pero es que yo me jubilo mañana.
Cuando todos piensan lo mismo, nadie piensa mucho. Y cuando el jefe siempre tiene razón, algo se cuece en la trastienda. Nadie es infalible. Ya sé que el actual gobierno comete errores. Demasiados quizá. Creo que es positivo que los reconozca, que pida disculpas por ellos y que aprenda de los errores.
Resulta deleznable esa actitud prepotente, descalificadora y cínica. Si el señor Aznar adoptó esa postura ante la Comisión de Investigación, ¿qué podría decir o hacer cuando no fuese un simple compareciente sino el único exégeta y el exclusivo intérprete? De verdad que me alegro de que ya no me esté gobernando, señor Aznar. Siento felicidad por
omisión.

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