Que no me den más puntos

17 Abr

No me estoy refiriendo a los puntos que suturan una herida. En ese caso, aceptaría que me diesen todos los que fueran necesarios. Me refiero a los puntos que se ofrecen hoy día por cualquier transacción comercial. Hace unas semanas me sorprendí haciendo tal cantidad de cálculos que vi convertida mi cabeza en una calculadora.
– Calculaba los puntos que me faltaban para conseguir la obtención de una tarjeta de una compañía aérea que ofrecía interesantes beneficios en la facturación, en las salas VIP, en las listas de espera y en todos los vuelos.
– Calculaba los puntos que había conseguido con una tarjeta bancaria; puntos que había que canjear en una fecha límite por algunos regalos que era necesario elegir entre una oferta abundante.
– Calculaba los puntos que me habían concedido en una agencia de viajes, a través de los cuales podía conseguir unos bonos de Bancohotel para pasar una noche en uno de los 250 hoteles de la cadena.
– Calculaba los puntos obtenidos con una tarjeta de compra que un Centro comercial había puesto oportunamente en funcionamiento hacía varios meses, a través de la cual se conseguían pingües descuentos.
– Calculaba los puntos que me habían concedido en un Banco a través de las aportaciones realizadas para un plan de pensiones.
– Calculaba los puntos por los litros de gasolina que me habían servido en una estación de servicio y que luego podían canjearse por bonos que te permitían participar en el sorteo de una moto.
Hay otras entidades que ofrecen puntos: restaurantes, tiendas, librerías, agencias de viajes… Algunas cartas te llenan de asombro cuando ves tu nombre en el sobre comunicándote que has sido el afortunado en un sorteo, en un reparto, en una rifa de los que ni siquiera tenías noticia. Increíble comercialización de la vida. Anonadado ante esta avalancha de ofertas, sólo se me ocurre decir: Que no me den más puntos, por favor. No puedo más. Porque es un asunto complicado la contabilidad de tantos puntos. Y otro es la tramitación de los premios. En uno de los citados ‘ofertones’ tenías que llamar a un número y escuchar siete opciones (no exagero) para elegir después la que interesaba. Luego aparecían cinco opciones, entre las que tenías que elegir la adecuada. Luego, tres opciones… Y luego comenzar de nuevo con la primera. Una auténtica exasperación. Un robo.
Estamos bajo ‘la falacia Macnamara’. Lo que no es número, no existe. Lo que no tiene una recompensa inmediata y cuantificable, no interesa. Se dan puntos hasta por comer, por leer, por gastar, por viajar, por ir al cine, por comprar el periódico… Dice R. Handy: “El primer paso es medir aquello que se puede medir con facilidad. Hasta aquí todo va bien. El segundo paso es no tener en cuenta lo que no se puede medir fácilmente o adjudicarle un valor cuantitativo arbitrario. Esto es artificial y engañoso. El tercer paso es asumir que lo que no se puede medir fácilmente no es de verdad importante. Esto es ceguera. El cuarto paso es decir que lo que no se puede medir sin dificultad en realidad no existe. Esto es suicida”.
Todo es comercio. Todo es intercambio. Todo son puntos. Con los puntos puedes tener algo más, puedes consumir algo mejor. Los puntos son un señuelo absurdo. El tiempo, la molestia, la preocupación no compensan la contrapartida que ofrecen. Además, el vendedor no es tonto. Te cobrará los puntos por anticipado.
¿Cuántos puntos dan por esta compra, por esta película, por este libro, por esta acción…? Si no dan puntos, no merece la pena comprar, leer, ver la película o hacer lo que pensabas hacer. Es el mito de la mercantilización.
Los niños lo están aprendiendo muy bien.
– Mamá, ¿qué me das si como bien?, ¿cuánto me pagas si estudio?, ¿qué regalo recibiré si hago este recado?
Por este camino llegaremos a oír esta pregunta que revela el pragmatismo más exacerbado:
– Papá, ¿qué me regalas si respiro?
Lo vemos en la venta de periódicos. Si compra el periódico le regalamos una cuchara, un libro, una pieza de ajedrez. Broadfoot habla del ‘mito de la conmensurabilidad’. Si algo no es medible, si no es cuantificable, no existe. Si esa acción no recibe un regalo, no merece la pena realizarla.
Existe una historia china hermosa e inquietante. Un hijo le dice a su padre:
– Papá, me he enamorado.
El padre le pregunta el nombre de la amada y, cuando el hijo lo pronuncia, el progenitor dice indignado:
– Pero, hijo, ¿cómo te ha podido ocurrir una desgracia semejante? Esa mujer no tiene dinero, su familia no tiene posición.
– Papá, dice el hijo, estoy seguro de que solamente con esa persona puedo ser feliz.
Y el padre comenta:
Ser feliz, ser feliz, y eso, ¿para qué te sirve?
Las trampas de la sociedad de consumo nos acechan cada día. Una de ellas es muy burda, pero muy eficaz. Cuanto más compres, cuanto más tengas, serás más feliz. Y como los deseos son infinitos porque se pueden inventar, la carrera por la felicidad se hace interminable. Tan interminable como estéril e ineficaz. No,
por favor, que no me den más puntos.

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