Diablos familiares

1 Nov

En El mundo de ayer, Stefan Zweig, narra cómo antes del estallido de la Primera Guerra Mundial él se encontraba en una playa en Bélgica tranquilamente de vacaciones. Los ciudadanos de multitud de nacionalidades leían en los periódicos sin mayor preocupación la escalada de tensión diplomática. Esto se arreglará como siempre a última hora, pensaban.

En los Cañones de Agosto, Barbara Tuchman, acerca el foco a los mandatarios, pero la sensación del lector es similar. Nadie podía pensar la guerra que se avecinaba.

Volviendo a Zweig: en ese verano de 1914 las masas salen a la calle enardecidas por el nacionalismo incipiente. Sin miedo a la guerra. Quienes habían vivido la última eran ya muy mayores y tampoco fue un conflicto terrible.

Los ciudadanos creían que sus derechos estaban garantizados. La corona austríaca era un valor seguro, uno aspiraba a tener un sueldo estable y heredar. Esas eran las máximas preocupaciones de un austriaco. Esta sensación era general en los demás países.

Pero de mano del nacionalismo vino la peor guerra que conocieron los tiempos. La primera Guerra Total.

Diez millones de muertos después, volvió la calma. Tras la ruina y el hambre, la recuperación. Y tras la recuperación los locos años 20 en los que el positivismo y la relajación se extendieron con frescura.

Pero habían hecho presa en Europa sus diablos familiares.

Ocultos en sociedades secretas, pequeños partidos y círculos singulares, se sembraba el rencor que haría llegar otra guerra mucho peor. Tenían una tarea fácil: echar la culpa a los demás. Quien quiera que sea. Y si hace falta, que algunos de los nuestros, sean los demás. Por eso es tan habitual en el nacionalismo adjudicarse la voz completa de un pueblo aunque sólo se represente a una parte.

Tras la Segunda Guerra Mundial no cesó el problema. Decenas de millones de muertos, el racismo y la destrucción de Europa, no bastaron.

Luigi Einaudi, político liberal italiano y Presidente de la República Italiana que hizo frente al fascismo dijo en un discurso de postguerra: “En una Europa en que por doquier se observan rabiosos retornos a pestíferos mitos nacionalistas, en que de repente se descubren pasionales corrientes patrióticas de los que ayer profesaban ideas internacionalistas, en esta Europa en la cual cada dos por tres con horror se ven rehacerse tendencias belicistas, urge llevar a cabo una obra de unificación”. La cita la encontré en el libro de Arcadi Espada Diarios de la peste.

Zweig también coincidía: la solución a tanta muerte era la unión de Europa. En 1942 la creía imposible. Se suicidó. Hoy Macron apuesta por la misma vacuna contra el virus secesionista: más unión.

Parece que todo se calmó tras la caída del muro de Berlín. En Sangre y pertenencia de Michael Ignatieff, uno encuentra la mutación de los nacionalismos en los 90, y queda claro que hemos podido estar en un periodo de relajación frente a la epidemia habitual de Europa.

Hace un par de semanas el gran divulgador Jesús Callejo me explicó la etimología de la palabra diablo. Viene del griego, del verbo diaballein (διαβάλλειν), que significa separar, dividir. Y es bien sabido que es el peor de los males para la especie humana. Aquel que quiera hacer el mal, debe dedicarse a enfrentar a separar. En Europa nuestro diablo familiar es el nacionalismo.

Es un problema europeo, pero voy a centrarme en nuestro país. No hay un brote nacionalista en España. Hay una encrucijada a la que hemos llegado en un trayecto de décadas. El final de un camino. La sensación de normalidad y calma es habitual como hemos visto en democracia. Pero los totalitarismos irrumpen tras señales previas. Son bien conocidos los ataques a determinados partidos políticos, el adoctrinamiento de niños o la exaltación de terroristas. Hay que hacer frente a la peste ideológica.

En el 14, en el 39 o en las guerras étnicas de los 90, hubo quienes estuvieron dispuestos a hacer frente a los diablos de Europa. Mucha sangre después, fueron vencidos. Volvieron a sus agujeros a esperar otra oportunidad. Hoy asoman de nuevo. Hacer frente al nacionalismo es un deber cívico.

A los nacionalistas los han apaciguado con privilegios políticos, indultos y el abandono del Estado en algunas zonas en manos de secesionistas, se ha permitido que se incumplan sentencias judiciales, que se adoctrine en los colegios, que se insulte a los españoles no catalanes o vascos en televisiones autonómicas públicas.

El Majestic del PP y el ZP-Montillato del PSOE han permitido que paso a paso, el proyecto secesionista llegase hasta hoy. Se ha asumido con normalidad que un tipo de Esquerra negociase que matasen fuera de Cataluña con ETA, siendo socios del PSC. El 9N permitido por Rajoy fue un ensayo general. Ahora se sorprenden muchos de la función.

Al nacionalismo se le hace frente, no se le apacigua dejándolo para otro día. Con el nacionalismo no se equidista. El nacionalismo moderado es un oxímoron: es el renacuajo del sapo secesionista.

Los nacionalistas, con tácticas suavonas han llegado hasta hoy. Creen que podrán rascar alguna prebenda más tras el golpe. Confían en que el PP y el PSOE, sus viejos interlocutores, cederán y volveremos donde antes, pero un poquito más. Podemos es, como sabemos, una prolongación del secesionismo, del que sea. Por eso les verán siempre llevar todas las banderas menos una: la de España.

Pero los nacionalistas tienen dos problemas inéditos que no saben cómo afrontar:  un elemento nuevo en la ecuación social. Un nuevo patriotismo cívico y constitucional que ha salido a las calles. Que las ha llenado. Banderas, catalanas y españolas en los balcones. Millones de ciudadanos unidos para seguir juntos.

El otro gran problema del nacionalismo aparece en el espectro político. Hasta ahora les habían mimado y necesitado para dar estabilidad a los partidos nacionales incapaces en entenderse entre ellos. Ese nuevo elemento es Ciudadanos. El partido de Rivera ha estudiado el genoma nacionalista. Los supremacistas de padrón tienen un serio problema para sus fines esta vez. Los nacionalistas en España van a perder.

Esta vez no hemos bajado la guardia. Los conocemos. Los conocemos muy bien.

 

 

 

 

 

Sobre la gestación subrogada

8 Feb

El cáncer me robó la posibilidad de gestar, pero no la ilusión y las ganas de ser madre (…)Tenemos las mejores clínicas, abogados y psicólogos para poder llevar a cabo esta realidad en España. Sueño con el día en que todos los que tengan esta ilusión puedan cumplir sus sueños”.

Así concluyó Sonia Ruano su intervención ayer en el acto que organizó Ciudadanos para proponer que se regule en España la gestación subrogada.

La ciencia permite hoy en día que la gestación de un hijo la lleve a cabo otra persona. El progreso devuelve la posibilidad de tener hijos a mujeres que habían perdido su capacidad para ser madres a causa de la enfermedad. Permite a parejas homosexuales ser padres. Personas que por causas diversas no podían formar una familia, hoy, gracias a los avances médicos, pueden tener hijos por medio de la gestación subrogada.

Pero como ha ocurrido a lo largo de la historia en multitud de ocasiones, superadas las barreras de la enfermedad y el infortunio, surgen los obstáculos que imponen la derecha reaccionaria y la izquierda conservadora.

He leído estos días declaraciones sobre la gestación subrogada como que “se mercantilizan los cuerpos de las mujeres”. En este caso se trata de una izquierda muy reactiva ante la ciencia y profundamente religiosa, puesto que parte de la premisa de una existencia dual, en la que se da por sentada la diferenciación de una persona y su cuerpo. Esta argumentación además ignora los diversos modelos de gestación subrogada que coexisten. El que propone Ciudadanos es altruista, similar al que rige en Canadá. Ayer en ese mismo acto al que hacía referencia al comienzo de este texto, había varias mujeres dispuestas ser gestantes altruistas para que otras personas pudieran ser padres o madres.

El mismo argumento empleado por quienes dicen “no somos vasijas”, serviría para prohibir el trasplante de órganos. Existe un mercado negro y un interés mercantilista en algunos casos, pero no por ello nos oponemos a que se regule y exista una ley de trasplantes. Y no nos va nada mal, por cierto.

Al otro lado del espejo surgen quienes se oponen a esta regulación en defensa de la familia y en consecuencia neutralizan a todas las que no sean acordes a sus gustos o prejuicios.

No deja de impresionarme la alianza de la derecha rancia y una izquierda fresca como la mojama. La primera con sus lastres clásicos. Ya en su etapa primigenia encerró a Galileo, atacó a Darwin o retrasó la posibilidad del divorcio. La segunda tan social, que tras un cáncer de cuello de útero desgraciadamente frecuente, podrás ser madre si eres rica. Y si eres homosexual, padre sólo por adopción.

No regular una situación que existe, sí condena a la mercantilización. Existen paquetes de viaje que incluyen todo el proceso en otros países. Posteriormente hay problemas para inscribir a los hijos. No legislar sobre esta materia es dejación de funciones. Mirar hacia otro lado fomentará el éxodo de familias al extranjero buscando una cobertura y servicios que no les proporciona su país.

Y quiero terminar dirigiéndome a mi compañera Patricia Reyes. Ella es quien abandera en Ciudadanos este asunto y lo defenderá en el Congreso de los Diputados. Una mujer valiente que se enfrenta por un lado a la derecha dura de la reacción y por otro a la izquierda conservadora. Unidas ambas en contra del progreso. Patricia, piensa en Clara Campoamor.

Eppur si muove.