MLK

6 Oct

Quim Torra, presidente de la Generalitat y jefe de los escuadrones vestidos de arlequines que asedian la libertad en Cataluña, recibió hace unas semanas una comunicación en la que se le pedía que dejase de citar a Martin Luther King.

Se trataba del Instituto Martin Luther King. Pedían al hiperventilado mandatario que dejase de usar al héroe luchador por los derechos civiles. No hace falta pensar mucho en un porqué. Pero que un racista cite a MLK que empleó su vida en combatir el racismo está feo. Poco después el Instituto MLK recibió las amenazas de los escuadrones internautas del secesionismo y prefirieron evitar la polémica.

Las raíces del nacionalismo catalán y vasco se hunden en el racismo, en boga en el siglo XIX. Luego, por eso de que perdió punch y que en nombre de esa doctrina se exterminó a millones de personas, sustituyeron el gen por el idioma. Pero sólo en superficie. Por eso en cuanto se calientan un poco, saltan con la doctrina de los orígenes. Gispert, exvicepresidenta del Parlamento de Cataluña, por tercera vez ha dicho a la líder de la oposición y ganadora de las elecciones catalanas, Inés Arrimadas, que se “vuelva a su tierra” haciendo referencia al origen andaluz de la portavoz de Ciudadanos. Por eso Torra escribía sobre las bestias y sus taras, hermanando por cierto lengua y raza. Y por eso Jordi Pujol nos dedicó a los andaluces algunas monerías bien conocidas. Pero Torra cita a MLK y le da igual.

Pero no son sólo los corruptos de Convergencia y sus evoluciones los que creen venir de Agartha. Esquerra tiene sus perlas estupendas: «en América, los negros tienen un coeficiente inferior al de los blancos», «se debería esterilizar a los débiles mentales de origen genético». Estas frases se deben a Heribert Barrera, presidente del Parlamento de Cataluña e histórico mandatario de ERC. Los portavoces de ERC usan también a MLK. A Esquerra la verdad le da igual.

Pero no es sólo MLK el profanado por el nacionalismo catalán. El mismo Torra apareció en público con una foto de Churchill. ¡Sir Winston! El primer ministro británico y vencedor de la 2ª Guerra Mundial. Churchill cuya mayor gesta fue frenar el nacionalismo en Europa. Churchill que consideraba el Parlamento Inglés suelo sagrado, mientras Torra cierra y retuerce el catalán. Churchill que respetó, al contrario que Torra, la ley y la democracia a riesgo incluso de que los pactistas, los apaciguadores le ganasen la partida y firmasen la paz con Hitler, abandonando Europa en manos de los nazis. Sir Winston, que habría hecho frente a los Torras y aledaños que pudieran surgir en Inglaterra.

Puestos a tergiversar figuras y extender la mentira a la memoria de los grandes, Torrent, actual presidente nacionalista del Parlamento de Cataluña, ha dicho en varias ocasiones ser admirador de Stefan Zweig. Una cita del genial autor austrohúngaro: “Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”. Zweig se suicidó por culpa del nacionalismo y clamando en su carta de despedida por Europa como patria. Pero eso a Torrent le da igual.

A los nacionalistas les da igual pervertir la memoria o el pensamiento de quien haga falta. Pero a veces van más allá en su miseria moral. Los nacionalistas en su necesidad de victimización, tienen que demonizar a quienes les hacen frente.

Es bien sabido que los secesionistas catalanes son parte de esa tribu urbana que algunos vienen a llamar los ofendiditos. Precisan sentirse ultrajados permanentemente. Pero decirse violentados por demócratas que piden que se cumpla la ley es complejo. Por eso llaman fascistas – nos lo gritan en el Congreso permanentemente a los miembros de Ciudadanos – a quienes les hacen frente. No les importa banalizar el término. No les importa igualarse ellos a las víctimas del fascismo. Quienes han sufrido en campos de concentración, a quienes fusilaron, violaron, expoliaron o ahorcaron los fascistas, se ponen al servicio del nacionalismo. Qué más da jugar con su memoria y dolor.

Con esta actitud están ejerciendo lo que Pascal Bruckner explica perfectamente en La Tentación de la Inocencia: están vaciando el término. Usan vilmente el dolor de otros y pintan sus pancartas con sangre ajena.

Pero al nacionalismo le da igual. Luther King, Churchill, Zweig o las víctimas del fascismo, han de estar todos al serivicio de la gran farsa. Una farsa destinada a perder, porque cuando el nacionalismo asoma por Occidente, siempre hay Martin Luther Kings, Churchills, Zweigs y millones de ciudadanos defensores de la libertad dispuestos a hacerle frente.

Diablos familiares

1 Nov

En El mundo de ayer, Stefan Zweig, narra cómo antes del estallido de la Primera Guerra Mundial él se encontraba en una playa en Bélgica tranquilamente de vacaciones. Los ciudadanos de multitud de nacionalidades leían en los periódicos sin mayor preocupación la escalada de tensión diplomática. Esto se arreglará como siempre a última hora, pensaban.

En los Cañones de Agosto, Barbara Tuchman, acerca el foco a los mandatarios, pero la sensación del lector es similar. Nadie podía pensar la guerra que se avecinaba.

Volviendo a Zweig: en ese verano de 1914 las masas salen a la calle enardecidas por el nacionalismo incipiente. Sin miedo a la guerra. Quienes habían vivido la última eran ya muy mayores y tampoco fue un conflicto terrible.

Los ciudadanos creían que sus derechos estaban garantizados. La corona austríaca era un valor seguro, uno aspiraba a tener un sueldo estable y heredar. Esas eran las máximas preocupaciones de un austriaco. Esta sensación era general en los demás países.

Pero de mano del nacionalismo vino la peor guerra que conocieron los tiempos. La primera Guerra Total.

Diez millones de muertos después, volvió la calma. Tras la ruina y el hambre, la recuperación. Y tras la recuperación los locos años 20 en los que el positivismo y la relajación se extendieron con frescura.

Pero habían hecho presa en Europa sus diablos familiares.

Ocultos en sociedades secretas, pequeños partidos y círculos singulares, se sembraba el rencor que haría llegar otra guerra mucho peor. Tenían una tarea fácil: echar la culpa a los demás. Quien quiera que sea. Y si hace falta, que algunos de los nuestros, sean los demás. Por eso es tan habitual en el nacionalismo adjudicarse la voz completa de un pueblo aunque sólo se represente a una parte.

Tras la Segunda Guerra Mundial no cesó el problema. Decenas de millones de muertos, el racismo y la destrucción de Europa, no bastaron.

Luigi Einaudi, político liberal italiano y Presidente de la República Italiana que hizo frente al fascismo dijo en un discurso de postguerra: “En una Europa en que por doquier se observan rabiosos retornos a pestíferos mitos nacionalistas, en que de repente se descubren pasionales corrientes patrióticas de los que ayer profesaban ideas internacionalistas, en esta Europa en la cual cada dos por tres con horror se ven rehacerse tendencias belicistas, urge llevar a cabo una obra de unificación”. La cita la encontré en el libro de Arcadi Espada Diarios de la peste.

Zweig también coincidía: la solución a tanta muerte era la unión de Europa. En 1942 la creía imposible. Se suicidó. Hoy Macron apuesta por la misma vacuna contra el virus secesionista: más unión.

Parece que todo se calmó tras la caída del muro de Berlín. En Sangre y pertenencia de Michael Ignatieff, uno encuentra la mutación de los nacionalismos en los 90, y queda claro que hemos podido estar en un periodo de relajación frente a la epidemia habitual de Europa.

Hace un par de semanas el gran divulgador Jesús Callejo me explicó la etimología de la palabra diablo. Viene del griego, del verbo diaballein (διαβάλλειν), que significa separar, dividir. Y es bien sabido que es el peor de los males para la especie humana. Aquel que quiera hacer el mal, debe dedicarse a enfrentar a separar. En Europa nuestro diablo familiar es el nacionalismo.

Es un problema europeo, pero voy a centrarme en nuestro país. No hay un brote nacionalista en España. Hay una encrucijada a la que hemos llegado en un trayecto de décadas. El final de un camino. La sensación de normalidad y calma es habitual como hemos visto en democracia. Pero los totalitarismos irrumpen tras señales previas. Son bien conocidos los ataques a determinados partidos políticos, el adoctrinamiento de niños o la exaltación de terroristas. Hay que hacer frente a la peste ideológica.

En el 14, en el 39 o en las guerras étnicas de los 90, hubo quienes estuvieron dispuestos a hacer frente a los diablos de Europa. Mucha sangre después, fueron vencidos. Volvieron a sus agujeros a esperar otra oportunidad. Hoy asoman de nuevo. Hacer frente al nacionalismo es un deber cívico.

A los nacionalistas los han apaciguado con privilegios políticos, indultos y el abandono del Estado en algunas zonas en manos de secesionistas, se ha permitido que se incumplan sentencias judiciales, que se adoctrine en los colegios, que se insulte a los españoles no catalanes o vascos en televisiones autonómicas públicas.

El Majestic del PP y el ZP-Montillato del PSOE han permitido que paso a paso, el proyecto secesionista llegase hasta hoy. Se ha asumido con normalidad que un tipo de Esquerra negociase que matasen fuera de Cataluña con ETA, siendo socios del PSC. El 9N permitido por Rajoy fue un ensayo general. Ahora se sorprenden muchos de la función.

Al nacionalismo se le hace frente, no se le apacigua dejándolo para otro día. Con el nacionalismo no se equidista. El nacionalismo moderado es un oxímoron: es el renacuajo del sapo secesionista.

Los nacionalistas, con tácticas suavonas han llegado hasta hoy. Creen que podrán rascar alguna prebenda más tras el golpe. Confían en que el PP y el PSOE, sus viejos interlocutores, cederán y volveremos donde antes, pero un poquito más. Podemos es, como sabemos, una prolongación del secesionismo, del que sea. Por eso les verán siempre llevar todas las banderas menos una: la de España.

Pero los nacionalistas tienen dos problemas inéditos que no saben cómo afrontar:  un elemento nuevo en la ecuación social. Un nuevo patriotismo cívico y constitucional que ha salido a las calles. Que las ha llenado. Banderas, catalanas y españolas en los balcones. Millones de ciudadanos unidos para seguir juntos.

El otro gran problema del nacionalismo aparece en el espectro político. Hasta ahora les habían mimado y necesitado para dar estabilidad a los partidos nacionales incapaces en entenderse entre ellos. Ese nuevo elemento es Ciudadanos. El partido de Rivera ha estudiado el genoma nacionalista. Los supremacistas de padrón tienen un serio problema para sus fines esta vez. Los nacionalistas en España van a perder.

Esta vez no hemos bajado la guardia. Los conocemos. Los conocemos muy bien.