Triunfantes perdedoras

11 Mar
Se quita importancia al lenguaje sexista, a las costumbres discriminatorias, a las bromas machistas, a las religiones androcéntricas, a las afirmaciones infames

El pasado día 8, miércoles, se celebró el Día Internacional de la Mujer. Todos los días del año serían pocos para recordar esta discriminación sistemática y profunda que sigue arraigada en la entraña de la sociedad patriarcal. Más de la mitad de la humanidad sigue sumida en condiciones de injusta desigualdad.

Cuando muere una mujer a manos de su pareja, todo son lamentos, exclamaciones de dolor, minutos de silencio, sentidas condolencias, sentidas manifestaciones, condenas contundentes€ Pero se piensa poco en las causas que han llevado a la dramática situación, se analiza con escaso rigor el origen de esos hechos crueles, se reflexiona con poca profundidad sobre las concepciones, actitudes y costumbres que los provocan.

Hay otros hechos igualmente atroces, no menos condenables, no menos inquietantes que la muerte de una mujer a manos de su pareja. Hay mujeres enterradas en vida, perseguidas, castigadas, discriminadas, amenazadas, vejadas, ninguneadas por el hecho de ser mujeres.

Tampoco en esos casos se suele ir a la raíz enferma que produce esos frutos podridos, a los manantiales de esas aguas envenenadas, que lo contaminan todo; es decir, al origen de tanto daño, de tanta injusticia, de tanta miseria moral.

Se quita importancia al lenguaje sexista, a las costumbres discriminatorias, a las bromas machistas, a las religiones androcéntricas, a las afirmaciones infames. Ahí están las declaraciones mendaces del diputado polaco Janusz Korwin-Mikke que acaba de decir en el Parlamento Europeo que las mujeres deben cobrar menos que los hombres «porque son más débiles, más pequeñas y menos inteligentes». O sea que hay que cobrar en función del tamaño o de la fuerza física. Qué estupidez. Y qué infundio afirmar que las mujeres son menos inteligentes. Cuando se han escolarizado los niños y las niñas en igualdad de condiciones, en todos los países las niñas han tenido mejores resultados. En definitiva, no se conectan las causas con los deplorables efectos.

Cuando veo un ataúd con el cuerpo sin vida de una mujer siempre pienso en las causas (ninguna intrascendente) que alimentan el sexismo que ha acabado con su vida. Todas sumadas arman al asesino. Va a la cárcel el maltratador de una mujer inocente, pero este caballero polaco se va a cenar tranquilamente a su casa después de cobrar un buen sueldo por hacer estas delictivas manifestaciones. Recibe el castigo el asesino pero el que hace burlas por el uso no sexista del lenguaje recibe el aplauso de los puristas lingüísticos y de los machistas recalcitrantes. Es rechazado el violador de una mujer, pero Monseñor Cañizares Llovera es venerado por sus files después de denostar de manera furibunda la ideología de género.

Voy a referirme a continuación a una causa de esos nocivos efectos. Me refiero a las innumerables ocasiones en las que la mujer es felicitada por perder, por renunciar, por ceder, por someterse, por callar.

Hace algunos años dirigí la tesis doctoral a una acendrada feminista, lamentablemente fallecida poco después de hacerse doctora. Era compañera, amiga y mujer comprometida con la causa de la igualdad de oportunidades y derechos de las mujeres. Inolvidable Gloria Arenas Fernández. Vaya este artículo en tu memoria.

El foco de investigación, como no podía ser menos tratándose de Gloria, se puso en cuestiones relacionadas con la igualdad. A ella le parecían cuestiones esenciales, de la más rigurosa racionalidad y la justicia más elemental. Quiso saber cómo se aprende el género en una Escuela Infantil. Es decir, cómo se aprende a ser niño o a ser niña en esa etapa educativa en la que cristalizan muchas concepciones y actitudes. Las maestras eran profesionales excelentes que se ofrecieron generosamente para colaborar con el trabajo, persuadidas de que su visión femenina y feminista ayudaría a desentrañar la realidad y a responder con rigor a los interrogantes planteados.

Se sorprendieron cuando vieron su imagen reflejada en el espejo del estudio: lenguaje, costumbres, expectativas, estereotipos, relaciones, cuentos, comportamientos teñidos de un sexismo, muchas veces inconsciente.

Voy al núcleo de la cuestión que estoy planteando en estas líneas: al hecho reiterado de premiar a las mujeres por perder, de felicitarlas por fracasar. Recuerdo que en una ocasión varios niños jugaban a las sillas. Todo el mundo conoce el juego. Una silla menos que el número de niños y niñas que juegan. A la señal del organizador cada uno y cada una ocupa una silla, Y el que sobra o la que sobra tiene que irse. En una ocasión un niño y una niña se sentaron en la misma silla. Ella analizó la situación y se levantó aceptando ser la perdedora. La maestra la felicitó:

– Muy bien, las niñas ceden.

¿Por qué tienen que ceder las niñas? No. Ceden las personas. Las niñas y los niños. La habían felicitado por perder

En otra ocasión la maestra pidió a los niños y a las niñas que limpiaran su mesa. Una niña hizo diligentemente su tarea. A su lado, un compañero remoloneaba distraídamente. La maestra le dijo a la niña:

Muy bien. Enhorabuena. Has terminado muy pronto tu trabajo. Ayuda a limpiar la mesa a tu compañero.

Fruto de aquella investigación, la profesora Gloria Arenas escribió un libro que publicó primero el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Málaga y luego hizo suyo la Editorial Graó. (Barcelona). El título tiene que ver con la idea matriz de este artículo: Triunfantes perdedoras. Tengo que reconocer que tiene inspiración en el de las feministas Daleh y Sara Aprender a perder (Editorial.

Eso sucedía en aquella escuela. En la familia también se felicita a las niñas muchas veces por «perder».

– Así me gusta. Las buenas niñas ayudan a poner y quitar la mesa.

La sociedad también ve con buenos ojos que la chica renuncie a una carrera para atender a la familia y a los hijos, que renuncie a un ascenso para dedicarse a las tareas domésticas. Y le hace sentir a la mujer feliz por haber cumplido esa misión. En mi libro El harén pedagógico. Perspectiva de género en la organización escolar escribí un artículo titulado Yo tengo que hacer la cena. En él explicaba cómo algunas mujeres renuncian a tareas de dirección en aras de las obligaciones familiares.

La Iglesia honra a la mujer por ser perdedora. La mujer ha de ser humilde, pura, hija amorosa, madre solícita, mujer sumisa, servidora fiel, súbdita obediente€ Por todo ello se la honra, se la venera, se la felicita.

La Iglesia niega a la mujer el acceso al poder, a la unción sacerdotal, a la jerarquía eclesiástica. Y ella es elogiada por ser una persona obediente y sumisa. Y no es que no sean buenos atributos, pero creo que es negativo el hacerlos propios (casi exclusivos) de la mujer.

Los obispos manejan como magos estas perversiones. Ellos dicen cuál ha de ser la misión de la mujer en la Iglesia y en el mundo. Por qué se la ha de premiar y felicitar. Ellos aplauden a la mujer de su casa, relegada a la esfera privada. ¿Por qué no puede haber una obispa que les diga a los hombres cuál es su papel en la Iglesia y en el mundo. ¿Por qué?

El hartazgo de una profesora

4 Feb

Leí hace unos días en la red, después de haber escuchado algunos comentarios en la radio, una carta que se ha hecho viral. La ha escrito la profesora de Secundaria Eva María Romero Valderas, de 45 años de edad y 19 de experiencia. Está dirigida en un primer momento al Claustro del Instituto de Enseñanza Secundaria Isidro de Arcenegui (Marchena. Sevilla), donde ahora trabaja. En realidad, no se trata de una carta, según opinión de la misma autora, sino de una arenga. Lo dice en un punto preliminar de su escrito. “Esto que voy a hacer ahora se llama arenga: discurso militar para enardecer a las tropas antes de entrar en la batalla”. (más…)

Por favor, señor Herrera

21 Ene
Carlos Herrera.

Todo el mundo convendrá conmigo en que conseguir que los alumnos y alumnas hablen y escriban correctamente es un objetivo prioritario de las instituciones educativas. Porque el lenguaje es un maravilloso camino que nos une a los seres humanos. Y porque es la herramienta que nos permite comprender el mundo. Y porque buen estilo es precisión y rigor de pensamiento…

Hace algunos años publiqué, con dos colegas de la Facultad, una obra titulada Libro de estilo para universitarios. Fue fruto de un largo esfuerzo dialogado. El libro, cuya segunda edición fue corregida por el famoso lingüista Manuel Seco, pretende ser una guía para hablar y escribir correctamente.

La familia también pretende que los hijos y las hijas crezcan haciendo un uso adecuado del lenguaje. Y ayudan a la escuela a conseguirlo.

Pero enseñar a hablar y escribir correctamente e, incluso, con elegancia, no debería ser una pretensión exclusiva de los dos ámbitos educativos por excelencia. La sociedad entera debería contribuir a esa tarea de socialización que consiste en incorporar a los niños y jóvenes al corazón de la cultura.

Algunas personas, en aras de no sé qué pretencioso juego, se empeñan en hacerse las graciosas y se dedican a destruir lo que otros con tanto esfuerzo, sabiduría y paciencia tratan de alcanzar. ¿Por qué digo esto? Porque hay un programa en la radio española (Herrera en la COPE) en el que hace tiempo se abrió una sección que lleva por título Pienso de que… Y todos los oyentes que llaman se ven constreñidos a seguir el juego y comienzan sus intervenciones diciendo «Pienso de que…».

Mi chirrían los oídos cada vez que, intencionadamente o por azar, se detiene la aguja en el dial de la Cope y oigo esa expresión que he venido combatiendo toda la vida en la corrección de trabajos, artículos, tesis y escritos de cualquier tipo. No se debe decir pienso de que, sino pienso que. El dequeísmo es una lacra que se ceba en el idioma haciendo cometer errores sin cuento. Estoy seguro, por otra parte, de que (aquí sí es correcto el de que) el señor Carlos Herrera lo sabe perfectamente. Estoy seguro de que muchos participantes de la sección saben que están obligados a cometer una infracción lingüística. Entonces, ¿por qué ese juego estúpido?

Son ganas de hacerse el gracioso, pienso yo. No las discuto en otros momentos, pero no a costa del daño causado a los participantes que seguirán cometiendo ese error, no a costa de tantos oyentes que acabarán pensando que «pienso de que» es una expresión correcta y no a costa de los esforzados maestros y maestras que cada día pretenden enseñar el dominio de la lengua a sus alumnos y alumnas.

Pienso también en el papanatismo de la gente. En esa facilidad que tienen algunos para ser arrastrados a cometer errores o a decir tonterías. Me llevan los demonios cuando oigo a Carlos Herrera invitar a entrar en esa sección del programa y cuando oigo a los participantes repetir el error antes de dar su opinión: «Pienso de que…». Una y otra vez. Desesperante.

Pido desde aquí, por favor, que cambien ese estereotipo malsonante, que eviten esa inducción al error, que acaben con esa gracieta de pésimo gusto.

Como todo el mundo sabe, el dequeísmo es el uso incorrecto de la preposición de delante de una subordinada completiva introducida por la conjunción que. Un buen ejemplo nos lo ofrece el nombre de la sección del programa del señor Herrera: «Pienso de que…». ¡Qué barbaridad! Un ejemplo de mala sintaxis dando título a una sección de un programa de radio dirigido por un periodista de postín y escuchado por millones de oyentes. Como le he dicho en el título del artículo: Por favor, señor Herrera. Ni un día más.

El queísmo, por contra, es el fenómeno contrario: es decir, omitir la preposición de ante las proposiciones subordinadas sustantivas. Por ejemplo, decir «acuérdate que tienes que venir», en lugar de “acuérdate de que tienes que venir”.

La casuística es muy variada y, a veces, compleja. Me voy a dejar llevar por el tic de profesor y voy a sugerir a mis lectores y lectoras una fórmula que suele ayudar en muchos casos. Es la siguiente. Después del verbo de la oración o verbo principal se colocan las expresiones de algo o de alguien para ver el uso correcto de «de que» y algo o alguien para el uso correcto «de que». Ejemplo uno: Me he olvidado de que estabas aquí. Olvidarse de alguien nos indica que es correcto. Ejemplo dos: Llegué a la conclusión que estábamos equivocados. Llegar a la conclusión algo es incorrecto, porque falta «de».

Reconozco que soy un maniático en estas cuestiones y que me siento molesto ante el mal uso público del lenguaje por parte de políticos y periodistas. Pero este caso que denuncio en el artículo tiene una especial gravedad porque instiga y casi obliga al mal uso del lenguaje.

Hablar y escribir bien requiere un conocimiento, y un esfuerzo. No es admisible que cualquier desaprensivo destruya ese trabajo de una manera tan irresponsable. Una cosa es cometer un error y otra consagrar un error. Una cosa es que a alguien se le escape una incorrección y otra que se la eleve al rango de ideario.

Voy a llamar al programa. He estado tentado de hacerlo muchas veces. Pero, claro, pienso que me obligarían a pasar por sus horcas caudinas, es decir, que para intervenir tendría que repetir su ya famoso latiguillo. Tendría que decir: «Pienso de que no se puede decir pienso de que…».

Es una vergüenza. Así de sencillo y así de claro. No se puede jugar sucio con cosas importantes. Oirán el programa algunos niños, oirán el programas muchas personas en las que quedará grabada como un tatuaje la desafortunada expresión.

Téngase en cuenta que se repite la expresión una y otra vez, por una persona y otra. No se trata de que alguien cometa accidentalmente un error. Es que con esa entradilla se hace del error una causa.

Este hecho me lleva a extender la reflexión a los malos ejemplos que frecuentemente se dan en la sociedad desmontando la tarea que se realiza en la escuela y en la familia.

La escuela del mundo al revés es el título de un hermoso e interpelante libro de Eduardo Galeano. Por cierto, nunca he sabido, querido y admirado Eduardo a quien ya nunca podré preguntar porque te fuiste con la mayoría, si se trata de «la escuela del mundo… al revés» o de «la escuela… del mundo al revés». Lo cierto es que en el libro se nos habla de un curriculum terrible que ofrece el mundo y que todos aprendemos.

Podemos ir de lo más grande a los más pequeño. Podemos ir desde los escándalos más repugnantes hasta las incorrecciones más burdas en las intervenciones parlamentarias, desde las noticias más escandalosas de los medios de comunicación hasta estas prácticas de mal ejemplo en el hablar protagonizadas por profesionales del periodismo que, supuestamente, deben dominar a la perfección el lenguaje.

Lo que unos pretenden alcanzar con el trabajo esforzado y humilde de las aulas, lo desmontan otros con una ligereza y una desenvoltura asombrosa en el proceder o en el decir. Habría que acabar con los malos ejemplos.

El código del escorpión

14 Ene

He leído la última novela de Arturo Pérez Reverte titulada Falcó. Me ha gustado. Está bien escrita, engancha al lector desde el comienzo y mantiene su atención sin altibajos. La radiografía del protagonista, Luciano Falcó, es excelente y sitúa con rigor la acción en el contexto histórico de la guerra civil española. Dicho sea todo esto de paso porque mi propósito no es analizar la novela sino una vieja máxima que un tal Niko, instructor rumano de Falcó, repetía en el campo secreto de la Guardia de Hierro, situado en Tirgo Mures, cuyo adiestramiento incluía sabotaje y asesinato. El tal Niko resumía en tres frases fetiche el código del escorpión: mira despacio, pica rápido y vete más rápido todavía. Sin conocerlo probablemente, hay quien utiliza este código con eficacia inusitada. Me refiero a los maledicentes. No se utiliza desde esta perspectiva en la novela la metáfora del código del escorpión, pero me voy a permitir la apropiación para llevar el agua de la anécdota al molino de mis reflexiones.

El escorpión mira despacio

El maledicente (en ocasiones el difamador o el calumniador) elige con cuidado el lugar y la circunstancia donde dejar su veneno. Estudia bien la situación, no se precipita para sembrar la insidia. Sabe a quién quiere herir, sabe cómo y dónde puede hacerlo. Analiza con calma dónde y a quién puede picar. No lo hace por hacer, no lo hace precipitadamente, no se ceba con cualquiera. El escorpión no se precipita. Observa, prepara, espera. No actúa alocadamente sino que estudia bien el lugar y el momento. El escorpión pica rápido De forma cautelosa y sibilina, llega al lugar elegido y con rapidez suelta el veneno de su difamación. Puede ser una sospecha, una insinuación, una frase mordaz, una broma cruel, una insidia corrosiva, un juicio feroz, una calumnia… Deja su veneno con rapidez y eficacia. No hace falta mucho tiempo. No es necesaria mucha elaboración. Pica en un instante y el veneno comienza a hacer su efecto de inmediato. La víctima, que no está presente, empieza a sufrir de inmediato los efectos destructivos. No hay forma de detener el envenenamiento. No hay antídoto que surta efecto. La difamación empieza a circular de forma instantánea. El veneno empieza a correr por las arterias del cuerpo social.

• Ese siempre ha tenido fama de mujeriego.

• No me extraña que haya sido ella.

• He oído que está metido hasta las cejas en la droga.

• Parece que está liado con la mujer de su amigo.

• Nunca ha tenido escrúpulos.

• Es un corrupto desde hace tiempo, pero disimula muy bien.

La infamia vuela más que corre. Decía Cicerón: «Nada se expande tan deprisa como una calumnia, nada se lanza con más facilidad, nada se acoge con más presteza ni se difunde más ampliamente». Una vez sembrado el veneno, su expansión es rápida e incesante.

El escorpión se va más rápido todavía

Desaparece como por arte de magia, nadie sabe por dónde llegó y cómo se fue. Quienes se quedan allí parece que lo han soñado, pero el veneno circula ya por las arterias de la comunicación. El escorpión ha hecho su labor. Ha picado a la víctima en el cuerpo social al que pertenece. Cuando se quieren dar cuenta los presentes, el escorpión ya no está. No ha dejado más rastro que sus infundios. El código del escorpión está en los genes sociales del maledicente. Es su naturaleza. Ha convertido su actividad en hábito a fuerza de repetirla. No necesita esforzarse mucho para poner en práctica su picadura venenosa. Si alguien le preguntase por qué dice eso, de dónde procede esa información, qué rigor tiene esa noticia, veríamos que no tiene fundamento sólido y válido. Podríamos comprobar cómo no hay más respuesta que la inquina, la envidia o la maldad. O la simple rutina. La difamación pretende destruir el nombre, el prestigio o el honor de una persona. Se expande como la pólvora. «La palabra que acusa, dice Concepción Arenal, es la chispa arrojada en un polvorín; la reparación, una antorcha que cae en el agua». Hay quien confunde libertad de expresión con libertad de agresión. No. No se puede decir todo lo que se quiere en aras de la libertad de expresión. No se puede difamar, calumniar, destruir al otro. Lo estamos viendo todos los días en los medios de comunicación. ¡Lo que se dice impunemente del prójimo en aras de la libertad de expresión! Los escorpiones son conocidos en las organizaciones y también son temidos. Nadie se atreve a hacerles frente. Son escurridizos, se camuflan entre los miembros de la comunidad. Nadie quiere su enemistad. Todo el mundo los teme, todo el mundo los huye. Si he dedicado este artículo a realizar algunas reflexiones sobre el código del escorpión es con el ánimo de reconocer ese mecanismo dañino que envenena las organizaciones y de evitar que se deteriore la convivencia. Hablo sobre todo de las organizaciones escolares porque creo que deberían ser lugares en los que estuvieran instaurados modelos de comunicación sana y positiva. Se educa con el ejemplo. Se educa como se es. Una comunidad presidida por la maledicencia no es un contexto educativo. Las relaciones basadas en el respeto a la dignidad humana constituyen un buen caldo de cultivo para que se formen ciudadanos y ciudadanas competentes. El primer modo de evitar este tipo comportamientos es que cada uno analice su manera de comunicarse con los demás. Es decir que reflexione sobre las características de sus intervenciones en la conversación con los demás. Si cada uno se exigiera una actuación limpia, honesta, positiva y respetuosa, el problema de la maledicencia habría terminado. El segundo modo de erradicar estos comportamientos que enturbian la convivencia es denunciar de forma valiente el comportamiento del escorpión. Si se recrimina su ligereza y su descaro, si se avergüenza su proceder, si se le paran los pies, será difícil que siga repitiendo su dañina actuación. Y eso, ¿cómo lo sabes?

• ¿Quién lo ha dicho?

• Eso no es cierto.

• A mí no me vuelvas a hacer un comentario de ese tipo.

• No tienes derecho a decir eso.

• Que sea la última vez que hablas mal de una persona delante de mí.

El tercer camino que propongo es desenmascarar a los escorpiones llevando a una sesión de análisis el caso concreto de picadura venenosa.

Respecto a quienes son intoxicados por la maledicencia y no quieren afrontar una denuncia expresa, cabe aconsejarles algunas reacciones saludables. Pienso a bote pronto en tres: la primera es una contundente indiferencia que acabe en menosprecio del escorpión. La segunda es la utilización beneficiosa de la picadura que convierta el agravio en un elogio («Solo se tiran piedras al árbol que tiene frutos», «ladran, luego cabalgamos», «si la envidia fuera tiña, cuántos tiñosos había»…). La tercera es el uso de un sano e inteligente sentido del humor como hacia Oscar Wilde cuando, atacado por la carcundia de la época decía: «poco me importa lo que dicen sobre mí, porque es absolutamente cierto».

Año Nuevo, mierda nueva

7 Ene

Todos los años pinso en la capacidad que tenemos los seres humanos de generar basura moral

Lo recuerdo como si fuera ahora aunque ha pasado la friolera de cincuenta años. Estaba yo entonces viviendo en la ciudad de Oviedo. Era mi primer curso como profesor de Primaria. Había pasado la Nochevieja y los basureros, en la mañana de Año Nuevo, estaban retirando la basura. Como es sabido, esa noche deja sembradas muchas calles de suciedad. Uno de ellos, con mucha sorna y no menor énfasis, dijo a voz en grito:

– ¡Año Nuevo, mierda nueva!

Remedaba su frase la tradicional sentencia de esa fecha: Año Nuevo, Vida Nueva. Desde luego que él describía con precisión la tarea que estaba realizando. Era el día de Año Nuevo pero los montones de nueva basura le hacían dedicarse a la faena con especial intensidad.

No sé si lo oyó alguien más. No sé si a alguien más le llamó la atención. Yo lo recuerdo cada año cuando se suceden las listas de propósitos optimistas, cuando oigo decir con esperanza renovada: Año Nuevo, Vida Nueva. ¿Vida nueva? Se refería el basurero a su rutina de la recogida de basura. Yo voy a trasladar la reflexión a la proliferación de basura moral en la sociedad.

Me pregunto cómo es posible que año tras año, sigamos generando tantas toneladas de suciedad: terrorismo criminal, sexismo sutil y violento, hambre creciente, discriminación de todo tipo, diferencias abismales, corrupción política, abuso de poder, injusticia estructural, xenofobia, racismo, asesinatos, secuestros, violaciones, acoso… ¿Cómo es posible que no acabemos con tanta perversión, con tanta maldad?

En los primeros días del año he visto aparecer basura por doquier. Recordaré solo cinco casos que ahora me golpean la mente y el corazón.

El primer día del año se abre con la noticia de un terrible atentado en la maravillosa ciudad de Estambul. Un hombre, disfrazado de Papá Noel, acribilla a tiros a quienes celebran la Fiesta de Año Nuevo en una discoteca. 39 muertos. 68 heridos. Una masacre.

¿En nombre de qué dioses y de qué causas se puede matar a personas inocentes? ¿Quién la ha dado a ese terrorista el poder de decidir sobre la vida y la muerte del prójimo? ¿Quién le ha conferido el poder de sembrar el dolor en tantas familias? Mierda Nueva.

También del primer día del año. Un diseñador turco ha sido apaleado por criticar desde Chipre al gobierno de Erdogán. Al llegar a Turquía, deportado y descender del avión, una multitud se abalanzó sobre él propinándole golpes a mansalva. Había criticado también a los islamitas por prohibir celebrar la fiesta de Año Nuevo. El diseñador es un conocido defensor de la homosexualidad. Intransigencia. Violencia. Agresión a quien defiende la libertad. Mierda nueva.

En el mismo primer día del año una mujer de 40 años, profesora universitaria, es asesinada por su pareja de 20 años en Rivas Vaciamadrid. Un nuevo caso de violencia machista. Una mujer más añadida a la lista de víctimas de esta lacra que nunca termina. Mierda nueva.

También en el primer día del Nuevo Año una madre en la ciudad de Valencia ha pretendido vender a un hijo de dos años por 800 euros. La noticia cuenta que, en un parque de la ciudad valenciana, una mujer se acerca a una pareja y le ofrece su “mercancía”. Ante la negativa, la madre baja el precio. ¿Cómo es posible tanta abyección? ¿Cómo se puede convertir a un hijo en un producto que se pone a la venta? ¿Cómo se puede hacer tanto daño a un ser inocente que has traído sin su permiso al mundo? Mierda nueva.

Y, para mí, el más estremecedor En las primeras horas del Año Nuevo veo unas conmovedoras y a la vez terribles escenas en la televisión. Un padre, en cuclillas, habla con sus dos hijas de 9 y 7 años mientras comprueba que tienen bien colocado el chaleco bomba. Van a cometer un atentado por la yihad. El padre pregunta a las niñas si saben lo que van a hacer.

Un suicidio bomba, dice la mayor.

Llevan unos chalecos que van a hacer explotar entregando sus vidas a una causa que, dadas sus edades, no pueden ni comprender. Van a causar la muerte a personas inocentes en un acto heroico.

Les pregunta el padre si saben cuál es la recompensa que van a obtener por su acción:

– Ir al cielo, dicen las niñas.

No hay edad temprana para la yihad, comenta el padre haciendo gala de un burdo fanatismo, de una inusitada crueldad. No se entrega él a la causa, entrega la vida de sus hijas.

¿Qué manipulación es esta sobre la mente de unas niñas inocentes? ¿Es que no tiene límites la perversión humana? ¿En nombre de qué dioses y de qué ideales se puede entregar a dos hijas a la muerte? Mierda nueva.

Por muchos y buenos deseos que nos hayamos intercambiado en los últimos días del año que se fue y de este que comienza, la mierda nueva se va acumulando en las aceras de la vida.

Tenemos un capacidad inusitada para llenar bolsas con basura nueva. Se parece mucho a la antigua, pero es basura nueva. ¿Nunca se termina? ¿Nunca se agota? Parece que no, pero habrá que luchar para conseguirlo. Lo que hay que hacer, mientras tanto, es mejorar los métodos para retirarla y que no produzca nuevos males: pestes, hediondez, contaminación, infecciones, envenenamientos…

El debate se podría situar en discernir si estamos realmente progresando o estamos retrocediendo. Pues bien, yo creo que en ese largo camino del ser humano hacia la dignidad, la historia tiene un signo positivo. El ser humano ha superado la esclavitud y el apartheid, ha dado pasos de gigante en la defensa de los derechos humanos, en la lucha por la libertad y la igualdad, en la superación del sexismo, en la eliminación de la ignorancia, en la lucha contra la mortalidad infantil… Leed el libro La lucha por la dignidad, de José Antonio Marina y María de la Válgoma. Es un canto a la esperanza , una invitación al compromiso.

Los basureros del mundo no dan abasto para eliminar las nuevas cantidades de porquería que generamos en la sociedad. Por eso me ha parecido tan impactante aquella frase que escuché hace tantos años en el fondo de la Nochevieja. Todos los años me viene a la memoria. Todos los años me hace pensar en la capacidad que tenemos los seres humanos de generar basura moral. O en incapacidad para eliminarla de nuestras sociedades. Pero también en la necesidad de la lucha por eliminarla.

Descubrir la basura es el primer paso para poder afrontar las exigencias de la limpieza. Airearla, hacerla visible, no esconderla, nos pone a todos frente a la necesidad de reflexionar y de actuar.

Destruirla, eliminarla es una obligación ciudadana para que no acabemos todos contaminados.

Analizar las causas de su génesis es el mejor modo de conseguir que no se produzcan nuevas cantidades de basura. Ir a la raíz, eliminar la injusticia estructural, eliminar las diferencias… Y, sobre todo, educar a las personas en la esfera de los valores.

Aprender de ese ciclo para liberarse del mecanismo de producción que hace el mundo poco habitable es una exigencia ineludible. No se puede respirar con esas dosis de contaminación. Cada año tiene que haber menos mierda nueva.