La ciudad resucitada

24 May
  1. Un apartamento en Muro de Puerta Nueva. Allí comenzó todo, aunque ni yo misma sabía lo que comenzaba. Desde mi llegada a Málaga o , más bien, mi regreso, había vivido unos meses en un ático algo inhóspito de la calle Marín García y recurrí a una agencia de alquileres para mejorar mi domicilio. Visité y rechacé muchos pisos hasta dar con aquel que finalmente me hechizó. Se encontraba en un edificio de, al menos, cien años de antigüedad, donde, por supuesto, no había ascensor.

Con el calor de principios del verano, la maleta pesaba más para arrastrarla por los dos empinados tramos de escaleras, porque mi apartamento estaba en el último piso, o no, pues desde allí se podía subir a un tendedero cubierto que parecía un palomar.

Tal vez mi nuevo hogar no era el paraíso, pero a mí me lo parecía. Cada una de las habitaciones tenía balcón y en el amplio salón podían contarse tres, por los que entraba el sol a raudales.

Sobre una mesa, junto a uno de aquellos balcones, coloqué la máquina de escribir, donde tecleaba artículos de día y de noche con la esperanza de que alguna vez los publicasen en la prensa local y garrapateaba novelas que no pasaban nunca del segundo capítulo. Tenía, desde luego, mucho entusiasmo, pero pocas cosas que contar y, por hallarlas, me lanzaba a la calle.

La ciudad era muy diferente entonces. Calle Larios era todavía peatonal y la vida cultural estaba en el Ateneo; primero en la plaza del Obispo y luego en un piso diminuto de la calle Ramos Marín. Necesitaba más y me matriculé en los cursos de doctorado de literatura de la Universidad y en la Escuela de Idiomas. Estudié en las fotocopias la presencia de Francisco Flores y García, Juan José Relosillas, Emilio de la Cerda , José Moreno Villa y Jorge Guillén, entre otros, de la mano de Isabel Jiménez Morales,  Manuel Alberca, Rosa Romojaro, Enrique Baena, Amparo Quiles,  Salvador Montesa,  Antonio Gómez Yebra… y aprendí la lengua de Dante con las puestas en escena de un profesor carismático; Víctor Maña, que nos sorprendió después sacando del armario su faceta de escritor con sus novelas premiadas en prestigiosos certámenes literarios como el Café Gijón y el Vargas Llosa.

Dimos una fiesta para inaugurar el piso de Muro de Puerta Nueva y nos reunimos casi todos los que almorzamos aquel día en el molino de Alcaucín del pintor Plácido Romero; cada cual vinculado al arte de uno u otro modo.

Álvaro García trajo la cerveza y Sebastián Navas hizo de disc-jockey. Hubo que abrir los balcones de par en par, pues las noches de finales de junio venían cálidas, pero, gracias a la biznaga que trajo Enrique Queipo, no nos atacaron los mosquitos.

En la cocina, Marta, Fernando y yo intentábamos abrir unas latas difíciles para poner un picoteo. Fue, desde luego, una empresa heroica, pues todavía no estaba de moda el abrefácil.

De aquella fiesta podía haber escrito un episodio Rafael Cansinos-Asséns para “La novela de un literato”, en fin.

Así comenzaron los años en Puerta Nueva, sin que ninguno de nosotros supiese que con esa fiesta estábamos inaugurando una nueva etapa para nuestras vidas y la ciudad, que todavía, incluso en pleno centro, conservaba cierto aspecto provinciano.

Asomada al balcón, por las mañanas, con el primer café en la mano, observaba en la calle, aún transitada por el tráfico, un trajín evocador de sus orígenes, cuando era punto de destino de las carretas que traían de los pueblos su mercancía agrícola y ganadera o confluencia de bandoleros de intimidatoria fama que desde Andújar, Linares, Úbeda y Montilla venían a planear sus pillajes y secuestros. Todos ellos tenían como hogar ocasional, el Parador de San Rafael o de la Leona; aquel edificio en ruinas que era el principal panorama desde mi balcón y ya sólo era habitado por camadas de gatos vagabundos y en el que yo distraía la vista, después de interrumpir al cuarto folio, la penúltima novela fracasada por falta de argumento.

Sin verla, como tantas veces hacemos, miraba entonces la buhardilla donde pasó sus últimos años el desventurado pintor Joaquín Martínez de la Vega, en manos del alcohol y del delirio. Su vida entonces era un misterio como también su obra, que junto a la de los demás maestros pintores del siglo XIX, estaba oculta al público en los altos del Palacio de la Aduana.

Hicieron falta cuatro lustros para salir de aquel letargo en el que, junto a la ciudad, parecíamos todos estar sumidos, pero fueron dos décadas de cambios acelerados. El Ateneo, de aquel humilde pisito de Ramos Marín, pasó a asentar sus reales en el majestuoso edificio, que fue sede de la Escuela de Bellas Artes de San Telmo y hasta aquel parador de San Rafael, abocado a la demolición, renació de sus cenizas para ser flamante sucursal oficial de Turismo Andaluz.

Otros edificios históricos también fueron restaurados y redirigidos como la Casa de Misericordia de avenida de los Guindos, construida por el arquitecto Juan Nepomuceno Ávila, que sirvió de ubicación a La Térmica, y La Tacabalera, reconvertida en museo ruso de San Petersburgo, se sumó a una amplia oferta museística, donde figuraba ya el Centro Pompidou, el CAC, el Carmen Thyssen, y, por supuesto, el Museo Picasso, de donde salieron las obras de los maestros del XIX, que fueron las últimas en encontrar un hogar, después de haber sido las primeras en el único museo de pintura que tuvo Málaga durante tantos años.

¿Quién nos iba a decir aquella noche de fiesta en Muro de Puerta Nueva que ocurriría todo cuanto ocurrió después? ¿Y quién me podría pronosticar entonces que el argumento tantas veces buscado para mi novela se encontraba delante de mis ojos en aquel edificio en ruinas, sólo poblado por gatos vagabundos y el fantasma de un pintor, que, desde su infortunio de alma en pena, buscaba un lugar para que reposase su memoria?

Ahora ya en la ciudad resucitada, resucita también Joaquín Martínez de la Vega en las paredes del Museo de Málaga y las páginas de una novela. Hace falta muchas veces el paso de los años para comprender el sentido de una llamada.

La novela infinita

5 Abr

La prosa periodística es urgente, aunque no efímera. Este periódico de hoy, que se escribió ayer, mañana dejará de ser actualidad, pero, pasados los años, las décadas y los siglos, será historia; un material imprescindible de referencia que en hemerotecas físicas o virtuales servirá para que las próximas generaciones construyan la memoria del pasado y puedan entender su presente, en simples lecturas curiosas o sintetizando la información a objeto de redactar ensayos o novelas.

En el siglo XXII o XXIII, alguien visitará estas páginas con el interés de conocer los avatares de sus antepasados y recrear la atmósfera de su época; La Opinión de Málaga será para él, para ellos, lo que a mí La Unión Mercantil, El avisador malagueño y otras publicaciones del siglo XIX, que documentan, mejor que ningún medio con exactitud, la cotidianidad ciudadana, el pulso vivo y directo de los días.

Decía Antonio Muñoz Molina que un colaborador, artículo a artículo, va escribiendo una novela sigilosa, pero no son sólo los articulistas quienes la van componiendo, sino también los redactores, los cronistas, los fotógrafos, los maquetadores…Todo el equipo, en fin, de un periódico  hace posible que cada ejemplar sea la nueva entrega de una novela infinita, en la que está implicada el común de los seres humanos: una novela que cuenta, además, con el encanto, la ventaja y el atractivo de estar escrita por muchas manos, lo que implica diversos puntos de vista y posibilita, dada tal diversidad, crearse un criterio propio.

Un periódico que no admite la diversidad de opiniones no es periódico sino mera propaganda; La Opinión de Málaga, ya desde su propio nombre, que es una declaración de intenciones, nació con vocación de pluralidad, o sea, netamente periodística en 1999 y, muy significativamente, en la renovadora estación de la primavera; el señuelo de las letras blancas sobre el fondo verde apuntaba a un deseo de esperanza y renovación, como lo exigía la irrupción de un nuevo siglo. Eso, para algunos, fue una temeridad, pues tenían la idea de que el 2.000 traería el fin del mundo.

Y bien, no era la primera vez que los malagueños sobrevivían a un fin del mundo. Ese tipo de hecatombe ya se había pronosticado para 1885 por el falsario padre José en Tolox con el resultado de la detención por escándalo público de sus iluminados, que desnudos y embriagados bailaban alrededor de una hoguera; “los encuerichis”.

En 1999, los agoreros tuvieron, sin embargo, mucho menor predicamento; el Málaga C.F. acababa de subir a Primera y no era cosa de perderse por ninguna fatalidad la próxima temporada.

Por aquellos días de finales de mayo, yo enfilaba la calle Larios, por donde aún transitaban los coches, con dirección a calle Granada, donde estaba la flamante sede de La Opinión de Málaga. Unos pasos antes de llegar a mi destino, dejaba a la derecha el edificio ruinoso del Cine Echegaray, donde las entradas salían más baratas, pues comentaban que la visita de alguna rata podía amenizarte durante la proyección.

Algo nerviosa franqueé la puerta del nuevo periódico y pregunté por el director, don Joaquín Marín, con quien tenía cita. Yo ya había escrito muchos artículos. Algunos, más bien, la mayoría, estaban ocultos en el altillo de mi armario (de donde espero que nunca salgan) y otros los publiqué en Sur como colaboraciones. Era una aficionada muy entusiasta, pero, sin duda, con más entusiasmo que pericia.

Joaquín Marín no me hizo esperar, era un hombre decidido que no gustaba de malgastar ni un minuto de su tiempo. Frente a frente, en su despacho, tras un breve saludo cordial, me dirigió una de sus miradas avasalladoras y fue al grano, como era su costumbre:

-He leído cosas tuyas y no están tan mal.

Eso, desde luego, no sonaba a piropo, ni tampoco lo pretendía. Joaquín sabía que lo mejor para estimular a un principiante no era la lisonja; que yo lucharía para poder mejorar ese juicio y llegar del “no tan mal” al “bien” o al “muy bien”. Debo decir, a su favor y en mi beneficio, que eso llevó su tiempo. Mal maestro es el poco exigente.

Luego volvió a lanzarme otra de sus miradas penetrantes y me preguntó:

-¿Estarías dispuesta a escribir una columna cada semana?

Respondí que sí inmediatamente. La duda me ofendía. Entonces una columna semanal me parecía muy poco. Creía que tenía muchas cosas importantes que decir y que las podía decir a diario. Tenía, desde luego, la arrogancia ignorante de los inexpertos.

Después de veinte años, puedo decir que un compromiso semanal no es cosa baladí, que requiere un gran esfuerzo, si no se quiere bajar el nivel. Eso me hace admirar muchísimo y darle título de heroicos a los compañeros que escriben a diario; que hacen la doble tarea de estar al cabo de las últimas noticias y comentarlas, además, con talento. Si lo logran ¿qué le consagran a su vida personal? ¿de verdad se puede hacer algo más a lo largo del día?

El periodista es vocacional o no lo es. Sólo una vocación importante justifica esa esclavitud al compromiso, que es estar encadenado a la actualidad día y noche ¿merece eso la pena?

De un modo del todo egoísta tengo que decir que sí. Los periodistas no sólo son necesarios para los lectores actuales, sino también para los lectores futuros. Por eso me parece inexacto que se diga que crean prosa fugaz, cuando están construyendo historia; documentos, sin duda, imprescindibles.

He visto con mucha emoción en la edición extraordinaria del 31 de marzo las portadas de estos 20 años de La Opinión de Málaga. El periódico ha sido un fiel portavoz del siglo XXI a nivel nacional e internacional, y también ha participado en el indiscutible progreso de la ciudad.

No se apostaba mucho en 1999 por este periódico ni por el nuevo siglo ni tampoco por la ciudad en el nuevo siglo y menos por un alcalde que decían que sería de tránsito, y, sin embargo ha sido hasta hoy una pieza clave para Málaga en el florecer como destino turístico de preferencia. Los extranjeros ya no vienen de paso hacia la Costa del Sol; se quedan y, si el tiempo no contribuye, visitan los museos, pasean por un centro histórico atractivo y restaurado, se alojan en bonitos hoteles y comen en prestigiados restaurantes. También en el puerto, que ya no es coto cerrado.

Málaga 1999-Málaga 2019. Quedan muchas cosas por hacer, pero sería de necios decir que no hemos mejorado. Hemos visto nacer centros culturales, Centro Andaluz de las Letras, La Térmica, Casa Gerald Brenan  y pasar otros a mejor situación (el Ateneo de calle Ramos Marín a la Escuela de Bellas Artes de San Telmo en plaza de la Constitución).

Ya no hay vuelta atrás. Hay que mejorar más aún y contarlo en La Opinión de Málaga.

Boquerones en vinagre

15 Feb

Hay razones poderosas por las que no puedo ser vegetariana. A bote pronto, se me ocurren dos; el jamón y los boquerones en vinagre. Según la teoría del determinismo biológico, cada cual es consecuencia de sus genes y del medio ambiental en el que crece, de modo que si ese medio incluye bandejas de excelentes boquerones sobre la mesa, es cosa de la fatalidad que jamás pueda asumir los mandamientos vegetarianos, por más que sienta un gran cariño hacia los animales. Me encantan los animales vivos, sin duda, pero también inevitablemente muchas veces cocinados y eso afecta, de modo especial, al boquerón que es para mí lo que la magdalena para Proust; el sabor innegociable de la infancia; con su ajito picado, su perejil y sus pedacitos de huevo duro por encima o, mejor dicho, por lo alto. Quien lo probó, lo sabe.

La ciencia de preparar unos buenos boquerones en vinagre como la de hacer sardinas en espeto es una habilidad genética que se lleva en la masa de la sangre y concierne a la raza malagueña. No se trata sólo de seguir los pasos de una receta, si de eso se tratase, las tortillas de patatas de los bares de tapas de Ámsterdam, por ejemplo, no nos sabrían a todo, menos a tortilla de patatas e igual podemos decir, sin sectarismos patrioteros, que la pizza que hace un italiano no va a saber nunca igual que la que hagamos nosotros por más cariño que le pongamos a la masa. En cuanto al rollito de primavera ¿de verdad que es capaz de hacerlo alguien si no es chino? ¿Por qué- digamos también- (porque alguien tenía que decirlo) los ingleses guisan tan mal y malogran hasta las ensaladas? ¿será siempre culpa del cilantro? No, no es eso. En definitiva, hay que concluir que la cocina es cuestión de carácter, de etnia, como la lengua. Por ello, el cogerle el punto a los boquerones en vinagre depende del origen del cocinero. Sin cierta predisposición natural ,le salen o demasiado viscosos o demasiado duros o demasiado agrios.

Cierto es que yo pongo el listón muy alto, pues el referente son los boquerones en vinagre que hace mi madre que, con total objetividad y como experta en la materia, afirmo que son los mejores jamás preparados; blancos, jugosos y sin pecar ni de sosura ni de achicharrar por acidez el paladar. El don es el don, más allá de la receta y, si no, que se lo pregunten a Carlos Herrera, que de esto entiende un rato.

El boquerón es nuestro, no hay duda y aquí tiene su cuna y su ciencia, igual frito que en vinagre, mas como todo se actualiza se acaba de publicar un libro “De Rincón, el Boquerón” en el que se proponen veinte recetas para servir el boquerón victoriano, ideadas por cocineros rinconeros y malagueños. Estaremos al tanto y a la espera de que la práctica siga a la teoría y haya puntos hosteleros donde se sirva menú de degustación. Sin duda, se han esmerado, habida cuenta de que la gastronomía es uno de los atractivos por los que Málaga es ahora el destino turístico urbano que más crece en España.

Los turistas, que antes tomaban un taxi desde el aeropuerto a la Costa del Sol sin pisar la capital o daban un breve paseo por el centro en el periplo de su crucero, ahora se instalan, al menos, una semana e incluso buscan alojamiento en los barrios; sea porque los precios son más bajos o porque en el centro no caben todos. Mi barrio, por cierto, se ha puesto de moda y, entre autóctonos y foráneos, no hay modo de encontrar un sitio donde aparcar.

Pues, en el lado positivo, no es cosa de acumular los malos humos, han puesto en las aceras estacionamientos de patinetes eléctricos para mejorar la circulación, como viene siendo normal en las demás grandes ciudades de Europa, que, cada vez son más peatonales, instando a que los ciudadanos sustituyan el coche por la bicicleta, el tranvía o esta clase de vehículos.

La acogida de los patinetes, sin embargo, ha dejado bastante que desear; algunos yacen destripados por los suelos, víctimas de un fracasado intento de robo o de un simple acto de vandalismo. Los suecos, que son los diseñadores de tales patinetes, los han hecho mucho más sólidos que los muebles de IKEA y, por fortuna, la mayoría resiste. “Hay que educar a los usuarios para la utilización de los patinetes”, han dicho los responsables de la empresa.  De eso no hay duda, los susodichos vehículos van por el mismo camino de soportar iguales agresiones  que las antiguas cabinas telefónicas. Sobre este asunto, podría publicar ya un ensayo, mi compañero de La Opinión, Alfonso Vázquez, quien tan bien se afana en denunciar los delitos de odio contra el mobiliario urbano y en pedir mejoras en la infraestructura de nuestros barrios. Si, como ha dicho el Ayuntamiento, va a crear rutas en ellos para hacerlos más atractivos, la cosa está en marcha. Hay que lavarles la cara, hay que arreglar las aceras. Igual, si uno coge un patinete, a cómo están de accidentadas las aceras, va y se parte la crisma.

Si mi barrio, con las mejoras, se superpuebla aún más, voy a tener que irme yo, porque no quepo o, como poco, a aprender a usar el patinete. Pues da igual, asumo el riesgo; haré lo imposible por no atropellar a ningún transeúnte.

Isco, líder de La Roja

29 Jun

Le ha tocado a una vivir el Mundial en el banquillo por una lesión de pie y así no sabe si el surrealismo de los encuentros es efecto de esas raras fatalidades que se dan en estos casos o del colocón de los Nolotiles. México gana a Alemania, Senegal a Polonia y Uruguay golea a Rusia (3-0), y aunque no sea lo usual ni mucho menos, una se alegra un poco de que países poco agraciados por la fortuna se lleven alguna alegría por la magia de unas horas sobre el césped.

Como no soy madridista no tengo que hacerme cargo de esa confusión que debe ser lamentar un gol de Ronaldo, cuando tanto se celebran en temporada, porque en virtud de estas lides internacionales resulta que el favorito es contrincante y el aficionado un patriota dividido en sus sentimientos. Hay un Ronaldo fenómeno que hace ganar la Liga y otro que, en el último momento, con los colores de Portugal le mete un tanto a España y le afea el resultado con un empate. Qué se siente en estos casos, digo yo, ¿cómo se asumen estos desdoblamientos de personalidad de jugador y aficionado?

Una que fue muy feliz en los tiempos del Málaga C.F. con Pellegrini no sabe qué sensación tendría si Willy Caballero le parase un gol decisivo a España, pero, en honor a tan gratos momentos, le duele ver al guardameta derribado por tres goles de Croacia, como si le llegaran recuerdos aciagos de aquel 0-5 contra el Celta, de funesta memoria para los blanquiazules.

Menos mal que Isco, también procedente de aquella época dorada de Pellegrini, viene a ponerle una nota de esperanza al torneo. Ese chico que creció con el Málaga en los años de la crecida malagueña es ahora el líder de la Selección Española; una noticia que a los malaguistas nos alivia del reciente bochorno de bajar a segunda y nos devuelve el orgullo lastimado.

Acabo de leer un artículo de Pablo Pombo en su sección “Esplendor en la hierba”, que me ha animado bastante el día. El artículo se titula “Salvar al soldado Isco” y se prodiga en elogios hacia quien ha sido el jugador más valorado de La Roja, después del encuentro del pasado lunes contra Marruecos, que sacó el malagueño adelante no sólo por el primer gol del empate, sino porque, según vimos y dice Pombo, su juego fue un prodigio en la estética que no se veía en La Roja desde los tiempos del mejor Xavi y añade que ni Cristiano, ni Messi ni Neymar han jugado el Mundial como Isco. Cosa bastante cierta, habida cuenta de que, aparte del empate con Marruecos, fue un penalti fallado de Ronaldo lo que logró que España quedase primera de grupo y pudiera jugar contra Rusia el próximo domingo.

Pombo, en estas efusivas líneas, por las que, a partir de ahora, le profeso la mayor simpatía, asegura que Isco es hoy a España lo que Messi es al Barcelona, que es un elogio bastante exacto, pues el argentino es el jugador más grande dentro del equipo azulgrana, pero hasta el reciente martes, que se creció con Nigeria, suele estar completamente desubicado fuera de él, como puede verse en sus actuaciones anteriores con la Selección Argentina. En este caso, sí, claramente, se puede decir que hay dos Messis: el de la Liga, prácticamente imbatible, y el de los Mundiales; hasta el pasado martes,  absorto, perdido y estático como gato de yeso. En definitiva, Messi puede ser, en las circunstancias adecuadas, tan magnífico como Maradona, pero no es Maradona. No es el “Pelusa” del Mundial 86, que llega desde el otro extremo del campo, como una flecha, a la portería, por sí solo casi, después de regatear a seis jugadores. Messi necesita compañía; esa compañía propicia, que no halla en sus colegas de Selección y sí en el Barça. Él no es el mismo sin esta coyuntura, aunque algunos fans incondicionales no se resignen a aceptarlo.

Entre ellos, el joven indio, Dinu Alex, que, a los treinta años se ha suicidado después de la goleada de Croacia a Argentina con un Messi ausente. La elocuente nota que dejó ante lo que consideró una insufrible derrota personal decía así: “Ya no queda nada para mí, me voy. Mi Dios del fútbol me decepcionó”.

Fanatizarse con humanos y convertirlos en ídolos es siempre un asunto trágico. Cuando no dan la talla de divinidad, como es lógico, unos los matan como Chapman a Lennon y otros, como Alex, se dan muerte a sí mismos. Debía de haber esperado el chico para ver la actuación de La Pulga contra Nigeria. Aunque no encuentre su juego el argentino, tiene su orgullo y saca pecho en las malas.

Comprendo lo que es desesperarse, pero también, por experiencia, que en el colmo de la desesperación, se abre una ventana a la esperanza y pasa algo de veras bonito.

El malaguismo no se va al traste por la afición, que es sin duda la más conocida entusiasta, ni tampoco por la cantera que da figuras a los grandes equipos nacionales y buena imagen en el fútbol internacional. Isco es un jugador limpio, elegante y honesto que, sin personalismos, sabe lo que es la modestia y jugar en equipo. Tenemos el orgullo de saber que su oficio pulcro y sus maneras se curtieron en esta ciudad del sur, de la que no pocas veces se destaca el primitivismo merdellón. Y, sin embargo, está claro que en muchas ocasiones se equivocan. Creo que ningún himno más que el nuestro dice; “sin orgullo cuando ganan, cuando pierden sin rencor”, que es el verdadero espíritu de la deportividad.

Cuando voy a los colegios a presentar “NadaDora y Boquerón”, el primer cuento malaguista, me preguntan desde cuándo me gusta el fútbol. La respuesta es fácil; yo conocí el Málaga de Pellegrini y de Isco. Eso no es apostar por un ídolo, sino por toda una filosofía del fútbol; la mejor.

Artista y animal

15 Jun

Cierto es que Picasso no hubiera sido posible sin la escuela de pintura malagueña. Aprendió de su padre, por ejemplo, la querencia a las palomas y de Carbonero la simpatía al mono.

Es de imaginar que Pablo debió ser muy niño cuando vio la mona que el pintor perchelero había traído de su viaje a Marruecos con el maestro Ferrándiz. Más niño aún que cuando aquel terremoto el día de Navidad de 1884 le causó la soñada conmoción por la que pintaría el Guernica. Tan niño era que tal vez ni siquiera hubiese nacido, pero ya la recordase, tales trampas misteriosas tiene la memoria.

La mona de Pepito Carbonero era muy asustadiza y solía esconderse en cuanto escuchaba un ruido intempestivo, como los petardos que prendían los niños en fin de año. Por eso, fue su terror descomunal cuando, en plena plaza de la Merced, bajo el estudio que ella habitaba, proclamó el cantón republicano el segundo batallón de cazadores de Torrijos con gran alarde de sables y de pólvora. El pobre animal amedrentado fue hallado después del estrepitoso acontecimiento, oculto tras una pila de lienzos, tapadas las orejas con sus manos.

Que ningún mono es igual a otro en el carácter, lo demuestra el valor del mono de Fortuny, que fue el primer pintor en ir al África para ilustrar la guerra y también en traerse de allí un simio por el que hacerse acompañar en su taller. El animal revoltoso y de tendencias pirómanas, se divertía quemando con fósforos las acuarelas con tal entusiasmo que un día se prendió fuego a sí mismo en el estudio romano de via Flaminia, como si fuera un exaltado Nerón.

Desde la campaña de Marruecos, los monos proliferaron en Málaga hasta dar nombre a la plaza de la Victoria y, de entre ellos, se hizo célebre el mono Perico, que, al quedarse viudo de su pareja de hecho, Pilita, se consolaba en la jaula sin pudor ante las tiernas miradas infantiles, que le arrojaban cacahuetes, para que así no le faltasen energías en aquellos enérgicos juegos malabares, de los que se sentían tan maravillados.

Por aquella tradición malagueña de los monos, Picasso se procuró algunos en sus domicilios itinerantes; un macaco africano lo acompañaba en Bateau-Lavoir y otro de su misma especie en Cannes. Pero no eran los únicos animales que le hacían compañía, pues como afirmaban sus amigos, cada taller suyo era como el arca completa de Noé; perros, gatos, palomas, peces, loros, lechuzas y cabras, que le servían de modelos, inspiración y solaz y le daban confianza. Diría una de sus compañeras, Françoise Gilot, que “los bichos estaban exentos de las sospechas con que miraba a sus amigos”.

Los animales para Picasso eran también simbología, como se aprende en esta magnífica exposición de la Fundación Picasso, comisariada por el experto picassiano, Rafael Inglada.

El bogavante que, en el surrealismo de Dalí, era un objeto sexual por comestible, muy del agrado del pintor costeño en Portlligat, para Picasso representa la amenaza, en cuyo contrapunto está el pez sosegado como homenaje al mediterráneo natal y los días azules de la infancia.

El caballo muy presente en tiempos de historia inquieta es la guerra y el toro, la fuerza, la cabezonería, la potencia masculina, asociada a la corrida, y al propio Picasso, quien, con estatura mitológica, fue bautizado como Minotauro y que tal vez sugestionó a Isabel Allende para que creara ese personaje tan viril de el malagueño en Inés del alma mía.

De la lechuza tiene, como Minerva, los ojos inmensos y penetrantes que trabajan de noche con luz propia. Y del perro, en fin, no tiene nada. Para Picasso, el perro es el carácter distinto y complementario; el testigo leal y sumiso que necesita en sus periodos de creación. Tuvo muchos, muchísimos, hasta sus últimos días.

Decía un amigo que el carácter de las personas podría definirse según sea su preferencia por los perros o por los gatos. Por lo general, los escritores se decantan por los gatos, misteriosos y altivos, elegantes y escépticos, amantes del silencio y de la noche; benefactor espacio para la creatividad literaria.

Hay una chispa de empatía que salta entre esas criaturas de natural huraño e independiente, el escritor y el gato, y llega a ser vínculo perfecto de dos soledades que se acompañan. Antipáticos oficiales como Bukowski, Edgar Allan Poe o Jean Paul Sartre cedieron a sus encantos y, a partir de ahí, la nómina es infinita; Emily Brönte, Baudelaire, Herman Hesse, Truman Capote, Ernest Hemingway, Julio Cortázar, María Zambrano, Pablo Neruda o Jorge Luis Borges, que le dedicaron prosas y poemas admirables; No son más silenciosos los espejos/ ni más furtiva el alba aventurera/ eres, bajo la luna, esa pantera/ que nos es dado divisar de lejos/. Por obra indescifrable de un decreto/ divino, te buscamos vagamente/ más remoto que el Ganges y el poniente/ tuya es la soledad, tuyo el secreto/.

A menudo es el gato el que busca al escritor y no viceversa. Contaba la poeta Rosa Romojaro, que había aparecido una gatita preciosa en su jardín con intención de quedarse. Es seguro que no fue casualidad, la felina fue llamada por su instinto al hogar adecuado, entre los versos. Ha elegido la mejor compañera.

Pero no es cuestión de simplificar, a veces el mejor amigo de una poeta es alado. Mertxe Manso me hablaba de pájaros libres que vuelan por su casa y de un loro, que, de aeropuerto en aeropuerto, lleva en sus viajes por el mundo. Poeta pirata fue también George Brassens con su loro en el hombro, y con sus gatos…

Plaza de la Merced, un asunto literario

4 May

Me gustaba la Feria del Libro en el Parque por representar ese espacio abierto de jardín frente al mar del que tanto gozaron habitantes ilustres como Vicente Aleixandre, Rubén Darío y Jorge Guillén, pero hay que reconocer que tal vez ahora que los libros parecen en sí mismos un arma revolucionaria frente a un mundo adocenado por las consignas virales, esas fáciles recetas de pensamiento global (¿pensamiento?) que propaga internet, se encuentren más a gusto en la Plaza de la Merced, que es señuelo, desde siempre, de vientos revolucionarios.

Aquí vivió el General Riego, del que recibió su nombre hasta mediados del siglo XX (Plaza de Riego), quien se dejó la vida en combatir el absolutismo del monarca más nefasto de nuestra historia y que también se recuerda por apellidar el himno de la República. Aquí hubo ruido de sables cuando se decidió proclamar el cantón independiente de Málaga, aquí se erigió el monumento a Torrijos y sus compañeros, fusilados sin juicio previo en la playa de San Andrés, por querer recuperar para el país el aliento liberal de la Constitución de 1812. Y aquí también sufrió una gran emboscada quien quiso consolidar la villa para el cultivo de las artes, bajo el signo del progreso. Aquí, en fin, están presentes muchos héroes que dieron la vida por defender la libertad y, en ese marco heroico, pintan los libros de maravilla.

A día de hoy, no creo que haya un acto de mayor rebeldía que desconectar todos los invasivos aparatos electrónicos e, ignorando sus continuas alarmas, entregarse en silencio a las letras; pensarlas despaciosamente, digerirlas, y amotinarse contra la corriente. Sin amenazas de virus inminentes, sin inoportunas descargas de baterías, sin sobresaltos. Hay otros placeres, ya sé que sí, pero ninguno tiene tan pocas contraindicaciones.

Las comilonas siniestran los estómagos y, si son acompañadas de alcoholes, también los hígados. Y el sexo, en fin, requiere compañía por lo general, que es adentrarse en ese complicadísimo universo de las relaciones humanas. Los libros son otra cosa, los puedes dejar y no te riñen y, cuando vuelves a ellos, te acogen de nuevo sin reproches ni rencor ¿se puede pedir un amor más incondicional?

Costar, no cuestan mucho. Son gratis si tienes un carné de biblioteca y, si los compras, el librero te da quince días para hacer la devolución. Un tiempo muy sensato para decidir si los quieres contigo para siempre.

Feria del Libro, Plaza de la Merced. Me gusta esto. Entre tantas historias, contenidas en volúmenes, sopeso cuáles serán mis compañeros de verano, y en tanto, me recreo la vista con el violaceo color de las jacarandas y dialogo con los fantasmas de la plaza.

Me viene a ver Alejandro Sawa, que fue el Max Estrella de “Luces de Bohemia”, el escritor que intentó la fama en Madrid y París con iluminada pluma, pero que después de deambular por tabernas y cafés dormía en el hueco de una escalera y murió loco, ciego y furioso.

Veo también a Pedro Luis de Gálvez, vecino de la plaza, no tan conocido por sus brillantes sonetos como por su personalidad controvertida. Fue bohemio y anarquista y por no poder vivir de la literatura, sobrevivía dando sablazos como un mendigo. Se le acusaba de violar y asesinar monjas y de la ejecución del escritor Muñoz Seca como chivato, pero acogió en su casa a perseguidos como Ricardo León y protegió a muchos más de signo contrario. En torno a él se forjó una negra leyenda, que, como toda leyenda, tiene un poquito de fantasía y se consolidó como personaje en “Las máscaras del héroe” de Juan Manuel de Prada.

Por supuesto, no faltará Arturo Reyes, el primer feminista de la ciudad, que contó tantas desgracias de las mujeres humildes de la Trinidad y el Perchel, como la Goletera, que por sufrir una violación de niña, andaba manchada para siempre y, guardando su tragedia en silencio, tenía que renunciar al amor y el matrimonio ¿Qué pensaría Arturo Reyes de este asunto de “La manada”?

Pero mi visitante favorito es Juan José Relosillas, fue un articulista malagueño, amante de la sátira y la buena mesa. Por su acierto en la parodia tuvo muchos enemigos y le cerraba el gobierno a menudo publicaciones combativas como el “Etcétera”. Sin embargo, él no desistía y volvía a editar otra revista igual de beligerante que la anterior, que le costaba las más duras represalias y persecuciones, hasta que se hizo conservador y, aunque relajado, empezó a morir lentamente. Dejar su lucha lo mató, porque la lucha era su ser.

Entre todas estas presencias, la de Pablo Picasso es la más palpable por su célebre casa natal y esa estatua sentada en el banco de la plaza, que es la atracción favorita de los turistas.

Pienso a veces que esta estatua debe sonreírse al pensar que un crítico de arte local al publicar un catálogo sobre pintores malagueños en torno a los años 30, escribió “A Picasso no lo podemos incluir, porque todavía no sabemos si es pintor”.

Mañana a las seis de la tarde torearé en esta plaza con la firma de mi nuevo libro “El horror es mío (cuentos de humor y pavor)”. Y me sentiré a gusto comoquiera que se den las circunstancias, por ser parte sentida de este lugar, que entre la historia y la ficción, ha dado y seguirá dando tantos argumentos.

El chándal pa comprar tabaco

8 Dic

En honor a la Navidad que se aproxima, los escaparates se han llenado de pijamas. Donde antes se ofertaban vestidos ligeros de lentejuelas con finos tirantes y espaldas a la intemperie, ahora hay pijamas de esa gruesa y confortable tela, llamada coralina, que ha venido a sustituir en el andar por casa a la lana del pirineo y al ya ancestral boatiné. Dichos pijamas, rojos por lo general, lucen en sus pecheras, motivos muy evocadores y entrañables;  el Papa Noël, un oso polar, un reno o el tradicional muñequito de nieve.

Estas nuevas guisas que son tendencia en nuestras fiestas, a lo que se ve, vienen con su lección sociológica añadida. La crisis sigue y no es momento de poner la calefacción a tope y andar por los privados dominios en cueros como en remotas fechas más prósperas. Eso ya lo harán otros por nosotros. Esa gente que nunca tiene problemas de facturas y nos enseñan sus fastuosas mansiones, decoradas para la ocasión, en las revistas de famoseo que hojeamos en la sala de espera del médico y del dentista.

La Nochebuena se la reservo a los míos, dice aquella, ataviada de brillosas transparencias y subida a tacones de aguja junto al indispensable abeto, pero en fin de año, me hago una escapadita al Caribe para broncearme al sol de sus playas y bañarme en sus aguas turquesas. Qué reconfortante es leer declaraciones tan cucas en pleno proceso gripal. Que no falte el Ferrero Rocher, por favor.

Nosotros no nos vamos al Caribe, pasaremos las fiestas íntegras en casa con nuestros pijamas de coralina, a ver si le quitamos grados a la calefacción. La publicidad nos lo aconseja; ciudadano, quédate en casa, disfruta de la vida en familia, porque es lo suyo en estas fechas y, porque, además, la calle está carísima.

Pues eso, a casa, en pijama y con la familia, y cuanta más familia mejor, así nos daremos calor humano unos a otros y ahorraremos en calefacción. Habrá gozos y alharacas con la proximidad reunida y, si hay disensiones con la forzada convivencia, miel sobre hojuelas, las hostias también calientan.

Y, a propósito, que mi vecina de la casa de al lado también ha vuelto por Navidad como en los anuncios de El Almendro. Le han dado permiso en la cárcel por buen comportamiento y, en el firme propósito de reanudar las relaciones familiares con motivo de las fiestas, dijo:

-He venido para matar a mi hermano.

La mujer, vestida de pies a cabeza de cuero, impone lo suyo. De momento, amenaza con matar a su hermano, que es el único superviviente de su familia, pero como son muchos días para tan poca tarea, dice que igual matará también a los vecinos que la han molestado por quejarse de sus gritos, sus peleas y llamar encima a la policía.

– Pero nosotros no hemos dicho nada…

-Tranqui, con vosotros no va la cosa, pero esos, esos, me las van a pagar.

Ay, el hogar, el hogar navideño por más que uno se ponga pijama con pechera de Papa Noël, qué complicado se pone.

Por eso, en Málaga como alternativa al pijama se impone como prenda “el chándal pa comprar tabaco”. Es un desahogo de prenda. Cuando uno se ve en las últimas de las tensiones familiares, se pone el chándal y dice “voy al chino a comprar tabaco” y luego vuelve o no vuelve, eso es opción de cualquiera.

El chándal en Málaga no siempre es una indumentaria para hacer deporte; hay chándales pa comprar tabaco y también para ir de bares. El chándal para ir de bares fue, en principio, comprado para ir al gimnasio, pero, se queda, por el camino, en la intención. Por el camino al gimnasio hay demasiados bares y mucha gente que saludar y, entre unas cosas y otras, ya se sabe.

Esta Navidad, al igual que los chándales pa comprar tabaco e ir de bares, se verán muchos pijamas en la calle. La primera intención era usarlos para andar por casa, pero en Málaga, la calle tira tanto que saca a la persona de casa, como está; en pijama, bata y zapatillas, en medio del día o de la noche, por más que haga un frío que pela.

De todos modos, en casa también hace frío, porque las cifras en el recibo de la luz invitan a desconectar los aparatos. Otra cosa es que la vecina, como anunció al volver de la cárcel, quiera cobrarse la venganza y, para ahorrarse tiempo, del tirón y sin pensar en los daños colaterales, prenda fuego a todo el edificio. Ay, lo calentitos que vamos a estar.

Loa al majarón malagueño

1 Dic

El majarón malagueño. Parece que no se puede añadir nada más sobre el asunto. Ya hay una obra muy extensa sobre este tema, “Teoría del majarón malagueño”, escrita por mi buen amigo y compañero de La Opinión de Málaga, Alfonso Vázquez. Una obra que irá por las tropescientas mil ediciones y que debe de ser disfrutada ya por los indonesios, pues imagino que no hay idioma al que no haya sido traducida. Tal es su provecho y enjundia.

No obstante, desde la humildad, me voy a permitir escribir esta loa al respecto, pues ese gen majarón, consustancial y único de mi ciudad, lejos de abochornarme, me llena de orgullo. Sea que, entre los nuestros, hay majarones que únicamente dan por el saco, pero hay que decir que los que salen con talento son criaturas que sobresalen entre la humanidad mundial y dejan boquiabiertos con sus originales haceres a Oriente y Occidente.

Pongamos que sólo un majarón como Picasso pudo pintar como él lo hizo y, de camino, revolucionar para siempre la Historia del Arte. ¿Que hay otros locos geniales de la pintura, por ejemplo, Van Gogh? Vale, pero hay que reconocer que el pintor holandés no pudo llegar tan lejos como Picasso, que Picasso triunfó en vida y no hubo de esperar a vender después de morir como el segundo y que lo hizo, arriesgando mucho más -en los retratos de Van Gogh los ojos son raros, pero siguen siendo dos y no cuatro, y sus girasoles, aún siendo únicos y particulares, se reconoce enseguida que son girasoles-.

Y es que el majarón malagueño, por más que sea de la más rara extravagancia, no es un loco misántropo. Tiene habilidades sociales como para caer simpático y hacer gentes por donde quiera que vaya. En su tierra, es querido, aunque no comprendido. Algunos manuales de pintura malagueña de principios del siglo XX dudaban de si incluir a Picasso en su nómina, “porque todavía no sabemos si es pintor” y su maestro, el pintor Antonio Muñoz Degrain, se escandalizaba coléricamente cuando el discípulo le mostraba sus últimas creaciones:

-¡Pero, Pablito, esto es un mamarracho! ¡Vas por muy mal camino! Y lo lamento porque dentro de ti estoy seguro de que hay un buen pintor.

En tanto, París aplaudía las rarezas del muchacho y le decía Oh là là!!!!

Tenemos que ser más cariñosos con nuestros majarones, porque hacen bandera de nuestra patria chica y, al final, el mundo los aplaude.

Comentaba mi compañero, Francis Mármol, en su sección “El Castillo del Inglés” que Chiquito de la Calzada, antes de ser famoso, hacía sus parodias en los bares locales para que lo invitasen a una copa y, lejos de ello, lo echaban a patadas.

¿Quién iba a decir que luego triunfaría en TVE y toda España repetiría sus expresiones, tales que finstro y pecador de la pradera , creando un innovador y pegadizo lenguaje nacional? Cuidadol, protejamos lo nuestro. ¿Es que tenemos que esperar a que nos digan en Paris o Madrid que los nuestros valen para empezar a valorarlos?

El majarón, en ciertos casos, puede ser muy creativo. Decía Gustavo García-Herrera, médico malagueño, escritor y estudioso del Arte, que, en el comportamiento humano, es necesario un componente de cierto desequilibrio y que ese desequilibrio es imprescindible para los artistas.

Así pues, majarón no es un insulto, sino la expresión acorde para un talento imaginativo. Muchos de estos conciudadanos que lo comparten, me alegran la vida y me llegan al corazón.

Pienso en el Mocito Feliz, que es ya conocido por toda España en su afán de servirles de telón a los famosos y en el intérprete infatigable de “Cantinero de Cuba”. También pienso en esa mujer que me recuerda el pasar de las estaciones, cuando ando tan ensimismada en mis asuntos que casi no advierto nada fuera de mis preocupaciones, si no es porque la señora, disfrazada de Papa Noël, me recuerda que es Navidad o, vestida de flamenca, indica que estamos en Feria.

Todos ellos tienen su retrato en las paredes de los edificios del barrio de “Lagunillas”, que es el Soho, el verdadero Soho malagueño. Tan cerca del centro oficial y tan diferente del centro oficial. Un lugar para reconocernos y encontrarnos; creativo, peculiarísimo y sólo posible en una ciudad como Málaga.

Por allí campan cada vez más los extranjeros a sus anchas. Encuentran lo que buscan; el espíritu autóctono. Sin franquicias globalizadoras, se prodigan por la calle, tiendas, bares, fruterías, pescaderías y droguerías de barrio de los de siempre (hay un comercio cuya fundación data del siglo XIX). Nuestra Málaga profunda sigue teniendo allí su hueco. Un hueco que hay que proteger y mimar por el bien de todos. Por favor.

La Victoria vuelve a Málaga

15 Sep

Málaga tiene una fecha exacta para el fin del verano, el 8 de septiembre, día de la Victoria. Si ese día por fortuna cae en viernes como este año, los malagueños echan el resto de sus ganas de disfrutar en este puente, viviendo cada día como si fuese el último. Porque, efectivamente, estos sí son los últimos días del verano.

La noche de la Procesión de la Victoria es el contrapunto a la noche de San Juan; aquello era la inauguración de la estación y esto la clausura. Fin. Se acaba el verano, que no el calor, porque éste puede continuar si le da por ahí hasta finales de octubre y hasta redoblar los grados de agosto en algunos días caprichosos.

Más allá del fresquito, posible o no, lo que septiembre significa es la vuelta a la rutina.

El trabajador regresa a la rutina del trabajo y el parado a la suya entre el abatimiento y la inquietud, después de una tregua de ocupación ocasional en la hostelería durante la temporada alta.

Ahora sí se puede hablar propiamente de “Vuelta al cole”; antes creo yo que no, pues, por ganas que tengan de vender los comerciantes, ponerse a pregonar el regreso al cole en pleno agosto cuando la mayoría puede tomarse las vacaciones, es un modo de disparar la angustia anticipatoria a nivel colectivo. O sea, dicho claro y pronto, que eso está muy feo y no se hace.

Vuelve la Victoria a Málaga, pero no se queda en La Rosaleda. En la inauguración de la Liga, la U.D. Las Palmas nos meten tres goles. Es un desastroso modo de comenzar la temporada, aunque nos suena de otros años. Ha habido temporadas triunfales para el Málaga como la de Pellegrini, pero abundan más aquellas en las que se sufre hasta el último momento bajo la amenaza de bajar a Segunda División como una espada de Damocles siempre suspendida sobre la cabeza. La afición hace lo que puede, pero qué se puede hacer si cada vez que sale un buen jugador de la cantera, que es lo que salva al equipo, va y se lo lleva otro club más solvente.

La Victoria ha vuelto a Málaga. No se ha quedado en La Rosaleda, pero sí en la Avenida de Velázquez, donde ha abierto sus nuevas instalaciones. La cerveza Victoria que abrió su primera fábrica en el barrio de El Perchel en 1928 y se convirtió en un icono de la ciudad “malagueña y exquisita” con la imagen de ese turista alemán que se seca la coronilla con el pañuelo, tuvo que cerrar en 1996 y trasladarse a Murcia, donde se produjo hasta ahora mismo, que regresa para crear muchos puestos de trabajo y 1´2 millones de litros al año. Con panorama tan refrescante a la vista, no hay quien tema ya a los calores del veranillo de San Miguel o del membrillo.

El maestro cervecero de la casa, Eduardo Sall, describe la bebida con ese tono sensual, rayano en lo erótico, tan propio de las etiquetas de vinos y licores:

Victoria es una cerveza dorada y brillante, con burbujas finas y abundantes. En nariz presenta un toque de fruta madura y mucho olor a levaduras que le dan carácter. En boca su perfecto equilibrio dulzor-amargor, le otorga un sabor exquisito con un final torrefacto que invita a volver a degustarla.

Entre tantas malas noticias, el regreso de la cerveza Victoria me ha alegrado la semana, aunque he de reconocer que me piqué un poquito cuando supe que con motivo de la inauguración, habían celebrado una fiesta multitudinaria con ágape y conciertos y no me habían invitado, siendo yo tan buena publicista y cliente y estando avalada por uno de los premios al que le tengo mayor estima, el de “la compra de cien euros”, que me tocó en el supermercado el pasado año al comprar un pack de la bebida, como fue debidamente documentado en Facebook.

Además de este obsequio, he recibido de Victoria, muchísimos otros regalos que constituyen el pack de mis complementos de verano: el abanico, la bolsa de playa, el cesto de la compra y el bol para servir la porra antequerana. No obstante, aunque lógicamente agradecida por tanta generosidad, sigo considerando que debían haberme invitado a la fiesta de inauguración, siendo que en el cuento “NadaDora y Boquerón” he puesto a la cerveza Victoria al mismo nivel que otros iconos idiosincrásicos de la ciudad: La Manquita, el Cenachero, el Málaga C.F, etc… y no en la pretensión de adular, sino con plena convicción, pues creo yo que, más allá de una marca, la cerveza Victoria es un verdadero símbolo de referencia para la ciudad y, sea como fuere, seguiré dando constancia. Ahora bien, espero que, cuando hagan la próxima fiesta, me avisen.

Plaza de la Merced

2 Jun

Yo tengo un  bello proyecto para el cine Astoria, que abarca toda la plaza de la Merced y dice así: “En cada uno de sus vértices se colocará una sencilla fuente para surtir al público y, en el centro, la originaria de la que manara el caudal vertiente de aquellas. La forma de la central será más esmerada aunque también de lujo. Consistirá en un islote de llorones y adelfas, por entre los que debe serpentear el agua y precipitarse sobre cascadas al pilar rústico que formará el depósito de esta fuente. Los triángulos que resulten de la indicada partición contendrán subdivisiones de jardinería y cuadros de flores (…) También se edificarán canapés en los círculos que rodean a las fuentes.

Los árboles que las formen serán de distintas especies, colocadas simétricamente, tales como catalpas, zeforas, fresnos de las Luisianas, acacias, glicias, plátanos orientales, bellas sombras, paraísos y otros, cerrando la alineación de sus tramos, adelfas dobles encarnadas con algunos ramos blancos y rosales de diversos colores. Todo este ameno recinto se cerrará con un muro de naranjos y limoneros, cuyas ramas entrelazadas desde el nacimiento de sus troncos, formarán una perspectiva más risueña y grata con su verdor constante”.

El proyecto no me lo he inventado yo, data de 1833, y fue una simple iniciativa irrealizada como tantas. No obstante, me parece bien logrado. Sería muy hermoso que los terrenos del Astoria sirviesen como pulmón verde a la ciudad al igual que los del cine Andalucía. La ciudad ganaría no tanto en cifras, pero mucho a nivel anímico, sobre todo, al llegar el verano, cuando el ladrillo y el cemento multiplican el manotazo de fuego del terral.

Por el momento, yo disfruto de la floración primaveral de las rosadas albizias y las inefables jacarandas, comprendiendo en su justo punto estético por qué Juan Gaitán, mi compañero de los viernes, llama a esta ciudad “Ciudad Violeta”.

Hay lugares hermosos en Málaga, pese a esos paréntesis de descuidos, sobre todo, en la dolorosa periferia de los barrios. Hay lugares, objetivamente, mucho más bellos que la Plaza de la Merced, jardines asomados al mar en el Limonar y La Caleta, que justifican que Vicente Aleixandre llamase a nuestra ciudad, “Ciudad del paraíso”.

Sin embargo, creo que, entre todos ellos, no hay ninguno más emblemático que esta Plaza de la Merced, paradójicamente de espaldas al mar. En ella se simboliza gran parte de lo que somos. Y así lo celebra en uno de sus más célebre artículos, nuestro Juan José Relosillas, también vecino de este espacio, al igual que otros fantasmas legendarios.

Aquí nació Pablo Picasso y vivieron otros genios estrafalarios que sólo se pueden dar por estos lares; el poeta Pedro Luis de Gálvez y el escritor bohemio Alejandro Sawa. Incluso Bernardo Ferrándiz, quien con su apasionada persistencia formó la Escuela de Bellas Artes de Málaga en la segunda mitad del siglo XIX, que ahora sirve de referente en el Museo de la Ciudad.

El obelisco que se alza en el centro de la plaza en homenaje a Torrijos da testimonio del espíritu  indómito que ha sido santo y seña de la personalidad malagueña, rebelde y valiente contra la tiranía de Fernando VII y contra toda imposición irracional, valga la redundancia, que se haya querido imponer (valga la redundancia también).

Por algo esta plaza se llamó antes, Plaza de Riego en memoria del general liberal que la habitó.

Otro elemento de la plaza son los extranjeros, nada nuevo por otra parte.

De ingleses, franceses, alemanes y holandeses están hechos los apellidos de esta ciudad desde el siglo XVIII. Gente bien aceptada cuando han venido a  generar prosperidad y crear puestos de trabajo y que supieron que la condición para establecerse aquí no era sino la de mezclar su sangre con la autóctona para crear vínculos con la tierra de acogida.

Lástima que estos vínculos en los que la aristocracia se perpetuó, practicando la endogamia, produjesen ese mal de la “majaronería”. Hemos tenido majarones ilustres y otros no tanto, qué se le va a hacer.

Pero, en definitiva, es primavera y en nuestra plaza de la Merced, han florecido las albizias y las jacarandas. También las casetas de la Feria del Libro con sus libros en papel que son igualmente de sustancia vegetal.

Y yo creo que nos tenemos que seguir dando una oportunidad, tanto a los espacios verdes como a la cultura, porque esta ciudad es tan grande como la hacen nuestras ganas y nuestros deseos. Vamos a por todas.