Planilandia

2 Mar

 

En 1884 el reverendo Edwin Abbott escribió una novelita estupenda e indispensable para los amantes de la ciencia ficción llamada Planilandia.

La novela está narrada por un cuadrado – de hecho Abbott la firmó originalmente como A Square – que habita en un mundo en dos dimensiones. Los habitantes de Planilandia viven en algo similar a la superficie de un folio. Todo su mundo y movimientos son sobre el folio. Nada arriba, nada abajo.

Nuestro cuadrado tardará en comprender la naturaleza de una esfera que viene de Espaciolandia, pero querrá abrir los ojos a un punto, que no concibe ninguna dimensión y que está convencido de que ocupa todo su universo: Puntolandia. El cuadrado comprende todo y termina en prisión.

Abbott quería criticar la sociedad victoriana en la que vivió. La falta de perspectiva  en nuestra especie es continua. De vez en cuando a un punto se le aparece un cuadrado y a un cuadrado una esfera. La cuestión es la reacción.

La política española se ha movido en dos dimensiones habitualmente. El paradigma izquierda-derecha ha tratado de constreñir cualquier movimiento dentro del espectro. Pero ¿es este el único margen de definición y actuación política? ¿Y si hay otros ejes que pueden aportar nuevas perspectivas?

Hace poco tiempo pude escuchar a Juan Carlos Girauta señalar otro paradigma. Otros puntos cardinales, algunos de los cuales os describo a continuación, añadiendo otro de mi cosecha.

El eje europeísta-antieuropeo: ¿queremos más o menos Europa?

La Unión Europea ha sido el experimento de paz más fructífero que ha conocido el viejo continente. Por eso amantes de la paz como Zweig querían una Europa unida de países hermanos. También quería una cultura y progreso comunes. Antieuropeos proliferan de izquierdas y de derechas, pero suelen tener en común el extremismo.

El eje globalizador-antiglobalizador. ¿Queremos comerciar con todo el mundo o queremos ir hacia la autarquía? ¿Plantear la apertura a la creación y al emprendimiento o el encierro por temores ancestrales?

Un tercer eje del nuevo paradigma de la política actual es el del cosmopolita frente al nacionalista. Más antiguo de lo que parece pero con gran capacidad para el camuflaje. Un error constante de conservadores y socialistas en España ha sido el concebirse mutuamente como enemigos. Esto era así porque se podían expulsar del poder uno a otro. Como los nacionalistas se conformaban con gobernar en una zona, podían ser aliados para contener al adversario.

Para que la frivolidad anterior pueda producirse he pensado un nuevo eje: el del partido como fin o el partido como herramienta. Si el partido es un fin, España es un medio para la supervivencia y bienestar del partido. Hay hasta quien considera al partido un ente que le habla: lo ha dicho el Partido. Estos mediums suelen perder de vista que trabajan para mejorar la vida de los españoles y no para los partidos.

Quien tiene esta concepción de España como herramienta no tiene problema en pactar con quien quiere destruirla, se llame Pujol, Ibarretxe o Rovira. Todo por el partido. Muy del Ingsoc.

La concepción contraria, la del partido como herramienta, es incompatible con estas prácticas. Se puede llevar al poder al rival político, e investirle presidente si consideras que evitas un mal a tu país y consigues la incorporación de algunas de tus políticas, que no de tus políticos.

 La gran ventaja táctica del nacionalismo es que ha contado con la argamasa del odio al diferente. Un odio común hace que conservadores de CIU puedan ir de la mano con antisistemas de las CUP. También es cierto que el nacionalismo garantiza su permanencia en el poder. Y los conocidos percentiles.

El gran drama es que los viejos partidos ven a España como un medio para su supervivencia. Por eso la feroz resistencia frente a los cambios que pueden abrir grietas en los búnkeres de la partitocracia, ya sea la Ley Electoral, la elección de los jueces por alguien diferente a los políticos, igual con el Fiscal General del Estado o con los medios de comunicación públicos.

Atacarán con furia a todo aquel que amenace el status quo. Será el enemigo aunque sea europeísta, globalizador y cosmopolita. Aunque la amenaza no pretenda serlo. Golpearán con todo: se aliarán hasta con antieuropeos, nacionalistas, antiglobalizadores y golpistas. Veloces en línea recta como el Thunderbird de Thelma y Louise, el egoísmo su motor y la soberbia su combustible, hasta el fin del folio…

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