El Viaje Onírico. Experiencias.

30 Mar

Noche estrellada, de Vicente Van Gogh

Podemos viajar a través de las palabras y con los sueños también.

Hay tantos modos de viajar como pueda uno imaginar. Se viaja con los sentidos físicos, con la mente imaginativa, con el sueño. El viaje onírico es de los que más interés suelen suscitar en las personas que se habitúan a considerar los sueños, o al menos determinados sueños, como la manifestación de un tipo de “continente mental sumergido”, por llamar de algún modo a ese universo onírico, aún  muy desconocido, y no del todo valorado en todas sus vertientes, por la mentalidad del hombre actual.

El panorama va cambiando poco a poco, y ya existen lo que algunos llaman “bancos de sueños” en muchos países del mundo occidental. Son lugares donde se reciben, almacenan y catalogan sueños de quienes voluntariamente los envían, y se hacen estudios sobre ellos, entre otras cosas. Incluso existen un foros en Internet, (¿qué no hay ya en La Red?), como The Dreamers, entre otros muchos, con sus típicas ofertas. Hay también una rama de la ciencia neurológica y del estudio del cerebro humano que tiene como objeto de estudio el proceso fisiológico del dormir/soñar. El ya clásico libro del doctor Peretz Lavie, “El fascinante mundo del sueño”, en la colección Drakontos, es una buena muestra de este aspecto último a que me refiero. El autor israelí es director del Laboratorio del Sueño en Haifa, y pionero de un tipo de estudios sobre sueños. Trabaja también en universidades norteamericanas. En anteriores textos nos hemos ocupado tanto de este libro como de estos temas, pero ahora tratamos de dar un paso más en ese sentido, ya antes tocado : el mundo de los sueños.

Aquello que escribiera G. A. Bécquer de “… pero sé que conozco a mucha gente/ a quienes no conozco”, en su famosa Rima LXXV, – si la tal rima no es de Gustavo Adolfo Bécquer, desde luego se le atribuye a él-, se ajusta a lo que estamos planteando: existe una dimensión accesible al cerebro humano, y también a sus posibilidades cognitivas, de la que muchos tipos de sueños son su más elocuente muestra, su manifestación constatable por toda persona que se ponga a la tarea. No son precisos o necesarios, en principio, más instrumentos que una elemental disciplina, y una simple libreta donde ir anotando, de manera pormenorizada, y a ser posible cada día, lo que uno va soñando. Importa saber luego relacionar cosas que se sueñan con cosas que nos ocurren en la vigilia, cuando hay vías de conexión entre ambas dimensiones, la onírica y la de la vigilia.

Pero de cuanto he leído sobre esta cuestión, la que ahora más me motiva y sugiere ideas que algún día, quizá, serían aplicables a nuestro mundo, (si no del todo sí al menos en parte), es la información que nos dejó el investigador de la cultura Senoi y las relaciones y usos que estos pueblos tenían con el sueño. Me refiero ahora al etnólogo británico Kilton Stewart, cuyas revelaciones sobre una cultura que hacía un uso del soñar encaminado a erradicar todo tipo de conflicto violento entre los miembros de sus comunidades son asombrosas. Este científico y otros que le han seguido no dudan en comparar los logros psico-sociales de los pueblos Senoi con los avances tecnológicos occidentales de las investigaciones y conocimientos científicos de los átomos. ¿Imagina ustedes una sociedad donde prácticamente no se daban guerras, ni asesinatos, ni violaciones de derecho de ningún tipo? ¿Qué clase de “magia” han sabido encontrar esos pueblos, en otros aspectos aún instalados  en la prehistoria o casi, en el uso de los sueños para resolver todo tipo de conflicto?

No hay magia alguna. Sólo que por las razones que fueren, supieron un día aplicar la racionalidad humana a esa dimensión, en apariencia irracional, al menos para muchos, -de hecho, los sueños no son en absoluto un universo de irracionalidades, sino, como mucho, un amplísimo espacio abierto a lo sur-real, como bien sabía Salvador Dalí -, y se pusieron manos a la tarea: integrar el soñar en las tareas del día a día de la vigilia. En cierto modo es como si de un proceso que ocurre en nuestra fisiología y además atañe a nuestra percepción del mundo, hicieran algo más que dejarlo en simple proceso psico-biológico: le dan un papel o una función altamente socializadora, y se sirven de los sueños para lograr una mayor cohesión de los miembros de su comunidad entre sí, armonizándose. ¿Son “salvajes” los Senoi? Hmm.

Guiados por “hombres sabios” de sus tribus, los Senoi han logrado usar el soñar y los sueños como auténtica palanca de socialización integral y pacífica en sus comunidades tribales. ¿Podemos considerarlos, después de comprobados estos datos ,como “hombres primitivos”? Tengo muchas dudas al respecto, y más aún desde que supe de los trabajos de K. Stewart.

Lo dudo mucho. Y ahora, a continuación, ofrezco a los lectores la información pertinente de cómo suelo anotar y llevar este tema de los sueños, cosa que hago desde mis tiempos como profesor de instituto, pues llegado un momento consideré oportuno dar a mis alumnos una determinada información sobre la utilización de los sueños, de manera personal y deliberada, para cosas como eliminar hábitos nocivos (fumar, por ejemplo) o incrementar la memoria y rendir más en sus actividades académicas e incluso lúdicas. Me consta que muchas de aquellas “clases” no cayeron en saco roto.

Por cierto, no refería experiencias personales del tipo que ahora sí aparecen aquí. Y cuando alguna vez intenté comprobar sus avances, los de los alumnos y alumnas, comprobé la enorme capacidad que solían tener para aprender cosas nuevas, y cómo algun@s de ell@s me superaban, y no poco, en el manejo de sueños.

Notas.- Sueños del 15 al 16 de septiembre, 2008 (¿chamánicos?)

1) Estoy con X. Ante nosotros, un grupo de personas, de entre 40 y 70 años, nos miran. Casi todos son varones, y visten ropa de tipo rupestre, como de antiguos pintores de cavernas. “¡Son chamanes!”, me oigo pensar en el sueño, y sé que X está de acuerdo. Yo llevo una larga vara de hierro, recta, de unos dos metros y medio, que en la punta tiene un pequeño foco de luz. Sin que ellos me lo pidan, les hago entrega de esta vara metálica de luz, de hierro como he dicho, y de color negro. La toma el que parece ser el jefe de todos ellos, y nos invita a una especie de fiesta entre ellos. Despierto de ese sueño.

En otro sueño, separado del anterior por un tiempo que no podría precisar, pero que me daba la impresión borrosa de ser una especie de continuación del antes narrado en forma muy resumida, yo repartía entre unos hombres de mi edad más o menos, todos adultos de unos 55 a 60 años pero representando ser más jóvenes, una especie de pasta marrón para fumar, “es como hashish”, pensé yo en el sueño. Y al pensar esto, uno de los que se disponían a llenar su cazoleta para fumar, me miró, sonrió, y asintió levemente con la cabeza. A esas alturas de mi sueño yo sabía que estaba entre chamanes, y que se disponían a decirme algo, o a iniciarme en algún tipo de enseñanza. Recuerdo que al empezar el reparto de la sustancia, (que uno de ellos había traído y me la entregó para que hiciera yo el reparto), me disponía a darle a uno de ellos una cantidad, que sería como del tamaño de una uña del dedo gordo de una mano adulta, me dijo que eso era mucha cantidad para una vez, y yo la reduje. Y el resto del reparto ya lo hice de acuerdo con lo que era lo correcto, según se me había hecho saber. Yo no fumé nada, ni tenía en mi mano cazoleta para ello, ni pipa de fumar, ni arguile o cosa semejante. Ellos, sí. Todos comenzaron a fumar en silencio, de forma muy pausada, y sólo recuerdo que se instalaba entre nosotros una especie de paz, armonía o acuerdo de sentires que reconfortaba. ¿Era esta la fiesta a la que se me invitaba en el sueño anterior? La pregunta vino a mi mente en un instante, y al punto desperté. Ambos sueños (esa sensación tenía yo) habían sido con chamanes.

Nota.- Lo más curioso de todo es que esta mañana misma, luego de recordar los sueños, me ha venido la impresión de que en noches venideras volveré a soñar con esas personas, y algo se me hará saber. Ignoro qué pueda ser, pero de momento una cosa sí se ha instalado con más fuerza de la que antes tenía en mi mente: es preciso ser austero en casi todas las actividades que emprendamos. Austeridad más de espíritu, que no estrictamente material.

Y más : debo aclarar que aunque en mi estancia en Casablanca, Marruecos, (como profesor de Literatura Española  y Lengua Castellana, en comisión de servicios durante cuatro años), probé dicha sustancia en varias ocasiones, no soy adicto ni al tabaco siquiera, que hará ya más de diez o doce años dejé de fumar, sin aparente esfuerzo. Tampoco soy (¡ya, ahora!) bebedor, salvo en ocasiones de alguna fiesta o celebración importante.

Y me pregunto : ¿por qué era yo, en el sueño, quien hacía el reparto de la sustancia entre aquellos chamanes? ¿Tal vez estaba en esos momentos a su servicio? No lo sé. Volveremos sobre estas cosas cuando la ocasión lo demande. Por ejemplo, cuando nos ocupemos de un estudio sobre pinturas de esquizofrénicos, y también de las capacidades terapéuticas de la pintura y la escritura, cosa que muy bien saben los psiquiatras, – por no hablar de sus pacientes. Gracias.

¿Ver : Percibir?

27 Mar

Lilith, con la Sierpe. Y Evening Mood

(La mirada desnuda)

I En términos generales la manera como solemos ver el mundo viene muy condicionada por : 1) la forma que en que nos ha sido dado vivenciarlo; 2) la interior experiencia que cada cual ha ido desarrollando; y, 3) por el modo como nombramos al mundo. En cierto sentido, al nombrar vemos la cosa nombrada, pero…, ¿la percibimos como es?

Y esto, el cómo nombremos al mundo, va a ser lo que ahora nos centrará en estas breves reflexiones. Comenzaremos por lo que se podría llamar el “núcleo” de la cuestión, o si se prefiere por “lo axial” del tema : el lenguaje es un “con-formador”, o un “con-figurador” del mundo en la percepción de los seres que en él se organizan, nacen, viven y, finalmente, mueren luego de haber experimentado ahí, en ese mundo, un sinfín de situaciones, cosas, procesos de todo tipo.

Vivencias, (si no la mayoría, sí que muchas de ellas), las cuales no siempre son traducibles a  palabras, habladas o escritas.  (¿Es por eso que nacen las diversas Artes, entre otros evidentes motivos o causas, como pueda ser la propia necesidad de auto-expresarse el alma humana? No lo sé. Y sobre no saberlo, esa pregunta nos apartaría demasiado del tema ya inciado).

Hace apenas un par de días, – el pasado 24 del mes en curso, concretamente -, el diario ABC publicaba, en su sección de Ciencias, la noticia, (ya conocida desde otros foros de la Red, por cierto), de que el cerebro toma las decisiones unos 200 milisegundos antes de que lo sepamos. Y ofertaba a los lectores la posibilidad de enviar comentarios : esa loable costumbre que este diario, La Opinión de Málaga, puso en práctica hace ya años.

Pues bien : ya en la noticia misma podemos detectar empleos, (que me atrevo a calificar como “confusos”, o al menos no muy claros), usos del lenguaje y de los términos que en él se contienen, que no favorecen, creemos, la correcta intelección de lo que está realmente pasando con esas investigaciones que dirige el señor don Manuel de Vega, director del proyecto NEUROCOG. Y adviertan que re-marco lo de “en la noticia”.

II Pero como el tema es muy amplio y tiene una cierta cantidad respetables de posibles senderos, o si se prefiere, vericuetos, tratemos de centrarnos cuanto nos sea posible. Sin necesidad de remontarnos a filósofos que cita en su magnífica obra “Lenguaje y realidad” ese notable sabio que era Wilbur Marshall Urban, sí que creemos oportuno acudir a algo que allí dejó escrito (pág. 468 de la obra citada) :

“B)La ciencia como metafísica disfrazadaLa poesía, como hemos visto, es una metafísica disfrazada. La ciencia – por lo menos en su forma no trunca – no lo es menos. Así como no podemos hablar de poesía sin hablar de metafísica, así no podemos hacernos inteligibles en la ciencia, en última instancia, sin hablar un lenguaje metafísico. Si el arte y la poesía constituyen una métaphysique figurée, la ciencia no lo es menos, sólo que las figuras son muy diferentes en los dos casos.

III Debemos señalar que W. M. Urban deja claros, a lo largo de su obra, los conceptos que va utilizando, de manera que en ningún caso el lector se pierde en un marasmo de palabras, y también debemos anticipar que aquí ahora no es posible precisar lo que en un voluminoso libro de más de 600 páginas se desarrolla. Con todo, y si alguien se interesa en estos temas de los alcances del lenguaje en lo que a filosofía atañe, al final haré referencia a un otro gran libro : el del sabio profesor don Emilio Lledó.

Bien, ¿y qué?

Pues ante todo, esto : sólo desde una adecuada perspectiva nos es posible afirmar o, en su caso, negar cosas cuyos límites todavía no hemos alcanzado a vislumbrar. Cosas como el Cosmos, la Vida, los límites de la Materia…, ¿hasta qué punto todo eso nos es real y verdaderamente accesible o está a nuestra entera comprensión, habida cuenta de que nos hallamos, y valga la metáfora, en el centro mismo de la vorágine que tratamos de controlar? “Está”, hemos escrito : porque, – como se verá con detalle en otros textos -, una cosa es que algo exista, y otra muy diferente que exista para ser entendida por nosotros, en nuestra actual situación intelectiva. Y retengamos esto último escrito en cursiva.

Somos algo así como una burbuja en el seno de una masa de agua que hierve y cambia, y…, ¿queremos desde esa posición describir no ya la masa de agua misma sino hasta la olla donde se supone que hierve? ¿Acaso no parece cosa evidente que la apelación a cierta “manera metafísica” acaba resultando poco menos que precisa? Y despojemos a la noción “metafísica” de todo su contenido “fantasmal”, retornando a lo que con esa palabra quería decir su creador sumo, Aristóteles, y que es esto tan sencillo : “tá meta physika” : “las cosas que están (ubicadas) más adelante o más allá de donde están las cosas que atañen a la Física”.

IV Ahora, como es el caso que lo que está a mi personal alcance no son “cosas de ciencia”, sino cierta, determinada “ciencia de las cosas”, y lo que quería buscar era la relación entre el nombrar que es ver y el percibir, el hasta qué punto sean asimilables, y  hasta qué punto el lenguaje “con-figura” o “modela” las percepciones, ahora, -decía-, tengo que retornar a nuestros pastos, (valga la metáfora), volver a los campos que nos son conocidos y por lo tanto más transitables. Así que dejemos ahí lo de la ciencia y la metafísica, y retornemos al arte, a la poesía, y a las maneras como se manifiestan en la cultura de cada época, – : la de los románticos, la de los modernistas, la de los clásicos actuales y sus referencias continuas a los clásicos originarios de la Historia. Y ya, ahí retornados, podré poner algún ejemplo de cómo las manifestaciones de eso que llaman “el alma humana” es, a la vez algo que moldea, algo también que nos viene moldeado.

Y esto lo veremos en la confrontación entre dos obras de arte, dos cuadros de dos pintores de la segunda mitad del XIX, cuadros que ya hemos contemplado en anteriores textos de estos foros de La Opinión de Málaga. Me estoy refiriendo a la Lilith de John Collier, ahora “versus” o “frente a” esa “The Evening Mood” de W. A. Bouguereau. La primera obra es de 1892, y la del francés Bouguereau es de 1882. En términos generacionales, son coetáneas.

¿Por qué lo veremos en obras de un arte visual, la Pintura, y no en obras de Poesía (o Literatura)? Por dos razones ahora : la obra pictórica tiene una determinada inmediatez en su aprehensión, en su captación por el que la contempla, en tanto que la poesía, (la poesía de dimensión literaria, claro es) no la tiene. La pintura es un arte espacial, en tanto que un poema o una narración no lo es, no es “espacial”, sino que precisa, para su captación o aprehensión, de un decurso, de un proceso lector. La poesía es un arte temporal. (Aunque no esté de más hacer esta salvedad : algo hay de temporalidad en obras pictóricas, y también algo de cierta espacialidad en muchos  poemas. Pero esto sería tema de otro tipo de texto). Sobre estas mismas cosas deseo volver a no tardar mucho en este mismo mes, ya casi entrante, de abril, al paso que intentaré un doble homenaje a un malagueño ilustre fallecido hace ya un año y persona, como se verá, de extraordinaria humanidad y sabio saber estar. Hablo de don Francisco José Fortes Figuerola, director que fuera durante nueve años del Hospital Clínico de Málaga, y autor, como se sabrá, de interesantes obras y trabajos. (Pax tecum, Paco).

V Antes de irnos : como cuando tengo algún tipo de duda sobre algo trato de resolverla antes de pasar lo que escriba a la luz pública, acudí, (para asegurarme de una inicial sospecha sospecha mía), a la opinión de un antiguo y buen compañero de claustro en el IES “Pablo Picasso”. Se trata de don José Luque Baena, (Pepe Luque para  los amigos), quien durante años ha sido allí profesor de Historia del Arte, mientras yo lo era de Lengua Española y Literatura. Y he aquí lo que me dijo acerca de las figuras femeninas representadas en pinturas de fines del XIX, -figuras ambas que ya vimos en anteriores textos de estos foros de blogs-, sobre su posible tratamiento pictórico similar o bastante parecido. Transcribo las palabras del mail que tuvo Pepe Luque la gentileza de regalarme, pues es con su permiso que lo hago público, y le reitero, ahora en público, las gracias que en privado le manifesté.

Esto me dijo :

“Pues he rotado con Photoshop la imagen de Evening Mood y la he colocado junto con la de John Collier y, en efecto, hay una gran semejanza en sus cuerpos y forma de tratarlos. Te adjunto foto.”

Y sin más por ahora, vean los lectores el resultado de lo que mi compañero me ha hecho llegar, y cada cual juzgue por sí mismo.

Nota.- Este es el libro, de notable amenidad y hondura asequible, del ilustre sabio y profesor, filósofo y filólogo, catedrático primero de instituto y luego de universidad, don Emilio Lledó Íñigo : “Imágenes y Palabras. Ensayos de humanidades.

Edit. Santillana, S. A. TAURUS, Madrid, 1998. (Ahora destacaría su ensayo primero, el titulado “El Arte y la mirada.”). Gracias a todos.

Sí, pero… ¿Mitos, hoy?

25 Mar


Una modelo "clásica" del XIX

¿Es Alice Prin, – también conocida como Kiki de Montparnasse, modelo de escultores y pintores, amante de diversos hombres del mundo del arte y la literatura -, un “objeto de veneración” capaz de generar cierto arrebato mitómano? ¿Incluso hoy todavía lo es?

Sí, sí lo es, en mi estimación. Pero debemos matizar cosas, aparte de dar los imprescindibles datos sobre esta singular mujer de la vida bohemia de las primeras décadas del XX.

Nacida casi con el pasado siglo (en 1901), Alice fue en todo una mujer del París de los felices años 20, que a ella le alcanzaron con la edad ideal para eso que llaman “locuras de juventud”.  Amante de Man Ray, y modelo de artistas de las vanguardias europeas, tanto escultores (desde sus catorce años) como pintores de la talla de Modigliani, aún hoy día es capaz de invitar a homenajes, como la de la chica en blanco y negro, que se muerde apenas el labio inferior, en un estudiado gesto de erótica coquetería. O eso creo, eso me parece, admitiendo la fingida naturalidad de la mirada y el gesto. Me refiero ahora a la imagen que pusimos en un texto anterior a éste, titulado “¿Una Conciencia Cuántica?”.

Los mitos, a partir del siglo XX, sobre todo a partir del Surrealismo, adquieren una dimensión que, a mi entender, sería deseable que se abordaran desde perspectivas nuevas, acordes con las actuales dimensiones que creemos se van adjuntando a la noción de “mito”.

La llamada también “Reina del Montparnasse”, Alice, murió joven : a la edad de unos 51 ó 52 años, consumida tal vez por los excesos (alcohol y otras drogas, amén de una infancia algo dura, según se deduce de su biografía) e incluso, quién sabe, por un cierto despego de la vida : esa velocidad que adoró en su día el Futurismo, para el sano vivir no debe de ser, imagina uno, aconsejable.

Si comparamos esa joven que se adorna usando como pendientes unas cerezas, y que es un cuadro que W. A. Bouguereau trató en varias de ocasiones, una como la figura, se diría que clásica, que ahí vemos, otra con el título de “Las primeras joyas”, y alguna más quizá que tenemos ahora en olvido, y donde el mismo modelo femenino aparece en diferentes modos, todos cercanos entre sí pero no idénticos…

Si la comparamos, decía, con la fotografía artística de la eventual amante de Man Ray, Alice Prin, estamos ante dos visiones, ya algo distanciadas, de la idea del mito : el pintor francés sigue en la línea de los pintores clásicos, y el genial fotógrafo y polifacético vanguardista norteamericano se sitúa ya en una corriente que llega hasta nuestros días y tiene no pocos cultivadores. Y cultivadores de gran valía, como puedan ser José Manchado, pongo por caso. Para quienes quieran ver la fotografía de Alice, desnuda ante un espejo, que hizo el norteamericano, se oferta el link (suelo llamarlos también “puentes cibernéticos”, pues prefiero la metáfora al anglicismo) que abajo ven, y nosotros seguimos.

http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Akt_mit_Spiegel.jpg

Nuestra pregunta ahora es si en la actualidad los mitos persisten como lo que fueron en épocas pasadas, o si han cambiado de manera ya inevitable. No se trata de que hoy nadie crea en Isis u Osiris, en Zeus o los Atlantes; ni siquiera se trata de que en este dichoso “siglo de siglas”, (que era más bien el XX), y su sucesor, inevitable ya, “siglo de mass-media”, (que es lo que llevamos del XXI), se escriba una Gigantomaquia, o se adore a Diana en los bosques, no es eso. Y se hace excepción de algún que otro grupo de pirados.

La cosa más bien va en el sentido de si el hombre de las grandes ciudades de hoy tiene algún tipo de fe en mitos como los citados u otros similares. Y, al margen eso, si en la actualidad, lo que se ha convertido en “mito de consumo”, tal como pueda ser un futbolista de moda o una “reina de la belleza” (: no hace apenas nada, murió la “mítica” Lyz Taylor, por ejemplo), un cantante de moda o lo que suelen llamar (¡ese increíble disparate!) “figura mediática”, esas cosas, en fin, funcionan como antaño funcionaban los mitos, esto es, si cumplen una misión similar.

Como se trata, a mi parecer, de una cuestión que merece su tratamiento cuasi sociológico, y como este texto ya va siendo largo, aquí dejamos la cosa planteada y en posteriores ocasiones retomaremos esta cuestión. Puede que merezca la pena, pues…, ¿quién no desea conocer mejor su tiempo y las cosas con las que necesariamente ha de convivir?

Cosas ciertas y falsas

23 Mar

La Susana San Juan del "Pedro Páramo"

El número de cosas que pensamos y carecen de existencia real, se diría que es bastante alto. Digo “existencia real” refiriéndome ahora a que sean cosas que existan tanto si las pensamos como si no las pensamos, pues es sabido que todo lo que se piensa, de alguna manera, es algo que existe ya : como cosa pensada, existe. Un mundo novelesco fantástico existe. Como los unicornios o las hadas madrinas. Pero su existencia está limitada a un ámbito muy estricto, que es el de la novela donde se ubican sus cunas, donde han nacido. O al “espacio mental de los mitos”, que para el caso sería lo mismo.

La Susana San Juan del “Pedro Páramo” tiene la misma realidad que Dulcinea del Toboso, por ejemplo. Y resulta algo curioso, -pero que en mi manera de ver todo esto es innegable-, el hecho de que algunos de los seres de ficción llegan a tener más “realidad” que la inmensa mayoría de los que llamamos seres reales, seres con consistencia carnal, física, sometidos a las leyes ¿universales? de la gravedad, el paso del tiempo, las de la termodinámica…, etc. Porque, ¿quién es más real para un lector adicto, póngase por caso, a “La Isla del Tesoro”, Jim Hawkins, Billy Bones, Long John Silver..., o cualquiera de los miles y miles de lectores que desde 1881, en una revista inglesa para niños, y desde 1883 ya en su edición como libro, comenzaron a vivir las aventuras del grumete Jim?

Más aún : para muchos, a salvo quizá algún historiador de la Literatura que se haya especializado en Roberto Luis Stevenson, éste, (como Juan Rulfo, o como Miguel de Cervantes, etc.), sería menos real que los seres que pueblan su maravillosa novela. Porque los autores obras suelen ser, en su inmensa mayoría, mucho más efímeros que sus creaciones. ¿Suelen por eso muchos pintores hacer autorretratos, aparecer Velázquez pintando “Las Meninas” o en una esquina de “Las Lanzas”, mirarnos de ese modo inconfundible Vicente Van Gogh, porque ya saben ellos que así perduran más, o por un simple “aquél aquello” de auto-complacencia con la propia imagen? Eso ya no es asunto de este breve texto.

La cuestión sería ahora tratar de establecer un criterio claro que nos permitiera separar las cosas que tienen una existencia independiente de nuestro pensamiento, de las cosas que sólo existen porque las imaginamos o pensamos. Si alguien miente, y dice cosas de otra personas, cosas falsas, tales mentiras existen como eso, como mentiras, pero no tienen existencia real. En muchos programas de televisión tenemos ejemplos a manos llenas de esto, e incluso podríamos buscar ejemplos en más de una o dos noticias de “informativos”, vulgo “telediarios”.

Hay que acudir al propio lenguaje, posiblemente, para buscar esos criterios válidos y claros, nítidos, con los que delimitar lo real de lo sólo imaginado o simplemente dicho. Pero acudir al lenguaje sólo, fiarnos nada más que de ese casi universal don, tampoco nos resolvería el caso. Recordemos aquello que puso de moda un jesuita en el siglo XVIII y que venía a afirmar que el lenguaje que hablamos sirve tanto para decir la verdad como para mentir, y en los mismos textos, muy antiguos y tenidos por sagrados, de los Upanisads, se expresa algo semejante o no muy distante de ello. Sin tener que acudir a esos textos, si algún lector se interesa en este punto del tema, me atrevería a recomendar un estupendo libro: “Lenguaje y Realidad” de W. M. Urban.

Llegados aquí considero oportuno remitir a los lectores, por si alguno tuviera interés en ver estas cosas desde otra perspectiva, a un texto anterior de este mismo foro de La Opinión de Málaga :

Espacios Míticos

Y ponemos por ahora punto y seguido a esta elucubraciones, no sin antes re-incidir en una obra que ya hemos citado en otros lugares : “El enigma cuántico”, de Bruce Rosenblum y Fred Kuttner. Porque es algo que en días ya no distantes quisiéramos abordar, desde nuestras obvias limitaciones : la “dosis” de realidad o de irrealidad de esos mundos que nos describen los físicos de partículas sub-atómicas,los protones, electrones,  o incluso esos supuestos taquiones. En tanto eso llega, si el lector así lo estima oportuno, piense por sí estas cosas y hágase cada cual su personal visión del asunto. Gracias.

“Pedro Páramo” (o la soledad)

20 Mar

Paisaje del Altillano de México

Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo. Éste es uno de esos pueblos, Susana.

“Allá, de donde venimos ahora, al menos te entretenías mirando el nacimiento de las cosas : nubes y pájaros, el musgo, ¿te acuerdas? Aquí en cambio no sentirás sino ese olor amarillo y acedo que parece destilar por todas partes. Y es que éste es un pueblo desdichado; untado todo de desdicha.

“Él nos ha pedido que volvamos. Nos ha prestado su casa. Nos ha dado todo lo que podamos necesitar. Pero no debemos estarle agradecidos. Somos infortunados por estar aquí, porque aquí no tendremos salvación ninguna. Lo presiento.

“¿Sabes qué me ha pedido Pedro Páramo? Yo ya me imaginaba que esto que nos daba no era gratuito. Y estaba dispuesto a que se cobrara con mi trabajo, ya que teníamos que pagar de algún modo. Le detallé todo lo referente a La Andrómeda y y le hice ver que aquello tenía posibilidades, trabajándola con método. ¿Y sabes qué me contestó? “No me interesa su mina, Bartolomé San Juan. Lo único que quiero de usted es a su hija. Ése ha sido su mejor trabajo.”

Este fragmento de la novela de Juan Rulfo, de la que ya hemos hablado en anterior texto, como otros muchos de los que se podrían seleccionar acaba por saber, por hacernos sentir a quienes nos enfrasquemos en su lectura, ese agrio sabor de la soledad. Como es cosa evidente digo esto desde mi personal perspectiva, pero no me siento solo en tal visión de las cosas que atañen al México que se diría “profundo, eterno, esencial” : ideas y opiniones de nada menos que ese gran escritor que es Octavio Paz, me acompañan y animan.

Y en especial recuerdo aquel luminoso ensayo suyo titulado “El Laberinto de la Soledad”. Y dejo ahora dicho ya que más adelante quiero ahondar en esa ya casi legendaria figura de Octavio Paz, el autor de la obra citada y de otras como “El arco y la lira”, “El mono gramático”, “Árbol adentro”, o de ese libro, espléndido, sobre Sor Juana Inés de la Cruz, de principios de los años 80. Y sí : en esa relación de obras de Paz, he mezclado ensayos y poesía, mas eso poco importe ahora.

Antes de seguir el curso de estas breves notas sobre una obra universal, queremos ofertar aquí a los lectores la visión de unos paisajes (se diría que) nacidos para revivir soledades, si nos es lícita la expresión. Las soledades que alguna vez sentimos en lecturas de la novela, y la que nos hizo intuir y aprehender el discurso, tan lúcido, del Nobel mexicano (desde 1990), Octavio Paz

YouTube – Pedro Páramo: Localizaciones clip 1

La novela de J. Rulfo se publicó en 1955, y el ensayo de O. Paz en 1950. Pero desde nuestra actual visión de las cosas no hay más conexión entre ese ensayo y esa novela que la naturaleza misma de sus autores, pues ambos son mexicanos, y la profunda visión del uno y del otro de determinadas esencias del alma del hombre de México, que nosotros ahora hemos querido centrar en ese sentirse en una “elemental soledad”: se diría que una soledad de naturaleza atávica y también cósmica.

Y estamos usando ahora esta palabra, cósmica, en su sentido más ambiguo posible, más desconectado de su valor estrictamente dirigido a la “naturaleza física” del Cosmos. Y aclaro esto porque entiendo que el Cosmos tiene más de una naturaleza,  (“imaginario”, por ejemplo; y conectado hondamente a la consciencia, también por ejemplo), como se ha venido poniendo de manifiesto a partir de ciertas observaciones realizadas desde la perspectivas de los científicos que tratan de hacernos comprensibles las paradojas y, hasta determinado punto, “irracionales” del mundo de los “quanta”, esto es, de los fenómenos de la llamada “Mecánica Cuántica”, que nació casi con el pasado siglo XX, siglo tan presente en tantas cosas aún hoy.

Esta visión de la cuestión cósmica (lo aclaro para lectores que compartan esa curiosidad con quien esto escribe) pueden ustedes constatarla en un interesante libro de divulgación científica, “El enigma cuántico. Encuentro entre la física y la conciencia”, de los físicos B. Rosenblum y F. Kuttner, publicado en inglés en el 2006 y traducido al castellano en junio del 2010, en la colección Metatemas de Editorial Tusquets. Pero volvamos a lo nuestro, la novela de Juan Rulfo.

Entiendo que esa soledad que hemos llamado atávica y cósmica, es un tipo de soledad que nos acaba situando, por otros derroteros, por caminos menos trillados, también frente al mito, es una soledad mítica, entendido ahora lo de “mito” como algo que está por encima de lo común. Como cuando se dice de un gran jugador de fútbol o de un gran actor de cine que es “mítico” (: el mítico A. Di Stéfano, el mítico H. Bogart… O la mítica Édith Piaf, esa voz que se nos fue en 1963).

En entradas o textos posteriores y espero que próximos en las fechas a éste de ahora, quisiera ahondar algo en la figura de Susana San Juan, unos de los personajes claves de la novela, donde espero poder desarrollar con más minuciosa atención la cuestión de la soledad, ese tipo de soledad de la que estamos ahora hablando. Gracias, lectores.