Ministros de los pensamientos bonitos

21 Oct

He leído, o eso creo, todas las novelas de Nicolas Barreau (París, 1980). Se trata de un escritor al que algunos consideran, a pesar e su juventud, el maestro del romanticismo moderno (“Barreau es el maestro de la comedia romántica”, dice el periódico La Stampa). De madre alemana y padre francés, estudió lenguas románicas y literatura en La Sorbona. Trabajó durante un tiempo (y eso se nota mucho en sus obras) como librero en la Rive Gauche hasta que se dedicó a escribir. Es una persona tímida y reservada a quien no le gusta aparecer en público. Sus obras, que inicialmente fueron publicadas en una pequeña editorial alemana, se han convertido en un éxito editorial en Francia, Alemania y España. Le encantan el cine y los restaurantes y cree en el destino; rasgos que se reflejan con nitidez en sus novelas.

Pienso que si leyera un libro suyo sin conocer el nombre del autor, sabría al final quién lo había escrito. Porque Barreau tiene unos focos temáticos y un estilo inconfundibles. La última novela, publicada en septiembre de 2017, se titula “El café de los pequeños milagros”. Como en las cinco anteriores (“La sonrisa de las mujeres”, “Me encontrarás en el fin del mundo”, “Atardecer en París”, “La mujer de mi vida” y “París es siempre una buena idea”) la protagonista es una chica maravillosa en todos los aspectos, una chica de atractivo irresistible, tanto físico como psicológico. “La sonrisa de las mujeres” ha sido traducida a 36 idiomas y, como muchos sabrán, se ha llevado al cine con el mismo título.

Hay siete características que, a mi juicio, tienen una presencia casi inexcusable en todos sus libros. La primera es que se trata del género de novela y, concretamente, de novela romántica. La segunda es que, como ya he apuntado, en todas ellas aparece como protagonista una chica deslumbrante que, de la mano del autor, resulta del todo irresistible. Tiene un arte especial Nicolás Barreau para conseguirlo. Lo mismo le sucede al escritor italiano Diego Galdino que, como él mismo me confesó, conoce y admira la obra del autor francés. Baste leer para comprobarlo “El primer café de la mañana”, primera novela del escritor italiano. El título recoge la declaración de amor del protagonista que formula a su chica el deseo de tomar con ella el primer café de la mañana… todos los días de su vida. Lo mismo habría que decir de la segunda novela de este peculiar camarero de un bar de Roma, novela todavía no traducida al castellano. La tercera característica es que la acción transcurre en París (en la última aparece, como no podía ser menos, la ciudad de Venecia). Recrea sus calles, sus puentes, sus restaurantes, sus iglesias, sus parques, sus librerías, sus monumentos… La cuarta es que siempre aparece el mundo de los libros: una librería, una editorial, un escritor de libros, un editor bajo el que se esconde un autor de éxito o una tienda con material de papelería… La quinta es que los finales son siempre felices. Cuestión no menor en un mundo tan cargado de historias tristes y de finales amargos. La sexta es la persistente presencia de hechos o de situaciones increíbles que se producen por azar, por efecto de la suerte o, mejor dicho, de la buena suerte. Él los llama pequeños milagros. La séptima es la presencia de la gastronomía a través de restaurantes con encanto, de menús ingeniosos, de manjares exquisitos… En cuanto al estilo, siempre aparecen algunos toques suaves de humor y, sobre todo, un ágil y entretenido modo de contar historias de amor, sin que resulten empalagosas, ñoñas o ridículas. Hay poco almíbar en las novelas de Barreau, pero mucho ingenio y mucha ternura.

Dice el autor: “Tal vez, sea un romántico empedernido, pero ¿por qué no va a ocurrir en la vida real lo que alguien se ha inventado par escribirlo en un libro? La literatura puede ser un camino maravilloso a la realidad porque nos abre los ojos a todo lo que puede suceder. ¡A lo que puede suceder cualquier día!”.

Siempre he tenido la sensación al leer sus libros de que es un pena que vayan quedando cada vez menos páginas. Y eso es, a mi juicio muy buena señal.

En la última novela, “El café de los pequeños milagros”, el joven italiano Valentino Briatore se declara ante su amada francesa Nelly Delacourt como su Ministro de los pensamientos bonitos. Hermosa iniciativa, que se va concretando en diálogos sugerentes y expresiones llenas de emoción. “Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos”, le dice a su amada utilizando la frase de Neruda.

¿A qué viene todo esto? Viene a reclamar la atención sobre el mundo de los afectos y sobre la importancia de la educación emocional. Hay excesiva violencia en las relaciones, excesiva torpeza y excesiva pasividad. No vendría mal cultivar un poco la sensibilidad, el ingenio, la simpatía y la emoción a través de las palabras y de las pequeñas acciones.

Se ha trabajado poco esta dimensión del ser humano, tanto en la casa como en la escuela. Se ha hecho siempre más hincapié en las competencias intelectuales y en las manuales. La dimensión emocional ha sido silenciada, minusvalorada o, incluso, ridiculizada y despreciada. Está claro, sin embargo, que estamos amasados con sentimientos y que es en esa parcela donde echa sus raíces el árbol de la felicidad humana,.

En el campo de las afectos, cada uno (cada una) hace lo que Dios le da a entender. Nada se ha enseñado y nada se ha aprendido al respecto. Así nos va. “En el colegio se aprende historia, geografía, matemáticas, lengua, dibujo, gimnasia… Pero, ¿qué se aprende con respecto a la afectividad? Nada. Absolutamente nada sobre como intervenir cuando se desencadena un conflicto. Absolutamente nada sobre el duelo, el control del miedo o la expresión de la cólera”, dice Filliozat, ya en 2003.
Los varones tenemos dificultades añadidas. Porque todavía pesan aquellas viejas consignas: “los hombres no lloran”, “emocionarse es de mujeres”, “los hombres que lloran son unos afeminados”, “los verdaderos hombres no son sensibleros”…

– Nunca me dices que te quiero, le dice la esposa al marido.
– Eso ya te lo dije hace veinte años en La Coruña, responde el interpelado.

Lo propio del hombre era salvar a su dama con actos heroicos, con la entereza de su carácter o con la fuerza de su valentía. No con la delicadeza, no con la ternura.

Hace años que conozco esta historia y no sé muy bien dónde la oí o la leí por primera vez. Me aventuro a decir que fue en un libro de José María Cabodevilla, no recuerdo ahora cuál y sería una tarea ímproba ponerme a buscar la referencia.

Laura, hija del rey Yvorin, era famosa por su belleza y por su pericia en el juego del ajedrez. Cierto día llegó al castillo un apuesto caballero, llamado Huon de Burdeos, y fue cortésmente invitado por el rey a cenar. Durante la sobremesa el caballero se jactó de ser insuperable en el juego del ajedrez. Entonces el rey le hizo la siguiente propuesta:

– Esta noche puedes jugar con mi hija. Si ganas, obtendrás su mano; si pierdes, serás decapitado al amanecer.

El caballero aceptó. Y ganó. Pero ganó porque Laura se dejó ganar: mientras jugaban se había enamorado del caballero.

Estamos acostumbrados a que sea el hombre quien salva a la dama. En esta hermosa historia es ella la que lo salva de la muerte. No con las armas, no con la fuerza, sino con el amor. También es cierto qué él arriesga la vida por ella. Una hermosa historia de reciprocidad.

Es un cargo hermoso y comprometido ser Ministro de los pensamientos bonitos. Es un cargo importante. Deberíamos desempeñarlo todos y todas con responsabilidad y eficacia. En nuestras relaciones profesionales y, por supuesto, en las relaciones personales. Pensamientos bonitos que se materializan en frases llenas de afecto, de ingenio y de respeto por las personas a quienes queremos. Pensamientos que se concretan en acciones de cercanía emocional y de afecto sincero con quienes tenemos cerca.

¿Cómo es posible?

14 Oct

Estamos inmersos en una endiablada crisis que tiene fracturada a la sociedad catalana y sumido a todo el país en un clima de irritación, angustia e incertidumbre. Sé que es imposible meter en unos párrafos toda la complejidad de este problema sobre el que, como se verá, tengo más preguntas que respuestas, pero lo intentaré.

Vivimos un momento delicado porque la espiral de la sinrazón puede ir creciendo hasta llevarnos a situaciones incontrolables: hay protestas, las protestas se reprimen, la represión acarrea protestas más violentas que a su vez son reprimidas de manera más contundente… Hasta que haya víctimas mortales que se conviertan en mártires que agiten los ánimos. Hasta que desaparezca la razón y llegue el odio ciego. Y la violencia sin fin. Ojalá no pase.

1. ¿Cómo es posible que, en un momento de la historia en el que se derriban fronteras y se siente cada día más la condición de ciudadano del mundo, haya un importante sector del pueblo catalán que pretende elevarlas hasta el cielo, manifestando rencor, odio y animadversión a quienes quedan del otro lado de ellas? ¿Cómo se ha fraguado esta pasión irracional? Porque, a mi juicio, de una pasión se trata. Hay quien habla de “un pueblo enfermo”, de una religión totalitaria, de un fanatismo miope, de un sentimiento pueblerino.

2. ¿Cómo es posible que un gobierno como el de Cataluña lo sea solo de una parte de la población, mientras la otra no existe o no tiene importancia para él? El Presidente lo es de los independentistas y de los constitucionalistas. No puede destinar el tiempo, el dinero y las leyes al servicio exclusivo de una parte de la ciudadanía. No es lógico. No es justo. No es democrático. Una cosa es un partido y otra un gobierno. El partido busca sus fines. El Gobierno debe servir a los fines de todos los ciudadanos y ciudadanas.

Un gobierno no puede tener una sola hoja de ruta, una sola preocupación de lo que no le aparta ni la ley, ni las quejas de una parte de la población que quiere seguir siendo catalana y española, ni los problemas reales de los ciudadanos ni la corrupción que ha estado metida hasta la entraña de muchos gobiernos catalanes anteriores, ni la fuga de empresas, ni la falta de apoyos internacionales… Solo importa un fin. Solo importa el sentir de una parte de los ciudadanos que, casualmente, coindice con el sentir de quienes gobiernan. Una parte a la que califica pomposa y falsamente de “el pueblo de Cataluña”.

3. ¿Cómo es posible que durante muchos años se haya ido sembrando, a los ojos silenciosos de España y del mundo, la semilla independentista a través de la educación, de los medios de comunicación y de muchas leyes autonómicas, encaminadas a servir una causa que ha ido creciendo sin cesar, tanto que se ha convertido en una idea y un sentimiento totalitarios? Quien no comulgue con ellos es discriminado o excluido.. “No es catalán quien no se siente independentista”, ha llegado a decir la señora Forcadell, Presidenta del Parlamento.

4. ¿Cómo es posible que muchas de las ideas que han servido a esta para mí inexplicable causa que va contra el sentido de la historia, hayan estado asentadas en burdas patrañas como “España nos roba”, “España nos oprime”, “España nos odia”…? A fuerza de repetir falsedades se fabrican verdades incontrovertibles. No se puede sostener que España sea un Estado que solamente tiene comportamientos opresivos con una de las autonomías, pero no con las otras dieciséis. ¿Hay algún parcela en la que los catalanes y catalanas no puedan ejercer su libertad en plenitud como miembros de un país democrático? No se puede afirmar que España roba a una autonomía a la que ha entregado en los últimos años 70.000 millones de euros. No se puede afirmar, en fin, con un mínimo de cordura que España odie a Cataluña.

5. ¿Cómo es posible que todos hablen de diálogo y nadie se siente a dialogar? Han dicho que están dispuesto a sentarse a negociar pero, al mismo tiempo, han anunciado que sus tesis previas eran inamovibles. “Vamos a dialogar, pero haremos el referéndum y proclamaremos la independencia de forma unilateral”, decían unos. “Vamos a dialogar, pero no hablaremos de nada que esté fuera de la ley vigente”, decían los otros. Para dialogar hay que sentarse sin anunciar que no se va a ceder en nada. ¿Para qué se dialoga entonces? “Negocien o dimitan”, he leído estos días en una pancarta.

6 ¿Cómo es posible que todo se base en un discutible principio del derecho a la autodeterminación que no figura en la Constitución de ningún país del mundo? El derecho a decidir no es omnímodo. Cuando se invoca la democracia para decidir hace falta precisar qué se decide. Porque no somos libres para decidirlo todo. No se puede decidir en una votación, aunque sea unánime, acabar con la vida de otras personas.Por otra parte, en buena lógica independentista, también los españoles y las españolas tendrían derecho a decidir.

7. ¿Cómo es posible que una parte (al parecer minoritaria o, al menos, no abrumadora) pretenda imponer su criterio a la otra en nombre de la democracia? ¿Cuántos votos hacen falta para que los independentistas, que solo se sienten catalanes, obliguen a quienes se sientes catalanes y españoles a dejar de lado una de sus identidades? ¿Puede obligar una minoría a que la mayoría haga lo que no quiere?

8. ¿Cómo es posible basar la independencia en los resultados de un referendum ilegal, plagado irregularidades, un referéndum en el que aparecieron urnas llenas de votos, en el que se puede votar cuantas veces se quera, en el que no existe un censo fiable ni un recuento creíble de votos…? ¿Cómo se puede decir que lo ocurrido el 1 de octubre es suficiente causa para proclamar la independencia? ¿Cómo se puede afirmar que las cargas policiales contra un acto ilegal justifican la segregación de un estado represor? Cuando los mossos han reprimido una manifestación, ¿ha querido independizarse alguien de Cataluña?

9. ¿Cómo es posible que se haya fracturado la sociedad catalana hasta límites insospechados, enfrentando a familias, amigos, instituciones y partidos sin que nadie sienta la más mínima culpa? La fractura de la sociedad civil está siendo tan profunda que cuesta imaginar los caminos por los que se puede llegar a su restablecimiento. Y cuesta creer que sean los responsables políticos quienes más leña han echado para alimentar este fuego devorador de la convivencia.

10 ¿Cómo es posible que se ordenen cargas policiales violentas para evitar un referendum que no tenía ningún valor? ¿Cómo es posible tolerar la ambigüedad de los mossos de escuadra en el control de los disturbios?

11. ¿Cómo es posible también ignorar el sentimiento y la convicción independentista que tiene una buena parte del pueblo catalán, guste o no guste? No se puede silenciar con argumentos, ni con prebendas, ni con armas ese fervor identitario del que hace gala. No se puede despreciar el fervor nacionalista catalán acudiendo a las leyes, a la historia o a la razón. Cuesta creer que no se hayan visto tantas manifestaciones multitudinarias, que no se hayan oído tantas proclamas y que hayan pasado inadvertidas tantas esteladas. Se ha acudido a la Constitución, a los tribunales, a la policía y a los jueces para silenciar ese clamor. Es como tapar el fuego con papel. Por eso muchos dicen que antes no eran independentistas y que la pasividad, la cerrazón, la impermeabilidad, la insensibilidad del gobierno central les ha impulsado hacia el separatismo.

12. ¿Cómo es posible que, en un pleno rocambolesco del Parlament, se declare la independencia y se anulen los efectos de la misma a los 8 segundos? ¿Cómo es posible que se solicite la mediación internacional entre quienes exigen el cumplimiento de la ley y quienes se sitúan fuera de ella? Porque sin ley no hay democracia. Aunque la ley sea siempre revisable.

Todo esto es posible, a mi juicio, porque se piensa con las vísceras. Llega un momento en el que desaparece la razón y solo rige la pasión. La pasión por las propias ideas y la pasión contra las ideas del otro. Eso es fanatismo. ¿No podemos convivir como ciudadanos del mundo? Porque es cierto que hay cosas que nos separan, pero hay muchas más que nos unen.

A mí me gustaría que Cataluña siguiera en España. Porque creo que sería mejor para todos. Para Cataluña, para España y para Europa. ¿Por qué no cambiar la Constitución para que todos nos sintamos si no plenamente felices, al menos medianamente satisfechos dentro de ella?

Mirar con ojos inteligentes

7 Oct

Los hechos se suceden sin cesar. Nosotros los vemos en la distancia, más próxima o más lejana. Unas veces de forma directa, otras a través de los medios de comunicación. Luego los interpretamos. Y de esa interpretación, de ese juicio, nacen los comportamientos.

Resulta importante mirar con atención. No menos importante es analizar con rigor. Porque el juicio no está en las cosas o las personas que observamos, sino en nuestra mente.

Los hechos son los mismos para todos, pero qué diferentes interpretaciones existen sobre ellos. Lo sucedido el domingo en Cataluña fue lo mismo para todos, pero cada espectador vio lo que quiso ver. Para unos fue una victoria aplastante de la causa independentista que, mal que bien, logró depositar dos millones de papeletas en las urnas. Para otros fue una victoria igualmente aplastante del gobierno central, que, mal que bien, logró bloquear el referéndum y coinvertirlo en una farsa. Para algunos las cargas fueron desproporcionadas. El Ministro de Justicia del Gobierno central, por el contrario, dice: “yo vi más acoso a policías que violencia de policías”. ¿Cómo es posible que unos mismos hechos tengan lecturas tan discrepantes?

Basta ver los titulares de los periódicos, de los programas de radio o de televisión según el diferente signo ideológico de cada uno. Te preguntas muchas veces: ¿hablan de los mismos hechos?, ¿están analizando la misma realidad?

La situación se agrava cuando se manipula la realidad y se ofrece una visión adulterada de la misma como si fuera cierta. Por ejemplo, imágenes que se atribuyen a una manifestación pero que son de otra o, lo que es más engañoso, inventadas al cien por cien. Recuerdo el título de un artículo del libro de Cook titulado “Métodos cualitativos y cuantitativos en educación” que se titula: ¿Dicen la verdad las fotografías?

Ya es enorme la diferencia de contenidos cuando se pretende ser objetivo en la información, ¡qué decir cuando existe una pretensión explícita de distorsionar la realidad para ponerla al servicio de la propia forma de pensar!

Porque es la mente la que mira. Y se produce, ya de partida, una selección de imágenes, un filtro que nos hace ver unas cosas y dejar en penumbra otras. Los hechos están ahí, pero vemos lo que nos gustaría ver, no lo que vemos.

Luego está la interpretación de lo percibido. ¿Qué significa eso que ha pasado? ¿Por qué ha pasado? ¿Qué consecuencias tiene? En esa interpretación se producen atribuciones más o menos gratuitas, se establecen nexos causales arbitrarios, se hacen juicios de valor y se tiñe de emociones la acción. Sin preguntar ni una palabra a los protagonistas, que tienen la clave del significado de sus acciones.

En un libro titulado “Reflexiones para la vida”, editado hace muchos años en La Habana por la Financiara del transporte Transfin, leí una curiosa historia en la que se cuenta que un jinete ve desde su caballo a un campesino que está dormido debajo de una árbol y que, sin darse cuenta, se ha tragado un escorpión muy venenoso. El jinete le despierta con el látigo, desciende del caballo y le hace tragar algunos excrementos mientras le zarandea y atiza latigazos con violencia. Al fin, el campesino vomita todo lo que tiene dentro y expulsa el escorpión que podría haberle envenenado.

“ – Pero, ¿por qué sencillamente no me despertaste? ¿Por qué razón tuviste que usar el látigo?. Preguntó el campesino.

– Había que actuar rápidamente, respondió el jinete. Si solo te hubiera despertado, no me habrías creído, te habrías paralizado por el miedo o habrías escapado. Además, de modo alguno hubieras tomado los excrementos. El dolor de los azotes provocó que te convulsionases, evitando que el escorpión te picara”.

El campesino, agradecido, le besa la mano y, en recompensa, le entrega un anillo de alto valor que lleva colocado en el dedo anular de su mano izquierda. Admirado por el comportamiento del jinete, que podía haber pasado de largo sin fijarse o sin tomarse la molestia de bajar del caballo, lo despide efusivamente. El jineta se va al galope para recuperar el tiempo perdido

Dos vecinos de la localidad que se encontraban trabajando en el campo y que han observado la escena, le cuentan lo sucedido a un grupo de parroquianos que forman un corro en la plaza del pueblo. Cuentan que han visto a un jinete que ha llegado galopando hasta las afueras del pueblo, que ha visto a un campesino que estaba durmiendo cortándole el paso y, sin piedad y motivo, se ha puesto a repartir latigazos al buen hombre, le ha obligado a comerse excrementos que le han hecho devolver hasta la bilis y, antes de irse, le ha obligado a besarle la mano y le ha robado el anillo que llevaba en su mano izquierda. Luego ha huido al galope de forma cobarde, mientras el campesino levantaba la mano pidiendo que le devolviera el anillo robado. Pero nosotros le hemos esperado en un recodo del camino y, sin mediar palabra, le hemos propinado una buena paliza. No ha podido decir ni una palabra.

Una mala interpretación, como vemos en la historia que acabo de contar, lleva a comportamientos equivocados, radicalmente injustos. El pobre jinete fue castigado por una buena acción.

Las exigencias para hacer una buena lectura de la realidad son, pues, múltiples. La primera tiene que ver con la fidelidad de las fuentes. Tengamos en cuenta que la realidad que se nos brinda a través de los medios constituye un filtro de gran importancia. Cuando nosotros mismos vemos en directo la realidad, se elimina el problema del filtro.

La segunda exigencia es tener una mirada holística, lo más completa posible de la realidad. No basta una perspectiva, no basta un tiempo fugaz, no basta una parcela sesgada.

Hay quien tiene tendencia a ver la realidad desde una perspectiva negativa. Y, como consecuencia, solo se fija en aquellas partes o perspectivas de la realidad que tienen un trasfondo oscuro, pesimista, negativo. Solo ve los agujeros en el queso. Hay quien siempre pone un cristal de color negro para ver lo que sucede con los demás y con los cosas.

Por pura casualidad acabo de leer estas líneas en un libro de Raphaëlle Giordano titulado “Tu segunda vida empieza cuando descubres que solo tienes una”: “Los pensamientos colocan un filtro entre la realidad y nosotros mismos y la transforman a capricho de las creencias, las ideas preconcebidas y los juicios de valor…”.

La tercera tiene que ver con el análisis. Es preciso analizar con rigor, no con la parcialidad o la arbitrariedad de un sectario. Hay quien, vea lo que vea, pase lo que pase, saca siempre la conclusión que desea. Los datos, sometidos a tortura, acaban confesando lo que quiere quien los maneja.

La actuación se deriva del análisis. Por eso hace falta ser exigentes y rigurosos con lo que se observa y analiza. Obsérvese el comportamiento de quienes, en la historia del jinete y el campesino, han contemplado la escena y la han interpretado a su modo. Dan una paliza a quien ha actuado de una manera inteligente y generosa. La paliza de los testigos añade un factor de complejidad. La actuación ha de ser siempre ética. Sea cual sea el análisis, el comportamiento ha de estar guiado por el respeto a la dignidad del ser humano. Aunque los testigos de la escena hubieran interpretado erróneamente los hechos, no podían haber tomado la justicia por su mano.

Y la mamá se echó a llorar

30 Sep

Me contó hace años el Director de un Colegio de Alicante que la madre de un alumno le había preguntado en el mes de julio si ya habían asignado los tutores y tutoras a los cursos para el curso siguiente. El Director respondió afirmativamente. La madre, cuyo hijo ya llevaba varios años en el Colegio, concretó su pregunta:

– ¿Puedo saber quién va a ser el tutor de mi hijo?

El Director cerró su relato diciéndome, entre alarmado y afligido:

– Le dije a la madre el nombre del tutor de su hijo y, cuando lo oyó, se echó a llorar.

Hubiera sido interesante preguntar a la madre por el motivo de aquellas lágrimas. ¿Había tenido su hijo una mala experiencia anterior con él? ¿O un amigo de su hijo? ¿Tenía mala imagen en el Colegio? Y, si realmente era así, ¿a qué se debía?

Generalizando más la cuestión: ¿qué es lo que configura la imagen de un profesor en una escuela? ¿Por qué dicen el alumnado y las familias que los profesores son buenos o malos? ¿Por qué lo dicen los colegas y los directivos o los inspectores? Hay criterios rigurosos, otros menos precisos y algunos completamente erróneos. Puede ser que, incluso, calumniosos. ¿Es bueno un profesor porque es simpático? ¿Es bueno porque no exige nada y todos aprueban sin esfuerzo?

Puede haber una escuela “buena” en la que haya un profesor “malo” y una escuela “mala” en la que trabaja un profesor “bueno”. Es una lotería que le toque a tu hijo un profesor comprometido, ilusionado, apasionado y competente. Es una desgracias que le toque un profesor mercenario, desanimado, pasota e incompetente. Las familias pueden elegir escuela, pero no pueden elegir profesor.

Hay mucha diferencia entre unos profesores y otros. En su talante, en su preparación, en su esfuerzo, en su actitud, en su cumplimiento, en su ética. Cobran lo mismo, pero no trabajan lo mismo ni del mismo modo. Está claro que estar bajo la guía de algunos es una suerte y estarlo bajo la guía de otros es una desgracia.

¿Qué hace la escuela con un profesor que, año tras año, da muestras de incompetencia, de pereza, de malhumor, de malas relaciones con todos los miembros de la comunidad educativa, sean éstos padres, profesores o alumnos? ¿Qué puede hacer cuando un funcionario da muestras inequívocas de una maña actitud?

Muchas veces, nada. Pero algo debería hacer. Hablar con él, al menos. Exponerle las quejas. Lo puede hacer el director, lo pueden hacer los colegas, lo pueden hacer los padres, lo puede hacer el inspector. En los concertados y privados, el problema es menor. Porque la propiedad puede tomar decisiones de cambiarlo por otro.

Cada uno puede hacerse la pregunta pertinente: cuando una familia me conoce bien como profesional, ¿se alegra o se entristece cuando sabe que voy a ser el tutor de uno de sus hijos?

Lo cierto es que hay profesores de muy diverso tipo. La diversidad no existe solo ente los alumnos. También se produce entre los profesores. Hay algunos que son fueras de serie. Lo reconocen así los alumnos y las alumnas, las familias, los colegas y los directivos. Un año tras otro. Y otros que son un desastre. Ken Bain escribió hace unos años un excelente libro titulado “Lo que hacen los mejores profesores universitarios”. El libro se basa en la siguiente idea: puesto que hay profesores excepcionales, veamos cómo son, cómo se han ganado esa fama, cómo se ha fraguado esa imagen.

Creo que el primer motivo reside en su relación positiva con el alumnado. Se trata de profesores cercanos, amables, respetuosos, sensibles, comprensivos.

Mientras estoy escribiendo el artículo se me ha acercado mi hija Carla. Le he preguntado:

– ¿Qué le pedirías a un profesor ideal?
Sin vacilar me ha respondido:
– Que me entienda.

En mi último año de docente pedí a mis alumnos y alumnas que escribieran el nombre de un profesor o profesora (de cualquier nivel) que hubiese ejercido una gran influencia sobre ellos. Lo escribieron. Y luego les pedí que explicaran cuál era el motivo. No tengo delante sus respuestas literales, pero recuerdo que los motivos se encontraban en el ámbito relacional: “me comprendía”, “me escuchaba”, “me motivaba”, “se interesaba por mí”, “yo le importaba”…

Otro criterio importante es que sean competentes en sus materias. Quien no sabe algo, no puede enseñarlo. Quien no sabe nada de una materia no puede amarla. Es necesario dominar el contenido que se enseña. Esa es una de las características que Ken Bain descubre en los profesores excepcionales que estudia en su investigación.

Resulta imprescindible que, además, sepan motivar, encandilar, entusiasmar a sus alumnos y alumnas. Esa capacidad requiere destrezas didácticas. Saber hacer como docentes.

Se exige también que sepan comportarse de manera respetuosa entre ellos, con las familias y con sus alumnos y alumnas. Se desea que sean comprometidos con su tarea, que amen lo que hacen, que muestren su satisfacción por realizar la tarea.

Ken Bain dice que esos docentes excepcionales que él estudió en su investigación son personas muy comprometidas con la institución. No son francotiradores.

Los padres prefieren profesores y profesoras que sean exigentes (y respetuosos) . No quieren un docente con el que los hijos no se esfuercen, no trabajen, no aprenden nada. Aunque obtengan calificaciones elevadas.

Me preocupan los factores que configuran la identidad del docente. Unos parten de los motivos que le llevaron a ejercer la tarea, otros se encuentran en la experiencia y, los más importantes, en su propia voluntad.

En general, he visto trayectorias que se han modificado poco, Es decir, he visto profesores maravillosos que lo han sido toda la vida, hasta la jubilación. Otros que han sido un desastre desde el primer hasta el último día. Quiero decir con esto, que he visto pocos cambios profundos en un sentido o en otro.

Qué duda cabe de que hay factores externos que pueden ayudar o dificultar la evolución. Hay profesores excelentes que han visto destruidas sus mejores ilusiones por la actitud negativa de algunos alumnos y de algunos padres. Incluso de algunos colegas. He visto estrategias fagocitadoras de colegas que han pretendido (y conseguido) aplastar a quienes querían hacer bien las cosas. He visto también directores tóxicos que han desanimado a jóvenes docentes entusiasmados.

Uno de los momentos en los que se hace la valoración de los docentes es el de su despedida cuando se jubilan. Algunos terminan sin pena ni gloria. Otros, como le ha sucedido hace unos días a Chema Lumbreras, profesor de Educación Plástica y Visual del IES Puerta de la Axarquía, en el que mi mujer es Jefa del Departamento de Orientación, tienen un final apoteósico. Los alumnos y alumnas, colocados en dos filas por las pasillos del Instituto aplaudieron con entusiasmo el recorrido del profesor, mientras él escuchaba emocionado cómo coreaban rítmicamente su nombre: ¡Cheeeema, Cheeema, Cheeema…! A otros no les pasa. Tendrían que conocer a Chema para saber por qué lo despiden así. No solo los alumnos y las alumnas. El claustro de profesores decidió poner su nombre al aula de Plástica en la que él impartió clases durante muchos años. Hay quien provoca, cuando se va, un gran alivio; hay quien siembra indiferencia y hay quien, como es el caso de Chema, deja una huella imborrable.

Puede haber variaciones en los diferentes niveles del sistema. Puede ser que en el nivel universitario se valore más la preparación académica. Puede que en el nivel infantil se haga más hincapié en la disposición emocional. Pero, en todos los niveles los profesores y profesoras, para ser buenos profesionales, necesitan saber, saber hacer, saber querer y saber ser.

La Tigresa y el Acróbata

23 Sep

He leído la última obra de Susanna Tamaro titulada “La Tigresa y el Acróbata”, a pesar de no ser esta autora santo (o santa) de mi devoción. Ni siquiera su obra emblemática “Donde el corazón te lleve”, que ha vendido más de un millón de ejemplares, me sedujo. Hay un tufillo ideológico en sus libros que no me gusta. Casi nunca me siento cómodo leyendo a esta escritora italiana, nacida en Trieste en 1957.

Ella dice que, en “La Tigresa y el Acróbata” ha querido escribir una fábula para adultos.. En sus palabras: “Deseaba escribir una fábula para adultos. En estos tiempos convulsos es lo que el corazón necesita”. Todo el mundo sabe que una fábula es un género metafórico en el que frecuentemente aparecen animales y que pretende ofrecer al lector una moraleja o enseñanza. Utilicé hace años ese género en mi libro “La estrategia del caballo y otras fábulas para trabajar en el aula”, libro que fue editado por Homo Sapiens y que ha tenido hasta la fecha seis ediciones.

He dedicado el artículo a esta obra por dos motivos complementarios. Uno relacionado con la forma narrativa. Creo que las fábulas, habitualmente concebidas como relatos infantiles, pueden tener un destinatario adulto que las disfrute y aproveche. Mi amigo Paco Abril escribió hace dos años “Los dones de los cuentos”. Las fábulas contienen esos trece dones de los que nos habla el reconocido cuentacuentos asturiano: el don del afecto, del consuelo, de la palabra, del pensamiento, de la identificación o del espejo, de la imaginación, de la fuga, del deseo lector, de la empatía, del conocimiento, de la atención, de la verdad y de la prevención. El segundo motivo tiene que ver con el contenido, es decir, con la moraleja principal que la autora nos ofrece a través del relato y que tiene que ver con la búsqueda incansable y dificultosa de la libertad.

En 24 capítulos nos cuenta Tamaro la historia de una Tigresa cuyo hermano, Tigrito, que es el “normal”, el que encarna el estereotipo de tigre, explora la Taiga con decisión y caza desde pequeño piezas grandes y fuertes. Sin embargo, su hermana, la protagonista, parece apocada y solo cobra piezas de tamaño pequeño. Su peculiar identidad la marca desde el principio. Se siente singular. Es singular. En esta cuestión reside una de las moralejas (no hay una sola, sino múltiples lecciones morales en esta fabula). La Tigresa busca, durante toda la historia, el camino de su identidad, de su singularidad.

La madre de la Tigresa les enseña a descubrir el mundo dentro y fuera del cubil. Les va explicando a los dos hermanos en qué consiste ser tigre en la Taiga.

– “Nos temen y nos respetan, les dice la madre: nos temen por nuestra fuerza y nos respetan por nuestra generosidad. Si bien muchos mueren por nuestra culpa, son muchos más los que logran sobrevivir gracias a nosotros”.

Entre otros adiestramientos les hace olisquear objetos de los grandes enemigos de los tigres: los seres humanos. Hay que tener cuidado con ellos. Manejan unas mortíferas cañas que escupen fuego y saben tender trampas a los tigres que resultan fatídicas.

Pero la Tigresa, singular en su esencia felina, se acerca a una cabaña y establece una curiosa amistad con un Hombre, tan singular en su género humano como ella lo es entre los tigres. A través de esa amistad la autora nos va ofreciendo, utilizando diversos recursos literarios, los ejes de su filosofía.

– ¿Y yo?, preguntó la Tigresa.
– ¿Qué pasa contigo?
– ¿Por qué no soy capaz de vivir como los demás tigres?
– Tampoco yo soy capaz de vivir como los demás hombres.
– ¿Por qué?
– A veces pasa: nace alguien que no quiere recorrer el camino que otros trazaron para él.

El Hombre oficia de curador para quienes se acercan a la cabaña. Dice Tamaro: “Resultaba que muchas personas acudían a él cuando tenían un gran problema, convencidos de que les daría una solución. Los casos más desgarradores eran los de las madres que le suplicaban que curase a un hijo enfermo.

– No hay cosa más terrible, le confió el Hombre cierto día”.

La relación entre el Hombre y la Tigresa da pie a interesantes diálogos, cargados de intención, orientados a recrear estilística y filosóficamente la moraleja.

El Hombre entrega su vida a otros humanos depredadores y renuncia a su enriquecimiento cuando se niega a venderla. Los explotadores circenses saben que la Tigresa vale más viva que muerta. Termina en un Circo, del que se convierte en la principal atracción. Y acaba acostumbrándose a las piruetas que el domador le enseña con tesón ilimitado. La rutina consuetudinaria ha adormecido sus sueños de libertad. La comida fácil, la repetición mecánica de los ejercicios y los aplausos del público llenan sus días. “La prisión del Circo había convertido sus sueños en serrín mojado”, dice Susanna Tamaro.

La prisión es su único horizonte, días divididos a partes iguales entre la rutina y el resentimiento, su alma de tigre transformada en el espantajo de un abrigo de piel. Un abrigo apolillado ya, gastado, dado de sí por muchos puntos.

Es entonces cuando surge su admiración y su amistad con el Acróbata. Los saltos que este ejecuta en su presencia despiertan en la Tigresa las ansias de volar, los afanes de la libertad.

“Para lanzarse al vacío hace falta tener confianza -pensó la Tigresa mientras atravesaba de un salto su aro en llamas-. Yo, en cambio, me limito a saltar de un taburete a otro, igual que saltaba antes sobre los lomos de los ciervos. No he aprendido nada en todos estos años, dejé que los barrotes entraran en mi corazón. Y me he cerrado todos los caminos. Nosotros somos los principales carceleros de nosotros mismos. ¿No había dicho eso el Hombre’?”.

Cuando el Acróbata abre la jaula de la Tigresa le muestra el camino de la libertad. Y sale decidida en su busca. Renuncia a la comodidad de las rutinas, a la facilidad de tener a las horas comida abundante y a la seguridad que le proporcionan sus cuidadores. Sale de la jaula. Huye de la prisión. Camina explorando de nuevo la Taiga y se va encontrando con cuervos amigos y víctimas que le sirven de alimento.

Por primera vez experimenta lo que es ser una presa: todos la persiguen, todos la quieren matar. Los helicópteros surcan el cielo en su búsqueda y no hay calle en la que no hubiera hombres armados esperándola. Abrirían fuego con solo ver el esplendor de su cola. A los niños se les prohíbe salir de casa ante el temor de que se encuentren con ella. La Tigresa sigue huyendo de la presión y buscando el campo abierto.

Un día perdona la vida a un cervatillo ante su mirada inocente y los ruegos de su madre que se ofrece a la Tigresa como plato suculento. Luego reanuda el camino renunciando a su naturaleza depredadora. Sigue la búsqueda hasta encontrarse con la muerte. Incluso después de ella. (Ahí, por ejemplo, es donde no puedo seguir a Susanna Tamaro, Cuando, a mi juicio, innecesaria e injustificadamente, mete a la Tigresa en un más allá donde se encuentra con el Cordero).

La clave fundamental de esta fábula es, a mi juicio, la búsqueda de la libertad. La Tigresa huye de la prisión donde vivía cómodamente y camina sobre la hierba, sobre la tierra, sobre la nieve, por llanos y por montañas en busca de la libertad. Hasta que, al final, consigue eliminar los barrotes de su corazón.