La vaca, el zorro y el pajarito

12 Ene

Conozco desde hace muchos años una fábula que han devuelto a mi mente algunas preocupaciones educativas recientemente estrenadas. Tengo una hija que está dando sus primeros pasos en la adolescencia. Y la veo tan ingenua, tan confiada, tan desvalida ante los peligros que la acechan, que la quiero dedicar esta fábula antes de que sea tarde. Va dirigida también a todos los padres y madres que tienen hijos o hijas en esta etapa en la que sus vástagos han dejado la niñez y no han llegado a la vida adulta. También va dirigida a todos aquellos educadores que trabajan con esta compleja etapa en la que los alumnos piensan que lo saben todo y que quienes les aconsejan no saben nada del nuevo estilo de vida del que ellos son maestros, no aprendices.

Cuento primero la fábula y luego aplico las tres moralejas a los hechos de una realidad inquietante. Sé que no es fácil escarmentar en cabeza ajena. Sé que estas lecciones suelen resultar inútiles para quien piensa que no las necesita. Aquí está, por si acaso.

Una vaca está pastando tranquilamente en el prado cuando ve que un pajarito se cae del nido cerca de donde corretea un zorro. La vaca, enternecida y temerosa por el peligro que corre el pajarito, defeca sobre él para ocultarle a los ojos del zorro. Si no le ve, si no le huele, podrá salvarse del inminente riesgo. Luego tendrá ocasión de limpiarle a lametazos convenientemente cuando el zorro se haya ido. Pero el pajarito, que se asfixia debajo de la capa caliente de la bosta, comienza a piar de forma desesperada. El zorro levanta sus orejas prestando atención y tratando de identificar el lugar de donde procede el angustioso piar. Corre veloz hacia el montón de plasta y escucha los piidos del pajarito. Lo coge con la boca, lo lava en el río y se lo zampa en un instante.

De la fábula se desprenden de manera evidente tres moralejas. Primera: alguien te puede llenar de mierda con buena intención. Segunda: Alguien te puede sacar de la mierda con mala intención. Tercera: Cuando estés lleno de mierda no digas ni pío.

Los padres y los profesores exigen a los hijos y a los alumnos muchas cosas que no quieren hacer, les plantean recomendaciones que no les gustan, les ponen límites que ellos desean traspasar, les reprochan aquello que no hacen bien, les niegan permisos que solicitan sin cesar, hasta les castigan para que se enmienden cuando se han portado mal. Restricciones en el uso de móvil, recortes en lo horarios de regreso, negativas en la solicitud de regalos, demandas contundentes sobre el comportamiento, exigencias respecto a los estudios, reconvenciones sobre los amigos, colaboración en el establecimiento del orden en la casa… Todo necesario. Nada placentero.

Acabo de recibir al respecto una anécdota significativa. Está contada en inglés. Presento aquí la traducción de lo que el padre va diciendo al describir y explicar las imágenes que va grabando desde un coche que sigue despacito los pasos de una niña que va caminando con su mochila escolar a la espalda.

“Buenos día y feliz lunes para todos. Es un feliz lunes para algunos de nosotros. Un breve contexto para el vídeo que estoy grabando. Esta hermosa dama es mi hija de diez años que por segunda vez ha sido expulsada del autobús escolar por hacer bullying a otro estudiante. Déjenme ser extremadamente claro: el bullying es inaceptable, especialmente en mi casa. El viernes pasado me trajo la notificación de su expulsión del transporte escolar. Ella me dijo: Papi, me vas a tener que llevar al cole la próxima semana. Como ven, esta mañana ella está aprendiendo la lección de otro modo. Muchos chicos, hoy en día, creen que lo que hacen sus padres por ellos es un derecho y no un privilegio, como llevarles a la escuela por la mañana o trasladarlos en autobús por las mañanas. Por eso hoy mi hermosa hija va a caminar 5 millas (ocho kilómetros) para ir a la escuela con 36º de temperatura (2º C). Sé que muchos padres no estarán de acuerdo conmigo. Creo que estoy haciendo lo correcto para darle a mi hija una lección y que no siga acosando”.

No sé si yo hubiera actuado así en un caso similar. Tengo mis reservas sobre los castigos. Porque temo que, con ellos, se aprenda a hacer las cosas bien por el miedo a recibirlos y no por el sentido del deber.

Voy a la primera moraleja. La “caca” de la dureza, de la exigencia, del dolor, molesta y huele mal. Preferiríamos estar lejos de ella. Preferiríamos no verla, no sentirla. Alguien nos la pone encima por nuestro bien. Para protegernos de los enemigos que nos pueden destruir: la indolencia, el abuso, la insolidaridad, la falta de respeto, las pésimas influencias, la destrucción…

Sin esa protección que resulta a veces dolorosa, sin esos límites, sin esas negativas, sin esa “caca” que molesta, el pajarito (el adolescente) no hubiera seguido vivo un segundo. Si se hubiera quedado calladito al resguardo de la coraza brindada por su protectora, se hubiera salvado.

Segunda moraleja. Existen personas que te quieren apartar de esas exigencias dolorosas con mala intención, con la intención de conducirte a la pereza, a la desobediencia, a los porros, al alcohol, a la delincuencia.

Hay personas que pretenden sacar a otros de esa capa de severidad y de exigencias que imponen los padres y los profesores. Este proceso es frecuente en la adolescencia, una etapa en la que los pares tienen una influencia extraordinaria. Más importante que lo que digan las familias y la escuela es lo que diga la pandilla. Hace falta ganarse su beneplácito. Y se gana siguiendo sus recomendaciones, sus consejos, sus decisiones.

Esas personas que buscan víctimas están camufladas bajo la máscara de un programa de televisión, de un unos anuncios tramposos, de unas organizaciones mafiosas, de unas pandillas sin moral.

El incauto pajarito caerá fácilmente en la alegría de la liberación. No más normas, no mas “caca”, no más exigencias trasnochadas.

La tercera moraleja se refiere a aquellos mecanismos que permiten al enemigo detectarnos. Cuando estamos cubiertos por la capa de la severidad, es fácil caer en la tentación de quejarse, de despotricar contra quien te exige, de maldecir la suerte de la obediencia. Ese piar nacido de la desafección y el malestar hace que se acerquen quienes han descubierto así la víctima propicia.

El enemigo te limpiará de obligaciones y de protecciones exigentes con la finalidad exclusiva de hacerte suyo y devorarte:

– No le hagas caso a tus padres, son unos rancios y unos anticuados.
– Olvídate de los consejos de tus profesores, son unos carcas.

Si no está uno precavido, es fácil caer en esa trampa. Piar y piar de manera imprudente, alertará a quien está buscando una presa. Se puede piar presencialmente, se puede piar telefónicamente, se puede piar en la red. No conviene olvidar que hay quien está muy atento a las señales que emite una víctima. Los lamentos resultan luego tardíos. El pajarito de la fábula no tuvo tiempo de emitirlos. Fue devorado sin contemplaciones. Era tarde para cualquier rectificación.

Semillero de ludópatas

5 Ene

En la televisión española se está produciendo desde hace meses un fenómeno repugnante. Se repiten una y otra vez, en diversas cadenas, los anuncios que invitan al juego en varias de sus modalidades: apuestas, póker y casino. Lo hacen de la manera más efectiva que se puede hacer: regalando dinero para jugar.

Hay anuncios protagonizados por presentadores o actores que nunca te hubieras imaginado que pudiesen prestar su imagen a esta villanía. Porque no se trata de invitar a estudiar, a leer, a trabajar, a hacer deporte o a practicar la generosidad. Se trata de incitar al juego con la sagacidad de la que hace gala la publicidad cuando pretende seducir al espectador. Música, imagen, texto… al servicio de la persuasión.

Para ganar en el juego hace falta, básicamente en algunos de ellos y exclusivamente en otros, una cosa: suerte. Algo que no existe. Porque, a la larga, siempre se acaba perdiendo. Se cuenta que, cuando le preguntaron al campeón del torneo mundial de póker, celebrado en el casino de Horseshoe de Binion (Las Vegas) qué haría con el dinero que había ganado, respondió lacónicamente: perderlo.

Lo que se está haciendo en esos anuncios es tratar de que te dejes robar el dinero de la manera más descarada. Porque el peligro está en que algunas veces, con ese dinero regalado, se gana. Pero, ese camino lleva siempre al desastre. Y, aunque se ganase siempre, esos anuncios serían una trampa perversa que destruye la vida de quien cae en ella.

En los momentos de crisis económica, estos anuncios tienen una fuerza especial., un singular atractivo. Ante la escasez de dinero, la falta de trabajo y la carencia de oportunidades, las personas necesitan agarrarse a un clavo ardiendo. ¿Cómo salir de la privación económica? He aquí un camino aparentemente rápido, fácil y cómodo. Apuesta y gana. Arriesga y gana. Juega y gana. Rápido y eficaz.

Hace poco oí en la radio una frase que me dejó pensativo: “La lotería es el tributo voluntario de quienes no tienen ni idea de matemáticas”. Si conociésemos la remota probabilidad de que nos toque la lotería, no jugaríamos nunca. Lo que pasa es que las imágenes de los escasísimos beneficiarios de los sorteos se convierten en una atracción irresistible. ¿Por qué no me va a pasar a mí? Esas imágenes de los agraciados descorchando botellas de champán son mucho más eficaces que las declaraciones de los miles y miles de personas que dicen: “llevo jugando al mismo número más de 60 años y nunca me ha tocado”, “nunca he ganado ni un euro en toda mi vida, a pesar de que he jugado siempre”, “nunca le ha tocada nada a alguien que conozca”…

Tengo un amigo que es un ludópata consumado y consumido. He sido testigo de cómo ha destruido su vida y su familia. En el bingo jugaba doce cartones simultáneamente, en el casino se dejaba el sueldo del mes, encontraba en la casa el dinero que su mujer había escondido en el mango de un paraguas… Un desastre completo. Una ruina inevitable.

Pues nada, ahí tenemos a varias cadenas de nuestra televisión emitiendo un anuncio tras otro con invitaciones (sofisticadas unas, burdas otras, persuasivas todas) a hacer apuestas, a participar en el juego, regalando dinero para que el incauto pique el anzuelo. La peor suerte de quien entra en ese tremendo engaño es que la tenga buena en los primeros intentos.

Me imagino a nuestros jóvenes viendo una y otra vez esas invitaciones. Me imagino a los niños y a las niñas consumiendo esas imágenes sin filtro alguno. ¿Cómo puede el presentador de estos anuncios mirar a los ojos de un padre cuyo hijo se ha entregado al vicio del juego? ¿Cómo puede resistir la mirada de un hijo cuyo padre se ha convertido en un ludópata con la ayuda de ese dinero que le han dado para jugar?

No sé si están proponiendo una forma de trabajo, una forma de ganar dinero de manera rápida y fácil. O, más bien, una forma de ocio que entretiene y a la vez dispara la adrenalina. En cualquier caso, están invitando a la destrucción.

Quiere hacer referencia especial a uno de estos anuncios protagonizado por el periodista Carlos Sobera. (Por cierto, me gustaría saber lo que cobra por ofrecer su imagen a lo que considero un trampa miserable). La empresa 888.es concatena tres veces los imperativos verbales siguientes, asociados al número emblemático: “8,8,8; entra, entra, entra; piensa, piensa, piensa; apuesta, apuesta, apuesta; tira, tira, tira; sufre, sufre, sufre; vive, vive, vive; grita, grita, grita; juega, juega, juega”. Y luego, sin palabras, el presentador señala la cifra mágica del dinero regalado. Otra empresa, Winimax.co, ofrece también anuncios que tratan de cautivar al espectador ingenuo para que juegue. A veces, te encuentras con dos o tres anuncios que se emiten consecutivamente, sin respiro. De forma machacona. Un tsunami publicitario.

En la parte inferior de los anuncios aparecen dos líneas completas que es imposible descifrar en la fracción de segundo que dura la imagen en pantalla. Lo he podido leer, después de congelar y ampliar la imagen. El texto es el siguiente:

“+ 18. Juega con responsabilidad. 20 euros gratis: 10 tickets de torneo de 1 euro + 10 euros bono de poker. Válido 14 días desde registro. Solo nuevos jugadores. El bono se libera con 35 puntos que se obtienen al jugar a razón de 2.7 puntos por cada 1 euro de comisión”.

Tres anotaciones sobre el texto: Decir que solo son destinatarios los mayores de 18 años, no evita que lo vean hasta los bebés. Una vez tras otra. Una vez tras otra. Decir “juega con responsabilidad” es como decir que hay que matar responsablemente. O que hay que herirse con cuidado. Decir que “el bono se libera con 35 puntos…” es una burla.

La campaña tiene tres vertientes: la apuesta deportiva, el casino y el póker. En cada una de ellas, se ofrece un dinero gratuitamente para animar a jugar. ¡Qué generosidad!, se podría pensar. ¡Qué deshonestidad!, diría cualquier persona capaz de analizar con un mínimo de rigor y mesura esta campaña.

¿Cuánto dinero cuestan esos anuncios’ ¿Cuánto dinero esperan producir? Porque los impulsores de esa “campaña paraguas” no son benefactores de la humanidad, son usureros descarados. No les importa arruinar la vida de muchas personas con tal de ganar dinero. ¿Qué dirían si algunos de quienes aceptan la invitación acaban cayendo en las redes de la ludopatía? Me lo imagino: Allá ellos.

Creo que estos anuncios deberían estar prohibidos. Así de contundente me muestro sobre la cuestión. Ni libertad de expresión, ni excusas ridículas como la de que a nadie se le obliga a aceptar la invitación. ¿Apoyaríamos que se invitase a matar a la gente apoyándonos en el derecho a la libertad de expresión y en la disculpa de que nadie está obligado a seguir la sugerencia? Claro que en un país en el que los anuncios sobre la lotería navideña se repiten hasta la saciedad es difícil tener argumentos para prohibir otros anuncios. En plena dictadura, cuando estaba prohibido el juego, la lotería navideña se anunciaba con entusiasmo y profusión.

Decía Schopenhauer: “el destino reparte las cartas y nosotros las jugamos”. Aquí reparte las cartas la publicidad de la las cadenas de televisión. El destino está ahora en las manos de unos desalmados.

Cambiar el reloj por la brújula

29 Dic

Se acerca el fin de año. Un momento oportuno para reflexionar sobre el paso del tiempo, sobre la velocidad que le imprimimos y el sentido que le damos.

Mi querido amigo Horacio Muros es Director de la escuela El Molino, sita en la provincia argentina de Mendoza. Horacio es una fuente inagotable de ideas y experiencias educativas. Ya he hecho varias veces alusión a él en este espacio. Hace ya tiempo me envió un correo cuyo contenido ha estado danto vueltas en mi cabeza hasta convertirse en este artículo. Dice así:

“Te cuento una historia. Tenia yo un viejo y sabio maestro llamado Aurelio Viñolo que aparecía en la dirección cada mañana y me proponía que nos tomáramos unas “vacaciones instantáneas”.

– Director, ¿tiene tiempo para que nos tomemos unas “vacaciones instantáneas”?, decía con una sonrisa en la boca. Serán solo unos minutos. Lo que dura una canción, una poesía, una de las estaciones de Vivaldi…

Eran unos momentos para compartir. Muchas veces con un mate o un café. Era un detenerse en el tiempo, un salirse de la vorágine de la gestión y poder “com-partir” ese breve momento que él bautizó como “vacaciones instantáneas”.

Era como un oasis en medio de la dinámica que representa la gestión, era un refrescar el alma. Aurelio ya está jubilado, lo recuerdo muchas veces y lo extraño…

He intentado hacer lo mismo con otros colegas muchas veces y realmente vale la pena tomarse ese tiempo, tomarse unas “vacaciones instantáneas” y volver…”.

Esta idea de las “vacaciones instantáneas” me parece una mina. Una mina de la que se extrae cordura, empatía, tranquilidad, energía, sosiego y sentido de la realidad. Viene muy bien detener el ritmo frenético de las actividades para compartir unos minutos de conversación, de reflexión y de encuentro. Vivimos de manera tan acelerada que detenerse unos minutos nos devuelve a la esencia de lo que somos y de lo que pretendemos.

No se trata de abandonar el trabajo y entregarse a la pereza. No. Como en aquella perversa anécdota que zahiere a los funcionarios, tachándolos de personas perezosas e inactivas.

– ¿Me acompañas a tomar un café?, le dice durante el trabajo un funcionario a su compañero de despacho.
– No, que me espabilo, contesta el interpelado sin salir de su ensimismamiento.

El paréntesis de la “vacaciones instantáneas” puede ser útil incluso para el trabajo. Porque es imposible mantener la atención de manera constante.

Creo que caminamos demasiado deprisa, con demasiada ansiedad, con una presión desmesurada. Tomarse unas “vacaciones instantáneas” es poner algo de higiene en la asfixia del trabajo.

Es también un modo de encuentro. Detenerse para hablar con el otro, para saber lo que piensa, lo que siente, lo que busca, lo que le pasa es un modo de encuentro saludable.

Tuve un compañero de Facultad y entrañable amigo, Paco Plaza, lamentablemente fallecido, que pasaba por los despachos a media mañana invitando a los compañeros a tomar un café. Ahora lamento no haberle hecho caso más veces. No era tiempo perdido el que me invitaba a compartir. Era un tiempo ganado para el trabajo y la convivencia. La presión de la escritura, de la lectura, de las llamadas, de las tutorías, de la preparación de clases, de las evaluaciones… me hizo olvidar alguna vez la esencia del momento. No aproveché esas “vacaciones instantáneas” que me proponía Paco.

Estamos instalados en la prisa, en la aceleración, en la urgencia. Se avanza a gran velocidad pero sin cerciorarse de si se hace en la dirección adecuada. Somos como el campesino del cuento de Mongolia que está agarrado a las crines de un caballo desbocado:

– ¿A dónde vas?, le preguntan.
– Pregúntaselo a mi caballo, contesta.

El caballo desbocado es el trabajo, la acción, los objetivos programados, el dinero, el progreso, la competitividad, la obsesión por la eficacia…

El ser humano actual, acelerado hasta la patología, se impacienta si el ascensor tarda unos segundos en llegar, si la cola del supermercado no avanza con rapidez, si el coche que está delante no circula cuando el semáforo se ha puesto en verde, si la página que busca en internet tarda unos segundos en hacerse visible. Queremos ir muy rápido pero no sabemos hacia dónde y para qué. Nos asemejamos al personaje de aquel viajo chiste:

Alguien llama por teléfono a un bar y pregunta por un tal Manolo para que vaya inmediatamente a urgencias del Hospital ya que su mujer ha sido ingresada de gravedad. Al instante, uno de los presentes sale a toda velocidad, se monta en una bicicleta que hay en la puerta y sale disparado. A los pocos metros se estrella contra una farola. Y se dice: “Me está bien empleado, porque ni me llamo Manolo, ni estoy casado ni sé montar en bicicleta”.

Tengo delante un libro de José Luis Trechera que se titula “La sabiduría de la tortuga”. Con dos subtítulos de interés. El primero dice: “Sin prisa pero sin pausa”. El segundo es más significativo, a mi juicio. “El tiempo es tuyo: cambiar el reloj por la brújula para tener el norte claro”. Dice el autor:

“A pesar de los inventos modernos que deberían aliviar la dureza de la actividad diaria y facilitar una existencia más relajada, la realidad camina por otro lado. Más que controlar y disfrutar del tiempo, da la sensación que es éste el que nos dirige y domina. Más que vivir, el ser humano se desvive o malvive”.

Cita el autor en una de las entradillas de los capítulos y secciones a F.T. Marinetti en su “Manifiesto futurista”: “Nosotros afirmamos que el esplendor del mundo se ha enriquecido con una nueva belleza: la velocidad. Un coche de carreras con su capó adornado con gruesos tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo… un automóvil rugiente que parece correr sobre la metralla, es más bello que la Victoria de Samotracia”.

El poeta Jorge Guillén expresa esta sensación de manera espléndida: “Y se me escapa la vida,/ ganando velocidad,/ como piedra en su caída”/.

Carl Honoré, autor de varios libros sobre estas cuestiones (“Bajo presión”, “Elogio de la lentitud”, “La lentitud como método”) es presidente del Movimiento Slow. Decía en una entrevista no hace mucho cuando le preguntaban si había un antes y un después de asumir la filosofía de la lentitud:

“Definitivamente he cambiado, para mí hay un muy claro antes y un después. Antes probaba siempre de hacer cada vez más y más en menos tiempo. Me importaba la velocidad y la cantidad. La mayoría de las veces me sentía apresurado. Ahora cada cosa que hago procuro hacerla lo mejor que puedo en vez de lo más rápido posible. Esto ha cambiado mi concepción del tiempo: ya no me siento un esclavo de él. Ahora siento que tengo el tiempo necesario para hacer lo que me propongo y nunca me siento apurado (a pesar de que tengo una vida excitante y plena). Y no es una paradoja. Se trata de encontrar el equilibrio adecuado y de no obsesionarse con el tiempo”.

Pido prestado a Tito Livio el punto final: “Quien se apresura demasiado, terminará más tarde”.

Preguntas ante el cadáver de Laura

22 Dic

La muerte es algo excesivo. Cualquier muerte. Pero el asesinato de la profesora Laura Luelmo, acaecido hace unos días en El Campillo (Huelva), resulta especialmente cruel e inaceptable por muchos motivos. Sobrepasa los límites de la enormidad.

En primer lugar porque se trata de una persona joven, de solo 26 años. Una persona que estaba comenzando su proyecto de vida adulta, con las ilusiones casi sin estrenar, con años de esfuerzo ininterrumpido para llegar a ese fatídico día en el que decide salir a correr por los alrededores de un pequeño pueblo onubense donde le espera la agresión sexual y la muerte.

En segundo lugar porque era una hermosa mujer cuya vida arranca de cuajo un hombre de cincuenta años que “la miraba de forma inquietante”. Una mujer más cuya vida es segada por quien no respeta la libertad y el derecho a la vida de los demás, por quien piensa que cualquier mujer es un objeto de su propiedad. “Me encapriché de ella”, dice poniendo al descubierto la obscena y abusiva concepción machista.

En tercer lugar porque la autopsia confirma que hubo agresión sexual. No fue solo un asesinato que le haya costado la vida a Laura Luelmo. Le costó también la integridad física y la dignidad personal. Probablemente el motivo de la horrible extorsión fue la violencia que convierta a la mujer en un objeto que se puede utilizar libremente para la propia satisfacción.

En cuarto lugar porque era una profesora que empezaba a realizar, de forma apasionada, su tarea docente en el Instituto de Nerva. Después de hacer su carrera de Bellas Artes, después de realizar el Master de Secundaria, después de acometer con toda la ilusión de quien comienza las primeras (y últimas) clases de plástica de su vida. Me imagino su regocijo al ser llamada para hacer una sustitución temporal, al realizar el viaje de 600 kilómetros desde Zamora a Huelva, al alquilar su modesta casita en El Campillo.

En quinto lugar porque estaba pergeñando una vida en común con su novio, al que envía un mensaje cuando sale de su casa para correr, horas antes de ser capturada, violentada, secuestrada y asesinada por un desalmado que se ha dado a sí mismo el poder sobre el cuerpo, el tiempo y la vida ajena.

En sexto lugar porque sus padres van a tener que enterrar a una hija inocente, joven, inteligente y sana acabando así con su felicidad de por vida. Enterrar a un hijo (a una hija en este caso) es un acto antinatural. Los hijos de padres fallecidos se llaman huérfanos. No hay una palabra para denominar a los padres que pierden un hijo.

En séptimo lugar porque el asesino ya confeso, Bernardo Montoya, su vecino, había matado anteriormente a otra mujer, una mujer de 80 años a la que robó y a la que quiso silenciar para que no testificara en su contra. Un hombre que había estado en la cárcel 17 años y 7 meses y que había recobrado la libertad en el mes de octubre pasado, dos meses antes de conocer a Laura y de cometer este asesinato.

En octavo lugar porque el asesinato se produce en un pequeño pueblo de 2000 habitantes, en un lugar en el que nadie podría sospechar que salir a correr en una tarde de otoño podía convertirse en una trampa mortal. ¿Dónde se puede sentir segura una mujer? ¿Dónde puede salir a correr sin tener el corazón encogido por el miedo? Si un pequeño pueblo no es seguro para una mujer, ¿dónde puede sentir que no está amenazada?

En noveno lugar porque un país que ha pagado toda la escolaridad de esa chica, su enseñanza infantil, primaria, secundaria y universitaria, se ve privado injusta y prematuramente de la valiosa aportación que ella empezaba a hacer a la sociedad a través de una profesión que difunde conocimiento, enseña a convivir y desarrolla valores democráticos en las escuelas.

En décimo lugar porque, aunque todo momento es malo para morir, el momento en que ha sido asesinada Laura Luelmo no puede ser más triste: las vísperas de la Navidad que, en nuestra cultura, es tiempo de reencuentros, de convivencia familiar y de paz social. Me imagino cómo va a vivir la Navidad esta familia. No tendrán lágrimas para expresar tanto dolor. Mientras todos ríen, cantan y brindan alrededor, ellos no podrán retirar de sus mentes y de sus corazones la presencia de Laura. Cuando la muerte es fruto de un accidente, de una enfermedad, de un desastre natural o de la decisión propia, el dolor no deja de ser terrible, pero cuando la muerte es fruto de un acto irracional, egoísta y gratuito de un ser humano se intensifica más todavía. No es difícil imaginar las preguntas atormentadoras de quienes querían a Laura: ¿por qué ella?, ¿por qué decidió aceptar esa oferta de trabajo tan lejos de su casa?, ¿por qué alquiló esa casa precisamente allí, frente a la de su asesino?, ¿por qué salió a correr a esa hora?, ¿por qué no manifestó sus miedos ante las miradas lascivas de aquel hombre?, ¿por qué no salió con otra persona a correr?, ¿por qué le tuvo que preguntar al asesino dónde había un supermercado?, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?

Ante este hecho horrible, que ha conmovido al país, ante el cadáver ensangrentado de Laura Luelmo. hay tres preguntas que me asaltan de forma obsesiva:

La primera pregunta tiene que ver con las causas que lo producen. ¿Por qué existe violencia machista? ¿Por qué se siente más seguro un hombre que sale solo a correr sin el temor de que una mujer lo asalte, lo violente y lo mate? La respuesta, a mi juicio, está en las causas que alimentan el machismo. Y es a ello a lo que nos tenemos que aplicar. Evitar el sexismo en las religiones, en el lenguaje, en las costumbres, en la publicidad, en las expectativas, en el trabajo, en las relaciones.

La segunda pregunta se refiere al castigo que merecen los asesinos. ¿Hay que dejar suelto a quien ha matado? Es evidente que si el reo hubiera seguido en la cárcel no hubiera cometido ese asesinato. Pero a nadie se le ha de negar el derecho al arrepentimiento y a la reinserción social. No me gusta que se trate de obtener un rédito político de esta muerte, como están haciendo algunos partidos. Con la prisión permanente revisable en vigor, Laura Luelmo ha sido asesinada.

La tercera pregunta se refiere a la condición humana ¿Cómo es posible que una persona civilizada cometa un hecho tan terrible? ¿Qué es lo que pasa por la mente de un hombre que destruye la vida de una mujer inocente? ¿Qué sentimientos alberga su corazón? ¿Qué principios animan su proyecto vital? ¿Qué concepción tiene de la sexualidad? ¿Qué dominio tiene sobre sus impulsos básicos? ¿Cómo se puede planificar a sangre fría una agresión tan brutal? Porque se trata de un hecho premeditado, planificado, no del fruto de una reacción incontrolada ante un hecho imprevisto. ¿Qué educación estamos dando? ¿Qué sociedad estamos construyendo en la que una mujer no puede salir a correr sola en un pequeño pueblo? En definitiva: ¿Quiénes somos?

Las voluntarias de Pravia

15 Dic

Creo que todo el mundo sabe lo que es el voluntariado. Todo el mundo sabe que es un conjunto de personas que se unen libre y desinteresadamente para trabajar con fines benéficos y altruistas. Por el prójimo y por el medio ambiente.

Cinco características definen, a mi juicio, el trabajo del voluntariado. Es desinteresado porque el voluntario no busca ningún beneficio ni gratificación por la ayuda que presta. Es intencionado porque el voluntario persigue un fin positivo, previamente programado, que consiste en mejorar la situación de las personas más necesitadas. Es justificado porque responde a una necesidad real del beneficiario. Su quehacer no es un pasatiempo o un entretenimiento sin más sino la satisfacción de una necesidad previamente definida como tal. Es colegiado porque el trabajo se ejerce a través de un grupo organizado. Es subsidiario de la acción de la administración pública y de los profesionales de la acción social. La complementa, no la sustituye.

Me duran todavía las emociones que he vivido esta mañana en la ciudad asturiana de Pravia. Comienzo a escribir este artículo en el avión que me lleva desde Madrid a Málaga después de haber viajado desde Asturias a Madrid. No se me ha borrado la sonrisa, no se me han olvidado los encuentros, no han desaparecido de mi mente las imágenes vividas hace unas horas. Me durarán mientras viva.

Esta mañana tuve el honor de dirigirme a casi doscientas voluntarias y voluntarios de las áreas III y VIII del Principado de Asturias. Antepongo a las voluntarias porque había muchas más mujeres. Dato altamente significativo. ¿Por qué casi siempre es así? Hay más hombres en la banca, en la política, en la academia, en las industria, en la milicia…. Y hay más mujeres en la solidaridad. ¿Por qué? Este es un hecho incontestable. Este no es un hecho casual.

Quienes asistieron tenían edades comprendidas entre los 60 y los 80 años, con excepciones hacia abajo y hacia arriba. Y aquí tengo otra preocupación importante: ¿Dónde está el voluntariado juvenil? Me preocupa esta desafección de muchos jóvenes y de muchas jóvenes hacia estas causas solidarias, generosas y empáticas con los más necesitados de la sociedad.

– ¿Se puede vivir sin solidaridad?, me pregunto.
– Sí, pero entonces no merece la pena vivir, me respondo, inquieto por el sentido que le está dando a su trayectoria vital una parte de nuestra juventud.

Me lo decían con preocupación y pena las responsables de MASPAZ (Movimiento Asturiano por la Paz). Les desvela la falta de respuesta de la juventud ante las causas del voluntariado. ¿Cómo encender este fuego y avivarlo en la mente y en el corazón de la juventud?

Agradecí a quienes me escuchaban el trabajo que realizan y les felicité por su actitud solidaria. En un mundo que tiene como ejes el individualismo, la competitividad, la obsesión por la eficacia, el relativismo moral, la hipertrofia de la imagen y el imperio de las leyes del mercado (tanto compras, tanto eres; tanto tienes, tanto vales), este admirable puñado de personas dedica su tiempo y su quehacer a socorrer y a prestar ayuda a quienes más lo necesitan. Es decir, a quienes Paulo Freire llamaba “los desheredados de la tierra”.

Qué generosidad. Qué mérito. Qué ejemplo. Lejos de dejarse arrastrar por los imperativos de una cultura que pone todo el énfasis en el egoísmo (de uno solo) o en el pluriegoísmo (solo los de la familia), esta maravillosa gente decide ayudar a quienes menos saben, a quienes menos tienen y a quienes menos pueden.

Allí me encontré en el descanso con Manolita, una voluntaria a la que su marido abandonó hace cuarenta años, a la que dejó al cargo de los hijos, a la que condenó a percibir solo 350 euros de pensión, a la que trató de forma egoísta y cruel. Pues bien, ella acude ahora al asilo donde este hombre reside para sacarle a pasear en su silla de ruedas porque, dice Manolita, “no tiene a nadie, ni siquiera a sus hijos”. Sin rencor. Sin odio. Con bondad. Con infinita generosidad. Pocas personas son capaces de tener un comportamiento así. Un comportamiento que algunos calificarían de ingenuo, de servil y de estúpido. Un comportamiento admirable que solo se puede atribuir a la solidaridad que nace de un corazón formidable.

Titulé la conferencia “Participando que es gerundio”, porque quería, desde el primer momento, utilizar un lenguaje sencillo, inteligible, cercano, ameno y motivador. No me gusta la actitud de algunos conferenciantes, más preocupados por demostrar cuánto saben que porque los asistentes aprendan algo… He oído decir, con evidente sorna, a la salida de conferencias cargadas de erudición: “este conferenciante sí que es una eminencia; no he logrado entenderle ni una sola palabra”.

Les hablé de las exigencias de la participación, de su verdadera naturaleza, de los principios de los que nace, de los frutos que produce, de las falacias que la acechan, de las estrategias para mejorarla, de las estructuras para encauzarla, de las dificultades que la anulan o empobrecen. La participación no es regalo del poder. Es un derecho y un deber de la ciudadanía. Un derecho y un deber que nadie debe recortar, ni condicionar, ni trucar, ni aplazar, ni formalizar, ni feminizar.

Fue una mañana hermosa. Me sentía feliz y honrado rodeado de aquellas mujeres mayores, de aquellos hombres cargados no tanto de años cuanto de ilusiones desbordantes y actitudes solidarias.

Después del descanso disfrutamos de la obra de teatro “Pide un deseo. Los objetivos de un desarrollo sostenible”. A continuación, una estupenda comida que compartimos de pie y que estuvo amenizada por “Los Gascones” (gaita asturiana, acordeón, batería, buenas voces…). Una mujer de 93 años bailaba al son de las canciones populares de Asturias con un ánimo que ya quisieran para sí muchos jóvenes que están abriéndose camino en la vida.

Me fui emocionado. Con el abrazo de muchos asistentes. Con sus palabras de felicitación y gratitud. Y con el obsequio de un hermoso calendario sobre voluntariado que se ha confeccionado con 13 imágenes (12 meses más portada) que han creado los jóvenes y las jóvenes de Asturias en un concurso patrocinado por los Centros de Voluntariado y el Gobierno del Principado. Muchas gracias.

Pongo punto final. Esta vez con palabras de Tomás Borge, cuando dice con tanto acierto: “La solidaridad es la ternura de los pueblos”.