En defensa de la clase política

26 May

Sé que este artículo puede sorprender y hasta molestar. ¿Defensa? ¿Con la que está cayendo? La trama Gürtel, cuya sentencia se conoció anteayer, resulta vergonzante. El caso de los ERE que se está juzgando en estos días, resulta no menos repulsivo… Y así podríamos seguir hasta el hartazgo. No voy a defender a los políticos corruptos sino a los políticos y a las políticas decentes. Que son muchos, que son más.

Es raro encontrarse hoy día con un texto en defensa de la clase política. Es más popular criticar, denostar, descalificar a todos los políticos, colocando sobre cada uno de ellos la etiqueta de indeseable y de indecente. Quien así proceda recibirá, más que probablemente, el aplauso unánime de los lectores y lectoras. Existe un estado de opinión que identifica política con corrupción. No es justo. No es cierto.

No me gusta descalificar a la clase política en su conjunto. Creo que hacerlo es un gesto antidemocrático. En primer lugar porque la democracia es el mejor régimen entre los posibles, en segundo lugar porque ni todos los políticos son malos ni todos son iguales y, en tercer lugar, porque se suele hacer esa descalificación sin la menor piedad y con escasa intención de que sirva para mejorar el clima moral.

Deberían dedicarse a la política los ciudadanos y ciudadanas más inteligentes y más responsables de la sociedad. Porque se van a dedicar a gestionar el bien común. En una democracia el poder está al servicio de los ciudadanos y no a la inversa. Los políticos son los servidores del pueblo, no sus dueños. Y son los ciudadanos quienes tienen el deber de elegir a los mejores. Para ello, deben estar bien formados y bien informados. Otra vez la educación. ¿Cuántos hay que ni siquiera votan, excusándose en la idea de que todos los políticos son iguales (de malos, se entiende)? Es muy cómodo y muy cínico dejar en manos de los demás la responsabilidad de elegir. Y luego despotricar de los elegidos.

Nadie debería decir: “a mí no me gusta la política”, “yo no entiendo nada de política”, “a mí no me hables de política”. Porque la política es necesaria, importante y hermosa. Y es de todos y de todas. Todos somos seres políticos. Todos pertenecemos a la polis.

Estoy contra la generalización que mete a todos los políticos en el mismo saco y que luego arroja el saco a la basura. Hay muchos políticos honestos y muchos que se dedican a la política no por interés sino perdiendo dinero. No me cabe la menor duda de que hay personas en la política con un compromiso de mejora de la sociedad y de servicio al prójimo ejemplares. De agradecer.

Por eso creo que tiene que ser muy duro escuchar descalificaciones despiadadas, juicios de valor infundados, bromas crueles que identifican al político con la corrupción y con el egoísmo más descarado.

Esta postura que ahora defiendo es compatible con el ataque contundente hacia aquellos que, por avaricia desmedida o egoísmo exacerbado, consiguen que se castigue a todos haciendo extensiva la etiqueta de la perversión. Corruptio optimi pésima. No solo porque es más elaborada, sino porque se convierte en un ejemplo y en un motivo de descalificación general.

Por eso resultan tan indignantes comportamientos abusivos como los de Bárcenas y Correa. Se convierten en un arma arrojadiza no solo contra ellos sino contra todos los que se dedican a lo que se dedican ellos. Destruyen el prestigio de la buena gente que se dedica a la política. Como el cura pederasta no solo pone sobre él la etiqueta de pervertido sino que es una invitación para despreciar a todos los que se dedican al sacerdocio.

Hace unos días oí contar la historia de un individuo que quiere cursar los estudios de Ciencias Políticas. Acude a la Facultad y en la secretaría le dicen:

– Coja un sobre.
El solicitante, sorprendido, dice:
– ¿Ya?
El funcionario puntualiza:
– El sobre de matrícula.

El chiste sobre políticos suele ser muy celebrado por las audiencias. En los bares, en las tertulias, en las conferencias… Pocos piensan en el efecto demoledor que tienen esos chistes en la valoración que se hace de la política.

Ya sé que son ellos mismos quienes tienen que ganarse el prestigio. Y muchos se lo ganan a pulso. Y aguantan las pullas y las agresiones que otros se merecen.

En todos los colectivos hay personas corruptas. Médicos, arquitectos, profesores, pilotos, comerciantes, diplomáticos, farmacéuticos… En pocos, como en el de los políticos, funciona tan bien el mecanismo de la generalización. Si uno ha delinquido, es que todos delinquen. Si uno es corrupto, es que todos lo son.

Tiramos piedras sobre nuestras cabezas. Porque nosotros hemos elegido a esos políticos. Y nosotros hemos dicho que el sistema democrático es el que deseamos para organizar nuestra sociedad. No queremos que una persona piense por todos y decida por todos. No queremos una dictadura. Pero, claro, proponer como sistema de organización una democracia exige la confianza en aquellos que van a gestionarla porque hemos depositado en ellos la confianza.

De cualquier manera, hay algunas garantías que permiten asegurar la pureza del sistema democrático. Voy a proponer un decálogo en el que hay exigencias ascendentes (de a ciudadanía hacia el poder) y descendentes (desde el poder ala ciudadanía).

– Garantizar que nadie se perpetúe en el poder. Lo cual exige limitar los mandatos de gobierno en cualquiera de los niveles del sistema democrático. Me da igual un alcalde que un presidente de Gobierno.
– La separación de poderes. Cuando el sistema judicial está sometido, vinculado o en connivencia con el poder legislativo y o el ejecutivo no existen garantías de pureza democrática.
– Leyes justas que persigan y castiguen de forma ejemplar la corrupción política. Leyes que busquen la transparencia, la rendición de cuentas, la persecución ejemplar de la corrupción, sea del propio partido sea del partido adversario.
– Dignificación de la política como un medio de servicio a la comunidad. Hay que honrar a quienes velan por el bien común.
– Erradicar de la vida pública los métodos mafiosos, el navajeo, las trampas, las zancadillas, el todo vale con tal de acceder o de mantenerse en el poder.
– En lugar de hablar de oposición, hablar de alternativa. Porque la oposición parece tener la misión de oponerse a todo, incluso a lo que es bueno para el pueblo.
– Procurar que exista democracia interna en los partidos. Es decir, que haya posibilidad de ejercer la crítica de forma libre.
– Votar con listas abiertas y no solo mediante siglas de partido. Porque no pueden meterse en un mismo saco a quienes responden a las mismas siglas.
– Hacer más frecuente la dimisión de quienes cometen errores o se descuidan en el cumplimientos de las exigencias éticas del cargo. Es decir, darle más fuerza a la responsabilidad política de las actuaciones.
– Formación ciudadana para saber discernir cuándo el gobernante actúa de manera honesta o deshonesta y para saber castigar con el voto a quien no ha respondido a las expectativas exigidas por la votación anterior.

El camino hacia la dignificación de la política es infinito. No es solo un compromiso de los profesionales de la política. Es un compromiso de todos los ciudadanos y ciudadanas del país. Hay que avanzar constantemente aunque tengamos la seguridad de no poder llegar al final nunca. En esta cuestión todos estamos interpelado. Me gusta decir (y pido que cada uno diga lo mismo): Que por mí no quede.

La semilla que florece

19 May

He aquí la historia de un sentido homenaje que un alumno brinda a su antigua directora. Un homenaje que viven los profesionales de la educación que se dedican en cuerpo y alma a la tarea. Hermoso gesto, generosa delicadeza, emocionante felicitación de un alumno en el cumpleaños de su antigua directora escolar. No hay ninguna profesión como ésta. Ninguna cuyas sementeras den cosechas tan ricas y abundantes. Quien educa coloca semillas en el jardín del corazón y muchas de ellas florecen con el cuidado y con el tiempo.

Todo empezó en mi casa de Málaga cuando, entre los cientos de correos que cada día van entrando por el invisible buzón del ordenador, llegó un curioso mensaje a finales de abril. Me voy a permitir reproducirlo íntegramente con la anuencia expresa del autor.

“Querido Miguel Ángel: Mi nombre es Maximiliano, soy argentino y vivo en la ciudad de Buenos Aires. Tengo una gran amiga, que es fiel admiradora tuya, y que antes de ser mi amiga, fue mi Directora cuando cursaba la Educación Primaria. Su nombre es Mónica Norma Aiassa. Como toda admiradora, sigue tus pasos, y siempre tiene intenciones de ir a tus seminarios, conferencias, etc… Solo una vez pudo concertarlo, cuando visitaste la ciudad de Rosario, Santa Fe, aquí en Argentina. Te cuento que he estado buscando información sobre tus próximas presentaciones, pero sinceramente no he obtenido información acerca de ellas… No sé si al no estar en el tema de educación olvidé algunas palabras claves en mi búsqueda, o si simplemente no soy habilidoso con las mismas. Pero no pude encontrar nada sobre tus charlas, seminarios, etc, o tal vez actualmente tengas la agenda completa con otras actividades, no lo sé… Pero bueno, es por ello que te escribo. Básicamente, quiero descaradamente (ya que no te conozco) pedirte un favor, si es posible, claro… Me sería de gran ayuda, que me facilites información de tus próximos eventos. Todo tipo de información que puedas brindarme además de las fechas y ciudades, como podría ser lugar del evento (por ej: Universidad de Málaga), aranceles, tal vez el contacto del organizador: mail, teléfono, facebook, lo que fuere. Todo me sería de gran ayuda, ya que la idea final de todo esto, es poder hacerle un obsequio de cumpleaños a Mónica. Mi idea en un principio, es regalarle el ingreso a alguna de tus conferencias/charlas. Y de ser posible, el pasaje aéreo hacia la ciudad en donde sea el evento (para esto ya debería ponerme en contacto con sus hijos, y su mejor amiga). Por el momento es solo una idea, pero dicen que cuando uno tiene que soñar, debe hacerlo a lo grande, y si bien no sería algo FÁCIL, tampoco creo que sea imposible. Mónica a mí me ha dado mucho, y creo que es un lindo modo de retribuírselo. En fin, no te robo más tiempo. Te agradezco desde ya, por haberte tomado el tiempo para leer este mail. Saludos. Max”.

Le contesté a vuelta de correo diciendo que, casualmente, en unos días iba a realizar una gira por varias ciudades argentinas: Córdoba, Unquillo, La Rioja, Rosario, Godeken, San Lorenzo, Carcarañá… Le dije que la gira estaba organizada por la Editorial Homo Sapiens y que con gusto le facilitaría el contacto con su director. Y añadí que, en caso de que la idea se hiciese realidad, me gustaría regalarle un libro a su tan estimada directora, un libro que estaría debidamente dedicado ya que, como dice García Márquez, un libro no se acaba de escribir hasta que no se dedica.

La contestación no se hizo esperar:

“Me muero muerto” diría una de mis alumnas millennial… ¡Gracias por tan pronta respuesta! ¡y MUCHAS GRACIAS por el regalo para Moni de tu parte en caso de que pueda asistir! (QUE DE SEGURO, encontraré la manera de que vaya). Va a estar más que FELIZ! Ya estuve googleando a Perico, y vi la publicación sobre la presentación en Rosario. Pero lo contactaré para saber sobre otras ciudades, ya que creo que Mónica ese finde está ocupada. Mi gesto puede ser muy lindo, pero el tuyo también lo es, y te lo agradeceré siempre. Espero nos veamos pronto, y quién te dice, asisto a la capacitación. (Soy Maestro de Danza, pero al fin y al cabo, estoy parado impartiendo lo que he aprendido frente a estudiantes que me eligen como su guía, por cuanto, supongo la charla puede ser enriquecedora para mi también). ¡Que tengas un buen día, Miguel! PD: Sí, me seria muy útil el correo!

Le facilité el contacto con la organización de la conferencia de Rosario, formalizó la inscripción y anunció la presencia de Mónica a las 9 de la mañana del día 12 de mayo. Me lo comunicó con estas palabras.

“Estimado Miguel: Estoy muy Feliz. Con tu ayuda y la del hijo mayor de Moni he logrado concretar todo. Moni mañana se enterará de la la sorpresa del viaje en una cena que le organicé junto con sus hijos… Ya están los pasajes, ya está reservado el Hotel, y ya está reservada su vacante en tu taller en Rosario. Ahora solo falta que pasen unas horas para que se materialice el obsequio. ¡¡¡MUCHAS GRACIAS!!! y luego espero poder leer aquel pensamiento en puño y letra, que como García Márquez decía, da realmente por finalizado el libro! (Se va a poner MUY CONTENTA!) Un abrazo!!! Maxi”.

Le pedí que, ya que iban a asistir más de setecientos docentes, se me acercase y se identificase ya que yo no la conocía ni la había visto nunca. Bastaba que me dijese que era Mónica Norma Aiassa o, sencillamente, Moni. Pronto llegó la respuesta:

“Estimado Miguel: Anoche pensábamos con Moni cómo podrías reconocerla. ¡No hallamos respuesta! ¡Jaja! Creemos que lo mejor seria que simplemente se acerque y se presente cuando se de la oportunidad. Su nombre es Mónica Aiassa. “Moni” para los amigos, y para sus ídolos también, así que podes decirle “Hola, Moni” cuando la veas. Finalmente solo viajará ella. Yo tengo que dictar un Taller aquí en Buenos Aires, y no podré viajar. Respecto a los libros que estén a disposición, solo sé que ella quería “Evaluar con el corazón”. Pero desconozco si está o no disponible. Como sea, cualquiera sea, la hará muy feliz. Te mando un abrazo, Miguel. Y que tu estadía en Argentina, sea estupenda. Maxi”.

Llegó el sábado, 12. La sala estaba abarrotada. Se me acercó Mónica y me hizo saber que era la amiga de Maxi. Hubo saludos efusivos. Comenzó la conferencia. En un momento de la misma decía yo que la profesión docente era por naturaleza optimista. Uno de los motivos es que generaba impresionantes cosechas de gratitud. Y puse, entre otros ejemplos, el caso de Maxi y de Moni. Le hice entrega del libro prometido con el título esperado. Los presentes se sumaron a la felicitación de cumpleaños con un largo aplauso.

Un homenaje cargado de generosidad y emoción del que he querido dejar constancia. Ya en España, Maxi me cuenta que el sueño se hizo realidad. Nada mejor que sus palabras para expresarlo.

“¡Hola! ¿Como estas, Miguel? ¿Ya en España, o aun de visitas en Buenos Aires? Como bien decís, sé todo por ella, por Moni. Me iba enviando el minuto a minuto de las novedades, incluso un videito muy casero, en el que lees mi correo, y le haces entrega del libro. Estuvo muy ávida en registrar ese momento con su móvil. Estaba muy feliz, y aun lo está. Quedamos en vernos esta semana para compartir las experiencias vividas en su viaje. Lamenté mucho no poder estar, pero de todos modos no faltará oportunidad de conocerte personalmente y asistir a alguno de tus talleres. Estoy seguro. Respecto a contar la historia, CLARO QUE SÍ. No solo tienes mi aprobación, sino que además es un honor ser inmortalizado en un blog como co-protagonista de dicha historia! Me encanta la idea y te lo agradezco (…) ¡Un abrazo para ti también, Miguel, y nos mantenemos en contacto! Maxi”.

Los directores y directoras viven a veces la soledad, la crítica y la desafección. Pero hay modos de asumir esa responsabilidad que generan hermosas floraciones como ésta.

Es un impresentable

12 May

Resulta casi inevitable que, antes de iniciar una conferencia, un taller, un curso o una mesa redonda, alguien (y ese es otro aspecto interesante, quién se encarga o a quién se le encarga la presentación) dedique unas palabras a presentar al orador. Da igual que sea de todos conocido o un perfecto desconocido. Se hace la presentación sí o sí. (Prestemos desde hoy un poquito más de atención a las presentaciones que escuchamos. A su contenido, a su duración, a su tono y a su estilo…). Encontraremos algunas sorpresas agradables. A veces desearemos que continúe un poquito más y otras anhelaremos que el presentador ponga un punto final. Como suelen decir algunos presentadores: “ustedes han venido para escucharle a él y no a mí. Todo el tiempo que yo ocupe se lo estaré robando al disertante”. Pero él sigue impertérrito.

En pocas ocasiones le he pedido al presentador el texto. Porque muchas veces la presentación ha consistido en leer (y de aquella manera) un Cucriculum Vitae que previamente se me había pedido. En algunas, sí. Por su originalidad, por su enfoque, por su precisión, por su cercanía emocional.

Algunos, sea porque no tienen ni idea de quién eres o qué has hecho, sea porque realmente quieren destacar lo que a tu juicio, es más relevante, te preguntan:

– ¿Quieres que destaque algo en especial?, ¿tienes interés en que haga referencia a algún aspecto de tu trayectoria profesional o personal?

Bien es cierto que internet es hoy la solución a muchos de estos problemas. Algunos lo dicen abiertamente. He encontrado miles, millones de referencias en internet. Como si tener muchas referencias fuese algo relevante. En una ocasión en la que el presentador dijo el número de millones de referencias que había encontrado en un buscador dije, medio en broma, medio en serio, que Belén Esteban tenía algunas más.

El género de las presentaciones, como todos los géneros breves, tiene muchos lugares comunes y algunas joyas creativas. ¿Cuántos miles de veces me han presentado? Algunos, ciertamente. ¿Cuántas presentaciones me han llamado la atención? Pocas, sin duda..

Tendrán que reconocer conmigo que la mayoría de las veces se trata de palabras anodinas y que estamos deseando que la conferencia empiece de una vez. Una de las más pintorescas que he oído es la del presentador que quiso ser tan halagador con el conferenciante que acabó diciendo:

– Bueno, la verdad es que tiene tantos méritos que es… impresentable.

Recuerdo que, siendo yo estudiante en la Universidad de Oviedo, el entonces decano Emilio Alarcos Llorach presentó a Camilo José Cela (todavía no había sido distinguido con el Novel de Literatura) con estas escuetas y elocuentes palabras. Una vez pronunciadas con toda la solemnidad, se sentó ante el asombro de todos.

– Este es Camilo José Cela. El que no le conozca, peor para él.

Lo que tengo que reconocer es que la mayoría de las presentaciones hace referencia a los aspectos relacionados con las titulaciones, las publicaciones y las experiencias laborales… Hay pocas que se refieran a la vida personal, a las relaciones, a los afectos.

Algunas he visto excesivamente largas y tediosas. Otras, por el contrario, han sido breves e ingeniosas. Recuerdo muy bien lo que dijo quien me presentaba en Oviedo hace varios años:

– Como los musulmanes tienen la obligación de acudir una vez en la vida a La Meca, todos los profesores y profesoras deberían tener la obligación de escuchar al manos una vez a este profesor.

No pudo decir más en menos palabras.

En los Encuentros de Apfrato (Asociación Pedagógica Francesco Tonucci) que se celebran en Granada desde hace 8 años en el primer fin de semana de junio, es costumbre que un niño presente a un conferenciante. En uno de los primeros encuentros le encargaron a un niño buscar en internet la información necesaria sobre mí. Cuando terminó pregunté quién conocía al niño. Levantaron la manos sus padres y algunos amigos que se encontraban allí. Luego pregunté quién me conocía a mí y levantaron la mano casi todos. ¿A quién deberíamos presentar?, pregunté.

Y seguidamente hice una breve presentación con datos que había recabado anteriormente a sus profesores, a sus padres y amigos. El niño, de unos doce años, estaba tan maravillado que no daba crédito a lo que oía. Probablemente pensó que se le había escapado la condición de mago que tenía aquella persona que había presentado.

– Fulanito tiene 12 años. Le gustan mucho las aves rapaces, sobre todo el aguilucho de Harry Poter. Tiene dos hermanos. Es muy bueno en matemáticas. El año pasado estuvo de vacaciones con su familia en Francia…

Todas las presentaciones son panegíricas. No he visto ni una sola en la que se mencione algún defecto o mala acción de quien va a hablar.

He visto presentaciones casi tan largas como la ponencia que la sigue. Curiosamente, el autor de esos desmanes oratorios no percibe el malestar de los asistentes, que va creciendo, a medida que avanza recitando los títulos de las obras del conferenciante.

He visto presentaciones muy trabajadas. Presentaciones que son fruto de horas de reflexión y de búsqueda. Basta ver la documentación que el presentador lleva en las manos. Varios folios impresos que desvelan una escritura atenta y minuciosa. Hace poco, en Tuxtla (México) la profesora Yuridia Salgado construyó para presentarme un cuento hermoso en torno al diario que le estoy escribiendo a mi hija Carla. Uno de los que he pedido, por cierto.

Creo que un buen termómetro para medir la calidad de una presentación es el interés que suscita en el presentado. Cuando le hace sonreír, cuando le emociona o le sorprende es que estamos ante una obra de ingenio. Otro criterio es la pertinencia de la información que brinda a los asistentes.

Es preciso tener en cuenta el contexto. Quiénes son los asistentes y quién es el conferenciante. No es igual un grupo de niños que uno de adultos con alta capacitación. No es igual presentar a Fernando Savater (a quien todos los asistentes conocen) que a un autor completamente desconocido.

Hace algunos años tuve que hacer en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander, como Director de un curso, la presentación de todos los conferenciantes. Me resultaba aburrido (y pensaba que eso mismo les iba a suceder a los asistentes) enumerar los méritos académicos de cada expositor, teniendo en cuenta que todos eran conocidos. Y pensé en una alternativa curiosa.

Atribuí a cada expositor un plato de cocina con su correspondiente foto. La clave consistía en decir por qué aquel plato se podía identificar con aquel conferenciante. (por sus ingredientes, por su preparación, por su sabor…)

En el libro “Adolescentes y educación” están las presentaciones que hice de los disertantes en un curso que yo dirigía. Consisten en cuentos que, a mi juicio, reflejaban la personalidad de cada uno.

En otra ocasión pensé en identificar a cada disertante en el curso con una parte del cuerpo. Uno era la cabeza, otro la boca, otro las manos, otro los pies, otro la piel… Y la clave estaba en explicar el porqué de cada atribución. Están escritas en el prólogo del libro “Escuelas para la democracia” (Wolters Kluwer) en el que también se reproducen los textos de las conferencias. Recuerdo que, al hacer la valoración de la experiencia, uno de los asistentes comenzó diciendo: “Yo creo que la columna vertebral de este curso ha sido…”. Quiso seguir el juego de las metáforas. Ingenio.

La generación del yo-yo y del ya-ya

5 May

Me envía Cristina Gutiérrez, directora de la Granja Escola (Santa María de Palautornera, en el Montseny de Barcelona), una información sobre dos experiencias que van a poner en marcha. Una se refiere a la organización de “Colonias emocionales de verano”, la otra se denomina “La generación del yo-yo, ya-ya”. No he podido por menos de felicitarla por esta segunda iniciativa porque me parece que ha dado en el clavo.

Pienso con ella que estamos asistiendo a la aparición de un fenómeno inquietante, que es fruto de muchos factores confluyentes. Unos relacionados con la sociedad, otros con la escuela y algunos con la familia. Hablo del surgimiento de la generación del yo-yo y del ya-ya. No afecta a todos los niños y jóvenes de la sociedad, ya lo sé. Pero sí a una buena parte.

La denominación “yo-yo” hace referencia a ese egoísmo exacerbado de algunos niños y jóvenes que se consideran el centro del universo. Todo lo demás ha de girar a su alrededor. Yo, mi, me, conmigo. Esos son los lemas de su vida. Los principios que rigen su filosofía.

Cuando era estudiante de bachillerato, el profesor presentaba una máxima en el encerado cada semana. En una ocasión, escribió: “Lo mejor y lo primero, para mi compañero”. Un espabilado, digno de pertenecer a la generación que describo, corrigió: “Lo mejor y lo primero para mí, compañero”. Es la consigna que preside sus actitudes, sus pensamientos y su acción.

Sin haberse ganado nada creen merecerlo todo. Quienes les rodean, tienen que estar a su servicio porque ellos solo tienen derechos, no obligaciones. Padres y profesores son sus criados, sus sirvientes. Los primeros les entregan cosas (comida, ropa, dinero, diversiones, cuidados…); los segundos, les dan conocimientos. Y todos, afecto.

No hacen la cama, no ponen la mesa, no cuelgan la ropa, no limpian la casa, no recogen las cosas. Exigen dinero, buscan comodidad y se enfadan cuando no les compran lo que desean o les rompen la tranquilidad…

Para ellos solo importa el pronombre posesivo de primera persona: “mi” interés, “”mi” necesidad, “mi” satisfacción, “mi” gusto, “mi” comodidad, “mi” capricho… Lo que quieran o necesiten los demás es secundario o, lo que es peor, irrelevante. Dice el jansenista Pascal que “la naturaleza del egoísmo consiste en no amar más que a uno mismo”.

Cuento, para referirme a esa actitud individualista extramada, la anécdota de una madre que pide limosna con su hijo. En un momento determinado ella le dice a su vástago:

– Hijo, qué pena esta vida, tener que pedir limosna, con la vergüenza que da pedir, con la insolidaridad que hay. Unas veces a veces hace mucho frío, otras muchísimo calor…

El hijo escucha atentamente las palabras desoladas de su madre y le dice con enorme aplomo y convicción:

– Mamá, tú no te preocupes por mí. No te preocupes por mí porque estoy seguro de que el día de mañana yo voy a ser multimillonario y tú, mamá, ya solo tendrás que pedir para ti solita…

La generación del yo-yo es también la del ya-ya , es decir la que se caracteriza por mantener una actitud de urgencia en la satisfacción de los deseos. Quiero esto y lo quiero ya.

Mañana o pasado mañana son conceptos temporales insoportables a la hora de tener lo que quieren. ¿Para Reyes? Eso es como para otra vida. ¿Para el próximo curso? Es como decir para después de la eternidad. No. Para ellos y ellas solo hay ahora. Solo existe la inmediatez.

¿Por qué esta configuración psicológica egoísta? Pienso en algunas causas. Esos dos rasgos nacen de la ausencia de resistencia a la frustración. Los militantes de esa generación del yo-yo y del ya-ya no son capaces de recibir un no como respuesta a una demanda. Recuerdo haber leído hace unos meses en la prensa el caso de un adolescente que mató a su madre porque no le quiso comprar un i-pad o algo que demandaba con no menor dureza que urgencia.

Otra causa es la intransigencia. No hay diálogo posible. No hay razonamiento válido. No hay negociación posible. No se acepta ni un mínimo aplazamiento. Quieren esto, aquí y ahora. No importa el precio, no importa la distancia, no importa la conveniencia.

La tercera causa es la sobreprotección de la familia. Piensa por ellos, decide por ellos, trabaja para ellos. Se les ahorran los esfuerzos y se les da todo antes incluso de que lo pidan.

Una cuarta causa es el síndrome acumulativo. Haberlo conseguido una vez no solo no calma el impulso sino que lo retroalimenta, de tal manera que se convierte en una hábito. Estar acostumbrado a conseguir lo que se pretende no disminuye sino que incrementa el deseo de satisfacción del nuevo deseo.

Hay una quinta causa que es la comparación que hacen unos con otros. Es un motivo de orgullo mostrar la facilidad y rapidez con la que cada uno consigue las cosas en la casa. “Pues a mí me han comprado…”, “pues a mí me han regalado…”, “pues a mí me han permitido…”. Uno es más valioso y más importante en la medida del poder que manifiesta.

Mencionaré una última causa, entendiendo que puede haber muchas otras: el mundo de la publicidad se caracteriza por la instantaneidad. Esto está de moda, pero dentro de un momento ya no lo estará. La publicidad empuja a la compra inmediata, a la satisfacción automática del deseo. Todo es aceleración en el mercado.

Los adultos generamos y alimentamos las causas de esas actitudes egoístas. Nosotros les hemos hecho creer que no hay nada más importante en el mundo que ellos. Les hemos ido cubriendo con celeridad no solo las necesidades sino los caprichos. Si hay que ver un programa de televisión en familia, se ve el que ellos quieren; si hay que oír una cadena de radio, es la que ellos desean; si hay que elegir un restaurante, es el que ellos prefieren

Nos anticipamos a sus deseos, les premiamos por los éxitos escolares, les hacemos la cama, les ponemos la mesa, les compramos la moto y, luego, el coche. Ellos piden, reciben y exigen.

Padres y madres que han soportado carencias en su infancia se empeñan en que a sus hijos e hijas no les falte nada. Piensan que así serán mejores padres. “Puesto que yo carecí de todo, quiero que ahora a mis hijos no les falte nada”, vienen a decir.

La sociedad les tiende sus trampas a través de la publicidad y del comercio. Les hace pensar y sentir que, en la medida en que tenga más cosas y de que esas cosas sean de moda y de marca, serán más felices.

La escuela también pone su granito de arena rebajando la exigencia y aceptando unos comportamientos, unas indumentarias y unas actitudes carenes de respeto y de consideración. La permisividad como reverso de la exigencia.

Hay situaciones que agravan el problema. En caso de divorcio los hijos entregan su afecto a quien más les da. Porque entienden que quien les quiere les entrega cosas y les satisface los caprichos. Y así se produce una competición entre los padres divorciados: yo le compro más que tú, yo le doy más que tú, yo le permito más que tú… y así él me quiere más. La trampa es burda, peo muy eficaz.

Nos regimos frecuentemente por la ley del péndulo. Hemos pasado de un extremo al otro. De una etapa en la que los niños y las niñas solo debían callar y obedecer hemos pasado a otra en la que solo los niños hablan y mandan.

Hay que recuperar la cordura educativa. Sin esfuerzo, sin exigencia, sin capacidad de soportar la frustración, nuestros hijos y alumnos encontrarán muchas dificultades insuperables en la vida. Acostumbrados a satisfacer deseos y caprichos no van a saber hacer frente a los dificultades. Si de verdad les queremos, tendremos que poner límites, decir que no muchas veces y recordarles, de forma teórica y práctica, que tienen obligaciones y no solo derechos.

Y no quiere que le dé yo otra

28 Abr

En cualquier lugar del mundo, los niños y las niñas dan señales de ingenio. Lo he podido comprobar de nuevo, como luego contaré, en Tuxtla Gutiérrez, capital del estado de Chiapas, ciudad a la que acudí hace días invitado por el SEUAT (Sistema Educativo Universitario Azteca. Tuxtla).

No solo se aprende en las aulas, en los auditorios o en las salas de reuniones. Hay un aprendizaje, quizás no tan elaborado pero no menos eficaz, que se realiza en los pasillos, en los patios, en las calles, en las cafeterías y en las mesas de los restaurantes.

En el transcurso de una cena (allí nació este artículo) cuenta una profesora que su hija de 7 años era molestada por un compañero en la escuela. La niña no era capaz de detener los agravios, de modo que decidió llevar el caso a otra instancia. Le contó a su madre lo que sucedía. Posteriormente le dijo al compañero que su mamá le iba a dar un dulce y advirtió a la mamá de que su compañero iba a ir a buscarla para reclamar el obsequio y que, una vez allí, en lugar de dárselo, tenía que aplicarle el correctivo oportuno.

Es decir, que la niña le preparó una trampa a su colega, le lanzó un anzuelo para que picase, mordiendo el cebo de aquel codiciado dulce. Pensó que era más fácil conducirle de esa forma a quien tenía que reprenderle y así evitar a su madre una comprometida búsqueda. Con esa estratagema metía así al agresor en la boca del lobo.

La madre, con buen criterio, no aceptó la estrategia que había urdido su pequeña y la instó a que resolviera el problema por sí misma, sin necesidad de poner en marcha la tramposa argucia.

Pensé en escribir algo sobre la forma de tratar los conflictos infantiles. Y leí, como suele hacerse para escribir. La psicóloga infantil María Luisa Ferrerós, por ejemplo, asegura: “Proteger demasiado a los niños es malo porque no aprenden a sacarse las castañas del fuego, y tienen que saber buscar estrategias para tolerar sus frustraciones y afrontar sus conflictos de forma eficaz”. Muchas veces los padres intervienen, con toda su buena voluntad, pero crean el efecto contrario: “Les envían el mensaje subliminal de que ellos no sirven y les bajan la autoestima. Los niños mimados y sobreprotegidos no se quieren y piensan que son incapaces de hacer nada ellos solos”, añade Ferrerós.

Los modos de pedir y exigir justicia de los niños son peculiares. Recuerdo que, el primer año que me hice cargo de una clase de Primaria, un niño me abordó en el patio con el rostro desencajado y una tremenda indignación.

– ¿Qué te pasa?, le pregunté.

– Profesor, me dijo, un niño me ha dado una patada y ahora no quiere que le de yo otra.

¿Qué justicia era esa?, pensaría. ¿Cómo podía resistirse su colega a recibir el merecido castigo precisamente de quien había sido agredido previamente? ¿Cómo es que no aceptaba la tan justa ley del ojo por ojo y diente por diente?

Le expliqué que nadie debe tomare la justicia por su mano, que hay que hablar con la boca, no con los puños, no con los pies, no con las armas. Le dije que una patada no encuentra la solución justa en otra patada.

¿Cómo resuelven los niños y las niñas los conflictos? Es interesante observar sus interacciones. Su espontaneidad y su ingenio tienen que ir ganando cotas de racionalidad y de equidad. Las intervenciones de los adultos tienen que estar en la línea de esas conquistas.

Recuerdo que en un libro titulado “Tú sí que vales”, Carmen Bouqué cuenta que, en una clase de infantil dos niños jugaban con un camión. Uno de ellos le dice al compañero:

– Como no me des el camión, llamaré a mi hermano que está en quinto y te matará.
El compañero, atemorizado, le entrega el camión inmediatamente. Momentos después, el supuesto amigo le vuelve a chantajear con la misma amenaza.
– Si no me das la pelota, llamaré a mi hermano que está en quinto y te va a matar.

El compañero vuelve a entregar el juguete sin dilación, sin la menor protesta. ¿Cómo intervenir? ¿Qué hacer? ¿Cómo corregir al chantajista y advertir a su victima? Si la maestra le dice al extorsionador “como le digas a tu compañero otra vez que tu hermano de quinto va a venir a matarle, te quedas sin recreo”, estaría utilizando la misma táctica intimidatoria del niño.

La maestra ideó una forma de proceder inteligente y efectiva. Una buena tarde citó en la clase al hermano que está en quinto. El pequeño le ve entrar en la clase, entre sorprendido y admirado. La maestra le presenta como el hermano de un alumno de la clase y observa la cara de susto del pequeño chantajista. La maestra le hace una entrevista. Le va preguntado en qué curso está, qué asignatura le gusta más, qué es lo que cambiaría del colegio, si tiene muchos amigos, cuál es su deporte preferido… Hasta llegar a la pregunta clave:

– Y tú, ¿a cuántos has matado?
– Yo, no mato a nadie. Ni se me ocurre. Yo cuando tengo un problema hablo con las personas y lo resuelvo.
– Entonces, ¿tú no matas?
– ¡Nooo! ¡Jamás lo haría!

El pequeño chantajista aprendió que aquellas amenazas no eran reales, no tenían fundamento. El hermano pequeño aprendió a no dejarse engañar.

Los niños y las niñas interactúan constantemente. Basta observar durante unos minutos una clase o el patio del colegio para saberlo. Es necesario educar los ojos para ver, aprender a observar. Me pregunto en ocasiones cómo pasa inadvertido un caso de bulling prolongado en una escuela. Y es necesario aprender a preguntar y aprender a escuchar. Lo que para nosotros es una nimiedad para ellos puede ser de una importancia tremenda.Tenemos que escuchar con atención, empatía y paciencia para saberlo.

El libro “Cómo hablar para que sus hijos le escuchen y cómo escuchar para que sus hijos le hablen”, de Adele Faber y Elaine Maz¬lish (ediciones Médici) propone que los padres entrenen a sus hijos en la resolución conjunta de problemas. Si el niño se acostumbra a reflexionar sobre algún problema, por pequeño que sea, y aprende a idear soluciones que contenten a todas las partes implicadas, después tendrá la capacidad para hacerlo en peleas que tenga con sus hermanos o en conflictos con sus amigos.

Las relaciones entre los niños y las niñas están llenas de tensión: “Ese niño no me deja jugar”, “fulanito me ha llamado tonto”, “menganito me ha quitado el lápiz”, “zutanito me ha dado una patada”…

Es interesante utilizar la mediación entre iguales, que tan buen resultado está teniendo en las escuelas. Los mediadores, de manera imparcial, ayudan a expresarse, escuchan con atención, hacen reflexionar e invitan a tomar decisiones. Son agentes de paz en las instituciones. Hay que formarlos e informar a los litigantes de que libremente pueden solicitar su ayuda cuando se encuentran inmersos en un conflicto.

Es importante reflexionar sobre los criterios que empleamos para corregir sus actuaciones violentas. Los niños y las niñas tienen que aprender que nadie debe tomarse la justicia por su mano, que no se debe aplicar la ley del talión, que todos los niños (sobre todo los más débiles) merecen respeto, que los niños deben respetar a las niñas, que no es aceptable la ley de la selva, que nadie debe infligir un daño a nadie, que no deben soportar los golpes o los insultos de los demás como si fueran merecidos, que tienen que saber identificar, controlar y expresar sus sentimientos, que tienen que tener capacidad de frustración, que no son los únicos en el mundo, que no todo lo que hacemos los adultos es digno de imitación…

En ningún lugar hay más paz que en un cementerio. Allí nadie se mueve, nadie se mete con nadie. Donde hay vida hay conflictos. Se trata de manejarlos para que nos ayuden a ser mejores personas.