Y a mÍ, ¿quién me despacha?

15 Sep

Hace muchos años me contó mi mujer que, cuando era profesora de Primaria, tenía un alumno muy peculiar. Se llamaba Moisés. En realidad, todos y cada uno de los alumnos y de las alumnas son peculiares. Éste tenía la costumbre de prestar poca atención a las indicaciones y a las explicaciones de todo tipo. Para que reaccionase, cuando se acercaban en fila hacia ella para resolver dudas o problemas y le llegaba a él el turno, le hacía invisible y atendía al siguiente. Él se ponía de nuevo en la cola y al corresponderle el turno, volvía a ser ignorado.

– Siguiente, por favor.

El niño, defraudado en parte y en parte indignado, dio unos golpecitos sobre la mesa de la profesora, puso los brazos en jarras y dijo:

– Y a mí, ¿quién me despacha?

La frase ha quedado en la familia como un estereotipo que reclama del otro la necesaria y debida atención.

Traigo a colación la anécdota para plantear algunas ideas sobre la forma de captar la atención, tanto del profesor respecto a sus alumnos como de estos hacia su profesor.

La atención es la capacidad de fijarse en uno o varios aspectos de la realidad. Hay una atención involuntaria o flotante que es atraída por los objetos o personas que nos rodean. La atención voluntaria o selectiva es la que requiere de esfuerzo, a que se activa cuando la voluntad dirige el foco hacia alguien o hacia algo.
“La atención es un recurso limitado que se asigna selectivamente; dicha selección puede estar bajo control interno. Además, la atención es fundamental a la hora de determinar lo que las personas experimentan y generar experiencias y actuaciones verdaderamente nuevas”, dicen Greenberg, Rice y Elliot en su libro “Facilitando el cambio emocional”.

En el primer aspecto (atención que presta el profesor a sus alumnos) es preciso decir que hay alumnos más visibles que otros. Más atrevidos, más brillantes, más rápidos, más inteligentes, más guapos. El profesor tiene que tener cuidado para no ser atrapado por ellos dejando a los más tímidos o más torpes en una penumbra que los hace invisibles. ¿Cómo saber si lo han entendido si no se atreven a preguntar? ¿Cómo saber lo que les pasa si no saben o no pueden o no quieren expresarse? ¿Cómo estar cerca de ellos si huyen de forma sutil?

Ahí está el tacto, esa cualidad tan importante y tan difícilmente definible que debe poseer un profesor. Cada alumno uno debiera sentir que es el preferido o la preferida de su tutor. Y serlo.

He pensado muchas veces en esos alumnos que nunca se colocan en la primera fila, que nunca se acercan por propia iniciativa, que no se consideran dignos o capaces de mantener una relación cordial. He pensado en esos alumnos que se sienten poco valiosos para ser queridos. Y que miran a los otros con envidia y al profesor con recelo pensado que les posterga de forma premeditada.

Cuando la estructura de la clase está organizada no en círculo, o en U, o en rectángulo, o en pequeños grupos sino en mesas alineadas, es fácil que el profesor mire más y preste más atención a los alumnos de las primeras filas. Por eso hay que estar prevenido Por eso hay que tener movilidad. Por eso es necesario cambiar con frecuencia de lugar.

El profesor ha de ser un profesional de observación. Debe tener educados los ojos para ver más allá de la simple apariencia. Y debe tener la sensibilidad necesaria para que le importe la lejanía emocional de algunos de sus alumnos. Y luego, debe recorrer aquellos pasos que los alumnos no se atreven a dar hacia él. Respetando, eso sí, la lejanía buscada por ellos. Suelo decir que tienen que sentir la libertad de acercarse o de distanciarse.

El segundo aspecto es la atención que deben prestar los alumnos al profesor. Tengamos en cuenta que la capacidad de atención es efímera. Lo dice con meridiana claridad Lucas Raspall en su libro Neurociencias para educadores: “¡Tanta información disponible y tan poco tiempo para procesarla! Nosotros mismos no damos abasto con tantas noticias, aplicaciones, imágenes y vídeos que nos llegan y nos interesan… ¡Pensad entonces cómo impacta esto en la cabeza de un niño! La atención no sabe dónde quedarse quieta, queda como perdida, inestable., intoxicada. Una sobredosis de datos que no llegan a compactarse en ideas bien formadas y, mucho menos, en experiencias. ¿Puede haber aprendizajes significativos de esta manera? Me animaría a decir que, a mayor información, menos conocimiento, menos procesamiento, menos experiencia… menos aprendizaje”.

La atención está asaltada por muchos distractores. Los estímulos son constantes, variados y fugaces. No es fácil mantener la atención por mucho tiempo.

El profesor, por otra parte, tiene que disponer de recursos personales y materiales para hacerse atender. De lo contrario, por muy rico que sea el contenido de lo que quiere enseñar, no habrá forma de que aprendan.

Lo decía con mucha contundencia aquel sacerdote acerca del interés de sus feligreses a los sermones que pronunciaba en la parroquia:

– Homilía que mueve los culos, no mueve los corazones.

Cuánta razón. Si no atienden, ¿qué importancia tiene lo que se esté diciendo? ¿Qué influencia van a tener las ideas si el destinatario no las escucha? ¿Cómo pretender que se conmueva el oyente si está tan aburrido que presta la meno atención?

La atención se despierta por el interés del contenido, por el ingenio del método, por la intensidad del afecto (los alumnos aprenden de aquellos docentes a los que aman), por el clima propicio, por la distribución adecuada de los tiempos, por la bondad didáctica de los materiales… Todos estos elementos son necesarios, Basta que falte uno para que se rompa el hechizo.

Claro que todo depende también y sobre todo del interés, del respeto y de la voluntad de quien aprende. Porque solo aprende el que quiere aprender. Sólo presta atención quien de verdad quiere hacerlo.

Hablo de mantener la atención por el interés de aquello en que se está trabajando, por aquello que se está aprendiendo.

Dice Lucas Raspall en el libro citado: “Vale pensar que la atención trabaja en la oficina de al lado de la motivación, bien cerquita, ya que actúan de manera coordinada: es esta última quien le dice dónde poner el foco”.

Se puede generar motivación seleccionando bien los temas del curriculum, trabajándolos en el aula de forma colaborativa, disponiendo de buenos materiales didácticos, organizando el tiempo en períodos que hagan posible la atención sostenida, creando un clima de confianza y optimismo y manteniendo unas relaciones cordiales.

Hablo de mantener la atención por respeto a quien está explicando o tratando de organizar el trabajo. Me cuesta aceptar esos climas de jolgorio, de dispersión o de indiferencia hacia la figura del profesor. No puedo avanzar en el trabajo del aula sin tener la atención de los asistentes.

Hablo de mantener la atención por voluntad. Digo esto porque algunas veces los temas son aburridos y las explicaciones son tediosas. Es entonces cuando hay que echar mano de la voluntad, de la capacidad de esfuerzo, de las exigencias de la responsabilidad. No todo puede ser ni ha de ser divertido.

Se puede cultivar la atención y se pueden trabajar las condiciones psicológicas que la generan. Me remito a la técnica y a la filosofía del mindfulness, que nos centran en el aquí y en el ahora para conseguir la atención plena desde la paz interior.

Diez gusanitos en lugar de doce uvas

8 Sep

Todos los años, al comenzar el mes de septiembre, doy la bienvenida al nuevo curso escolar. El 3 de septiembre de 2016 lo hice con un artículo titulado Fiesta de Curso Nuevo. Proponía en él la idea de instaurar una Fiesta de Curso Nuevo, de la misma forma que existe la Fiesta de Año Nuevo. Con más motivos, claro. Porque en este caso se celebra el inicio de un proyecto educativo consensuado e ilusionante. Hoy insisto en esa idea. Y lo voy a hacer utilizando la respuesta que tuvo aquel artículo en mi blog. Se escribieron 48 comentarios. No podré hacerme eco de todos, lamentablemente.

Por primera vez en los 15 años de existencia del blog van a escribir el articulo mis queridos y admirados comentaristas. No he visto forma mejor de insistir en la misma idea. Lo digo porque algunos de ellos hablan de cómo llevaron a la práctica aquella (esta) idea. Me encantaría que se convirtiera en una costumbre. Motivos sobran.

La maestra Mayte Rodríguez Fraile escribe varios comentarios y manda un enlace en el que describe, con palabras e imágenes, cómo organizaron la Fiesta de Curso Nuevo en su escuela, un hermoso proyecto que se denomina Ubuntu (“yo soy porque nosotros somos”). Dice así:

“El pasado 3 de septiembre el profesor Miguel Ángel Santos Guerra escribía un magnífico articulo lleno de optimismo y entusiasmo animando a cómo habría que vivir el comienzo del curso en los centros educativos y que os invito a leer: FIESTA DE CURSO NUEVO (El Adarve, 3 septiembre 2016).

Tras recomendar su lectura en la primera reunión del claustro y hacer la propuesta de realizar una sencilla fiesta en este sentido, compañeros y compañeras nos pusimos “manos a la obra” contando, como no podría ser de otro modo, con el AMPA de nuestro centro siempre dispuesta a colaborar en todas y cada una de las actividades que se proponen.

Hoy, día 12 de septiembre, primer día lectivo en nuestra comunidad autónoma de Castilla-La Mancha, los niños y niñas han vivido el comienzo de las clases en un ambiente festivo a la vez que lleno de ilusiones sobre lo que esperamos del nuevo curso y qué vamos a hacer para conseguirlo.

En las aulas se han cambiado impresiones sobre estos aspectos y en pequeñas hojas de colores cada uno ha escrito su deseo o compromiso para este nuevo año escolar.

A la hora del recreo nos hemos juntado todos en un mismo patio y tanto los niños y niñas como los profes hemos colocado nuestros deseos en los árboles que se habían preparado para ello.

Tras unas sencillas palabras de bienvenida del jefe de estudios hemos tomado 10 gusanitos al son de los nombres de cada uno de los meses: 10 meses, 10 gusanitos y al terminar hemos gritado: ¡Feliz curso 2016-2017! y nos hemos felicitado grandes y pequeños.

Ha resultado un acto sencillo, emotivo y divertido.

Un paseo por el patio ya silencioso cuando los niños y niñas han terminado las clases me ha hecho ver con detenimiento lo que cada uno, con ilusión ha deseado para este curso:

Y tantos y tantos deseos… tantos como los que formamos nuestra comunidad educativa.

¡GRACIAS A TODOS Y TODAS POR ESTE COMIENZO TAN ESPECIAL!

Quiero en esta ocasión dar muy especialmente las gracias a mi compañera Esther por creer al segundo de contárselo que esto era bonito, que esto era posible y contagiarse y contagiar entusiasmo”. Hasta aquí, Mayte. Pero seguimos con otros comentarios”.

Dice Silvia Fernández: “Me parece una idea estupenda. Se puede celebrar de muchas maneras. Y una de ellas es encontrarse, realizar actividades festivas y vivir la alegría de tener un proyecto de aprendizaje compartido. Muchos saludos”.
Felipe Ramírez Pérez dice desde México: “Hola Miguel Ángel. Celebro tu propuesta de hacer alegoría por los múltiples encuentros que genera un ciclo escolar nuevo (que como sabes, acá en México lo iniciamos en agosto) mismo que es una gran oportunidad de aprender y compartir con los otros, que dicho con énfasis, son las dos acciones que dan sentido al hecho educativo (…).
Haciendo retrospectiva, y retomando lo que conversamos en el simposium realizado en el ITESO, Guadalajara Jalisco, en alusión a las Feromonas de la Manzana, ¿qué rutas atisbas ante este tipo de aprendizaje?
Un fuerte abrazo desde la muy llovida tierra tapatía y en espera de concurrir de nuevo en el próximo simposium 2017 del ITESO para compartir palabras, ideas y utopías.
PD. Felicitaciones por las nuevas oportunidades de otear hacia la educación”.
Carmen Gómez mariza, con buen criterio: “Está bien pensado lo de la Fiesta. Entiendo que no se trata de un día más de vacaciones sino de celebración. Celebración de un encuentro, de un proyecto, de una experiencia interesante. Hay que pensar el contenido CON los alumnos y alumnas, no solo PARA ellos. Solo así tendrá interés y despertará ilusión. Abrazos”.

Carlota Varela insiste en la bondad de la iniciativa con estas palabras: “Creo que el comienzo de curso tiene que tener un carácter festivo. Por eso me parece bien esta idea. NO ES UN CASTIGO TENER ESTA OPORTUNIDAD como entienden algunos alumnos y algunos docentes. Creo que un curso nuevo es una lotería para un país y para cada uno de los miembros de la comunidad educativa. Saludos y gracias”.

Karina Villa aplaude la iniciativa de esta manera: “El comienzo de curso tiene algo mágico. Se estrena un proyecto compartido, se encuentran la personas, se estrenan ilusiones.

Ya sé que cuesta dejar el tiempo de vacaciones en el que no había que madrugar y se practicaban deportes y se hacían viajes. El curso exige rutinas y quehaceres que suponen esfuerzo. Pero, si bien se mira, es un esfuerzo más que justificado que da sus frutos inmediatos. Hay mucho que celebrar. Por eso me adhiero a la FIESTA DE CURSO NUEVO”.

Ángel Martos lanza un ¡viva la Fiesta de Curso Nuevo!: “Se habla mucho del síndrome postvacacional. Claro que cuesta dejar las vacaciones y ponerse a trabajar. Pero no es igual hacerlo en unas cosas que otros, con unas actitudes u otras. Yo les recuerdo a mis hijos la suerte que tienen de tener una escuela estupenda al lado de la casa. Hay niños que no tienen escuela y otros que tienen que caminar kilómetros para llegar a ella. Es sensato disfrutar de lo que se tiene.

Y viva la Fiesta de Curso Nuevo”.

Remedios Sánchez Pérez se pregunta, con mucho sentido, por qué celebrar la fiesta de comienzo de año y no la de curso nuevo. Dice: “A fuerza de que se repitan las rutinas no nos damos cuenta de lo importante que es que se ponga en marcha con normalidad esta gigantesca maquinaria que es el sistema educativo en un país. Muchos recursos materiales y personales dedicados a la educación. Deberían ser más. Pero no se puede olvidar lo que hemos mejorado. Es para celebrar este momento. Apoyo la idea de la Fiesta de Curso Nuevo. ¿Por qué celebrar la llegada del año natural y no la del año escolar? Saludos cordiales”.

Alberto Benavides se suma a la propuesta: “Me gusta mucho esta idea. Y me gustaría que la fiesta fuese nacional, no solo de la escuela y del mundo de la educación. Porque nos afecta a todos. Bienvenido el curso nuevo y la fiesta que se propone. Es de esas ideas de las que piensas por que no se ha pensado antes en ella. Saludos”.

Antonio Sánchez cree que es un buen remedio para el síndrome postvacacional: “Bonita idea. Y buen remedio para el síndrome postvacacional. Creo que se ha conseguido mucho en el sistema educativo y me parece muy bien la celebración festiva por el comienzo de un nuevo curso. Creo que hay mucho que festejar. Buen finde”.

Mi querido amigo Marcos Ruiz, director del Colegio Prácticas 1 de Málaga, anuncia que va a poner en marcha la idea para abrir el Nuevo Curso. Sé que lo hizo con acierto y éxito.

Este artículo es una forma eficaz de insistir en aquella idea. Porque una cosa es proponer algo y otra, mucho más convincente, comprobar que hay quien la está llevando a la práctica con acierto. Dice Bertrand Russell que “la mejor prueba de que algo puede hacerse es que alguien lo haya hecho”.

Yo nunca fui a la escuela

1 Sep

Confieso que vengo impactado. Viajo de Madrid a Málaga. Estoy escribiendo en el silencio de este tren rápido, limpio y cómodo que es el AVE. Vengo del Festival Alternativo de Creatividad y Educación (FACE 2018, que ha tenido edición anual desde 2010) donde he pronunciado una conferencia sobre “la educación en estos tiempos revueltos”. Del 20 al 26 de agosto se han congregado en La Chopera (Ugena,Toledo), 700 personas, muchas en familia, que no quieren la escuela convencional, que buscan escuelas alternativas, escuelas libres fuera del sistema educativo o que desean que la educación tenga lugar en el seno de la familia (homeschooling). También estaban allí personas que quieren transformar la escuela tradicional en una escuela democrática, creativa, libre, coeducativa, emocional, feliz e investigadora.

El manifiesto para esta edición de FACE, firmado por Daragh Mcinerney termina así: “Comunicándonos, reuniéndonos, pasando tiempo juntos con un verdadero espíritu comunitario, podemos establecer una plataforma para que se den otras sinergias aún por descubrir y así conectar gentes que buscan respuestas para preguntas que quizá todavía no hayan sido formuladas pero que juntos, podemos buscar”.

La creatividad asaltaba a los asistentes desde el programa diario, con un sinnúmero de actividades sugerentes (hasta diez simultáneas): música, arte, teatro, libros, conferencias, foros, talleres, conciertos… También desde el clima de libertad y desde la multiplicidad de encuentros multifacéticos.

Las actividades no podían ser más sugerentes y variadas: Taller de buenos tratos en familia para papás y mamás, Taller de risoterapia familiar, Al arrullo de los cuentos, Change education, change the world, La identidad de género y realidades trans, El Dragón Democratic School, Escaparate poético, La cuentera viajera, Cuenta cuentos y cuentos para colorear y dibujar, Osteopatía y vida saludable, Concierto: Credo, Taller de automasaje y relajación, Hacer slime con Saioa, Taller de teatro, Experiencia: cuando las alumnas nos organizamos por el feminismo, Un nuevo sistema de gobernanza nacional, El juego y las 5 zonas de desarrollo, Cómo no poner en marcha una escuela, Taller de lego, Concierto de rap, Experiencias de cohousing para vivir en comunidad, Educación y anarquismo, Mandalas de hilo, La diversidad como exclusión del sistema educativo, El proceso creativo, Taller de filosofía visual para padres y madres, Pedagogía de la desobediencia, Taller de zumba, Aquafamliy, Presentación del libro Igor y el ogro, Kubb en familia, La escuela del cuidado mutuo, Taller Basubanda familiar, Taller práctico de matemáticas, Taller de estampación textil, Pedagogías del siglo XXI, Taller de biodanza, Cine debate: La educación prohibida, Del homeschooling a la universalidad, El método Bates, Taller de malabares…

No voy a seguir. Consumiría todo el espacio del artículo. Es una muestra de la enorme creatividad y riqueza de la oferta formativa del Festival.

Allí me presentaron a una alumna de Summerhill, escuela que visité en dos ocasiones hace años, cuando ya no vivía Alexander S.Neill y guiaba la experiencia una hermana del fundador. Estuve en Summerhill en periodo vacacional (sin alumnos y alumnas, pues) pero pude dialogar durante mucho tiempo con su directora. Estuve en el lugar donde se celebraban las célebres asambleas de la escuela. Esta chica se mostraba orgullosa y feliz de la experiencia que había vivido en Summerhill durante cinco años.

Tengo delante un libro de Andre Stern que he comprado en el Festival y que se titula “Yo nunca fui a la escuela”. Le he robado al autor el título para este artículo. Cuenta Stern su vida lejos de la escuela pero inmerso en un aprendizaje continuo, autónomo y creativo. El libro te lleva a una pregunta intrigante: ¿se puede aprender fuera de la escuela, lejos de ella?

¿Por qué vengo impresionado? Por el clima de apertura, de libertad., de fraternidad, de tolerancia y de creatividad que he encontrado. El organizador, Daragh Mcinerney (nacido en Galway, Irlanda, ciudad en la que viví un año con mi familia), tiene tres hijas. Las dos mayores no fueron escolarizadas y la pequeña, de 9 años, va a la escuela “porque va contenta, porque se siente feliz en ella”. No veo explicación más clara de apertura. Una persona que lidera el movimiento de un mundo sin escuelas, pero que lleva a su hija menor a una escuela porque a la niña le gusta y es feliz. No es contradicción. La decisión lo que demuestra es que Daragh no es una persona sectaria. Creo que no está contra la escuela sino contra un tipo de escuela que supone una tortura para los niños y las niñas. Allí vi y saludé a sus dos hijas no escolarizadas que servían, amables y encantadoras, en el bar de La Chopera.

Lo que Daragh no quiere es un tipo de escuela en la que los niños no son felices, en la que aprenden a repetir y a obedecer normas desde una filosofía autoritaria. No quiere una escuela homogeneizadora, academicista, autoritaria, rígida y monótona. Ni yo. Lo más importante, a mi juicio, es comprobar cómo la decisión de la niña está por encima de las ideas de los padres.

Para mí, que he vivido toda mi vida dentro de escuelas convencionales, desde niño como alumno y luego como profesor o director, la desescolarización que proponían Ivan Illich (La sociedad desescolarizada, 1971) y Everet Reimer (La escuela ha muerto, 1974) siempre me ha parecido una solución equivocada a los problemas de la sociedad. He preferido trabajar desde dentro por la transformación y la mejora de la institución escolar. Porque considero que es el lugar ideal para aprender a pensar y a convivir.

Los títulos de estos libros chocan violentamente contra mis planteamientos sobre la escuela. Lo mismo me sucedió cuando leí el pensamiento de Margaret Mead (y otros de esta naturaleza): “Mi abuela quiso que tuviera una buena educación, por eso no me llevó a la escuela”. Pero me llevan a pensar en dos cuestiones fundamentales: la necesaria transformación de la escuela y la búsqueda de alternativas solventes.

Hace algunos años escribí una artículo sobre la escuela El Roure (Barcelona), una escuela “ilegal” pero con alma, fuera del sistema pero con una oferta de aprendizajes significativos y relevantes llenos de interés. Mi amigo José Contreras Domingo, profesor de la Facultad de Educación de la Universidad de Barcelona, llevó a ella a su hijo Pau y en ella realizó su escolaridad.

Esta corriente tiene una dimensión muy enriquecedora ya que encierra una crítica feroz a las características más nefastas de la escuela tradicional, como son el academicismo, la homogeneización, la falta de participación, el autoritarismo, el androcentrismo, la uniformidad (todos, todos a la vez, todos lo mismo, todos de la misma forma, todos en los mismos tiempos), la rigidez, el exceso de normas, el olvido de los sentimientos… Esa crítica que a veces es dolorosa, resulta necesaria para que pueda darse la transformación.

Tiene otra dimensión positiva que radica en la búsqueda de alternativas. No se queda en la crítica, busca soluciones creativas y diversas. Genera escuelas alternativas, escuelas libres, experiencias innovadoras… Incluyo en esta búsqueda la educación en la casa (homeschooling), que tiene fervientes seguidores.

Les decía en una de las reuniones que la cuestión esencial es saber dónde queremos ir y que una cuestión secundaria (aunque también importante) es el camino para llegar. Y donde queremos ir, a mi juicio, es a la formación integral de los individuos para construir una sociedad mejor.

La ventaja de la escuela para conseguir estos fines es que por su estructura y funcionamiento necesita y desarrolla la socialización y la convivencia armoniosa bajo la tutela de especialistas en educación. La escuela es la gran mezcladora social. Ahora que empezamos un nuevo curso, es el momento de preguntarse si la escuela que queremos es la que en realidad tenemos.

Inolvidable Walden Tres

25 Ago

El pasado sábado dediqué el artículo a presentar la somera crónica de una experiencia pedagógica. Por si algún lector que ahora se ha asomado a este artículo no lo leyó, recuerdo que se titulaba Una ciudad llamada “Adelante”. Se trataba de la descripción de una iniciativa llevada a cabo hace muchos años en un aula de Primaria. En ese mismo texto hacía referencia a otras experiencias que he realizado y planteé la posibilidad de ocuparme de alguna de ellas. Lo hago hoy. Hablaré de una iniciativa similar, pero ésta de carácter institucional. Es decir no limitada a un aula sino a toda la escuela.

Hay diferencias notables, además de la citada. Una, de contexto académico. La anterior en Primaria y ésta en Bachillerato. Otra de carácter histórico: la segunda tuvo lugar diez años después que la primera (aquella en 1962, ésta en 1972). Todavía duraba el franquismo, aunque estaba ya en sus estertores. La tercera que deseo comentar, entre otras muchas diferencias, es que ésta tuvo lugar en un internado, aquella en un Colegio abierto. Y la cuarta: geográficamente estamos en otro lugar de España. Entonces en Asturias, ahora en Galicia. Concretamente en la ciudad de Tui (Pontevedra).

El nombre de la ciudad era Walden Tres. Llevaba yo un tiempo dedicado al estudio de las utopías de un tipo (propuesta de sociedades ideales) y de otro (amenazas de mundos horribles). A punto estuve después de dirigir una tesis sobre la presencia de la educación en todo tipo de utopías. El tema me sigue interesando. No hace mucho escribí un capítulo en el libro “Utopías”, coordinado por Jesús Martín Ostios. Cito en él a Ernest Bloch cuando dice que ser persona es tener una utopía.

Henry David Thoreau escribió una novela utópica titulada “Walden. La vida entre los bosques”. Posteriormente Burrhus Frederik Skinner publicó “Walden Dos”, una utopía construida sobre los postulados de la psicología conductista. Me empapé de muchas lecturas. Y propuse con los alumnos construir nuestra propia utopía: una ciudad que llevaría por nombre Walden Tres, nombre que no implicaba ningún tipo de alineamiento con los principios psicológicos del autor de Walden Dos. Por el contrario, el número 3 nos distanciaba de ellos.

Dice un cronista, ciudadano de Walden Tres, sobre aquella historia: “Seis años antes de aprobarse la Constitución Española, el 2 de noviembre de 1972, en la ciudad de Tui y después de un largo debate, un grupo de 90 jóvenes entre 14 y 16 años decidimos fundar una ciudad modelo. Ese día, el recién elegido alcalde de nuestra ciudad recibió una paloma de papel en la que podía leerse: “Inauguración en Tui de una nueva ciudad. 1972”. Y a partir de ese momento comenzó una experiencia inolvidable”.

Los principios fundamentales de Walden Tres, las leyes constituyentes, surgidas de amplios debates y de las votaciones pertinentes, eran cinco (por eso la bandera tenía cinco estrellas):

1. Respeto a la persona como deber primerísimo.
2. El servicio como disposición consciente y creciente de dar y darse.
3. La responsabilidad como ejercicio progresivo de libertad.
4. La insatisfacción en la búsqueda de la madurez humana y religiosa.
5. El coraje y la alegría como clima de juventud.

El himno de Walden Tres era “Creemos el hombre nuevo”, con letra de Rafael Alberti y cantado por Aguaviva. Comenzaba así:
“Creemos el hombre nuevo, cantando,/ el hombre nuevo de España, cantando,/ el hombre nuevo del mundo.

Canto esta noche de estrellas/ en que estoy solo, desterrado/ pero en la tierra no hay nadie/ que esté solo si está cantando/. Al árbol le acompañan las hojas/ y si está seco ya no es árbol,/ al pájaro, el viento, las nubes/y si está mudo ya no es pájaro…

Tengo delante de mí un número de la revista que llevaba el mismo nombre de la ciudad. Está fechada el 13 de abril de 1973. De ese número entresaco estas notas.

“En Walden 3 se trata de crear y difundir nuevas inquietudes, de dar cauce a nuestras ideas, de infundir en los demás ese grano de alegría, de responsabilidad y de servicio. En ella tratamos de expresarnos y de comprendernos, de unirnos y de estimularnos. Queremos ir haciendo cada vez más y mejor las cosas; luchar con más garra, con más fuerza. Ofrecer a todos el caudal de nuestras inquietudes y el calor de nuestros ideales”. Firma el ciudadano Vicente Pariente.

Recojo el mensaje del Alcalde, Ríos Faba, a la ciudadanía de Walden Tres con ocasión de un día pleno de libertad: “Yo quisiera que llevaseis por donde vayáis el calor de nuestras leyes, el espíritu de nuestros ideales y la alegría de nuestro vivir. Quisiera que todos los que contacten hoy con nosotros queden mejorados con nuestra presencia…”.

En un artículo titulado “Aprendices de jueces” dice Gregorio Camino: “Nuestros jueces son personas decentes que quieren corregirnos de nuestra mala conducta y no hacen más que ayudarnos… Son dos jueces que han nacido de la nada y son ya como los grandes jueces”.

Firma el artículo “Nuestras aventuras”, el ciudadano José Ignacio Gómez. Que dice:

“Diez son los principales parques que tiene Walden Tres. Diez campos de trabajo donde, de vez en cuando, quemamos nuestras horas por una ciudad más bella… Los ciudadanos de Walden Tres queremos que el florecer de las plantas en nuestras avenidas, sea un reflejo de nuestro florecer en esta primavera”.

Servando Gómez Oviedo habla del Banco, que se llamaba Bolingó (fraternidad en africano): “La organización del Banco no es muy compleja. De secretarios y más secretarios, nada. Eso de cajas fuertes, tampoco. Solo conseguimos un sitio para los dos banqueros y nada más. También conseguimos pintar un poco el local. Los banqueros tiene media hora al día para administrar la cuenta corriente. Castrillo y Campillo, banqueros a domicilio es, entre otros, un anuncio del Banco”.

Toda ciudad que se precie tiene que tener fiestas. Y de ellas habla Luis Miguel González García: “De todos esperadas, llegaron las fiestas, que se decían grandes, de Walden Tres y que en verdad lo fueron. Decimos que fueron grandes porque supusieron para nosotros, ciudadanos de esta pequeña pero gran ciudad, un gran subida en todos los sentidos… El programa de estas sabrosas fiestas fue largo, variado y original. Desde el pregón inaugural (muy original por cierto, recordándonos la gran batalla del general Custer) hasta una excursión a Santiago como un rastreo de arte…”.

En otro número de la revista Walden Tres aparece una carta dirigida al señor alcalde. Está firmada por Juan Antonio García Bouza, padre de uno de los ciudadanos, que había pasado algunos días conviviendo en la ciudad:

“Para mí, señor alcalde, estáis en camino de convertir Walden Tres (ciudad utópica) en una realidad hermosa y constructiva, tangible y realista; en una ciudad que madura y sedimenta; en mi humilde opinión , vuestra ciudad en breve, no será “lo imposible o el ideal”, será un forja de hombres, verdadera y palpitante”.

Cuando se cierra la experiencia, escribo en otro número de la revista un artículo titulado “Adiós, Walden Tres”:

“Walden Tres ha brindado la posibilidad de vivir en un nivel de mayor libertad, con las posibilidades y riesgos que esto supone. Libertad –y su ritmo- que algunos consideran excesivo, pero que no deja de tener su vertiente enriquecedora”.

La organización tenía una gran complejidad, por lo que ahora leo y recuerdo. Normativa para elecciones, organismos diversos, atribuciones y responsabilidades de los cargos, diversas comisiones, múltiples actividades (más de cincuenta), símbolos diversos (insignia, bandera, medallas de la ciudad), calles, leyes, Libro de Oro donde firmaban los visitantes, Libro de Actas…).

Uno de los ciudadanos relata así su valoración de la experiencia en otro número de la revista Walden Tres: “Para mí la ciudad es algo nuevo; es un movimiento que nosotros mismos hemos creado. En esta ciudad cada uno es responsable. El acierto de la ciudad para mí consiste en que por ella nos responsabilizamos más y aprendemos a organizarnos nosotros mismos”.

Cuántos recuerdos. Cuánta añoranza. Cuántas ilusiones e inquietudes. Cuántas emociones vividas. Gracias, ciudadanos de antaño en Walden Tres.

Una ciudad llamada “Adelante”

18 Ago

En plena dictadura franquista funcionaba en un aula del Colegio Auseva de Oviedo una pequeña ciudad que tenía un régimen democrático. Una clase de Primaria de la que, con mis 20 años recién estrenados, era tutor. Se discutía de todo con libertad, se votaba y se hacían elecciones. Corría el año 1962.

La ciudad recibió el nombre de “Adelante” en una disputada votación que cerró un debate lleno de iniciativas sugerentes. Resultaba hermoso ver cómo aquellos pequeños ciudadanos (eran solo chicos) de 10 años levantaban la mano para intervenir y hacían la defensa de sus propuestas, mientras los demás escuchaban en silencio.

Fue prioritario establecer los principios que iban a guiar el comportamiento de todos y cado uno de los que integraban la ciudad. Los Estatutos que todos elaboraron y que determinarían la forma de organizarse y de convivir. Uno de los principios era (luego diré por qué lo recuerdo ahora) era el siguiente: “Los ciudadanos de “Adelante” son nobles, confían unos en otros y aman la verdad”.

La ciudad tenía un periódico que llevaba el mismo nombre: “Adelante”. Conservo algunos ejemplares de aquella publicación periódica, castigados por el paso del tiempo. Es una pena que no pueda reproducir ahora alguna parte de los escritos de aquellos números. No tengo a mano ningún ejemplar, aunque sé que estarán en algún lugar de la casa. Se han ido salvando de todas las mudanzas por el especial cariño que les profeso.

El periódico tenía secciones diversas que eran cubiertas por distintos ciudadanos: Sección de noticias, de deportes, de libros, de opinión, de entrevistas, de humor, de pasatiempos…

La iniciativa servía para que aprendiesen a pensar, a escribir, a responsabilizarse, a imprimir, a difundir, a organizarse. El sistema de impresión era entonces muy rudimentario. En una lata con gelatina se grababa la página que había sido escrita con una tinta especial. Luego se iba imprimiendo copia a copia. Recuerdo muy bien aquel color morado en el que aparecían las páginas.

No hace mucho me encontré con un afamado médico asturiano que, hablando con emoción de aquella experiencia, me dijo:

– Los viernes por la noche le decía a mi madre que no se olvidase de levantarme pronto el sábado porque era el Director del periódico de la ciudad, el responsable de la edición. Tenia que ir al Colegio para que todo saliese bien.

Momento decisivo fue la elección del Alcalde. Era la máxima autoridad de “Adelante”. Cuando el Director del Colegio llegaba a la clase, quien le saludaba y daba la bienvenida era la máxima autoridad de la ciudad. Lo mismo sucedía cuando llegaban otras visitas al aula.

La ciudad contaba con varias concejalías, que eran desempeñadas por los alumnos electos para programar y llevar a cabo las actividades. Concejalía de Cultura, de Festejos, de Proyectos, de Asuntos exteriores, de materiales de aula, de Biblioteca…

Había también un juez que intervenía en los casos de quebrantamiento de las leyes que se habían dado. Recuerdo su severidad, siempre muy superior a la mía. Cuando se producía algún comportamiento disruptivo se llevaba el caso ante el juez. En el juicio había defensor y fiscal. Y el juez emitía una sentencia que había que cumplir. La disciplina surgía del grupo y se exigía desde el grupo.

El Secretario de la ciudad llevaba el libro de Actas y registraba todos los acontecimientos notables. De las asambleas, que presidía el Alcalde, dejaba fiel constancia , Recogía también las quejas y sugerencias de los ciudadanos.

Todos tenían un cometido, una responsabilidad. Todos podían aportar algo desde su puesto. Nadie sobraba. Todos los cargos eran electos por la Asamblea de los ciudadanos.

No podían faltar los símbolos. Tenían una bandera, una insignia, un logotipo y un himno. Todo ello le daba a los ciudadanos un sentido de pertenencia consistente y alardeaban ante la familia y los compañeros de otras clases de que ellos había creado una ciudad única.

Allí nació un lema que he repetido muchas veces aplicado a otras instancias de pertenencia: “Que mi ciudad sea mejor porque yo pertenezco a ella”.

En la ciudad había impuestos. Y un banquero que administraba los bienes en servicio de la comunidad. Con ese dinero se pagaba el periódico, se compraban materiales y se organizaban pequeñas fiestas.

El funcionamiento de la ciudad daba lugar a situaciones interesantes. Un día el banquero presentó su dimisión al Alcalde porque había desaparecido el dinero que estaba guardado en una caja de cartón. Solo ponía una condición para poder seguir en el cargo: que se comprase una caja metálica con candado.

El debate estaba servido. Alguien dijo que si se ponía un candado se quebrantaba el principio de que los ciudadanos de “Adelante” eran personas nobles, que confiaban unos en otros y amaban la verdad. Poner un candado sería un signo claro de desconfianza. Pero el banquero insistía:

– Si no se compra una caja con candado, yo dimito.

Siguió el debate. Y uno de los niños dio con la solución para que el banquero siguiera en su cargo, atendiendo su petición de comprar la caja con candado. Aplicando de manera intuitiva el principio de disonancia cognitiva de Festinger dijo:

– Podemos comprar la caja con candado y que siga el banquero en su cargo porque en esta clase entran personas que no son de la ciudad de Adelante, que no tienen nuestras leyes y en ellas no podamos confiar.

Cuando dos principios, dice Festinger, chocan de forma contradictoria, o se niega uno, o se niega otro, o se niegan los dos, o se les hace convivir con algún subterfugio intelectual.

¿Que finalidad y sentido tenía la experiencia? En primer lugar, implicar a los niños en un proyecto colegiado que generaba ilusión y cohesionaba al grupo. En segundo lugar, responsabilizarles de tareas que tenían repercusiones en los demás. En tercer lugar, avivar el ingenio y la creatividad. Muchas de las propuestas nacían de ellos y las aprobaban o rechazaban en las asambleas. En cuarto lugar, motivar para cumplir con el trabajo fundamental del ciudadano que era el estudio. En quinto lugar, era una forma de ejercitar en embrión la futura ciudadanía.

He puesto en funcionamiento otras ciudades con alumnos mayores que tenían una peculiaridad muy diferente a la que he descrito. Éstas afectaban a toda la institución, no a un aula solamente. Se trataba, pues, de proyectos institucionales, con implicación de todos los miembros de la comunidad escolar. Recuerdo ahora dos, especialmente significativas: Walden 3 y Edelweis. Aunque la idea era la misma, la concreción y el desarrollo fue diferente en cada caso. Para mí, todas inolvidables. Algún día, quizás, me haré eco de esas experiencias, como me sugiere uno de aquellos ciudadanos, mi querido Jesús Marcial Gande.

Otra experiencia institucional que llevé a cabo fue la conversión del edificio escolar en un buque que hacía un itinerario marítimo. Los nombres de las diversas partes del centro se correspondían con las de un barco. Popa, proa, babor, estribor, camarotes, jarcias… Recuerdo que estuve meses estudiando libros de mares y barcos que solicité en la Comandancia de Marina. Las autoridades eran las de un barco.: almirante, vicealmirante… No podía falta el cuaderno de bitácora. Se hizo la botadura y el barco inició la singladura del curso atracando en puertos diversos. Una metáfora de la vida.