Explicador de animales

21 Jul

Cuando participo en un Congreso, me gusta asistir a las conferencias que imparten otros expositores. No me gusta llegar, hablar e irme. Como si no tuviera nada que aprender. Nunca me arrepiento de hacerlo.

Hace poco estuve en Bétera (Valencia) en las 19 Jornadas Educativas, organizadas por el Ayuntamiento. Asistí a una conferencia que impartía una periodista valenciana, Maribel Vilaplana, que se titulaba: “Inspirar en el aula”. No voy a referirme a la estructura, contenido y estilo de la misma. Solamente quiero reproducir una anécdota que contó y de la que fue protagonista su hijo pequeño (calculo que tendría unos 7 años por la foto que mostró). Acudió el niño a visitar un bioparque en el que, aunque no había muchos animales, recibió con interés las explicaciones que un guía ofrecía sobre ellos. Cundo su madre le preguntó días después qué es lo que quería ser de mayor, dijo:

– Explicador de animales.

Me llama mucho la atención cómo expresan los niños sus expectativas sobre lo que quieren hacer cuando sean mayores, sobre la profesión que van a ejercer en el futuro.

Además de las profesiones tradicionales (abogados, arquitectos, maestros, médicos…) he oído formular deseos verdaderamente fantásticos. Un amigo, actualmente profesor en una Universidad catalana, me decía que de niño quería ser “obispo por las mañanas y torero por las tardes”. ¿Alguien da más? Hace unos días, me decía una amiga que su niño quería, para su futuro, ser “un ojo”, porque así lo podría ver todo.

MI mujer, Orientadora en un Instituto de Enseñanza Secundaria, me contó hace años que un alumno que tenía un bajísimo autoconcepto, decía que quería ser enterrador. No se consideraba valioso para otra cosa. Iba a enterrar cadáveres como ocupación y, de paso, enterraba su baja autoestima. Afortunadamente ella le sacó a flote de ese mar de pesimismo.

La cuestión subsiguiente es saber cómo se fragua esa expectativa y cómo se ayuda a que otros la construyan de manera ajustada. Una de las claves es la siguiente: ¿cómo se valora una persona a sí misma?, ¿qué espera alcanzar en la vida según sus capacidades? Otra es lo que esperamos de ella los demás.

Nos hizo reír un simpático e ingenioso primo de mi hija Carla cuando, al ver en la televisión cómo se subía a la parte trasera del camión de la basura uno de los trabajadores, se destapó diciendo con entusiasmo que a él le gustaría ser basurero. Al indicarle que al ir en esa parte del camión, sería insoportable el olor, dijo que iría agarrado con una mano al camión para no caerse y que con la otra se taparía la nariz.

Es interesante meterse en la mente de los peques y comprobar qué es lo que piensan de sí mismos y de sus futuras aspiraciones. ¿Qué desean ser? ¿A qué les gustaría dedicarse? Porque ellos tienen sus peculiares mecanismos de interpretación.

A nuestra hija Carla, que desde muy pequeña ha expresado su interés por la medicina, le preguntamos cuando solo tenía cinco años:

– Entonces, ¿tú quieres ser médica cuando seas mayor?
– Yo no quiero ser médica. Porque ya lo soy.

Lo decía porque había puesto unas tiritas en la cara y en los brazos de una querida muñeca. La había curado con rapidez y eficacia. Ya era una buena médica.

Lo que me intriga, decía más arriba, es cómo se forjan esos deseos. Puede influir, además de lo dicho, lo que hacen los padres (en sentido positivo o negativo), lo que esperan de los alumnos los profesores, lo que ven en la televisión (ha habido series sobre médicos, sobre maestros, sobre policías… que han despertado la afición de miles de personas por estas profesiones), lo que sus amigos y compañeros desean, aquello para lo que ellos o ellas se ven más capacitados, el dinero que se puede ganar, la fama que se puede alcanzar, el poder que se puede tener…

Hay quien tiene desde la primera infancia un deseo nítido y determinado que no cambiará nunca a lo largo de los años. Hay quien cambia cada día de opción y hay quien no acaba de decidirse nunca. Porque le gusta todo o porque no les gusta nada.

Conté hace varios años en este mismo espacio el caso de un niño de Melilla que, ante la pregunta de su maestra sobre lo que deseaba ser de mayor, contestó:

– Yo, mafia.

La profesora me comentaba impresionada que las mafias del narcotráfico estaban proliferando de manera inquietante en la ciudad. Y que personas que carecían de todo, en pocas semanas, se convertían en millonarias. No era extraño que un niño se dejase llevar por esos modos tramposos de enriquecimiento súbito.

Creo que esta cuestión tiene una importancia decisiva en la vida de las personas. Una buena elección condiciona el futuro de una manera contundente. La profesión que se ejerce es un modo de ganarse la vida pero es también una forma de relacionarse con los demás y con el mundo.

Hay, como ya he apuntado más arriba, muchas trampas. La de darle la mayor prioridad al dinero. Es decir, elegir algo que permita enriquecerse, aunque no guste mucho el trabajo. La de seguir las indicaciones de los padres sin tener en cuenta las capacidades y los gustos del interesado. La de elegir lo más fácil, lo que exija el menor esfuerzo.

Desde mi perspectiva habría que combinar de forma inteligente los gustos y los intereses con las capacidades y la habilidad. Es decir, conjugar estos dos factores: qué me gusta y para qué sirvo.

Pero, claro, la elección que se realiza no siempre puede ser efectuada. Es decir, que existen un mercado laboral que a veces es difícil de predecir a largo e incluso a corto plazo. Y existe una enorme competitividad para alcanzar los puestos de trabajo más deseables.

En este proceso de elección se mezcla, en la mente de los niños y de las niñas, fantasía y realidad. Se mezcla también lo deseable y lo posible. Y, aunque hay muchos factores difícilmente controlables, hay otros que tienen cierta claridad.

El primero es que para llegar al lugar que se quiere ir es preciso caminar de forma constante. Hace falta esfuerzo. Un esfuerzo sostenido e intenso. Nadie traerá en una bandeja de plata el regalo de los sueños. Será fruto del esfuerzo. Del esfuerzo mantenido.

El segundo es que hay que conocer bien la realidad. Hay exigencias del sistema que hay que cumplir para llegar a donde se quiere llegar. Teniendo en cuenta, además, que hay mucha competencia. Las “notas de corte” están “cortando” (nunca mejor dicho) las ilusiones de muchos aspirantes.

El tercero es que el mundo laboral es muy cambiante y cada día aparecen nuevas profesiones al tiempo que otras desaparecen. La formación, por eso ha de ser flexible y polivalente.

Me gusta también decir a mis alumnos dos cosas que considero importantes. La primera es que cuando no se puede hacer lo que se ama sí se puede amar lo que se hace. Es una suerte inmensa poder trabajar en aquello que a uno le apasiona. Pero, de no poder hacerlo, es inteligente poner todo el corazón en aquello que se hace. Se lo digo porque muchos llegan a la docencia porque no han podido acceder a otros estudios de su preferencia. La segunda es que se puede y se debe concebir y practicar la profesión no solo como una forma de ganarse la vida sino como un modo de servir a la sociedad. Es el mismo trabajo pero realizado desde otra perspectiva. Me lo habrán oído decir o quizá lo habrán leído porque lo he dicho y escrito muchas veces: “Enseñar no es solo una forma de ganarse la vida. Es, sobre todo, una forma de ganar la vida de los otros”.

Adivinar a quien evalúa

14 Jul

Algunas veces, cuando pienso en la evaluación de los aprendizajes de los alumnos y de las alumnas, creo que la clave del éxito de los evaluados y evaluadas consiste en adivinar lo que quiere escuchar, ver o leer el profesor.

Por eso los estudiantes acaban desarrollando unas capacidades adaptativas extraordinarias. ¿Qué es lo que desea este evaluador? Y, como cada uno es diferente, tienen que hacer estudios de alta psicología cotidiana para realizar un diagnostico certero.

– A éste le obsesiona que se repita todo al pie de la letra. Decía una maestra: “Niños y niñas, atención: esto es muy importante. Tenéis que aprenderlo de memoria. Bueno, y si no sois capaces de aprenderlo de memoria, lo podéis decir con vuestras palabras”.

– Éste es un fanático de la creatividad. Como no te inventes algo, como no digas algo ingenioso, como no te salgas de la literalidad del texto, no apruebas.

– Éste valora mucho que no te limites al mínimo exigido. Por consiguiente, tienes que hacer trabajos extra, tienes que añadir un par de folios a lo exigido.

– Ésta valora sobremanera la pulcritud en la presentación. Exámenes y trabajos tienen que estar primorosamente ordenados. Más que el contenido importa la forma.

– Aquél es un obseso de las faltas de ortografía. (Tuve un profesor de Didáctica en la Complutense que suspendía por tres faltas. Un día le dijo a una alumna: “Señorita Encarnación Garcés Garcés, tiene usted suspenso el examen. Solo le he leído el nombre y los apellidos. Ha omitido usted las tres tildes”).

– A éste le camelas si le dices que es el mejor del mundo. Y ahí está la cohorte de aduladores que le sigue, le persigue y le asedia por los pasillos, a la entrada, a la salida y en el patio haciéndole los honores.

– Este otro se conmueve si le dices que mamá o papá están enfermos de gravedad o en trámites de separación o en una crisis económica del todo insuperable.

Y así sucesivamente.

¿Cómo alcanzan los estudiantes este saber? Hay tres fuentes fundamentales. La primera es ”radio macuto”, que funciona muy bien en las escuelas. Los alumnos de cursos inferiores pasan una información de gran valor a los del curso siguiente. Les cuentas a los herederos cómo es cada uno de los docentes. Qué quieren. Qué exigen. La segunda fuente es la principal: se trata de estudiar con intensidad la forma de ser, las preferencias (las manías), los deseos del profesor. Los alumnos tienen múltiples cámaras de captación invisibles. La tercera son las indicaciones del propio docente. A mi juicio esta fuente, por raro que parezca, no es la más importante. Porque algunas veces los profesores dicen que solicitan unas cosas, pero luego lo que valoran son otras. Se lo he oído decir muchas veces a los alumnos:

– Dice que no hace falta aprender las cosas de memoria pero, como no repitas lo que dice el libro, estás perdido.

Este mecanismo adivinatorio se pone de manifiesto muy claramente cuando el profesor hace una pregunta en clase. Los alumnos van respondiendo según su parecer (a veces se trata de preguntas que no tienen una respuesta unívoca) y hasta que alguien no dice lo que el profesor tenía en su cabeza al formular la pregunta no se da por satisfecho:

– Exactamente. Eso es. Enhorabuena.

Lo cual quiere decir algo así: acertaste, adivinaste mi pensamiento.

Hace poco me han contado un caso que muestra con claridad meridiana lo que estoy diciendo. A un alumno le piden en un enunciado lo siguiente: Escribe los números siguientes: 15, 10 y 2. El niño escribe: 16, 11 y 3. Cuando ve la nota negativa, pregunta qué es lo que ha hecho mal. El profesor le dice que tenía que haber escrito otra vez: 15, 10 y 12. Ha hecho una interpretación que no coincide con la del evaluador, pero que es correcta. Otra cosa es que se le hubiera pedido lo siguiente. “Escribe los números que siguen a los siguientes”.

El proceso adivinatorio tiene, a mi juicio, cinco momentos importantes:

La explicación y las consignas

Hay profesores que ponen todo el énfasis en la preparación de la evaluación. Todo se encamina al éxito en las pruebas. Desde el primer día generan la sensación de que más importante que aprender es demostrar que se ha aprendido. “Tenéis que tener en cuenta…”, “debéis preparar…”, “tenéis que andar con cuidado”, “lo más importante para las pruebas”… En esas advertencias se indica cuáles son los criterios, cuáles son las preferencias, cuáles son indicadores de éxito… Todo el mundo puede saber a qué atenerse. Unas veces están más claras que otras, pero las indicaciones existen siempre. Y sirven para que el alumno pueda guiarse en esa selva tupida que es la evaluación.

La preparación del las pruebas

El estudiante prepara las pruebas con la finalidad de alcanzar el mayor éxito posible. De ahí que en el estudio trate de acomodarse más al buen resultado que al aprendizaje provechoso y placentero. Estudia para aprobar, no para aprender. Me gusta decir que una evaluación de naturaleza pobre, propicia un proceso de enseñanza y aprendizaje pobre.

La confección de las pruebas

Si se estudian las pruebas que los profesores (no todos, claro) realizan a los alumnos y alumnas, se podrá comprobar que muchas exigen la contestación precisa a la pregunta o cuestión formulada.

No invitan a opinar, a crear, a comentar, a investigar, a replantear… Muchas invitan a repetir. Uno de los motivos para hacerlo de esta manera es pensar que así se facilita la corrección “justa”.

Siempre me ha parecido una trampa el nombre de “pruebas objetivas”. ¿Objetivas? Un profesor puede poner una prueba objetiva para suspender a todos, para aprobar a todos, para subir dos o tres puntos a todos, para bajar las calificaciones… ¿Objetivas? Solo en apariencia. Se las califica así porque se corrigen mediante una fórmula matemática: aciertos menos errores partido por N-1. Eso puede inducir al error. No hay nada más subjetivo que una prueba objetiva.

La corrección de las pruebas

Este tipo de pruebas (me refiero a las que exigen respuestas memorísticas o cerradas) tienen una aparente forma de corrección justa y precisa. Solo aparente, digo. Se han hecho investigaciones que muestran que para que haya rigor en la corrección de ejercicios de ciencias harían falta por lo menos 12 correctores. Se me dirá que la solución a un problema está bien o está mal. Pues no. Dese la corrección a varios evaluadores y se verá lo que sucede.

La negociación de los resultados

Pocas veces he visto negociar los resultados de las evaluaciones de los aprendizajes. En escasas ocasiones lo propone el profesor y casi nunca el alumno. Porque éste tiene miedo de salir perjudicado si lo hace. (“Fui a buscar cuatro décimas y salí sin cuatro puntos”, decía un alumno que fue a reclamar).

El hecho de que haya poder en el proceso evaluador refuerza esta nociva forma de entender la evaluación. Porque no suele ser fruto de la negociación sino de la imposición. A lo sumo al alumno se le pide opinión cuando los criterios están ya elaborados. Poca cosa.

Hasta qué punto será cierta la tesis que aquí mantengo que, cuando les pregunté a un grupo de alumnos chilenos si hacían autoevaluación, uno de ellos contestó:

– Sí, hombre, como que vamos a ser capaces de adivinar la nota que nos va a poner el profesor.

Absolutamente no

7 Jul

Me lo han contado hace muy poquito. A un grupo de niños y de niñas les pide su maestra (una mujer tan jovial como gruesa) que escriban una frase de forma reiterada y atenta para que entrenen su caligrafía. La frase que tienen que repetir es la siguiente: “La maestra hace ejercicio”. Una frase como cualquier otra, que aparece en la cabecera de una hoja pautada. Todos los niños y las niñas de la clase comienzan a escribir debajo del modelo propuesto. Uno de los niños, en lugar de repetir la frase, escribe con letras voluminosas: “Absolutamente no”.

Él no repara en que lo que se le pide es, sencillamente, repetir la frase sino que hace la exégesis de la misma y expresa su disconformidad con la mentira manifiesta que contiene. Eso no es verdad. Eso no puede ser verdad. Para él no hay más maestras que la suya y la suya, evidentemente, no hace ejercicio. Si lo hiciera, no tendría la imagen que tiene.

El niño se niega a repetir una mentira tan flagrante. No es cierto que la seño haga ejercicio. ¿Por qué lo va a repetir una y otra vez? ¿Por qué va a suscribir una patraña de ese calibre? Denuncia la mentira y se planta ante la exigencia de hacer la tarea.

La pequeña anécdota me ha llevado a plantear algunas ideas sobre la importancia que tiene lo que hacemos, lo que somos, lo que mostramos, lo que vivimos frente a aquello que decimos, que aconsejamos o que pedimos de palabra. Porque los niños llevan hasta el extremo la coherencia entre el hacer y el decir, entre aparentar y el ser, entre predicar y dar trigo.

Dice Emerson: “El ruido de lo que somos llega a los oídos de nuestros alumnos con tanta fuerza que les impide oír lo que decimos”. Los niños aprenden a sus maestros y no solamente de ellos. Aprenden lo que sus maestros son, no tanto lo que dicen.

En el IX Encuentro de APFRATO el profesor José Antonio Bravo hizo un brevísimo ejercicio durante su conferencia que me dejó sorprendido. Dio esta consigna a los asistentes:

– Cruzad los brazos.

Al mismo tiempo que lanzaba esta orden, él ponía las manos detrás de la nuca. ¡Y todo el mundo puso las manos detrás de la nuca! Nadie hizo caso a las palabras. Todos imitamos el gesto que él hizo delante de nosotros. Nos vimos sorprendidos a nosotros mismos haciendo mecánicamente algo que no se correspondía con la consigna.

Quedé tan sorprendido que, días después, en la conferencia que impartí en Azpeitia a cuatrocientas maestras y maestros de Infantil (maravillosa gente congregada allí aquella mañana), hice la misma demanda. Y me quedé impactado. No me lo podía creer. Todos colocaron sus manos detrás de la nuca. Lo había vivido del otro lado y no creí que tendría ese efecto tan fuerte de arrastre.

Te preguntas: ¿qué ha pasado? ¿Cómo es posible? ¿No han oído con claridad la petición? ¿No han interpretado correctamente las palabras? Claro que las han oído bien, claro que las han entendido ala perfección. Pero ha tenido más fuerza la acción del profesor. Ha tenido más potencia el gesto, más capacidad de arrastre. Lo que ha hecho el profesor ha borrado lo que han demandado sus palabras.

Pondré algunos ejemplos de la vida escolar, de la vida familiar y de la vida pública. Porque lo que estoy diciendo vale para la escuela, vale para la familia y vale para la sociedad en general. Vale para los docentes, para los padres y las madres y para quienes tienen alguna influencia sobre la infancia y la juventud. No hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Enseñamos como somos, no como les decimos que tienen que ser. Decía Albert Einstein: “Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás. Es la única”.

Ya sé que esta regla tiene sus excepciones. Porque, en educación, como sucede en todo lo relacionado con el ser humano, existe el componente indescifrable del libre albedrío. Y así, de unos padres modélicos puede surgir un hijo o una hija de comportamientos disolutos. Y un profesor ejemplar, puede tener alumnos y alumnas que sean verdaderos delincuentes y pésimos estudiantes. De la misma manera, con políticos depravados puede haber ciudadanos modélicos.

Las personas gozan de libertad plena para aceptar o rechazar la invitación que se les hace para actuar de una forma determinada. En uso de esa libertad pueden rechazar los modelos que se les proponen, pueden desoír no solo las palabras que se les dicen sino los ejemplos que se les brindan.

Las contradicciones suelen despertar desafección e indignación. Nadie se matricularía en una institución que se anunciase así: “Aquí se dan clases de hortografía”. Pocos se dejarían guiar por un dietista con sobrepeso. Escasa credibilidad tendría un sacerdote pederasta predicando la castidad. Y ninguna confianza inspiraría un dentista con la dentadura negra y cariada.

Pondré tres ejemplos de la vida de las escuelas, tres de la vida familiar y tres relacionados con la sociedad en general.

– Si un docente dice que es muy importante trabajar n equipo y un alumno puede preguntarle por qué no se habla con el que entra antes en la clase, quedará claro que lo que hace el profesor será un serio obstáculo a lo que aconseja.

– Si en una escuela hay un proyecto sobre coeducación pero en la sala de profesores se producen las bromas más soeces de la comarca, poco se podrá avanzar. Si insta a que se trate con igualdad a niños y a niñas pero siguen arraigadas las prácticas sexistas, serán éstas las que prevalezcan en la influencia.

– Un profesor que no tiene afición ninguna a la lectura es imposible que inculque en los niños el amor a los libros. De la misma forma que si no tiene una actitud de estudio y de investigación no podrá contagiárselas a los alumnos y a las alumnas.

Pondré ahora otros tres ejemplos de la vida familiar en relación a la educación de los hijos en referencia a la influencia poderosa del ejemplo o del mal ejemplo:

– Un padre que va al campo con hijo y éste le pregunta qué tipo de árbol es el que tienen delante, y le responde que da igual qué árbol sea, tiene poca autoridad después para castigarle porque no se supo la flora de Oceanía.

– Una madre que le dice al hijo gritando “Te he dicho cuatrocientas mil veces que no exageres”, tiene poco poder de convicción en sus palabras. Con esa categórica afirmación está diciendo que no se le haga caso.

– Si el padre da señales (de comportamiento y palabra) claras y reiteradas de falta de respeto a su esposa, de poco valdrá que les diga a sus hijos que hay que tratar con respeto a las mujeres.

Lo mismo sucede en la política. Parece tan obvio lo que digo que resulta increíble comprobar cómo se saltan a la torera estas normas tan elementales de influencia. Y, ahora, los ejemplos.

– Un político que defrauda a la Hacienda pública, ¿qué poder tiene para dirigirse a los ciudadanos diciendo que hay que cumplir con los deberes ciudadanos de tributación?

– No tiene mucha autoridad efectiva quien fuma como un empedernido y les dice a los ciudadanos que no es conveniente fumar porque el tabaco mata.

– Quien miente en sus formas de comunicación con los ciudadanos y las ciudadanas pierde autoridad para recomendarles y exigirles transparencia en la gestión de lo público.

He compartido hace unas semanas una experiencia docente con el científico chileno Humberto Maturana. Tiene ya noventa años y una lucidez envidiable. Hace unos años publicamos en la Editorial Aljibe un libro titulado “Conversando con Maturana sobre educación”. Contiene la grabación trascrita de tres días de conversación que mantuvimos con él los profesores Ángel Pérez Gómez, Miguel López Melero y su servidor. Recuerdo haberle oído decir en aquellos días que tenemos que hablar tanto de valores porque no los vivimos. Si lo hiciéramos, quienes nos rodean los aprenderían por ósmosis. Cuánta razón.

Cuando fuimos los peripatéticos

30 Jun

El título de este artículo se corresponde con el de una novela del guionista Héctor Lozano, que acaba de publicarse en Planeta (abril de 2018) y cuya lectura ha suscitado en mí un enorme interés. Diré por qué.

En primer lugar porque refleja con rigor y riqueza la vida de los estudiantes, los profesores y las familias de un Instituto de Enseñanza Secundaria de Barcelona que, en la novela, se llama Àngel Guimarà. El autor conoce bien la micropolítica de las instituciones escolares, la relación de la familia con la escuela, la problemática de la comunicación de los hijos con sus padres, las dinámicas vitales de los adolescentes y las adolescentes (bien distintas, por cierto) y el lenguaje que suelen utilizar los jóvenes en las comunicaciones.

En segundo lugar porque toda la trama está recorrida por la presencia de un singular profesor de filosofía, de sesenta años, llamado Merlí Bergeron. Un profesor atípico, heterodoxo, innovador, apasionado, que encandila a sus alumnos y alumnas llevando a sus vidas las teorías de los grandes filósofos. Un profesor que da lecciones de vida, dentro y fuera del aula.

En tercer lugar, porque se puede ver de manera palmaria que el curriculum puede acercarse a la vida, a los problemas, a las preocupaciones y a los intereses de los estudiantes. El libro va siguiendo un itinerario filosófico que responde más a los demandas de los estudiantes que a la cronología histórica de los pensadores clásicos y modernos. Casi todos los títulos de los capítulos llevan el nombre de filósofos consagrados: Los peripatéticos (que es el nombre de los alumnos y alumnas del grupo), Platón, Aristóteles, Maquiavelo, Sócrates, Shopenhauer, Foucault, Epicuro, Los escépticos, Los sofistas, David Hume, Nietzsche, Giordano Bruno, Los presocráticos, Kant, Montaigne, Judith Butler, Descartes, Zizek, Albert Camus, Hanna Arendt, Kierkegaard, Plotino, Heidegger, Hegel… Es muy interesante ver cómo las teorías de los grandes de la filosofía son aplicadas a la comprensión de la realidad y a la iluminación de los problemas del mundo y de las personas.

En cuarto lugar porque se hace una radiografía de los problemas y las preocupaciones de la adolescencia: las amistades apasionadas, las rupturas dramáticas, los enamoramientos incontrolados, la asistencia y las clases del Instituto, la homosexualidad como opción vital, la maternidad prematura, las relaciones conflictivas con un padre autoritario, la preocupación por el futuro, la relación con el profesorado, las fiestas desenfrenadas, la muerte de un padre y de dos profesores, el encuentro con el alcohol y con la droga, el bulling de estudiantes y de profesores… Todo ello pasado por la coctelera del liderazgo de un docente singular que se acaba convirtiendo en un guía espiritual.

En quinto lugar porque me parece estupenda la estructura narrativa. En 317 páginas cuenta la historia retrospectivamente Bruno Bergeron, el hijo de Merlí, que ha tenido una vida difícil por la separación de sus padres y que un buen día ve entrar a su padre en la clase al grito de “Me llamo Merlí y quiero que os empalméis con la filosofía”. Bruno le cuenta a su hermana, Mina, cómo era su padre, tanto en lo profesional (el mejor profesor del mundo) como en lo personal. El libro incluye algunas notas que Bruno le dirige a Mina y que se van intercalando entre los capítulos, rompiendo la monotonía del relato. No diré por qué Mina no llega a conocer a su padre. Considero una obligación no romper la trama del relato.

Un conjunto de 36 personajes que acaban siendo entrañables va tejiendo con sus historias un tapiz de enorme colorido. Iván, con su agorafobia que acaba superando gracias a Merlí; Bruno, hijo de Merlí y Bárbara, homosexual que coquetea con Pol Rubio (el mejor estudiante, que acaba siendo profesor de filosofía) y que se va a vivir con Nicola a Roma; Marc Vilaseca, el gracioso de la clase y amigo de todos; Gina, madre de Gerard y presidenta del AMPA, que acaba siendo pareja de Merlí y madre de Gina; Joan que mantiene un relación conflictiva con su padre Jaume, un abogado de carácter autoritario; Oksana que da a luz un hijo en una edad imposible; la exótica Carmina Calduch, madre de Merlí y abuela de Bruno; Toni, director del Instituto, serio, responsable y conciliador; Coralina, profesora de historia, estricta e irónica, que mantiene una relación conflictiva con Merlí …

El escenario de la acción es la ciudad de Barcelona ya que en ella está radicado el Instituto que es el micromundo de esta historia. Y, cuando Bruno se traslada a Roma para vivir con su madre ante la llamada de un amor homosexual, también la Ciudad Eterna es contexto de la acción de esta interesante novela.

La lectura del libro me ha remitido de forma casi inevitable a mi experiencia como profesor de Filosofía en el Instituto San Pelayo de Tui (Pontevedra) en los estertores del franquismo.

Tenía problemas constantes con el comisario de policía que un día sí y otro también me llamaba a casa para acusarme de no seguir fielmente las tesis del libro de texto. Recuerdo que un día me llamó para preguntarme si era cierto que había criticado “los sindicatos verticales”. Le dije que era completamente cierto.

– ¿Qué es lo que dice su libro de texto?
– Sé lo que dice, señor comisario, pero mi tarea no es que repitan lo que dice el libro sino que sepan criticarlo.

Un ejercicio intolerable de intromisión y un permanente asedio a la libertad de cátedra. Otros tiempos que afortunadamente ya pasaron y parecen de una época y un país desconocidos.

Emocionantes debates sobre la libertad en un etapa en la que los estudiantes la estaban descubriendo, cadenas de porqués en busca de explicaciones que pocas veces aparecían de forma meridiana, trabajos de investigación desentrañando textos que obligaban a pensar, lecturas que abrían sus mentes a nuevas concepciones. (Querida Chis Oliveira, cómo no acordarme de ti al leer este libro, a ti que acabaste siendo no solo filósofa sino profesora de filosofía, eximia didacta de la asignatura, autora de interesantes libros y feminista convencida y convincente).

La obra, escrita inicialmente en catalán, ha sido traducida al castellano por Josep Escarré. Muy bien traducida., por cierto. Y, aunque no la he visto, ha sido convertida en una serie de televisión (“Merlí”, creada por la productora Veranda TV) que tiene como eje la forma de ser, de sentir, de pensar y de vivir del profesor de filosofía Merlí Bergeron. Se emitió en tres temporadas en TV3 y posteriormente en La Sexta con buen resultado de audiencia. (Me dijeron el pasado miércoles en Bilbao que la están emitiendo en euskera en la televisión vasca). Los guiones de la serie, por lo que he leído, difieren en algunas partes del contenido del libro y añaden algunas dimensiones como las relacionadas con la dinámica entre los profesores y las profesoras del instituto.

Me ha gustado esta obra. Me ha gustado la reflexión sobre lo que sucede en esa etapa crítica de la vida en la que los adolescentes se asoman a la vida. Y, especialmente me ha gustado que se haya hecho desde la perspectiva escolar, desde el ámbito que tantas veces se muestra alejado de la vida. Y me ha gustado especialmente el compromiso de un docente al que le preocupan las personas, más allá y más acá de la dictadura de las disciplinas. Un docente que dice que, al entrar en el aula, no es que no encuentre problemas sino que se le borran todos los problemas con los que llega a ella. Magnífica actitud.

Certificado de gratitud

23 Jun

He visto en la red, donde se ve casi todo, un diploma que lleva por cabecera la expresión “Certificado de Gratitud”. Debajo aparecen dos renglones para ser rellenados. Sobre uno se puede leer el texto “El agradecido es” y sobre el inferior “En agradecimiento por”. Con el necesario lugar, al final, para el nombre, le fecha y la firma.

Una buena idea que debería extenderse. Al final de cada día podríamos entregar y recibir algunos de estos certificados. Entregarlos porque muchas personas nos ayudan a vivir y a ser mejores y más felices. Recibirlos porque nosotros hayamos hecho méritos para ello con nuestros semejantes.

El certificado me ha hecho pensar en el sentimiento de gratitud, tan poco cultivado en estos tiempos de individualismo, egoísmo y desaprensión. Tiempos en los que cada uno va a lo suyo y se cree merecedor de todo sin haber hecho nada para tener lo que tiene y recibir lo que recibe.

Les decimos a los niños que den las gracias cuando reciben algún servicio o algún favor. Pero creo que la palabra brota de la cabeza más que del corazón como un automatismo. Se ha convertido en un cliché vacío de contenido emocional. Hay que agradecer desde el corazón.

Sentir gratitud. He aquí el primer objetivo. Ser conscientes y sintientes de que recibimos muchas cosas de forma inmerecida. O merecida quizás. Ser capaces de sentir humildemente, de palpar con fuerza el sentimiento de gratitud.

Expresar gratitud es el segundo objetivo. Otro imperativo moral. Decirlo. Hacer explícito el sentimiento al destinatario. Mostrarlo a quien nos ha dado algo. “Gracias a la vida, que me ha dado tanto” cantaba con hermosa voz Mercedes Sosa. “Gracias a Dios”, decimos algunas veces creyentes y no creyentes. Gracias, amigo.

Demostrar gratitud. Este es el tercer objetivo. Porque no basta sentir y decir. Hay que dar las gracias de manera efectiva. Mostrar y demostrar esa gratitud con actitudes y acciones de bondad y de generosidad. Con hechos.

Quiero llevar estas palabras a la esfera de la enseñanza. Viví con mi familia un año entero en Galway (Irlanda). Matriculamos a nuestra hija Carla en una pequeña escuela pública que tenía entre sus normas la siguiente: los alumnos y alumnas agradecerán cada día la enseñanza que reciben de los profesores. Carla adquirió esa costumbre. Y, de la misma forma que daba los buenos días o las buenas tardes, daba las gracias al terminar las clases. Preciosa costumbre.

En menos de una semana he podido vivir tres experiencias emocionantes relacionadas con la gratitud. La primera ha tenido lugar en Granada, en el IX Encuentro de APFRATO, celebrado en el primer fin de semana de junio. Al terminar mi conferencia, una maestra llamada María José Jiménez me entregó una carta titulada “Sueño infinito”. Termina así: “Gracias por ser maestro, por fundir la tinta con el corazón, por decir valientes verdades en espacios infinitos”. He aquí, hermosa y generosamente expresado, el sentimiento al que me estoy refiriendo. ¡Cómo no decirle a ella también muchas gracias!

En el mismo Congreso me saludó con un abrazo Juan Jesús Domínguez Romero. Y me dijo que quería escribirme para explicar lo que había significado para él estar en una conferencia mía a la que había asistido hace años en Sevilla. Así lo hizo días después. Con estas palabras.
“Hola, maestro. El domingo en Granada me acerqué a saludarte y a darte las gracias por haberte cruzado en mi vida. Fue allá por el curso 1992/93, año de eventos y grandes acontecimientos. Yo había estudiado magisterio, una de las pocas opciones de estudio de las que disponía el hijo de un jornalero extremeño que al tiempo que estudiaba, tenía que trabajar y contribuía al sostenimiento de la economía familiar y al de otras dos hermanas que venían por detrás también con ansias de saber. Estudié magisterio, no por vocación sino agarrado al clavo ardiente que me permitía salir de un contexto complicado sin perder una beca. Y llegó el 92 y la invitación de una amiga a conocer Sevilla y de paso a escuchar a un profe de la Universidad de Málaga que era distinto, otra cosa, un tipo raro pero que decía verdades como puños … y que había aceptado participar en un congreso de estudiantes en la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación. Sevilla cambió mi vida y creo que no fue el espectáculo del lago a media noche en la Isla de la Cartuja…. Sabía lo que quería hacer en lo personal y en lo laboral. (…). Por eso, y tras varios años sin verte, tuve la necesidad de darte las gracias porque “fuiste el punto de apoyo sobre el que cambió mi mundo, mi vida” Mil gracias maestro y un fuerte abrazo”.

El día 4 de junio, después de una conferencia en un curso para profesores noveles de la Universidad de Málaga, recibí un mensaje de la profesora Raquel Cantero del que entresaco estos dos párrafos:

“Le doy las gracias porque hoy me ha devuelto la cordura. Me ha demostrado que si una persona como usted, con su forma de pensar, con la claridad en el lenguaje y en las ideas, no solo ha trabajado en la UMA sino que además se ha ganado el prestigio de muchos docentes y alumnos, yo no puedo bajarme del carro ahora, no debo, por mi y por los alumnos que se ven obligados en muchas ocasiones a sentarse y escuchar a alguien que sin tratar jamás a un paciente se planta delante de ellos a leer diapositivas. Gracias por hablarnos con claridad y hacernos sentir identificados en muchas de las “historias” que ha contado, porque desde nuestra posición podemos luchar y pelear para que el sistema cambie, y si no cambia, en mi “microclima” seguiré siendo yo.

Muy agradecida de corazón, un placer cruzarme con docentes de su calibre. Porque efectivamente, tiene esa capacidad de hacernos sentir que esta mañana no hemos estado en clase, sino charlando con un amigo tomando un aperitivo”.

El agradecimiento es, a veces, inmediato. Y muchas otras perdura en el tiempo. Hace doce años les escribí una carta a los dos hijos de María Ángeles Peláez. Año tras año en el aniversario de aquel día recibo un mensaje. Tanto por tan poco. El de este año, de hace muy poquito, dice así:

“Como siempre te diré…una docena de años… una docena de GRACIAS. Es curioso que aunque no nos veamos, yo siga recordándote con mucha frecuencia y tu nombre siga siendo importante y querido en mi familia. Es lo que ocurre con las buenas personas que ayudan a otras a crecer. Siempre te recordamos como alguien que contribuyó a que mis hijos se sintiesen implicados en los objetivos que se marcaba su madre”.

Los testimonios de gratitud por la enseñanza son abrumadores. Y está bien que así sea. Ésta es la profesión más delicada, más difícil y más importante de la historia. En ella se trabaja con la mente y el corazón de las personas. En ninguna otra se vive la gratitud de forma tan intensa y justificada.

Presento estos testimonios para honrar la profesión docente. Porque esto les pasa a todos y a todas. Estoy seguro. Lo que sucede es que no todos tienen la oportunidad de escribirlo como me sucede a mí con esta palestra, que tanto agradezco al periódico.

Un ejemplo de estos días de fin de curso. Hablaba con mi admirado y querido amigo Antonio Escámez de estas cuestiones mientras viajábamos a una reunión del Consejo Escolar de Andalucía. Me mando un whatsapp del que quiero hacerme eco, aunque no tenga su anuencia. Son las palabras finales del discurso de graduación en un Instituto de Málaga. Palabras de un alumno agradecido:

“Para terminar de hablar del profesorado quería mencionar a mi tutor: Antonio o, como todos le llamamos, Escámez. Escámez es de esos profesores de los que uno siempre oye pero que jamás experimenta. ¿Habéis oído hablar alguna vez del profesor por vocación, implicado en su trabajo en todo momento? Pues Escámez es la viva representación de ello. Si no, ¿quién iba a aguantar estar en un grupo de WhatsApp con 13 adolescentes frikazos (como le gusta llamarnos) que no paran de hacer preguntas, cada cual más retorcida que la anterior? ¿Quién iba a pasarse innumerables horas escaneando apuntes de aquí y de allá para que sus manzanillos tuviesen siempre la información contrastada al 100%? Eso solo lo hace Escámez, no cabe duda. Gracias, Antonio, por haber sido más que un profesor, un amigo para todos y cada uno de nosotros, por haberte tomado nuestro año como algo personal, y haber hecho de nuestra trayectoria, la tuya propia. Sin lugar a dudas, si alcanzamos entrar en la carrera que deseamos, será solo gracias a ti”.

Ojalá se generalice el uso de los certificados de gratitud. Una buena costumbre para la salud emocional de todos los corazones.