La metáfora del peral

10 Nov

La realidad es muy compleja. La persona es muy compleja. La historia es muy compleja. Y nuestros juicios sobre ellas suelen ser, frecuentemente, muy precipitados y muy simples. Por no decir simplistas. Unas veces por precipitación en el análisis, otras por ignorancia supina, algunas por pereza clamorosa y muchas por interés o por malicia.

No es fácil comprender con profundidad a una persona, aunque ella quiera expresarnos cómo es. El ser humano es insondable. Porque depende del estado de ánimo que tenga al describirse y de la impresión que quiera causar en quien escucha. Tampoco sirve de forma plena observar durante un rato. Porque la persona puede esconderse y porque va cambiando sin cesar. El curso de la vida es largo y tortuoso.

He leído, al respecto, una de esas historias de autoría anónima que circulan por la red (hay que ver cuánta sabiduría, cuánto ingenio, cuánta información que casi nos avasalla a cada instante) y que no sabe uno muy bien como citar. Porque son historias de todos y de nadie en particular, aunque alguien habrá sido el primero en plantar esa idea que luego se va modificando y recreando a gusto del consumidor. Yo mismo la contaré a mi manera, no como la he leído recientemente.

La historia cuenta que había un hombre que tenía cuatro hijos. Y quería enseñarles a no juzgar las cosas y a las personas de manera simplista y precipitada. Así que les mandó hacer un viaje largo para que observasen un antiguo peral que estaba plantado en un huerto lejano, propiedad de su padre y abuelo de sus hijos.

Deberían realizar el viaje en tiempos diferentes para contemplar el peral. El primogénito en invierno, el segundo en primavera, el tercero en verano y el benjamín en otoño. Cuando regresó el último, los reunió a los cuatro y les dijo que contasen en su presencia, uno por uno, delante de los hermanos qué es lo que habían visto.

El primero dijo que el árbol parecía muerto, que estaba torcido y feo, que no tenía ni una hoja y que daba toda la impresión de que estaba seco. Una pena.

Los otros hermanos escucharon atentos y sorprendidos. Contrastaban en sus mentes la imagen que su hermano había descrito con la que ellos mismos habían visto

El segundo hijo dijo que el peral estaba lleno de brotes verdes y que sobre él se posaban los pájaros llenando el ambiente de trinos felices. Todo eran promesas en el peral.

El padre asintió, dio las gracias a su hijo segundo e invitó al tercero a comunicar su experiencia. Dijo seguidamente que el peral estaba lleno de flores y que era el espectáculo más hermoso que había visto nunca. Una belleza que suscitó en él una enorme alegría.

Enseguida intervino el más pequeño de los hijos, que había contemplado el peral en otoño. Y lo hizo para decir que el peral estaba cubierto de peras maduras, una de las cuales probó, encontrándola deliciosa. El peral estaba lleno de vida y de abundancia. Él había sentido una enorme satisfacción al verlo cargado de tantos y tan sabrosos frutos.

Todos intuían lo que su padre había pretendido. Y, en efecto, éste lo fue explicando a los cuatro con palabras sencillas y sinceras. Les dijo que, aunque sus relatos eran diferentes, todos ellos tenían razón. Como habrían supuesto, cada uno había contemplado el mismo peral solamente en una temporada, exclusivamente en una estación.

Los hijos escucharon atentos mientras el padre añadía que no se puede juzgar a una persona por una sola estación de su ciclo vital. La esencia de un ser, la alegría, la sabiduría y el amor que provienen de esa persona solo se puede ver en conjunto, teniendo en cuenta todas las peculiaridades. Si solo nos fijamos en una, tendremos una concepción si no equivocada por lo menos parcial, no completa, no rigurosa.

La historia compartida que os he pedido que vivierais tiene también aplicación a vuestras propias vidas. Si uno de vosotros se rinde durante el invierno, si se queda atrapado en el frío y en la parálisis de la savia, perderá la promesa de la primavera, arruinará la floración del verano y los frutos del otoño. No se debe aceptar que la decepción o el dolor de una temporada destruya la alegría de todo el resto.

En la vida diaria juzgamos las acciones y las intenciones de las personas en función de apariencias limitadas, breves y superficiales. Limitadas en el contenido, breves en el tiempo y superficiales en la profundidad. Es probable que no conozcamos muchas dimensiones necesarias para formular el juicio. Si volviéramos a ver a la persona horas, o días, o meses después, si hablásemos de nuevo con ella, si contemplásemos más facetas de su vida, es probable que ese primer juicio se viera modificado.

Los juicios mal formulados pueden herir a los demás y enturbiar las relaciones. ¡Qué prisas tenemos a veces! ¡Qué ganas de llegar a una conclusión que intuimos o deseamos! Pero sin fundamento, sin rigor, sin tener en cuenta las exigencias del respeto a la dignidad que exige el hecho de ser persona.

Hay que tomarse un tiempo para escuchar, para observar y para pensar. Así nos gustaría que se articulasen los juicios que otros formulan sobre quiénes somos y qué queremos. Con fundamento, con rigor, con respeto.

La metáfora del peral es clara, sencilla y elocuente. Se trata del mismo árbol, de la misma realidad. Cada hijo ve un árbol diferente porque tiene muchas caras, muchas formas de manifestarse. La historia tiene muchas otras aplicaciones. Pienso ahora, por ejemplo, en el diagnóstico que se emite de los alumnos a través de pruebas que se hacen en un momento determinado y que se interpretan luego como una descripción definitiva, permanente y casi infalible.

Pienso también en las entrevistas de trabajo, que establecen una imagen del individuo a través de las observaciones y de las respuestas a las preguntas que el empleador hace en unos minutos tan sometidos a la presión de las expectativas.

¡Qué decir de los juicios de valor que se hacen sobre una personas a través de un solo hecho, de una sola experiencia! Alguien que roba una vez es calificado de ladrón y es juzgado de forma holística sobre cómo es, aunque solo se conozca de él ese hecho. Vale también esta observación para hechos de signo positivo. Por una sola acción generosa o heroica se hace un juicio generalizado y definitivo de una persona. Deberíamos ser más exigentes, más cautos y más respetuosos en la elaboración de juicios sobre las personas. Eso dice la metáfora del peral.

Contra el efecto Mateo

3 Nov

Hace casi diez años (exactamente el 19 de septiembre de 2009) dediqué este espacio a plantear algunas reflexiones sobre “el efecto Mateo”. Hoy vuelvo al tema pero no con afanes meramente descriptivos sino con la intención de denunciar, condenar, desmontar y combatir dicho efecto. Está muy instalado en la sociedad y es necesario desenmascarar sus perversos mecanismos y luchar contra ellos.

Describiré primero en qué consiste ese concepto psicológico (más bien se trata de un pernicioso fenómeno sociológico) que fue explicado por primera vez por el sociólogo estadounidense Robert K. Merton, basándose en el versículo 13, capítulo 19 del Evangelio de San Mateo: “Al que tiene se le dará y, al que no tiene, incluso lo poco que tiene se le quitará”. Este enigmático aserto, que sigue a la parábola del sembrador, ha dado pie a lo que Mario Bunge, posteriormente, llamó “el efecto San Mateo”).

En otros versículos bíblicos se repite la misma idea, con mínimas variantes, como puede verse en los evangelios de San Marcos y de San Lucas y en otros versículos del propio Mateo. En nuestro refranero, este efecto tiene un buen reflejo en el viejo aserto: “Al que Dios se la da, San Pedro se la bendice”.

Aunque Merton, en su famoso artículo “The Matthew effect in science”, publicado en la revista Science en 1968, se centra en los efectos del fenómeno en la vida académica, no es menos cierto que el famoso efecto tiene aplicación a cualquier ámbito de la vida. Merton dice que un autor conocido es más fácilmente citado y que a un autor relevante se le publican más fácilmente nuevos textos, independientemente de que éstos sean de valor.

Aunque tanto Merton como Bunge aplican el efecto Mateo al ámbito de la sociología de la ciencia, creo que tiene vigencia en cualquier ámbito del comportamiento humano. Veámoslo.

Cuando alguien va a buscar trabajo, se le pregunta indefectiblemente si tiene experiencia. ¿No la tiene? Entonces no se le firma el contrato. Si tiene experiencia, se le facilita otra nueva. Al que tiene, se le dará. Otro ejemplo. Cuando alguien va a pedir un crédito, si no tiene bienes ni avales que respalden la petición, es fácil que no se le conceda. Es decir, que como tiene dinero, se le concederá más.

Los grandes equipos de fútbol, al hacer el reparto de los beneficios televisivos, reciben una parte mucho mayor del pastel. Con lo cual dispondrán de mayores cantidades de dinero para seguir siendo los equipos más grandes. Y cuando juegan es fácil que los árbitros los juzguen con mejores ojos. Porque son más grandes y se rinde un mayor tributo de admiración, de pleitesía y de consideración.

Cuando se sube el diez por ciento el sueldo a todos los funcionarios, se aumenta cien euros al que cobra mil y quinientos al que percibe cinco mil. Al que más recibe, más se le da.

Es fácil enriquecerse si uno tiene mucho dinero y hace inversiones, acomete la creación de nuevas empresas, y se arriesga a poner el dinero en juego con el fin de que se multiplique. Si alguien no tiene, eso poco que tiene, lo acabará perdiendo

Por eso los pobres son cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos. Es probable que quien tiene mucho dinero juegue mucho a la lotería. Y esa gran cantidad de dinero hará más fácil, por la ley de la probabilidad, que le toque alguna vez. El que juega muy poquito, porque tiene poco, se quedará fácilmente sin eso que juega.

Es curioso comprobar cómo el efecto Mateo tiene concreciones en todos los ámbitos de la vida. Ayer mismo, mientras me encontrada en la sala VIP de Iberia del aeropuerto de Barajas, pensaba que a quien tiene más dinero para comprarse prensa o tomar unos refrescos, se le entregan de forma gratuita.

Recuerdo que, hablando en cierta ocasión del efecto Mateo con mi becaria Estefanía Almenta, le decía:

– ¿Quién tiene más dinero para comprar libros, tú o yo?
– Tú, contestó
– ¿Quién tiene más libros en su casa, tú o yo?
– Tú.
– ¿Quién puede sacar libros de la biblioteca de la Facultad en mayor número y durante más tiempo, tú o yo?
– Tú.
– Si hubiera que regalar algún libro, ¿a quién se le debería regalar si hubiera justicia?
– A mí.
– Pues no, me los regalan a mí.
En efecto, ese día había recibido dos libros de sendas editoriales como publicidad académica. Se los regalé a ella, aplicando el criterio que ahora defiendo.

Cundo se efectúan evaluaciones, el que obtiene el primer puesto, ya estaba beneficiado por la situación de ventaja. Pero ahora se le añade la del prestigio.

La cultura neoliberal, con sus obsesiones sobre individualismo, competitividad, obsesión por la eficacia, relativismo moral, privatización de bienes y servicios y olvido de los favorecidos es un buen caldo de cultivo para que prospere y se desarrolle el efecto Mateo.

Pues bien, lo que quiero proponer en este artículo es que se debe denunciar su aplicación en todos los ámbitos. Con el fin de que la desigualdad disminuya, con el fin de que la equidad aumente. No le demos más al que más tiene. No le demos igual a todos. Ayudemos a los que están en peores condiciones. De lo contrario, los desheredados de la tierra seguirán siéndolo cada vez con más intensidad.

Quiero apostar en este artículo por la superación del efecto Mateo. Me apoyaré para ello en dos argumentos. El primero tiene que ver con la racionalidad. El segundo, con la justicia. Resulta más racional, a mi juicio, el reparto equitativo. ¿Usted tiene experiencia? Se la daremos ahora a otro que no la tiene. ¿Usted tiene dinero? Le daremos ahora algo a quien no lo tiene. ¿Tiene ya muchos libros publicados? Le facilitaremos ahora la publicación a alguien que no tiene publicado ninguno. Buscar la justicia es realizar un reparto equilibrado, una distribución justa, un reparto compensador.

Eliminar el efecto Mateo es, por ejemplo, cuando se aplica una prueba estándar, ayudar a quienes queden clasificados en los últimos puestos. Porque el efecto Mateo lo que hace es primar al que ya tenía buenas condiciones para obtener el primer puesto. Si no se corrige esa nefasta tendencia, el primer clasificado tendrá ahora todo lo que tenía más el prestigio del primer puesto. Hay que acabar con la perversa práctica de dar más al que más tiene.

Es que no he terminado de dormir

27 Oct

En un reciente viaje a Chihuahua (México) me encuentro con Manuel Gil Antón, Profesor del Centro de Estudios Sociológicos del Colegio de México. Durante 30 años lo fue de la Universidad Autónoma Metropolitana. Un hombre extraordinario. Basta un corto viaje en coche para captar su excepcional talla humana e intelectual. En uno de los desplazamientos desde el Hotel a la sede del Congreso en el que ambos participábamos me cuenta que un amigo fue a despertar a su hijo para ir al colegio:

– Cinco minutos, papá, pidió el niño.

Pasado ese tiempo, el padre fue a levantarlo para el desayuno y los preparativos. Cuando el niño recibe la nueva llamada, se queja con una argumentación irrebatible:

– Es que no he terminado de dormir.

El niño dice algo que entendemos muy bien cuando estamos haciendo otras actividades: estudiar, comer, trabajar, comer… Pero, ¿por qué no existe ese mismo tope para dormir? Aunque el niño se haya acostado tarde, aunque no haya dormido bien, tiene que levantarse de forma inexorable. Es la hora de ir al Colegio. Pero, ¿y si no ha terminado de dormir?

Me imagino a los niños y a las niñas, en pleno invierno, cuando una voz enérgica y a la vez cariñosa les susurra al oído:

– Cariño, arriba, es la hora.

– ¿Cómo la hora? No he terminado de dormir.

¡Cuántas historias podrían contar los padres y las madres si compartiesen lo que han tenido que vivir muchos días para lograr que sus vástagos se pongan de pie! Súplicas, argucias, promesas, amenazas, castigos, premios, trucos, bromas, recompensas…

El acto de levantarse pronto y bien tiene conexión con dos fenómenos: uno relacionado con la hora de acostarse. Algunos niños ofrecen mucha resistencia para ir a la misma cama de la que se niegan a salir por la mañana: quieren agua, luego desean ir al baño, después tratan de despedirse otra vez, luego dicen que tienen frío o calor, ahora reclaman un peluche…El otro se relaciona con el interés que suscita en ellos la actividad que van a realizar en el colegio. Si se aburre, si es comparado peyorativamente, si no es aceptado ni querido, si lo que estudia no le interesa, es lógico que no quiera levantarse.

– ¿Estás dormido?, pregunta la mamá en un susurro desde la puerta de la habitación de su hijo.
– Depende de para qué, contesta entre dientes el interpelado.

Para hacer algo atractivo, interesante y divertido, estoy despierto. Para hacer algo ingrato y desagradable prefiero seguir durmiendo.

Conseguir que vaya pronto a la cama, tratar de que se desconecte a tiempo de sus absorbentes aparatos, leerle (o que lea) algo de interés, contarle alguna historia, despedirse con ternura, establecer rutinas razonables, disponer de un lugar acogedor… facilitará un descanso prolongado y profundo. Es una de las claves de la estabilidad emocional. Y del éxito educativo. Se olvida muchas veces.

Una vida equilibrada, amorosa y segura, facilitará un descanso pleno. Para que se produzca, el niño debe dormir el número de horas necesario. Hoy mismo, la enfermera del Colegio de mi hija Carla nos ha mandado a las familias un tabla con las horas de sueño deseables para las diferentes edades: 1 a 2 años=11-14 horas; 3 a 5 años=10-13 horas; 6 a 13=10-11 horas; 14 a 17 años=9-11 horas. Es prudente plantear un arco flexible de dos horas porque cada niño, cada familia, cada historia es diferente.

No se suele hablar de esta cuestión tan importante. Se habla de capacidades, de expectativas, de motivos, de nivel social, de ayuda familiar, de métodos, de condiciones, de curriculum, de ratios… Pero si no se ha dormido lo suficiente, poco se podrá de hacer.

(Perdóneseme este paréntesis. Hablo también del sueño de los docentes. Por dos motivos. Uno es el ejemplo que se ha de dar a los alumnos para ser coherentes y eficaces y otro es la exigencia de un descanso reparador que facilite una enseñanza motivadora. El malhumor, el embotamiento, la falta de chispa, la pereza intelectual echan sus raíces en un descanso corto y pobre).

En uno de mis viajes a Londres, vi sobre las camas de la habitación del hotel, un pequeño cartel, que decía: “Si no duerme usted bien, no le eche la culpa a nuestras camas, analice su conciencia”. Una singular forma de hacer publicidad sobre los colchones, las camas y las condiciones acústicas del hotel. Después de la advertencia, imagino que nadie se atreverá a decir que no ha pegado ojo en toda la noche.

Decía más arriba que un factor determinante del acto de levantarse es la riqueza de la actividad escolar. Alguna vez he reproducido la dedicatoria que le hice a mi hija Carla en el libro “La casa de los mil espejos y otros relatos para la educación inicial”: “Para mi hija Carla que, yendo un día al colegio y lamentándome yo de íbamos a llegar tarde, me quiso tranquilizar diciendo: Papá, no te preocupes por llegar tarde, porque vamos al cole. Lo malo de llegar tarde es que fuéramos a un cumple y me perdería el mago, la tarta y la piñata”.

Lo tenía claro: ausentarse del cole no supone sufrir pérdidas importantes. Pero llegar tarde al cumpleaños de una amiga es un problema que no tiene una solución fácil. No ir al cumple significa perderse cosas emocionantes.

El tiempo que se dedica al descanso no es tiempo perdido; es la forma mejor de ganar el tiempo de vigilia. Para estar bien despierto hay que haber dormido bien.

El escritor Miguel de Unamuno dormía diez horas cada noche. Sus días se limitaban a apenas trece o catorce horas que repartía entre trabajo, creación, ocio y vida cotidiana. En cierta ocasión, un periodista bisoño, y por ello audaz, quiso aprovechar la debilidad del célebre pensador para clavarle una banderilla y ganarse el aplauso del publico. Enmascarado tras una sonrisa astuta, interpeló al filósofo:

– Maestro, ¿cómo es posible que una persona de su inteligencia duerma tanto? Se rumorea que hasta diez u once horas al día. Y de un tirón.

Unamuno, sin dilación alguna, respondió con ironía y perspicacia:

– Joven, es que cuando estoy despierto, estoy mucho más despierto que usted.

El niño tiene que dormir mucho y bien para estar muy despierto. Sin haber dormido no puede realizar un buen trabajo ni estar de buen ánimo. Dormir bien es una exigencia didáctica ineludible. Para el aprendizaje en la escuela y para el aprendizaje y en la vida. Los niños y las niñas tienen que ir a la escuela cuando hayan terminado de dormir.

La isla de los inventos

20 Oct

Me ha preocupado desde siempre cómo emplean el tiempo de ocio los niños y los jóvenes. Para preparar a las personas al mundo del trabajo se destina tiempo, dinero, esfuerzo y recursos amplísimos. El sistema educativo pretende formar a las personas para el mundo del trabajo (aunque no solo, claro está). Para enseñar a vivir el ocio de manera sana y divertida se hace muy poco.

No tener trabajo o tener un trabajo empobrecido y mal remunerado, ha destruido la vida de muchas personas. Pero ha destruido más vidas no saber vivir adecuadamente el ocio. Están al acecho males gravísimos: aburrimiento, molicie, delincuencia, droga, y alcohol, entre

El ocio es un fenómeno extraordinariamente complejo. Tiene dimensiones sociológicas, psicológicas, éticas, económicas, filosóficas, educativas, relacionales, organizativas, lúdicas, afectivas… Es curioso comprobar la poca importancia que se le concede. Sin embargo, cada día tenemos más tiempo libre. Un tiempo que nos organiza la sociedad a cambio de dinero. La iniciativa particular se extingue. La creatividad está en las manos de otros.

Escuela, familia y sociedad se desentienden de esa preocupación como si se pudiera aprender a vivir el ocio positivamente de manera espontánea, sin ninguna ayuda, sin ningún medio, sin ninguna atención.

Acabo de visitar, en la ciudad argentina de Rosario, acompañado por mis amigos Silvia y Perico, La isla de los inventos. Nunca se lo agradeceré de forma suficiente.

En primer lugar porque me divertí admirando tantas propuestas interesantes y llevando a la práctica algunas de ellas. En segundo lugar porque pude tomar nota de muchas iniciativas originales. Mencionaré algunas:

– Archivo de los miedos. Esta fue una de las experiencias que llevé a cabo, siguiendo un estricto protocolo que me iba dictando el monitor. Tengo delante una copia del documento que tuve que rellenar y del recibo que él me entregó. Mi miedo quedó depositado en el correspondiente cajón de un inmenso armario.

– Pócima mágica. Para realizar esta experiencia hubo que esperar hasta que se formó un grupo de niños, jóvenes y adultos. El monitor fue dialogando con los miembros del grupo: ¿para qué queremos la pócima?, ¿qué ingredientes debe tener?, ¿cómo podemos administrarla?… El monitor me entregó un gran cuaderno y me pidió que fuese anotando lo que se iba diciendo y haciendo. Al fin tuvimos la fórmula para que se pudieran cumplir los deseos.

– Círculos de césped. Colgados en una pared se encuentran círculos de césped artificial. Quien desea hacer una actividad de campo, toma uno de los círculos y lo coloca en el suelo. Sobre los círculos pude observar a diferentes grupos: una familia que merendaba, unos niños que practicaban un juego sedentario, unos amigos que conversaban.

Juegos diversos, composición de rimas, vivencia del tiempo, expresión de deseos, fabricación de papel, pintura colectiva, pruebas de ingenio, artes diversas… Las actividades van cambiando. No son siempre las mismas. Se trata de que la monotonía no se instale en una experiencia que pretende ser creativa.

Monitores contratados por la Municipalidad dirigen las actividades y atienden las demandas de los visitantes. Una forma de ejercitar la responsabilidad, de ocupar a jóvenes y de ayudar a ganar un dinero.

Resulta muy significativo que las experiencias se puedan compartir entre “chicos y mayores”, como dice la publicidad que me entregaron. Daba gusto ver a padres y a hijos practicando las diversas actividades. Sin masificación, sin prisas, sin agobio. Aprendiendo y disfrutando.

La Isla de los inventos forma parte de un Tríptico de la Infancia (entre chicos y mayores), iniciativa a la que se añaden El Jardín de los niños y La Granja de la infancia. Estas propuestas de la municipalidad forman parte, a su vez, de la ciudad educadora. En la documentación que se facilita a los visitantes se dice: “El Tríptico de la Infancia materializa ese nuevo modo de pensar la ciudad a través de la creación de tres espacios públicos para el juego y la convivencia”. “La ciudad es un texto poderoso para abrazar la vida, atreverse a pensar y a convivir, generar una actitud crítica, proponer, crear y soñar”, añade el precioso elfolleto..

La Granja de la infancia es un predio de 35.000 metros cuadrados lleno de caminos, cascadas, escaleras, muros de piedra recorridos laberínticos y sonoros e iniciativas apasionantes como la Torre del catalejo, la Calle de los sucesos, la Máquina de trepar, la Máquina de Volar y la Máquina de Sonar…

El jardín de los niños es un predio de cinco hectáreas. En él se encuentran el Laboratorio de curiosidades, la Dulcería y horno de pan, Cuentos y susurros, Hacer nacer, Bosque de papel, Anfiteatro…

He querido compartir esta hermosa iniciativa que muestra que es posible poner las ideas y el dinero al servicio de la infancia y de la juventud, más allá de las palabras y los discursos. Es un ejemplo de cómo se puede construir una ciudad a la medida de los niños y no de conductores frenéticos, crispados y apresurados que solo buscan su interés.

En la misma página del periódico La Capital en que se me hacía una entrevista, se anunciaba que en el mes de octubre impartiría una conferencia en las tres sedes del Tríptico Francesco Tonucci. Conocida es su idea de que la ciudad debe construirse con el parámetro de un niño. Cuando es así, en ella caben todos: mujeres embarazadas, ancianos, enfermos, discapacitados… No es bueno tener ciudades en las que solo tienen cabida varones ricos, sanos, apresurados y violentos. Me remito a su obra “La ciudad de los niños”.

¿Qué sentido tiene tener los centros escolares cerrados durante los fines de semana, los puentes y las vacaciones mientras los chicos vagan por las calles sin tener donde ir o encerrados en los centros comerciales pagando un dinero que muchos no tienen? Hace años titulé uno de mis artículos con la petición de un niño cuando le preguntaron cómo quería que fuese su ciudad: Queremos jugar gratis, dijo. ¿Por qué no utilizar la biblioteca, el salón de actos, las canchas de deporte, el gimnasio o las aulas para celebrar reuniones y realizar actividades? Ya sé que esa decisión exigiría de personal y de medios. Pero esa sería una excelente forma de emplearlos.

¡Te pillé!

13 Oct

Conozco docentes obsesionados porque los alumnos no les engañen en las evaluaciones. Y para ello ponen todos los medios posibles e imaginables al servicio del control: les retiran los apuntes donde no puedan ser alcanzados, cuentan minuciosamente las fotocopias de las preguntas (si falta una ha podido ser sustraída fraudulentamente), colocan a los alumnos en lugares distantes para que no puedan susurrarse las respuestas, vigilan de forma intensa, tratan de detectar la copia cuando corrigen, procuran descubrir los cientos de estrategias que se han inventado en el arte de la copia…

Cuando encuentran a un alumno copiando, cuando sorprenden a una alumna que está haciendo una trampa, tienen un sentimiento incontrolado de victoria:

– ¡Te pillé!, dicen orgullosos de su astucia.

También he conocido alumnos que han intentado (y a veces conseguido) el éxito a base de trampas. Han conseguido los exámenes previamente, han copiado o han dado el cambiazo del ejercicio que han hecho por otro que llevaban preparado. Algunos realizan unos esfuerzos tan sofisticados para aprobar fraudulentamente que supera el trabajo que tendrían que hacer para conseguirlo de forma honrada.

Sé que hay estrategias tramposas no solo individuales sino colectivas, es decir de todo el grupo. Una profesora de historia dictaba las preguntas del examen mientras pasaba las páginas del libro delante de sus alumnos. Nunca las anotaba. Cinco preguntas siempre. Los alumnos acordaban contestar a cinco preguntas que habían seleccionado y preparado previamente (todos la misma, claro). Un acto solidario en busca de resultados. Un engaño masivo.

En la medida en que la evaluación se realice a través de exámenes habrá más posibilidades de que haya trampas. Si la evaluación fuese continua, habría menos posibilidades de distorsión y mucha más confianza en que todo transcurriría de forma confiada y transparente.

Pero, claro, hay pruebas que no pueden sustituirse por la evaluación continua. Pienso, por ejemplo, en las oposiciones o en las pruebas externas en general.

Nunca he estado obsesionado por ganar ese pulso de astucia. Probablemente me hayan considerado un ingenuo. He preferido confiar plenamente en mis alumnos y alumnas y, de la misma forma, he querido que ellos y ellas confiasen en mí. He preferido ser ingenuo a ser justiciero. Ser comprensivo a ser cruel.

De todos modos, creo que es necesario crear un clima de transparencia y de honradez. No me gustan las trampas. Ni las que tienden los profesores a los alumnos ni las que practican los alumnos para engañar quienes les evalúan.

He recibido una historia muy significativa al respecto. La voy a compartir con mis lectores y lectoras. Creo que encierra algunas interesantes enseñanzas.

Tres estudiantes no se prepararon para un examen y decidieron no presentarse con el fin de ganar tiempo y poder hacerlo. Elaboraron un plan para conseguir que el profesor hiciera una nuevo examen a los tres. Se ensuciaron con grasa negra, aceite y residuos del escape de un coche. Y fueron a ver al profesor con cara da de inocentes.

– Profesor, le pedimos disculpas. No pudimos venir al examen ya que fuimos a una boda y, de regreso, el coche tuvo un accidente. Por eso estamos tan sucios, como puede ver.

El profesor aceptó las excusas y accedió al aplazamiento. Les dijo:

– Podéis preparar el examen durante una semana y, una vez finalizada, fijamos la nueva fecha.

Pasada la semana de estudio de los tres estudiantes, el profesor fijó la nueva fecha, indicando el lugar y la hora. Llegado el momento, colocó a cada uno en un aula diferente. Y les entregó en un sobre las 4 únicas preguntas que debían responder:

1. ¿Quién se casó?
2. ¿A qué hora se accidentó el coche?
3. ¿Dónde exactamente se produjo el accidente?
4. ¿Cuál es la matrícula del vehículo?

Debajo de las preguntas aparecía la siguiente nota: Si las respuestas son idénticas, tendrán la posibilidad de hacer el nuevo examen. ¡Buena suerte!

Se puede deducir fácilmente cuál fue el resultado de aquel curioso examen. De lo cual se derivan dos moralejas complementarias:

Moraleja 1: Hagas lo que hagas, jamás pretendas hacer tonto a alguien más viejo que tú, más leído que tú, más viajado que tú y más trajinado que tú.

Moraleja 2: ¿Quieres un 10? Te lo pongo. La vida se encargará de suspenderte y ponerte un cero.

Hasta aquí, el relato que he recibido. Respecto a las moralejas he de hacer dos salvedades. La primera encierra un planteamiento peligroso. Es la idea de quién engaña a quién. Es el desafío que se produce cuando tratamos de ver quién es más listo o más sagaz que el otro. No me gusta ese modo de actuar. Yo prefiero hacerlo desde la confianza y no desde la sospecha, desde la sinceridad y no desde el engaño. Hay que actuar honestamente no porque no se pueda engañar al otro sino porque no se quiere ni se desea hacerlo. Creo que esta primera moraleja peca por defecto de lo que la segunda plantea por exceso. No es verdad que la vida corrija siempre esa forma de proceder tramposa. Muchas veces la acrecienta y la subraya. Es como si el ejercicio de las trampas te hiciese más eficaz en su manejo y en sus resultados.

En lo relacionado con las trampas que se pueden hacer en la evaluación mantengo una postura que está alejada de la obsesión por el control y de la ingenuidad bobalicona. No me gustan las trampas, ni la copia, ni el plagio, ni la falsedad. No todos los evaluados son tramposos potenciales. Y tampoco me gusta la estupidez de quien da pábulo a la falsificación y al engaño. No todos los evaluados son honestos. Abogo por la confianza en las personas y por la honradez en las prácticas.

Si descubriese a alguien copiando, no diría con satisfacción victoriosa: ”te pillé”. Me preguntaría con inquietud y tristeza: “¿en qué he fallado?”.