Mil cuatrocientos kilómetros

19 Ago

He impartido hace unos días un curso de cuatro horas en el Aula Magna de la sede de la Universidad de los Museos, sita en la céntrica calle Corrientes de Buenos Aires. Organizaba la actividad una institución que se autodenomina CEPA (Clima Emocional Positivo en el Aula). Les sugerí a los directores la posibilidad de añadir una E a su sigla (ahora sería CEPAE, Clima Emocional Positivo en el Aula y en la Escuela) porque considero que la escuela es la unidad de planificación, de intervención y de evaluación más efectiva desde el punto de vista educativo. Se abriría así la posibilidad de actuaciones formativas relacionadas con toda la comunidad educativa y no solo con el profesor y el grupo de alumnos y alumnas de un aula.

Voy a lo que voy. A esa actividad acudieron unos ciento cuarenta docentes de todo el país. Procedían del área metropolitana, de ciudades próximas a la capital y de otras muy alejadas. Tan alejadas algunas, que había asistentes de Neuquén, por ejemplo, a más de mil cuatrocientos kilómetros de distancia de la capital. Debo decir, en honor de los asistentes, que se trataba de un curso por el que tenían que abonar una cantidad nada despreciable ya que la capacitación docente en Argentina corre a cargo de los profesionales y no de la Administración educativa.

La actuación de estos docentes es más admirable si se tiene en cuenta que por realizar la actividad no se concedía una acreditación que se pudiera poner luego en las cuentas de la meritocracia. El interés por la actividad nacía, por tanto, del puro afán de aprender y de mejorar la práctica. Choca esta forma de proceder con la de aquellos que, al acudir a un curso gratuito, formulan esta significativa cuestión: ¿A cuántas horas se puede faltar?

Y una vez conocida la respuesta agotan al máximo ese tiempo que no quieren malgastar asistiendo a una actividad de la que importa, sobre todo, la acreditación.

La Editorial Homo Sapiens había llevado 100 ejemplares de algunos de mis libros para la venta. Se agotaron. Compras casi milagrosas porque el sueldo de los docentes es verdaderamente magro. Firmé los ejemplares con algún pensamiento personalizado, fiel a la idea de García Márquez de que un libro no se acaba de escribir hasta que no se dedica.

Qué decir del interés, de la participación, de la intensidad de la escucha. Qué decir de los intensos aplausos finales, de las palabras y testimonios de agradecimiento, de las innumerables fotos solicitadas. Cuántas veces he visto aplaudir de pie durante varios minutos las conferencias. ¿Por qué esa vehemencia en el reconocimiento? ¿Por qué en otros lugares hay más frialdad, más recato en la efusión, más brevedad y menos intensidad en el aplauso?

El curso tenia una variante on line a la que se habían inscrito más de 150 docentes de todo el país. Se agotaron las plazas disponibles. De ellos he recibido la recompensa de unas valoraciones tan generosas que casi te avergüenzan.

Es abrumador ese reconocimiento entusiasta, esa respuesta generosa, esa voracidad de aprendizaje que tantas veces te sientes incapaz de satisfacer.

Dos días después impartí en Santiago un curso de ocho horas en sábado de un largo puente, ya que el lunes era festivo en todo Chile por la fiesta que ellos denominan de La Virgen del Tránsito. Acudieron profesores y profesoras de muy lejos. Algunos viajaron toda la noche (según me dijeron, desde las 11 hasta las 8 de la mañana). Y pagaron una cantidad por el curso de 50000 pesos chilenos (unos 70 euros). También allí llevaron libros los representantes de diversas editoriales. Y vi cómo compraban libros por valor de 25000 pesos (unos 33 euros, 3 veces más del importe que esos libros costarían en España).

No puedo por menos de expresar mi gratitud, mi admiración y mi aplauso a esos docentes. Entregaron un día de su descanso, se desplazaron desde lejos, pagaron lo que no tienen y asistieron sin perder un minuto.

Organizaba el curso una Revista de Psicología (REPSI) que se dedica también a realizar capacitación para docentes. Con una puntualidad germana se desarrolló el trabajo de 9 a 13 y de 12 a 16.

En ambos casos he quedado maravillado por el esfuerzo, la entrega, la generosidad y el entusiasmo de esos docentes. Era palpable su ilusión, su entusiasmo y su gratitud a los organizadores.

Hace muchos años que he querido decir esto. Hace muchos-muchos años que tenía pendiente esta deuda de admiración y gratitud hacia estos docentes que trabajan en condiciones precarias y acuden alas conferencias en números increíbles. ¡Cuántas veces he tenido auditorios con más de tres mil docentes!

No estoy comparando a los mejores profesionales de Argentina y Chile con los malos profesionales de nuestro país, de la misma manera que no sería acertado ni justo proceder a la inversa. Lo que pretendo en estas líneas es hacer unas reflexiones sobre las raíces del entusiasmo y de la pasión por la enseñanza que lleva a estas acciones.

Loa manantiales del compromiso no nacen, creo, de las buenas condiciones laborales y económicas, lo cual no quiere decir que no sea mejor disponer de buenas condiciones o que sea un elemento indiferente para conseguir la calidad de la enseñanza y del aprendizaje.

Lo que pasa es que cuando a quienes eligen y luego ejercitan la profesión les mueven, sobre todo, esas condiciones materiales, bien pudiera suceder que la pasión que necesita la tarea sea un elemento menor o secundario.

Vi en cierta ocasión un cartel de una Academia de preparación de oposiciones que preguntaba en la parte superior: ¿Quieres ser profesor? En el centro del cartel, rodeada de rayos luminosos, aparecía una cantidad: ¡27 mil euros! Solo faltaba que hubiesen añadido en las esquenas: buenas vacaciones, ninguna evaluación, poco trabajo, fáciles exculpaciones por el fracaso…

Me preguntan muchas veces en esos países por las condiciones de los profesores y profesoras españoles: cuánto ganan, cuántas horas de clase tienen, cuántos alumnos hay en el aula, de cuántos especialistas disponen las escuelas, con qué materiales cuentan… Al escuchar la respuesta me dicen que deben estar dando saltos de alegría. Yo les digo que muchos sí, pero que otros dan saltos hacia abajo.

Los motivos de la elección profesional son, a mi juicio, una causa del entusiasmo, de la pasión y el compromiso. Otro es la experiencia que se ha vivido y se está viviendo en la enseñanza. Las buenas experiencias propician e impulsan el compromiso optimista.

Pienso en un tercer elemento que es el estado de opinión que se genera en la comunidad educativa. Ese clima emocional e intelectual que hace que nos sintamos bien o mal haciendo lo que hacemos.

También importa la posibilidad de crecimiento profesional. Cuando los docentes tienen el techo sobre la nuca y piensan que no pueden progresar, se ven obligados a mirar al suelo.

Hay una parte de esa buena actitud que proviene, a mi entender, de la capacidad de los individuos para superar las dificultades. Porque las dificultades existen. El problema reside en la reacción que cada uno muestra ante ellas. A algunos, esas dificultades (actitudes negativas de las familias, comportamientos disruptivos de los alumnos, planteamientos tóxicos de los directores, prescripciones absurdas de los políticos…) les estimulan y a otros les desalientan.

Quiero agradecer a los docentes de estos y otros países todo lo que su compromiso con la educación me ha aportado. Es mucho, muchísimo más de lo que yo les he ofrecido. Para ellos y para ellas mi gratitud y mi afecto sin límites.

Las mujeres jirafa de Tailandia

12 Ago

Visité en Chang Mai, al norte de Tailandia, una tribu de creencia cristiana (practica el budismo el noventa y cinco por ciento de la población), procedente de Birmania (hoy Myanmar), cuyas mujeres llevan en el cuello desde niñas un curioso artilugio de metal dorado construido con argollas que les mantiene el cuello artificialmente estirado, De ahí el nombre de jirafa con el que se conoce a estas (¿heroicas?. ¿pobres?, ¿estúpidas?) mujeres.

Dudamos mucho si incorporarnos al grupo que hacía la visita. Porque pensábamos que era como recorrer un zoo humano y porque dudábamos si el valor de la entrada en el poblado era una manera de perpetuar esa forma terrible de dominación. Al fin decidimos hacer el recorrido ante aquellas personas de otro mundo, por aquellas calles de tierra, y ante aquellas casas construidas con bambú, sin la menor comodidad, higiene y estética. Una didáctica inmersión en la pobreza extrema.

Algunos comentaban asombrados lo poco que es necesario para vivir. Sin televisión, sin internet, sin frigorífico, sin aire acondicionado, sin centros comerciales, sin coches, sin motos, sin teléfonos, sin restaurantes, sin iglesias, sin bancos, sin hospitales, sin cuarteles, sin escuelas… Sin. Otros reflexionaban sobre las insaciables ansias de poseer cosas que caracterizan nuestra cultura.

Tuve en mis manos uno de esos objetos y me asustó comprobar (el guía nos lo había advertido) que pesaba más de cinco kilos. Imaginé al instante la contundencia de esa tortura permanente.

Hay interpretaciones diversas sobre esta terrible costumbre. Una de ellas atribuye el hecho de portar ese collar interminable a la necesidad de protección frente a los tigres. A mi juicio, muy poco consistente explicación, ya que los tigres pueden atacar a las personas por muchas otras partes. Qué decir de la necesidad, si ésta fuera la verdadera razón, de que los hombres también utilizasen esa protección, ya que los tigres, afortunadamente, no discriminan a las mujeres. La finalidad de llevar ese artilugio, con toda probabilidad, es conseguir una imagen bella. Es decir, que esas heroicas mujeres se someten a esa tortura por un imperativo cultural que las condena a esa prisión de por vida con el fin de sentirse y de que las consideren hermosas y atractivas.

Impresiona ver a las niñas de cinco años portar ese instrumento de tortura en sus cuellos, indudablemente obligadas o asesoradas por sus propias madres que las preparan así para vivir toda la vida aherrojadas en esa peculiar prisión.

Se me dirá que abrazan esa costumbre de su comunidad de forma voluntaria. ¿Voluntaria? Ahí está el problema y sobre esa voluntariedad quiero centrar estas reflexiones. Está claro que no es una decisión voluntaria aunque ellas así lo piensen. ¿Por qué no toman la misma decisión mujeres de Londres, de París, de Berlín, de Madrid, xe Roma, de Dublín o de Praga? No hay mayor opresión que aquella en la que el oprimido mete en su cabeza los esquemas del opresor. ¿Por qué los hombres no llevan ese monstruoso collar? ¿No necesitan ellos sentirse y mostrarse tractivos?

Lo que podría considerarse un proceso educativo de adaptación a la cultura, no es más que una forma de discriminación ladinamente diseñada para someter a las mujeres.

Me preguntaba allí y me sigo preguntando ahora de qué manera podrían liberarse esas mujeres de su esclavitud si viven felizmente inmersas en ella. Las dificultades lingüísticas me impidieron conversar con ellas. Por otra parte habría que dudar de la sinceridad de sus contestaciones en el caso de que pretendieses buscar las raíces de su asimilación de las reglas de la cultura.

Me gustaría saber también lo que les ocurre a las mujeres que se rebelan contra su suerte, con las que quieren salir de ese gueto o con las que deciden salir de allí en busca de estudios o de otros horizontes. ¿Quieren? ¿Pueden? ¿Saben?

Lo que hoy quiero plantear es cómo se encuentra la llave para salir de las cárceles culturales. Una cosa es la cárcel de muros y otra la cárcel de cristal, de muros invisibles en las que la libertad es una mera entelequia. Porque el primer problema es la conciencia de que se está encerrado. Cada uno tiene sus propias cárceles. Las mujeres jirafa te miraban desde una visión inescrutable. ¿Están felices? ¿Están contentas? ¿Se sienten libres?

Sin televisión, sin internet, sin radio, sin libros… ¿por dónde entra la luz del discernimiento, de la reflexión, de la autocrítica, de la critica externa que pueda destruir la oscuridad de esas tradiciones crueles?

El segundo problema es tomar la decisión de salir de la cárcel, forjar el deseo de rebelarse contra la situación, abrir el horizonte de otras posibilidades libremente elegidas. Se trataría de formular esta decisión: “Yo me quiero ir de aquí”.

El tercer problema es hacerse con los medios para salir y para buscar otro lugar en el mundo, para elegir otra forma se vivir, de trabajar, de ganarse la vida. No sé si en la cabeza de estas mujeres existirá el mecanismo de análisis que les haga descubrir la discriminación. No sé si en sus corazones existirá la decisión de alcanzar la liberación. No sé si en su voluntad existirá la fuerza necesaria para superar las dificultades con las que, sin duda, se van a encontrar en el caso de luchar por la liberación.

De cualquier forma, cuesta creer que esas prácticas culturales, abiertamente sexistas, se perpetúen en el tiempo ante la mirada impasible de los pueblos y de las instituciones de justicia.

Es más, como yo mismo he comprobado, esas costumbres se convierten en un señuelo turístico. Si nadie visitase esos guetos, ¿seguirían perpetuándose esas prácticas? Creo sinceramente que sí. Pienso que hacer visible esta crueldad inaudita puede ayudar a que, al poner luz sobre la ignominia, sea más fácil erradicarla.

¿Sería una invasión de la autonomía y de la libertad de las sociedades, de los grupos y de las personas? Si alguien está atropellando con su vehículo a los viandantes, hay obligación moral de detener por la fuerza al conductor. Claro que hay que coartar su libertad. Esas mujeres necesitan la protección y la defensa de la comunidad internacional.

Hay otra cuestión de gran calado, que se refiere a los procesos de socialización. En nombre de qué principios, de qué dioses, de qué valores se les pone a las niñas del poblado ese instrumento de tortura que les condicionará la vida? ¿En virtud de qué derechos se decide por ellas que deben ser atractivas y que para serlo solo podrán conseguirlo de ese modo tan cruel? ¿Por qué los hombres no deben mostrarse atractivos de similar manera?

El mantenimiento de las tradiciones exige un análisis riguroso y exigente. Porque no todas las tradiciones respetan los derechos y la dignidad de las personas. Resulta obvio que esa práctica que viven las mujeres jirafa (aunque sean aceptadas y acogidas incluso con entusiasmo por ellas) resulta un atropello a su libertad y a su dignidad.

Estas consideraciones deberíamos hacerlas extensivas a todas las culturas, incluida la nuestra. Hay que desarrollar una crítica consistente sobre la bondad de las costumbres y la libertad de las personas.

La belleza del saludo tailandés

5 Ago

La semiótica o semiología es la ciencia que estudia los diferentes sistemas de signos que permiten la comunicación entre individuos, sus modos de producción, de funcionamiento y de recepción. Todos los gestos están llenos de significado. Cada cultura tiene los suyos. Por eso es tan importante viajar. Hoy dedicaré algunas reflexiones al saludo que los tailandeses utilizan para saludarse. Entre ellos y a quienes les visitan.

Te sorprende y agrada recibir ese saludo al entrar en el avión, al registrarte en el Hotel, al abrir la puerta de un restaurante, al entrar en una tienda o al hacer una pregunta a un transeúnte en la calle. Al recibirlo te sientes distinguido y honrado.

El saludo (que se utiliza también para despedirse, para pedir disculpas y para rezar a Buda) consta de tres partes esenciales, aunque existen muchas variantes. La primera consiste en colocar las palmas unidas hacia arriba a la altura del pecho, de forma que los dedos toquen la barbilla (existen otras posiciones, pero no entraré en detalles). El segundo, indispensable también, es la sonrisa. Y el tercero es una leve inclinación de cabeza. Solo gestos. Sin palabras.

El primer gesto hace referencia a la flor de loto y nos remite a la pureza, a la autenticidad, a la limpieza moral de las intenciones y de las acciones. La sonrisa es obligada en el saludo y poco se puede decir de esa positiva exigencia. Frente al gesto hosco, frío y distante, la sonrisa tiende un puente entre las personas. Pero el gesto que, a mi juicio, tiene más contenido es la inclinación de cabeza en señal de respeto.

Aunque la sociedad tailandesa es muy jerárquica, todas las personas merecen ese respeto básico por el sencillo hecho de ser personas. El saludo se dispensa por igual a pobres y a ricos, a grandes y a pequeños, a famosos y a desconocidos, a creyentes y agnósticos, a inmigrantes y autóctonos, a hombres y a mujeres, a cultos y a incultos… Nada se pregunta sobre el origen, la raza, la religión o la fortuna… Todas las personas son depositarias de una dignidad esencial. Dignidad a la que se rinde el tributo de la inclinación de cabeza. Hay muchas modalidades de saludo. Las personas mayores son especialmente distinguidas.

Te sientes bien al, ser saludado así. Con esa gentileza, con esa simpatía, con esa veneración que te hace sentir importante. Importante no por lo que sabes, lo que tienes, lo que has llegado a conseguir. Te sientes importante por ser una persona, por tu condición de ser humano.

José Antonio Marina, en el libro “Ética para náufragos” dice que la ética nace de un acuerdo mediante el cual los seres humanos se reconocen una dignidad esencial por el simple hecho de serlo.

El poderoso es saludado de la misma forma que el que no tiene poder, el pobre de la misma forma que el rico, el hombre de la misma forma que la mujer, el niño de la forma que el adulto… El saludo honra al que lo hace y al que lo recibe. Te sientes bien inclinando tu cabeza a otra persona con las manos en el pecho y la sonrisa como bandera de comunicación interpersonal.

No utilizan el beso o el apretón de manos que son normales en nuestra cultura. También tienen significado, por supuesto. Ellos entienden que esas formas de saludo son demasiado invasivas. El contacto es interpretado como una falta de respeto. Los tailandeses no rechazan un apretón de manos ni un beso en la mejilla ni un abrazo, pero consideran más delicado y respetuoso su forma de saludo.

El nombre que recibe es también hermoso. El saludo tailandés se llama “Wai”. Nombrar las cosas adecuadamente es situarlas en el universo de los significados.

Qué fuente de aprendizaje más importante es viajar. Decía Chesterton que viajar es comprender que estabas equivocado.

Socializarse es incorporarse con éxito a la propia cultura. Pero la cultura tiene cosas buenas y malas. Es necesario ser capaz de discernir. Y una vez comprendido el significado, es una exigencia moral evitar los contenidos culturales contaminados: sexismo, discriminación, agresión, abuso de poder, falta de respeto… No todas las tradiciones son respetuosas ni, por ende, respetables. Pienso ahora en aquellas costumbres que suponen discriminación para la mujer, desprecio a los homosexuales, maltrato o muerte cruel para los animales… …
Enriquecer la cultura con gestos de reconocimiento de la dignidad creo que es un modo de mejorar la convivencia y de elevar el nivel ético de la sociedad.

Vuelvo a citar un libro de Marina titulado “Sociedades fracasadas.” Fracasan, a su juicio, aquellas sociedades en las que se vive indigna e injustamente. Por muy desarrolladas que estén económica o tecnológicamente.

Creo que en la educación, tanto familiar como escolar, hay que hacer más hincapié en el cultivo de las formas de respeto. Sé que hay otras dimensiones de carácter más ambicioso relacionadas con la estructura económica, la gestión política, la justicia distributiva o el reconocimiento social. Pero los pequeños detalles van generando día tras día un clima moral higiénico al que todos debemos contribuir.

Cultivar las formas de respeto a los demás, sean quienes sean y como sean es un modo de hacer más habitable este mundo. Yo me he sentido bien en Tailandia por la forma en que me saludaban en todos los lugares. Me sentía acogido, respetado y casi venerado.

Lo sé. Hay más. Si después de saludarte de esa hermosa manera, te timan en un restaurante o en un taxi, te han tendido una trampa. Si te tratan bien formalmente y te clavan una puñalada por la espalda, te sientes doblemente traicionado. Es hipocresía y falsedad. Pero creo que quien saluda así, si es coherente, no comete después una acción abusiva sobre el prójimo. Quien te sonríe y se inclina ante ti tiene menos posibilidades de actuar contigo de una forma injusta. Porque las buenas formas predisponen para la buena acción. De hecho, en Tailandia, hay muy poca inseguridad ciudadana. Menos que en España, me decía el guía a quien pregunté por esta cuestión.

Quienes dicen que eso son meras formas y que lo que importa es lo esencial están más tentados de quebrantar también lo esencial porque quien está atento a los detalles está en mejor disposición para respetar los asuntos de mayor trascendencia. No es cierto que quien desprecia los detalles sea porque está muy ocupado en grandes acciones solidarias. Más bien lo contrario. No se trata de acciones contrapuestas sino complementarias.

Con las manos en la posición de la flor de loto, no se puede robar ni golpear al otro. Con la sonrisa no se le puede maldecir ni criticar y al inclinar suavemente la cabeza no podrías propinar una patada de forma certera.

Es muy pueblerino el sentimiento de que como nosotros no hay nadie, de que tan bien como actuamos nosotros no actúa nadie. Afortunadamente está descendiendo esa sensación de que como aquí no se vive en ninguna parte. La sensación de que no tenemos muchas cosas que aprender. Yo me he sentido muy bien en Tailandia. Una de las causas ha sido la forma que tenían de saludarme.

El paradigma de la complejidad (y III)

29 Jul

He dedicado los dos artículos anteriores a plantear algunas causas de la complejidad del fenómeno educativo. Cierro hoy las reflexiones con algunas otras (existen muchas más, por supuesto) que tienen que ver con los diferentes contextos en los que se sitúa este fenómeno tan decisivo como apasionante. Me detendré especialmente en las características del contexto institucional, aunque, cualquiera de los otros tres podría ser objeto de un mayor (interminable) detenimiento.

El contexto neoliberal

El contexto cultural que nos envuelve tiene unos ejes con conceptuales y operativos que contradicen casi todos los presupuestos que maneja la educación: individualismo exacerbado, competitividad extrema, obsesión por los resultados, relativismo moral, olvido de los desfavorecidos, imperio de las leyes del mercado, capitalismo salvaje, hipertrofia de la imagen, privatización de bienes y servicios, rectificación del conocimiento…

La escuela ha de ser, en esas circunstancias, una institución contrahegemónica. Y ya se sabe que avanzar contracorriente resulta más problemático y difícil que dejarse arrastrar por ella.

La tarea de la educación se produce en un caldo de cultivo contradictorio con los fines que se pretende alcanzar a través de ella. Tenemos que hablar mucho de valores porque no se hallan presentes en la cultura. Si estuvieran instalados en ella se aprenderían por ósmosis.

El contexto digital

El paradigma de la complejidad se acentúa si tenemos en cuenta que vivimos inmersos en la cultura digital. Mi compañero y amigo Ángel Pérez Gómez escribió en 2013 un estupendo libro so titulado Educarse en la era digital.

En él se puede descubrir la complejidad que tienen las nuevas exigencias generadas por esa cultura sobrevenida.

La escuela ha de sentirse interpelada por las nuevas exigencias que ella impone. Unas relacionadas con el conocimiento, que ya no se encuentra solo en la escuela sino que se presenta en la red en múltiples formas y abrumadoras cantidades y otras con las relaciones interpersonales, que se realizan de forma casi instantánea y muchas veces camufladas bajo máscaras de anonimato.

Más importante que ofrecer conocimiento, para la escuela hoy es importante facilitar criterios para discernir si el conocimiento que encuentran los alumnos es riguroso o está adulterado por intereses económicos, políticos, religiosos, comerciales y publicitarios.

El contexto familiar

A nadie se le oculta la importancia que tiene la familia en el proceso educativo de sus hijos e hijas. No se puede generalizar, pero las familias no son siempre hoy en día un factor de apoyo, de colaboración, de respaldo y de complemento de la tarea educativa que se realiza en la escuela.

Cuando existen actitudes combativas, descalificadoras, agresivas y hostiles hacia la tarea de los profesores y las profesoras todo se hace más complejo.

Basta que no haya interés, basta que haya indiferencia o delegación de funciones para que aparezcan los problemas.

El contexto institucional

La complejidad de la tarea educativa se hace más intensa y diversa cundo se analiza el contexto institucional que la alberga. Esta institución tiene unas complejas y paradójicas características que es preciso tener en cuenta para trabajar con el adecuado éxito dentro de ella. Veamos algunas de esas características alguna de las cuales entran en flagrante conflicto con lo que constituye una buena educación:

La escuela es una institución jerarquizada: la escuela es una institución que está transida por el principio de jerarquía. Una jerarquía que tiene diversos componentes y dimensiones. Existe una jerarquía curricular que deja el diseño y la ejecución en manos de los profesionales. No hay auténtica participación de toda la comunidad en la elaboración del Proyecto Educativo. Existe jerarquía evaluadora. El profesorado tiene la capacidad de sancionar los aprendizajes. Existe también una jerarquía legal, hay que el profesorado esta investido de autoridad institucional.

En una estructura jerárquica la democracia se convierte en un simulacro. Si el componente más determinante del comportamiento es la obediencia (no la libertad) no se puede hablar de una convivencia democrática. La convivencia no puede basarse en relaciones sometimiento o de subordinación, dice Humberto Maturana.

La escuela es una institución de reclutamiento forzoso: resulta paradójico que se obligue a unas personas a acudir a una institución para que allí aprendan a ser libres y participativas. No en todas las etapas existe obligatoriedad legal pero en todas se produce una obligatoriedad social. La escuela, como institución credencialista, acredita ante la sociedad que los alumnos han pasado con éxito por ella. Esto hace que los que acuden a la escuela tengan que aceptar los códigos de comportamiento que en ella se imponen.

El conocimiento escolar tiene valor de uso (vale más o menos, despierta un interés mayor o menor, tiene utilidad amplia o escasa…) y posee también valor de cambio (se canjea por una calificación y, al final, por un título…). Hay que pasar inevitablemente por la institución escolar para tener una acreditación que de fe del paso exitoso por ella.

Convivir en esa institución marcada por la meritocracia reviste una peculiaridad: condiciona las relaciones. Genera dependencia y sumisión. Para poder tener buen resultado hay que asimilar el conocimiento hegemónico, hay que aceptar las normas, hay que someterse a las exigencias organizativas…

La escuela es una institución cargada de prescripciones: la escuela está marcada por prescripciones legales y técnicas que condicionan la convivencia. La comunidad escolar tiene en la legislación un marco que posibilita y a la vez constriñe la comunicación. Muchas de las reglas de funcionamiento de la escuela están marcadas por la normativa. No son fruto del diálogo y la deliberación de sus integrantes.

Lo que se hace en una escuela es altamente previsible y fácilmente comparable con lo que se hace en otra. Fragmentación en grupos por edades, inclusión en aulas, división del currículum en materias, un profesor en cada aula, descansos entre sesiones de clase… La convivencia está encorsetada en una estructura y un funcionamiento que repite el cuadro horario con una fidelidad extrema.

La escuela es una institución androcéntrica: aunque la escuela mixta esté ampliamente implantada el androcentrismo sigue existiendo al mantenerse los patrones patriarcales como reguladoras del comportamiento. La convivencia en la escuela está marcada por pautas sexistas, menos acentuadas que lo estaban hace tiempo, pero todavía muy sólidas.

Para que una escuela sea coeducativa no basta con que en ella estén mezclados los niños y las niñas. Quedan muchas vertientes que permanecen ancladas en el sexismo: la filosofía que emana de los textos, las formas de comportarse, el lenguaje utilizado, las relaciones entre las personas, las expectativas sobre el alumnado, el aprendizaje del género.

La escuela es una institución con fuerte presión social: la escuela sufre una presión social que dificulta sus movimientos innovadores. La sociedad vigila a la escuela para que en ella no se rompan las pautas culturales hegemónicas. Basta que se produzca un hecho heterodoxo para que se le echen encima agentes sociales que velan por el mantenimiento de lo «políticamente correcto».

No hay programa educativo de televisión o de radio en el que no se le exija a la escuela la solución de todos los problemas de la sociedad: tiene que educar para la paz, el medio ambiente, la tolerancia, el consumo, la convivencia, las nuevas tecnologías… Todo en el mismo tiempo, con los mismos medios y con la misma remuneración.

Lo que he pretendido con estas reflexiones no es matar el optimismo sino invitar a la reflexión. Lo que he querido, en definitiva, es decir que la tarea educativa es tan decisiva y apasionante como compleja.

El paradigma de la complejidad (II)

22 Jul

Dediqué el artículo del sábado pasado a reflexionar sobre la complejidad del fenómeno educativo centrándome en la naturaleza de la tarea, los delicados materiales con los que se trabaja en ella, las demandas contradictorias que recibe la escuela (educar para los valores para para la vida) y la inevitable polisemia del lenguaje con el que nos referimos al mismo. Daré hoy algunos pasitos más, analizando otras cuatro fuentes de complejidad.

La diversidad infinita del alumnado

Me detendré en este apartado que tantas veces se pasa por alto en la práctica (no digo en teoría, en la práctica). Hay dos tipos de alumnos en el sistema educativo: los inclasificables y los de difícil clasificación. Hace falta tener en cuenta la diversidad del alumnado para que cada uno adquiera aprendizajes significativos y relevantes. Sin embargo, los grupos suelen ser numerosos y la acción suele ser homogeneizadora.

Las personas tenemos diferencias en numerosos ámbitos de la configuración personal. Cada una de ellas nos define en interacción dinámica y evolutiva con las otras. ¿Alguien ha visto a dos personas idénticas? Ni siquiera los gemelos homocigóticos reaccionan igual ante los mismos estímulos. Atender la diversidad es una exigencia tan importante como compleja.

Los ámbitos que marcan la diferencia entre las personas son múltiples, por no decir infinitos. Este hecho es una fuente inagotable de complejidad. Todos ellos tienen importancia en uno u otro sentido. Cada individuo es único, irrepetible, irreemplazable, complejo y dinámico.

La diferencia de personas puede ser entendida y vivida como una riqueza o como una carga. Si esa diferencia se respeta y se comparte es un tesoro, si esa diferencia se utiliza para discriminar, excluir y dominar se convierte en una lacra.

No hay educación si no se produce un ajuste de la propuesta a las características del educando. Sólo hay educación cuando un individuo concreto crece y desarrolla al máximo sus potencialidades. Los principios de la psicología del aprendizaje de forma paradójica se niegan en la práctica escolar. La psicología dice que es preciso acomodar la enseñanza a los conocimientos previos y a las características de los alumnos y alumnas. ¿Cómo puede hacerse en un grupo cuando se actúa como si todos tuviesen los mismos datos en la cabeza, los mismos deseos e intereses en el corazón?

Si pensamos en una situación similar en el ámbito de la salud comprenderíamos el disparate que supone reunir a veinticinco o treinta pacientes y diseñar un tratamiento único para todos.

Se ha considerado frecuentemente la diversidad como una rémora. Se ha tendido a formar grupos lo más homogéneos posibles y se ha ignorado a quienes mostraban una diferencia (por arriba o por abajo) muy acusada.

La falta de preocupación por las diferencias no es sólo una traba didáctica sino un atentado a la justicia. Ya en 1966 decía Bourdieu que «la indiferencia hacia las diferencias transforma las desigualdades iniciales en desigualdades de aprendizaje». Si se exige por igual a quienes son de partida tan desiguales no se hace otra cosa que instaurar la injusticia. Dice Perrenoud: «Basta con ignorar las diferencias para que la misma enseñanza propicie el éxito de aquellos que disponen del capital cultural y lingüístico… y para que provoque, a la inversa, el fracaso de aquellos que no disponen de estos recursos». El fracaso es achacado a la incapacidad de los alumnos y no a la inadecuación de la escuela. Es decir que la escuela, empeñada en enseñar, ha bloqueado su necesidad de aprender.

Qué decir de las progresivas exigencias de la educación intercultural en un mundo con una movilidad cada día más poderosa. La escuela ha de dar una respuesta rica y dinámica a la pluralidad cultural del alumnado. Ha de construir un currículum intercultural. Es complejo, pero necesario.

Es preciso salir del fatalismo inherente al desigual reparto de las aptitudes que convierte el fracaso en un fenómeno natural e inevitable. A quien ha nacido con dones, todo le irá bien. Al que ha nacido sin talento, en nada le podríamos ayudar.

Si la filosofía de la diversidad llega al profesorado y también a las familias y al alumnado se habrá creado una actitud sensible hacia las peculiaridades de cada uno y un compromiso de ayuda para aquellos que parten de una situación negativa. Por eso la preocupación por la diversidad encierra valores éticos, no meramente didácticos.

Esta última reflexión me conduce a la dimensión afectiva del aprendizaje y de la educación. Los alumnos aprenden de aquellos profesores a los que aman. Y aman a quienes se preocupan por ellos, a quienes muestran cercanía y se presentan como ejemplo. «¿Cómo podría enseñarle algo a este alumno? No me quiere…», decía el pedagogo francés Alain.

Los cambios acelerados

Karl Jaspers hablaba de la aceleración de la historia. Los cambios, unos buenos y otros malos, se producen con mayor celeridad cada día. El conocimiento de la humanidad se duplica cada vez en plazos más cortos.

Los saberes se amplían, se profundizan y se diversifican con celeridad inusitada. Me refiero s los contenidos del conocimiento en general y a los saberes pedagógicos en particular. La investigación abre cada día nuevas perspectivas, Al subir un peldaño se divisan nuevos horizontes.

No cambia solo el conocimiento. Cambian las necesidades de la sociedad de forma vertiginosa, cambian las características psicosociológicas de los aprendices, cambia de manera casi incontrolada la cultura?

La escuela, que tiene que educar para el futuro se encuentra con un reto cargado de complejidad: ¿para qué mundo tenemos que preparar a las persona?, ¿para qué trabajos?, ¿para qué exigencias?

Las expectativas truncadas del alumnado

Hoy no sucede como antaño cuando se decía con toda verdad a los alumnos que si estudiaban tenían garantizado un trabajo y un futuro. Los alumnos ven que estas promesas están rotas por la realidad. Están hartos de ver a licenciados trabajando, si tienen suerte, como cajeros de supermercado, dependientes en una tiende o camareros en un bar. Están hartos de ver personas con varias carreras y varios idiomas en trabajos precarios, con un sueldo ínfimo y nula estabilidad.

Claro que influye la formación en un mejor proceso de socialización, pero no en la medida que en otros tiempos se garantizaba. Ese hecho contribuye a la desmotivación y a la desafección del alumnado respecto a la escuela. Hay alumnos que hoy acuden a la escuela obligados por la familia y por la ley, pero que están escasamente motivados por las bajas expectativas laborales.

La presencia de algunos alumnos desmotivados, escasamente comprometidos con el aprendizaje suponen una rémora para la creación de un clima favorable en el aula. No solo es que no quieren aprender, es que están empeñados en que nadie aprenda. ¿Cómo enseñar a quien no quiere aprender ni que nadie aprenda?

Los modelos alternativos

La sociedad y especialmente los medios de comunicación presentan a los alumnos y a las alumnas modelos por la vía de la seducción que difícilmente puede contraponer la escuela con modelos presentados por la vía de la argumentación. La sociedad muestra a triunfadores en el ámbito de los deportes, de la música, de la moda, de la economía, que deslumbran por su fama, su poder y su riqueza. Presenta incluso «modelos» en ámbitos negativos, como el narcotráfico o la delincuencia de cuello blanco. Los niños y los jóvenes ven cómo llegan a la cumbre del dinero, del poder y de la fama muchas personas que, aparentemente, no tienen que hacer esfuerzos continuados ni practicar comportamientos morales.

Una maestra me contaba en Melilla que, cuando preguntó a un niño qué quería ser de mayor, éste contestó: «Yo, mafia». Lo que veía a su alrededor era que alguien que se introducía en ese mundo se convertía de forma rápida sin ningún esfuerzo y con poco riesgo en multimillonario. No es fácil persuadir a los alumnos para que avancen contracorriente. Es, por el contrario, un reto muy complejo.