Aprender a enseñar

13 Nov
La Educación básica necesita una Ley que mire al futuro. Que enseñe a pensar y analizar lo que tendrán que enfrentar esos niños de hoy

 

La educación como arma ideológica. Cada nuevo gobierno modifica la ley de Educación básica. Esta vez parece inmediatista. Facilona, complaciente

Carlos Pérez Ariza

Desde mi despacho privado, donde escribo, sé cuándo dan las once de la mañana por la algarabía del recreo. Es el futuro de España, una parte del mismo, que se alboroza en el patio del colegio de los jesuitas de Málaga, concertado con el Estado como tantos otros. Suma 136 años de aulas. Esta nueva reforma, una más en el vaivén de la educación española, parte de la que hizo el PSOE en 2006. Más inclusiva, ofrece una ayuda puntual a los repetidores. Se puede entender que apoya a los descarrilados estudiantes en el afán de la igualdad de oportunidades. Propone un recorrido de contenidos y exámenes diferentes, especiales para ellos, que les facilite aprobar, para no continuar repitiendo curso. En este país, donde la generalidad de las personas piensa y cree que todo es gratis, ese acicate puede resultar un agravio comparativo. Se puede recordar al denostado Informe PISA, cuando afirma que ‘uno, de cada tres alumnos de 15 años, repite curso en España’. Bueno, es una estadística, como todas, un indicativo a tomar en cuenta. Esta nueva vuelta a otra Ley Orgánica de Educación, acorrala a la lengua oficial del Estado español, al dejar en manos de las CCAA su nivel de enseñanza. La realidad prueba que la dejarán muda.

Aunque su recorrido consultivo y parlamentario llevará meses, su sentido íntimo es de carácter laico, no confesional, cívico, socialista. Ahora que en Francia se vuelve a instaurar en las aulas el dictado, la lectura en voz alta, la compresión alfabética, más allá de saber leer y escribir correctamente, sería conveniente que se profundice, en esta nueva Ley española, en enseñar a pensar. Sobre todo en una hora donde los niños y jóvenes están instalados en la realidad virtual, creyendo que esa vida es la verdadera. Este nuevo proyecto parece quedarse en la superficie, y apostar por una educación acomodaticia a una formación mínima hacia estudios superiores. Un recorrido fácil, donde el esfuerzo se premia poco en relación a las ayudas a los menos esforzados. Un equilibrio mayor se debería contemplar. Ayuda a los suspensos, sí; ¿y el premio a los no suspensos? Hay que compensar la balanza.

La Religión no será materia obligatoria ni computará para la nota media de acceso a la Universidad o solicitud de becas. Se entiende que se refiere a la religión católica. Normal en un Estado laico. No obstante, en un mundo donde se libra una guerra entre las tres religiones del Libro: Judía, Cristiana, Musulmana, se debe entender ‘Religión’ como un estudio de la formación del acontecer histórico de milenios de historia y de plena actualidad. Se puede excluir la formación propiamente religiosa particular, para concebir esa asignatura como parte de la Historia mundial. Sería un estudio para ayudar a pensar en el mundo real.

El concepto que parece querer eliminar esta Ley es que la escuela concertada es mejor que la pública. Una ley clara, valiente, afirmativa de la realidad y mirando al futuro, debería concebir a la educación básica sin esa diferenciación. Igualar ambas escuelas, nada fácil a estas alturas. El mismo sistema gubernamental creo tal opción, al otorgarle subvenciones. El otro punto, más que polémico, y a considerar con alta preocupación, se incrusta en la relación –fundamental en estos días de paro, empleos mal pagados– entre estudios y formación para el trabajo. Propone la nueva Ley eliminar el recorrido a mitad del camino entre Formación Profesional y bachillerato. La primera lleva a una capacitación técnica y más rápida; la otra a los estudios superiores para concluir con la obtención de un grado o postgrado, de más largo recorrido. La pregunta es: ¿Qué necesita este país, cuántos, en qué áreas? Esta nueva Ley debería contemplar más esos parámetros, y ofrecer mayores ayudas a la orientación en los años tempranos de la educación básica. En cualquier caso, estimular el esfuerzo hacia un mejor porvenir debe ser la clave. Primero hay que establecer cuál es el futuro para esos estudiantes, que se asoman al mundo a través de las RRSS y sus pantallas móviles. Disminuir la alta deserción escolar está en el fondo de todo esto.

Otro escollo imposible de evitar es el de las lenguas. El documento no aclara aún este espinoso tema. Tal vez el momento político aconseja ser prudentes (estarán leyendo a Baltasar Gracián). Cada CCAA campa a su entender. En Galicia, Valencia, Baleares, País Vasco y Cataluña, irreductible, desestiman el castellano. A este paso, en pocas décadas, habrá que leer a El Quijote en un idioma comunitario, si es que se dignan a traducirlo.

Ante un mundo globalizado, donde los países centrales tienen cada vez más periferias, y España es uno de ellos, esto va a velocidad de vértigo. Las mismas universidades se plantean cuáles serán las carreras nuevas, en un horizonte cercano. Las nuevas profesiones están por aparecer. La sociedad postindustrial, que estudiaron Bell, Galbraith y Touraine, es el pasado. Diseñar una Ley para la educación básica requiere tomar en cuenta en qué mundo habitamos. Las teorías de los siglos XIX y XX han sido superadas. Legisladores, salgan al recreo, cojan aire y piensen.

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