Pasarán

9 Abr

Para Sánchez, lo que tenga que pasar, pasa por espantar el fantasma de la abstención

Del ‘No pasarán’ al ‘Haz que pase’ los lemas bélicos/electorales dan para toda interpretación, mayormente negativas. Que hablen, luego caminan

Carlos Pérez Ariza

En el primer caso, pasaron y se quedaron a vivir 40 años. En el segundo, producto del genio socialista en campaña por España, invita a espantar el fantasma de la abstención, que tan mal rato les ha dado en Andalucía. La base polisémica del ‘Haz que pase’ ha abierto la veda a la burla. Nuestro idioma es endiabladamente peligroso, con más excepciones a las reglas que ellas mismas. Ese ‘pase’ se vuelve un meme contra Pedro Sánchez, cuyo rostro preside el cartel con su lema. Van algunos: pase, de pasar al pasado…el tiempo pasa; de seguir…pase usted; de final…que pase ya, entre otras figuras negativas. Las RRSS multiplican las burlas, sin olvidar el plagio: Un grupo de estudiantes universitarios de Madrid, un jugador de la NBA y una empresa de cosméticos, lo habían usado. El lema en inglés, ‘Make it happen’ (Haz que suceda), un suceda en vez de pase, hubiera sido más apropiado. Esta Era de la publicidad atiborrante, aplicada a las campañas políticas, cargan las armas de la oposición. La emocionalidad se sale por los poros.

Estas elecciones de abril conjugan el verbo en agrio, la de las dos Españas eternas. Cuánto cuesta cambiar esas trincheras cainitas. Es ya una vena incrustada en el ADN español, que reverbera en su corriente política. Este proceso electoral, que abrirá un gobierno socialista y sus socios (Federalización) u otro de la derecha de extensa base (Centralismo), marca el final definitivo de la hegemonía bipartidista. Abre la incertidumbre de cuál sería mejor, o menos malo, para el país. No asoman ventajas claras ninguno de los dos. Demasiado instalados en el pasado, nublan el presente y no vislumbran el futuro, que es de lo que se trata.

Esta es una campaña de emociones simples, a bajo nivel conceptual. Con promesas difíciles de cumplir. Dónde están las propuestas que solucionen el paro (aún sobre 3 millones); la absorción de la inmigración ilegal (34.000 en Andalucía); la reforma de la educación básica, media y superior; el problema de las CCAA, caras, desbandadas e ingobernables (Cataluña a la cabeza), sin abordar con valor su reorganización nacional; la creación de empleo sólido y duradero, también en el sector privado; la dependencia excesiva de la economía estacional del turismo y la producción agroindustrial y pesquera, por citar algunas. Se les va la fuerza sobre toros sí o no; caza no, ni tampoco; propensión de los idiomas locales, dejando el español arrinconado debajo de los pupitres; si monarquía o república en las universidades, donde los estudiantes ignoran casi todo al respecto. En feminismo encontrado contra lo masculino, frente al contemporizador. Con los pensionista alzados, los pueblos olvidados en pie de guerra. La España real aparece poco o nada en las arengas de fin de semana de estos aspirantes a que los voten. Muchos votantes para tan pocos estadistas.

Estas son las votaciones de los colectivos, donde no milita el español común: el que no lee periódicos, el que se asoma a los informativos de la tele, sin mucho criterio formado, para que se lo vayan formando; el que ha estudiado poco o nada; el currante o el que está en el largo paro con más de cincuenta años; ni entiende la alharaca diaria del proceso catalán. Forman una legión desconocida, pero que respira aquí todos los días. Esas masas, antes plegadas a la izquierda, vienen dando impulso a los movimientos populistas de la derecha en toda Europa. Los de profesión política no les prestan demasiada atención, aunque son un voto decisivo. Son los desahuciados de la revolución digital, ellos no navegan por las RRSS, ni falta que les hace. Eso del eslogan ‘Haz que pase’, ni lo entienden; lo suyo es pasar el mes y llegar al final a trancas y barrancas. Esa masa puede que se pase a votar por motivaciones simples, sencillos postulados; que manejan bien, sin estridencias mediáticas, los legionarios de VOX. O no moverse un domingo a votar para que todo siga igual. Lo dicen sin haber leído a Lampedusa. El voto real va a sorprender, más allá de los sondeos cocinados a fuego lento en cada fogón. Ninguna encuesta ha tenido buen ojo. La actualidad está ahí: Macron, asediado por los chalecos amarillos; el apoyo al Brexit por los campesinos británicos; los ‘red necks’ americanos, que quieren a Trump.

Esos mismos españoles, mayoritariamente jóvenes, se enamoraron de Podemos con su mensaje directo y sencillo: ‘Los pobres sin esperanzas contra la casta’. Recabaron cinco millones de votos. En caída libre ahora, ya no convencen. Su principal líder pertenece ahora a su peculiar casta, como ‘marqués de Galapagar’. Eso ha desinflado a los seguidores y su cúpula, que huye a otras trincheras. Esos españoles olvidados por los grandes partidos, miran a otro mago del mensaje: VOX. Si agregamos que el proceso catalán ha despertado el nacionalismo, que España tenía adormilado, los resultados de estas elecciones pueden sorprender a Europa. El votante ha madurado en medio de su aparente ignorancia general, los políticos siguen creyendo que son como niños. El ‘Haz que pase’ de Sánchez, recuerda a José Ortega y Gasset: ‘Que no sabemos lo que nos pasa: eso es lo que nos pasa’. Vaya, vote y que sea lo que Dios quiera que pase.

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