Todo sobre Almodóvar

22 Mar

Hoy mismo se estrena la nueva película de Almodóvar, » Dolor y  gloria», si bien no entra dentro del programa del Festival de Cine Español, que aún se celebra en Málaga. Es una pena porque la película tiene un sabor muy malagueño, ya que el actor protagonista de la misma es nuestro Antonio Banderas; nadie mejor que él para interpretar a Salvador Mallo, el alter ego del director manchego, a quien conoce de toda la vida, desde sus principios como cineasta, y con el que ha compartido, además de rodajes, noches de marcha en los inolvidables 80 de la Movida.

Se puede decir que muchos comenzamos a apreciar el cine de Almodóvar, en gran parte por la brillantez que Banderas daba a sus personajes («La ley del deseo», «Átame») y que, igualmente, gracias a la participación en aquellas películas, el actor pudo mostrar su gran potencial.

Antonio es a Pedro lo que Mastroianni a Fellini y lo que Johnny Depp a Tim Burton; el actor que se ajusta como un guante a sus papeles, porque más que interpretarlos, los vive.

La nueva película se nos presenta con el atractivo añadido de que se trata de una autoficción; ese género del  que se vale un artista para explicarse a sí mismo, llegado un momento grávido de experiencia: un ejercicio de psicoanálisis que en los escritores  pueden ser unas memorias o en los pintores un autorretrato, pero, cuidado, autoficción no es igual a autobiografía.

El género autobiográfico es propio del  principiante, que cuenta su vida cuando aún no tiene materia para concebir otras historias, la autoficción, en cambio, se compone de materiales más complejos; opciones descartadas, deseos irrealizados, mundos paralelos y latentes que no llegaron a materializarse. El subconsciente es ese cuarto de atrás, ese trastero, que, descuidado y caótico, nos reclama, a un cierto punto, la valentía de entrar y poner orden.

Hay ya muchas pinceladas de autoficción en otras películas de Almodóvar, que podemos reconocer en el argumento de esta nueva película; ese tipo de obsesiones que, a fin de cuentas, conforman el estilo de un autor. Tanto en «La ley del deseo» como en «La mala educación», que se consideran los antecedentes con los que » Dolor y gloria», cerraría una trilogía, se nos dibuja a un director de cine, ya algo renombrado, que fracasa en una relación amorosa con un joven, que, en el segundo film es, además, un actor trepa y oportunista.

Aparece en ambas igualmente la figura del sacerdote pederasta que turba la infancia de uno de los personajes y, concretamente, en «La ley del deseo», la relación incestuosa de este mismo con su padre; una situación que se repite en «Volver», aunque no en términos de aceptación, sino de abuso.

Sin que se den estas mismas circunstancias, es reconocible que Penélope Cruz en «Volver» tiene mucho del mismo Almodóvar en el regreso a su pueblo de la Mancha, pues el cineasta no sólo ha traspuesto su alter ego a hombres, sino también a mujeres. Si Eusebio Poncela era su trasunto en «La ley del deseo» y  Fele Martínez en «La mala educación», también Marisa Paredes en «La flor de mi secreto» es Pedro que anhela la llegada de un amado desatento y es Victoria Abril cuando llama desesperada a su madre en «Átame» y ésta le dice lo que tiene ese día para comer (no recuerdo bien si pisto o gazpacho). Desde luego, la madre sí que era la propia madre de Almodóvar, pues él la contrató como actriz para la película. Magnífica actriz, por cierto.

Que la figura de su madre, aparezca de nuevo con fuerza en esta película no es una casualidad, ya se anunciaba en «Volver» y «Todo sobre mi madre».

El director manchego tenía- digamos que nunca dejará de tener- una relación subyugante con su madre y una necesidad apremiante de ser aceptado por ella. Lo normal, sobre todo, si se vive en la diferencia; la doble diferencia de ser artista y ser homosexual (pensemos en Proust, Verlaine y muchos otros), pero la comprensión y el cariño no suelen ir de la mano, por más que el psicoanálisis se empeñe en racionalizar.

Mientras el mundo entero se rendía a la originalidad de las películas de Almodóvar, su madre se negaba a verlas. Sabía que le iban a disgustar y prefería no llevarse un mal rato. Si su hijo se había empeñado en hacer cine y tenía éxito, se alegraba y se sentía orgullosa con tal de que no sacase en las películas a las vecinas, porque con las vecinas tenía ella que convivir y si luego se enfadaban…

Nosotros que ya sabemos del triunfo posterior de Pedro Almodóvar, nos podemos escandalizar de la actitud de su madre, Francisca Caballero, sin ponernos en absoluto en su lugar ¿Acaso si hubiésemos nacido en un pueblo de la Mancha, a principios del siglo XX, nos gustaría que un hijo descuidase un puesto seguro como empleado de Telefónica para rodar películas como «Dos putas o historia de amor», «Sexo va, sexo viene» o»Folle, folle, fólleme, Tim»?

Sin duda, exigimos de las madres demasiado, más allá del amor, del grandísimo amor incondicional, que tendría que ser suficiente. Ninguna madre, ningún padre quiere que su hijo pase hambre, inquietud, que padezca el fracaso. Cuando Joaquín Sabina decidió irse a ser cantautor a Madrid, en lugar de aprovechar su inteligencia para sacarse plaza de funcionario, habría llanto en su casa de Úbeda, igual que en la de Antonio Muñoz Molina, cuando dejó su puesto seguro en la Diputación de Granada para dedicarse sólo a la novela.

Entendemos ahora a los hijos, porque han triunfado, y nos parece pacata la postura de los padres, sin pensar nunca en sus razones, que, después de todo, tienen un gran fundamento ¿es más habitual que un hijo artista triunfe o que muera de hambre? Pensemos.

Almodóvar resucita a su madre en esta nueva película para hablarle de su sexualidad, como nunca lo hicieron, y para escuchar su desaprobación a su nueva película de autoficción.

Podría conformarse con el aplauso internacional, como hasta ahora lo tuvo, pero necesita recuperar a su madre para que le riña. Así es el amor, ¿quién lo entiende?

Arriesgar

22 Feb

No hay manera más efectiva de suicidio para un artista que la de intentar contentar al público, a costa de su propio estilo. También, porque el público no es un valor estable ni homogéneo y va cambiando de gusto y adoptando otras modas, como es ley de la condición humana.

La originalidad es un don incómodo, que lleva aparejada incomprensión y su rachita de hambruna hasta llegar a cuajar en el gusto colectivo. No podemos esperar que la masa se rinda sin condiciones ante algo jamás visto antes, pues la normal sensación frente a lo desconocido es la desconfianza e incluso el miedo. Pongamos, por ejemplo, la cantidad de años que tardó el sushi en dejar de ser «pescado crudo» para convertirse en un plato tan popular como la tortilla de patatas.

En otros ámbitos, aparte del culinario, es también justo decir que es el artista el que construye el gusto del público y no viceversa, pues es quien idea la novedad necesaria para ir renovando los ciclos en el arte.

La novedad es un riesgo imprescindible, que, si trae pérdida y fracaso a la corta, es la única garantía de éxito y, más aún, de permanencia a la larga.

Si Picasso se hubiese arredrado por las riñas de los primeros maestros y la fría acogida de sus incipientes obras vanguardistas, si no hubiese querido emprender un viaje incierto con destino a la bohemia parisina, donde hubo de pagar la cuota de frío y hambruna, que pocas o ningunas líneas ocupa en sus biografías, no habría sido nunca ese fenómeno ubicuo y ya legendario. Nos lo podemos imaginar, resignado, pintando flores y bodegones y marinas, para gustar y, por tanto, sobrevivir, con el pedestre, aunque comprensible por humano, propósito de comer todos los días. Ese Pablo Ruiz de andar por casa, atento a vender y complacer, se habría perdido entre oscuros nombres de artistas paisanos que por miedo a la aventura, cortaron sus alas en favor de lo mediocre y así hundieron sus nombres en esa fosa común donde habita el olvido.

Tal vez este argumento nos surge, como suele darse, sobre otro paralelo, que es el que plantea la comedia argentina de Gastón Duprat, «Mi obra maestra», que tanto nos hace reflexionar sobre los entresijos del mundo del arte. Renzo, uno de los dos personajes clave, representa al artista orgulloso que, displicente ante la comercialidad, se niega a abandonar su estilo y, por tanto, aislado en la misantropía altanera de su torre de marfil, a punto del embargo, vive en una caótica, aunque digna indigencia. El contrapunto a él viene de la mano de su viejo amigo, Arturo, acomodado galerista, que hace lo posible y hasta lo imposible por sacarlo del malditismo y la miseria, sin lograrlo si no es al precio de su propia vida.

Se entiende que así sólo podrá disparar las ventas de las obras del pintor y multiplicar su valor con muchísimos ceros, pues el mismo público que no compraba ni un solo cuadro del artista maldito, cuando aún está vivo, está, sin embargo, dispuesto de modo unánime a hacerlo ahora, después de muerto, a precios exorbitantes.

Demuestra este guión de Andrés Duprat, hermano mayor de Gastón, cómo el gusto del público depende en gran parte de las estrategias de mercado y de la empatía del vendedor, que nunca debe ser el propio artista, quien, por lo general, tiene, como Renzo, una nula empatía con la sociedad.

Sobre esta misma hipótesis y con igual director y guionista, se nos presentó en «El ciudadano ilustre» a un escritor que recibe el premio Nobel como un fracaso por lo que ello entraña de resultar cómodo oficialmente, cuando es su naturaleza la de ser básicamente incómodo.

Pero este supuesto escritor, Daniel Mantovani, no sólo será conflictivo en las altas instancias, sino también en su propio pueblo argentino, «Salas», del que ha tomado historias reales y, por tanto, poco favorecedoras,  para ilustrar sus novelas y que sus habitantes, al regresar después de cuarenta años para recibir un homenaje, le echarán a tal punto en cara que habrá de salir a escape de una localidad, en la que está a punto de caer asesinado.

Por cuanto se puede deducir de estas comedias, los Duprat no creen en absoluto en los artistas freelance, por más que el mercado actual los imponga, pues, según nos dan a pensar; artista, vendedor y empatía social, son todos antónimos.

Si esto es exageración o no, se puede juzgar viendo estas comedias u observando en otras el mal arriba anunciado, porque el gusto por gustar, la necesidad de público, en fin, que es perentoria en el mundo del cine, tan desprovisto hoy día de mecenas, han arruinado las últimas creaciones de directores españoles, de los que se dan en llamar consagrados o incluso canonizados. Podemos decir- aunque no nos gusta nada decirlo- que eso ha ocurrido con «Tiempo después» de José Luis Cuerda; que falla por estar quizás demasiado pendiente de agradar al patio de butacas con lo que ya supone que le hará cosquillas, lo que no suele funcionar, pues el riesgo que el artista asume no consiste sólo en crear estilo propio, sino también en renovarlo. Repetirse a sí mismo no tiene buen fin, si pensamos en películas muy malas del último Berlanga, «Moros y Cristianos», «Todos a la cárcel», que, en rigor, dan más paralelismo con este «Tiempo después» de Cuerda que con el mejor Buñuel, al que recordaba «Amanece que no es poco».

Bajar el nivel por infravalorar al público es otra tendencia que ha salpicado a directores tan serios como Gracia Querejeta quien ha intentado la comedia frenética(«Ola de crímenes»),y a Julio Medem, que ha rondado el idilio bucólico, («El árbol de la sangre»). Menos giro ha dado Fernando Colomo con «La tribu», si bien aquel saborcillo del «La vida alegre» es un eco muy lejano en el paladar.

La comedia está cayendo en desgracia, sepultada por los dramones en blanco y negro. Hay que buscar otra fórmula o nos suicidaremos en masa.

Amor y humor en los Goya

8 Feb

Narciso Díaz de Escovar, que en 1886 fundó la Academia de Declamación de Málaga junto al actor José Ruiz Borrego, estaría muy orgulloso de escuchar el discurso de Antonio de la Torre, que ha sido elegido mejor actor protagonista en la Gala de los Goya. La ciudad que vio nacer a Rita Luna, dio a los teatros nacionales e internacionales, figuras de primer orden como Emilio Thuillier y Rosario Pino, gracias a los esfuerzos del entusiasta Narciso y el incansable Borrego. Si bien hay que decir que no hubieran valido tanto dichos esfuerzos de no haber buena materia prima. Prueba de ello es la cantidad de actores y actrices que dio y sigue dando Málaga, desde la inimitable Rafaela Aparicio, el carismático Antonio Banderas y la personalísima María Barranco al humorista, Dani Rovira y, cómo no, al talento del premiado Antonio de la Torre, que tanto encaja en los papeles cómicos como dramáticos y ya brilló en las películas, AzulOscuroCasiNegro y Gordos, ambas del magnífico director, Daniel Sánchez Arévalo y en Muertos de Risa y Balada triste de trompeta del no menos magnífico director, Álex de la Iglesia.

Un bonito detalle en el discurso de agradecimiento de De la Torre fue su homenaje a Chiquito de la Calzada, remedando las célebres frases, «Hasta luego, Lucas» , «Por la gloria de mi madre», parte del habla chiquitiana como sus neologismos (finstro, gromenauer ), que han pasado ya a la memoria lingüística nacional. Chiquito quiso ser cantaor flamenco, pero su vena fatal de actor terminó imponiéndose. Contaba chistes muy malos, pero, como los interpretaba tan bien, parecían insuperables.

Por cierto, que en la gala, los presentadores, Andreu Buenafuente y Silvia Abril, reivindicaron el humor, tan coartado hoy día por lo políticamente correcto y, de paso, hicieron bromas a diestra y siniestra. Hubo pullitas para Rajoy, Pedro Sánchez y también Pablo Echenique, que, estando presente, se rio sin ofenderse, como tan saludable debería siempre ser.

A propósito, que si Campeones ha sido premiada como mejor película , la mayoría de las distinciones se las ha llevado El Reino de Rodrigo Sorogoyen, gracias también a la excelente interpretación de Antonio de la Torre, que bordó un papel que despierta nuestras sensibilidades, pues encarna a un influyente vicesecretario de una comunidad autónoma, que antes de dar el salto a la política nacional, se ve salpicado por una trama de corrupción tan flagrante en el seno de su partido que no sabe si intentar hacer desaparecer las pruebas o…todo lo contrario.

Nos parece buena señal que la denuncia de la corrupción política sea ya motivo de galardón y que se haga a diestra y siniestra, pues es sabido que sólo cuando un problema es reconocido, puede empezarse a solucionar. No hay arma más destructiva para este país que las mentiras, pues ellas son responsables de lo peor que nos ha pasado.

La película Campeones no ha acumulado tantos premios como esperaba, pero ha contado con muchas simpatías. Su director, Javier Fesser, había puesto en marcha una fórmula de éxito, que emula en gran manera a la comedia francesa , Un gran equipo, de Olivier Dahan; historia de las tribulaciones de una vieja gloria del fútbol que, sin trabajo y arruinado, se ve obligado a entrenar al equipo de una pequeña isla bretona. Sólo que Fesser ha sustituido a los pescadores pueblerinos por discapacitados y al entrenador de fútbol por entrenador de baloncesto.

La intención era buena y todos la hemos entendido; se trataba de reivindicar la diversidad, que es un asunto en el que estamos, y con ello ha dado en el blanco.

Hay que darles oportunidades a los diversos, también en el mundo del cine. Jesús Vidal ha sido premiado como mejor actor revelación por su papel en esta película de Fesser y cuenta como referente a nuestro Pablo Pineda, cuya interpretación en Yo también fue memorable.

Pues bien, Campeones, ha sido la premiada como mejor película en los Goya. Fesser, que es un gran especialista en diversidad, junto a su hermano Guillermo, ya hizo una película muy diferente, El milagro de P.Tinto, que es un hito en nuestro séptimo arte. Ésta última, sin ser tan original, causa el efecto positivo de tratar un tema delicado, que, en manos más torpes, hubiese ofendido.

En esta convocatoria de los Goya se ha apostado de modo valiente si se tiene en cuenta además que otra de las películas galardonadas gira en torno a una historia de amor entre dos chicas gitanas; un tema tabú y, más aún, en determinadas tradiciones.

Sin embargo, la película de Arantxa Echevarría, Carmen y Lola, está escrita, dirigida e interpretada con tanta elegancia, que no pinta nada para polémicas y sí para un reconocimiento sonado en el Festival de Cannes.

Mucho menor ha sido el calor con que en aquel mismo Festival fue acogida Todos lo saben, dirigida por el iraní Asghar Farhadi. De un cineasta con dos Óscar se esperaba algo mucho mejor, pero hay que hacerse cargo de que el arriesgar para superarse puede desembocar en naufragio. Las ambiciones de Farhadi al intentar combinar thriller y retrato de familia de la España profunda se malograron, en cierto modo, por su afán de rizar el rizo y pisar sobre un terreno que no conocía, sino superficialmente, si bien la empresa ha merecido la pena por la brillante actuación de tres grandísimas figuras; Penélope Cruz, Javier Bardem y Ricardo Darín, que han dado su do de pecho ante los requerimientos de un implacable director de actores.

Sin embargo, tales intérpretes se han ido de la gala de los Goya de vacío, tal vez al considerarse que no les van a faltar otras ocasiones para recibir trofeos.

Creo, en resumen, que la cosecha goyesca de este año ha remontado con respecto a las anteriores y espero que ocurra lo mismo en el próximo Festival de Cine de Málaga. Por lo pronto, observo que se está perdiendo rigidez en los planteamientos y hay ganas de contar algo más que lo previsible, sin rehuir el retrato de la realidad más próxima y palpable, y buscando a su vez la calidad. Algo se está moviendo en el cine español; que siga la racha.

Cuando perdimos los cines

14 Dic

Cuando paso por los despojos de los edificios donde yacen el Cine Astoria, el Cine Victoria y el Cine Andalucía, me entran ganas de componerles un inspirado epitafio como hizo Rodrigo Caro en memoria de las ruinas de Itálica ¿qué ha sido de aquellos espacios hermosos donde el séptimo arte era dignificado como espectáculo social? ¿Qué ha sido de aquel primer rito de ocio democrático en el que las clases populares por un módico precio también accedían al derecho de disfrutar de butacas confortables, a veces, forradas de terciopelo, desde donde observar, codo a codo, con los gerifaltes, mundos lejanos, aventuras exóticas, salones de la alta sociedad, sueños, en fin, de otro modo inaccesibles?  ¿qué fue de nuestros cines de Málaga en particular y de España y todo el mundo en general? Esos cines con palcos, techos de frescos alegóricos y hasta lámparas de araña; ese lujo al alcance de cualquiera en las noches de los sábados, que sabía a golosinas y a saliva de besos furtivos en la permisiva oscuridad ¿quién nos ha robado aquella última ilusión, que eran las dos horas de alivio en la semana gris de tantas vidas inocuas y hasta miserables?

El cine como espectáculo y también como protocolo está ya difunto y enterrado en el mundo en general y en Málaga en particular, donde fue divulgado por la iniciativa del inquieto empresario, Emilio Pascual, quien a finales del siglo XIX lo llevó en sus barracones ambulantes (Cine Pascualini) a la plaza de la Merced. Concurrían a aquel rito masivamente todos los estamentos, mezclados en amasijo, desde matrimonios de alcurnia hasta obreros, doncellas, soldados y marineros. Todo aquel gentío que pugnando por ocupar las limitadas localidades destrozaba el mobiliario de la plaza para no perderse la magia de las primeras imágenes en movimiento que componían las películas mudas, amenizadas por la música de un pianista a pie de pantalla y que reivindicó «The Artist» en uno de los filmes más logrados de la reciente cinematografía.

Todavía a finales del siglo XX las salas de cine fueron un ingrediente esencial en nuestras vidas. Entre mis más gratos recuerdos de la infancia está mi primera sesión de cine en el Cine Aliatar de Granada. Por asuntos de trabajo, mi padre fue trasladado a esa ciudad y, con el nuevo piso apenas montado en las fiestas de diciembre, nos fuimos toda la familia a ver «Muchas gracias, Mr. Scrooge», basada en «Canción de Navidad» de Carlos Dickens. Yo tenía cuatro años, pero aquella película la recuerdo con la nitidez de antesdeayer. El avaro anciano Scrooge era visitado por los fantasmas del pasado, el presente y el futuro y, al comprender, que por su conducta egoísta y codiciosa moriría solo y aborrecido, se volvió bueno y generoso. Me creí aquella bonita transformación de personalidad- aunque hoy día me parezca imposible- y casi me fui contenta a mi nueva casa, si no es porque a mitad de camino nos encontramos con un solitario cuarentón que haciendo eses, tocaba una zambomba. La realidad, después del cine, es muy dolorosa y todavía me pregunto qué tipo de fantasma se le había aparecido a aquel patético transeúnte.

En el Aliatar, ahora discoteca, vi también «El gran dictador», creo que dos años después, y nunca olvidaré aquella significativa escena en la que Charles Chaplin, caracterizado de Adolf Hitler, bailaba con el globo del Mundo en sus manos. También en ese mismo cine, a los catorce años, me enamoré de John Travolta, viendo Grease, y durante un par de años no quise ser otra cosa que Olivia Newton Jones.

Yo he sido, comprendedme, una de esas generaciones marcadas por el cine y cambiante, según el cine y sus espacios iban viniendo. Si a los catorce todavía estaba con Grease, a los dieciséis cambié el Aliatar por el cine «Don Bosco», donde me llegó un fuerte impacto por la proyección de una película de Ingmar Bergman, «Gritos y susurros». En realidad, no me enteré de nada, pero intuía, según lo visto, que la realidad era mucho más compleja de lo que me iba pareciendo hasta el momento. Aquellas sesiones de películas sesudas eran promocionadas por un cura cinéfilo que luego hacía cineforum, aunque la consigna era largarse antes de que empezase a hablar, pues decían que  era un rollo. Ahora me lamento de eso, como de otras cosas, pues tal vez, si me hubiera quedado allí, no habría tardado tanto tiempo en entender a Bergman, pero, a esa edad, nos lleva la corriente, cómo no.

Por fortuna, la corriente en la Universidad de Filosofía y Letras de Granada, donde estudié,  nos llevó a los maratones de cine, donde pululaban Pasolini, Fellini y Bertolucci y aquello formó caudal en mi sangre. Nada es igual después de ver a estos grandes. Nada.

La continuación natural de un estudiante de Letras en Granada era frecuentar el Cine Alhambra. Allí conocí a Woody Allen y, como era lógico, me enamoré de él mucho más que antes de John Travolta. Que un intelectual te hiciese reír era lo más de lo más y sucumbí a su hechizo, literalmente. Un buen humorista, con su pertinente digestión de clásicos y su espíritu crítico e iconoclasta es lo mejor que le puede pasar a un aprendiz ¿cómo no lo íbamos a adorar?

Pero el Alhambra no era sólo un cine para las películas de Allen, sino para todo el cine alternativo y aperturista. En él vi «La jaula de las locas» y «El baile de los vampiros» de Polánski y me pude permitir una visión más amplia de temas hasta el momento censurados. Vi, comprendí y aprendí.

Cuando regresé a Málaga, la ciudad de mi sangre, las salas de cine ya estaban agonizando por tendencia global. El cine Astoria estaba por cerrar y el Cine Victoria y el Cine Andalucía daban sesiones de cine independiente europeo; hermosas películas que no olvidaré nunca como «Un hombre de verdad» sobre el fantasma que es un chico producto de un aborto ¿qué pasaría si los abortados fuesen presencias que deambulan por nuestro mundo real? Tal vez eso nos preguntamos aún los dos espectadores únicos que estábamos en la inmensa sala ya cerrada.

En fin, por unas razones y por otras, el cine nos está siendo vetado, sobre todo, como espectáculo compartido. Los que lo vivimos así hemos publicado una antología de relatos para recoger aquella experiencia; «Siete Salas» (Ed. Azimut); que es un conseguido canto a lo que son las ruinas de un mundo que fue muy hermoso como espacio y experiencia. Toda ruina gloriosa merece un epitafio.

Superar el pasado

19 Abr

Inauguro esta esplendida mañana de primavera con la resaca de esa historia, sobre la que gira la película que quería incluir en este artículo por pensar que sería mi favorita del presente Festival de Cine de Málaga. A veces, pasa eso; te seduce un argumento al leerlo en el programa y creas sobre  él expectativas que es la manera más propicia de llevarte una decepción, pero cuando tu tiempo es limitado y tienes que elegir, te asomas al libretito como a un quiosco de cupones y apuestas por un número, según te seduce la combinación de las cifras.

Las sinopsis como las imágenes de promoción de un cartel son un reclamo decisivo para atraer al público y así yo caí rendida ante esa trama surrealista, que promete una lucha de cofrades por la presidencia de su hermandad, lo cual trae a la mente prometedores ecos a lo Buñuel y a lo Berlanga, por lo menos. Contaba el logrado resumen de «Mi querida cofradía» que Carmen; católica, apostólica y malagueña, dedicada en cuerpo y alma a su hermandad, veía con ilusión llegar el día en que fuese elegida hermano mayor hasta que, con sorpresa, se ve desbancada en el cargo por Ignacio, su máximo rival y, lejos de aceptarlo, montará en cólera hasta cometer toda clase de disparates y una que sabe que desde el rosario de la aurora, las rivalidades entre cofradías y en su seno son materia pintoresca, le encontraba a la trama» serias» posibilidades de esperpento barroco.

Sin embargo, la historia está contada desde dentro con perspectiva amable de cofrade y descubre realidades paralelas. El intríngulis de todo discurre por derroteros feministas, pues resulta que, en la mayoría de las cofradías, no es nada aceptable que una mujer sea elegida hermana mayor por méritos que haga para ello y a menudo se ve relegada al segundo plano de las mantillas sin poder ostentar la vara de mando (o como se llame, que no lo tengo muy claro).

En definitiva, la comedia es contenida y respetuosa, más allá de este toque reivindicativo, y no tiene nada que ver con aquella otra película iconoclasta «Nadie conoce a nadie», que dibujaba en términos tan paródicos, descarnados e irreverentes la Semana Santa de Sevilla y que tal vez a día de hoy hubiera levantado fuertes polémicas, habida cuenta de que la intolerancia fundamentalista hace que el humor ande con pies de plomo para no ofender, que es cosa casi imposible en estos tiempos, pues a poco que te sueltes, cualquier broma es sacada de quicio y tachada de racista, misógina u homófoba.

Por lo demás, la fórmula cómica de esta película recurre a recetas algo añejas, que sacan a relucir un homenaje desteñido al primer Almodóvar, retratando escenas de costumbrismo estrafalario, que protagoniza» en plan» Chus Lampreave, una vecina con mala mano para hacer torrijas y una hija al borde de un ataque de nervios a pique del divorcio de un marido algo tontón. Y una vez más, se deja sentir el revival del humor a lo Poncela, pues como en aquella comedia reciente, «La noche que mi madre mató a mi padre», la principal tensión se genera en torno a un semidifunto, Ignacio, que la atribulada Carmen ha sedado por error con diazepam y que ha de ocultar a las continuas visitas inoportunas que recibe en casa, produciéndose así las situaciones equívocas que dan pie a las risas del público.

Pese a todo, la comedia se deja ver bastante bien si no se llevan excesivas expectativas. Cuenta lo que quiere contar y, a este respecto, cumple con su objetivo.

Sin demasiadas pretensiones y con la magnífica interpretación de José Sacristán, «Formentera Lady» aborda también con pinceladas de humor, el drama de un hippy ya abuelo, que se aferra a su pasado de los 70 en una isla, de la que van desertando los últimos pobladores de lo que fue un paraíso de libertad despreocupada, que ya no es posible en pleno siglo XXI. Es una película «sencilla, diáfana y directa», como la describió muy emocionado Sacristán sobre el escenario del teatro Cervantes y tal vez por ello ha sido la que más me ha gustado de cuantas he podido ver en este Festival.

Personalmente, prefiero las tramas que, sin caer en la simpleza, no apabullan con aparentes pretensiones de complejidad, que muchas veces se quedan en simples pretensiones, logrando, todo lo más, culminar en un tremendo tostón. La calidad no está reñida con la amenidad, sino todo lo contrario, pero hay quien piensa que cuanto más ininteligible es un producto artístico, más valor representa, tal vez porque los tostones han sido sobrevalorados por cierto sector de los críticos en otros tiempos pretéritos.

No fue el caso de «Belle de jour», película emblemática de Luis Buñuel, quien pese a ser un adalid del surrealismo más delirante, siempre conseguía ser divertido y mantener la atención sin descartar las metáforas oníricas más enigmáticas. Por ello, entendiendo que «Ana de día» es un guiño, desde el propio título, a este film inolvidable de Buñuel, me parece más que un flaco homenaje, pues antes que remedar el inimitable lenguaje buñueliano, se propone imitar lo peor de Gonzalo Suárez, Víctor Erice, Isabel Coixet y Carlos Saura, y digo lo peor, porque resulta una acumulación, sin ton ni son, de tiempos muertos, secuencias estáticas, silencios pretenciosos que no dicen nada y eso que llaman morosidad lírica, pero que con poca pericia, no es sino una mala digestión de lo que un día representó la calidad, pero, eso sí, sin ninguna chispa.

Posiblemente, no he acertado con la elección de las películas, que me he perdido algo, pues no quiero pensar que aún no se haya descubierto una forma original de contar historias, propia del siglo XXI, sin recurrir a la mera imitación de viejas fórmulas del siglo pasado. Con todo, mantengo la esperanza, y sigo y seguiré a pie de alfombra roja, en busca de esa película formidable. Tal vez no se estrene este año ni el próximo, pero hay que mantener encendida la hoguera para que surja la chispa, y surgirá. Que no decaiga.

 

 

La agenda de Pitita

12 Ene

Año nuevo, vida nueva. Pitita Pijiguarra se ha comprado una agenda con la cubierta en verde agua, decorada con corazoncitos y estrellas, y unas letras muy cucas que dicen; «Cada día es el mejor día de tu vida». Dudaba entre ése y otro rosita palo que ponía «Nena, tú vales mucho» y el de más allá, en tono celestito bebé, que pone «La vida es como un selfie; sonríe».

Dice que será su diario de buen rollo, que va a cargar cada página de energía positiva y que igual cuando termine el año lo publica como un libro de autoayuda.

-Es que quiero enseñarle a la gente a vivir con actitud y compartir mis experiencias constructivas- dice Pitita en pose transcendente de gurú budista.

Claro que sí, Pitita, es un gesto muy altruista por tu parte. En cuanto la gente sepa lo bien que te lo montas con tu visa oro y sin dar un palo al agua, se va a sentir mucho más aliviada y dejará de estar tan mustia. Total, como tú dices, la vida es muy corta para sufrir por menudencias; que si no sales del paro, que si te sobreexplotan en el trabajo y cobras una miseria, que si vienen los del desahucio y te quedas en la calle a verlas venir…

-Es que sólo si sonríes a la vida, la vida te devuelve la sonrisa. Hay que enseñarle a todo el mundo a sonreír. Ésa es la actitud y no pasarse el santo día de mal rollo, que hay que ver la de caras largas que te encuentras por todas partes- sentencia Pitita, inflamada de inquietud social.

Un rayo de sol invernal redobla el oro de la cabellera rubia de Pitita que, con abstracción mística, anota en la primera hoja en blanco de su cuaderno chipiguay, el lugar y la fecha. Ha nacido una nueva escritora para el mundo.

La dejo, embebida en su inspiración literaria, y me voy a ver la nueva película de Woody Allen que dan en el cine Albéniz.

A Pitita, Woody Allen no le gusta nada. Dice que no tiene ninguna gracia y que ella prefiere las comedias de Jim Carrey.

-Pero Pitita, si la película es una tragedia…

-Pues peor todavía. Yo al cine voy a divertirme y no a pasar un mal rato. A ese Woody Allen le falta actitud. Siempre está contando historias de fracasados y perdedores, que es lo que le gusta a la gente de izquierdas que va a ver sus películas.

Pitita, que ha aprendido las disciplinas del éxito en sus libros de autoayuda de colores pastel, identifica la izquierda con el fracaso; con ese tipo de gente plasta que por falta de espíritu emprendedor, se abandona al lamento y al catastrofismo.

La película de Woody Allen es una tragedia en el mejor sentido de la palabra. El cineasta que ha practicado este género junto al cómico, por el que es más conocido, ha perfeccionado el registro, alimentando este último producto con todos los grandes referentes de la tragedia universal.

La trama gira en torno a una familia muy desestructurada, tal y como se concibió el género en la antigua Grecia. Una mujer que, a causa de un adulterio, ha provocado el suicidio de su primer marido, sufre las tropelías pirómanas de un hijo traumatizado, que así venga la muerte de su padre como el Orestes de Eurípides o el Hamlet de Shakespeare.

La protagonista que es una actriz frustrada al borde de cumplir los cuarenta años, cuando con melancolía saca del baúl las galas fastuosas para recordar un pasado algo ilusorio, recuerda a Vivian Leigh en «Un tranvía llamado deseo». Guiños como éste a los guiones inspirados en tragedias de Tennessee Williams y Edward Albee se suceden en el film.

Las discusiones tormentosas con efecto claustrofóbico entre la exactriz y el segundo marido exalcohólico emulan a los diálogos delirantes en espacios interiores, propios de estos dramaturgos, y nos remite a escenas de «¿Quién teme a Virginia Woolf?» o «La gata sobre el tejado de zinc caliente». Incluso el vestido que lleva la actriz principal en un momento culmen es casi idéntico al que lucía Elizabeth Taylor en esta segunda película.

Por lo demás, la cólera que arroja la mujer contra la hijastra por usurparle el espacio en el corazón de su joven amante tiene mucho de Mrs Robinson en «El graduado». Un clásico más.

Otro aspecto para analizar es el escenario donde se desarrolla la película; un parque de atracciones, donde una noria no para de dar vueltas que sugiere la idea clásica del mundo como decorado teatral y la vida como generadora de tramas que se repiten.

En definitiva, «Wonder Wheel», la película de Woody Allen, es una tragedia que homenajea a la tragedia misma en particular y, en general, a los clásicos de la literatura y el cine.

Cuando salgo de la sala, me encuentro a Pitita en el mismo lugar de la terraza de «Café con Libros». Al oscurecer, le vino el frío y se cubrió la espalda con la pañoleta de Burberry.

No ha añadido nada más al lugar y la fecha anotados. Como a los grandes escritores le asaltó el bloqueo ante la primera página en blanco.

Por la cara

18 Ago

La fisonomía nos marca desde el nacimiento de un modo fatal; por la cara se nos juzga y juzgamos a los otros, dando por dictámenes certeros lo que no son más que prejuicios simplistas, sin caer en la cuenta de que los rostros más angelicales pueden encubrir naturalezas muy diabólicas y los rostros diabólicos pertenecer a personas de alma generosa y elevados sentimientos.

Tendemos a ver malicia en las cejas de curva muy inclinada y antipatía en los labios que, por tendencia natural, se curvan hacia abajo. En el gesto retraído de los tímidos, interpretamos arrogancia y en las poses de veras arrogantes, magnanimidad.

Esta lectura superficial enturbia bastante las relaciones sociales e inevitablemente condiciona la carrera de los actores.

Según su físico, hay intérpretes a los que sólo les dan papeles de malo y otros únicamente de buenos. Difícilmente hubiésemos podido concebir a una Olivia de Havilland, dando vida a una mujer perversa o a una Bette Davis que no fuese la encarnación misma de la perversión. Igual que Audrey Hepburn había de ser por fuerza una muchacha cándida e ingenua, Katharine Hepburn, una chica de ingenio agudo y refinada inteligencia, Edward.G. Robinson, un gángster, Rock Hudson el marido ideal y así, etcétera, etcétera.

Tal vez la mejor bendición para un actor es tener el físico neutro de Juan Diego Botto que se puede llenar de cualquier contenido, porque si uno tiene en los rasgos la marcada expresión ensimismada de Gabino Diego lo encasillan de zangolotino o Rey pasmado y si tiene la cara de Rossy de Palma o la cara y la voz de Gracita Morales va de cabeza al género cómico.

En la cinematografía española este tipo de clichés han funcionado durante muchos años; Rafaela Aparicio era la chacha, Emilio Gutiérrez Caba, un desgraciado perseguido por la mala fortuna, Fernando Rey, el viejo verde de cuna aristocrática, José Luis López Vázquez, el charlatán buscavidas y Maribel Martín, la chica pija… como en la Commedia dell´arte, Arlequín era siempre Arlequín y Pulcinella, Pulcinella.

Con Terele Pávez tampoco hubo excepciones. Bordaba por su cara el papel de harpía o de suegra de las malas a rabiar. Desde que en la serie «Cañas y Barro» hizo de Samaruca, la pérfida cuñada de Cañamel, no resultaba creíble en otras funciones sino como ministra de la maldad. Fue bruja clásica en «La Celestina» y bruja más alternativa en «Las brujas de Zugarramurdi». Se la vio ejercer de suegra tirana e irascible de Merche en la serié «Cuéntame» y le ofrecieron mil veces el papel de Bernarda Alba para que ejerciese como dominadora implacable del rebaño desgraciado de sus hijas.

Sin embargo, este papel nunca lo aceptó, ya que se negaba a interpretar cualquier obra lorquiana, dado que su propio padre, cabecilla de Falange en Granada durante la Guerra Civil, había sido el responsable de sacar al poeta de su refugio en casa de los Rosales para entregarlo a las milicias franquistas.

A causa de esta mancha de honor en la familia, tanto ella como sus dos hermanas actrices, Emma Penella y Elisa Montes renunciaron al apellido paterno y optaron por otros para sus nombres artísticos.

A día de hoy, después de su muerte reciente, se escriben reportajes que la liberan del rol de mala sempiterna y sale a la luz su verdadera personalidad. Fue una madre soltera en los tiempos en que eso era un verdadero estigma y hubo de ver cómo su amor se marchaba sin ataduras hacia la sombra más cómoda y solvente de una ministra.

Los desengaños amorosos, las irregularidades propias de una profesión, donde de los laureles y los reconocimientos, es posible pasar a épocas de desocupación, ingratos olvidos y precariedades económicas, junto a otros disgustos familiares, la llevaron al vagabundeo; a dormir a la intemperie del barrio de Malasaña en cualquier portal, a ahogar por periodos sus desengaños en alcohol y a ser visitada, de vez en cuando, por la locura. De estas estancias en el infierno la rescataba Carolo, su hijo único, y la decisión del director de cine, Álex de la Iglesia, de convertirla en su musa.

La última película en la que actuó fue «El bar», dirigida por el cineasta y en la que interpretó a Amparo, la dueña del bar, una señora malhablada, de mal café y peores pulgas.

Nada que ver con la persona que conocían los más allegados, siempre dispuesta a compartir cualquier golpe de fortuna, invitando a los almuerzos a los que era invitada y desperdigando las efímeras ganancias entre los indigentes que le salían al paso. Era capaz de pagar a diez euros un paquete de Kleenex y de regalar a los transeúntes entradas para el teatro.

No me importa el dinero, he podido vivir siempre sin dinero- declaraba.

De ella se decía que tenía un carácter fuerte, un genio importante, lo cual es compatible con un gran corazón, porque a las gentes de carácter les traiciona un exceso de pasión, que les impide frenar el caudal de sus emociones. La frialdad emotiva, en cambio, esa contención de los sentimientos, disfrazada de discreción y buenas maneras, es, en lo menos, máscara de hipócritas y, en lo más, virtud de psicópatas.

Terele Pávez quedará grabada en la memoria del cine por un físico cargado de personalidad; esa cara que, sumada a un grandísimo talento, le permitió a una mujer buena dar vida a las malas más memorables del cine español.

El Decamerón

12 May

Probablemente, “El Decamerón” es uno de esos títulos que está presente en  la memoria colectiva y que tuvo la necesaria virtud de transcender a todos los tiempos para convertirse en un clásico, tanto por su estructura, su cuidadísima prosa y su contenido. Aunque sobre todo por su contenido.

El florentino Bocaccio, anuncia el Renacimiento, rompiendo con el espíritu fúnebre de la Edad Media para hacer un canto al placer, al optimismo existencial y proclamar la victoria de Eros sobre Tanatos; el triunfo del amor contra la muerte. Diez jóvenes; siete mujeres y tres hombres se retiran a una bella finca en las afueras de Florencia a objeto de huir de la peste que asola a la ciudad y, en ese retiro, se entretienen contando historias, en las que prevalece el efecto cómico y, amparándose en la risa, burlan el infortunio e invocan al Carpe Diem en su locus amoenus.

La habilidad de hilar cuentos en torno a una trama argumental, familiariza a esta obra con “Las mil y una noches” y “Los cuentos de Canterbury”. Y precisamente, por fondo y forma, el célebre cineasta Pier Paolo Pasolini compone su elogiada trilogía, inspirada en  estos tres libros con una maestría memorable.

Hay quien recuerda “El Decamerón” sólo por la película de Pasolini sin haber leído el libro, como también quien sólo conoce “La Colmena” por el film de Mario Camus. Lo ideal es completar el lenguaje literario con el visual, pero si no es así, conviene que las obras caigan en manos de directores sensibles e inteligentes que sepan transmitir su más pura esencia. En estos dos casos se da y también en otros que atañen, exclusivamente, a la literatura española. Las adaptaciones al cine de “Fortunata y Jacinta”, “Cañas y barro” ,“La Regenta”, “El bosque animado” y “Últimas tardes con Teresa” fueron excepcionales, como también “Volaverunt” y “La pasión turca”, pese a ser tan criticadas. Yo que leí los libros antes de ver las películas, puedo decir que no me sentí en absoluto decepcionada. Es más, creo que en algún caso la versión cinematográfica ha mejorado al texto. En cualquier caso, se puede decir que una buena adaptación al cine muchas veces ha guiado a los lectores hacia el texto original.

Sin embargo, hoy he visto “Maravilloso Boccaccio” de los hermanos Taviani y me he sentido muy traicionada. No puedo entender que los cineastas hayan interpretado “El Decamerón” de forma que aburra; que lo hayan convertido en algo trágico, siendo principalmente cómico y que hasta me haya hecho llorar. Nada que objetar a la técnica, la fotografía es maravillosa y es verdad que muchas escenas tienen la plasticidad de un lienzo de Masaccio, Giotto o Botticelli pero el conjunto, excediéndose en ocasiones de lánguido prerrafaelismo, carece de chispa y de alma. Esta película podría tratar de “El Decamerón”como de cualquier otra cosa. Luce a chicas y chicos guapos, se recrea en el paisaje, pero se olvida de Boccaccio. Y podría decir otra cosa, pero voy a decir la verdad. Con peores medios, lo entendió mejor Pasolini. Estoy segura de que Boccaccio no quería hacer llorar a nadie. Sin embargo, en esta película se destaca el relato de un cazador pobre que tuvo que matar a su propio y bienamado halcón  para servirlo como almuerzo a su amada. Y con eso termina.

O casi, porque los diez chicos que cuentan las historias convienen en lo bien que se lo han pasado durante esos días con el intercambio de narraciones (y eso después del estremecedor episodio del halcón…)

En definitiva, que ante tal desenlace te vas con un mal rollo espantoso de la sala y quien no haya leído “El Decamerón” previamente,  igual ni se anima a leerlo.

Un cineasta en condiciones interesa al público por la obra que adapta, pero otro que no, la condena.

Para mí que los Taviani han querido practicar una fórmula de éxito para hacer su película taquillera, sumando a la perfección estética el romanticismo trágico y la morosidad lírica.

Algo que, ya digo, puede satisfacer a un público al que le gusta evadirse de la sordidez del panorama actual a través de los goces contemplativos y el “Amor omnia vincit”, pero que no es Boccaccio para nada.

Y es una pena porque a estos tiempos tan oscuros y sositos le convendría ese torrente de luz, vitalismo e ingenio que rezuma en las páginas del Decamerón, como también en la lectura del “Libro de Buen Amor” del Arcipreste de Hita. El siglo XIV, con estas obras, fue un gran heraldo del Renacimiento; esa primavera de la historia en la que florecieron las ciencias y las artes y el humano, perdiendo ya el miedo al castigo constante de Dios, recupera la autoestima y practica el optimismo al celebrar los placeres de la vida.

Yo confío en que, siendo cíclicos los periodos de la historia, ese espíritu modernísimo del prerrenacimiento nos anuncie la luz al final del túnel que es esta Edad Media que seguimos padeciendo en el siglo XXI.

Málaga es de cine

24 Mar

Llega de nuevo a Málaga el Festival de Cine Español, envuelto en el glamour de las alfombras rojas, las estrellas consagradas  con su sabia elegancia y las nuevas promesas en flor. Toda la belleza reunida de los guapos y guapas en los albores de la primavera. Hermosos vestidos, centelleantes de lentejuelas y trajes de etiqueta, coches fastuosos y boato oficial, ceremonia y aplausos, que sugieren que el cine es un sueño de lujo, regado de champán. Pero en el interior de las salas, cuando la oscuridad planea sobre las butacas, la realidad que recrean las grandes pantallas es totalmente opuesta. Predominan en escena los ambientes sórdidos, donde los desheredados del siglo XXI viven cada cual, a su manera, los efectos de una crisis letal que se ha instalado como leitmotiv de cada historia, replegada en un bucle de tragedia, sin el alivio de un desenlace que, al menos, prometa la esperanza, aplastada por todos los males en el fondo de la caja de Pandora. Y, cuando hablo de crisis no me refiero sólo a la económica, que precisamente afecta de modo directo a los cineastas; a productores, directores y actores, cuya apuesta por el cine sólo puede ya explicarse por una vocación muy tozuda a como pintan bastos en este sector profesional tan vapuleado en la actualidad que ha de autofinanciarse para subsistir o buscar en otros países mayores oportunidades. O algunas.

A este paso sólo quienes ya cuenten con una previa fortuna familiar podrán apostar por ponerse delante y detrás de las cámaras. Aunque tampoco han de faltar los temerarios que por mero entusiasmo se suscriban al estricto régimen de hambrunas de los legendarios cómicos de la legua. No olvidemos que los mejores actores de nuestra historia se hartaron de bocadillos de calamares y de pasar frío en pensiones de mala muerte, además de hacer pésimas películas por necesidades primarias antes de que vinieran a rescatarlos los prósperos 80. Cuando se le tribute homenaje al cine de esa década y la siguiente, que se recuerde cuál fue la fórmula que lo hizo posible.

Pero, en fin, ya dije que no me refería sólo a la crisis económica, sino también a la de valores, a la existencial y, en general, a la anímica de la que se resienten esas tramas donde no corre casi una brizna de aire; conflictos paterno-filiales, parejas en el abismo, familias desestructuradas, corruptelas políticas, mafias asesinas, ancianos que claman por la eutanasia, mujeres víctimas del maltrato, jóvenes sin futuro ni perspectiva ni ganas, adolescentes que quedan en un grupo de guasap para suicidarse, amenazas de catástrofes naturales por el calentamiento global. La realidad pura y dura que se llama sin ningún aditivo ni edulcorante. Eso muestran las películas españolas y también las del territorio latinoamericano que se suman a esta convocatoria. Como ya sabemos, en esos países hermanos, tampoco es que aten los perros con longaniza.

En medio de esta vorágine de negatividad aplastante, hay algún amago de comedia, aunque poca, muy poca. Y muy criticada por cierto. De alguna manera en estos momentos tan transcendentes parece ya que la risa fuese un delito. Aunque hay que decir que de esa rígida norma escapan ciertos cortos de la sección oficial y extraoficial de cortometrajes de Málaga que se permiten la guasa y la frikeada aparejada a la crítica social. Cito algunos, “Llueve en Bagdad”, “Área de descanso”, “Matar al presidente”, “Enamorado de ti”, “Ángel caído” MLG 3 Delicias”, “Una familia de verdad”, “Una china en el zapato”, “Gazpachuelo”…

A este tenor recuerdo un episodio en el que hablábamos en clase de la bohemia en París y la tendencia de los artistas al suicidio, salvando la excepción de Picasso que disfrutaba a lo grande cada minuto de la vida.

-Es que Picasso era malagueño- observó un alumno avezado.

El martes pasado tuve el honor de reunirme con un club de lectura en Baza y una de sus integrantes, llamada Dulce, me dijo un precioso piropo:

-Es que tus cuentos son muy crudos, pero tienen ese rollito del cachondeo malagueño.

Algo parecido me han dicho hace poco en Madrid y me siento muy orgullosa de ser partícipe de ese rollo guasón de mis paisanos que combate los males en las peores.

La conclusión es que hay que apoyar la creatividad malagueña, también en el cine que tanto le debe. Podría citar nombres para llenar dos páginas más, pero digo dos que ahora suenan; Fiorella Faltoyano y Antonio Banderas, qué arte, madre mía.

P.D: Antes de escribir este artículo, no había visto la comedia «El intercambio» del director malagueño, Ignacio Nacho; una frikeada malagueña 100% con muchos actores del terreno como Pepón Nieto. Acabo de asistir al estreno en el Teatro Cervantes y me lo he pasado genial.

Regresar al cine español

10 Feb

Otra gala de los Goya y la misma conclusión; el séptimo arte en nuestro país anda sobre arenas movedizas y esto nos preocupa, particularmente, en una ciudad que ha apostado por el cine español, dándole protagonismo en un Festival que lo pone en el punto de mira en una cita anual que, a estas alturas, cuenta ya con su tradición y despierta expectativas entre profesionales y público.

Lástima que este apoyo no sea una iniciativa más generalizada y homogénea, lo que sin duda estimularía la brillantez de la oferta y, en consecuencia, la extensión de la demanda, pues lo cierto es que el divorcio entre cine y gobierno está perjudicando bastante a la calidad de la cartelera.

Y es que ya no se trata sólo del recorte de las subvenciones a las producciones cinematográficas sino del gravamen que, con los impuestos, pone las entradas a precios imposibles, nada aptos para una concurrencia de tan limitado presupuesto.

No es que nos haya dejado de gustar ir al cine, es que empezamos a tenerle miedo a la desproporción entre el desembolso en taquilla y lo que nos llevamos luego a casa; una decepción mucho mayor en la medida del dinero invertido. Creo positivamente que si las entradas bajasen de precio, seríamos menos exigentes con la calidad de las películas; que subiría la audiencia y bajaría la piratería, que, sin ser justificable, se multiplica según va subiendo el coste de la butaca.

En resumidas cuentas, que quitándole a la cosa unos euros menos, regresaríamos encantados a las salas con asiduidad de incluso entresemana, no sólo por las películas en sí mismas, sino por disfrutar de ese ritual gratísimo que es una tarde de cine; en su antes, su durante y su después. Dígase la previa ducha en casa, la sesión de restauración frente al espejo, el paseíto al fresco de la calle, el encuentro con pareja o amigos, el efecto hipnótico de la sala a oscuras y esa merienda o copita de después, donde se comentan detalles y se debaten conclusiones.

Necesitamos como agua de mayo; recuperar la calle, los rituales sociales y el contacto con presencias físicas que normalizan nuestras relaciones, ya bastante envenenadas y enrarecidas por las sesiones interminables frente al ordenador, donde campan los malos entendidos de la nada virtuosa letra virtual y la consabida gresca con esos equívocos fantasmas que son los amigos invisibles.

Todo esto sería posible si se reestableciesen las buenas relaciones entre industria cinematográfica y gobierno, que empezaron a resquebrajarse hace más de una década cuando las galas de los Goya fueron escenario de la rebeldía de los actores contra la intervención española en la guerra de Irak. Un desencuentro que relegó la profesión de los focos a la despectiva categoría de “titiriteros”.

El resultado de estos rifirrafes fue que muchos de los rebeldes se fueron a trabajar al extranjero y los que aquí quedaron malviven, pues, según los últimos datos, sólo el 8% de los actores en España viven de su profesión.

Éste ha sido un factor decisivo en el declive del cine español, que, como su padre, el teatro, precisa para su salud, una cierta conciliación con los organismos oficiales. De eso sabía un rato Lope de Vega, quien llenaba de mierda las puertas de los corrales de comedias.

El otro factor es la debilidad de los guiones, que quizás se explique por esa desesperación que tienen los directores con dar con la fórmula del bombazo taquillero, del que depende su subsistencia.

Dados los últimos premios Goya, se diría que se intente imitar la receta hollywoodiense; el thriller de acción vertiginosa con mucha ración de puñetazos, salsa de tomate, persecuciones de vehículos y plas, zas, cataplás. La otra es la fantasía, aliñada con efectos especiales.

Yo, en fin, creo que el cine español no puede llegar tan lejos con la mala imitación de un género foráneo como con el cultivo de su propia tradición donde dará sus máximos frutos en su propio terreno. O sea, haciendo bien lo que siempre ha sabido hacer bien; la referencia es Berlanga, Bardem, José Luis Cuerda, Bigas Luna, Vicente Aranda, Fernando Trueba, Montxo Armendáriz y etc.…y no Tarantino ni Spielberg.

El desafío sería competir en el mercado con un producto propio sin perder esa singularidad que nos ha valido reconocimientos en el cine europeo y en los Óscar.

Debe haber algún modo de que nuestro cine recupere la autoestima y no se diluya en las grisuras globalizadoras. Si bien eso pasa por el apoyo de todas las instituciones y la colaboración de escritores y cineastas. En España se publican novelas que no se leen y serían excelentes guiones para alimentar la inspiración de los directores, que plasmarían un buen producto en pantalla.

Se llama trabajo en equipo y beneficia a todos. También y, en especial, al público.

Queremos volver al cine español; agotar las entradas y llenar las salas.

Que bajen los precios y suba la calidad. Eso es todo.