Cuando el miedo da risa

28 Oct

Como toca celebrar Halloween, el otro día me puse a ver una película de terror. Hacía mucho tiempo que no veía una, pues no es de mis géneros favoritos, pero entré en materia enseguida.  En los filmes de terror se ve que se ha innovado bastante poco, ya que, aunque era de estreno reciente, muy bien podría tratarse de alguna de las mismas películas que vi hace tropescientos años.

Para empezar, la trama, como no podía ser menos, se desarrollaba en una casa aislada y maldita, que había adquirido una incauta familia en una subasta. Se veía venir que un chollo así vendría con alguna pega; ya decía mi abuelo que nadie da duros por pesetas y lo barato sale caro. De modo que, al poco de instalarse la familia en la mansión, descubre que el inmueble ya estaba poblado por otros inquilinos. Esa clase de fantasmas ruidosísimos que no te dejan pegar ojo en toda la noche, a base de gemir, dar golpes en las paredes, abrir puertas quejumbrosas y, con el tiempo, manifestarse en cada esquina con sus presencias lívidas y ensangrentadas y sus alaridos ultraterrenos. Los fantasmas nunca han sido vecinos silenciosos ni hospitalarios, por lo que aquellas criaturas en constante solivianto se arrepienten pronto de haber cambiado el bullicio de la ciudad por la supuesta paz del campo. A los vecinos molestos uno les puede poner una denuncia pero a los fantasmas, dada su natural evanescencia, no hay manera de echarles el guante. Y más en este caso, ya que los espíritus formaban tal multitud de no dar abasto con el overbooking. Se ve que el guionista, no contento con dar otra vuelta de tuerca a la trama, quiso rozar el barroquismo del espectrismo aullante para que a la casa fantasmagórica no le faltase un detalle. Así que en la congregación de almas atormentadas había seres maléficos para todos los gustos; desde los típicos niños diabólicos al asesino múltiple, de pasado traumático, pasando por la sacerdotisa de Satán que, después de haberse suicidado por no dar a luz al hijo del mismo diablo, ora se aparecía colgada de un árbol, ora mostrando las llagas de sus muñecas.

Como casa de espíritus, entre el caos, el desorden y el batiburrillo imposible de las terroríficas presencias, aquello era el mismísimo Chichi de la Bernarda, de modo que la familia desbordada no tuvo sino que llamar a un exorcista para resolver tan conflictiva situación. Se trataba de un hombre muy resuelto y dispuesto que no le hacía ascos a las horas extra y, aun siendo americano, era igualito que Manolo Escobar.

En principio, la verdad, es que me harté de reír, pues no hay nada que dé más risa que una mala película de miedo. Y esta convertía a las del legendario Ed Wood en verdaderas joyas del cine de terror. Los monstruos estaban tan mal maquillados que parecían sacados de “El tren fantasma”; esa atracción que pululaba, entre el cutrerío y la miseria, por las ferias de los pueblos, cuyo máximo atractivo consistía en que un monstruo muy remendado se subiera al vagón a darte de escobazos en la cabeza.  Pero, pasado un rato, empecé a aburrirme. Si aquella película era el último grito del terror, bien podría titularse “Mucho grito y pocas nueces”.

Era un refrito de retales mal cosidos, de tópicos manidos y mal digeridos con olor a rancio; un producto de la mediocridad que provoca el descenso de los niveles culturales y termina reflejándose en todas las áreas artísticas.

Dejé de ver la película y me concentré en la lectura del periódico, que traía noticias también como de otro tiempo. Se hablaba de una huelga de estudiantes a objeto de protestar por las reválidas, que plantea la penúltima reforma educativa ¿será que no hay otra manera de resolver el futuro que regresar al pasado? ¿Será que, después de tanto escándalo, esa medida no va a quedarse sino en agua de borrajas? Me temo que expresar mi opinión al respecto sería repetir la sólita tarandilla que ya conocen de sobra los lectores.

Lo otro sería escribir una página sobre la conveniencia de volver a nuestros ritos patrios y poner en escena Don Juan Tenorio, en lugar de celebrar la invasiva fiesta de jalogüin. O intentar hacer una parodia caracterizando a los políticos como personajes de Halloween, pero seguro que esa divertidísima idea la estarán escribiendo ya algunos en estos momentos. No sé si es que nos repetimos demasiado o es que la realidad se repite tanto que no nos da otra opción.

En cualquier caso, siempre nos podemos recrear en la paradoja de los términos invertidos. Ahora ver las noticias da miedo y ver una película de miedo da risa.

El cine que te espera

29 Abr

Iba yo pensando en los vuelcos que da la vida, cuando pasé por la terraza VIP del teatro Cervantes. Allí estaba tomando café la gente del cine con toda su parafernalia de cámaras como en una realidad paralela, ajena a las miradas curiosas de los paseantes que se asomaban a observarlos como quien observa un vivero de truchas. Hay que ver la distancia psicológica que pueden crear unas vallas.
Una pareja de jubilados que pasó también por allí en su paseo matinal, se detuvo a echar un vistazo.
-Mira, ahí están los famosos- dijo el hombre.
-Qué va, hombre, esos son sólo periodistas- le rectificó la mujer.
“Solo periodistas”. Será que me pilló susceptible, pero pensé que a esa frase le sobraba el “sólo”. Sin periodistas, no habría famosos ni grandeza en el espectáculo, pero no es cuestión de disputar protagonismos, pues, puestos a eso, también podríamos decir que el verdadero éxito de un festival es el público. Y, sin público, cualquier evento pierde todo sentido. Por fortuna, en Málaga hay un público entusiasta que se apunta a un bombardeo y todo lo convierte en colas y acontecimiento multitudinario, ya sea fútbol, teatro, ferias o Carnaval. Incluso ciclos de conferencias y otros actos culturales, en los que la presencia de jubilados es impagable y muy meritoria, habida cuenta de que ya no se dan canapés.
Fui a las taquillas de Plaza de la Merced a proveerme del programa del Festival, que este año es gratis, ole, y ojeé las sinopsis de las películas. Y eso fue lo que me hizo pensar en los vuelcos que da la vida, pues en casi todos los filmes se planteaba que tal o cual personaje llevaba una vida monótona hasta que su vida dio un vuelco inesperado.
La ficción, desde luego, es muy diferente a la realidad, pues lo cierto es que en las biografías comunes y monótonas no se dan vuelcos, así espontáneamente, si no es porque uno se empeña muchísimo.
Como la oferta del programa es muy amplia, conviene leerla con calma y subrayar luego lo que más te llame la atención. Otra cosa es confiar en la opinión de los críticos y dejarse guiar por ella. Una opción que, siendo muy loable, no aconsejo del todo.
Nuestro criterio no siempre coincide con el de los críticos y podemos llevarnos decepciones.
El primer día vi una película muy elogiada por la crítica que no me gustó nada y el segundo otra, condenada por la crítica, que me gustó un montón. Seguramente porque la primera tenía muchas pretensiones y la segunda, ninguna. Contaba una historia real y actual y la contaba tan bien que te llegaba al corazón. Sólo eso, que ya es mucho.
No voy a decir el título de la primera película, porque, a estas alturas, comprendo que cualquier producto artístico es fruto de muchas horas de trabajo y resulta una crueldad, despacharlo con unas cuantas frases agrias. Quién soy yo para denostar con mis impresiones lo que ha costado tanto esfuerzo poner en pie.
Sin embargo, la segunda película sí me gustaría nombrarla, pues sé que le vendrá bien un elogio. Se trataba de una comedia “Requisitos para ser una persona normal” y pertenecía a la llamada “Cosecha del año”. O sea, que ya la estrenaron el año pasado en el Festival.
Contaba la historia de una chica de 30 años, como tantas en este país, que no tiene trabajo ni pareja y que vive aún en la casa de su madre, con la que se le hace muy difícil la comunicación afectiva. Pero esa realidad suya no sólo se ceñía a la de los jóvenes, siendo que su obsesión consistía en ser una persona normal, como no lo somos casi ninguno.
Los moldes sirven para hacer objetos en serie, pero no para hacer personas. Y esa es la tragedia que muchos hemos vivido; desfallecer en el intento de ser normales dentro de una normalidad que no existe. Pero, por qué, me pregunto yo, preferimos ser normales a ser únicos.
Creo que también esta comedia le hubiese gustado mucho a Juan Ruiz de Alarcón, pues la chica se decide por el muchacho feito y pobre, que es el que la hace feliz.
La conclusión es que todo el público, de la oscuridad de la sala, salimos a la luz magnífica de una tarde de primavera con una radiante sonrisa. Y, en fin, que yo creo que las mejores películas son las que consiguen transmitirnos esa sensación.
Pero, como en el Festival, no todo son películas, ya he sacado entrada para documentales y cortometrajes. Es una buena ocasión para verlos ahora, pues después es difícil conseguirlos.
Me dicen que los directores de mayor renombre en España no estrenan sus películas en este Festival y hasta a eso le veo su lado positivo, pues así aquí se da cabida a nuevas voces. Sería muy pobre que el cine español fuese cosa de tres o cuatro consagrados y no mirase al futuro.
Y yo veo futuro en este cine, cada vez más. Adelante.

Comedia rosa tirando a verde

15 Mar

Azafatos de Almodóvar

Acabo de ver “Los amantes pasajeros” de Pedro Almodóvar y tengo que darle la enhorabuena al diseñador malagueño, David Delfín, que ha dado forma a los uniformes de los histriónicos azafatos de la película, justamente en los mismos tonos que decoraban el interior del avión como le pidió el director manchego, pero sin dejar de aportarles ese toque tan personal al que nos tiene habituados. Sin duda, lo que más me ha gustado en esta última entrega de Almodóvar ha sido el vestuario. Los mencionados uniformes de los azafatos, aunque también un precioso vestido floreado con el que Blanca Suárez lucía espectacular. Eso me entretuvo de otras, por desgracia, muchas cosas que no me gustaron nada, salvo ciertas secuencias muy breves. Como esa escena que, al principio de la película, interpretan Antonio Banderas y Penélope Cruz, con un acento malagueño de lo más rajado y profundo. Aquí podría ofenderme porque se utilice el andaluz en clave de humor para caracterizar a personajes algo simplones y catetuelos, no obstante, no lo voy a hacer, ya que es superior la gracia con la que se resuelve el diálogo a cualquier otra consideración sociológica. Discrepo también de la opinión de algunos críticos, que consideraban prescindible el pequeño papel de Paz Vega que, para mi gusto, fue de lo más cómico de esta comedia con tan poca gracia. La sevillana, que representa a una ex amante desquiciada del actor rompecorazones que encarna Willy Toledo está a punto de suicidarse, arrojándose al vacío desde una azotea, cuando éste la llama desde el avión y le pregunta: ¿Te pillo en mal momento? Se trata de un fino chiste de humor negro que destaca entre tanto grueso chiste verde recurrente con el que se ensambla la deslavazada y dudosa trama de este film con aires de astracanada de Muñoz Seca y claras influencias de la españolada guarrindona a lo Mariano Ozores, a quien también Santiago Segura hace bastantes homenajes en sus insufribles e inacabables sagas de “Torrentes”. La única diferencia se diría es que, en esta película, se sustituye a los desatados machos cabríos a lo Alfredo Landa por homosexuales muy salidos que llevan su voracidad sexual a niveles ciertamente grotescos, de modo que tal vez hagan reír más al homófobo con la exhibición de la pluma que al auténtico gay, quien puede sentirse ofendido por verse reflejado en un deformado cliché de lo más esperpéntico. Así pude observar que los homosexuales, presentes entre el público, no se rieron nada durante la película e incluso salieron, al finalizar la sesión, algo cabreados de la sala. Con los chistes verdes ocurre igual que con la nitroglicerina, hay que manejarlos con sumo cuidado para que no le exploten al público en la cara, pues es más difícil que un chiste verde no caiga en una repelente grosería que un camello entre por el ojo de una aguja (incluso si es de coser.)
No se puede decir, por otra parte, que la película no tuviese mensaje después de todo. El principal ante todo, daba pie a ese principio según el cual todo hombre heterosexual descubre que es homosexual cuando lo prueba. Un principio, por cierto, que recuerdo muy presente en las historias de cómic que consumían algunos habitantes de Chueca, cuyo final feliz se asociaba a tal pedagogía. De las que recuerdo que tenía en casa un amigo, destacaría un ejemplar cuento de navidad, que relataba como un padre acude con toda su familia a un centro comercial y, por la urgencia de fumarse un cigarrillo, se ubica en un habitáculo donde encuentra a un Papa Nöel, también fumador, con el que acaba furiosamente liado, sin mediar previa palabra, atrayendo la atención de dos fornidos guarda jurados que, descuidando la vigilancia del local, se suman a la pareja en entusiasta y desaforada orgía, sirviéndose de los adornos navideños como gnomos y renos para fines que dejo a la imaginación del lector, si procediese.
Claro está que, aparte de la astracanada gay, en la película de Almodóvar hay fondos de crítica social; alusiones a la degradación de los poderosos corruptos que saldan sus cuitas con sicarios y se consuelan con los servicios de prostitutas de alto standing, al tráfico de drogas, a la Corona y hasta a la inutilidad de obras costosas como el aeropuerto fantasma de Castellón, donde aterrizan felizmente los amantes pasajeros, después de las angustias pasadas, con el destino resuelto. Pues el guión resuelve que no quede ningún cabo suelto y cada oveja acabe con su pareja. El amor acaba triunfando en todas sus facetas y la vida vuelve a verse de color de rosa. Una fórmula, en fin, facilona que funciona para otros directores de segunda de los que no se espera nada, pero no para Almodóvar del que siempre esperamos demasiado. Seamos, ante todo, comprensivos; una mala racha la tiene cualquiera.

Vamos al cine

5 Oct

Malvada madrastra con manzana

La manzana es símbolo de la maldad femenina en mitos y leyendas desde tiempos inmemoriales. Una manzana fue la fruta con la que Eva instigó a Adán a transgredir la prohibición divina, provocando la expulsión del Paraíso y también la que la diosa oscura y menor llamada Discordia ofreció al incauto Paris con el fin de que la arrojase a los pies de la diosa que él eligiese entre las tres que competían por arrogarse el título a “la más bella”. La elegida, como sabemos por el mito, fue Venus quien, señalada por la manzana de la Discordia, provocó la ira de las descalificadas, Juno y Minerva, que, en su despecho, armaron la de Troya.
De la rivalidad femenina que desata maldades envenenadas, habla a su vez el cuento de Blancanieves, donde es la misma fruta, ofrecida por la madrastra a la inocente hijastra, vehículo de ponzoña, rencor y fatalidad. Como Caperucita ilustraba sobre el fenómeno de la pederastia, Blancanieves ejemplifica el resentimiento de la mujer madura hacia la más joven que la destrona de beldades y protagonismo en el entorno masculino, lo cual inspira en la agraviada ese tipo de crueldad taimada, retorcida y altamente tóxica sólo concebible en el sexo femenino, especialmente, cuando ha de emplearla contra otra mujer. Los cuentos, nuestros cuentos, que no son nada inocentes nos cuentan con algún velo de fantasía, ni más ni menos, que el mecanismo interno, descarnado de los instintos humanos más primarios y que perviven, cual eternos, en los siglos también narrados por escritores ya del siglo XXI. Acabo de leer un relato de Javier La Beira, “La sinrazón del sabio”, que protagonizan los malos humos de dos amigas íntimamente enemigas; un escalofriante retrato de mujer contra mujer con hombre al fondo, reconocible en el día a día, de hoy a siempre.
Como se deja adivinar por el preámbulo, también he visto la película “Blancanieves” de Pablo Berger, que viajará a la conquista del Oscar, de la que, no obstante, cabría destacar más observaciones de forma que de fondo. Decir, como se dijo, que usaba la fórmula de cine mudo de “The Artist” es quedarse corto; durante todo el metraje se observan un cúmulo de influencias que el director recoge de una reconocible y vasta formación como cinéfilo. Aunque en el desarrollo general de la cinta predomina una atmósfera inquietante, gótica y de tremendismo surrealista a lo Tim Burton, hay detalles que revelan homenajes al frikismo clásico de “La parada de los monstruos”, en la pintura de los siete enanitos y un guiño a “El Crepúsculo de los dioses” en la escena en la que la madrastra, caracterizada como diva decadente, asesina a su representante y lo deja flotando en la piscina. Tampoco falta la huella de algunas películas españolas como “El milagro de P.Tinto” y en los cuadros toreros, “Justino, un asesino de la tercera edad”, también en crudo blanco y negro. Para mí, el hallazgo más personal estuvo en la fotografía de un tipismo andaluz nada tópico. Impagables de esteticismo singular son escenas como las que representan a la niña Blancanieves vestida de comunión bailando flamenco, mientras su abuela, Ángela Molina, se afana en cogerle el vestido con alfileres hasta pincharse un dedo con el continuo movimiento de la niña en el decorado lorquiano de una habitación encalada, con sillas de anea, tapetes de croché y el merodeo de un gallo también lorquiano perdido.
Esta Blancanieves es una película para cinéfilos y digna de verse varias veces, que es el único modo de poder digerir su complejidad llena de matices.
Por supuesto, siendo otoño, tampoco hay que perderse la penúltima cosecha de Woody Allen, “A Roma con amor”, que no siendo una obra maestra, tiene sus destellos de genialidad. Lo peor que haga el cineasta judío siempre será lo mejor que pueden hacer otros. Es cierto que no capta el alma auténtica de la ciudad –para eso hay que ser un romano nato como Fellini y Moravia- como tampoco captó el aura parisina en “Midnight in Paris”, donde se las arregló con trabar un amasijo de tópicos literarios, pues Woody Allen saliendo de su hábitat natural, Manhattan, mira las ciudades europeas con una visión superficial de turista donde encaja como en una postal sus personajes neoyorquinos de siempre, el director de escena algo pirado, su alter ego (“Un final made in Hollywood”), la paciente mujer del director a quien incluso caracteriza a lo Diane Keaton, la actriz joven, caótica, pero increíblemente sexy y devoradora de hombres que desata pasiones peligrosas por donde va (“Todo lo demás”, “Match Point”) remitiéndose cada vez más al mero y amable espíritu de comedia de enredo sentimental al gusto de la alta burguesía, por lo que se deja ver en los sólitos escenarios que recrean hoteles y restaurantes de lujo.
Pero, además de lo sólito, hay chispas de genialidad, en las que pone su oficio Roberto Benigni, un hombre común besado por sorpresa por la fama y el episodio del enterrador que se convierte en un divo de la ópera sólo cantando bajo su ducha. Secuencias abiertas al humor y la reflexión, en las que Allen demuestra que siempre le quedan cosas por decir. Merece la pena escucharlas y verlas. Vamos al cine.

Venga, anímate

1 Mar

Básicamente, hay dos tipos de personas. Bueno, en realidad, hay muchas más, pero todas no me caben en un solo artículo y, además, ahora no vienen a cuento. Por eso, por el momento, hablaremos de estas dos; aquellas a las que le gustan los dibujos animados y aquellas a las que no. Los que pertenecen a dicha primera clase y ya han cumplido los treinta y hasta los cuarenta, suelen justificar esta afición –no sean tachados de infantiles- alegando que los dibujos animados de su interés son para adultos y, así pues, representan una sesuda crítica social y no sé cuántas otras metáforas de la condición humana contemporánea, por lo cual se explica que, cuando emiten el noticiero, cambien de canal a favor de Los Simpsons. No obstante, todo hay que decirlo, con mayor o menor metáfora social de por medio, tampoco le hacen ascos al Pato Lucas ni a cualquier otro dibujo animado infantil de remate que pasen en la sesión matinal.
A las personas que les gustan los dibujos animados, también les suelen gustar los cómics, por supuesto de adultos, cuya rigurosa seriedad defienden con la misma dialéctica; que son pieza clave del actual discurso literario y vehículos legítimos de indagación intelectual. Pero, con las mismas, si se pone a tiro un Pulgarcito, se lo leen de cabo a rabo los tíos, para qué nos vamos a engañar. Los entusiastas de los dibujos animados y los cómics, suelen ser individuos que aún no se han desvinculado de la infancia; total, unos frikis. Y está bien que así sean porque no le hacen mal a nadie. Los frikis son personas que se entretienen, conjurando el tremendo mal del aburrimiento que vuelve a las criaturas tan nocivas. Normalmente las personas aburridas
– suelen serlo ya de nacimiento- sólo encuentran diversión en fastidiar al prójimo, que es un asunto muy feo. En esta categoría de gente podría encuadrarse aquella a la que no le gustan los dibujos animados, considerándolos entretenimientos meramente infantiles. Se llaman a sí mismos adultos, pero, en realidad, lo que son es un tostón, pues, por no gustarles, no les gusta casi nada de nada y a casi todo se acercan con prejuicios para justificar su falta endémica de entusiasmo. Admito que, como ellos, he sido escéptica con la animación como una nueva vía de expresión del cine, pues, ni en nombre de los Simpsons, he vuelto a ver dibujos animados desde mi más tierna infancia, sin embargo, hay ya sólidos productos en el mercado, de calidad sobrada, como para justificar un cambio de actitud. Los nuevos tiempos requieren nuevos lenguajes y no seré yo quien como el protagonista de “The Artist” se niegue a darles paso. Si resultaba obtuso que aquel personaje, actor de cine mudo, quisiera detener el tránsito inevitable al cine sonoro, no sería menos cerril oponerse a la animación como técnica de futuro en la industria del cine de adultos. No como única técnica, ya que ello implicaría el despido masivo de actores humanos, que, como humanos, tienen la perentoria necesidad de comer, sino como otra necesaria alternativa a lo de siempre que, por uso y abuso, nos tiene ya a muchos hasta los pelos. Otra película sobre la Guerra Civil o el Holocausto y me tiro por la ventana. Aunque bien podría anotarse la opción de hacer una película de animación sobre el Holocausto o la Guerra Civil –Dios no lo quiera-. Lo bueno de las películas de animación es que, además de nueva técnica, han aportado nuevos argumentos. De todas las manidas historias, que han menudeado por el sobado panorama del actual cine español, yo me quedo con dos; “Arrugas” y “Chico y Rita”, ambas de animación e impagables de forma y fondo. La primera dirigida por Ignacio Ferreras y triunfante en los Goya y la segunda de Fernando Trueba que se quedó sin su Oscar, pero con el honor de ser una de las mejores películas que se hayan estrenado en el último lustro.
Desde luego, quien diga que los cineastas españoles no se renuevan, no piensa en Fernando Trueba, quien, desde la oscarizada “Belle Époque” no ha cesado de explorar otros caminos desde el documental musical a la animación. Inquieto y versátil, como es ley en el auténtico artista, dijo hace una semana que tenía un ojo puesto en el Oscar y otro en su próxima película de animación. Lo dijo con cierto humor porque es estrábico. Una persona estrábica que hace chistes de sí mismo, ya sería digna de tener en cuenta, aunque no tuviese mayores méritos. Que los tiene.
Por cierto que, cuando le preguntaron por referentes para sus películas de animación, citó “Persépolis”; la trágica historia de la niñez y juventud de una mujer iraní, narrada con total sentido del humor y la simplicidad de sus dibujos en blanco y negro. Un film también francés como la muy oscarizada, “The Artist”, película muda que lo dice todo.
Por creatividad, sensibilidad, originalidad, estética y amenidad; el cine francés va creciéndose como un David frente al Goliat hollywoodiense. Caduco según el propio George Clooney.
Ya venía presagiándolo hace un rato y, por esta vez, me alegro de que el tiempo venga a darme la razón.

P.D: En la entrada anterior, “Se vende pasado oscuro” os respondo a vuestra curiosidad por la mencionada manifestación. Gracias por preocuparos por esta humilde servidora.

El engendro de Almodóvar

22 Sep

Antes podíamos ir a Gibraltar y comprar un perro de escayola para ponerlo en el vestíbulo, ahora ya, gracias a los avances de la ingeniería genética, también podemos adquirir gatos fosforescentes, vivos e inmunes al Sida. Siempre hay cosas monas que poner en una casa, sin llegar a los extremos de Juan Antonio Roca. Cada cual tiene un Roca en su baño, que es lo suyo, pero Roca tenía un Miró que es pasarse. La elegancia en la decoración de interiores no la da el derroche, sino el estilo y la idea. Si uno es manitas, por ejemplo, puede coger al violador de su hija y con unos toques de cirugía, aquí y allá, transformarlo en una bella muchacha que enclaustrar en una habitación acristalada. Es lo que hizo Antonio Banderas en la última película de Almodóvar, “La piel que habito” y le quedó de escándalo; aunque al tal androide, le afeaba un tanto aquella faja enteriza de color carne como de la abuela. El modelo no era para arrancar una ovación sobre la pasarela Cibeles, pero con ese toque kitsch, dijo el director manchego, que hacía homenaje al primer cine de terror de Fritz Lang. Será, aunque, a mí, aquel engendro con tales pintas me recordaba más a una de esas criaturas que concebía el inefable Ed Wood para sus pelis de clase B. De cara, eso sí, le quedó monísima, tanto es así que su propio artífice se enamoró de ella, cuando su primera intención era la venganza. Al final, la soledad nos trastorna hasta ponernos las intenciones del revés, como ilustra la leyenda del pastor que, lejos de su mujer, pasó el invierno en el monte a solas con una cabra y, al llegar la primavera, empezó a verle “cara de gitanilla”. Cuanto más no habría de pasarle al cirujano, encarnado por Antonio Banderas en este film, si a su malvada criatura se le ocurrió ponerle el rostro de su propia esposa. Nada que objetar sobre la actuación de Banderas, hizo de modo impecable lo que le indicó Almodóvar; lo peor es el guión que no cuaja ni a martillazos, a no ser como manierismo del absurdo. Se dice que en esta última entrega del manchego no hay cabida para el humor y, sin embargo, resulta hilarante por momentos. Uno ve a Elena Anaya, sin atisbo de nuez y con esa carita de colegiala angelical, diciendo, “soy Vicente”, y se descacharra de risa. Cuando una tragedia pasa por comedia, hay algo que no funciona.
Francamente, cada vez admiro más a artistas como Rimbaud quien, después de haber dicho todo lo que tenía que decir, tiró la lira y se hizo pirata. Lo que haya querido decir Almodóvar en esta película, ya lo ha dicho en otras y mucho mejor; los admiradores del director manchego hubiéramos preferido su silencio a tamaña cuchufleta, pero el mercado manda producir constantemente, incluso sin ideas. De esos barros, nos vienen estos bodrios.
No obstante, habría que destacar del film, la idea de la privatización de la justicia, donde se impone el “hágalo usted mismo”. Dado que la justicia pública deja impune a los criminales, lo mejor, cuando alguno de ellos nos agrede, es llevárselo a casa e instalarle allí una celda para hacerle pagar su condena, como ya se pudo ver en esa otra película magistral, “El secreto de sus ojos”. La privatización nos priva, últimamente, también en el campo de la justicia, pero, como siempre, es cosa de ricos. En las casas, de las cuales, aún pagamos la hipoteca, nos faltan metros cuadrados para alojar a nuestro delincuente particular. En el sofá-cama ya duerme ese hijo que ha vuelto parado de la obra y el trastero lo ocupa la suegra que con la pensión minimizada no puede costearse la residencia. Si para compartir hogar ya están esos maridos o mujeres que comparten el colchón porque no tienen posibles para pagar el alquiler del divorcio, ¿de dónde sacar el sótano o cuchitril pertinente para darle cobijo de venganza al criminal de nuestras cuitas?
Si Nafissatou Diallo, hubiese tenido otros recursos, podría haberle habilitado a su presunto violador, Strauss-Kahn, una celda en su piso de Harlem, donde pudiese travestirlo de camarera para que, de camino, le hiciese las tareas del hogar y, con estómago, proceder a violarlo cada vez que saliese de la ducha pero, siendo pobre, no tuvo más que encomendarse a la justicia pública y universal. De tal modo que, al final, la culpable es ella. Porca miseria.

P.D: Mis felicitaciones a una pareja valiente que se casa hoy; Francisco Moreno y Dirk Reiner. Que sea enhorabuena.

El Festimal

31 Mar


Fuera de los hogares, donde aún se respiran los últimos vestigios del frío invernal, hay una calidez de primavera tórrida quasi estival, como esos lienzos de Magritte donde en los interiores de las casas es de noche, mientras, fuera de ellas, hay una atmósfera de pleno día celeste y diáfano.
Para comprobar el cambio de estación, hay que salir a las calles. Tomarlas por asalto, para aspirar en el aire esa convocatoria festiva que es, cada año, el arranque de abril; que nos reúne en alegres racimos humanos de mangas cortas, que despiertan de la pesadilla de los meses destemplados de cielos grises, siempre demasiado largos para el malagueño que acomoda el humor a la bondad del clima y venera sólo, en la presencia del sol, el oro de las horas. A las calles nos invita el hormigueo de sentidos que despierta la primavera y la convocatoria de una nueva edición del Festival de Cine Español, coartada de primer orden para abandonar del todo la clausura doméstica por el paseo. Con esa ilusión de todos los años, como parte del paisanaje autóctono, siempre ávido de fiesta y espectáculo –también cultural- se me estrellan pronto las expectativas ante la degradación progresiva que ha sufrido la cualificación de este evento a tal punto de merecer la calificación de “Festimal”, por aquello de ir de mal en peor. Haciendo, por cierto, salvedades como la llamativa imagen del cartel anunciador, obra del estudio “El Cuartel”, que representa las cintas de los filmes servidas en espeto y no carece en el diseño de cierta gracia y originalidad, pero que, impresa en la guía de programación, se abre en sus subsiguientes páginas a las primeras decepciones. El programa que, en esta edición ya cuesta un euro- qué menos que la gratuidad merecería un público tan ferviente, dadivoso y paciente como el malagueño- informa poco y mal de la oferta que integra la convocatoria. Los programas de cortometrajes, de interés preferente para los espectadores, vienen presentados en un sobrio esquema sin la presencia habitual de imágenes y sinopsis que los acompañaban en los libretos de los anteriores festivales y servían de orientación a los espectadores a la hora de elegir los contenidos que pudieran ser más de su agrado. Otra utopía lo de la elección, en esta presente y malograda cosecha de Festimal, pues, al llegar a taquilla, has de conformarte con lo que haya, que no siempre coincide con lo anunciado en el programa. Por ejemplo, si vas a sacar entrada para una película que, presumiblemente, proyectarán a las ocho, puede que hayan cambiado la sesión para las diez, sin previo aviso y, así, o te conformas con ver otra que no te interesaba o entretienes la espera de dos horas con el cerveceo de alguna terraza colindante. La película, en este caso, era una producción argentina titulada “El agua del fin del mundo” y sólo quedaban localidades en primera fila, pero, como había ganas de cine y la sinopsis prometía imágenes de la bella Tierra del Fuego –según el resumen de la película, dos hermanas emprenderían un viaje a Ushuaia- se esperó hasta la diez y más aún, pues, llegada la hora de la aplazada sesión, los empleados de la puerta, con rudos modales de gorilas de discoteca, contenían al público, arracimado fuera, alegando que habían surgido “problemas” y estaban limpiando las salas, por lo cual había que esperar por los turnos que nos fueran voceando cual sumiso rebaño adocenado- “Sala 2 adelante, que pasen los de “Héroes”, etcétera- para entrar en el local, poco más o menos, con los brazos en alto-. Por lo demás, el pretexto de la limpieza daba que pensar, pues la sala como un solar después del botellón, abundaba de latas de bebidas varias y restos de comestibles de todas las raleas. “Sólo faltaba que la película fuese mala”, decía uno de los pacientes asistentes. Y no sé si mala, pero diferente, en todo caso, a lo esperado, ya que, pasados veinte minutos de proyección, se podía deducir que el supuesto viaje de las dos hermanas a Ushuaia era interior y, de la Tierra del Fuego, sólo se vieron dos o tres imágenes en los últimos minutos del film.
Tampoco, al día siguiente, vimos el segundo programa oficial de cortometrajes, para el que habíamos comprado entradas según nos dijeron en taquilla, sino las “películas de mentira” de Isaki Lacuesta, galardonado con el premio “Eloy de la Iglesia” (“La Opinión de Málaga”); unas cosmoagonías del panorama actual, que hubieran resultado muy logradas, de no ser porque el volumen se disparó a tal desproporción de decibelios que hizo huir despavorida a la mayoría del público. A los pocos que sobrevivimos, no obstante, nos quedaron tímpanos para oír cierto rumor sobre los cartoncillos para votar, que no habían llegado o se extraviaron y a un señor quejarse de acudir a un homenaje a José Luis Borau sin José Luis Borau –ni previo aviso-.
Pasando por alto los contenidos, me quejo de la gestión de esta última edición, cuya organización ha resultado tan precaria como una orgía de Lepe. Vaya esta queja en nombre de los incondicionales de este Festival que, devenido en Festimal, podría hacernos desertar en próximas convocatorias. A quien corresponda.

El triunfo de Chanquetor

10 Mar

Chanquetor, triunfador

El “junlai” es también un prototipo malagueño, particular y distinguible de otras especies autóctonas.
De actitudes, en cierto modo, más sutiles y refinadas que las del “merdellón” y “el chusmón”, comparte con el “majarón”, una peculiar interpretación de la realidad, pero con un estilo y perspectiva diferentes. Su natural cuelgue genético suele incrementarse por el consumo de porretes aromáticos, litronas de cerveza y el rumor relajante de las olas, pues el “junlai”, ecologista y medio hippie, a su manera, ama el contacto con la naturaleza al borde del mar y en este hábitat se integra como parte del paisaje en ese pintoresco tramo de litoral que va desde los Baños del Carmen hasta los chiringuitos de Pedregalejo, donde montan su singular campamento jamaicano; su república independiente del caribe malagueño. Se hace difícil concebir, después de tantos años de colonización, unos Baños del Carmen sin “junlais” y, mucho más, unos “junlais” sin Baños del Carmen ¿adónde irían a pasear al perro? –otra de las señas de identidad del “junlai” es la de tener, como mínimo, un perro al que adoran como a nada en el mundo y viceversa-.
Habituado a este estado de cosas, al malagueño enraizado, el cortometraje “Chanquetor” le puede parecer hasta un documental costumbrista, pese a lo presuntamente disparatado de las situaciones que plantea. El disparate de las situaciones, en esta localidad de nuestros amores, uno ya sabe que es puro realismo y nuestro modo de ver la realidad incluso cubista desde Picasso. Por eso, un corto de contexto malagueño como “Chanquetor”, dirigido e interpretado por malagueños, cumple con todos las expectativas del malagueñismo puro hasta sus consecuencias más delirantes. Hacía tiempo que no veía tamaña sarta de chaladuras, tejidas con tanta gracia. Tampoco, al parecer, el resto del público, que no paró de carcajearse de principio a fin. Algunos, creo, que, a su pesar, pues no eran ni más ni menos que los actores, familiares, amigos de directores o los mismos directores de los otros cortometrajes que se presentaban al X Certamen de Cortos Andaluces, quienes suelen formar gran parte de la asistencia a este tipo de sesiones con el objetivo claro de votar(se). Lo mismo fue que alguno cambió de opinión hacia la traición, porque el premio de aquel público, de objetividad coartada en principio, recayó por unanimidad sobre “Chanquetor”, por segunda vez, puesto que ya había sido galardonado en el V Festival de los Baños del Carmen, no sólo por aclamación popular sino por el jurado con el segundo premio. De modo que, en aquella ocasión, sus directores, Antonio Garnica, Juan Urigüen, y el resto del equipo, pudieron gratificarse con la cantidad de 300 euros, un curso de verano audiovisual de la UMA y una orza de lomo en manteca de bar Roper. A los que ahora verán sumados los 3.000 euros del reciente certamen, que me alegro de haber contribuido con mi voto de público. No es nada para el buen rato que nos hicieron pasar. En estos tiempos de estrecheces anímicas, que consigan a uno hacerle reír a mandíbula floja es tarea más que loable. La risa es una –buena-obra social que agradecemos las masas populares y que los jurados, más por la línea del drama, acostumbran a desestimar por presunta falta de mérito artístico. Pero hay que tener mucho arte para hacerle cosquillas a toda una sala, incluso hasta en las butacas de los propios contrincantes.
El cortometraje que ganó el premio del jurado, “70 m²”, dirigido por el sevillano, Miguel Ángel Carmona, –para que luego digan- no carecía de mérito – ni de mejores recursos y actores profesionales-. Creaba en pocos minutos un atrayente clima de tensión y de suspense, cuyo motor era por cierto un perro bastante parecido al que acompañaba al “junlai” de “Chanquetor”
–habrá que plantearse fichar a más perros en el cine, por lo bien que trabajan y lo poco que cobran-. Pero, lo lógico, al final, nuestro corazón de público malagueño se decantó por la historia del “junlai” que se convierte en super-héroe, armado del gran espeto, para combatir la plaga histórica de los chanquetes asesinos con el fondo de tres entrañables fantasmas de la localidad; los Baños del Carmen, el cementerio de San Miguel y Bobby Loggan, quién se podía resistir. Nos han tachado de lerdos y de localistas o de amantes del simple disparate, pero, quién sabe, de lo local y disparatado se puede llegar a lo universal; ahí tenemos a Picasso.
La última escena de “Chanquetor” culminaba con un esperanzador “continuará”. El público, entre el cual, la firmante, espera con ferviente expectación la prometida continuación.
“Chanquetor”, tú puedes.
P.D: Pinchando abajo, podréis ver “Chanquetor” . Luego me contáis…


Otra cosa, os recomiendo para este fin de semana, una visita al cine para ver “Chico y Rita”. Es una maravilla a todos los niveles; argumental, auditivo y visual. Una nueva esperanza para el cine español. No os la perdais.

Primavera en invierno

4 Mar

Conviene que la primavera en los países islámicos florezca lo antes posible. No sólo desde un punto de vista ético, sino también estético; creativo. Frente al desgaste que afecta a Occidente en todos los palos artísticos por agotamiento, extenuación, uso y abuso de los mismos temas y recursos; estos pueblos disponen de un material inédito y la capacidad inhibida durante tantos años de represión para contar historias nuevas con el entusiasmo y la energía de quien estrena libertad de expresión. Ahora, sin duda, está en sus manos la materia prima con la que renovar el páramo mundial que representa la actividad creativa, a falta de ideas y argumentos en algún modo originales. Mientras de esta orilla parece que ya se ha dicho todo, a ellos les queda todo por decir. Es lo que se deja adivinar, por ejemplo, en la concurrencia, cada vez menos anecdótica, de películas de estos países a nuestras salas. Productos cinematográficos, marcados por la falta de recursos, pero con todo un potencial de frescura, espontaneidad y ganas, como un soplo de aire primaveral en este invierno de agostada caducidad que planea sobre el viejo Hollywood y nos salpica del lado del extenuado primer mundo con la reiteración del mismo discurso tartamudo. La victoria del “Discurso del Rey” en la reciente gala de los Oscar es una muestra de esta inercia soporífera por la que ya no se premia a lo mejor, sino a lo menos malo o a la habilidad para encarnar esa fórmula infalible que dé en el blanco del limitado y cartesiano gusto de la academia que; o bien, se gratifica con otra penúltima versión de las barbaries del Holocausto o con alguna fábula moralizadora sobre el valor del esfuerzo personal y la capacidad de superación, tal que “Forrest Gump” o “Una mente maravillosa”. Tal que uno de sus Estrenos TV en sesión de sobremesa dominical. Por otra parte, quedan los Cohen, que, también, cada vez se repiten más a sí mismos.
De nuestro cine patrio, ¿qué vamos a decir en el terreno de lo sobado? El triunfo de “Pan negro” en los Goya ha sido de lo más elocuente. Volver a volver a remover las miserias de la posguerra, ya no aguanta otras versiones, sobre todo, cuando no resisten ni por el forro la comparación, a veinte años vista, con esa gran película de Mario Camus, “La colmena”, que ya lo dijo todo al respecto. Y mucho mejor.
Sin embargo, primero de la mano de lo alternativo e independiente, nos llegan en avanzadilla películas de cuño afgano, iraní o argelino y, en ellas, identificamos ese punto tan necesario de lo exótico, de lo del todo nuevo e intacto y las recibimos como agua de mayo. Asistiendo a la proyección de este prometedor producto en ciernes, nos ahorramos la decepción de ver más de lo mismo y el dinero de la entrada, pues los organismos culturales las ofertan de modo gratuito.
Gracias a la iniciativa del CAC, pude ver un ciclo de cine argelino, que me sorprendió por la modernidad de sus planteamientos en un país que, por ignorancia, tendemos a concebir como primitivo y remoto. Y ahora es la Diputación de Málaga quien con su proyecto “Málaga Cinema, 2011” presenta, en estos días, una impagable muestra de cine global que nos da a conocer, entre otras cosas, lo penúltimo del cine iraní y afgano, entre el cual destacar el título “Quiero el caballo, no la mujer”; un film sobresaliente por su agilidad narrativa y su agudo sentido del humor.
En el programa de Málaga Cinema que, además, comprende un certamen de cortometrajes andaluces, un homenaje al onírico talento de David Lynch y documentales, se ha proyectado un reportaje, “Un cine como tú en un país como éste” sobre los intentos de hacer un nuevo cine español en la época de transición por parte de directores como Fernando Colomo y Fernando Trueba. Cundieron en él, un sinfín de anécdotas sobre los comienzos de estos cineastas que, con pocos medios pero mucho entusiasmo, quitándose por fin la mordaza de la dictadura, cargaban la gran pantalla de renovada energía. Sus primeras películas, “Tigres de papel” y “Ópera prima”, de escasa calidad, no resistieron el paso del tiempo, pero sirven para mirar con nostalgia a ese periodo de la historia donde todo eran esperanzas e ilusiones y se consolidó en la efervescencia creativa de los ochenta.
Mientras veía aquel documental, me auguraba que, si los países árabes, lograban su transición a la democracia, ojalá, ejerciendo su estrenada libertad de expresión, desinhibirían sus talentos para renovar con su material intacto nuestra exhausta creatividad de democracia desencantada.
También, entre aquella vorágine de imágenes de los setenta, tuve un pensamiento para la recién fallecida, Amparo Muñoz, la malagueña que, no contenta con ser Miss Universo, quiso ser Ana Belén y se perdió por el camino. No la mató la belleza, sino la frustración que es el camino que lleva a la droga. Ni el mejor de los directores, pudo sacar de ella la gran actriz que nunca fue.
Las alas de cera siempre se derriten al volar tan cerca de un sol que no es el tuyo.

Reírse horrores

23 Dic

Balada triste de trompeta

Ya sabíamos que una mala película de terror podía dar mucha risa. De lo que puede hacer reír un Frankestein mal zurcido o un Drácula, reumático, y con la capa roída de mugre, ya se hizo eco la genial película de Tim Burton sobre Ed Wood, el peor director de cine de terror de todos los tiempos, y, en general, tantísimos filmes que aún nos intentan aterrar con toda clase de monstruos deformes con sus voces de caverna, sus manidos efectos especiales, tontuelos incluso en 3D, y sus excesos de ketchup rancio por todas partes. Una mala película de terror puede ser una buena película de humor, ya lo sabíamos; lo que no sabíamos es que una película de humor podía aterrorizar tanto. Obsérvese que digo película de humor y no “buena película de humor”, ya que todavía no estoy muy segura de si “Balada triste de trompeta”, el último estreno de Álex de la Iglesia, es una buena o mala película –y de humor, casi tampoco-; sólo que te deja con tal pellizco de horror en el estómago, que aún, no puedo recordarla en estas líneas, sin que me tiemblen un poquito los dedos. De hecho, creo que a este impacto sobrecogedor del filme aguantan pocos espectadores. Se trataba, por lo oído, de una comedia y, sin embargo, no creo haber escuchado ni una carcajada en la sala; de lo acojonados que andábamos todos, supongo.
Todo lo ingenuo, cándido y entrañable que toca al mundo infantil, nos eriza el vello cuando, en maligno, se vuelve del revés. Nos asustó de lo lindo, la niña diabólica de “El exorcista”, el niño perverso de “La profecía” y la tremenda tropa infantil de “El señor de las moscas” y todavía nos seguirían asustando a base de niños maléficos, de no ser porque, de sacarlos tanto a colación, por abusar tanto y tan mal del recurso, hemos terminado de ellos hasta los pelos.
De ahí, el hecho de que los payasos, que también pertenecen a ese mundo entrañable de la infancia, de tan tiernos y afables, se conviertan en sanguinarios asesinos; nos congele la risa del horror, que es como uno se queda después de ver la historia de payasos de Álex de la Iglesia.
Lo más aterrador, no obstante, es que la trama tejida por el director vasco, pese a su aparente inverosimilitud, está basada en hechos reales; la biografía del malvado John Wayne Gacy, contratante de una empresa de albañilería, amable ciudadano y esposo que, en algunos ratos libres, se disfrazaba de payaso “Pogo” para hacer las delicias de los niños del vecindario y, en otros, bajo la excusa de una entrevista de trabajo, iba asesinando brutalmente a todo joven varón que se le presentase hasta llegar a enterrar treinta y tres cadáveres en su jardín, sin levantar mayor sospecha- de no ser por el mal olor que, desde su casa, iba tumbando de fetidez a todo el barrio-. Del psicópata se sabe que, detenido y enjuiciado, recibió inyección letal en 1994, que sus últimas y célebres palabras fueron, “bésame el culo”, que, ante este sesudo epitafio y sus ejemplarizantes hazañas, dejó una inquietante turba de admiradores, de su misma talla intelectual, e inspiró una novela de Stephen King que fue, llevada al cine, con el nombre de “It”; la historia de un monstruo, venido del más allá, que, bajo la pacífica forma de un payaso aprovechaba la ocasión para zamparse a todo quisque y, en especial, a los niños con patatas. Como el Coco, pero con la gracia en el culo. A partir de ahí, se abrió la veda en las grandes pantallas a los payasos maléficos; los hubo de todos los colores y en cada tono de la maldad; torturadores, violadores, individuales y hasta en grupo como los “Payasos asesinos del espacio exterior”, que eran unos extraterrestres cuya misión consistía en exterminar la raza humana.
Y, sin embargo, ninguna de estas versiones antecesoras, siendo del género del terror, ha estado tan cargada de sangre como la comedia de Álex de la Iglesia. Un baño de sangre que vende bien por lo de la catarsis colectiva –la sangre siempre ha sido, del gusto público, desde la tragedia griega a los dramones románticos y el llamado cine de acción- pero ya canta demasiado, a troche y moche, unida, a la vez, a la transmisión de valores transversales como la crítica al régimen franquista y la violencia de género. Al final será que la cosa tenía mensaje, pero si esto es un cuento de Navidad, que venga Dios y lo vea.
Puede que el director vasco haya querido decir algo con tanto despropósito, aunque todavía no sé qué –y sospecho que él tampoco-. Desde “El día de la bestia” soy una seguidora de Álex de la Iglesia, de su modo de hacer tan corrosivo como personal y brillante, pero esta vez me ha sobrepasado. Se ha pasado, diría yo.
Por mi parte, diré que, por toda gracia, ha sacado a la niña que hay en mí y me la ha jiñado de miedo. Si los niños de hoy día se ríen con esta clase de payasos, voy a empezar a preocuparme.

P.D: Os mando una felicitación de Navidad, pinchando en esta dirección. Un abrazo a todos.